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miércoles, 17 de septiembre de 2025

Olores

    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de septiembre de 2025.


OLORES 

Quiero comenzar este artículo con dos recuerdos. El primero, de mi infancia, es el de un juego de mesa del que solo he conocido ese ejemplar. Se encontraba en el local de una asociación de mi pueblo, Navas de San Juan, y, aunque he olvidado las reglas, en el fondo se trataba de identificar el olor (a fresa, a violetas, a vainilla…) de las diferentes tarjetas que venían en él. El segundo recuerdo también es lejano, aunque no tanto. En el Museo Arqueológico de Sevilla, hará unos veinte años, había una urna cerrada que al ser abierta permitía oler un aroma del lejano pasado (creo que recreaba el usado en ritos funerarios tartésicos).

         El hecho de la singularidad del juego de mi infancia (hace tiempo vi un libro de niños con olores, pero me da que son contados) unido al de la necesidad de recrear un aroma para siempre perdido, nos hace caer en la cuenta de la volatilidad, la fugacidad de los olores, que se sustraen a nuestros intentos por conservarlos. Por eso mismo y porque el olfato se enlaza directamente con el hipocampo (el centro de la memoria a largo plazo del cerebro) tienen un gran poder evocador. Lo experimentó bien Proust, quien levanta la catedral literaria de En busca del tiempo perdido a partir del famoso episodio de la magdalena: “Cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, solo el olor y el sabor más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles perdurarán durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo”.

         No hay más que leer la novela El perfume de Süskind para darse cuenta de cómo ha cambiado la permisividad olfativa en los últimos siglos. Ambientada en el siglo XVIII, se dice en ella que en las ciudades reinaba “un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; (…); los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales”. Hoy nos resistimos a convivir con esos olores, así como con los que en esos tiempos eran normales en los cuerpos: “Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos”. La campaña por la desodorización del mundo no tardaría en iniciarse. La difusión de la mentalidad burguesa fue acompañada de un descenso de la tolerancia olfativa. La gran intervención de Haussmann en la ciudad de París, ya a mediados del XIX, se guio por esa nueva sensibilidad, que afectó también a los olores corporales. Hoy nos asombra la ceremonia que todos los días se llevaba a cabo en torno a Luis XIV al levantarse (el Grand Lever). Solo los elegidos de la corte asistían a ella. Los sirvientes limpiaban la cara y las manos del Rey Sol, lo rasuraban y lo peinaban. No le lavaban el pelo, donde, mientras lo tuvo, nadaban felices los piojos, sino que se lo empolvaban o le ponían una peluca. Y en algún momento mientras era vestido o comía sopa de pollo, el rey orinaba o cagaba en su asiento diseñado para ello ante su escogido público. Al mismo tiempo, amaba los perfumes. Encargó a su perfumero favorito uno para cada día de la semana.

         Hoy los historiadores miran a aspectos desatendidos tiempo atrás, como este que comentamos. Así se ha destacado que en el Renacimiento, por ejemplo, gustaban para perfumarse los densos olores de origen animal, como el amizcle o el misterioso ámbar gris, que resultaban repelentes a finales del XVIII, mientras se imponía el agua de Colonia, de la que Napoleón usaba sesenta litros por mes (perfumaba también a sus caballos con ella). Del mismo modo que un olor levanta el recuerdo de toda una parte de nuestra vida, puede animar una época del pasado.

        

        

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

 


sábado, 16 de agosto de 2025

Delfines

  Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de agosto de 2025.


DELFINES

         Un recuerdo infantil me sitúa en un barco que se dirigía a Ceuta, junto con unos tíos míos con los que veraneé aquel año. En un momento del viaje, vimos delfines acompañándonos. Era la primera vez que veía este animal, y el júbilo con que los mayores lo señalaban indicaba su excepcionalidad para quienes vivíamos en el interior. Es ese viaje infantil lo primero que evoco al pensar en el delfín, que es lo que me propongo hacer en este artículo estival. De hecho, la imagen que tenemos de él es la de un animal simpático e inteligente, que hace las delicias de los niños en los delfinarios.

         A mi mente vienen luego, tan desdibujadas por haberlas leído hace tiempo que tengo que volver a hacerlo, dos historias de la mitología griega. Una de ellas es la historia de Arión, virtuoso de la lira, que ganó el premio en un festival musical en Sicilia, donde sus admiradores lo colmaron de valiosos regalos. Los marineros que lo llevaban de vuelta a Corinto le anunciaron su intención de matarlo para robarle, y, después de intentar infructuosamente que le perdonaran la vida a cambio de lo que tenía, pidió al capitán que le permitiera cantar una última canción. Subió a la proa y, vestido con su mejor túnica, invocó a los dioses con melodías apasionadas. Luego, se tiró al mar. Pero la música había atraído a unos delfines, y uno de ellos lo llevó sobre su lomo a Corinto, llegando antes que el barco. El delfín, que lo acompañó a la corte, murió a causa de una vida de lujo. Cuando llegaron los tripulantes, Periandro, el tirano de Corinto, les preguntó por Arión y ellos le dijeron que se había quedado en Ténaro agasajado por sus habitantes. Periandro les hizo jurar eso sobre la tumba del delfín y luego los enfrentó con Arión. Fueron ejecutados allí mismo.

         La otra es la historia de Dioniso y su alquiler del barco a unos marineros tirrenos que fingían ir a Naxos. Eran piratas, y pretendían venderlo como esclavo en Asia. Dioniso hizo brotar una vid de la cubierta, transformó los remos en serpientes y él mismo se metamorfoseó en león, llenando el barco de animales fantásticos y sonidos de flautas, lo que hizo que los piratas se tiraran por la borda, convirtiéndose en delfines.

         Si en el segundo relato se insinúa una afinidad entre el hombre y el delfín, el primero nos cuenta su gusto por la música y su disposición a ayudarnos. En Plutarco leemos que el delfín “es el único entre todos los animales que por naturaleza tiene para con el hombre una actitud que se corresponde con aquello en pos de lo cual van los mejores filósofos: la amistad desinteresada”. En la misma línea, nuestro Feijoo nos dice que “no produjo la naturaleza brutos de tan noble instinto, ni que tanto se acerquen, ya por amor, ya por imitación de costumbres al hombre”. Esopo tiene una fábula donde un delfín salva a un mono de un naufragio creyendo que se trata de un hombre. Al llegar al Pireo, el puerto de Atenas, le pregunta si es ateniense, a lo que el mono responde que sí, y que tiene padres ilustres; el delfín le dice si conoce el Pireo y el mono le contesta que es íntimo amigo suyo. “El delfín, indignado por la patraña, se sumergió y lo ahogó”. Saque el lector la moraleja. Y sáquela también de otra fábula del mismo Esopo. El león le propuso al delfín unirse, porque el primero reinaba en la tierra y el segundo en el mar. Cuando precisó su ayuda, el león no pudo contar con el delfín, porque no podía salir del agua a socorrerlo en la tierra.

