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domingo, 14 de abril de 2019

La flecha en ARCO


    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de marzo de 2019 


LA FLECHA EN ARCO

Desde que Duchamp propuso su famoso urinario en 1917 con el título de “La fuente”, el arte dejó de ser lo que era. Si bien los movimientos estéticos siempre se habían sucedido rompiendo con lo anterior, ahora parecía que con lo que se había roto era con la historia del arte en su totalidad. John Cage escribió una partitura que consiste en más de cuatro minutos de completo silencio, al cabo de los cuales la gente aplaude entusiasmada de haber oído nada. Piero Manzoni enlató 30 gramos de su propia defecación en cada una de las noventa latas que se vendían al precio de 30 gramos de oro. De eso hace ya más de medio siglo, con lo que hoy apenas sorprenden las recurrentes noticias en las que una mujer de la limpieza tira una obra de arte de miles de euros. Como estoy seguro de que tienen un móvil o un ordenador a mano, les pido que  echen un vistazo, si no lo conocen, a cuanto acabo de decir (la obra de Cage se llama 4´33´´; la de Manzoni, “Mierda de artista”; y luego tecleen en su buscador “limpieza tira arte”).  Ahora, podemos continuar.
            Reconozcámoslo. Quienes no pertenecemos al mundo (hoy se dice “mercado”) del arte, sentimos un cierto desasosiego ante las manifestaciones artísticas de nuestro tiempo. Cuando leemos noticias sobre los aspirantes al premio Turner de la Galería Tate de Londres, cuando visitamos el Pompidou de París o cuando asistimos a un reportaje sobre ARCO, que acaba de celebrar una edición exitosa, componemos un gesto que muestra que nuestra relación con el arte no es nada cómoda. ¿Se están quedando conmigo?, ¿soy un analfabeto artístico, como los hay digitales?, ¿pido que me devuelvan el dinero de la entrada?, ¿necesitaría una audioguía que me explicara esto?, ¿habrá alguna cámara oculta?, ¿es esto arte?, ¿y qué lo diferencia de lo que no lo es?
            Sin duda, el lector interesado podrá informarse con todo detalle sobre cuanto había en esta edición de ARCO. Sin embargo, quien solo haya recibido las noticias que flotan en el ambiente lo único que sabrá de ella es que se ha exhibido una figura gigantesca del rey Felipe que quien la adquiera habrá de quemar antes de un año, según el contrato de compra. El ninot, como se esperaba, ha generado polémica, pero no se ha retirado. ¿Hacerlo hubiera sido atentar contra la libertad artística? Para ello, previamente deberíamos haber respondido a esta pregunta: ¿es esa figura una obra de arte? ¿Por qué entonces no lo son los ninots de las fallas de Valencia? ¿O las figuras del museo de cera? ¿O es que hay algo en la pieza expuesta en ARCO que no se halle en los muñecos que arderán para San José o en la réplica del rey del Paseo de Recoletos?
            El asunto es complejo, porque tanto el arte como la realidad, con la que de algún modo está en relación (como escape de ella o como su auténtica descripción), llevan tras de sí una larga e intrincada historia poblada de teorías, sensibilidades y modos de ver el mundo. No hay espacio en este artículo más que para lanzar una sospecha como quien lanza una flecha cuyo acierto en la diana está por ver. En toda obra de arte hay algo inexplicable conceptualmente, algo que queda una vez que aplicamos todos los medios químicos, psicológicos, sociológicos o históricos para aclarar la creación. Si, de la obra de ARCO mencionada, elimino la polémica (en la que intervienen como elementos la propia exposición, por definición transgresora, los medios de comunicación, por definición amantes de lo escandaloso, y el público, por definición buscando “lo que hay que ver”), ¿qué nos queda? Aun admitiendo la autenticidad de la transgresión (lo que es mucho admitir en este caso, pues era demasiado previsible), el hecho de que todo arte sea transgresor no implica que toda transgresión sea artística. 
Volvamos al principio. Gran parte de lo que ha hecho el arte en el último siglo ha sido, en el fondo, preguntarse por su identidad. El tema es legítimo, pero será su tratamiento, como siempre, lo que hará que una obra sea o no artística.




                                                                                                         Juan Fernando Valenzuela Magaña

Puede leerse en el periódico.


lunes, 19 de marzo de 2018

El consumo del arte



Artículo publicado en el periódico Jaén el 12 de marzo de 2018.


EL CONSUMO DEL ARTE

Es posible que el signo de nuestro tiempo sea carecer de signo alguno. Predomina la sensación de que nada de cuanto surge lo hace para quedarse. Sospecho que esto tiene que ver con la aplicación del patrón del consumo a ámbitos que le son ajenos. La pista me la dio una famosa presentadora de televisión, que dijo hace años: “Consumo todo tipo de música”. A la sorpresa que me produjo el que pudiera pasar sin solución de continuidad de la “Novena” a “Macarena”, se añadió el empleo del verbo “consumir” en ese contexto. Uno consume tomates o plátanos, pero… ¿música? Lo característico del consumo, cuenta la perspicaz Hannah Arendt, es que se produce en nuestra dimensión biológica, es necesario para nuestra subsistencia en la naturaleza. Consecuentemente, lo consumido es poco duradero, está destinado a desaparecer, tragado por nuestro cuerpo o sometido a la corrupción natural.
Pero, además de este ámbito y sobre él, el hombre ha creado un espacio donde las cosas están hechas para perdurar. Más allá de la naturaleza, hemos levantado  un mundo que nos recibe al nacer y que seguirá tras nuestra muerte. Las obras de arte, pero no solo ellas, pertenecen a ese mundo.
Consumir música, o libros, o cuadros, supone así tratar algo destinado a perdurar como si perteneciera a nuestro espacio de mera supervivencia. Aunque también cabe la posibilidad de que el producto consumido se haya hecho para tal menester, es decir, que desde su origen la música o el libro haya sido proyectado para un trato con el oyente o el lector de usar y tirar. Es la sospecha que nos sobreviene al leer la primera página (para nosotros también la última) de algunas novelas o escuchar las primeras notas (a menudo, ay, condenados a que no sean las últimas) de tantas canciones. Contrariamente a la búsqueda de la pervivencia que animaba en otro tiempo las obras, estas parecen ahora reclamar a gritos el olvido. Sin duda tal destino tiene que ver con la velocidad con que hoy se hace todo. “Quien vive de prisa no vive de veras”, canta el verso de Santos Chocano, tal vez porque la celeridad propicia que el hombre viva un puro presente desgajado del pasado y del futuro. La consecuencia es que el individuo pasa de puntillas por las cosas sin ser afectado por ellas, produciéndose así un déficit de experiencia, cuyas manifestaciones van desde el turista que fotografía lo que es incapaz de experimentar a la superficial lectura de picoteo que hacemos en internet (”mariposeo cognitivo”, la llama Vargas Llosa).
Esa falta de experiencia explica el afán por el selfi. En él no se trata tanto de mostrar a los demás la intensidad de un momento de nuestra vida cuanto del intento por convencernos de que estamos, por fin, viviendo. La palabra (de “self”, “auto” o “a sí mismo”) ilumina otro aspecto de esa actividad: su  tentativa de aferrarse a una identidad que sentimos que se nos escapa. Pues la estabilidad de ese mundo hecho de cosas perdurables del que hemos hablado hace que nos sintamos en él como en nuestro hogar y, por tanto, que nos reconozcamos a nosotros mismos, que sintamos la seguridad de nuestro yo. Un entorno estable permite un sujeto que, alejándose del cambio incesante inherente a lo natural, conquista su unicidad. Si las cosas de ese mundo (obras de arte, sí, pero también sillas, mesas y demás objetos que están hechos para acompañarnos en la vida) son diseñadas, mediante la obsolescencia programada, no para durar sino para desaparecer inmediatamente, no para que nos acompañen sino para ser consumidas, nos quedamos a la intemperie. Y un sujeto a la intemperie se disgrega, no sabe ya quién es. Por eso un famoso sociólogo ha propuesto la figura del refugiado como figura de nuestro tiempo. Y también por eso las identidades que se exhiben tienen en común su afectación, como si se luchara por recuperar un yo que tenemos la impresión de haber perdido en alguna parte del camino que nos ha llevado hasta el presente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

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