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viernes, 9 de enero de 2026

De nuevo el principio


Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 8 de enero de 2026.


                                               DE NUEVO EL PRINCIPIO 

Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué.

                En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”), supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”), el de La Regenta de Clarín (“La heroica ciudad dormía la siesta”) o, en nuestros días, el de Corazón tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

                En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del poema titulado El crimen, de José Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio de El doble, de Dostoyevski: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En El castillo, sin embargo, y volvemos a Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche cuando K. llegó”, y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse (aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese pueblo). Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la póstuma publicación de este libro.

                Es curioso que también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea de que ya era hora de dormirse. Como en El castillo, hay un dormir y un pronto despertar.

                La voz que cuenta en la Divina Comedia de Dante, ese monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida/ me hallé en el medio de una selva oscura/ después de dar mi senda por perdida.” Luego encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el Purgatorio.

                Por supuesto, podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios literarios que mi mente ha asociado libremente sirvan de felicitación a los lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña





jueves, 29 de febrero de 2024

martes, 5 de diciembre de 2023

Salinger y Kafka

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de diciembre de 2023.

   

SALINGER Y KAFKA

 

         En el artículo del mes pasado hablábamos sobre la fama, entendida bien como celebridad, bien como permanencia en la posteridad. Ambas cosas no son incompatibles, claro, y la fama puede significar a veces un reconocimiento en vida de la obra de alguien, que a su vez permitiría barruntar su ingreso en el círculo de los elegidos por la posteridad.

Muchos de ustedes habrán leído u oído hablar de El guardián entre el centeno, la obra más conocida de Salinger y de lo poco que se ha publicado de él. Salinger, que murió en 2010, es un escritor estadounidense conocido por su alejamiento de la vida pública. Un abogado le preguntó una vez en un juicio: “¿Ha concedido alguna vez una entrevista?”. Su respuesta fue: “Siendo yo consciente, no”. Aunque constan algunas (entre ellas, a un adolescente para el periódico de su instituto), lo cierto es que su aislamiento se hizo proverbial y conseguir una foto de él consistía en todo un reto para los periodistas. Los últimos cuarenta y cinco años de su vida no publicó nada. La expectación con que se esperaba algo salido de su pluma explica que uno de los números más vendidos de la revista Esquire fuera aquel en el que aparecía un relato anónimo que muchos lectores (por su título y su estilo) atribuyeron a Salinger y que había sido escrito por el editor de narrativa de la revista. Que no publicara nada no implica que no escribiera. De hecho, dejó a su hijo cientos de miles de páginas y una instrucción: “Publícalo todo. Lo feo, lo bueno y lo malo, que sea el lector el que decida lo que vale o no”. ¿Por qué Salinger rechazaba la fama de un modo que, paradójicamente, lo hizo tan famoso? Porque era un escritor y se dio cuenta de que para escribir necesitaba que lo dejaran en paz. Incluso publicar lo vivía como un obstáculo para su labor. Según él, escribía para sí mismo, por su propio placer. Pero la instrucción dada a su hijo nos permite aventurar que tal vez también escribía para la posteridad.

         Esa instrucción, por contraste, ha podido traer a la memoria del lector la de Kafka a Max Brod. Según se dice, el primero le habría ordenado al segundo que quemara todos sus papeles y este habría desobedecido permitiéndonos el acceso a una de las obras más influyentes del siglo XX. Sin embargo, ¿ocurrieron las cosas de ese modo? Tenemos dos textos, llamados comúnmente “testamentos”, dirigidos a su amigo y albacea Max Brod, aunque nunca recibidos por él, sino encontrados tras la muerte del escritor en un cajón junto a más papeles. El primer texto estaba escrito a tinta, y Brod cuenta que Kafka, en una conversación donde hablaron de testamentos, se lo había enseñado por fuera diciéndole: “Mi testamento será muy sencillo… pedirte que lo quemes todo”.  Brod le dijo que no cumpliría tal cosa. El segundo texto es posterior y detalla su disposición. Kundera, crítico con Brod, considera que aquí se demuestra que Kafka no quería destruir su obra, sino seleccionarla, pues dice lo que, de entre lo publicado y lo que no, consideraba válido. Lo que quería que se destruyera se refiere a dos tipos de textos. Por un lado, los escritos íntimos, lo que parece muy razonable y cuya publicación e incluso lectura plantea una espinosa cuestión moral. Por otro, los cuentos y novelas que según él no logró culminar. En cualquier caso, y aun admitiendo las sensatas reservas del recientemente fallecido Kundera, Kafka manifiesta ahí desear que nada (ni siquiera lo considerado válido) sea editado de nuevo y transmitido a la posteridad. Tal como yo veo el asunto, su vocación era la literatura (“consisto yo mismo en literatura, no soy ni puedo ser otra cosa”, dice en una carta a Felice Bauer), lo que no quiere decir que no le importara que su obra fuera reconocida, tanto en su tiempo como en el futuro. A favor de este interés tenemos el hecho de que en su lecho de muerte estuvo revisando las pruebas de un libro que se publicaría poco después de su fallecimiento. Si sumamos a esto su exacerbada autocrítica, tendremos quizá una visión más acertada de ese famoso mandato a su amigo Max Brod.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 



 

 

 

 

 

 

 

lunes, 16 de octubre de 2023

El despertar

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de octubre de 2023.


EL DESPERTAR

         El momento del despertar es especialmente delicado. Abandonamos un mundo incoherente, extraño, flexible y personal y regresamos a uno de rígidas reglas, consistente y común. “Para los que están despiertos, el orden del mundo es uno y común, mientras que cada uno de los que duermen se vuelve hacia uno propio”, dice un aforismo de Heráclito. Es lo que un amigo mío no tenía en cuenta cuando de niño creía que si había soñado con otro niño, ambos habían compartido el mismo sueño, y lo miraba con complicidad en la escuela. He observado que hay gente que salta con júbilo y ánimo del primer al segundo mundo (aunque sea muy temprano) y otra a la que le cuesta incorporarse de nuevo a la vida, que siente que tiene que subir un escalón cada mañana antes de andar por el piso de la vigilia. Esto último puede deberse a distintos motivos. Borges apuntaba uno, la maravilla que supone el ámbito onírico: “Si el sueño fuera (como dicen) una / tregua, un puro reposo de la mente, / ¿por qué, si te despiertan bruscamente, / sientes que te han robado una fortuna? / ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora / nos despoja de un don inconcebible,”.

         He dicho que el despertar supone un tránsito de una dimensión incoherente a otra férreamente reglada, pero solo era una primera aproximación. El sueño parece tener sus propias reglas, y la vigilia no nos resulta a veces tan firme y segura, como muestra Kafka en dos de sus obras más famosas, La metamorfosis y El proceso. Ambas comienzan con un despertar. En La metamorfosis, ahora llamada La transformación, las primeras palabras son: “Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”. Aunque los lectores han llegado a pensar en ese bicho como una langosta o un ciempiés, parece claro que se trata de un escarabajo. Menos expresionista, pero no menos inquietante, es el conjunto de peripecias que acaecen a Joseph K. en El proceso y que arrancan con otro despertar: “Alguien debía de haber calumniado a Joseph K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”. El protagonista recibe la inesperada visita de dos hombres cuando aún se encuentra en la cama. El lúcido praguense parece haber escogido justamente ese momento de paso, ese entre, para romper la continuidad con el mundo cotidiano en el que tanto Samsa como Joseph K. se habían acostado confiados la noche anterior. Subyace la idea de que el despertar es un momento peligroso y que, si uno consigue mantener en él su posición en el mundo, el resto de la jornada se desarrollará con tranquilidad.

         La misma indefinición de este momento se subraya en el comienzo de la novela El doble, de Dostoyevski, cuya atmósfera no está lejos de las que hemos comentado: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par. Durante unos instantes, sin embargo, permaneció inmóvil en la cama como si no estuviese aún seguro de estar despierto o de seguir durmiendo, de si lo que acontecía en torno suyo era, en efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de sus alborotados sueños”.

         Si me dejo llevar por las sugerencias de cuanto hemos dicho, viene a mi memoria un poema de Valente que también comienza con un inquietante despertar: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”.

         No es esta atmósfera la que percibimos en Proust, quien elige para el arranque de su inmensa obra En busca del tiempo perdido el momento opuesto, el momento en que uno se dispone a abandonar un día de un mundo compartido e ingresar en el privado de los sueños. Así principia su novela: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo””.

         JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

        

        


         

lunes, 26 de septiembre de 2022

El fracaso del éxito

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 26 de septiembre de 2022. 


EL FRACASO DEL ÉXITO


         Como no hay luz sin sombra, los premios Nobel originaron la suya en el año 1991. Desde entonces se vienen otorgando los Ig Nobel, una suerte de parodia de los primeros, que premian aquellas investigaciones, publicadas en revistas de prestigio, que “primero hacen reír a la gente, y luego la hacen pensar”. En 2018, por ejemplo, el galardón de Medicina fue para un equipo estadounidense que probó que una montaña rusa que hay en Disney World en Orlando es efectiva para eliminar cálculos renales, obteniendo mejores resultados si se iba en la parte trasera. El de Antropología recayó entonces en un estudio que demostraba que en los zoológicos los chimpancés imitan a los humanos con tanta frecuencia como los humanos los imitan a ellos. Los galardonados de este año ya se han dado a conocer, y, si bien todos son chocantes, voy a seleccionar dos de ellos.

         El premio de Literatura ha sido para un estudio que demuestra que lo que hace ilegibles los textos jurídicos no es el uso de conceptos técnicos, sino lo mal escritos que están. Tras analizar 10 millones de palabras usadas en contratos, los investigadores descubrieron que contienen “proporciones sorprendentemente altas de ciertas características [lingüísticas] difíciles de procesar”. Conclusión que no sorprenderá al lector.

         El Ig Nobel de Economía ha sido para un equipo que ha tocado un asunto polémico: el mérito y el éxito. La pregunta que subyace a esta investigación es clásica: ¿triunfan los mejores? Dicho de otro modo: ¿es el éxito justo? El refranero avala esta postura: El buen paño en el arca se vende. Algunos consejos secundan esta idea: trabaja, y al final serás recompensado; tarde o temprano, se reconocerá tu talento y tu esfuerzo. ¿Es esto así? ¿O más bien ocurre lo contrario? Lo que triunfa, se dice de hecho, es lo barato, lo fácil, lo burdo, hasta lo zafio. Quien llega a lo más alto es quien menos escrúpulos tiene y toda la energía que gasta en maquinar su ascenso es la que no dedica a su formación y trabajo. El estudio no llega tan lejos. Lo que dice es que la suerte interviene más de lo que pensamos: “Nuestro modelo muestra que, si es cierto que se necesita cierto grado de talento para tener éxito en la vida, casi nunca las personas más talentosas alcanzan las cimas más altas, siendo superadas por individuos medianamente talentosos, pero sensiblemente más afortunados”. Creemos otorgar “honores y recompensas” a los más competentes, dando lugar a una “meritocracia ingenua”. La deformación profesional hace que al leer “honores y recompensas” venga a mi memoria el momento en que Platón se pregunta qué pensaría el prisionero liberado de la caverna al recordar a sus antiguos compañeros de cautiverio: “Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas” para los expertos en sombras, ¿los desearía? Porque esa es la cuestión si hablamos de éxito y fracaso. Puede que Proust sea menos leído que un plano best seller, pero eso no significa que tenga menos éxito literario, si, en vez de entender por tal el dinero o el número de lectores, entendemos el logro de lo que se proponía (su proyecto era tan claro como arduo), o el reconocimiento por parte de los que contaban para él. La pregunta se torna más seria si lo que planteamos es si han quedado otros Proust en el olvido. Que Kafka acabara imponiendo su genialidad (aunque, pese a lo que se piensa, no fue tan ignorado en su tiempo) no es un argumento a favor del refrán del paño en el arca, porque solo podemos contar con lo conocido. De lo desconocido, por definición, nada sabemos. Habría que demostrar que escritores de esa talla no fueron preteridos, y eso nos llevaría a preguntarnos si parte de la grandeza de una obra es lo que los lectores y otros escritores han hecho de ella, su influencia, con lo que nos adentraríamos en los laberintos teóricos de la literatura que recorre Compagnon en El demonio de la teoría, lo que, no teman, no vamos a hacer porque este artículo ya se acaba.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

  


 

 

lunes, 4 de julio de 2022

Anécdotas (II)

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de julio de 2022.

ANÉCDOTAS (II)

Nos quedamos el mes pasado hablando de las anécdotas. Cuenta Schwob en el prefacio a sus Vidas imaginarias que los biógrafos se han equivocado al creerse historiadores e interesarse por lo general de un individuo, en vez de por lo distintivo, lo único. Siempre he considerado la biografía como el género literario más difícil y misterioso por tener que enfrentarse cara a cara con una vida humana. Algunos apuntes biográficos de Ortega o las biografías de Zweig muestran lo lejos que se puede llegar en ese terreno, pero la mayor parte de las veces suelo quedarme descontento al leer alguna. No obstante, cuando se acercan, como desea Schwob, a lo personal y diferente, encontramos jugosas anécdotas que en ocasiones pueden acercarnos más al personaje retratado que otros datos de su historial académico o profesional.

Tomemos como ejemplo una anécdota que aparece en la monumental biografía de Kafka de Reiner Stach. Procede de los recuerdos de Dora Diamant, la compañera de los últimos días de Kafka. En un parque el escritor y Dora se encontraron a una niña pequeña llorando: había perdido su muñeca. Kafka inventó una historia y le dijo que estaba de viaje y que lo sabía porque le había enviado una carta. Como la niña desconfiara, dijo que la traería al día siguiente. Cuando se puso en casa a escribirla estaba en el mismo estado de tensión en que se hallaba siempre al sentarse al escritorio. Al día siguiente, le leyó la carta a la niña en voz alta. La muñeca le contaba que quería conocer otras cosas, pero que la quería mucho. Prometía escribir a diario. Kafka escribió una carta cada día informando de nuevas aventuras. Al final la muñeca se casaba. El juego duró al menos tres semanas, dando lugar a lo que podemos llamar una novela epistolar de Kafka que, desgraciadamente, se perdió (¿para siempre?). Quien conozca algo del escritor de Praga podrá ver en esta anécdota rasgos característicos de su modo de concebir la literatura.

No he conseguido encontrar la fuente de esta otra anécdota de Kafka, pero no me resisto a contarla por cuanto sugiere. Una tarde visitaba a un amigo y, sin querer, despertó al padre que dormía en un diván. Entonces atravesó el cuarto de puntillas, susurrándole al anciano: “Considéreme un sueño”.

Tampoco conozco la fuente de la siguiente, muy conocida. Quevedo apuesta a que es capaz de echar en cara su cojera a la reina. Poco después, en una recepción en la corte el primero acude con una rosa y un clavel y le dice a la segunda: “Entre el clavel y la rosa, su majestad es-coja”.

         Hay anécdotas que nos recuerdan situaciones vividas por nosotros, o a la inversa. G.B. Shaw ve en una librería de viejo un volumen de sus comedias con su dedicatoria: “Al sr. X, con el saludo de Bernard Shaw”. Molesto por el desprecio del dedicatario que había vendido el libro, lo compra, añade una nueva dedicatoria (“Al sr. X, con un nuevo saludo –¡el segundo! –, de George Bernard Shaw”) y se lo envía por correo. Recuerdo haber encontrado yo una vez, también en una librería de viejo, un libro dedicado por el autor (un poeta al que yo conocía) a un profesor (a quien también conocía), lo que me dio a entender que este lo había vendido.

         Acabaré con otra anécdota de un escritor, el elemento común a las de este artículo. La cuenta Alberto Manguel en Una historia de la lectura. Dice que cuando Racine estudiaba en la abadía de Port-Royal descubrió casualmente una antigua novela griega titulada Las historias etiópicas de Teágenes y Clariquea. En el bosque que rodeaba la abadía lo sorprendió el sacristán leyéndolo, se lo quitó y lo arrojó al fuego. Poco después, logró hacerse con otro ejemplar, que sufrió el mismo destino que el primero. Así que consiguió un tercero y se aprendió la novela de memoria, le devolvió el libro al sacristán y le dijo que podía quemarlo también, como los otros. Cómo no recordar la novela de Bradbury Fahrenheit 451 en la que un grupo de resistencia memoriza las grandes obras de la literatura en una sociedad donde los libros están prohibidos y se queman los que encuentran.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

También puede leerse en el periódico.



martes, 12 de octubre de 2021

La calumnia

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de octubre de 2021.



LA CALUMNIA

        

         “Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”. Con una posible calumnia comienza, es sabido, la novela de Kafka El proceso. Una calumnia puede, pues, originar una detención, pues además de la acepción de “acusación falsa que busca causar daño” está la jurídica de “imputación de un delito sabiendo que es falso”. Incluso puede acabar en una condena a muerte. Se cuenta que Apeles, el pintor griego, había sido encarcelado por las falsas acusaciones de un rival y hubiera muerto de no descubrirse la verdad. Apeles pintó entonces un cuadro llamado La calumnia, en el que exponía su propia situación. Boticelli recreó ese cuadro en La calumnia de Apeles en 1495. Si lo buscan un momento en internet, verán una joya de la simbología. Midas, asesorado por la Sospecha y la Ignorancia, es el poco fiable juez. Delante de Midas está la Envidia, que los griegos personificaban de modo masculino, quien coge con su mano a la Calumnia. Esta tiene un rostro sereno. Su mano izquierda porta un hachón que llamea y la derecha arrastra por el pelo a un difamado, semidesnudo e implorante. La Astucia y la Perfidia se ocupan de la cabellera de la Calumnia. A la izquierda del cuadro, se encuentran el Arrepentimiento y la Verdad, también casi desnuda y apuntando con el dedo índice al cielo, en una posición que recuerda al Platón de la Academia de Rafael.

Así que la calumnia no es algo nuevo, fruto de las redes sociales. Ayudada por la necedad, acompañada por la maldad, llevada por la envidia, es un modo de la mentira que busca hacer daño a alguien manchando su reputación. Calumniar es denigrar, que significa ennegrecer. Echar mierda sobre la imagen pública de alguien, torcer lo que los demás piensan de uno. Robert Darnton dedica un voluminoso libro a la calumnia en la Francia del siglo XVIII. Figuras como el duque de Orleans o las reinas fueron víctimas de difamatorios libelos, pero quizá nadie sufrió tanto este escarnio como María Antonieta. “La avalancha de difamación que la abrumó entre 1789 y su ejecución, el 16 de octubre de 1793, no tiene paralelo en la historia de la difamación”. Lo peor era que a muchos franceses esas obras les parecían lo suficientemente creíbles. Eso explica por qué las autoridades se tomaban en París tan en serio ese tipo de literatura y gastaban no pocos recursos para evitar que ciertos libelos que atacaban a personajes públicos salieran a la luz. Esas obras se adentraban en el periodismo en cuanto que ofrecían relatos periodísticos de sucesos, a la vez que embarraban la imagen de algunas personas. Del mismo modo, cierto periodismo puede adentrarse en el libelo, como vemos en El honor perdido de Katharine Blum, la novela de Böll en la que el PERIÓDICO tergiversa declaraciones e inventa mentiras sobre la protagonista a raíz de un encuentro fortuito de esta con un buscado delincuente. Un ejemplo. Cuando el periodista logra entrar en la habitación del hospital donde se encuentra la madre de Katharine y le cuenta los hechos de que acusan a su hija, la señora Blum dice: “¿Por qué tenía que acabar así? ¿Por qué?”. Eso se publicó como “tenía que acabar así”. El periodista justificó el cambio diciendo que él “estaba acostumbrado a «ayudar a expresarse a las personas sencillas»”.

Al igual que esa novela, la película de William Wyler The Children´s Hour, titulada en España La calumnia, subraya las consecuencias desastrosas que puede acarrear un falso e infame rumor. En el contexto de un colegio de niñas regido por dos amigas (interpretadas por Audrey Hepburn y Shirley MacLaine), una niña rencorosa tergiversa las palabras que ha oído de otra alumna y le insinúa a su abuela que las dos amigas son amantes, lo que provoca que el colegio se quede vacío de un día para otro y el consiguiente desastre en las vidas de las maestras.

En el mundo de hoy, la calumnia se mezcla con los bulos que circulan por internet y la novedad parece estar en la velocidad de la propagación. Pero la vergüenza para el difamado es la misma. Vergüenza, precisamente la palabra con la que acaba El proceso.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA




En el periódico.


lunes, 7 de diciembre de 2020

De principios y sueños

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 7 de diciembre de 2020.


DE PRINCIPIOS Y SUEÑOS 

Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué.

                En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”), supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”) o, en nuestros días, el de Corazón tan blanco, de Javier Marías:” No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

                En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos casos, la historia comienza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos.

                Al hablar de la importancia del principio en el de este artículo, mi intención era precisamente esa, agarrar al lector de la solapa para no soltarlo hasta el final. Pero la cosa se me ha ido de las manos, porque de lo que yo quería hablar era de sueños y todavía no he empezado a hacerlo. Yo quería relacionar ese magistral inicio de La metamorfosis (o La transformación, que es la traducción del título en las Obras Completas de Kafka) con los sueños que estamos teniendo en este periodo de pandemia. En los años treinta la periodista alemana Charlotte Beradt recopiló más de 300 sueños bajo el poder de Hitler. Un ama de casa soñó que había en su cocina un agente de la Gestapo interrogando al horno, que hablaba por la tapa contando los chistes y las ofensas de la familia contra el gobierno. Internet ha permitido a una psicóloga de la Universidad de Harvard recoger más de 10.000 desde finales de marzo. Observen este: la gente había evolucionado y estaba dentro de burbujas invisibles de 3,6 metros de radio que actuaban como campos de fuerza, y no se podía tocar a otra persona hasta la extinción del ser humano. O este otro:”Estoy haciéndome un test de covid-19. Pero es un examen de opciones múltiples y no consigo acertar ninguna respuesta. Me dicen que he suspendido y que tengo la enfermedad”. Deirdre Barrett, que así se llama la psicóloga de Harvard, comenta que, aunque las imágenes suelen ser las mismas en todas las crisis (se sueñan huracanes, terremotos, incendios…), en esta aparecen algunas distintivas, como ataques de bichos o la presencia de monstruos invisibles. Se piensa que además de procesar la información de la vigilia, estos sueños buscan también influir en ella, darnos energía, ayudarnos a cambiar las cosas. 

Era partiendo de la relación entre esas nuevas imágenes oníricas mencionadas con el  “monstruoso bicho” de Kafka como pensaba arrancar este artículo (por cierto, uno se pregunta qué “sueños agitados” eran esos que habían poblado la noche de Gregorio Samsa), pero he tenido que llegar al final para mostrarla. En fin, también se puede hablar de finales memorables, pero esos solo adquieren su sentido cuando se ha leído lo anterior.

 

                Juan Fernando Valenzuela Magaña



sábado, 7 de noviembre de 2020

Y más noticias de Kafka

  Artículo aparecido en el Jaén el sábado, 7 de noviembre de 2020.

 

Y MÁS NOTICIAS DE KAFKA

 

         En los dos artículos anteriores seleccioné noticias curiosas partiendo de una idea expuesta por Kafka en una de sus cartas a Felice (el lector curioso que se incorpora ahora puede consultarlos con facilidad). Los habíamos agrupado en las categorías siguientes: realidad y ficción, discusiones intelectuales con triste final, identidad, detectives y amor. Vimos que no era raro que una noticia compartiera dos o más categorías y precisamente aquella con la que quiero empezar hoy se encuentra en las dos últimas. Amor e indagación policial se dan en ella.

         A principios de este siglo oíamos hablar mucho de matrimonios de conveniencia. Cónsules y jueces se encargaban de impedir que se celebraran descubriendo la impostura mediante hábiles preguntas. Un domingo de octubre de 2006 El País publicaba un pequeño reportaje sobre el asunto. El precio de un cónyuge español, se decía allí, iba de 3000 a 10 000 euros. Un cónsul del norte de África contaba que había muchos casos de hombres que solo hablaban árabe y algo de francés y que solicitaban casarse con una chica que conocía exclusivamente el español. Cuando se les preguntaba por la comunicación solían decir que siempre había a mano un primo o un amigo que hacía de intérprete. Pero una chica fue más lejos y contestó a un canciller: “Nos comunicamos con la mirada y con el corazón”. Así eludían, pienso, como filósofos analíticos, las trampas del lenguaje. En un libro de Jünger tengo yo subrayada esta afirmación: “Los enamorados no necesitan diccionario”.  

         Podemos entrar en otra categoría, la de la muerte, sin abandonar la del amor, porque las dos noticias que traigo ahora pertenecen a ambas. La primera es de noviembre de 2009 en El Imparcial y nos habla de un vietnamita que dormía como perro fiel sobre la tumba de su esposa. Tras meses así, decidió cavar un túnel para seguir haciéndolo con mayor cercanía y protegido de las inclemencias del tiempo. Sus hijos intervinieron y le impidieron sus sueños extravagantes. Una noche desenterró los restos, moldeó la arcilla alrededor de ellos, vistió la figura resultante y se la llevó a su cama, donde durante cinco años durmió con ella. Me ha recordado lo que se dice (pero se dice mal) de la poetisa Carolina Colorado. Se cuenta que embalsamó el cadáver de su marido y lo tenía en una habitación de su palacete. Lo llamaba “el silencioso” y “el hombre de arriba” y hablaba con él contándole sus cuitas.

         Esta misma pertenencia a los títulos de amor y de muerte puede atribuirse a la noticia de El País de 26 de julio de 2008. El pintor francés Jean-Louis Ronzier se casaba a título póstumo con su compañera fallecida cuatro años antes. “Ella hubiera hecho lo mismo en mi lugar. La quiero mucho (obsérvese el tiempo verbal) y las otras mujeres no me interesan”.

         Terminaré con dos informaciones inclasificables y, por ello, más fieles al programa de Kafka con el que empezábamos esta serie de artículos.

En Speyer (Alemania), una mujer escuchaba los problemas personales de un amigo. Este acompañó sus lamentos con alcohol y la charla se convirtió en monólogo  interminable. La mujer protestó sin éxito y acabó llamando a la policía. Cuando los agentes devolvieron al hombre a su casa llevaba ¡treinta horas! hablando sin parar a su amiga.

En Turnhout (Bélgica) un jubilado flamenco lleva nueve años recibiendo pizzas, kebabs o hamburguesas que no ha solicitado. A veces el timbre suena después de medianoche, cuando ya duerme. Muchas son las denuncias que ha puesto contra el enigmático acosador que, usando distintos nombres y correos electrónicos, hace el pedido a diferentes locales a través de la plataforma Takeaway.com, que permite pagar en efectivo en la puerta del cliente. El jubilado, con problemas de corazón, considera que la cosa dura demasiado para ser una broma y no puede dormir por el estrés que la situación le provoca. En la foto que aparece en el artículo su rostro mira a la cámara con hartazgo rebelde, mientras sostiene en las manos una de sus denuncias. “Ni siquiera me gustan las pizzas”, dice.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

 


 Leer en el periódico.

 

lunes, 12 de octubre de 2020

Más noticias de Kafka

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de octubre de 2020.


MÁS NOTICIAS DE KAFKA

                    

En el último artículo hablamos de noticias curiosas. Solo seleccioné las que aludían al confuso límite entre realidad y ficción y a discusiones intelectuales con inusitadas consecuencias. Eran noticias tan extravagantes que cuesta creerlas, o que antes costaba creerlas, pues ahora parece que el nivel general de credulidad ha aumentado considerablemente. Como se quedaron en el tintero no pocas informaciones recogidas, en papel y virtualmente, a lo largo de los años, voy a dedicar un segundo artículo a este asunto.

         Insisto en que lo llamativo de ellas para mí se debe a la confluencia de dos motivos, ninguno de los cuales es suficiente pero sí necesario. Por un lado, deben ser informaciones singulares, extrañas, chocantes; por otro, deben tocar algún tema que me sea íntimamente cercano. Uno de ellos es el de la identidad. En un recorte de El País que data del 2006, se cuenta cómo la BBC entrevistó en directo a un hombre que había ido a la emisora a pedir trabajo confundiéndolo con un especialista en internet. El productor se equivocó de habitación al ir a recoger al invitado y preguntó al demandante de empleo si era Guy Kewney. Este, llamado Guy Goma, un congoleño que no dominaba perfectamente el inglés, entre los nervios de la entrevista de trabajo a la que acudía y la coincidencia en el nombre de pila, contestó que sí y acabó en el estudio, presentado como un experto en internet. No obstante, tras un instante de pánico, dijo “buenos días” y contestó como pudo a las preguntas de la presentadora.

         En otro recorte del mismo diario (año 2000) se lee el siguiente título: “El muerto que nunca lo fue”. Un técnico informático británico, al ver las imágenes del accidente de trenes ocurrido en la estación londinense de Paddington, pensó que era la oportunidad de desembarazarse de su antiguo yo. Vivía con un nombre falso y llamó a Scotland Yard para decir que temía que en el vagón H (calcinado con todos sus ocupantes dentro) viajara Karl Hackett (este era su verdadero nombre, con el que había sido condenado a un año de cárcel). La jugada pareció haberle salido bien. La meticulosidad de los agentes, sin embargo, que percibieron que algo no encajaba, sacó a la luz el pasado del que el protagonista quería escapar.  

         No es sorprendente que esta noticia la tenga a su vez clasificada en la categoría de las detectivescas, pues cualquier aficionado a la literatura policiaca sabe lo importante que es en ella el tema de la identidad. En este mundillo nada también esta noticia que pesco ahora del diario Sur (junio de 2016). Un tal Martin Duram fue asesinado en presencia de su loro, de nombre Bud, que memorizó parte de la conversación entre asesino y víctima y la repite como lo que es, como un loro. El asesinado apareció junto al cuerpo de su mujer, que, aunque con un disparo en la cabeza, sobrevivió. No dispares, joder, repite Bud, y especialistas en aves creen que reproduce la pelea entre un hombre y una mujer. ¿Asesinó la mujer a su marido y luego intentó suicidarse? El fiscal estaba estudiando la posibilidad de utilizar al loro como testigo del crimen.

         Me ha gustado la imagen surgida en el párrafo anterior: las noticias como pececillos nadando en distintas aguas. En las del amor, los bancos ictícolas son poblados. En abril de 1999 apareció esta noticia. Un pescador (como se ve, la metáfora guía la caña con la que capturo las noticias) halló en el estuario del Támesis una botella con un mensaje de amor escrito 85 años antes por un soldado que iba a Francia a luchar contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Doce días después moriría en su primer día en las trincheras. Tenía 26 años y se llamaba Thomas Hughes. Su mujer, a la que iba destinado el mensaje, murió cuatro lustros antes del hallazgo del pescador, pero este envió la botella a la hija, que aunque solo tenía dos años recuerda cómo se despidió de ella su padre.

          Me resisto a dejar la caña a un lado. Emplazo, pues, al lector a una continuación de esta continuación. 
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 17 de agosto de 2020

Las noticias de Kafka

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de agosto de 2020.

LAS NOTICIAS DE KAFKA

 

         En una carta que Kafka escribe a Felice en noviembre de 1912, en plena redacción de La metamorfosis, el escritor le explica un plan que abriga desde hace tiempo pero que la pereza le ha impedido ejecutar. Se trata de recopilar noticias de periódicos que “por algún motivo me parezcan sorprendentes, que me afecten y resulten a la larga importantes para mí personalmente”. Noticias destinadas literalmente a él solo, “sin que quien juzga desde fuera pueda descubrir el motivo del interés particular”. Kafka reconoce carecer de la perseverancia necesaria para montar una colección de ese tipo solamente para su recreo, pero lo haría con gusto si fuera para Felice, y propone a ella hacer lo propio e intercambiarse esas colecciones de informaciones tan personales, regalándose así el uno al otro un pequeño y personal tesoro.

         Al leer esa carta, me he acordado de viejos recortes de periódico acumulados en polvorientas carpetas y de los más asépticos registros virtuales de noticias recopilados en el escritorio de mi ordenador. Y he pensado en compartir en este artículo, liviano por estival, algunas de esas noticias que parecían, por un motivo u otro, hablarme directamente a mí.

         Mi simpatía por la frontera entre la realidad y la ficción explica que mi imperfecta colección tenga noticias como la del actor de teatro que se cortó el cuello en escena al interpretar el suicidio de Mortimer en María Estuardo de Schiller, en el Burgtheater de Viena. Cuando cayó al suelo, el público reaccionó con un aplauso. Afortunadamente, el actor sobrevivió. Imposible no pensar al leer esto en aquel texto de Kierkegaard: “En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste”.

         En esta categoría podemos incluir aquel titular de febrero de 2013 que rezaba: “Paralizado un rodaje al detener un ciudadano a un ladrón ficticio en Ceuta”. El transeúnte vio cómo unos policías locales perseguían sin éxito a un ladrón y se lanzó sobre este tirándolo al suelo.

         También en cierto modo caen bajo este marchamo de confusión entre realidad y ficción aquellos casos en los que valiosas obras de arte son confundidas con cosas cotidianas. El ABC notificaba en agosto de 2004 que una señora de la limpieza de la Tate Britain había echado al contenedor parte de una obra de arte que consistía en una bolsa de basura. La composición completa pretendía mostrar la finitud del arte, destinado a destruirse. En ese sentido, la limpiadora podría haber reclamado su papel decisivo y culminador de la parte de la obra de la que se hizo cargo, y exigir que su nombre constara junto al del artista alemán (Gustav Metzger). ¿No era un objetivo vanguardista disolver el arte en la vida?

         Podría seguir con noticias de este jaez un buen rato, pero la levedad veraniega exige dar la espalda a la exhaustividad y saltar de flor en flor. Así que pasemos a otra clase de informaciones. Las discusiones pueden llegar a ser muy acaloradas, sobre todo si tratan ciertos asuntos y se dan entre rusos. En Rostov del Don un hombre acabó disparando (con una pistola de balas de goma, eso sí) a su contendiente dialéctico, tras haber intercambiado primero argumentos y luego golpes. La disputa versaba sobre Kant. Pese a que El Mundo inscribe la noticia en la sección de Filosofía y no en la de Sucesos, no he logrado encontrar dónde estaba exactamente la diferencia teórica entre los dos tertulianos. Unos meses después, al norte de los Urales, la discusión fue sobre literatura y su consecuencia irreparable. La “única literatura verdadera es la prosa”, dijo la víctima, y su amigo, ebrio también pero paladín de la poesía, lo mató a puñaladas. En ambos casos se saltaron los límites. Una palabra, límite, muy querida precisamente por Kant.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA