Mostrando entradas con la etiqueta artículo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículo. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de septiembre de 2018

Clasificaciones


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de septiembre de 2018       

CLASIFICACIONES

            No es infrecuente encontrar en la psicología, la filosofía y la literatura clasificaciones de hombres basadas en su actitud ante la vida. En la primera de estas disciplinas, son famosas y ya antiguas las divisiones de Kretschmer y Sheldon, que relacionan la constitución corporal y la personalidad. Así, Sheldon vio una correlación entre el tipo endomorfo (huesos y músculos blandos y redondeados) y una forma de ser sociable y tolerante, entre el tipo mesomorfo (constitución atlética) y la seguridad en uno mismo, y entre el tipo ectomorfo (altos, delgados, frágiles, sistema nervioso sensible) y la timidez, la hipersensibilidad y la introspección. Más reciente es la teoría de los cinco grandes factores de personalidad, de Paul Costa y R. McCrae, que habla de cinco dimensiones de la personalidad. La primera, por ejemplo, llamada  neuroticismo/estabilidad emocional, nos indica el grado en que una persona manifiesta ansiedad y experimenta emociones negativas o bien goza de tranquilidad y seguridad y resiste el estrés. Al margen de la validez de estas y otras clasificaciones concretas, la psicología, al ser una ciencia, no puede ir más allá del temperamento y el carácter, es decir, de los elementos biológicos y los aprendidos a lo largo de nuestra vida. Pues qué, ¿es que hay algo más que ciencia, biología y aprendizaje?
            Es lo que pretende la filosofía, cuando habla de tipos de hombres de un modo diferente. Por ejemplo, si tomamos a Dilthey, un filósofo alemán nacido en el XIX y muerto en 1911, vemos que nos habla de temples distintos: hay quien se apega a lo sensible, y disfruta de lo que tiene a mano; hay quien persigue grandes fines a través del azar y el destino; y quien no soporta la caducidad de aquello que ama y tiene, y la vida le parece vana, o busca en el más allá algo perdurable.
            También la literatura aporta clasificaciones. En la última novela de Milan Kundera, “La fiesta de la insignificancia”, se distingue entre el perdonazos, que va por la vida pidiendo perdón por todo, y el que no lo es, que siempre que hay un conflicto se cree el agredido, el que posee un derecho que se le ha pisoteado. Piensen en un choque entre dos personas en una acera: la primera pedirá un espontáneo perdón y la segunda exigirá, espontáneamente también, explicaciones.
A caballo entre la filosofía y la literatura tenemos una recurrente distinción entre personas: las hay que encajan en el mundo como si este fuera su hogar y las hay que lo miran como algo extraño, a veces con la textura de un sueño, a veces de obra de teatro,  y que se sienten más espectadores que jugadores. Por supuesto, esta división es simplificadora, o solamente registra los extremos. Pero la simplificación es mía, no de las novelas, cuyos protagonistas se encuentran a menudo más cerca del segundo tipo que del primero.
            Y ahora veamos qué derecho asiste a la filosofía y a la literatura para hacer esas distinciones, qué distingue a estas de la mera observación de un particular basada en su experiencia personal. Un positivista diría que o bien se puede traducir la clasificación filosófica y la literaria a lo psicológico o bien, de no poderse, carecería de valor como conocimiento. No parece que términos como “azar” o “destino”, utilizados por Dilthey, puedan integrarse en la psicología. En cuanto a la novela como género, lo que ella dice sólo ella puede decirlo, de modo que una novela que pudiera traducirse a psicología (o a historia), no es una novela. Así que nos queda afrontar la pregunta de si esos conocimientos no científicos, sino filosóficos y literarios, tienen algún valor. Échenle otro vistazo a esas últimas clasificaciones, tengan en cuenta que se hayan en el contexto de una amplia teoría filosófica o de una obra literaria, díganse también si ustedes viven en el mundo como en un lugar extraño o como en un sitio acogedor, o si son o no unos perdonazos, y concluyan, después de eso, si ese conocimiento carece de sentido.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

domingo, 9 de septiembre de 2018

Un artículo sobre Miguel Nieto

Artículo publicado en la revista de San Juan de 2018



LA ORIGINALIDAD DE MIGUEL NIETO EN EL DESENLACE DE UNA FAMOSA OPERETA

            El nombre de Miguel Nieto está asociado en nuestro pueblo a una calle, a una historia de Navas de San Juan y a una fotografía de 1927 en el patio de Abilio Sanz. Los lectores de esta revista y de Stella tal vez recuerden además que fue un articulista en el Madrid de comienzos del siglo pasado, un escritor de teatro y un colaborador de la radio cuando este medio daba sus primeros pasos, trayectoria que le valió el homenaje de su pueblo del que deja constancia la aludida fotografía.
            Una paciente búsqueda en la prensa de la época me ha suscitado la impresión de que don Miguel centró su actividad literaria en artículos y cuentos a principios del siglo XX para pasar después a destacar como dramaturgo y terminar su carrera con textos para la radio. De la primera etapa destacamos hace dos años un cuento que parecía basado en nuestras fiestas de San Juan. Vamos en esta ocasión a fijarnos en una obra de ese segundo periodo, dedicado al teatro.
            Hace un siglo, en mayo de 1918, la revista jiennense Don Lope de Sosa informa: “En Barcelona ha estrenado una opereta en tres actos, en colaboración con D. Gonzalo Cantó, el distinguido escritor y autor dramático, nuestro comprovinciano D. Miguel Nieto. El título de la obra es “Bella-Flor” y el estreno ha sido un éxito franco y sincero. La obra fue presentada con gran lujo. Miguel Nieto marcha por el camino de los triunfos a grandes pasos”. La revista ya se había hecho eco el año anterior de otros dos estrenos de nuestro escritor: en febrero de la comedia El mejor marido (en colaboración con Ramón Portusach) y en junio de Los castizos.
            La opereta “Flora Bella” (así aparece el título en La Vanguardia) se estrenó el día 4 de mayo de 1918 en el Teatro cómico. El periódico la anunciaba como un “éxito mundial”. En efecto, la obra no era original de Gonzalo Cantó y Miguel Nieto, sino que se trataba de una creación alemana que se había representado en Munich en 1913 y, adaptada al inglés, en Nueva York en 1916, donde tuvo un gran éxito (112 representaciones). La música era de Cuvillier, un compositor francés de gran éxito. Los franceses intentaron llevarla a la escena ya en 1913, con la bella Otero en el papel principal. Sin embargo, tal hecho no ocurrió hasta el último día de 1920, con Geneviève Vix en el papel de Florabella. De modo que en España sería representada antes que en Francia.
El argumento, al menos el que nos consta por la versión francesa, es el de un príncipe ruso que acaba de casarse con una gran dama española sin sospechar su verdadero origen. El príncipe se cansa de la circunspección de su mujer y se obsesiona con una bailarina de gran parecido con ella a la que ha visto en una fotografía traída de París. Se le dice que se trata de una hermana de la princesa, llamada Florabella. Hasta aquí el primer acto. En el segundo, vemos al príncipe en París, locamente enamorada de su supuesta cuñada. Se encuentra con sus amigos de Rusia como por azar y se desarrollan divertidas peripecias. En el tercer acto la princesa y Florabella, que no son sino la misma persona, confiesa al príncipe su estratagema para hacerse amar por él y le pide continuar su vida feliz, olvidando el pasado.
 Ahora bien, tenemos motivos para pensar que Cantó y Nieto le dieron un giro sorprendente a la obra, siempre en el supuesto de que esta versión francesa respetara el argumento original. Y es que, a raíz de una representación en Madrid en 1921, nos enteramos por el ABC de que los dos primeros actos habían sido traducidos, pero el tercero había que atribuirlo a la pareja de autores. También nos informa de la repetición de un terceto cómico del segundo acto interpretado “con mucha gracia” por Sinda Martínez, Carmen Ortega y Mariano Ozores. El doble papel de princesa y artista frívola lo hacía Luisa Puchol. (Aquí señalaré un guiño del azar. Ozores y Puchol pertenecerían al reparto de El rayo, una película de 1936 basada en la obra homónima de Muñoz Seca y López Núñez, ambientada en Navas de San Juan, y que Francisco Juan Rodríguez Oquendo y Belén Garrido Palazón editaron y estudiaron en el año 2000).
La crítica de Guillermo Fernández-Shaw en Las Provincias nos aclara la intervención de Cantó y Nieto. Después de decir que la música no pasaba de agradable, pero que el libreto estaba bien y la interpretación fue más que excelente, nos habla del final de la obra: “El desenlace, volviendo el Príncipe a su mujer, pero sin que se haya deshecho el equívoco y sin que su marido sepa, por tanto, que ha sido víctima de una sencilla estratagema, sorprendió algo al auditorio. El final que la obra tiene es el natural; pero al público le gusta que no queden cabos por atar, y como aquí no se atan todos, le faltaron cosas, y recibió la sensación de que la obra acababa demasiado rápidamente”. No obstante, aplaudió “sinceramente complacido” y elogió, como la crítica, la labor de los adaptadores, “el veterano en estas lides don Gonzalo Cantó y el brillante escritor y periodista don Ernesto Nieto” (como se ve, hay un error al nombrarlo “Ernesto” y no “Miguel”).
Así pues, Miguel Nieto y Gonzalo Cantó adaptaron una exitosa opereta para la escena española cambiándole un final convencional por otro más arriesgado en el que los cabos sueltos, como en la vida, dejan al espectador sumido en una pensativa desazón.

                                   JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





miércoles, 29 de agosto de 2018

Contexto y verano


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de agosto de 2018       

               CONTEXTO Y VERANO

         No sé si la estructura de internet, el (des)orden de las aguas cibernéticas por las que navegamos, es la causante de una cierta fragmentariedad en nuestra vida, o si es que un mundo que ya había fragmentado el conocimiento, que tenía una visión aislada de las cosas, era justamente el caldo de cultivo de un fenómeno como la red. Probablemente sean elementos que se alimenten mutuamente, como ocurre en tantas ocasiones. Los que todavía seguimos leyendo libros, al manejar internet nos damos cuenta de la diferencia existente entre estar inmerso en una atmósfera, dentro de un contexto, donde el sentido de cada cosa depende del todo, y el picoteo saltarín por la red, en el que los elementos nos aparecen con un notable grado de aislamiento. Hace un siglo, una escuela psicológica, la Gestalt, censuraba a otra, el Asociacionismo, que explicara la percepción en términos de elementos aislados, cuando lo que percibimos es primariamente un todo. Justamente la dificultad de la inteligencia artificial consiste en la imposibilidad de tener en cuenta el contexto, como señalaba con acierto y gracia en un reciente artículo el filósofo de la ciencia Antonio Diéguez (“No es lo mismo gritar «arriba las manos» en una clase de zumba que en una sucursal de banco”). La verdad, ya lo decía Hegel, está en el todo.
         Viene esto a cuento porque una de las funciones del verano (o del periodo vacacional inserto en él) es precisamente recordarnos la importancia de las condiciones en las que se desarrolla nuestra vida, hacernos ver una vez más que las cosas tienen sentido siempre en un contexto, formando parte de un todo. Pasamos el resto del año, con breves interrupciones, en un clima determinado, rodeados de calles y edificios y ruidos y rostros y voces cotidianos. De tan familiares, apenas reparamos en ellos, como no oye la catarata, sino su inopinado silencio, quien vive al lado de ella. En el verano uno abandona sus condiciones habituales y las cambia por otras, ingresa en otro contexto, donde las mismas cosas que hace o dice tienen ya otro sentido. Una posible consecuencia es la sensación de que uno está descansando de sí mismo, la impresión algo alarmada de que nuestro yo está desapareciendo y se metamorfosea en un ojo observador que registra cuanto ve sin relacionarlo con lo que hemos sido hasta ayer mismo, con el repertorio de nuestros gustos y nuestros rechazos.  Así, inmersos en esa ciudad sobre la que tanto hemos leído, nos sorprende la indiferencia con que ahora contemplamos sus palacios, sus iglesias, sus calles. No se trata de la decepción con que a veces la realidad abofetea nuestras ilusiones, ni de un prejuicio soñador contra lo existente. Es que hemos puesto entre paréntesis momentáneamente el suelo que nutría esos intereses. La prueba de ello es que uno va guardando esas imágenes y luego, al retomar la vida normal, podrá extraerle su riqueza, como ocurría con los ya antiguos carretes de las cámaras fotográficas que se revelaban al regresar de los viajes.
         Pero también puede uno, al cambiar el contexto, sentir la atracción de otras trayectorias vitales alejadas de la suya. Así, el cajero de banca, mientras la arqueóloga explica un yacimiento fenicio, piensa qué hermosa y detectivesca es su labor y, lamentando la brevedad de la vida (ars longa vita brevis), se dice que si tuviera otra la dedicaría al apasionante estudio de los restos del pasado.
Cabe asimismo la posibilidad de que el articulista mensual no encuentre la tonalidad que le permita redactar el texto prometido. Entonces recurre a hablar de cómo cambia nuestro medio en verano, del mismo modo que el novelista que no encuentra tema para su obra convierte esta dificultad precisamente en el tema de su novela.
Las maneras, en fin, de vivir ese paréntesis en nuestra cotidianeidad varían según personas y edades. Lo que quiere decir que, en el fondo, siguen formando parte de nuestra vida, el gran contexto en el que integramos todo cuanto nos pasa y al que pertenecen tanto nuestros ocios como nuestros negocios.

Juan Fernando Valenzuela Magaña



sábado, 25 de agosto de 2018

Inquietante


 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 30 de julio de 2018

INQUIETANTE

            Hace dos artículos hablábamos del carácter inquietante que tienen los robots de aspecto humano. Aunque nos pueda parecer algo de nuestros días, esa sensación de extrañeza ante lo familiar que nos producen los androides ya se la producía a los hombres del XVIII el maniquí con aspecto de turco que jugaba al ajedrez o al lector de los cuentos de Hoffmann los autómatas que en ellos aparecen. La naturaleza de ese desasosiego llevó a Freud a escribir un opúsculo sobre el asunto titulado “Lo inquietante”. Esta categoría no solo se da cuando nos topamos con un muñeco que se parece tanto a un ser humano que podría ser confundido con él, también en otras situaciones o en la perspectiva que adoptamos sobre ellas. Basta para darse cuenta con leer a Kafka; o a Kaschnitz, una escritora alemana cuyo desconocimiento en España está paliando la labor de traducción de Santiago Martín Arnedo.
            La proliferación y el desarrollo de artefactos de apariencia humana ligados a la inteligencia artificial (y a la ciencia ficción) en los últimos lustros, ha propiciado una hipótesis conocida como “el valle inquietante”. Según ella, nos llevamos mejor con robots cuyo aspecto se asemeja al del hombre hasta que llegamos a un misterioso punto a partir del cual el robot es tan parecido a nosotros que nos provoca una fuerte repugnancia, que es vencida si el parecido deja de serlo para encontrarnos ante un ser humano tal cual. En el gráfico que recoge tal variación se produce entonces un valle que refleja el rechazo ante robots con forma demasiado humana. La hipótesis no sirve solo para robots, sino para cualquier réplica, y distingue entre las que se mueven y las que no. Uno mismo puede hacer un experimento, aunque sea mental. Sitúese en primer lugar ante uno de esos maniquíes que solo buscan reproducir las medidas de un cuerpo humano, sin orejas, ojos o labios. A continuación, hágalo ante un maniquí de marcado realismo. Luego, ante un muñeco de cera bien conseguido. Por último, ante un reborn, uno de esos bebés hiperrealistas que son paseados en su carrito con orgullo paternal o maternal. ¿Nota cómo la confianza desciende y la inquietud aumenta?
            La peculiaridad de esta sensación estriba en el juego que se produce entre familiaridad y extrañeza. Lo que nos resulta conocido, de pronto se revela ignoto; lo claro se torna oscuro; “lo cercano se aleja”, en palabras de Goethe referidas al crepúsculo y que Borges aplica también al proceso de la ceguera. Lo que creíamos quieto se torna movedizo, lo estable se tambalea, lo sólido es ahora líquido. Y cuanto mayor sea la familiaridad que hay previamente, mayor desasosiego nos provocará su ruptura. Pero… ¿no consiste la tarea del pensamiento en poner en cuestión lo admitido? ¿No parte el pensar de alejar lo cercano, de tomar distancia de la pretendida realidad?  ¿Tendría ese asombro ante la naturaleza que da origen a la reflexión una veta de terror ante un mundo que se nos ha vuelto extraño?
            Volvamos a los androides. La confusión entre familiaridad y extrañeza explica, como acabamos de ver, la inquietud que nos provocan. Pero podemos afinar más. El arte del siglo XX ha usado máscaras, caricaturas y representaciones similares para referirse a un hombre vacío. El parecido de estas figuras con los robots de aspecto humano puede advertirnos sobre otra de las fuentes del malestar que nos provocan. Los humanoides son nuestro reflejo, la imagen especular del hombre de hoy. Y no solo de hoy. En un cuento de Hoffmann titulado “Los autómatas”, acabado a principios de 1814, se califica la obsesión por reproducir mecánicamente los órganos humanos para hacer música de “guerra declarada al principio espiritual”. El espíritu, lo interior, desaparece en la máquina. Por eso, se dice en ese cuento, “la simple relación del hombre con figuras sin vida que imitan como monos las formas, movimientos y quehaceres humanos tiene para mí algo opresivo, terrible, diría incluso espantoso”. Inquietante.





miércoles, 11 de julio de 2018

Fútbol


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de julio de 2018


FÚTBOL
           
            Había anunciado para hoy un nuevo artículo sobre el asunto de los robots, pero dado que se está celebrando el mundial, rindamos tributo al puro presente. Cada vez que hay un acontecimiento futbolístico de esta magnitud, aparecen, recurrentes, las voces que se lamentan de que la pasión que despierta este deporte no la susciten la educación o la ciencia. Ojalá, dicen, las masas corearan el nombre del último premio Nobel de Medicina con la vibrante energía con que cantan el de Iniesta o el de Ramos. No termino de ver clara esta postura. Para explicar lo que pienso al respecto imaginemos un vocacional y abnegado científico que sea aficionado al fútbol. Pongámoslo en dos situaciones distintas: ante una final y ante un hallazgo científico. En el primer caso, sabemos lo que sentirá: nerviosismo, inmensa y momentánea alegría si su equipo mete un gol, deseo intenso de que acabe el partido si se gana solo por un tanto…, en fin, el habitual repertorio de emociones en esas circunstancias. En el segundo, no diré que muestre una ascética y racional constatación de que se ha conseguido algo de importancia, exenta de sentimientos. Sin duda, habrá en su ánimo orgullo si ha participado en el descubrimiento, admiración hacia sus colegas si no ha intervenido él, dicha por el logro de una disciplina de la que se siente miembro. Si se me pregunta cuál de esas actividades tiene más mérito (es decir, es más valiosa), no dudaré en decir que la segunda a gran distancia de la primera. Si se me dice qué alegría es de más calidad, la que uno siente ante un gol o la que uno siente (el que la siente) ante una invención o un descubrimiento, también diría que la segunda. Pero no entiendo qué tiene que ver todo esto con ese lamento con que hemos comenzado el artículo. Las emociones que provocan los hallazgos culturales (no solo un descubrimiento científico, pensemos también en una hábil solución pictórica o en un verso perfecto) son acaso más serenas, más profundas y más íntimas. Me cuesta pensar a un lector exquisito que, tras entender el verso con que Góngora acaba su famoso soneto (“en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”), y darse cuenta de la gradación creciente (o decreciente, según se mire), con que cuenta el aniquilamiento de la belleza (“humo” aquí tiene que ver con “humus”, tierra), abra la ventana de su cuarto y grite a los cuatro vientos: “¡Oooole el Góngora! ¡Lo ha clavao!”, mientras ondea la bandera del Siglo de Oro. Más bien me lo imagino mirando el crepúsculo a través de esa misma ventana y saboreando con melancolía el endecasílabo. Es lo que este pide, como el gol suscita una intensa y, si se quiere, primaria emoción que se manifiesta en gritos, saltos y abrazos. No veo incompatibilidad entre ambas emociones, y las considero fruto de objetos y campos distintos.
            No obstante, tal vez algunas voces que agitan ese lamento no pongan el acento tanto en la pasión que puede hacer sentir a alguien el fútbol como en la valoración social que ese deporte tiene, en su importancia a la hora de generar modelos de vida y ejemplos para imitar. Una sociedad, quieren acaso decir, que da más importancia al fútbol que a la ciencia (no ya que vibre más con el primero que con la segunda), debería reflexionar sobre sí misma. Este, en efecto, es otro asunto. Y aquí el fútbol no está solo. Su peso social y su influencia serían comparables a los programas de televisión de más audiencia, a los personajes más populares o a los grupos musicales de moda. Pero al menos una parte de esto, ¿no pertenece a la Cultura? Que el ministro de Cultura lo sea también de Deportes, ¿no es una intuición de la cercanía entre ambas cosas? Si la música de los grupos que harán su gira este verano es considerada cultura (para entendernos: si el reguetón es cultura), ¿qué impide considerar también como tal el deporte de masas? Como se ve, además del artículo sobre los robots, queda pendiente otro que intente responder a esta pregunta: ¿qué entendemos por “cultura”?
Juan Fernando Valenzuela Magaña


martes, 5 de junio de 2018

Robots


Artículo publicado en el Jaén el lunes, 4 de junio de 2018

ROBOTS

            Últimamente se suceden las noticias relacionadas con los robots: logros en sus habilidades, aplicaciones diversas, impacto en el mundo laboral, relaciones con los humanos… En realidad, desde que apareciera el término “robot” en 1920, ni la ciencia ha dejado de mejorarlos ni la literatura y el ensayo de proyectar su desarrollo y su presencia en el futuro. Su papel en la ciencia ficción es de protagonista. Pero antes de que apareciera la palabra y la tecnología permitiera una sofisticación insospechada siglos atrás, la figura del humanoide ya existía y había dado lugar a inevitables reflexiones.
Dejemos a nuestras espaldas los antecedentes griegos o medievales y empecemos en los finales del siglo XVIII. Durante esos años y los de principios del XIX, un maniquí con turbante llamado “el turco” se pasea por Europa y Estados Unidos ganando al ajedrez a quien se atreve a retarlo. Sentado ante un tablero dispuesto sobre una caja con un mecanismo interno de relojería, hacía creer a la gente que era un autómata capaz de mover peones, caballos o torres como un maestro. El mismísimo Napoleón fue derrotado por su juego. Por mucho que se intentó descubrir dónde estaba el truco (el truco del turco), un incendio se llevó el secreto para siempre cuando el ingenio contaba ya 85 años desde su creación por Wolfgang von Kempelen en 1769. Nos queda una especulación detectivesca de Edgar Allan Poe al respecto y la confesión del hijo de uno de sus dueños, que parece explicar la verdad de este personaje de la época. Aunque espero haber despertado la curiosidad del lector por este tatarabuelo de Deep Blue (la supercomputadora de IBM que jugó con Kaspárov en 1996), respetaré su secreto como estratagema para aumentarla. La curiosidad es una forma del deseo y ya sabemos que este se halla, también, en crisis.
Cuando pienso en el turco mi mente lo asocia con una autómata ficticia de la misma época llamada Olimpia. Aparece en el cuento de ETA Hoffmann “El hombre de arena”. Y con “Frankestein o el moderno Prometeo”, novela publicada hace ahora 200 años y cuyo protagonista tiene algo de que carecen los autómatas pero que la ciencia ficción se encarga hoy de imaginarle: la consciencia. Ese interés por estas figuras que se da en el romanticismo está relacionado, si no me equivoco, con la cuestión de la identidad. Meterse en ella es hacerlo en un laberinto que la página de un periódico no es lugar para desplegar. Baste con decir que en ese momento se produce uno de los mayores cambios de mentalidad de la historia de occidente. Isaiah Berlin destaca como rasgo de este periodo el abandono de la idea de una estructura del mundo a la que debamos someternos y su sustitución por la idea de que el universo es creativo, fluyente, infinito, inabarcable.  En él, nosotros debemos ser creadores de valores, de objetivos, de fines. La idea del yo personal y la idea del ser humano en general quedan radicalmente afectadas por esta nueva visión de la realidad. De ahí parte, a mi juicio, el peculiar tratamiento de dos temas que, aunque relacionados, conviene distinguir: el del doble y el del autómata. Dejemos por ahora el primero, la posibilidad de que exista alguien que de un modo u otro repita mi identidad, y sigamos con el segundo.
El autómata como figura casi humana viene definido por un parecido exterior al que, no obstante, falta la expresividad de la carne. El motivo es que el autómata, a diferencia del hombre, carece de interior. Por eso el desarrollo de una visión del hombre que ha querido explicarlo completamente a través de la ciencia nos ha acercado a ellos. Para tal visión no hay ya alma, ni siquiera mente: solo cerebro. La reacción de aquellos a quienes dolía tal concepción se expresó pictóricamente en las variantes del autómata: los maniquíes de Chirico, las máscaras de Ensor, las caricaturas de Dix, las figuras oníricas de Delvaux, los personajes casi de cera de Magritte… Todos nos producen la sensación de una inhumanidad muy humana. Todos nos inquietan. Como los robots con forma humana, que han dado el pie a este artículo. Y seguirán dándolo al siguiente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.



martes, 8 de mayo de 2018

Náufragos



Artículo publicado en el Jaén el lunes, 7 de mayo de 2018


NÁUFRAGOS

En el artículo del mes pasado acabábamos sorprendidos ante el uso de términos de sabor antiguo para designar lo más actual. Así, llamamos “navegar” a nuestro recorrido por internet o “nube” al espacio donde guardamos información. Hoy podemos añadir algo más al respecto. La palabra “cibernética” proviene del término griego “kybernētik”, que designa el arte de gobernar una nave. Parece que el elemento predominante en nuestro mundo tecnológico es el agua. No es, pues, extraño que el recientemente fallecido sociólogo Bauman hable de modernidad líquida, de realidad líquida y de educación líquida.
         Ahora bien, la experiencia en la que el hombre se encuentra perdido en el agua se llama “naufragio”. Se trata de una situación paradigmática, hasta el punto de que la filosofía de Ortega y Gasset considera la vida precisamente así, como naufragio. Pero aunque constitutivamente el hombre sea un náufrago, ha habido épocas en las que su circunstancia histórica y social hacía que sintiera que el barco en el que transcurría su existencia era tierra firme donde sus raíces se hallaban bien afincadas. Stephan Zweig cuenta en “El mundo de ayer” cómo la generación de sus padres, que vivió en la Austria de antes de la Primera Guerra mundial, consideraba el mundo como un lugar estable en el que los cambios eran mínimos. Su circunstancia era su hogar. Llama por ello a aquella época “la edad de oro de la seguridad”. Por el contrario, él vivió una existencia sacudida por las dos guerras mundiales y el ascenso al poder de Hitler, que de un escritor de éxito lo convirtió en un autor prohibido y un huido apátrida. La tradición española parece especialmente sensible a esa posibilidad de que de pronto todo cambie, a esa concepción del poder como voluble, de la vida como inestable, del mundo como una ruleta de la fortuna: “tu firmeza es non ser constante”, le decía a aquella Juan de Mena. Quizá por eso España aportó tanto al barroco, una época en que esta experiencia del naufragio se agudizó. Viejas certezas que el paso de los siglos había apuntalado se resquebrajaban y el hombre sentía que el suelo le faltaba bajo los pies. De ahí la sensación de que la realidad tenía la consistencia de los sueños: estamos hechos de la materia de los sueños (Shakespeare), la vida es sueño (Calderón), contemplemos la posibilidad de que todo sea un sueño (Descartes). Y de ahí también la idea de que el hombre es una mezcla de miseria y grandeza, porque sentirse náufrago es reconocerse menesteroso, pero en ese reconocimiento está la posibilidad de salvación. De otro modo uno se ahoga inevitablemente.
         Hay otro momento en que el hombre siente que se halla sobre agua procelosa y que debe nadar para salvarse. Hace dos siglos, en pleno romanticismo, Géricault pintaba “La balsa de la Medusa”, la historia de un famoso naufragio. Por las mismas fechas, Schopenhauer citaba en su libro más famoso las palabras de Shakespeare y de Calderón relativas al sueño. Y Mary Shelley escribía “Frankestein”, una novela sobre las posibilidades de la ciencia que vuelve a mostrar el carácter doble del hombre, su lado sublime y su miseria.
         El artículo está llegando a su fin y debemos arribar a puerto. Nuestro mundo parece mirar desorientado una brújula que señalara hacia él mismo. La sensación de naufragio nos acerca al barroco y a los románticos. De hecho, hoy se habla de un neobarroco, de un tecnobarroco y de un tecnorromanticismo. No es lugar este para entrar en detalles, basta señalar las sugerentes coincidencias. El ciberespacio, la inteligencia artificial, la globalización, configuran un inmenso mar de agitadas aguas, en el que volvemos a sentirnos menesterosos y a cuestionar la realidad. La ciencia ficción, que nos muestra la grandeza y bajeza del hombre, ha pasado a ser en parte un género realista en el que encontrar material para la reflexión. Porque solo haciéndonos cargo de la complejidad de nuestro mundo (y su denunciada superficialidad es parte de esa complejidad) compondremos un arte de gobernar bien nuestra nave, una buena cibernética.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Puede leerse en el periódico.



jueves, 12 de abril de 2018

Nubes


Artículo publicado en el periódico Jaén el 9 de abril de 2018.

NUBES

Llama la atención la facilidad con la que cuanto nos rodea (paisajes, personas, acontecimientos) se vuelve duro y pétreo, deja de hablarnos y enmudece. Quizá lo acertado sería decir lo inverso, señalar la facilidad con la que nosotros nos volvemos sordos al mundo, de espaldas a él, al que de modo automático sustituimos por una cadena de tópicos con que, a la vez, lo apresamos. Nos movemos entonces como si paseáramos por un mapa en vez de hacerlo por un territorio. Sospecho que esa sordera es inevitable, que es imposible vivir continuamente tocando la profundidad de las cosas. Pero si no podemos habitar siempre en el fondo de lo que nos rodea, tampoco nos satisface quedarnos sin más entre sus corazas. Una voz interior nos zarandea quejándose de sed. Y hay así momentos en los que nos detenemos y abrimos las puertas de objetos, personas o hechos y entramos en su interior con el asombro que siempre la realidad nos produce cuando sabemos mirarla. Ese asombro que es según Aristóteles el origen del pensamiento.
Coincidimos con alguien en el ascensor y, queriendo hablar y sin saber de qué, recurrimos al tiempo. El de estas semanas nos echa una mano, porque parece menos convencional y disimula el carácter mostrenco de la conversación. Pero imaginemos que, por extraño e improbable azar, queramos justo en esa situación romper el cascarón del mundo y asombrarnos de lo que contiene. Supongamos, por ejemplo, que, al hilo de la tópica conversación,  nuestro interlocutor pronuncia la palabra “nube” y nuestros ojos, los suyos y los nuestros, brillan despertados por un puñado de sugerencias. Varios caminos se abren entonces ante nuestros pies. Siguiendo uno de ellos hablaremos de lo efímero, de lo pasajero. Uno citará los versos de Amado Nervo: “que el hombre pasa como las naves,/como las nubes, como las sombras”. El otro sacará su inevitable as, recurriendo a Jorge Manrique, “¿Qué se hicieron las damas,/sus tocados, sus vestidos,/sus olores?”, y entre ambos buscaremos el sentido del paso del tiempo. Pero podemos echar el pie en el camino que hay junto a este y decir que la nube ha simbolizado la apariencia vana. Inevitable recurrir entonces al mito de Néfele. Zeus había perdonado a Ixión una traición cometida y lo había sentado a su mesa. Ixión, reincidente, pretendió traicionar al mismísimo Zeus acostándose con su mujer, Hera. Borracho, no se dio cuenta de que yacía con Néfele, una nube a la que Zeus había dado la forma de su esposa. Desde entonces, sufre uno de los castigos más famosos de la mitología griega: recorre el firmamento atado a una rueda ardiente. Chamfort alude a este castigo en una comparación que yo no he parado de recordar durante la crisis: El ambicioso que ha perdido su objeto y vive desesperado, me recuerda a Ixión en la rueda por haber abrazado una nube.
         Pero hay más caminos. También la nube ha significado divina bendición. El pueblo bíblico, al habitar una región semidesértica, asocia la nube al agua y a la sombra, es decir, a la fecundidad y a la protección. Asimismo, podía ser la señal visible de Dios. Un recorrido, como puede verse, opimo y prometedor.
         Alguien que en ese momento se subiera en el ascensor podría pensar que estamos en las nubes. Quizá nos escogería como personajes de una versión contemporánea de “Las nubes” de Aristófanes, la comedia donde se ridiculiza a Sócrates. Entonces iniciaríamos los tres un debate sobre la relevancia que el pensamiento y las ideas tienen en la que suele llamarse vida real. ¿Fecundan las nubes de la teoría la tierra de la práctica o son el refugio de los que no saben vivir?
          Pero nadie ha subido. Y, de pronto, nuestro interlocutor dice, escogiendo otro camino: ¿Te has fijado en los términos tan antiguos que usamos para nuestro invento más actual, internet? Como los fenicios o los griegos, “navegamos” por su proceloso espacio, consistente en una “red” como la inventada por Aracne, a quien Minerva convirtió en araña. ¿Y dónde guardamos nuestra información? En efecto, respondemos pensativos: en la nube.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.





lunes, 19 de marzo de 2018

El consumo del arte



Artículo publicado en el periódico Jaén el 12 de marzo de 2018.


EL CONSUMO DEL ARTE

Es posible que el signo de nuestro tiempo sea carecer de signo alguno. Predomina la sensación de que nada de cuanto surge lo hace para quedarse. Sospecho que esto tiene que ver con la aplicación del patrón del consumo a ámbitos que le son ajenos. La pista me la dio una famosa presentadora de televisión, que dijo hace años: “Consumo todo tipo de música”. A la sorpresa que me produjo el que pudiera pasar sin solución de continuidad de la “Novena” a “Macarena”, se añadió el empleo del verbo “consumir” en ese contexto. Uno consume tomates o plátanos, pero… ¿música? Lo característico del consumo, cuenta la perspicaz Hannah Arendt, es que se produce en nuestra dimensión biológica, es necesario para nuestra subsistencia en la naturaleza. Consecuentemente, lo consumido es poco duradero, está destinado a desaparecer, tragado por nuestro cuerpo o sometido a la corrupción natural.
Pero, además de este ámbito y sobre él, el hombre ha creado un espacio donde las cosas están hechas para perdurar. Más allá de la naturaleza, hemos levantado  un mundo que nos recibe al nacer y que seguirá tras nuestra muerte. Las obras de arte, pero no solo ellas, pertenecen a ese mundo.
Consumir música, o libros, o cuadros, supone así tratar algo destinado a perdurar como si perteneciera a nuestro espacio de mera supervivencia. Aunque también cabe la posibilidad de que el producto consumido se haya hecho para tal menester, es decir, que desde su origen la música o el libro haya sido proyectado para un trato con el oyente o el lector de usar y tirar. Es la sospecha que nos sobreviene al leer la primera página (para nosotros también la última) de algunas novelas o escuchar las primeras notas (a menudo, ay, condenados a que no sean las últimas) de tantas canciones. Contrariamente a la búsqueda de la pervivencia que animaba en otro tiempo las obras, estas parecen ahora reclamar a gritos el olvido. Sin duda tal destino tiene que ver con la velocidad con que hoy se hace todo. “Quien vive de prisa no vive de veras”, canta el verso de Santos Chocano, tal vez porque la celeridad propicia que el hombre viva un puro presente desgajado del pasado y del futuro. La consecuencia es que el individuo pasa de puntillas por las cosas sin ser afectado por ellas, produciéndose así un déficit de experiencia, cuyas manifestaciones van desde el turista que fotografía lo que es incapaz de experimentar a la superficial lectura de picoteo que hacemos en internet (”mariposeo cognitivo”, la llama Vargas Llosa).
Esa falta de experiencia explica el afán por el selfi. En él no se trata tanto de mostrar a los demás la intensidad de un momento de nuestra vida cuanto del intento por convencernos de que estamos, por fin, viviendo. La palabra (de “self”, “auto” o “a sí mismo”) ilumina otro aspecto de esa actividad: su  tentativa de aferrarse a una identidad que sentimos que se nos escapa. Pues la estabilidad de ese mundo hecho de cosas perdurables del que hemos hablado hace que nos sintamos en él como en nuestro hogar y, por tanto, que nos reconozcamos a nosotros mismos, que sintamos la seguridad de nuestro yo. Un entorno estable permite un sujeto que, alejándose del cambio incesante inherente a lo natural, conquista su unicidad. Si las cosas de ese mundo (obras de arte, sí, pero también sillas, mesas y demás objetos que están hechos para acompañarnos en la vida) son diseñadas, mediante la obsolescencia programada, no para durar sino para desaparecer inmediatamente, no para que nos acompañen sino para ser consumidas, nos quedamos a la intemperie. Y un sujeto a la intemperie se disgrega, no sabe ya quién es. Por eso un famoso sociólogo ha propuesto la figura del refugiado como figura de nuestro tiempo. Y también por eso las identidades que se exhiben tienen en común su afectación, como si se luchara por recuperar un yo que tenemos la impresión de haber perdido en alguna parte del camino que nos ha llevado hasta el presente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Ir al periódico.


martes, 13 de febrero de 2018

Si todo se repitiera

    Pongo aquí el artículo publicado ayer, lunes, 12 de febrero de 2018, en el diario Jaén. En la edición del periódico han omitido dos puntos y aparte, uno de ellos muy necesario.



SI TODO SE REPITIERA

Ahora que usted está de lunes, sacudiéndose su somnolencia e intentando orientarse en la semana que se abre a sus pies, le voy a proponer un juego. En la miscelánea de noticias que llenan las páginas de este periódico las encontrará terribles, simpáticas, previsibles o inverosímiles. Aunque dejen un cierto poso en el lector, en poco tiempo serán olvidadas. Si hay un objeto perecedero, es el diario. Pero… ¿y si no fuera así?
Un día de agosto de 1881, en los bosques junto al lago de Silvaplana, “a 6000 pies más allá del hombre y del tiempo”, Nietzsche fue presa de la intuición del eterno retorno, del pensamiento de que nuestra vida se repite una y otra vez en todos sus detalles. La idea puede abordarse de distintos modos. Yo propongo en este artículo que la consideremos una prueba mental. ¿Cambiaría algo nuestra visión del mundo, nuestra actitud ante la vida, si estuviéramos convencidos de que la nuestra volverá una y otra vez, de que leeremos este mismo periódico con estas mismas noticias infinitas veces?
            Kundera, en el comienzo de La insoportable levedad del ser, responde afirmativamente a la pregunta. Nuestro mundo adquiriría un peso enorme si hubiera de repetirse eternamente. Como consideramos que no es así, la historia se vuelve leve. Lo que ha pasado una sola vez es insignificante. Dado que Robespierre no volverá, aquellos “años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo.” Se ficcionalizan.
            Pero todo cambia si esperamos que esos mismos años se repitan. El eterno retorno hace que hayamos de cargar con el peso de la responsabilidad. Las dos categorías que usa Kundera son, como vemos, la del peso y la de la levedad. La primera pertenece al mundo del eterno retorno, la segunda al mundo de lo que solo se da una vez. Las implicaciones, podemos intuirlo fácilmente, aparecen tanto en el plano histórico como en el personal.
            Entre la idea de Nietzsche y la consideración de Kundera media un siglo. En mitad de esos cien años de separación un argentino aficionado a los laberintos, los espejos y los tigres, dedica dos apartados de su Historia de la eternidad al asunto. En el primero de ellos alude a la crítica de San Agustín a la idea del eterno retorno. Lo asombroso es que lo que para el escritor checo en la segunda mitad del siglo XX significa gravedad, es irrisorio para el hombre que abre la puerta de la Edad Media. Si todo se repite, piensa San Agustín, las cosas pierden dignidad. Sería ridícula una crucifixión que volviese una y otra vez, del mismo modo que la seriedad de una despedida se vuelve cómica si vamos a volvernos a ver infinitas veces todavía.
¿En qué quedamos, pues? ¿El eterno retorno daría peso, seriedad y valor a la vida, como piensan Kundera y Nietzsche, o, por el contrario, siguiendo a San Agustín, se lo restarían, harían de ella algo leve e insignificante? Si dos dicen lo mismo, no es lo mismo, reza la sentencia. Invirtámosla: si dos dicen lo contrario, podría ser lo mismo. Y es que ambas posturas buscan la importancia de la vida, pero la encuentran en sitios distintos. Para el santo algo que haya pasado una vez tiene consistencia: Dios recoge cada instante en el seno de su eternidad. Para un mundo marcado por “la muerte de Dios”, lo único se convierte en leve, en humo, en sombra, en nada.
¿Y no será lo mismo, bien mirado, el instante fugaz y el eterno retorno? Si, como dijo Leibniz, dos cosas idénticas son la misma cosa, ¿no serían dos o infinitos instantes idénticos un mismo instante?
Desplegado el tablero de juego y repartidas las cartas, ¿qué dice usted? Si este lunes y las noticias del diario que tiene entre manos estuvieran llamadas a repetirse eternamente, ¿haría usted lo mismo que tenía previsto hacer esta semana? Tal vez la hipótesis le parezca absurda, y entonces mi pregunta es: si este instante no va a volver ya jamás, si las noticias de este diario solo fulgurarán hoy, ¿serán por ello intrascendentes, será el dolor que algunas de ellas destilan distante como una ficción?

            JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

   Versión digital en el periódico: 




viernes, 4 de abril de 2014

Blanco roto. Psicología y marketing

BLANCO ROTO

PSICOLOGÍA Y MARKETING

         Suele decirse que, así como la física fue la ciencia estrella de la primera mitad del siglo XX, la biología, y concretamente la genética, es la ciencia estrella en la actualidad. Esto, que es más o menos cierto en el ámbito científico y humanístico, no lo es en el ámbito popular. La disciplina con la que un ciudadano medio tiene más contacto, explícito o implícito, sabiéndolo o sin saberlo, es la psicología. Desde las recomendaciones a los padres para un comportamiento adecuado con sus hijos hasta las pautas para autoayudarnos, pasando por el ámbito de los trastornos mentales, de la educación reglada, por la mentalidad necesaria para la victoria de un equipo de fútbol y por la selección y optimización de los recursos humanos de una empresa, el discurso de la psicología, en sus ramas y corrientes, es el discurso predominante en la vida de nuestras sociedades del siglo XXI. Lo corrobora su inserción en un campo que hoy día se encuentra por doquier: el marketing o, versión española, mercadotecnia, la “ciencia” del vender. Esta ha entrado, de un modo tan natural como peligroso, en ámbitos de los que hasta ahora se encontraba excluida. Señalaré tres. Uno: la política, hoy concebida como venta de candidatos que, por tanto, deben ser diseñados y presentados de acuerdo con los deseos de los votantes, al modo de un coche o un banco o una colonia. Dos: los medios de comunicación, empresas que, al funcionar como tales, cambian su objetivo inicial de formar e informar por el de conseguir más audiencia para así poder pedir más dinero a los anunciantes. Y tres: la literatura, donde el escritor ha de ser mediático o no ser (Bioy Casares decía, aludiendo justo a lo contario de esto, que él era “un escritor por escrito”).

JUAN FERNANDO VALENZUELA  MAGAÑA


 Artículo publicado hoy, 4 de abril de 2014, en Diario Jaén

viernes, 14 de marzo de 2014

Blanco roto. Recursividad

BLANCO ROTO
RECURSIVIDAD
            Es un hecho que la recursividad es hoy un recurso extendido. Entiendo por recursividad la espiral o los círculos concéntricos en los que se cae cuando enlazamos una cosa con otra que la contiene y así ad infinitum. Por ejemplo, puedo escribir que escribo este artículo, y escribir a continuación que escribo que escribo este artículo… y así eternamente. No es que sea este un recurso nuevo. Sin esforzar mi memoria puedo remontarlo al siglo IV a.C, cuando Aristóteles lo usa en un argumento contra Platón llamado el del tercer hombre (el lector curioso podrá consultarlo fácilmente). Con sabor oriental, lo tenemos en la historia en la que un hombre sueña que es una mariposa y al despertar se pregunta si es un hombre que ha soñado ser mariposa o una mariposa que ahora sueña ser hombre. La historia la recoge Borges, aficionado a dos que podríamos considerar atributos del recurso recursivo: los espejos y los laberintos. La recursividad está emparentada, sin ser lo mismo, con el círculo vicioso y con expresiones como el grabado de Escher “Manos dibujando” (consúltelo el lector curioso). Nuestro tiempo la ha adoptado casi como seña de identidad. En literatura el escritor se escribe escribiendo, y yo he visto el recurso utilizado en un libro infantil que trata sobre el número 6. ¿A qué se debe? Creo que a la falta de inocencia, entendiendo la inocencia como un entregarse a lo otro sin sospecha o reserva. El inocente juega, el falto de inocencia destripa el juego antes de jugar. Por eso el lector ya no lee una novela de un modo espontáneo, y el escritor se la deshace enseñando cómo la compone (mecanismo que tiende a prolongarse al infinito). Nuestro tiempo es un tiempo en el que hemos comprendido cómo funcionan los juguetes y hemos perdido, consecuentemente, el placer de jugar con ellos.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo aparecido hoy, 14 de marzo de 2014, en Diario Jaén

viernes, 7 de marzo de 2014

Blanco roto. El gimnasio

BLANCO ROTO
EL GIMNASIO

Uno de los lugares más frecuentados en nuestros días es el gimnasio. En él se dan cita a un mismo tiempo dos visiones del mundo: la propia de la modernidad, que comenzó en el siglo XV, y la actual. La primera se sustenta en la matemática y la física, y la cuantificación es su gran herramienta. Si miramos los aparatos que encontramos en un gimnasio, veremos que su función es calcular, registrar, medir. Su propia apariencia, impoluta y esquelética, recuerda el mundo geométrico de Descartes, que era, sin más, el mundo, pues sus otros aspectos, como el sabor o el olor, eran estrictamente subjetivos. Y añadamos algo: los aparatos del gimnasio reproducen, corrigiéndola, la realidad, libre ya de molestas imperfecciones. Ese rasgo es también propio de la modernidad. Pero, del mismo modo, nos encontramos en el gimnasio la visión que del mundo tiene la actualidad. Así, los aparatos guardan otra relación con la realidad: no es ya que la reproduzcan o que la imiten, no es sólo que la corrijan, es que la sustituyen y la crean, la virtualizan. Corremos kilómetros, pedaleamos durante minutos y, al terminar, no nos hemos movido de nuestro sitio. Sin duda, a algún emprendedor del sector no tardará en ocurrírsele la inclusión de paisajes virtuales a elección del cliente que quema calorías. Y ahora el epílogo: una vez que, encerrados en una habitación, se ha gastado la energía que sobra, se coge el coche para llegar a casa, dos calles más allá.
JUAN FERNANDO VALENZUELA  MAGAÑA
Artículo publicado hoy, 7 de marzo de 2014, en Diario Jaén

viernes, 14 de febrero de 2014

Blanco roto. La ciencia: el fracaso de un éxito (III)

BLANCO ROTO
                                                                                             
LA CIENCIA: EL FRACASO DE UN ÉXITO (Y 3)


            Cuando me pregunto por el papel que la ciencia debiera jugar hoy, me veo sorteando la Escila del cientifismo y el Caribdis de la afición actual a las paraciencias. Me explico. El cientifismo sostiene la superioridad de la ciencia respecto de cualquier otro tipo de conocimiento en cualquier aspecto, ya sea técnico, ético o político. Si rechazamos este privilegio de la ciencia en el conjunto del saber humano, corremos el riesgo de caer (o de que se interprete que caemos) en los brazos de campos como la parapsicología o la quiromancia, que son vistos con desdén desde la ciencia oficial. No ser cientifista puede así ser interpretado como la declaración de que todo vale en el campo del saber. Conviene hacer notar que estas mismas pseudociencias babean arrobadas ante la ciencia oficial y no dudan en usar el método científico, caracterizado por la cuantificación y el experimento, para acercarse nada menos que al más allá, con lo que podríamos, sorprendentemente, calificarlas de cientifistas. Repárese al respecto en los aparatos de tecnología punta que hoy día llevan los cazafantasmas. Terminaré, pues, con una propuesta que me parece sensata. Estribaría esta en arrebatar el monopolio de ciertos asuntos, como la ética, a la ciencia (ejemplo: arrebatar la política a la economía), y articularla (la ciencia) con otros saberes como la filosofía, la religión o la poesía.


JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo aparecido en Diario Jaén el viernes 14 de febrero de 2014

viernes, 31 de enero de 2014

Blanco roto. La ciencia: el fracaso de un éxito (II)

BLANCO ROTO
LA CIENCIA: EL FRACASO DE UN ÉXITO (II)
            “Decíamos ayer” que las ciencias estaban en crisis en los años treinta del siglo pasado debido a su renuncia al proyecto humano en el que habían surgido. Antes de ver qué pasa hoy con la ciencia, no estará de más concretar aquella crisis en una enigmática figura. Ettore Majorana era un físico italiano extraño y de enorme talento. Con una prometedora carrera por delante (Fermi lo consideraba un genio), un día desapareció. La policía creyó que se había suicidado, pero el novelista Leonardo Sciascia articula una hipótesis relacionada con lo que exponíamos en el anterior artículo: Majorana habría renunciado a la ciencia porque había visto lúcidamente que llevaba a la bomba atómica antes de que ningún otro científico se diera cuenta, y habría ingresado en un convento. Añadamos nosotros algo. En la renuncia de Majorana hay un componente ético que parece haberse desprendido ya de la manera de verse las ciencias a sí mismas. Sólo unas ciencias desvinculadas del proyecto que las vio nacer pueden acabar en el Proyecto Manhattan. ¿Qué tiene que ver — se dirá— lo que la ciencia descubre y posibilita con lo que la sociedad y la política hacen? Esa pregunta es precisamente la respuesta: esa pregunta era impensable al comienzo de la Edad Moderna. En los mismos años treinta, Zubiri decía en una sorprendente y provocadora conferencia que el científico actual posee la verdad pero no está poseído por ella, su saber es satisfacción de una curiosidad, pero no verdadera ciencia. Se hallaba el filósofo español en sintonía con Husserl. Y ahora nos queda preguntarnos por las ciencias en el siglo XXI.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo publicado hoy, 31 de enero de 2014, en Diario Jaén

viernes, 20 de diciembre de 2013

Blanco roto. La ciencia: el fracaso de un éxito (I)

BLANCO ROTO
LA CIENCIA: EL FRACASO DE UN ÉXITO (I)

       Un filósofo alemán (valga la redundancia) se preguntaba en los años treinta del siglo pasado si las ciencias estaban en crisis. Sólo hay que pensar en la física de aquel tiempo y nombrar a Einstein, Bohr o Heisenberg para darse cuenta de lo peregrino de la pregunta de Husserl, que así se llamaba el filósofo. Sin embargo, la extraña pregunta era pertinente. En el Renacimiento, el hombre europeo renunció a su modo anterior de existencia y se propuso nuevas metas: una teoría libre del mito y la tradición, una acción autónoma y un cambio político. Las ciencias eran parte esencial de ese proyecto, unas ciencias no independientes, sino que formaban parte de una gran ciencia o filosofía que las incluía a todas y que trataba tanto problemas de hecho o temporales como problemas de razón o eternos. Husserl respondía afirmativamente a su pregunta, y consideraba que la crisis de las ciencias era consecuencia del abandono de ese ideal de una ciencia omniabarcadora y de la renuncia de las ciencias a formar parte de ese proyecto racional común que encarnaría luego la Ilustración. Las ciencias acabaron dedicándose a problemas concretos y desentendiéndose de cualquier “pregunta última”. Eso les proporcionó un éxito sorprendente, y, a partir de la segunda mitad del XIX, la prosperity embaucó a las gentes. El problema era que, puesto que las ciencias estaban en el núcleo de lo que era el hombre europeo desde el Renacimiento, la crisis de aquellas era también la crisis de la humanidad europea. Como el año 2014 hará un siglo de la Primera Guerra Mundial, conviene tener esto en cuenta. Pero antes de tratar de ella, nos preguntaremos si hoy podemos hablar de crisis en las ciencias.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo aparecido en Diario Jaén el día 10 de enero de 2014

lunes, 9 de diciembre de 2013

Blanco roto. La educación

BLANCO ROTO
LA EDUCACIÓN

            La insistencia por parte del gobierno en que la nueva ley de educación permitirá una mayor competitividad en el mercado y una mejor inserción laboral de los titulados (en la “Exposición de motivos” se habla de “capacidad de competir con éxito en el ámbito del panorama internacional”, de “puestos de trabajo de alta cualificación” y de “crecimiento económico”) supone el manifiesto olvido de que la educación es un fin en sí mismo y, por tanto, una desvirtuación de la misma. Preguntarse para qué sirve la educación es tan absurdo como preguntarse para qué sirve el amor o la felicidad. Si algún responsable hubiera pensado sobre ella, habría venido a caer de bruces inexorablemente en el texto platónico del mito de la caverna, uno de esos textos fundacionales de nuestra cultura occidental de los que no deja de manar agua por mucho que los siglos hayan bebido de él. En ese lugar se propone la educación como un cambio radical e integral de la persona, que es otra después de haber sido educada. No es que el educado haya aprendido algunas cosas, sino que se ha transformado en otro. Su vida ya no es la misma ni podrá serlo nunca. Cómo conseguir eso en una sociedad como la nuestra, tan distinta no ya a la de la Grecia del siglo IV a.C., sino a la de nuestros padres, sería un buen y complejo territorio de discusión política y ciudadana que me temo seguirá desierto por mucho tiempo. Pero, se objetará, ¿no se dice también en la “Exposición de motivos” que “El aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio”? En efecto, y por ello la Historia de la Filosofía, donde anualmente se explica el mencionado texto platónico, deja de ser obligatoria en 2º de Bachillerato.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo publicado el viernes 6 de diciembre de 2013 en Diario Jaén

viernes, 15 de noviembre de 2013

Blanco roto. Lujos

                          BLANCO ROTO
                 LUJOS
Más allá de la alimentación y el cobijo, todo es un lujo… siempre que reduzcamos la vida a la supervivencia. La libertad, la justicia, los deportes, la televisión, son lujos que los hombres nos hemos dado. Ahora bien, hay dos tipos de ellos. En uno entrarían aquellos lujos irrenunciables, a los que se refería Aristóteles al decir que el hombre lo es plenamente en una comunidad, ya resueltos los problemas de supervivencia. En el otro estarían aquellos lujos prescindibles por superfluos. La sociedad se mira como en un espejo al decidir a qué tipo pertenece un lujo concreto, especialmente en períodos de crisis. Así, podemos preguntarnos qué es valioso para nuestra sociedad mirando aquello a lo que no está dispuesto a renunciar. ¿Mantenemos o abandonamos, y en qué grado, sanidad, educación, asesorías políticas? Se podría objetar que esas decisiones no las toma la sociedad, sino los políticos, pero ¿no somos todos políticos, incluidos los indiferentes? Creer que uno no interviene en las decisiones es el primer paso para no intervenir en las decisiones. Pensemos en la educación, incluyendo la ciencia y la investigación. ¿Hay una diferencia real entre los gobernantes y los gobernados? Los primeros, a diferencia de sus homólogos en Alemania o Francia, prefieren Eurovegas a invertir en investigación, pero no observo que los segundos alienten a sus hijos para que sean científicos con la misma pasión con que lo hacen para que sean futbolistas. En cuanto a la educación propiamente dicha, reina en ella desde hace muchos años una desorientación fruto de dos hechos: la falta de un sincero interés por parte de los partidos políticos que han tomado decisiones al respecto y el triunfo de una corriente de la pedagogía científicamente desquiciada, como lo prueba la seriedad con la que truecan recreo por segmento de ocio. ¿Y la responsabilidad de los profesores? Existe la leyenda urbana de que en una ocasión, antes de aprobar una norma educativa, uno de ellos fue consultado sobre su trabajo.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Aparecido en Diario Jaén hoy, viernes, 
         15 de noviembre de 2013

miércoles, 23 de octubre de 2013

Blanco roto. La inmortalidad

BLANCO ROTO

           LA INMORTALIDAD

Las formas de imaginar la muerte nos permiten entender la vida de los pueblos. Los griegos representados en Homero pensaron que la inmortalidad consistía en una fantasmagórica existencia en el Hades, en el arrastrarse de una sombra sin aspiraciones ni voluntad. Para los largos siglos cristianos la inmortalidad estaba vinculada a la salvación. Lo importante era salvarse, es decir, ser inmortal al lado de Dios. Hoy, en un mundo desacralizado y desencantado, ¿qué es la inmortalidad? La respuesta la da la empresa Digital Legacy, que ha diseñado un método para ser inmortales, tal y como hoy puede concebirse ese concepto. Consiste en poner en la lápida del finado una placa con un código, que puede ser leído con un smartphone, accediendo así a un apartado dedicado al difunto en una página web. Pueden de este modo verse fotos del muerto, escuchar su música favorita o saber las dedicatorias póstumas que le hicieron. La inmortalidad hoy consiste en un hueco en la memoria informática del mundo, un rincón en el lugar en el que todo está almacenado, un pequeño espacio en la red que cualquier interesado puede visitar. Escribía Unamuno que cuando, con el tiempo, un lector vibrara leyéndolo, sería él quien vibraría en dicho lector. Unamuno pensaba que el buen lector podría despertarlo, porque su alma habitaba sus libros. Pero el alma es hoy también una idea obsoleta. Su descendiente, la mente, entendida como una emanación del cerebro, es la depositaria de la identidad y la destinada, por tanto, a perpetuarse, ahora mismo sólo mediante una selección de sus mejores momentos: fotos, vídeos, música y recuerdos. Ahora mismo, porque Stephen Hawking ha declarado recientemente que es teóricamente posible copiar el cerebro humano a una computadora para que siga funcionando después de la muerte. Ciberinmortalidad.                             
                JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
    Aparecido en Diario Jaén el martes 22 de octubre de 2013