Pero volvamos, para terminar, a Plutarco: el delfín no puede detenerse nunca, por lo que, cuando necesita dormir, se adormece por el vaivén de las olas, y se deja caer boca arriba hasta el fondo, momento en que se despierta al tocarlo y sube rápidamente para dejarse de nuevo caer. Detengámonos en ese adormecimiento por el balanceo de las ondas. ¿No nos recuerda el de una cuna, por ejemplo? ¿Por qué hay un balancín en las jaulas de pájaros desde el siglo XVII? ¿Y por qué en El columpio, el famoso y rococó cuadro de Fragonard, hay representado un delfín?

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 





miércoles, 18 de junio de 2025

El jugo de una anécdota

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de junio de 2025.


EL JUGO DE UNA ANÉCDOTA

         Ocurrió en el estreno de la primera obra de teatro del dramaturgo Bernstein. La actriz principal estaba charlando con un amigo en el escenario antes de comenzar la función cuando, por un descuido del operario, se levantó el telón sin que nadie lo hubiera ordenado. La actriz se quedó confundida, pero el amigo supo salir del paso actuando como si fuera un personaje de la comedia. “Adiós, señora. Volveré el miércoles para llevarme el reloj”, dijo, y salió de escena, con lo que dio unos segundos para que la actriz se repusiese y comenzara la verdadera obra. El público no notó nada, pero un crítico dijo en su crónica al día siguiente: “No comprendo por qué al principio del drama aparece un hombre que dice va a llevarse un reloj. En toda la obra no vuelve a aparecer, ni se habla en ella del reloj. ¿Cuándo comprenderán los autores que hay papeles inútiles?” Cuando el crítico volvió a ver la obra, el hombre del reloj no apareció por ninguna parte. Así que escribió satisfecho: “Bernstein ha tenido en cuenta mi observación, y ha suprimido el personaje inútil que iba a llevarse un reloj”.

Las anécdotas, como los chistes, hacen guiños sugerentes que solo recogen los que se sienten concernidos por ellas. Unos elegirían unas, otros otras. Si esta, leída en la prensa de hace un siglo, me ha llamado a mí la atención quizá sea por algunos elementos que contienen y a los que soy afín. En primer lugar, el teatro. No me refiero tanto al teatro como género literario, sino al hecho de que exista un espacio de ficción delimitado en el que personas como nosotros están representando, durante un corto tiempo, un papel en una historia. Y a la idea, tan barroca, del mundo como teatro. Pitágoras comparó la vida humana con un festival (nada cuesta trasponerlo al teatro), en el que unos compiten, otros compran y venden en las gradas, y otros contemplan el espectáculo. Los actores solo pueden actuar a cambio de no ver el todo, que requiere la distancia del espectador, que a su vez renuncia a la acción. Esos talantes que miran el mundo en vez de participar en él, a fuerza de mirar, acaban viéndose desde fuera si alguna vez están en situación de actuar. Les cuesta tanto ser espontáneos. Su desdoblamiento llega a darse aun cuando están siendo espectadores, se miran a sí mismos cómo miran a los demás. Me acuerdo también de esa anécdota inventada por Kierkegaard, en la que un payaso anuncia que el teatro está ardiendo y el público ríe y ríe, creyendo que se trata de una gracia. Así, dice el filósofo danés, perecerá el mundo. Hace tiempo que le doy vueltas a la relación entre el teatro y la narrativa policiaca, donde no es raro encontrar funciones teatrales en el núcleo de la trama.

Otro elemento en la anécdota de Bernstein que hace que me interpele es la improvisación del amigo de la actriz. Mientras ella se queda momentáneamente bloqueada, él sale gallardamente del paso. Los adscritos a l´esprit de l´escalier, es decir, los que encontramos una respuesta ingeniosa cuando ya es tarde para emitirla, admiramos por contraste ese ingenio pronto a la réplica.

         Pero hay más. El objeto que ese amigo nombra en su avispada salida no es un objeto cualquiera. Es un reloj. Un objeto cotidiano que mide algo tan tremendo como el tiempo. Uno lo asocia a las vanitas barrocas donde está tan presente, o a las leyendas famosas en ellos, como Tempus fugit o Vulnerant omnes, ultima necat (Todas hieren, la última mata, referido a las horas).

         Todavía hay un último aspecto que me hace interesante la anécdota. Se trata del error en el que incurre el crítico al interpretar como una debilidad de la obra lo que es una improvisación apresurada y al pensar que el autor ha tenido en cuenta su apunte. El crítico saca una satisfacción verdadera de una mala interpretación de las cosas. Como si alguien se enamorara de un interlocutor por internet que mintiera en cuanto a su edad y su aspecto y su trabajo. Me llama la atención que algo irreal produzca un sentimiento real. ¿Qué ocurre en esos casos?

         Juan Fernando Valenzuela Magaña




martes, 20 de mayo de 2025

Tener o ser

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 19 de mayo de 2025.


TENER O SER


         Los llamados experimentos mentales consisten en situaciones imaginadas con las que se pretende comprender mejor alguna cuestión que se está investigando. Si un tranvía fuera a matar a cinco personas que están sujetas a la vía pero estuviera en su mano desviarlo hacia otra donde solo moriría una, ¿lo haría? Y si para evitar la muerte de esos cinco tuviera que empujar desde un puente a una persona voluminosa que pararía con su final el trayecto de la máquina, ¿la empujaría? Como se ve, por rocambolesca que sea la conjetura, puede ayudarnos a tomar decisiones reales, como por ejemplo las que se refieren a cómo programar un coche autónomo a la hora de encontrarse con situaciones de riesgo para los ocupantes o los peatones.

         He empezado hablando de experimentos mentales porque en un momento voy a recurrir a uno para ilustrar el asunto del que quiero hablar este lunes: la inteligencia artificial. Entre quienes nos dedicamos profesionalmente a la educación parece haberse instalado una sensación de impotencia ante la facilidad con que estos nuevos recursos pueden ser utilizados impunemente por los alumnos para confeccionar unos trabajos en los que ellos no ponen nada de su parte. Si, por un lado, los exámenes parecen calibrar solo unos datos memorísticos poco significativos  y, por otro, parece imposible controlar la autenticidad de unas tareas que podrían darnos una idea de unas habilidades que ha ido adquiriendo el alumno, ¿qué sentido tiene ya evaluar? El experimento mental al que me refería es la llamada habitación china. Imagine que estoy aislado en un cuarto que dispone de una ranura por la que puede pasar una hoja de papel. Yo no sé chino, pero dispongo de unos manuales que me indican qué tengo que hacer para responder a textos chinos, que son los que me llegan por la ranura. Siguiendo las instrucciones, compongo a mi vez, sin entender nada, una serie de textos que envío por la misma ranura. El chino que está fuera escribiéndome creerá que yo conozco su idioma, cuando lo único que he hecho ha sido seguir unos manuales que me dicen qué tengo que poner cuando me encuentre con unos caracteres determinados. Así funcionaría la inteligencia artificial, recibiendo preguntas o comentarios y generando respuestas u observaciones siguiendo unas determinadas instrucciones, pero sin comprender nada. Es ese el proceso que los profesores tememos que repliquen los alumnos: se les pide que hagan una determinada tarea, utilizan ciertos recursos sin importar y sin conocer el contenido de que se está tratando y envían el resultado que solo tienen que recoger de la ranura del ChatGPT.

         Y, sin embargo, la cosa no es nueva. ¿O no recuerdan aquel viejo dicho: “Sí, él pasó por la Universidad, pero la Universidad no pasó por él”? Me acuerdo a este respecto de un escrito de Luciano de Samósata (siglo II), titulado Contra un ignorante que compraba muchos libros, en el que se burla abiertamente de un personaje que compra libros caros para aparentar una sabiduría de la que carece, como si alguien pretendiera disparar certeramente por el mero hecho de comprar el arco y las flechas de Heracles.

         Tanto en la habitación china como en Luciano lo que se pone de manifiesto, exageradamente, es la diferencia entre apropiarse de un conocimiento, hacerlo parte de nosotros, y simplemente manejarlo o exhibirlo. Platón, que entendía la educación como una conversión, como un cambio que transformaba a la persona, cuenta en uno de sus diálogos por boca de Sócrates una historia. Un dios egipcio llamado Theuth presentó al rey de Egipto Thamus las artes que había descubierto, como el número, el cálculo o la astronomía. El rey hacía observaciones a favor o en contra. Al llegar a la escritura, otra de sus innovaciones, el dios la presentó como un “fármaco de la memoria y de la sabiduría”, a lo que el rey contestó diciendo que lo que provocaría, más que memoria y sabiduría, sería olvido y apariencia de sabiduría, porque “fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera”. ¿Qué hubiera dicho si el dios le hubiera presentado algo como internet o la inteligencia artificial?

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 



martes, 25 de marzo de 2025

Risas

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de marzo de 2025.


RISAS


         No podemos negar que, junto a noticias horribles, vivimos rodeados de risas. Comedias, monólogos, chistes, nos aparecen en televisión y en las redes sociales a todas horas. Nada cuesta nombrar un puñado de cómicos famosos o de actores que nos han hecho reír en algún momento. Ahora bien, ¿de qué cosas nos reímos y por qué? Hay tres grandes corrientes sobre la risa en las que se agruparían todas las teorías existentes sobre el asunto. La primera apela a la superioridad, afirmando que la risa es un modo de burlarse de alguien que queda así como inferior a nosotros. Quintiliano (siglo I) decía que “la risa no está muy lejos del escarnio” (jugando con las palabras latina risus, risa, y derisus, escarnio). Y desde la biología evolutiva hay quien dice que la risa (o la sonrisa) tiene su origen en el gesto de mostrar agresivamente los dientes. La segunda corriente apunta a la incongruencia como la clave para entender la risa, que sería una reacción a lo ilógico o lo inesperado. Kant decía que “la risa es una emoción que surge de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada». En tercer lugar, estaría el conjunto de las teorías que ven en la risa un alivio, una forma de liberar energía. Un chiste sobre la muerte nos permite dejar escapar la preocupación reprimida que nos produce ese sobrecogedor tema.

         Como sabemos por experiencia, no a todos nos hacen gracia las mismas situaciones ni los mismos chistes, ni siempre estamos predispuestos a reír ante ellos. A veces valoramos más el humor que nos provoca como mucho una sonrisa que la barbaridad que nos arranca una carcajada. Y luego está una risa muy curiosa, la risa incontrolable. En el año 192, en el Coliseo, un senador romano llamado Dion estaba viendo la actuación del propio emperador Cómodo, quien mató un avestruz, le cortó la cabeza y se acercó a las primeras filas donde estaban sentados los senadores, “levantando la cabeza con la mano izquierda y blandiendo la sangrienta espada con la derecha”, y haciendo gestos que indicaban que pretendía hacer lo mismo con ellos. Los senadores, en vez de angustiarse, fueron presa de una risa incontenible, lo que llevó a Dion a coger de su corona unas hojas de laurel y ponerse a masticarlas, lo que imitaron los demás, disimulando así su risa.  En esas situaciones un ingrediente fundamental parece ser la inconveniencia de reírse. Por eso le pasa al alumno en clase o al presentador en un programa de televisión.

         El filósofo atomista Demócrito de Abdera (siglo V a.C.), ha pasado a la historia asociado a la risa (del mismo modo que Heráclito ha pasado como el filósofo llorón). Hay una novela corta epistolar en la que el médico Hipócrates es llamado por los ciudadanos de Abdera para que curen a su filósofo, porque siempre se está riendo, y de cosas inapropiadas. Pero al final se descubre que no está loco, sino que se ríe de las tonterías del hombre: “Crees que hay dos causas de mi risa, las cosas buenas y las cosas malas, pero me río de una cosa: de la raza humana”.

         Algunos llegaron a morir de risa, como el pintor griego Zeuxis (también del V a.C.). Conocida es la competición entre él y Parrasio para ver quién imitaba mejor la realidad. Zeuxis pintó un racimo de uvas al que fueron a picotear los pájaros, pero Parrasio pintó una cortina que Zeuxis intentó correr. Pues bien, Festo cuenta que Zeuxis “se murió de risa por carcajearse con desmesura de una pintura de una anciana que él mismo había pintado”. La pregunta sobre por qué eso le hizo tanta gracia tiene que ver con la de qué es lo que hace reír en cada cultura. De hecho, hay otros dos personajes de la antigüedad que murieron también de risa. En esos dos casos fue por lo mismo: por ver un burro comiendo higos y ocurrírsele añadir a eso la imagen del burro bebiendo vino sin mezclar. La clasicista Mary Beard nos aclara que lo que les hizo reír fue que el animal se saltara el límite entre la dieta animal y la humana. 

         Pero la tradición también nos ha legado figuras que se caracterizaron por no reír nunca. Lo que nos lleva al siguiente artículo.

         Juan Fernando Valenzuela Magaña




martes, 28 de enero de 2025

Caballos (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de enero de 2025.


CABALLOS (II)

A los caballos que vimos hace dos meses me gustaría añadir dos o tres más. Comencemos con Hans, apodado “el listo”, que tan famoso fuera a principios del siglo pasado. Es cierto que podría preguntarle al chat GPT sobre este équido que conocí hace muchos años a través de un documental, pero sus respuestas me resultan frías. Por eso me gusta más acudir a otro recurso, también facilitado por internet, que es la hemeroteca. Leer la prensa de otra época es respirar su atmósfera. Uno se siente en pantuflas sentado cómodamente en un sillón junto a la chimenea y pasando las páginas de un periódico al que se encuentra suscrito, mientras de detrás de la ventana llega, amortiguado, el sonido de la calle: el ladrido de un perro, las voces del lechero, los juegos de unos niños.

El caballo Hans había sido enseñado por su dueño, el barón von Osten, que además de barón era maestro, a leer y a hacer operaciones matemáticas. Uno podía encontrarse en el humilde lugar en que hacía sus exhibiciones a embajadores, oficiales del ejército alemán uniformados, señoras de la nobleza del imperio o científicos. Situémonos allí entre ellos. El animal expresa los números golpeando el suelo con una de las manos tantas veces como unidades quiera indicar. Una inclinación de la cabeza a la derecha es , y a la izquierda no. Veamos qué pasa. A la pregunta del barón “¿Cuál es el día del cumpleaños del Kaiser?”, Hans responde con 27 golpes. A la pregunta “¿De qué mes?”, con uno. Dado que se trata del 27 de enero, es recompensado con zanahorias. “¿Cuánto hay que añadir a veintitrés para llegar a veintisiete?”, continúa el barón, y el caballo da cuatro golpes sin dudar. La polémica sobre si se trataba o no de un fraude llevó a nombrar una comisión integrada entre otros por el director del circo imperial, el inspector de escuelas o el director del Jardín Zoológico de Berlín, que pareció dar la razón al barón. Posteriormente hubo otra evaluación a cargo del profesor Stumpf. Este se dio cuenta de que el caballo se equivocaba si se le colocaban cubre-ojos de manera que no pudiese ver a las personas presentes. La conclusión fue que el animal observaba los ligeros e inconscientes movimientos del cuerpo de quien le preguntaba y los interpretaba como signos. El motivo último eran las zanahorias y nabos que constituían la recompensa. Puro condicionamiento operante, diría un psicólogo. Pero ¿no deja de ser maravillosa la capacidad de observación de Hans?

Cambiemos de caballo y de fuentes. De la prensa de hace un siglo pasemos a dos textos clásicos. En el libro II de la Eneida, Virgilio nos cuenta la historia del caballo de Troya, artilugio a través del que varios soldados griegos consiguieron introducirse en la ciudad fortificada y abrir luego sus puertas a los camaradas, provocando la caída de Troya. Pero fijémonos en el griego traidor que mediante un ardid ha engañado a los troyanos, quienes lo acogen permitiendo que luego facilite la salida de los escondidos en el interior del ingenio. Su nombre es Sinón. Acabo de encontrármelo en el Infierno de Dante, en el VIII Círculo, en el apartado de los falsarios y dentro de él en el de los embusteros. Precisamente es Virgilio el guía de Dante en este lugar alucinante que tan bien refleja una película de 1911 accesible en internet. En el mismo canto (el XXX) en que se halla Sinón, aparece un florentino que está en otra sección de los falsarios: la de los suplantadores de personas (en el infierno, locos furiosos, de acuerdo con una cierta relación entre pecado y castigo). Este hombre se puso de acuerdo con el sobrino de Buoso Donati para hacerse pasar por el tío moribundo y otorgar así testamento a favor del sobrino y de sí mismo. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque el motivo último de tal engaño era… hacerse con una bellísima yegua.

         

Juan Fernando Valenzuela Magaña




miércoles, 4 de diciembre de 2024

Caballos

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de diciembre de 2024.


CABALLOS


         Mi propósito en la especie de bestiario que intermitentemente retomo en estas páginas no es sino contar las asociaciones que mi memoria hace cuando se le nombra un animal y se fija en él. He hablado de loros, tortugas, mariposas, gatos, cisnes, moscas… Hoy quiero hablar de caballos. Y el primero que destaca se encuentra en una plaza de Turín un día del comienzo del año 1889. Es viejo, no puede moverse debido a su sobrecarga y su cochero lo está azotando. Un hombre de poblado bigote se acerca al animal, se le abraza al cuello, llora compasivamente diciendo: “Madre, soy tonto, madre, soy tonto”, y cae desvanecido. Ese hombre se llama Friedrich Nietzsche y su mente se está desmoronando para siempre. Todavía vivirá unos años más, casi hasta ver nacer el siglo que de alguna manera anticipó.

Es imposible, me temo, saber si esa escena ocurrió realmente así. Uno de sus biógrafos se pregunta si el azote al animal no fue imaginado por un Nietzsche ya trastornado. Sabemos lo que pasó con él después: fue recogido en Turín por su amigo Overbeck y trasladado a una clínica psiquiátrica en Basilea y luego al hospital de la Universidad de Jena. Como no se recuperaba, su madre lo llevó a su casa de Naumburgo y, tras morir esta, estuvo en Weimar al cuidado de su hermana. Pero ¿qué fue del caballo? El director de cine Béla Tarr ha imaginado lo que le sucedió una vez que volvió a casa con su cochero en una película en blanco y negro de viento, de ocaso y de final.

Hay otro caballo, este literario y onírico, cuyo papel recuerda mucho al de Turín. En Crimen y castigo, de Dostoievski, Raskólnikov sueña que es pequeño y va con su padre cuando ve que en la puerta de una taberna hay una carreta grande a la que está enganchado un escuálido jamelgo. El dueño y sus amigos salen del local borrachos y se montan, el animal no puede tirar y recibe una lluvia de latigazos. Ahorraré la crueldad que sigue, que acaba con su vida. El chico, enloquecido, gritando, llega hasta la yegua muerta, “abraza su cabeza ensangrentada y la besa, la besa en los ojos, en los labios…” ¿Habría leído Nietzsche esa escena?

         Si uno dice Dostoievski, siempre habrá alguien que responda Tolstoi. Son dos gigantes de la novela que escribieron en la misma lengua y en el mismo momento histórico, pero que representan dos formas distintas de ver el mundo. El crítico literario George Steiner ha dedicado un extenso libro a compararlos. Pues bien, precisamente Tolstoi escribió una novela corta titulada La historia de un caballo, en la que vemos a uno viejo (una vejez “majestuosa y lamentable al mismo tiempo”), castrado, utilizado como bestia de carga y despreciado entre la yeguada porque no se sabe su origen. “La expresión de su cara era grave, meditabunda y dolorosa”, se cuenta. En un momento dado, una yegua lo reconoce y entonces Jolstomer, que así se llama el caballo, cuenta su historia. De sangre noble, tenía buena constitución y alabada fuerza, pero era pío, es decir, con manchas, lo que era considerado una vergüenza. Esa apariencia marcó su destino. Sus avatares y sus reflexiones (como la que hace sobre la propiedad) las cuenta a los demás animales cuando, de noche, se quedan solos. Al final, encariñados con él, asistimos con un nudo en la garganta (Tolstoi lo narra magistralmente) a su degüello, motivado por la sarna.

Y acabemos con uno de los caballos más famosos del imperio romano: Incitato, el caballo de Calígula. Nos cuenta Suetonio que tenía “una cuadra de mármol y un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de piedras preciosas”, más una casa con su servidumbre y su ajuar. Se decía que tenía pensado otorgarle el consulado. Pero si hacemos caso a la académica inglesa y amena y sensata divulgadora del mundo romano Mary Beard, convendría sospechar de lo que la tradición nos ha dicho sobre este emperador. A su sucesor, Claudio, le venía bien un Calígula monstruoso. En sus palabras, “puede que Cayo fuera asesinado porque era un monstruo, pero también es posible que se le convirtiera en un monstruo porque fue asesinado”.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña


Dibujo de Calígula e Incitato por Jean Victor Adam (1801–1867)


viernes, 8 de noviembre de 2024

Asnos (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de noviembre de 2024.


ASNOS (II)

 

        Hablábamos de asnos. Recordábamos a Platero, al rucio de Sancho y al asno de oro de Apuleyo. Y mencionábamos al final el asno de Buridán. Con este nombre se conoce una paradoja filosófica que podemos expresar como sigue. Si un asno tiene ante sí dos haces de heno exactamente iguales y a la misma distancia, morirá de hambre al no poder preferir uno a otro. Como se ve, se trata de uno de esos experimentos mentales que tanto juego dan. Este tiene que ver con la libertad y con lo que la razón nos aporta a la hora de elegir. Pero ya Aristóteles, muchos siglos antes de Buridán (que era un filósofo escolástico del siglo XIV), lo planteaba en un contexto cosmológico, hablando del equilibrio físico de la Tierra entre elementos iguales, si bien llegó a aplicarlo, por similitud, a las motivaciones iguales, en el sentido en que lo conocemos hoy. Y aquí tenemos uno de esos pequeños misterios que tanto cuesta desentrañar. Si consultamos la Wikipedia, leemos en la entrada “Asno de Buridán”: “Ya Aristóteles, en el De Cælo, se había preguntado cómo un perro confrontado con dos cantidades idénticas de alimento podría comer”. ¿Así que el asno fue primeramente un perro? Voy al libro mencionado, Acerca del cielo, y leo: “y el (argumento) del (es decir, del hombre) que padece terriblemente de hambre y sed pero que dista lo mismo de los alimentos y de las bebidas: éste, en efecto, se dice que forzosamente permanecerá quieto”. ¿Dónde está aquí el perro? ¿Y dónde las “dos cantidades idénticas de alimento” puesto que se habla de comida y bebida? Pero, entonces, ¿de dónde ha salido el can? ¿Por qué la Wikipedia no habla de un gato o una gallina? Consultando el Diccionario de Ferrater Mora, un clásico entre los diccionarios de Filosofía, veo que quien usó el perro fue… ¡Buridán!, comentando precisamente el De Cælo de Aristóteles. Así que, con toda probabilidad, en algún momento el perro saltó hacia atrás unos diecisiete siglos para ladrar su desesperada indecisión en un libro del discípulo de Platón. En cuanto al asno… no he conseguido encontrar una referencia anterior (aunque estoy seguro de que las hay) a la que aparece en la Ética de Spinoza, ya en el siglo XVII. Curiosamente, él dice “asna de Buridán”, y no “asno”. Supongo que en aquel tiempo ya estaba asociado definitivamente el animal y el filósofo escolástico. Del asno, por cierto, dijo Aristóteles (y así cerramos el círculo) en Investigación sobre los animales que es frugívoro y herbívoro y que “es de todos los animales el que resiste menos el frío”. También nombra a sus enemigos. El pico, por ejemplo, porque el asno se rasca las heridas en los espinos, y por ello y por sus rebuznos, “tira los huevos y los pollos, pues de miedo éstos se arrojan fuera”; por ello el pájaro “vuela contra el asno y le pica las heridas”. Y el kolotes, especie de lagarto, duerme en el establo e introduciéndose por las fosas nasales del asno le impide comer. Como apéndice en este párrafo dedicado al burro y la filosofía señalaré que los pitagóricos decían que este animal es el único desvinculado de la armonía, y por ello es sordo al sonido de la lira.

        Muchos son los asnos que generosos lectores del anterior artículo me han recordado, pero pondré fin a mi evocación de este animal con un cuento muy conocido, que puede leerse en El conde Lucanor. Un padre y su hijo van con su burro al mercado y, al cruzarse con unos hombres, oyen cómo comentan que no debían de ser muy juiciosos cuando van a pie y la bestia sin peso. Así que el hombre dice a su hijo que se monte y otros con los que se cruzan critican que el anciano vaya a pie y el mozo, más fuerte, sobre el animal. Invierten entonces los papeles, pero de nuevo son censurados por otros con el argumento de que el padre, acostumbrado a los duros trabajos, va cabalgando mientras que el joven, todavía no hecho a las fatigas, va a pie. De modo que se sube también el hijo y, yendo los dos montados, advierten cómo otros hombres desaprueban su actitud diciendo que no deberían echar tanto peso a un animal tan flaco y débil. Piense el lector y saque la moraleja por sí mismo.

        Juan Fernando Valenzuela Magaña



Fotografía de Francisco Rodríguez Parejo

miércoles, 9 de octubre de 2024

Asnos (I)

    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 7 de octubre de 2024.

                


ASNOS (I)

 

       No sabría decir en qué momento dejamos de verlos por nuestras calles. Calculo que fueron haciéndose menos frecuentes en los años ochenta, escasos y raros en los noventa y prácticamente inexistentes en el nuevo milenio. Tenían algo tierno en su envergadura y humilde en su entrega, aunque es posible que nuestra mirada estuviera condicionada por la de Juan Ramón Jiménez hacia Platero (“Platero es pequeño, peludo, suave”). Este es uno de los burros que primero aparecen cuando cierro los ojos y convoco este animal. Otro es el rucio de Sancho Panza. Cuando dijo a don Quijote que pensaba llevar “un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie”, el ingenioso hidalgo no consiguió recordar ningún caballero andante que hubiera traído “escudero caballero asnalmente”, pero, aun así, accedió a que lo llevase, “con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase”.  Los aficionados al Quijote recordarán la que se trae Cervantes con el rucio. En la edición príncipe el asno desaparece sin que se relate cuándo y cómo y vuelve a aparecer sin que tampoco se refiera cómo Sancho lo ha recobrado. La explicación más probable es que Cervantes suprimiera el pasaje del robo del animal pero luego no eliminara ciertas referencias a ese episodio. En la segunda edición sí se cuenta cómo Ginés de Pasamonte hurtó el jumento y cómo lo recuperó Sancho.

       Es curioso que el tercer asno que mi memoria evoca también sufre del despiste de su creador. Me refiero al protagonista de El asno de oro, de Apuleyo, escritor latino del siglo II. Debo su deliciosa relectura estos días a la redacción de este artículo, y también el asombro con que he comprobado su modernidad. Como en el Quijote,  en esta obra vemos historias dentro de la historia, peripecias maravillosas y, si sustituimos los dioses que en ella aparecen por motivos psicológicos o consideraciones metafísicas, podría haber sido escrita después del siglo XVII y aun en nuestros días. El protagonista, llamado Lucio, es transformado por error en un asno (quería convertirse en ave) y antes de poder volver a su apariencia normal (algo que conseguiría masticando unas rosas) la casa donde estaba es asaltada por unos ladrones que se lo llevan. La vida de tormento que lleva a partir de ese momento tiene, no obstante, el consuelo de “ver satisfecha mi curiosidad natural, observando cómo todo el mundo, sin tener para nada en cuenta mi presencia, hace y dice lo que le apetece”. La curiosidad también marcará a Psique en el famoso cuento que relata la vieja que cuida a los ladrones a una joven de ilustre familia raptada por ellos. Precisamente cuando esta doncella y el burro intentan escaparse sin éxito, acaece una escena impactante por su sarcasmo, su truculencia y su crueldad. Los ladrones debaten sobre el castigo por el intento de fuga. Uno dice que se queme viva a la joven, otro que se arroje a las fieras, hasta que uno de ellos, apelando a “nuestra mansedumbre individual” y a “mi personal moderación”, propone degollar al asno, vaciar del todo sus entrañas, “encerrar desnuda en su vientre a la joven” y coserla quedando fuera solo su cara, para poner el resultado sobre una roca tostándose al sol, de modo que los gusanos desgarrarán sus miembros, el sol la quemará, los perros y buitres le arrancarán las entrañas; aun en vida, sufrirá un olor nauseabundo, no podrá comer, no tendrá siquiera las manos libres para matarse. No será esto (tan tarantiniano, y perdón por la aliteración) lo que ocurra, y las peripecias de Lucio en forma de asno continuarán. Un asno que, y este es el despiste a que me refería, en un momento tiene la piel dura propia del animal y en otro “una fina membrana de sanguijuela”.

       Platero, el rucio de Sancho y el asno latino: tres burros literarios. El siguiente que mi memoria me trae es filosófico, el asno de Buridán. Pero, junto con algunos más, tendrán que rebuznar en el próximo artículo.

 

        Juan Fernando Valenzuela Magaña

 


miércoles, 17 de julio de 2024

Un apunte sobre la mentira

        Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 15 de julio de 2024.


UN APUNTE SOBRE LA MENTIRA


Hay cuestiones en las que parece que tanto una afirmación como la opuesta están cargadas de razón. Así, alguien destaca la diferencia existente entre nuestra vida y la de un hombre del siglo XIX, y no digamos la de un griego del siglo V a.C. Y entonces otro se planta y le replica que, en realidad, siempre es lo mismo, las mismas alegrías, las mismas preocupaciones, las mismas pasiones, los mismos errores, las mismas generosidades, porque nada hay nuevo bajo el sol, tampoco esto que estoy diciendo, ni lo que tú acabas de decir. ¿En qué quedamos, entonces? Probablemente ambos se complementen, y, sobre un fondo humano que se repite (y que es la base de que podamos entender el pasado) hay enormes cambios de perspectiva sobre el mundo (y que es la base de la dificultad que a veces tenemos para entender el pasado). También habrá espejismos, me temo, situaciones en las que creemos erróneamente comprender una época.

        Este exordio viene a cuento de los bulos y manipulaciones de los que hoy tanto se habla. Por un lado, el primero de los interlocutores diría que esto nunca se había visto antes, que jamás la mentira fue tan palmaria y estuvo tan extendida con tamaño descaro. Pero el segundo de los interlocutores del párrafo anterior podría decir que siempre ha habido enormes e interesadas falsedades, y poner ejemplos como el del emperador Septimio Severo, quien para legitimar su poder extendió la falsa noticia de que era el hermano perdido de Cómodo. Así que intentemos articular la misma solución que intentaba dar a cada uno su parte de razón.

En efecto, encontramos la mentira política a lo largo de la historia, como un arma más del poder. Pero si atendemos a la siguiente anécdota detectaremos diferencias en el tiempo. En los años veinte, el político francés Clemenceau conversaba con un representante de la República de Weimar sobre la interpretación que podía hacerse de la Primera Guerra Mundial. ¿Qué dirán los futuros historiadores?, se le preguntó. Clemenceau contestó: “Eso no lo sé, pero sé con certeza que no dirán que Bélgica invadió Alemania”. ¿Se atrevería alguien a sostener eso hoy? Lo nuevo de la actual mentira, la llamada posverdad, parece ser su extensión a través de las redes sociales, su unión con el populismo y sobre todo su desprecio por la verdad. Así como la hipocresía es un tributo a la virtud, la mentira tradicional lo es a la verdad. El mentiroso de toda la vida cree en la verdad, pero la oculta y la sustituye, normalmente para obtener un beneficio (San Agustín distingue ocho tipos de mentira, y solo uno de ellos se justifica por la mentira misma, por el placer de engañar; los demás buscan un fin distinto del engaño mismo). En cualquier caso, el mentir presupone que hay una verdad. Pero la mentira actual, si decidimos seguir llamándola del mismo modo, no es lo opuesto a la verdad, es otra cosa. Se ha roto la dicotomía entre verdad y mentira, o no importa nada, y lo que se dice es una construcción, mediada por la emoción. Las raíces de esto podemos verlas en la llamada posmodernidad o en general en una postura escéptica en cuanto a la posibilidad de ser objetivo. El peligro, a mi juicio, estaría en una desconexión de la realidad. La realidad es lo que nos resiste y la verdad consiste en tenerla en cuenta. Que lo verdadero (o lo mentiroso, ¿ven cómo es lo mismo?) sea ahora una invención, una fantasía, significa que el espíritu del tiempo es narcisista, que no admite límite alguno externo al capricho del individuo. Un tiempo adolescente en el que las imaginaciones del ego se toman como sólidas realidades… hasta que uno se cae con todo el equipo (“este mundo imaginario no nos sirve a ninguno de nosotros como residencia permanente”, dice Harry G. Frankfurt en su estudio sobre la verdad). La verdad, además de con la realidad, está relacionada con la racionalidad. También, en la medida en que la realidad nos limita y nos hace darnos cuenta de nosotros mismos, con la identidad. Demasiadas relaciones para no inquietarnos por una quiebra en su concepción.


        Juan Fernando Valenzuela Magaña




jueves, 20 de junio de 2024

Perros (III)

  Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de junio de 2024.


PERROS (III)

 

Acabábamos el artículo del pasado mes mencionando una inquietante cabeza de perro que había acudido a mi memoria. Hablaré de ella. Szymborska, la escritora polaca galardonada con el premio Nobel, tiene un poema basado en un polémico experimento. Antes de una película a la que ella asistía, se proyectó un vídeo en el que una cabeza de perro cortada conectada a un aparato reaccionaba a distintos estímulos. Fiel cabeza de perro, / bondadosa cabeza de perro, / cuando la acariciaban, entornaba los ojos / creyendo  que era todavía parte de un todo / que encorvaba el lomo bajo una caricia / y meneaba la cola. He buscado información sobre el asunto y, en efecto, existe un documental grabado en 1940 en el que un grupo de científicos soviéticos experimentan con la reanimación. Primero consiguen que el corazón de un perro vuelva a latir sobre una bandeja, luego que una cabeza de perro separada del cuerpo se mueva ante determinados estímulos (esa es la parte que Szymborska recoge en su poema) y, por último, que un can clínicamente muerto vuelva a la vida. ¿Consiguen? No es fácil creerlo. Las autoridades soviéticas no permitieron que organismos independientes verificasen nada, aunque el vídeo fue expuesto en Nueva York a científicos norteamericanos. En cualquier caso, la poeta llega a una conclusión inquietante: Pensé en la felicidad y sentí miedo. / Porque si sólo de eso se trataba en la vida, / la cabeza / era feliz.

La libre asociación de ideas me lleva a otra cabeza de perro, esta pictórica. Se trata de la que aparece en el cuadro de Goya El perro, perteneciente a sus Pinturas negras (1819-1823), que decoraban los muros de la llamada Quinta del Sordo. Como seguro que el lector tiene un móvil a mano, puede recordarlo y comprender la pertinencia de la asociación. La pintura que, como sus hermanas, fue trasladada a lienzo y se conserva en el Museo del Prado, resulta muy enigmática. La cabeza de un perro asoma mirando hacia arriba tras una franja de color ocre oscuro que sobresale respecto a un espacio de tono más claro. Se ha dicho que la obra está inacabada o que había dos pájaros que se perdieron y a los que se dirigía la mirada del perro. También que este está hundiéndose en arenas movedizas. El chat GPT me dice incluso que está ladrando hacia la oscuridad de la noche, cosa que yo no veo en absoluto ni creo que nadie pueda hacerlo salvo la inteligencia artificial. A mí la expresión me parece tierna y humana y, por su pequeñez en comparación con el espacio alrededor, de soledad y expectativa.

Quien sí está ladrando (en una actitud de desafío o de queja) es el perro de Turner en Amanecer después del naufragio (recurra el lector de nuevo al móvil), pintado unos años después. Como en el cuadro de Goya, está solo y envuelto en un espacio que es tan protagonista de la acuarela como el propio animal. Frente a la indefinición del entorno en Goya, aquí tenemos la grandeza de la naturaleza, que en Turner siempre tiene algo de violencia. Vemos el mar, el cielo, la arena, en una paleta de azules, rojos y amarillos. No se ven restos de naufragio alguno, por lo que el título con el que es conocida esta obra, inventado por Ruskin, podría cuestionarse. Eso la acerca más al cuadro de Goya, al no contener una “historia”, al no pretender narrar nada. De hecho, Turner valoraba mucho la capacidad de la pintura para sumergirnos en el misterio. La naturaleza es para él un símbolo. No es que el perro, tras ser el único superviviente, se lamente por lo que el mar se ha tragado. Se trata de un perro, un animal muy humano, frente a un entorno natural sobrecogedor. Tal vez Ruskin le pusiera ese título porque para él el tema que subyacía a la obra de Turner era la muerte. Pero podría más bien decirse que es la soledad y la violencia. Su visión del ser humano es la de alguien pequeño ante unas fuerzas que no puede controlar. Viendo cómo sus paisajes no se despliegan sin más ante nosotros sino que, de algún modo, nos engullen, estamos tentados de dar la razón a Amiel cuando escribe que un paisaje es un estado del alma.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 


miércoles, 22 de mayo de 2024

Perros (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 20 de mayo de 2024.


PERROS (II)

        Hablábamos de perros. Si dejo en libertad mi memoria poniéndole como única condición  que olfatee y busque canes de tiempos posteriores a los tratados hace un mes, el primero que me trae es Tonton, el perro de madame du Deffand. En los siglos XVII y XVIII hubo en París un puñado de salones donde, en un ambiente risueño y entretenido, la nobleza conversaba con destreza pero sin hostilidad, con galantería pero sin amor, con perspicacia pero sin grandes ambiciones intelectuales. Cualquier tema se trataba siempre que fuera con ingenio. Los salones estaban dirigidos por mujeres, cada una de las cuales imprimía un sello peculiar al suyo. Entre ellas se hallaba madame du Deffand, que vivió durante el siglo XVIII y de la que Sainte-Beuve, el famoso crítico literario francés, dijo que era “uno de nuestros clásicos por lo que hace a la lengua y al pensamiento”. Esta salonnière, que tanto temía al hastío, conoció, con sesenta y ocho años y ciega, a un ingenioso inglés al que entregó su corazón: Horace Walpole, del que hoy recordamos su obra El castillo de Otranto, precursora de la novela gótica. Debemos a él quizá las mejores cartas de madame du Deffand y el que la conozcamos mejor. La última vez que se vieron, ella le hizo prometer a Walpole que cuidaría de su perro al morir. El fiel secretario de madame du Deffand se encargó de que así fuera y, en la carta en que le cuenta al escritor inglés su enfermedad y su muerte, le dice respecto al perro: “es muy dulce, no muerde a nadie; solo era malo al lado de su ama”. En efecto, una vez la mariscala de Luxembourg le regaló a madame du Deffand los seis últimos tomos de Voltaire y una tabaquera de oro con el retrato de Tonton en la tapa. Dentro de la tabaquera había un epigrama del caballero de Bouffleurs, que asociaba al filósofo con el perro y que traducido diría así: “Vos encontráis a los dos encantadores; / nosotros a los dos mordaces; / he aquí la semejanza. / El uno no muerde más que a sus enemigos; /  y el otro muerde a todos vuestros amigos; / he aquí la diferencia”. Se ve que Tonton hacía de las suyas entre las visitas de su ama. Si buscamos qué fue de él, sabremos que, en efecto, Walpole lo cuidó bien: engordó tanto que no podía moverse. Sobrevivió más de nueve años a su anciana dueña.

        Hace años me llamó la atención este provocador comentario en la divertida novela Orlando, de Virginia Woolf: «La vieja Madame du Deffand y sus amigos hablaron cincuenta años sin parar. Y de todo eso, ¿qué sobrevive? Tal vez, tres frases ingeniosas. Por consiguiente, es lícito suponer que no dijeron nada o que no dijeron nada ingenioso, o que esas tres frases ingeniosas llenaron dieciocho mil doscientas cincuenta noches, lo que no significa un apreciable porcentaje de ingenio para cada uno de ellos». La cuestión que plantean estas palabras al compararlas con la importancia y duración de la institución de los salones la abordé en El mundo de los salones, un artículo publicado en Cuadernos Hispanoamericanos al que remito al lector curioso. Si ahora traigo aquí esta cita es para ligar a madame du Deffand con Virginia Woolf, quien tiene otra novela titulada Flush, el nombre del perro que la protagoniza. Aunque está escrita en tercera persona (utilizando a veces la primera de las epístolas de la dueña del perro), la mirada (y el olfato) sobre la que audazmente está montada la obra es la del can: “(…) no contamos más que con dos palabras y media para manifestar lo que olemos. Casi no existe olfato humano. Los más grandes poetas del mundo no han olido más que rosas, por una parte, y estiércol por otra. Las infinitas gradaciones intermedias han quedado sin registrar. Y precisamente era en el mundo olfativo donde vivía Flush. El amor era, sobre todo, olor; la forma y el color eran también olor; la música, la arquitectura, la ley, la política y la ciencia eran olor. (…) Italia significaba para él, principalmente, una sucesión de olores”.

        Tonton y Flush han acudido dóciles a mi memoria. Pero ha venido también una inquietante cabeza de perro de la que habrá que hablar en el próximo artículo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña





miércoles, 24 de abril de 2024

Perros (I)

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de abril de 2024.

PERROS (I) 

         En mi memoria persisten imágenes de un viejo documental en el que se yuxtaponían escenas de sorprendentes costumbres de diferentes lugares del planeta. Una de ellas, que hoy nos sorprendería menos, es la de un tranquilo y agradable cementerio de perros en algún sitio de Estados Unidos. Contrasta esa visión de la mascota favorita con el título del documental, Este perro mundo, en el que este animal se adjetiva para significar, como en “perra vida” o “día de perros”, algo duro y amargo y desapacible. En efecto, esa cinta, que parece haber maquillado algo la realidad para conseguir el efecto deseado, destila amargura en su recorrido por la diversidad cultural. Pero el cementerio de perros, así como la vida que llevan hoy día a nuestro alrededor, justifican la ingeniosa observación que hacía un amigo mío: el hombre es el mejor amigo del perro. Y ha considerado que la mejor manera de demostrarlo consiste en humanizarlo, en ponerle ropa, llevarlo a la peluquería o al hospital, enterrarlo en un cementerio y arreglárselas para incluirlo en la herencia. Si los cínicos tomaban el perro como modelo del hombre (de ahí su nombre), ahora es el hombre el modelo del perro.

         Ulises salió de Ítaca para ir a la guerra de Troya, que duró diez años. Su vuelta, contada en la Odisea, duró otros diez. Así pues, veinte años después y disfrazado de mendigo para no ser reconocido por los pretendientes de su mujer, Penélope, aparece en la puerta de su propia casa. Nadie ha sido capaz de descubrirlo. Acostado “sobre un cerro de estiércol”, viejo, despreciado y cansado, Argos, el perro que Ulises crio, levanta la cabeza y las orejas. Cuando el hombre se acerca reconoce en él a su amo y mueve la cola, pero no tiene fuerzas para alzarse y llegar hasta él. Ulises se enjuga una lágrima y oculta su rostro al porquero que lo acompaña. Y Argos, como si lo que lo mantuviera con vida fuera la esperanza de ver el regreso de su amo, muere (“sumióle la muerte en sus sombras no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año”, canta Homero). Pascal Quignard dice a propósito de este pasaje que Argos es el primer ser que, en Homero, piensa, porque el verbo griego que se traduce como pensar, “noein”, quería decir primero “oler”. De modo que pensar es olfatear lo nuevo y, como Argos, ir más allá de la apariencia, del disfraz, y descubrir detrás del mendigo al rey de Ítaca.

         Homero tuvo un gran admirador en Alcibíades, sobrino de Pericles y alumno de Sócrates. Cuenta Plutarco que pidió un libro del poeta en una escuela y que, como el maestro le dijo que no tenía ninguno, le dio un puñetazo y se marchó. Si traemos aquí a Alcibíades es porque tenía un bello perro al que le cortó su hermoso rabo. Los amigos le regañaban y le decían que la gente rabiaba y lo criticaba por lo que había hecho. Alcibíades rio y dijo: “Entonces está pasando lo que deseo; pues quiero que los atenienses hablen de esto, para que no digan algo peor sobre mí”. Por eso podemos denominar “el perro de Alcibíades” al procedimiento político consistente en fijar la atención mediática en un asunto menor para desviarlo del que en realidad preocupa al político de turno.

         Cuenta Claudio Eliano en dos sitios distintos que Gelón de Siracusa soñó que había sido alcanzado por un rayo. Aterrorizado por la pesadilla, gritaba con fuerza en sueños. Su perro, desconcertado, se puso a ladrar con furia y amenaza, lo que provocó que Gelón se despertara. La fama del perro hace que conservemos su nombre: podemos leer en Plinio que se llamaba Pirro.    

         Precisamente Plinio cuenta la historia de otro perro para ilustrar la fidelidad de este animal. En el 28 d. C., al ser castigado un caballero romano y sus esclavos, el perro de uno de ellos no se apartó del cadáver de su amo, expuesto en unas escaleras una vez ajusticiado. Gemía el can tristemente. Alguien le tiró comida y él la llevó a la boca del muerto. Cuando el cadáver fue arrojado al Tíber, se lanzó al río intentando mantenerlo a flote. Dos imágenes estas que uno no puede evitar quedarse rumiando…

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA