Mostrando entradas con la etiqueta Unamuno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Unamuno. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de agosto de 2022

Anécdotas (III)

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 1 de agosto de 2022.

ANÉCDOTAS (III)

            Seguimos con el verano y, por tanto, con las anécdotas, asunto de apariencia ligera pero que, como hemos visto en los dos artículos anteriores, apuntan hacia lo profundo. Si alguien sabe de apariencias y profundidades, es el filósofo. Del primero de ellos, Tales de Mileto, nos cuenta Diógenes Laercio que se habría caído en un hoyo por mirar los cuerpos celestes. Es la estampa del sabio despistado, que no concuerda con aquella otra, contada en el mismo lugar, según la cual, para mostrar la facilidad con que podía enriquecerse, sabiendo que iba a haber pronto gran cosecha de aceite, Tales tomó en arriendo muchos olivares y ganó mucho dinero. Como los refranes, hay anécdotas que se contradicen. Y otras que se repiten. Se cuenta que Voltaire elogiaba al médico Haller y que alguien le dijo: “Pues él no dice lo mismo de vos”, a lo que Voltaire respondió: “Quizá los dos nos equivoquemos”. Curiosamente, la misma anécdota se cuenta de Benavente y Valle-Inclán, el primero en el papel del francés. Pero lo sorprendente es que he encontrado en el libro del siglo XVI Sobremesa y alivio de caminantes, de Juan de Timoneda, un cuentecillo protagonizado por un tejedor y un sastre. Al ser el tejedor preguntado por una señora por qué hablaba bien del sastre hablando este tan mal de él, el tejedor contestó: “Señora, porque mintamos los dos”. 

Cuenta Luis Carandell que un grupo de diputados folloneros fue llamado “los jabalíes”, debido a una intervención de Ortega y Gasset, quien en las Cortes de 1931 dijo: “No hemos venido aquí para hacer el payaso, el tenor ni el jabalí”. Esos diputados escandalosos se presentaron un día a Unamuno, también diputado, diciéndole: “Habrá oído hablar de nosotros: somos los jabalíes”. Unamuno les dijo: “Imposible. Los jabalíes van siempre solos o en pareja. Los que sí van en piara son los cerdos.”

Hay una famosa anécdota protagonizada por dos grandes filósofos del siglo XX. Ocurrió en octubre de 1946, en Cambridge. La historia, pese a la cantidad de testigos, todavía no está clara. Popper había sido invitado a presentar una comunicación sobre algún “malentendido filosófico”. En esa formulación vio la mano de Wittgenstein, que según Popper negaba la existencia de genuinos problemas filosóficos, reduciéndolos a malentendidos lingüísticos. Así que, fiel a su pensamiento de que una conferencia debe desafiar al auditorio, Popper tituló su comunicación “¿Existen los problemas filosóficos?”. En un momento fue leyendo una lista de ellos, mientras Wittgenstein los rechazaba como problemas lógicos o matemáticos. Al llegar a los problemas morales y la validez de las reglas morales, Wittgenstein, “que estaba sentado junto al fuego y había estado jugueteando nerviosamente con el atizador, que a veces usaba como batuta de director para recalcar sus afirmaciones, me desafió: “¡ponga un ejemplo de una regla moral!”, y yo repliqué: “no amenazar con atizadores a los profesores visitantes””. Wittgenstein, rabioso, tiró el atizador y abandonó la habitación dando un portazo. Esta es la versión que puede leerse en la autobiografía intelectual del propio Popper, titulada Búsqueda sin término. Sin embargo, en la biografía de Wittgenstein de Ray Monk se califica de cuento tal versión. Sea como fuere, parece una burda exageración lo que se llegó a decir, que ambos filósofos habían llegado a las manos, armados los dos con atizadores. Lo que sí tiene esta anécdota es un carácter simbólico de enfrentamiento de dos influyentes visiones de la filosofía, por lo que sirvió de pretexto a un libro de divulgación biográfica y filosófica titulado precisamente El atizador de Wittgenstein.

Sin salirnos de Cambridge y de la filosofía, acabemos con el profesor Broad, quien preparaba las clases por escrito. Cada frase la leía dos veces. Para hacer más amena la sesión, intercalaba algunos chistes, también escritos previamente, y que leía, no dos, sino tres veces. Según cuenta uno de sus alumnos, ésta era la única manera de distinguirlos.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





lunes, 25 de mayo de 2020

Irrealidad

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 25 de mayo de 2020.



IRREALIDAD

            La situación que vivimos ha sido calificada de irreal, de pesadilla, de distópica. Una novela de 2005 que imaginaba una situación de confinamiento con calles desérticas, fue rechazada por las editoriales, alegando que era “extremadamente exagerada”, “un escenario distópico e irreal”. Puede que en estas situaciones anormales se dispare con más profusión esa sensación de estar ante una ilusión que, me parece, constituye un rasgo de la vida humana. El ver la vida como un sueño o el mundo como un teatro fue algo característico del barroco, y tal vez lo sea de toda época de crisis. De hecho, desde Matrix hasta El show de Truman, son muchas las películas que desde hace ya muchos años retoman ese tópico, apuntando a un desequilibrio en la intimidad de nuestro tiempo. Pero, como digo, si determinados periodos aumentan la probabilidad de que sintamos la vida como un sueño, el mundo como un teatro, no se trata de una experiencia cicunscrita a ellos. Recuerdo una mañana estival en Ferrara, en un espacio abierto por donde transitaban paseantes solitarios y corrientes ciudadanos en bicicleta. Tuve la aguda sensación de encontrarme en un cuadro de Giorgio de Chirico, que es un modo de verse en un sueño o en una escena teatral. Por su parte, la relación entre ambas cosas, el sueño y el teatro, es otro lugar común que podemos leer en Góngora (El sueño, autor de representaciones, / en su teatro sobre el viento armado,/ sombras suele vestir de bulto bello) o en Addison (El alma, cuando sueña, es teatro, actores y auditorio).
            Quienes somos aficionados a transitar la confusa línea que separa la realidad de la ficción (que somos los mismos aficionados a darles vueltas al asunto de la realidad en un sentido amplio) disfrutamos con los juegos que la exploran. La metaficción, por ejemplo, que tanto éxito ha tenido en los últimos decenios pero que hace más de un siglo que Unamuno la inventara con su nivola Niebla. O esas historias de detectives en las que aparece una obra de teatro. Sería interesante hacer una recopilación de las mejores (recuerdo algunas del padre Brown de Chesterton), en las que se juega siempre con la ambigüedad de lo que se recita o hace en el escenario, que no sabemos si pertenece al guion de la obra representada o a la “realidad” de lo que ocurre en la trama de la historia.
            También hemos tenido que reparar, inevitablemente, en una categoría de libros que narran experiencias reales. En ellos, como en la vida de cada uno, que también tiene un ingrediente narrativo, se trata de contarnos y contar a los demás nuestra propia vida. Sería absurdo decir que nos hallamos ante un libro de ficción alegando que toda interpretación de lo ocurrido, por cuanto supone de selección y de acentuación, lo es, arguyendo que no todos vemos lo mismo ante las mismas cosas y que por tanto lo que decimos que pasó es una ilusoria construcción que, se añade, responde a unos intereses inconscientes y probablemente egoístas. He leído últimamente algunos libros pertenecientes a esa literatura no literaria, o no ficticia, y basta hacerlo para darse cuenta de que cuando alguien cuenta sinceramente una experiencia brutal el lector se enfrenta a otro género, si es que cabe denominarlo así. Enfrentémonos a Si esto es un hombre, de Primo Levi, donde este químico cuenta su estancia en Monowice, uno de los campos de concentración del complejo de Auschwitz. O a Reportaje al pie de la horca, un libro compuesto con las hojas que la mujer de Fucik consiguió reunir acabada la Segunda Guerra Mundial y que su marido había conseguido escribir y hacer llegar al exterior gracias a un guardián de la cárcel de Praga donde se encontraba prisionero de los nazis. O tomemos El colgajo, en que Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo en París en enero de 2015, narra su terrible experiencia. Son libros más allá o más acá de la literatura, pero de los que no están ausentes los recursos de la ficción. Exigen demorarnos en ellos en el siguiente artículo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña