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miércoles, 5 de noviembre de 2025

¿Quién era "Segundo Holmes"?

 Texto publicado en la revista de San Juan, 2025

¿QUIÉN ERA “SEGUNDO HOLMES”?

         Es uno más de esos libros que uno encuentra en las librerías de viejo, desgastados por el tiempo y las mudanzas quizá más que por el uso. Se titula La gente del hampa y está escrito por don Segundo Holmes con ilustraciones de Arejula. Ambos, al estar escritos entre comillas, parecen ser seudónimos. Es de 1930 y la editorial es Lux. En la portada aparece un dibujo a color. Dos individuos, uno con gorra roja y otro con sombrero negro, atracan a un tercero, con chistera y aspecto de ricachón. El ladrón del sombrero lleva en su mano izquierda una enorme navaja. De fondo, la puerta de una casa con jardín, que puede ser la del mismo atracado. El índice nos informa de que hay un prólogo, que consiste en una entrevista con un ladrón, y cinco partes, las cuatro primeras dedicadas a distinto tipo de delincuencia (“Delincuentes del hurto”, “Delincuentes de robo”, “Delincuentes de estafa”, dentro de la que está “El timo de la guitarra” o “El timo del entierro”, y “Delincuentes de falsedades”). La quinta parte trata temas diversos, como la jerga de la gente del hampa o la identificación y la dactiloscopia.

Es difícil saber quién se esconde detrás de don Segundo Holmes (ni siquiera el ChatGPT lo sabe), pero no estaría escribiendo este artículo si no lo supiera y si no fuera alguien vinculado a nuestro pueblo. Se trata de Miguel Nieto Paños, conocido entre nosotros por su historia de Navas y de quien hemos hablado en varias ocasiones en estas páginas y en las de Stella. La prueba principal y definitiva la encontramos en la Gaceta de Madrid (antiguo BOE) del 11 de agosto de 1933. Entre las obras inscritas en el Registro general de la propiedad intelectual correspondientes al tercer trimestre de 1932 aparece La gente del hampa, “por Miguel Nieto Paños, con el seudónimo de “Segundo Holmes”, del texto, y con el de “Arejula”, de las ilustraciones”. La publicación que consta es la de Núñez y Compañía, 1929, Barcelona, lo que apunta (por otros datos con los que no aburriré al lector) a que esta empresa imprimió el libro para la editorial Lux y que tal vez hubiera una segunda edición en 1930.

No es de extrañar, pues, que volvamos a encontrar este seudónimo y estos temas en distintas conferencias dadas en Radio Barcelona en 1926 y 1927. Recordemos que Miguel Nieto dirigió la parte literaria de esta emisora. Si a eso sumamos que, junto con su hermano Antonio, había ganado en 1911 las oposiciones al Cuerpo de Vigilancia (la rama civil y de paisano de la policía gubernativa, encargada entre otras cosas de la prevención y represión del delito y de la vigilancia de sospechosos y delincuentes), la cuestión tratada en el libro no quedaba lejos de sus intereses. Y una cosa más. Sospechamos, como hemos visto en otros artículos sobre él (en Stella, 2016 y Stella, 2023), que pudo estar detrás del seudónimo “Tirso” y de la figura de Mercedes Fortuny.

En otra ocasión hablaremos de la fortuna de este libro tras su publicación, las reseñas que lo comentaron, la publicidad que obtuvo y el precio a que se vendía. Solo queda preguntarse si este policía escritor que tan celosamente se escondió detrás del detectivesco seudónimo de Segundo Holmes consideró que había pistas suficientes para que un siglo después un paisano suyo lo desenmascarara.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




Una tertulia en 1925

 Texto publicado en la revista Stella, 2025



UNA TERTULIA EN 1925

  

         ¿De qué se hablaba en 1925, hace un siglo, en nuestro pueblo? Intento recrear una tertulia en uno de sus bares, el de Parrilla por ejemplo, con personas que vivían entonces tratando asuntos del día. Pero como veo tantos posibles desarrollos decido que sea el lector el que evoque esa conversación. Así que aportaré datos fieles (entresacados de la prensa de la época y de los imprescindibles libros de Manuel Valenzuela) a modo de piezas con las que se pueda armar libremente la historia, como en esos juegos en los que según se combinen las mismas cartas van apareciendo distintas figuras.

         Mantengamos el bar de Parrilla a modo de escenario fijo. Doy cuatro posibles tertulianos: un farmacéutico, Julián Díez, un veterinario, Pablo Pasanís, un maestro, Faustino Morato Vadillo y Agustín Sanz. Allá va una pincelada de cada uno para mejor imaginar la escena. El primero, Julián Díez, desde hace treinta años es farmacéutico titular de Navas. El segundo, Pablo Pasanís, lleva también todo el siglo ejerciendo su oficio de veterinario en nuestro pueblo. En cuanto al tercero, lo vemos ir de un sitio a otro en diferentes escuelas de España años atrás, pero sabemos que este curso está aquí y que ya se ha quejado al alcalde de las malas condiciones del local donde da clase. Agustín Sanz, un joven de 20 años, se ha sentado con ellos porque le han preguntado por un asunto que ha dado mucho que hablar en las provincias de Jaén y de Córdoba. Según la época del año donde se sitúe el relato, podemos estar dentro (en el exterior, una tarde parda y fría, monotonía de lluvia machadiana) o fuera (cielo azul, nubes azorinianas). Conviene dar un toque realista con unos vinos manchegos y una botella verde de cerveza El Lagarto sobre la mesa. De fondo, si se quiere meticulosidad, puede aparecer la furgoneta de reparto, una Renault Monastella matrícula J-2262.

         Ahora veamos un puñado de temas de la actualidad de hace un siglo y de los que es fácil imaginar que se hablara en esa tertulia. Pueden colear asuntos del año anterior, como la plaga de langosta del agosto pasado (el maestro tal vez saborea en su mente con lentitud el alejandrino y la aliteración: “La plaga de langosta del agosto pasado”). Puede uno llevar la conversación al robo de bestias. A final de marzo le habían sustraído en el Tostadero a Pedro Torres Parrilla una burra de 3 años. El 1 de mayo, precisamente el 1 de mayo, habían robado en Cerro Laguillas una yegua de 11 años con una rastra de un muleto y un caballo capón de 7 años, de Gaspar Garrido, más una yegua de 17 años de Celedonio Rubio. En julio le había tocado el turno a una burra de 20 años de Pedro Sánchez Parrilla y a otra de 8, preñada, de Domingo Casas Pérez, en Olla Paciencia. Si quisiéramos prolongar esa conversación, recurriríamos a robos del año anterior.

         Por supuesto puede salir la situación en Marruecos, haciendo coincidir la tertulia con las noticias sobre el desembarco de Alhucemas. Y otros asuntos locales, como el estado ruinoso del ayuntamiento. Si el lector gusta del humor macabro, puede jugar con la construcción del nuevo cementerio, que pronto sería inaugurado, inventando una conversación en la que se apueste por quién será el último en ser enterrado en el viejo y quién el primero en el nuevo.

         Pero decía que se había sentado a la mesa Agustín Sanz porque le van a preguntar algo. Y es que, junto con otros seis naveros, había asistido al mitin que se había celebrado el domingo 22 de febrero en Baeza por parte del Bloque Agrario. ¿Hubo mucha gente? ¿Se constituiría en una fuerza política? ¿Cómo hablaba y cómo era y qué dijo Juan Díaz del Moral, esa eminencia? ¿Es cierto que Alfonso XIII se ha interesado por el Bloque Agrario? Cuenta, cuenta…

         Y así, combinando estas piezas, dejando al lado unas y cogiendo otras, se pueden imaginar distintas conversaciones que una tarde de 1925, hace un siglo, tenían algunas de las personas que, bajo el mismo cielo pero con otra lluvia u otras nubes, vivían en Navas de San Juan.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

 

 

jueves, 29 de febrero de 2024

Eduardo Sánchez Garrido

Publicado en la revista de San Juan de 2023.


EDUARDO SÁNCHEZ GARRIDO

Qué raro haber nacido en Navas de San Juan a final de 1841 y haber ido a Madrid en 1859 a estudiar Derecho y Ciencias, haber asistido a la celebración en febrero de 1860 de la toma de Tetuán, haber visto las obras en la Puerta del Sol y el chorro de la fuente de 30 metros de altura (“¡Oh maravilla de la civilización, que pone los ríos de pie!”, cantó Manuel Fernández y González), haberse cruzado por la calle con Mesonero Romanos, con los hermanos Bécquer y con Galdós, haber leído El Nene, La Iberia, La Discusión, haber visto el paso de la chistera al bombín y el refinamiento de los cafés, haber presenciado las acrobacias de Bondin en el estanque de El Retiro, y la ascensión del globo de Madame Poitevin (que acabaría cayendo en Chamberí), haber asistido a la peligrosa serenata en apoyo del destituido rector de la Universidad Central la noche de San Daniel del año 65, haber viajado en tren desde Alcázar de San Juan (la novedad del ferrocarril) hasta Madrid, haber acabado Derecho en el 67 y matricularse de Teología el curso siguiente. Qué raro llamarse Eduardo Sánchez Garrido, tener tres hermanas y dos hermanos, ser hijo de Luis Sánchez de Torres (secretario del Ayuntamiento y juez municipal en Navas de San Juan) y de María Antonia Garrido y ser nombrado en enero de 1869 fiscal en la Carolina y cesado en octubre del mismo año, sin duda por lo ocurrido allí ese mes en el contexto del levantamiento de los republicanos federales (el convulso siglo XIX español) y que habría de llevarle a la cárcel de Jaén, donde se encontraba en abril del 70 cuando lo hicieron presidente honorario del Club republicano de Navas de San Juan, poco antes de ser indultado.

Qué raro que pasen las estaciones y los decenios y cambiemos dos veces de siglo y en un mundo entonces solo anticipado por Julio Verne alguien del mismo pueblo pueda ver en una pantalla estos retazos de la vida de Eduardo y evoque con tanta nitidez como si hubiera estado allí, como si lo recordara, el sonido seco de los pasos del sereno Manuel de Raya por la calle de Lorite, el dulce sabor de los mojicones y las jícaras de chocolate en doña Mariquita (calle de Alcalá), el denso olor a aceite en el frío invierno navero, la aspereza sonora del papel de periódico y la dureza fría del mármol de las mesas del Café Imperial en la Puerta del Sol (aquel Madrid de tertulias y política), las frágiles nubes rosáceas de los lentos atardeceres de hace 160 años..

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

sábado, 14 de enero de 2023

El secreto del francés

 

Publicado en la revista Stella, 2019

EL SECRETO DEL FRANCÉS

        Cuentan que a mediados del siglo XIX apareció en las Navas un francés llamado Pierre Bardant. Su español era tan desaliñado como su aspecto, pero se hacía entender y comprendía cuanto se le decía. Sus maneras educadas y corteses no desvanecieron del todo la cautela inicial que su extranjería y descuido, y sobre todo una permanente expresión de amargura en su mirada, provocaran. Corrigió su desarreglo adecentando el aspecto y encargando a Palop el sastre un abrigo que le costó sus buenos cuarenta reales. Fue entonces, y tal vez como consecuencia, cuando don Andrés el boticario, don Juan Facúndez, el médico, Miguel Palazón, el comerciante, y el cura don Miguel Munar, que ejercía a veces de traductor, lo acogieron en su tertulia. Lo cierto es que la misma extraña y triste mirada que suscitaba el recelo originaba una viva curiosidad por su pasado. Pero esta tuvo que contentarse con una información fragmentaria extraída con dificultad al calor del vino de la tierra. Pierre Bardant era de París, con dos hijas casadas. Nunca habló de su mujer, que se suponía muerta o viviendo con alguna de ellas. Tras jubilarse de un trabajo que jamás aclaraba (hacía un gesto amplio con los dedos en movimiento y decía que era algo manual, como si le faltara la palabra, no ya en español, sino también en francés) y cuidar a su madre hasta que murió, había decidido establecerse en un lugar donde olvidar un pasado nada feliz. No le importó atravesar los caminos de Francia y España hasta llegar a la Andalucía de la que tanto había leído en Alejandro Dumas y en Merimée. Pero por alguna razón que tampoco llegó a explicitar prefirió apartarse de los caminos de ruedas y meterse por caminos de herraduras. Llegó a nuestro pueblo como podía haber llegado a cualquier otro algo apartado de las vías principales de la península.

        Los vecinos se acostumbraron a su presencia. Se le veía pasear solo por el campo o charlar con sus contertulios en la rebotica o en la taberna de Félix Salinas. El resto del tiempo lo pasaba en el cuarto que había alquilado en la posada de la calle del Agua, escribiendo o leyendo. El maestro don Juan de Dios de Torres, que algo sabía de francés, decía que le había prestado algunos libros de Chateaubriand, Tocqueville, Beaumont y Víctor Hugo. Todos tenían un exlibris que consistía en dos perros flanqueando una campana rota. Por lo demás, una anécdota un tanto incongruente nos lo presenta escribiendo en su cuarto cuando fue interrumpido por el carpintero Félix Delgado, que entró con un ayudante a arreglarle un mueble. Soltó la pluma, se quedó fijamente mirándolo trabajar y sufrió un desmayo.

        Todo esto es lo que se cuenta, por lo que probablemente ya lo conocéis. Pero lo que con toda seguridad no sabéis es quién era realmente Pierre Bardant. Bien, yo os lo diré: Pierre Bardant no era Pierre Bardant.

        El acompañante del carpintero se llamaba Blas Laso, y tuvo tiempo, mientras atendían al francés en otra habitación más espaciosa (habían llamado al médico), de mirar lo que este escribía. El título del manuscrito rezaba así: Sept générations de bourreaux. Blas sintió curiosidad y lo empezó a leer. Fue así como supo que Pierre Bardant se llamaba en realidad Henri-Clément Sanson. Había sido verdugo en París, como su padre, como su abuelo, que guillotinó a Luis XVI, como su bisabuelo…, asumiendo un oficio maldito y hereditario que iría para siempre unido a ese apellido. Sin duda, Pierre, o Henri-Clément, no temió al restablecerse que su secreto hubiera peligrado, porque nadie de los presentes, salvo el médico, que había estado ocupado atendiéndolo, podía entender su idioma. Se equivocaba. El padre de Blas Laso era francés, de Luzenac, y se había casado con Bernarda de Jimena, de Santisteban. De eso hacía mucho tiempo, y nadie había oído hablar al padre o al hijo en lengua gala. Pero el primero se la había enseñado al segundo, necesariamente a escondidas por la animadversión que hacia todo lo francés suscitó la ocupación francesa de principios de siglo. Cuando Blas cerró el manuscrito, que en aquel momento solo contenía la introducción y el comienzo de una ojeada histórica a los suplicios, decidió guardar el secreto de Pierre Bardant.

        Lo demás es historia editorial. El libro apareció por partes entre 1862 y 1863 con el título de Sept générations d´exécuteurs (y no de bourreaux) 1688-1847. Mémoires des Sansons, mis en ordre, rédigés et publiés par H. Sanson Ancien exécuteur de hautes oeuvres de la coeur de Paris y fue tal su éxito que conocemos una traducción al español de Juan Sala aparecida en Manini hermanos, editores, en el mismo año de 1863.

        Sabemos también que Henri-Clément Sanson murió en 1889, mucho después de haber abandonado nuestro pueblo y sin saber que dos vecinos habían descubierto su secreto. Uno, ya lo hemos visto, Blas Laso. El otro, el maestro de escuela, que compró años después la versión española del libro y vio en él con estupefacción el mismo escudo que aparecía en los que le había prestado el francés: la campana rota entre dos perros. Una campana rota, es decir, sin sonido, en francés “sans son”. Sanson.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña


martes, 3 de enero de 2023

¿Nació en Navas "La Reverte"?

    Artículo publicado en la revista Stella, 2022

¿NACIÓ EN NAVAS “LA REVERTE”? 

        Aunque habitamos el mismo espacio, nos separa el tiempo. Ellos hablaban del cambio de siglo refiriéndose al tránsito del XIX al XX, leían periódicos cuya fecha era un día de abril de 1911 o de julio de 1929, asistían a la instalación de la luz eléctrica en las calles, a la aparición de la radio, a la inauguración del nuevo cementerio. Siempre lo he pensado. Compartimos la tierra con gente que ha nacido en una horquilla de años determinada y nunca coincidiremos con aquellos que nos precedieron y que, al igual que nosotros ahora, se movían por la calle del Agua o la calle Lorite con la familiaridad del que está vivo. Nuestra ventaja es que nosotros sabemos de ellos, mientras que para ellos nosotros fuimos la imagen vaga e indeterminada de sus descendientes. Hay, no obstante, puentes entre ambos mundos: quienes, niños en los años treinta y cuarenta,  llegaron a conocer a los que, ya mayores, se despedían de un tiempo que, como siempre, estaba cambiando y a la vez era el mismo.

        Es probable que alguien todavía vivo la viera. Los aficionados a los toros o a las historias rocambolescas la conocerán. Toreó con el nombre de María Salomé “La Reverte” a principios del siglo XX. Probablemente fuera la más famosa de las toreras de entonces. En la revista El toreo de 12 de noviembre de 1900, Juan de Invierno firma una crónica de la corrida de novillos celebrada en la Plaza de Toros de Madrid el día anterior. El quinto novillo, de tres años según se anunciaba, le correspondió a “La Reverte”. Obtuvo palmas y algunos quisieron sacarla a hombros, a lo que ella se negó. Dice el cronista: “es una mujer que tiene tanto o más valor que un hombre y ayer lo demostró en la lidia y muerte de su toro”. Un año después, en la revista Nuevo Mundo del 3 de julio se habla de “las proezas de tan valiente torera”. En 1905 toreó en Granada y un tal Don Miquis cuenta en el Noticiero Granadino que el público había preparado “carretes de hilo, agujas de hacer media, escobas y otros enseres de uso femenino, para arrojárselos a la mataora en cuanto se deslice, como diciéndole: ¡A fregar!”. Pero “La Reverte” demostró que “el sexo llamado débil es más fuerte y valeroso que el nuestro”. En 1906 una fotografía suya ocupaba toda la portada del semanario ilustrado La fiesta nacional.

Saltamos a agosto de 1911. En El País aparece una crónica de Lisboa en la que se habla bien de su actuación. Pero lo llamativo no es eso, sino lo siguiente: “La presentación de la Reverte, vestida de hombre y con el nombre de Agustín Rodríguez “Antes la Reverte», ha sido un acontecimiento y llenó por completo la plaza”. ¿Qué había pasado para que María Salomé sea ahora Agustín? Hay que remontarse tres años atrás, cuando el Ministro de Gobernación Juan de la Cierva emitió una orden prohibiendo torear a las mujeres. “La Reverte” buscó en los tribunales que se le concediera una credencial de hombre, pero viendo que no obtenía resultados, dejó de intentar asemejarse a un hombre y decidió serlo. Certificó médicamente que era varón y se convirtió en Agustín Rodríguez. En este punto es donde interviene nuestro pueblo. En un artículo publicado en El Globo en 1911 se dice que nació en Navas de San Juan y que regresó precisamente a ese pueblo a sacar su partida de nacimiento, de bautismo y un certificado del médico del pueblo. Todavía hoy continúa considerándose navero en alguna página web dedicada a los toros.

        ¿Es eso cierto? ¿Somos el lugar de nacimiento de la torera más famosa de la historia y no lo sabemos? ¿Deberíamos buscar su casa y colocar en ella la placa que diga “Aquí nació María Salomé, “La Reverte”, que triunfó en las plazas de Portugal y España a principios del siglo XX”? Intentaremos aclarar el asunto. Pero antes continuemos con su vida. Tras su cambio de sexo oficial al parecer no tuvo éxito y se retiró de los ruedos en 1912. No sabemos lo que haría exactamente durante el siguiente decenio pero sí que desde 1923 trabajó en la mina la Española como guarda, bajo aspecto y nombre de varón. En 1934 se levantó la prohibición del toreo femenino. Y entonces nuestro Agustín anuncia su vuelta al ruedo de la mano de Juan J. de Lara. Concede una entrevista que aparece publicada, con algunas variantes, en Ahora,  La voz y La prensaMundo gráfico le dedica una página. Por lo que cuenta, piensa torear en Portugal y España, pero al parecer solo toreó en Madrid, donde fracasó y puso así punto final a su fugaz reaparición. Volvería a su trabajo en La Española y murió en 1942 o, según otra versión, en 1945.

        ¿Era “La Reverte” hombre o mujer? Un rumor decía que un médico que la había atendido tras un percance sufrido en Salamanca determinó que sus atributos eran masculinos. Sin embargo, a mí me convence más la aportación en El Ruedo en 1946 de Natalio Rivas, quien dice que el certificado médico que afirmaba que era hombre era falso, y que lo sabía por Martín Merino, el abogado que la defendió en el juicio contra su marido, donde se aportaron datos de la partida de nacimiento en que aparece como “niña”.

        Pero la pregunta que a nosotros nos atañe es la de su vinculación con Navas: ¿nació aquí o, al menos, vivió?

        La entrevista de 1934 deja claro que nació en Senés (Almería) en 1878 (el archivo municipal y el parroquial desaparecieron en la guerra civil). Probablemente emigrara con su familia a las Navas de Tolosa, y de ahí el error del periodista de El Globo. Sin embargo, un lector de El Ruedo decía en 1962 que, enviudada la madre de “La Reverte”, volvió a casarse y se trasladó con su hija a Arquillos. En este pueblo, según la misma fuente, tuvo una riña en la que le partió el fémur de una patada a un compañero de trabajo, por lo que fue juzgada, condenada e indultada. Ese debe de ser el juicio contra su marido al que se refiere Natalio Rivas, indicando que le rompió una pierna de una patada. En ningún otro sitio he encontrado alusión alguna a su matrimonio. Sabemos que la apoderó un tal José Ramírez, de Santisteban. También hemos visto que durante muchos años trabajó como guarda en la mina La Española. Salvador Santoro cuenta que su padre la observaba con curiosidad por los alrededores del mercado de abastos de Linares y que “se le insinuaban pechos”. Iba vestida de hombre.

        Pero hay un dato más que la acerca a nuestro pueblo. En el coloquialmente llamado libro de los apellidos de Manuel Valenzuela aparece una persona de Senés, el pueblo donde nació “La Reverte”, casada con una navera y cuya hija fue bautizada en 1916. Ese senesero se apellidaba Rodríguez, como Salomé. ¿Primos?

Sumando todo ello, me parece muy probable que más de una vez recorriera nuestras calles y tomara algún chato de vino en la taberna de José Muñoz en la calle Real o en la de Juan Parrilla en la Toriles.


Juan Fernando Valenzuela Magaña  



   

miércoles, 12 de octubre de 2022

La herencia del mendigo

 Publicado en Stella, 2020.

LA HERENCIA DEL MENDIGO

 

Salvo yo, que no existo, todo cuanto voy a decir es verdad. Al menos, es lo que podríamos admitir como tal después de cotejar los datos que nos ofrece la prensa de la época. Y no tanto por ser concordantes (pues hasta llegan a ser contradictorios) como por ser variados, lo que permite corregir esta noticia con otra, aquella con la de más allá, hasta hacerse una idea suficientemente aproximada de lo que ocurrió.

Soy un ser virtual, y desapareceré tan pronto como ponga el punto final de este artículo. Consisto en una voz y un deseo: saber qué pasó en los años 1934 y 1935 en las vidas de unas personas vinculadas a Navas de San Juan.

Nací de la lectura de una entrevista, la que en el Mundo gráfico del 7 de agosto de 1935 le hace G.S.-B. a Amador Martínez, un mendigo que vivía en una barraca de la Barceloneta. La Fortuna, fiel a su imagen de rueda tornadiza e imprevisible, se le presentó a Amador a sus sesenta y dos años con una herencia de cuarenta mil duros (para los jóvenes, doscientas mil pesetas, unos mil doscientos euros) y varias fincas en Úbeda. Según informa el entrevistador, el año anterior había ardido, en Navas de San Juan, la casa en que vivía doña Bernardina Martínez, viuda de un ebanista, con sus sobrinos. Estos se salvaron, pero ella murió en el incendio. Cuando los sobrinos reclamaron la herencia, el notario les dijo que el heredero directo era el hermano de la difunta. Cierto que no se sabía si vivía o había muerto, pero debían esperar a ver si se averiguaba su existencia. Ese hermano, en efecto, es Amador Martínez, que malvive en una barraca a la que llamó Villa Amparo en recuerdo de su mujer muerta dos años atrás. La policía lo localizó tras ocho meses buscándolo. Parece que al principio se mostró incrédulo y que luego nada quiso saber de la herencia. En el momento de la entrevista ha pedido a sus parientes de Navas quinientas pesetas para ropa (de “modestísima indumentaria” es calificada por el entrevistador la que lleva), el viaje y la comida en el tren. Con la herencia, Amador se propone acabar tranquilamente sus días, pero no en Navas de San Juan, afirma categóricamente, sino en Barcelona, en “Villa Amparo”, donde murió su mujer y donde, desde los cuarenta en que dejó el Cuerpo de Carabineros, ha pasado los años más tristes de su vida. La entrevista está acompañada de una fotografía de Amador delante de su barraca. Parece un hombre de complexión fuerte, de tamaño medio. Su rostro sin afeitar ha resistido bien el paso del tiempo y solo le falta pelo en la parte delantera de la cabeza. Bajo sus espesas cejas, los ojos no miran a la cámara sino a sus recuerdos.  

        Podemos mantener como cierta la versión de Mundo gráfico excepto en algunos puntos que serán corregidos más adelante. A su favor tenemos una noticia en ABC del 2 de agosto del mismo año. En ella se matiza que “un policía” (atención a ese detalle) estuvo buscándolo durante “más de ocho meses” y que la cantidad heredada es superior a trescientas mil pesetas (lo que no contradice las doscientas mil si tenemos en cuenta las fincas de Úbeda). La noticia destaca la incredulidad de Amador y nos cuenta su sospecha de que el incendio no fuera casual. Perdonemos, en fin, que el breve artículo ubique Navas de San Juan en la provincia de Ciudad Real. También lo hace el Ahora del mismo día, en el que veo por primera vez el segundo apellido de Amador Martínez: Cano. Como en la noticia de ABC, se llama la atención sobre el hecho de que nuestro paisano (fichado como “vago profesional”) se hallaba fuera de la ley con motivo del bando que reprimía la mendicidad. Otro artículo aparecido en La Voz, firmado por Febus, aunque le pone, erróneamente, diez años más a Amador, nos aporta dos valiosos datos. Uno: el inspector de Policía que lo localizó se apellidaba Asensio y lo hizo a petición de un amigo suyo residente en Navas de San Juan. Nuestro mendigo respondió al inspector que no le interesaba la herencia, “y que —reza el artículo—antes de ir a Navas para entendérselas con sus parientes, prefería seguir siendo pobre.” Y segundo dato: Bernardina se había casado en Úbeda con un ebanista, que luego se estableció en las Navas. Al quedarse viuda vivieron con Bernardina unas sobrinas suyas. El incendio donde murió Bernardina habría ocurrido “en octubre pasado”, es decir, en octubre del 34. Los sobrinos, vemos, se han convertido en sobrinas.

        Recapitulemos. Estamos en 1935. Amador Martínez Cano, un antiguo carabinero, mendigo, viudo y que vive en una barraca en la Barceloneta, hereda doscientas mil pesetas y fincas en Úbeda de su hermana Bernardina, viuda a su vez de un ebanista establecido en Navas de San Juan. Bernardina ha muerto en un incendio en la casa que habitaba con sus sobrinos o sobrinas. Incrédulo y reticente al principio, al final accede a viajar a Navas para lo que pide quinientas pesetas a sus parientes de allí.

        Puro deseo de saber, me pregunto (¿ustedes no?) quién era esa Bernardina, quién su marido ebanista fallecido, cómo,  cuándo y en qué calle se produjo el incendio que acabó con su vida.

Y aquí aparece una sorpresa. No hubo ningún incendio en Navas que diera fin a la existencia de Bernardina. Hubo incendio, sí, hubo notable muerte, en efecto, pero no ocurrió en Navas. Tuvo lugar… en Úbeda. Y tampoco fue en octubre, sino en junio. Saltando del ABC a El Sol, de este a El defensor de Córdoba, de aquí a La Voz, de La Voz a El Liberal, de este a Luz y de aquí a La Libertad, reconstruyo la noticia. En la noche del 11 de junio de 1934 se declara, debido a un cortocircuito, un violento incendio en el almacén de maderas de Juan José Cano, en la calle Doña María de Molina, número 10. Vecinos y autoridades intentan sofocarlo sin éxito. Entonces se pide ayuda al Servicio de Incendios de Linares. Al llegar de allí dos brigadas de bomberos, la gente aplaude. El que una ciudad como Úbeda, de 35.000 habitantes, carezca de agua, material de incendios y Cuerpo de bomberos, será objeto de una crítica que se abordará en la sesión del Ayuntamiento celebrada el día 15, donde el señor Dueñas ruega se busquen los medios para que Úbeda sea dotada de un buen servicio de incendios.

Entre los escombros aparece el esqueleto de la tía del propietario, Bernardina Martínez, de unos cincuenta años de edad, cuyo cuerpo fue consumido por las llamas.

El deseo de saber, a la vez que se calma se acrece. Toda respuesta no es sino el alimento de una nueva pregunta. Termino estas líneas con aquellas que no pude resolver.  ¿Vino Amador al pueblo a recoger su herencia? ¿Terminó, rico y tranquilo, sus días en Villa Amparo, como él quería? ¿Era navera o ubetense Bernardina? ¿Quién era su marido, el ebanista que se estableció en nuestro pueblo y al que en ningún momento se le da nombre? ¿Qué vecino de Navas escribió a su amigo el inspector de policía Sr. Asensio para que localizara a Amador? En aquellos tiempos en que establecerse en una gran ciudad suponía un dificultoso reto, los naveros que en ellas vivían establecían una estrecha relación. Si no me equivoco, los hermanos Nieto coincidieron en Barcelona con Amador durante un buen número de años. Siendo ambos miembros del Cuerpo de Vigilancia, ¿se relacionaron con el carabinero Amador? ¿Supieron, dada la vinculación de Miguel Nieto al mundo del periodismo, de la cuestión de la herencia?

Cierro con estas preguntas el telón de mi virtual existencia.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

lunes, 11 de abril de 2022

Olores

 Artículo aparecido en el Jaén el Lunes Santo, 11de abril de 2022.


OLORES

 

Quiero comenzar este artículo con dos recuerdos. El primero, de mi infancia, es el de un juego de mesa del que solo he conocido ese ejemplar. Se encontraba en el local de una asociación de mi pueblo, Navas de San Juan, y, aunque he olvidado las reglas, en el fondo se trataba de identificar el olor (a fresa, a violetas, a vainilla…) de las diferentes tarjetas que venían en él. El segundo recuerdo también es lejano, aunque no tanto. En el Museo Arqueológico de Sevilla, hará unos veinte años, había una urna cerrada que al ser abierta permitía oler un aroma del lejano pasado (creo que recreaba el usado en ritos funerarios tartésicos).

         El hecho de la singularidad del juego de mi infancia (hace poco vi un libro de niños con olores, pero me da que son contados) unido al de la necesidad de recrear un aroma para siempre perdido, nos hace caer en la cuenta de la volatilidad, la fugacidad de los olores, que se sustraen a nuestros intentos por conservarlos. Por eso mismo y porque el olfato se enlaza directamente con el hipocampo (el centro de la memoria a largo plazo del cerebro) tienen un gran poder evocador. Lo experimentó bien Proust, quien levanta la catedral literaria de En busca del tiempo perdido a partir del famoso episodio de la magdalena: “Cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, solo el olor y el sabor más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles perdurarán durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo”.

         No hay más que leer la novela El perfume de Süskind para darse cuenta de cómo ha cambiado la permisividad olfativa en los últimos siglos. Ambientada en el siglo XVIII, se dice en ella que en las ciudades reinaba “un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; (…); los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales”. Hoy nos resistimos a convivir con esos olores, así como con los que en esos tiempos eran normales en los cuerpos: “Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos”. La campaña por la desodorización del mundo no tardaría en iniciarse. La difusión de la mentalidad burguesa fue acompañada de un descenso de la tolerancia olfativa. La gran intervención de Haussmann en la ciudad de París, ya a mediados del XIX, se guio por esa nueva sensibilidad, que afectó también a los olores corporales. Hoy nos asombra la ceremonia que todos los días se llevaba a cabo en torno a Luis XIV al levantarse (el Grand Lever). Solo los elegidos de la corte asistían a ella. Los sirvientes limpiaban la cara y las manos del Rey Sol, lo rasuraban y lo peinaban. No le lavaban el pelo, donde, mientras lo tuvo, nadaban felices los piojos, sino que se lo empolvaban o le ponían una peluca. Y en algún momento mientras era vestido o comía sopa de pollo, el rey orinaba o cagaba en su asiento diseñado para ello ante su escogido público. Al mismo tiempo, amaba los perfumes. Encargó a su perfumero favorito uno para cada día de la semana.

         Hoy los historiadores miran a aspectos desatendidos tiempo atrás, como este que comentamos. Así se ha destacado que en el Renacimiento, por ejemplo, gustaban para perfumarse los densos olores de origen animal, como el amizcle o el misterioso ámbar gris, que resultaban repelentes a finales del XVIII, mientras se imponía el agua de Colonia, de la que Napoleón usaba sesenta litros por mes (perfumaba también a sus caballos con ella). Del mismo modo que un olor levanta el recuerdo de toda una parte de nuestra vida, puede animar una época del pasado.

        

        

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA




domingo, 9 de septiembre de 2018

Un artículo sobre Miguel Nieto

Artículo publicado en la revista de San Juan de 2018



LA ORIGINALIDAD DE MIGUEL NIETO EN EL DESENLACE DE UNA FAMOSA OPERETA

            El nombre de Miguel Nieto está asociado en nuestro pueblo a una calle, a una historia de Navas de San Juan y a una fotografía de 1927 en el patio de Abilio Sanz. Los lectores de esta revista y de Stella tal vez recuerden además que fue un articulista en el Madrid de comienzos del siglo pasado, un escritor de teatro y un colaborador de la radio cuando este medio daba sus primeros pasos, trayectoria que le valió el homenaje de su pueblo del que deja constancia la aludida fotografía.
            Una paciente búsqueda en la prensa de la época me ha suscitado la impresión de que don Miguel centró su actividad literaria en artículos y cuentos a principios del siglo XX para pasar después a destacar como dramaturgo y terminar su carrera con textos para la radio. De la primera etapa destacamos hace dos años un cuento que parecía basado en nuestras fiestas de San Juan. Vamos en esta ocasión a fijarnos en una obra de ese segundo periodo, dedicado al teatro.
            Hace un siglo, en mayo de 1918, la revista jiennense Don Lope de Sosa informa: “En Barcelona ha estrenado una opereta en tres actos, en colaboración con D. Gonzalo Cantó, el distinguido escritor y autor dramático, nuestro comprovinciano D. Miguel Nieto. El título de la obra es “Bella-Flor” y el estreno ha sido un éxito franco y sincero. La obra fue presentada con gran lujo. Miguel Nieto marcha por el camino de los triunfos a grandes pasos”. La revista ya se había hecho eco el año anterior de otros dos estrenos de nuestro escritor: en febrero de la comedia El mejor marido (en colaboración con Ramón Portusach) y en junio de Los castizos.
            La opereta “Flora Bella” (así aparece el título en La Vanguardia) se estrenó el día 4 de mayo de 1918 en el Teatro cómico. El periódico la anunciaba como un “éxito mundial”. En efecto, la obra no era original de Gonzalo Cantó y Miguel Nieto, sino que se trataba de una creación alemana que se había representado en Munich en 1913 y, adaptada al inglés, en Nueva York en 1916, donde tuvo un gran éxito (112 representaciones). La música era de Cuvillier, un compositor francés de gran éxito. Los franceses intentaron llevarla a la escena ya en 1913, con la bella Otero en el papel principal. Sin embargo, tal hecho no ocurrió hasta el último día de 1920, con Geneviève Vix en el papel de Florabella. De modo que en España sería representada antes que en Francia.
El argumento, al menos el que nos consta por la versión francesa, es el de un príncipe ruso que acaba de casarse con una gran dama española sin sospechar su verdadero origen. El príncipe se cansa de la circunspección de su mujer y se obsesiona con una bailarina de gran parecido con ella a la que ha visto en una fotografía traída de París. Se le dice que se trata de una hermana de la princesa, llamada Florabella. Hasta aquí el primer acto. En el segundo, vemos al príncipe en París, locamente enamorada de su supuesta cuñada. Se encuentra con sus amigos de Rusia como por azar y se desarrollan divertidas peripecias. En el tercer acto la princesa y Florabella, que no son sino la misma persona, confiesa al príncipe su estratagema para hacerse amar por él y le pide continuar su vida feliz, olvidando el pasado.
 Ahora bien, tenemos motivos para pensar que Cantó y Nieto le dieron un giro sorprendente a la obra, siempre en el supuesto de que esta versión francesa respetara el argumento original. Y es que, a raíz de una representación en Madrid en 1921, nos enteramos por el ABC de que los dos primeros actos habían sido traducidos, pero el tercero había que atribuirlo a la pareja de autores. También nos informa de la repetición de un terceto cómico del segundo acto interpretado “con mucha gracia” por Sinda Martínez, Carmen Ortega y Mariano Ozores. El doble papel de princesa y artista frívola lo hacía Luisa Puchol. (Aquí señalaré un guiño del azar. Ozores y Puchol pertenecerían al reparto de El rayo, una película de 1936 basada en la obra homónima de Muñoz Seca y López Núñez, ambientada en Navas de San Juan, y que Francisco Juan Rodríguez Oquendo y Belén Garrido Palazón editaron y estudiaron en el año 2000).
La crítica de Guillermo Fernández-Shaw en Las Provincias nos aclara la intervención de Cantó y Nieto. Después de decir que la música no pasaba de agradable, pero que el libreto estaba bien y la interpretación fue más que excelente, nos habla del final de la obra: “El desenlace, volviendo el Príncipe a su mujer, pero sin que se haya deshecho el equívoco y sin que su marido sepa, por tanto, que ha sido víctima de una sencilla estratagema, sorprendió algo al auditorio. El final que la obra tiene es el natural; pero al público le gusta que no queden cabos por atar, y como aquí no se atan todos, le faltaron cosas, y recibió la sensación de que la obra acababa demasiado rápidamente”. No obstante, aplaudió “sinceramente complacido” y elogió, como la crítica, la labor de los adaptadores, “el veterano en estas lides don Gonzalo Cantó y el brillante escritor y periodista don Ernesto Nieto” (como se ve, hay un error al nombrarlo “Ernesto” y no “Miguel”).
Así pues, Miguel Nieto y Gonzalo Cantó adaptaron una exitosa opereta para la escena española cambiándole un final convencional por otro más arriesgado en el que los cabos sueltos, como en la vida, dejan al espectador sumido en una pensativa desazón.

                                   JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





martes, 11 de julio de 2017

Isabel e Isabelle (Stella, 2017)

ISABEL E ISABELLE


“Sé que una cosa no hay. Es el olvido”
(Borges)


Nada hay hoy que no suene a recurso literario, hasta tal punto hemos desdibujado los límites entre la realidad y la ficción. Pero el que aquí traigo es antiguo y por tanto más reconocible. Por eso nadie me creerá si digo que lo que viene a continuación es traducción literal de la carta que he recibido de un ciudadano francés, llamado Prudence Álamo y residente en La Fare-les-Oliviers, un pueblo de la Provenza francesa. Tal vez si el lector se anima a leerla y a cotejarla con los datos pertinentes, pueda cambiar de opinión. He aquí la carta.
“De niño me gustaba coleccionar cosas: posavasos, sobres de azúcar, las estampas de los álbumes infantiles. Una adolescencia rebelde (sobre todo contra mi infancia) acabó con ellas al grito de Omnia mea mecum porto (todas mis cosas llevo conmigo). Pero algo debió de quedar de aquel prurito infantil en mi edad adulta porque, cuando el azar hizo caer en mis manos un puñado de recuerdos de mi abuela, decidí iniciar una colección que me pareció curiosa. La génesis de esa idea ni yo mismo la tengo clara, pero supe que juntaría todo lo extraviado que pudiera encontrar del pueblo donde mi abuela había nacido, un pueblo de Jaén llamado Navas de San Juan. Los coleccionistas dicen que hay dos tipos de colecciones: las finitas y las infinitas. Uno puede reunir todas las estampas de un álbum, pero nunca todos los posavasos. Mi objetivo era curiosamente infinito. Por pocas cosas perdidas que haya en relación con Navas, la búsqueda no parará nunca. No busco cualquier objeto, sino solo aquellos por los que ha pasado el tiempo y que vagan perdidos por el mundo.
 » ¿Qué pretendo con ello? Supongo que empezó como una mezcla de homenaje a mi abuela, que tantas cosas nos contó sobre sus años allí, y de capricho. Me imaginaba el momento en que, cansado ya de buscar y con una colección de cierta enjundia, me pondría en contacto con algún navero y le ofrecería mi colección de navedades, como yo las llamo. Pero, lejos de cansarme, esta búsqueda ha adquirido cada vez más importancia en mi vida.
»Soy el nieto de una mujer nacida en 1897 en Navas de San Juan, llamada Isabel Martín Martín. Su padre era de aquí, de La Fare, y su madre de Marsella, no lejos. En Navas tuvieron ocho hijos además de mi abuela. Ella se casó con Prudencio Álamo, de Santisteban, donde nació su primer hijo en 1920. Dos años después estaban aquí, en La Fare, donde nacieron sus otros tres hijos, el último de los cuales, de 1932, es mi padre. En 1938 mis dos abuelos consiguieron la nacionalidad francesa.
»Sigo (gracias al Chiringote) en la sombra lo relativo a tu pueblo. Internet es desde luego una red, una red de redes y te sorprendería lo lejos que se puede llegar tirando del hilo. Es así como hará unos años llegué hasta ti.
»He leído a través de la página de la Cofradía lo que has publicado en Stella y he visto cómo mezclas datos documentados y fantasía en tus relatos. Y he pensado que yo sería un buen personaje para tu colaboración de este año. Por supuesto, todo lo que te he dicho puede comprobarlo el lector sin mucho esfuerzo. En el libro de tu tío aparece el nacimiento de mi abuela y aquí te mando el recorte del Journal officiel de la Republique française donde está la nacionalización de mis abuelos, por si quieres adjuntarlo a tu artículo.
»Pero volvamos a mi colección de navedades. Está compuesta de papeles comerciales (adjunto fotocopia de dos de ellos), de periódicos que incluyen noticias sobre Navas (todos de antes de la guerra), de una decena de cuadros de Juan Antonio Collado Pérez (el último una Inmaculada que adquirí hace poco en una subasta) y de algunas cosas de mi abuela (un programa de fiestas, una estampa de la Virgen de la Estrella…). He dispuesto en mi testamento que todo sea entregado a vuestro ayuntamiento cuando muera. Pero antes he querido, a través de esta carta y en la revista del pueblo de su infancia, recordar a mi abuela.
Serge Alamo”


         Hasta aquí la misteriosa carta, sin remite pero con matasellos francés. Como sé que el remitente leerá este artículo que él protagoniza, le ruego que me explique qué hacían los padres de su abuela en Navas en el cambio de siglo y por qué ella, su marido y su hijo se fueron a La Fare a principios de los años veinte. Espero con impaciente ilusión su carta.


 Anexo: nacionalización de Isabel Martín Martín (1938)



miércoles, 25 de mayo de 2016

El pan del banquete

 El pan del banquete, cuento a partir de un banquete en Navas en 1927, fue publicado en la revista Stella 2016

 

EL PAN DEL BANQUETE

            Como Juan José y Estrellica querían saludar a los hermanos Nieto, lo han dejado solo al cuidado del despacho de pan. La ausencia de clientes en ese momento y la curiosidad de sus doce años lo llevan a entreabrir la cortina y asomarse a la calle. Aunque todavía es pronto, algunos invitados se dirigen ya a la cercana casa de don Abilio Sanz, en cuyo patio tendrá lugar el banquete que homenajea a don Miguel y don Antonio, dos hermanos que vivieron en el pueblo antes de que él naciera y de los que ha oído hablar mucho. Ambos ganaron en 1911 las oposiciones al Cuerpo de Vigilancia, y el primero es una pluma consagrada que dirige la parte literaria de Radio Barcelona. El mundo está cambiando muy deprisa, aunque al pueblo sólo llegan los ecos de ese adelanto. La radio es un invento que apenas lleva tres años funcionando en España, y que permite oír la música o las palabras emitidas desde una estación situada en Madrid o en Barcelona. Lindbergh acaba de ganar veinticinco mil dólares por volar en su Spirit of St. Louis desde Nueva York a las cercanías de París y se habla de un invento que permitiría ver lo que está ocurriendo en un lugar distante, llamado televisión.

            El alcalde y el prior pasan intercambiando impresiones:

         ―Sí, don Francisco, sí. El ayuntamiento quiere colaborar con el proyecto de Alfonso XIII de la Ciudad Universitaria. Ya hemos acordado encabezar una suscripción dando cincuenta pesetas.

―Lo sé, me lo dijo don Mateo. Él personalmente ha dado 100. En cuanto al banquete  ―dice el prior tras una pausa ―, creo que sería buena idea dedicarles una calle a los hermanos Nieto, como se ha hecho con Ramón y Cajal. Podría ser la misma donde vivieron.

―Me parece bien. Y también que los nombráramos hijos adoptivos.

           

            Se ha sentado en una silla tras la cortina. El cansancio se echa sobre él de repente, como una ola formada a sus espaldas desde que se levantara de noche para ayudar a hacer pan en una jornada especial debido al banquete-homenaje a los hermanos Nieto. En duermevela, le llegan desde la calle jirones de conversaciones de gente que pasa.

            ―Cuando don Miguel se fue a Madrid a hacerse un nombre literario, fue cronista del periódico El Día. Guardo algunos recortes de sus crónicas y cuentos: Lance de amorSacrificio, donde recrea las fiestas de San Juan…

            ―Yo tengo un ejemplar de su Historia del pueblo.

            ―Lo escribió en esa época, sí. Siempre ha amado las Navas. En ese periódico que te digo publicó un artículo titulado Navidad donde evoca la iglesia y las calles nevadas…

            ―También hizo a la Prensa un llamamiento para que ayudaran a los huérfanos del capitán Bonet…

            ―Hola, don Miguel. Hablábamos de su etapa en El Día y acabo de recordar que ocurrió algo con un cuento suyo que presentó a un concurso… ¿no?

            ―¡Ah, los sinsabores del mundillo literario…! Hace tanto de eso… Lo que pasó fue que presenté un cuento a un premio literario convocado por otro periódico, El Liberal. El cuento se titulaba La canción del poeta, y no estaba del todo mal. Salió publicado en El Día, junto al acta del duelo de don Rodrigo Soriano con, ¿adivinan?, el mismísimo don Miguel Primo de Rivera, lo que son las cosas. Pero el jurado, en el que recuerdo que figuraba Blasco Ibáñez, era insuficiente para el número de trabajos presentados (más de novecientos). Sospecho que no llegaron a leerse ni mi cuento ni el de otros escritores como Manuel Lagos o Jorge Sanz. Sí el de Valle-Inclán, que fue premiado. Por eso unos cuantos publicamos un libro con nuestros textos… ―hay un silencio dubitativo, que don Miguel resuelve añadiendo―: que fue, por cierto, muy criticado por un tal Andrés González-Blanco, que nos llamó autorzuelos. Ya digo, el mundillo literario de entonces y de siempre… Pero debo dejarlos, ahora nos vemos en la comida.

―Si hubiera sido un autorzuelo ―continúa una de las voces mientras se oyen alejándose los pasos apresurados de don Miguel― no hubiera luego escrito aquel entremés tan sabroso con José Aguado titulado Al aire libre, y que estrenó en el Teatro Tívoli de Barcelona.

―O el sainete Los castizos.

―Sabe mucho de teatro. Este año ha hablado en la radio de los hermanos Quintero y de Benavente.

―Algo le habrán influido aquellas gloriosas veladas teatrales que hacíamos de jóvenes.

 

            Entra Juan José a la panadería y el muchacho, quitándose delantal y gorra, se despide de él y se marcha trotando a su casa. Al pasar junto a la fuente de la Plaza de la Constitución, ante el ayuntamiento en obras, se encuentra con la figura enjuta de don Miguel, esta vez acompañado de su hermano, de Enrique García el de la tienda, de Luis Rojas y del prior.

―Sí ―va diciendo―, pertenezco al Comité artístico de emisiones, que preside Luis Soler. Se creó cuando la estación se trasladó el año pasado al Tibidabo. La radiotelefonía es una especie de universidad popular, pero interesa también al docto. Manuel Machado cantó sus versos en Radio Ibérica. En “Nuestros grandes poetas”, he hablado de Gabriel y Galán, de Bernardo López García, de Núñez de Arce, de Espronceda. Vicente Rafart recitaba sus poemas. En Radio Barcelona retransmitimos la ópera Carmen entera, con Fleta y Giuseppina Zinetti, así que ya veis lo que el invento da de sí.

―Parece que el teatro de los hermanos Quintero gusta mucho ― interviene el prior.

―Así es ―contesta don Miguel―, tiene mucha presencia en nuestra programación. ¿Y qué me dices de lo estupenda que es la radiotelefonía para los pequeños? Nosotros tenemos a Toresky, que se ha inventado un personaje llamado Miliu, que hace las delicias de los niños catalanes. Hace dos años dio la campanada con un concurso en el que leía dos partes de un cuento y los niños tenían que adivinar la tercera. El que más se acercara a la ideada por el autor, obtenía un juguete valorado en 25 pesetas. No es sólo él, tenemos mucha gente buena: la señorita Salús, la actriz Rosa Cotó, el actor Miret…

―Y los speakers… ―dice el prior acentuando con sorna el barbarismo―.

―Sí, la Academia de la Lengua quiere sustituir esa palabra por locutor, pero modestamente creo que se equivoca. El speaker sólo anuncia a los que intervienen en los programas radiofónicos, habla sólo lo necesario, y no es esa la idea que transmite el vocablo locutor.

― Se ha propuesto también hablador ―tira de la lengua el prior.

       ―Así se llamaba a los que explicaban las escenas en los comienzos de la cinematografía. Pero no, esta palabra tampoco define lo que hace el radio-anunciador. ¿Se le ocurre a usted alguna, don Francisco?

―Pues yo propondría relator, del latín relator. Tiene dos significados, uno de ellos “que relata o refiere alguna cosa”, y pienso que se le podría añadir el de este radio-anunciador del que hablamos.

  ―¿Verá usted a mi hermano Juan de Dios? ―cambia de tema Luis.

―Sí, será quien lea en la radio mi cuento Alma andaluza. Pero ya le avisaré, antes he de terminar un drama en el que adapto la novela Carmen, para un radioteatro.

            Y el muchacho encamina sus pasos a la calle del Risquillo, donde lo espera la comida.

 

            Pese al calor de la siesta, el muchacho ha salido a la calle y sus pasos curiosos lo han llevado a la puerta entreabierta de la casa de don Abilio. Se asoma con prudencia. Del patio llega una voz que recita:

        

                            Su recuerdo me alienta cuando desmayo;

                        para mis cobardías es sol de Mayo

 

            El muchacho se ha asustado al notar a sus espaldas a un hombre que le pide permiso para entrar. Es el fotógrafo, que pasa con sus aparejos y grita un inútil se puede ahogado por los aplausos que vienen del patio. Gracias a él, esos hombres nos miran detenidos en un instante de julio de 1927.

            Pero sus vidas continuaron en años inciertos. Miguel Nieto siguió participando en la radio barcelonesa. Debió de sentirse muy orgulloso cuando poco después les dedicaron una calle en el pueblo a los dos hermanos. En octubre de 1932 marchó a Zamora para tomar posesión del cargo de Inspector de Vigilancia de esa capital, lo que le obligó a dejar su puesto de director literario de Radio Barcelona. Pero el 23 de noviembre fue trasladado de nuevo a la capital catalana. La última referencia que he encontrado de su trabajo en la radio es de 1934, como director de un sainete radiado de Arniches titulado El último mono en el que intervenía Rosa Cotó y Carmen Illescas. Se jubiló en 1939 como inspector del Cuerpo de Investigación y Vigilancia. En febrero del 46 estrenó en el Teatro Victoria un sainete titulado Manolo Gracia, con música de Luis Gimeno. Lo último que sé de él es dudoso: en un artículo especializado alguien sospecha que estaba detrás del seudónimo Tirso, con que se hacía una crítica de la representación en Oviedo de una obra de Ruiz Iriarte en julio del 48.

            El proyecto de la Ciudad Universitaria continuaría en tiempos de la República, y gracias a un joven arquitecto y un filósofo jienense, García Morente, se inauguraría una moderna y legendaria Facultad de Filosofía y Letras en la que estudió uno de los niños asistentes al banquete.

            Y en cuanto al muchacho curioso de la panadería, tendría tres hijos después de la guerra, y uno de sus nietos, casi noventa años después, imaginaría en Lucena aquel jueves de julio de 1927.

Juan Fernando Valenzuela Magaña