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miércoles, 5 de noviembre de 2025

¿Quién era "Segundo Holmes"?

 Texto publicado en la revista de San Juan, 2025

¿QUIÉN ERA “SEGUNDO HOLMES”?

         Es uno más de esos libros que uno encuentra en las librerías de viejo, desgastados por el tiempo y las mudanzas quizá más que por el uso. Se titula La gente del hampa y está escrito por don Segundo Holmes con ilustraciones de Arejula. Ambos, al estar escritos entre comillas, parecen ser seudónimos. Es de 1930 y la editorial es Lux. En la portada aparece un dibujo a color. Dos individuos, uno con gorra roja y otro con sombrero negro, atracan a un tercero, con chistera y aspecto de ricachón. El ladrón del sombrero lleva en su mano izquierda una enorme navaja. De fondo, la puerta de una casa con jardín, que puede ser la del mismo atracado. El índice nos informa de que hay un prólogo, que consiste en una entrevista con un ladrón, y cinco partes, las cuatro primeras dedicadas a distinto tipo de delincuencia (“Delincuentes del hurto”, “Delincuentes de robo”, “Delincuentes de estafa”, dentro de la que está “El timo de la guitarra” o “El timo del entierro”, y “Delincuentes de falsedades”). La quinta parte trata temas diversos, como la jerga de la gente del hampa o la identificación y la dactiloscopia.

Es difícil saber quién se esconde detrás de don Segundo Holmes (ni siquiera el ChatGPT lo sabe), pero no estaría escribiendo este artículo si no lo supiera y si no fuera alguien vinculado a nuestro pueblo. Se trata de Miguel Nieto Paños, conocido entre nosotros por su historia de Navas y de quien hemos hablado en varias ocasiones en estas páginas y en las de Stella. La prueba principal y definitiva la encontramos en la Gaceta de Madrid (antiguo BOE) del 11 de agosto de 1933. Entre las obras inscritas en el Registro general de la propiedad intelectual correspondientes al tercer trimestre de 1932 aparece La gente del hampa, “por Miguel Nieto Paños, con el seudónimo de “Segundo Holmes”, del texto, y con el de “Arejula”, de las ilustraciones”. La publicación que consta es la de Núñez y Compañía, 1929, Barcelona, lo que apunta (por otros datos con los que no aburriré al lector) a que esta empresa imprimió el libro para la editorial Lux y que tal vez hubiera una segunda edición en 1930.

No es de extrañar, pues, que volvamos a encontrar este seudónimo y estos temas en distintas conferencias dadas en Radio Barcelona en 1926 y 1927. Recordemos que Miguel Nieto dirigió la parte literaria de esta emisora. Si a eso sumamos que, junto con su hermano Antonio, había ganado en 1911 las oposiciones al Cuerpo de Vigilancia (la rama civil y de paisano de la policía gubernativa, encargada entre otras cosas de la prevención y represión del delito y de la vigilancia de sospechosos y delincuentes), la cuestión tratada en el libro no quedaba lejos de sus intereses. Y una cosa más. Sospechamos, como hemos visto en otros artículos sobre él (en Stella, 2016 y Stella, 2023), que pudo estar detrás del seudónimo “Tirso” y de la figura de Mercedes Fortuny.

En otra ocasión hablaremos de la fortuna de este libro tras su publicación, las reseñas que lo comentaron, la publicidad que obtuvo y el precio a que se vendía. Solo queda preguntarse si este policía escritor que tan celosamente se escondió detrás del detectivesco seudónimo de Segundo Holmes consideró que había pistas suficientes para que un siglo después un paisano suyo lo desenmascarara.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




jueves, 10 de abril de 2025

El ánfora

 Texto publicado en la revista de San Juan, 2017


 

EL ÁNFORA

 

         Aprovecho estas páginas para retirar públicamente de uno de nuestros vecinos el baldón que sobre él he vertido en los últimos meses. Aunque todos me conocéis y la mayoría sabéis a qué me refiero, el desenlace de la historia ha ocurrido hace tan poco que, pese a mi interés por divulgarlo, es ampliamente desconocido. Así que contaré lo ocurrido desde el principio, para que el lector se convenza de la probidad del acusado (el pobre Antonio) y juzgue de la mía.  

         Me llamo Juan y, tras jubilarme, quise retirarme a las calles de mi infancia, que poco han cambiado desde entonces. He sido, lo sabéis, un hombre importante y he vivido en las ciudades más influyentes del planeta, desde Nueva York a París. Alguien como tú no puede esconderse en ningún sitio, me dijo un ministro en una recepción real. Se equivocaba. Basta retirarse, dejar de querer estar en primera fila, para que se olviden de inmediato de ti.

         Un domingo por la tarde asistía a la misa de las ocho. En la iglesia donde fui bautizado, donde hice la primera comunión y donde me confirmé, la homilía del cura hacía de bajo continuo de mis recuerdos y pensamientos. En mi infancia tuve una intensa fe que ahora vuelve, al final de mi vida, en el mismo templo donde comenzó. Miraba el mural de Baños en el que San Juan Bautista predica a un grupo de hombres y mujeres, bajo la figura de Dios y el Espíritu Santo rodeados de ángeles. Volvían con nitidez mis días de niño y mi cálida fe de entonces, aunque lamentaba que no lo hiciera también mi vista, que empezaba a fallarme: no veía bien la palma del martirio (el que San Juan habría de sufrir) que uno de los ángeles sujetaba, ni el ánfora junto a la mujer en la esquina inferior derecha, los dos detalles que, con el caballo, más me habían impresionado de niño. Es verdad que no estaba en los primeros bancos, sino a la altura donde se ha puesto recientemente la pequeña cámara acristalada que guarda el fragmento de misal medieval que constituye el mayor tesoro de nuestra iglesia y de nuestro pueblo. Siempre ha estado, como sabéis, en un armario de la sacristía, pero ahora se había decidido mostrarlo a los fieles y a los pocos turistas que pudieran venir. Yo recordé el robo del Códice Calixtino y pensé si nuestra joya tendría la protección adecuada.

         Por ello, al terminar la misa, entré en la sacristía. Hacía cincuenta años que no había vuelto a ver la amplia mesa, con el solemne crucifijo sobre una piedra pisapapeles, la inmensa cajonera donde se guardaban las prendas sacerdotales, las sillas de alto respaldo donde una vez confesé a mi sacerdote que quería ser misionero. Ahora, de pie, confesaba otra piadosa intención.

         ―Me preguntaba si las medidas de seguridad del fragmento de misal son las adecuadas. Yo podría ayudar económicamente si no es el caso.

          ―Se lo agradezco mucho, Juan. Pero precisamente hemos cambiado de empresa por ese motivo. Han instalado un sistema de alarma nuevo. No obstante, nos vendría bien una aportación para Cáritas.

           ―Delo por hecho.

         Días después, una mañana fría de noviembre, rezaba en un banco del fondo de la iglesia. No había nadie más. Entonces lo vi entrar. Era Antonio, nuestro vecino desaparecido hacía un año. Todos pensábamos que el alzheimer lo habría desorientado en un paseo por el campo y habría caído en un pozo o en el fondo de un barranco. Pues bien: allí estaba, con un largo vestido oriental, mirando desconfiado en derredor. Los dientes eran desproporcionados, como si se hubiera colocado una dentadura de juguete que le quedara grande. Envuelto en la penumbra del fondo, no me había visto, pese a que me levanté e hice ademán de decirle algo. Entonces se acercó a la puerta del fragmento del misal, sacó una llave de su bolsillo y penetró en el interior de la cámara. Salió con él bajo el amplio y colorido vestido, cruzó la iglesia y se marchó. Me quedé petrificado, incapaz de reaccionar. Cuando lo hice, fui corriendo tras él. Pero al salir a la plaza, solo había unos niños jugando a la pelota. Dijeron que no habían visto a nadie. Corrí al interior y fui a la cámara. La puerta estaba cerrada, pero la llave no estaba echada. Entré y sonó una alarma que expandió su estridencia por todas las calles del pueblo. Sobre la mesita donde se exponía, faltaba nuestro tesoro.

         Aunque al principio recayeron sobre mí algunas sospechas, mi pregunta a los niños demostraba que yo no tenía intención de robar nada, pues no me hubiera hecho notar tan alegremente antes de cometer mi fechoría. Tampoco habría un motivo económico, aunque sí pudiera haberlo coleccionista (a los ricos se nos tiene por personas capaces de pagar una fortuna por un cuadro que nadie más que nosotros podrá ver por tratarse de una pintura robada). Por último, yo conocía la existencia de la nueva alarma y no iba a dejarme atrapar por una trampa que el cura me había explicado. Tras describir una y otra vez lo que había visto, la cara grotesca de Antonio con sus dientes enormes y el vestido colorido del que di mil detalles, me creyeron y se pusieron a buscarlo con el mismo resultado de  un año antes. Quedaba por explicar cómo se había hecho con una copia de la llave y por qué no había sonado la alarma.        

         Esta última duda me la aclaró el cura poco después. Me hizo pasar al antedespacho, esa salita dentro de la sacristía en la que hay un sofá, dos sillones, una mesita baja y el boceto del mural del altar mayor. Me acerqué a él y, después de buscar inútilmente el ánfora y de constatar la ausencia de la cruz en la mano de San Juan, dije: ― Usted dirá.

            ―¿Qué piensa usted que pasó?

         Yo había urdido una conjetura:

         ―Se trata de un robo, de un robo largamente preparado. El alzheimer era falso, quiso que se le diera por muerto y, un año después, disfrazado grotescamente con un vestido y con unos dientes comprados en los chinos, robó el fragmento del misal. Sin duda quiso cerciorarse de que no había nadie antes de entrar del todo, pero la penumbra del fondo me ocultó. En cuanto a la copia de la llave, debió de hacerse de algún modo con la original y devolverla a su lugar. Lo que no entiendo es por qué no sonó la alarma. Conmigo sí lo hizo.

         ―A eso puedo responderle. Si la alarma sonó cuando usted entró es porque alguien había entrado ya antes.

             ―¿Qué quiere decir?

         ―Me lo han explicado. Este sistema funciona a partir de la primera detección de movimiento o calor corporal por el sensor. Se instala, hay un primer reconocimiento y a partir de ahí salta la alarma a la menor ocasión. Es cierto que nos lo dijeron antes de instalarla, pero ni el que la instaló ni nosotros entramos para que la alarma quedara, digamos, activada. Tal vez él pensó que lo haríamos nosotros en el momento en que consideráramos oportuno y nosotros, o por lo menos yo, pensé que lo había hecho él. Pero, en efecto, ninguno lo hizo. Así que cuando entró el ladrón la alarma no sonó. Cuando lo hizo usted, estaba ya activada.

         Hubo un silencio, en el que el cura parecía debatirse interiormente. Había algo que dudaba si decirme o no. Finalmente se decidió.

           ―He recibido una carta anónima.

           ―¿Una carta?

         ―Sí, con matasellos del pueblo. De algún vecino, probablemente. No dice mucho, solamente que tiene una hipótesis sobre el robo muy rocambolesca pero fácil de confirmar o de refutar. Tendría usted que ir al oftalmólogo.

           ―¡Por favor! Eso ofende.

         ―Le aseguro que el remitente no duda de su buena fe. No explica su hipótesis, pero incluye en su carta una nota para el oftalmólogo. Aquí la tiene. La decisión de ir o no es suya.

         La nota decía:

         “Tomografía por emisión de positrones. Flujo sanguíneo en los lóbulos occipital y parietal. Surco temporal superior. Recuerde a Charles Bonnet.”

         Tras unos días dando vueltas a la nota entre mis dedos, pedí cita a mi oftalmólogo. Le conté todo lo referente al robo y le entregué el papel. Se quedó sorprendido y me hizo todo tipo de preguntas y pruebas. La hipótesis del remitente, aunque descabellada, era cierta. Tengo el síndrome de Charles Bonnet. Suele darse en pacientes con gran deterioro de la visión, pero también puede aparecer en gente que todavía ve relativamente bien, como yo, si están afectadas zonas superiores del sistema visual. El caso es que se pueden tener alucinaciones complejas, especialmente de personas. No es una enfermedad psiquiátrica, sino oftalmológica. Las alucinaciones no suelen ser amenazantes. Incluso pueden ser inspiradoras. Hay una paciente poeta, me contó el médico, que las utiliza. Habla de las visiones que le proporciona “el ángel de las alucinaciones”.

         Así que bien pudo ser que, como piensa el remitente misterioso, tuviera una alucinación cuando vi a Antonio. El vestido exótico y los dientes desproporcionados son característicos en esa clase de alucinaciones. La falta de interacción que hay en ellas explica que no se diera cuenta de que yo estaba ahí. El fragmento del misal, entonces, ya había sido robado cuando yo entré a la iglesia.

          Inmediatamente hablé con el cura.

         ―El misterioso remitente ha resultado ser un lince ― le dije―. ¿Proponía también un autor del robo?

         ―Solo decía que, de ser cierta su hipótesis, como lo ha sido, las sospechas recaerían sobre alguien que supiera que la alarma no sonaría en la primera ocasión. El operario, el sacristán o yo.

               ―Si hubiera sido usted habría roto la carta.

             ―¿Y arriesgarme a que el remitente tuviera una prueba contra mí? Si hubiera sido yo, me habría comportado como lo he hecho ― y calló unos segundos para crear la expectación que calmó diciendo: ― Pero no he sido yo. Tampoco el sacristán, confío plenamente en él. Así que…

         No había tenido más alucinaciones hasta ayer. Mientras asistía a misa y miraba la obra de Baños, vi réplicas de las personas que escuchaban a San Juan Bautista y del ánfora, réplicas en miniatura, que se movieron y se salieron del mural situándose junto al sacerdote y los monaguillos. El ángel de las alucinaciones, me dije. Me acompañará en este retiro del ruido del mundo.

         En cuanto al remitente de la carta, con curiosidad busco una mirada, un gesto, que revele la perspicacia del vecino que la escribió.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

Un cuadro perdido de Adolfo Moreno Sanjuán

 Publicado en la revista de San Juan, 2024

UN CUADRO PERDIDO DE ADOLFO MORENO SANJUÁN

            Caminaba por la estrechez de las callejuelas del Marché aux Puces de París con la sensación de habitar un sueño ajeno. En las tiendas había oxidados relojes parados en una hora de los años cuarenta, mesas dieciochescas que el tiempo había noblemente encarecido, canicas sobadas un siglo atrás con ilusión por unas manos infantiles que el tiempo fuera cuajando, cuarteando y finalmente borrando, un par de guantes de tela ajada con la memoria de unas manos femeninas, de dedos largos y pintadas uñas, un humilde sillón roto por todas partes, moldeado por el cuerpo cansado que noche tras noche, año tras año, se hundía en él, cartas que deseaban un buen aniversario, un feliz 1905, una rápida curación, o que contaban las pequeñas cosas de la vida, los estudios del hijo, las vacaciones en el mar, el lugar de una cita secreta. Cosas que durante un tiempo colmaron la vida de alguien y que luego el polvo de la amnesia fue cubriendo hasta enterrarlas. Y, entre todas ellas, inverosímilmente, allí estaba el cuadro.

            Lo había pintado Adolfo Moreno Sanjuán y estuvo expuesto en el Salón de Otoño de Madrid el año 1952. Se encontraba en paradero desconocido, pero yo lo conocía por una fotografía del catálogo. Mi interés se debía a que el pintor había nacido en Navas de San Juan, el 24 de diciembre de 1888, aunque creció en Castellar gracias a una permuta de su padre con otro maestro de escuela. Fue un niño enfermizo y con una memoria visual extraordinaria. En 1907 llegó a Madrid para hacerse pintor. Diez años después, ante la inseguridad del mundo del arte, obtuvo una plaza de funcionario. Durante el resto de su vida seguiría pintando e intentando hacerse un hueco en la vida artística, aunque su carácter poco intrigante y renuente a pedir favores y quizá su propia pintura, que él mismo califica de “modesta” y “discreta”, hará que su carrera pictórica sea más bien gris. Pero, pese a todo, la tuvo, y expuso en distintos Salones de Otoño y en la galería Pereantón. Ahora tenía ante mí ese Retrato, que en su día estuvo en la sala II del XXV Salón de Otoño. Una mujer sentada en un sillón parece mirar, soñando o pensando, al interior de sí misma.

            Los relojes, las mesas, las canicas, los guantes, el sillón, las cartas y el propio cuadro, aun maltrechos y aislados, se sublevaban contra el tiempo y su olvido, y su indócil grito ahogado, su onírica insumisión, desenterraba instantes de entre los años. Como si me dijeran: No es lo mismo haber vivido que no existir nunca. Como si lo que una vez fue vivo viviera de algún modo para siempre. Como si la eternidad fuera haber vivido un día.                       

                                                 Juan Fernando Valenzuela Magaña      




                           

            

El cuento no premiado de Miguel Nieto

Texto publicado en la revista de San Juan de 2022 


EL CUENTO NO PREMIADO DE MIGUEL NIETO

 

         No hay concurso, certamen, prueba, oposición o competición sin sospecha de injusticia cuando no de trampa o amaño. En el siglo XVII don Quijote cuestionaba las justas literarias al decir que el primer premio se da en función del “favor o la gran calidad de la persona”, mientras que el segundo es de “mera justicia”.

         El jueves 8 de marzo de 1906 El Liberal publicaba el fallo del concurso de cuentos que había organizado el propio periódico. Los miembros del jurado (Armando Palacio Valdés, Vicente Blasco Ibáñez y José Nogales) repartieron el primer premio entre cuatro trabajos, uno de ellos, titulado “Un ejemplo”, correspondiente a Valle-Inclán. Además recomendaron la publicación de otros cuatro. Entre los 922 participantes restantes se hallaba nuestro paisano Miguel Nieto, que había publicado tres años antes una Historia de las Navas de San Juan y que colaboraba en El Día, en cuya redacción trabajaba. El 19 de marzo aparece en este periódico el cuento rechazado, titulado “La canción del poeta”, indicándose que el excesivo número de trabajos “ha debido ser un obstáculo para la acertada selección”, dados los escasos miembros del jurado y el poco tiempo de que disponía (de hecho, el 28 de febrero se anunció el aplazamiento del fallo a instancias del jurado). El Día añade que publica el texto no como protesta, “que sería justificada en parte”, sino para que los lectores “aprecien como se merece” la tarea literaria del autor, cuya prosa es “siempre castiza y amena”.

Pero la publicación en la prensa diaria debió dejar insatisfecho a Nieto, porque en mayo de ese mismo año de 1906 tenemos ya a la venta un libro de unas cien páginas titulado Cuentos presentados en el concurso de El Liberal, con cinco no premiados, entre los que se halla “La canción del poeta”. He encontrado tres referencias a él. Una, repetida muchas veces, en El Globo, que es más bien una nota publicitaria. Otra, en El País de 27 de mayo, donde se dice que algunos de los cuentos del libro pueden codearse con los premiados, salvo con el de Valle-Inclán (la reseña parece atribuir el primer premio exclusivamente a este escritor, contra lo que hemos visto en el fallo), se defiende al jurado (“no cometió grande injusticia”) y se admite que estos trabajos “no merecían quedar inéditos” y “son casi todos agradables”. Por último, en la revista Nuestro Tiempo hay una dura reseña firmada por Andrés González-Blanco que, a la vez que despotrica contra los concursos, califica de “cuentuchos insignificantes” los del libro y acaba extrañándose con sarcasmo de que los trabajos de “esta piña de autorzuelos” no hayan sido premiados en público concurso.

No sé de cuántos ejemplares sería la edición, pero al menos uno ha sobrevivido al paso del tiempo. Su poseedor le ha puesto un precio de 70 euros, unas 11 650 pesetas. Cuando salió a la venta, hace 116 años, valía una.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

jueves, 29 de febrero de 2024

Eduardo Sánchez Garrido

Publicado en la revista de San Juan de 2023.


EDUARDO SÁNCHEZ GARRIDO

Qué raro haber nacido en Navas de San Juan a final de 1841 y haber ido a Madrid en 1859 a estudiar Derecho y Ciencias, haber asistido a la celebración en febrero de 1860 de la toma de Tetuán, haber visto las obras en la Puerta del Sol y el chorro de la fuente de 30 metros de altura (“¡Oh maravilla de la civilización, que pone los ríos de pie!”, cantó Manuel Fernández y González), haberse cruzado por la calle con Mesonero Romanos, con los hermanos Bécquer y con Galdós, haber leído El Nene, La Iberia, La Discusión, haber visto el paso de la chistera al bombín y el refinamiento de los cafés, haber presenciado las acrobacias de Bondin en el estanque de El Retiro, y la ascensión del globo de Madame Poitevin (que acabaría cayendo en Chamberí), haber asistido a la peligrosa serenata en apoyo del destituido rector de la Universidad Central la noche de San Daniel del año 65, haber viajado en tren desde Alcázar de San Juan (la novedad del ferrocarril) hasta Madrid, haber acabado Derecho en el 67 y matricularse de Teología el curso siguiente. Qué raro llamarse Eduardo Sánchez Garrido, tener tres hermanas y dos hermanos, ser hijo de Luis Sánchez de Torres (secretario del Ayuntamiento y juez municipal en Navas de San Juan) y de María Antonia Garrido y ser nombrado en enero de 1869 fiscal en la Carolina y cesado en octubre del mismo año, sin duda por lo ocurrido allí ese mes en el contexto del levantamiento de los republicanos federales (el convulso siglo XIX español) y que habría de llevarle a la cárcel de Jaén, donde se encontraba en abril del 70 cuando lo hicieron presidente honorario del Club republicano de Navas de San Juan, poco antes de ser indultado.

Qué raro que pasen las estaciones y los decenios y cambiemos dos veces de siglo y en un mundo entonces solo anticipado por Julio Verne alguien del mismo pueblo pueda ver en una pantalla estos retazos de la vida de Eduardo y evoque con tanta nitidez como si hubiera estado allí, como si lo recordara, el sonido seco de los pasos del sereno Manuel de Raya por la calle de Lorite, el dulce sabor de los mojicones y las jícaras de chocolate en doña Mariquita (calle de Alcalá), el denso olor a aceite en el frío invierno navero, la aspereza sonora del papel de periódico y la dureza fría del mármol de las mesas del Café Imperial en la Puerta del Sol (aquel Madrid de tertulias y política), las frágiles nubes rosáceas de los lentos atardeceres de hace 160 años..

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

domingo, 9 de septiembre de 2018

Un artículo sobre Miguel Nieto

Artículo publicado en la revista de San Juan de 2018



LA ORIGINALIDAD DE MIGUEL NIETO EN EL DESENLACE DE UNA FAMOSA OPERETA

            El nombre de Miguel Nieto está asociado en nuestro pueblo a una calle, a una historia de Navas de San Juan y a una fotografía de 1927 en el patio de Abilio Sanz. Los lectores de esta revista y de Stella tal vez recuerden además que fue un articulista en el Madrid de comienzos del siglo pasado, un escritor de teatro y un colaborador de la radio cuando este medio daba sus primeros pasos, trayectoria que le valió el homenaje de su pueblo del que deja constancia la aludida fotografía.
            Una paciente búsqueda en la prensa de la época me ha suscitado la impresión de que don Miguel centró su actividad literaria en artículos y cuentos a principios del siglo XX para pasar después a destacar como dramaturgo y terminar su carrera con textos para la radio. De la primera etapa destacamos hace dos años un cuento que parecía basado en nuestras fiestas de San Juan. Vamos en esta ocasión a fijarnos en una obra de ese segundo periodo, dedicado al teatro.
            Hace un siglo, en mayo de 1918, la revista jiennense Don Lope de Sosa informa: “En Barcelona ha estrenado una opereta en tres actos, en colaboración con D. Gonzalo Cantó, el distinguido escritor y autor dramático, nuestro comprovinciano D. Miguel Nieto. El título de la obra es “Bella-Flor” y el estreno ha sido un éxito franco y sincero. La obra fue presentada con gran lujo. Miguel Nieto marcha por el camino de los triunfos a grandes pasos”. La revista ya se había hecho eco el año anterior de otros dos estrenos de nuestro escritor: en febrero de la comedia El mejor marido (en colaboración con Ramón Portusach) y en junio de Los castizos.
            La opereta “Flora Bella” (así aparece el título en La Vanguardia) se estrenó el día 4 de mayo de 1918 en el Teatro cómico. El periódico la anunciaba como un “éxito mundial”. En efecto, la obra no era original de Gonzalo Cantó y Miguel Nieto, sino que se trataba de una creación alemana que se había representado en Munich en 1913 y, adaptada al inglés, en Nueva York en 1916, donde tuvo un gran éxito (112 representaciones). La música era de Cuvillier, un compositor francés de gran éxito. Los franceses intentaron llevarla a la escena ya en 1913, con la bella Otero en el papel principal. Sin embargo, tal hecho no ocurrió hasta el último día de 1920, con Geneviève Vix en el papel de Florabella. De modo que en España sería representada antes que en Francia.
El argumento, al menos el que nos consta por la versión francesa, es el de un príncipe ruso que acaba de casarse con una gran dama española sin sospechar su verdadero origen. El príncipe se cansa de la circunspección de su mujer y se obsesiona con una bailarina de gran parecido con ella a la que ha visto en una fotografía traída de París. Se le dice que se trata de una hermana de la princesa, llamada Florabella. Hasta aquí el primer acto. En el segundo, vemos al príncipe en París, locamente enamorada de su supuesta cuñada. Se encuentra con sus amigos de Rusia como por azar y se desarrollan divertidas peripecias. En el tercer acto la princesa y Florabella, que no son sino la misma persona, confiesa al príncipe su estratagema para hacerse amar por él y le pide continuar su vida feliz, olvidando el pasado.
 Ahora bien, tenemos motivos para pensar que Cantó y Nieto le dieron un giro sorprendente a la obra, siempre en el supuesto de que esta versión francesa respetara el argumento original. Y es que, a raíz de una representación en Madrid en 1921, nos enteramos por el ABC de que los dos primeros actos habían sido traducidos, pero el tercero había que atribuirlo a la pareja de autores. También nos informa de la repetición de un terceto cómico del segundo acto interpretado “con mucha gracia” por Sinda Martínez, Carmen Ortega y Mariano Ozores. El doble papel de princesa y artista frívola lo hacía Luisa Puchol. (Aquí señalaré un guiño del azar. Ozores y Puchol pertenecerían al reparto de El rayo, una película de 1936 basada en la obra homónima de Muñoz Seca y López Núñez, ambientada en Navas de San Juan, y que Francisco Juan Rodríguez Oquendo y Belén Garrido Palazón editaron y estudiaron en el año 2000).
La crítica de Guillermo Fernández-Shaw en Las Provincias nos aclara la intervención de Cantó y Nieto. Después de decir que la música no pasaba de agradable, pero que el libreto estaba bien y la interpretación fue más que excelente, nos habla del final de la obra: “El desenlace, volviendo el Príncipe a su mujer, pero sin que se haya deshecho el equívoco y sin que su marido sepa, por tanto, que ha sido víctima de una sencilla estratagema, sorprendió algo al auditorio. El final que la obra tiene es el natural; pero al público le gusta que no queden cabos por atar, y como aquí no se atan todos, le faltaron cosas, y recibió la sensación de que la obra acababa demasiado rápidamente”. No obstante, aplaudió “sinceramente complacido” y elogió, como la crítica, la labor de los adaptadores, “el veterano en estas lides don Gonzalo Cantó y el brillante escritor y periodista don Ernesto Nieto” (como se ve, hay un error al nombrarlo “Ernesto” y no “Miguel”).
Así pues, Miguel Nieto y Gonzalo Cantó adaptaron una exitosa opereta para la escena española cambiándole un final convencional por otro más arriesgado en el que los cabos sueltos, como en la vida, dejan al espectador sumido en una pensativa desazón.

                                   JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





lunes, 18 de julio de 2016

Un artículo de Miguel Nieto en El Día (Revista de San Juan, 2016)

UN ARTÍCULO DE MIGUEL NIETO EN EL DÍA

            A principios del pasado siglo, Miguel Nieto intentaba abrirse camino en el mundo literario madrileño. “Tú que no desconoces mis luchas literarias en este Madrid, comprendes mejor que nadie el verdadero calvario que cuesta la confirmación de un nombre en el mundo artístico”, le escribía a su hermano Antonio en agosto de 1903. Unos meses después, aparece un artículo suyo en El Día, el primero que he localizado con su firma en ese periódico. Se titula “Tiros al blanco” y analiza en él un soneto de los Álvarez Quintero, que no salen bien parados. El 29 de febrero de 1904 descubrimos que el título no es de un artículo sino de una serie, pues vuelve a titular así el que dedica a un joven Juan Ramón Jiménez, del que sugiere que malemplea su talento en la escuela modernista, que Miguel Nieto conoce, entre otras cosas, por la “pléyade interesante de jóvenes sensitivos”, “de rostro nenúfar aceitunado”, “de barbas hirsutas y bigotes ralos, y de extraña y vetusta indumentaria” que se reúnen en el café que él frecuenta.
            El resto de los artículos de El Día que he podido encontrar tienen ya título específico, aunque algunos están dentro de la categoría de “Crónica”, “Cuento” o “Impresiones de viaje”. Me voy a detener en uno que, aunque no aparezca bajo el sello de “Cuento”, parece a todas luces serlo. Apareció el sábado 12 de noviembre de 1904. Su título es “Sacrificio” y, si no me equivoco, es una recreación de las fiestas de San Juan en las Navas del último cuarto del siglo XIX, que le sirven de marco para una truculenta historia de amor y muerte. Así comienza el cuento (respeto la ortografía original):

                La existencia monótona y patriarcal del pueblecito andaluz donde pasé mi infancia, se alteraba pocas veces al año; pero entonces, la vida despertaba pujante, y los gritos alegres y las canciones libres y las músicas morunas resonaban en sus fiestas tradicionales, como si la alegría hubiera dado impulso á aquellas naturalezas aplanadas por el trabajo.

            A la “difusa luz de la tarde, que terminaba”, tiene lugar el encierro de las reses que al día siguiente se lidiarían “en la plaza grande”. La descripción que hace del encierro tiene elementos interesantes:

            vieron desfilar la muchedumbre en frenética carrera, semejando legión de locos ó de condenados. La gritería era enloquecedora: llantos de niños, chillidos de mujeres, voces de hombres, carcajadas (…). La gente se parapetaba tras las esteras que obstruían las callejas transversales, enmudeciendo al tomar sus posesiones. Hubo un momento que el silencio fue general; pero cuando las reses traspasaron los primeros callejones, los curiosos formaron su retaguardia, prosiguiendo de nuevo la algarabía, hasta hacerse otra vez potente y atronadora.
           
            Imagino que así eran los encierros en nuestro pueblo hace más de un siglo, y así se esperaba para la lidia:

                La plaza grande del pueblo presentaba un aspecto desusado al siguiente día. Próximos á las paredes, veíanse toscos andamios donde la gente aguardaba paciente el comienzo de la lidia; en los balcones, las mozas con sus trajes humildes y abigarrados, eran la genuina representación de la hermosura enérgica y poderosa del país de la luz y de la alegría; las puertas hallábanse obstruídas con sencillas barreras hechas de pinos, y las cuatro bocacalles con altos antepechos, sobre los cuales se habían construído espaciosos tablados que amenazaban derrumbarse al peso de tantas personas que los ocupaban; alrededor del pilar de la fuente, los mozos tomaron posiciones, dispuestos á arrojarse al agua cuantas veces se vieran acosados, y por todos los ámbitos de la plaza corrían y se atropellaban jóvenes y viejos, mujeres y niños.

            Las reses son capeadas y recobran su libertad, salvo una:

            al dar muerte al toro, único que se sacrificaba, á tiros, según costumbre inveterada, el encargado de ello quedó inmóvil, juzgando certera su puntería, intervalo que aprovechó la res para llegar á él, en las ansias de su agonía y cornearlo horriblemente.
           
            La historia, he advertido, era truculenta. A nosotros nos interesan aquí esos aspectos que, el historiador dirá, se ajustan o no a la manera de desarrollarse los encierros y lidias de aquellas lejanas fiestas de San Juan.
           

            JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA


jueves, 18 de diciembre de 2014

La voz de Gregoria (Revista de San Juan, 2005)


 LA VOZ DE GREGORIA
                                                                                 


            Soy una voz. Es mucho, si se tiene en cuenta que morí hace doscientos cincuenta y cuatro años y un puñado de días, según debe de constar, para curiosos y eruditos, en el registro del Hospital de Santiago de Úbeda. Así morí en el mismo lugar que me había acogido como Casa-Cuna trece años antes, cuando según dicen me dejó allí un cosario que venía de Quesada.
            Sin duda perseveré en el ser, por parafrasear a Spinoza, con asombroso denuedo, porque mi existencia parecía destinada a asomarse por alguna puerta trasera al siglo XVIII y abismarse a continuación en el olvido. La naturaleza y la sociedad no escatimaron dones para ese destino: año 1738, pueblo de Jaén, sexo femenino, nacimiento ilegítimo, acogida en la Casa-Cuna de Úbeda de la Cofradía de San José y ceguera. Sin embargo, venciendo ese destino, que es el modo de encontrar el verdadero, llegué a cumplir los trece años, edad en la que morí, superando con creces a la de la muerte de todos mis compañeros de Cuna.
            Y además, ya ven, queda mi voz, acaso como compensación a mis desgracias terrenales o quizá como logro de mi fuerza de voluntad, de la que el prior de Navas de San Juan, aldea a pocas leguas de Úbeda, decía sentirse impresionado.
            Mientras me quede la voz diré su nombre: Francisco Pedro Martínez. Fue el instrumento con que me cruzó la providencia para sacudirme la fatalidad de mi condición y buscarme un destino nuevo y mío. Su voz sonaba transparente y aterciopelada a un tiempo, lejos del agudo pero sin entrar de lleno en el grave. Era alto, sus palabras me llegaban de arriba, aunque se agachara como solía para hablarme, cuando no estábamos sentados. No sé cómo se me ocurrió hacerle la pregunta que cambió mi vida, pero sin ella es seguro que yo no sería hoy ni tan siquiera una voz.
            ¿Es cierto, le dije, que las mujeres, en la Resurrección Universal, pasarán a ser hombres, perfeccionándose así? Caminaba junto al Convento de San Miguel, donde había muerto el recién canonizado San Juan de la Cruz, con el prior de San Lorenzo, y yo, en vez de pedirles un maravedí, les espeté la pregunta, pero dirigiéndome a esa voz que tanto me gustó y que me respondió: Eso supone que la mujer es imperfecta y que el varón no lo es, y se compadece con la idea de que la naturaleza en la generación busca siempre el varón, y sólo por error nacen las mujeres. Pero yo no estoy de acuerdo con estas ideas. Le contesté que yo tampoco, pero que no sabía si era herejía no estar de acuerdo.
            Aunque tenía diez años, sabía muchas cosas. Tenía por naturaleza una inteligencia viva y despierta, y, como no podía jugar, pasaba mucho tiempo pensando en lo que oía en las misas y en las conversaciones de las plazas.
            El prior de Navas me respondió que más bien era herejía sostener la imperfección femenina, y sobre ser herejía era una manifiesta falsedad, como demuestran tantos ejemplos, y me puso el de doña Juliana Morella, de Barcelona, que con doce años defendió Conclusiones públicas en Filosofía, dedicadas a la reina de España doña Margarita de Austria. Supo, además de Filosofía, Teología, Música y Jurisprudencia, y hablaba catorce lenguas.
            A mí me gusta mucho saber cosas, le dijo mi ingenuidad, y él se quedó callado y, pude notarlo, mirándome pensativo. Tal vez intercambió un interrogativo gesto con el prior de San Lorenzo. Al cabo de unos segundos, me dijo: Si estás dispuesta a aprender, serás mi alumna.
            Las primeras clases fueron muy espaciadas, una cada quincena, en una dependencia de la iglesia de San Lorenzo. Me enseñaba Filosofía, Teología y Latín. Puedo decir que aprendí con él, sobre todo en la primera de estas disciplinas, más que cualquier universitario de Salamanca o Baeza, porque, sobre explicarme Aristóteles y Santo Tomás, no dejó de contarme las novedades de Descartes y las polémicas entre novatores y tomistas que habían tenido lugar en su juventud. Pero lo que más me gustaban eran los descansos que hacíamos cada hora. No porque estuviera cansada (tenía tal sed de saber agrandada por los años y la ceguera que jamás me cansaba), sino porque en ellos hablaba de lo que más me emocionaba: de mi vida. Como si estuviera hablando con un amigo suyo, relataba sin afectación y hasta con humor casos históricos de ciegos y de mujeres que habían destacado en alguno de los campos del intelecto. Me hablaba de Dídimo de Alejandría, de Eusebio el asiático, de Nicasio de Mechlin o de Tiresias. Y, ya en nuestro tiempo, de Saunderson, matemático inglés ciego desde la edad de un año, autor de Elementos de álgebra y, sobre todo, de unas máquinas que permitían a un ciego hacer cálculos algebraicos y estudiar geometría. Más tarde el prior conseguiría construirlas y enseñarme la Matemática. También me contaba que en Francia un oculista llamado Himler había operado a una ciega de nacimiento, hija del grabador del señor de Réamur y que había un tal Daviel que había devuelto la vista a más de un ciego. Algún día, me decía con reservas pero confiado, tal vez podría llegar a ver los colores.
            La ceguera, me provocó una vez en uno de esos descansos, contrarresta tu feminidad, porque, si las mujeres tenéis tendencia a lo concreto, los ciegos la tenéis a lo abstracto, por carecer del sentido de la vista, tenaz obstáculo para la operación de la abstracción. Yo le contesté con el ejemplo que él mismo me puso al conocernos, el de doña Juliana Morella. Muy bien traído ese ejemplo, me contestó. Eso demuestra que esa tendencia a lo concreto que, en efecto, vemos en las mujeres, no se debe a su naturaleza, sino a su educación. Como te he enseñado en la Lógica, de la carencia del acto a la de la potencia no vale la ilación. Así pues, de que las mujeres no sepan de Filosofía no se infiere que no tengan talento para ella. Y más: entre los Drusos las mujeres son las que saben leer y escribir, mientras los hombres se dedican a la agricultura y la guerra. Si aplicáramos allí la misma lógica, diríamos que los hombres son inútiles para las letras.
            Los hechos, más que los razonamientos, tenían para mí más valor probatorio. Por eso le pedía que me relatara ejemplos de mujeres que habían destacado en algún ámbito de los que se creía reservados a los hombres. Me habló así, en cuanto al gobierno político, de Semíramis, reina de los Asirios; de Artemisa, reina de Caria; de pueblos donde la corona estaba reservada a las mujeres, como antiguamente en la Isla de Meroe o modernamente en Borneo. Y en cuanto a la inferioridad del entendimiento femenino, me abrumó con los nombres de doña Isabel de Joya, que predicó en la Iglesia de Barcelona y que convirtió a muchos judíos en Roma; Luisa Sigéa, que supo la lengua latina, la griega, la hebrea, la arábiga y la siriaca; doña Oliva de Sabuco de Nantes, quien destacó en Física y Medicina; doña Bernarda Ferreyra, quien dejó escritos poéticos y supo Matemáticas; Sor Juana Inés de la cruz, gran poeta; Susana de Habert, gran conocedora de la doctrina de los Santos Padres; Madalena Scuderi, a la que todas las Academias querían tener en su seno; Maria Madalena Gabriela de Montemart, versada en la antigua y nueva Filosofía; Lucrecia Helena Cornaro, nombrada Doctora en la Facultad Filosófica en Italia. Meses después me leyó una defensa de las mujeres publicada por el monje benedictino Feijoo, autor al que a veces sin querer imitaba en sus expresiones y de donde tomaba algunas de sus ideas sobre nuestro sexo, que no eran menos avanzadas que las que Madame de Beaumer y Madame de Maisonneuve expusieron en su Journal de Dames, algunos de cuyos números el prior conseguiría introducir en España,  ya después de mi muerte.
            Poco después me llevó a su aldea, acogiéndome en su casa. Vivía con una tía suya muy anciana. Fue entonces cuando construyó las máquinas de Saunderson y me enseñó álgebra y geometría. Él decía estar asombrado de mis progresos, y eso me impelía a aplicarme con más empeño. Un día, mientras descansábamos de utilizar una de las máquinas matemáticas, y como yo me quejara de la injusticia que a las mujeres se les hacía en España cuando se decía que “la mujer que más sabe, sabe ordenar un arca de ropa blanca”, me respondió con sorna: No te quejes, que provocasteis la expulsión del Paraíso. Entonces yo le contesté con algo que debió de dejarlo boquiabierto: si porque Eva indujo a Adán a pecar, las mujeres son peores que los hombres, entonces los Ángeles son peores que las mujeres, porque un Ángel indujo a Eva a pecar. Además, Eva fue engañada por una criatura de gran inteligencia, mientras que Adán lo fue por una mujer. Por eso el delito de Eva fue menor, y menor aún cuanto más tonta consideres a la mujer.
            Poco después de este episodio, el prior tuvo que marcharse durante una temporada. Me contó en secreto que iba a París, donde tenía grandes y buenos amigos, y que allí compraba libros prohibidos. No hacía falta, concluyó, insistirme en la necesidad de que esa confesión que me hacía se mantuviera en el más estricto de los secretos. Ni siquiera su tía debía saberlo.
            Sólo después de muerta he entendido mi creciente desesperación al paso de los días sin su presencia y mi también creciente consuelo porque cada hora que pasaba estaba una hora más cerca de su vuelta. Como tantas cosas dentro de mí, como yo misma, esos sentimientos y otros afines que se daban con ellos murieron sin llegar a desarrollarse y madurar. También aprendí muchas ideas que sólo entendí después.
            Un día irrumpieron en la casa dos hombres forasteros. La tía del prior les contestó a sus preguntas por el sobrino, pero ellos les dijeron que todo eso ya lo sabían. Lo que querían saber era dónde había ido y dónde estaban sus libros. A lo primero respondió que no tenía ni idea y a lo segundo señalando una habitación contigua que hacía las veces de despacho. Los dos hombres revolvieron los volúmenes, pero no debieron de encontrar lo que andaban buscando. Sin duda, dijeron al cansarse, los tiene escondidos. Pero quizá esta sepa algo. Entonces mi brazo notó el grillete de una mano fuerte, y con brutos modales el hombre que me había cogido me zarandeó preguntándome: Ya está bien de tonterías, tú sabes dónde ha ido y dónde están los libros. Yo me hice la muda o la tonta o las dos cosas, pero ellos estaban bien informados. Vendrás con nosotros.
            Me sentaron en una silla en una casa de la Plaza de Arriba. Oí voces de gente de la aldea, a la que sólo conocía de oídas. Ellos empezaron a interrogarme. Primero cambiaron de persona y de tono, y fue el otro hombre quien, con los más exquisitos, corteses y franceses modales, intentó convencerme de que yo era inocente y niña, de que nada me pasaría si les contaba lo que querían saber, que era algo importante para la marcha de la Iglesia y del bien público y, por tanto, algo querido por Dios. Yo había decidido permanecer completamente callada, pero cuando uno de los hombres de la aldea comentó riendo y en voz baja, creyendo que yo no lo oía, que no hay mujer que sepa guardar un secreto, le dije dirigiéndome a él: Lo que dices es otra falsedad más inventada por los hombres, pues la hija de Pitágoras, Damo, recibió de su padre sus escritos junto la orden de no publicarlos y, aunque su venta pudo sacarla de la pobreza, jamás la ejecutó. Y además, añadí, se cuenta de una mujer que, llevada a la tortura por el tirano de Atenas Hippias tras el asesinato de su hermano Hipparco, conocedora de los nombres de los cómplices, se cortó con los dientes la lengua. Que sería lo que yo haría si supiera lo que me preguntan estos hombres y no estuviera segura de resistir sus malas artes.
            Debieron de quedarse impresionados o convencidos de que decía la verdad, y decidieron perdonarme la lengua. La ausencia de la cual, empero, hubiera soportado mejor que el castigo que me infligieron, castigo que, por otra parte, no estaba dispuesta a cumplir: me prohibieron que volviera a ver al prior. Fui enviada de nuevo a Úbeda, y volví a vagabundear por las calles. Contaba los días que faltaban para la vuelta de mi bien y confiaba en que volvería por mí. Entonces contraje la viruela y volví a entrar en el Hospital de Santiago, esta vez como enferma. En una de esas camas, un uno de mayo, morí de muerte real, porque en mejor cama pero la misma enfermedad se llevó, con diecisiete años, a nuestro rey “El bien amado”, en la década anterior a la de mi nacimiento.
            Han pasado los años y las gentes. El prior sufrió mucho mi pérdida y se sintió culpable por haber ido a París dejándome a merced de sus enemigos. Murió el prior, murió Voltaire y Diderot, murieron los aldeanos, murieron los hombres que pretendieron que les contara un secreto. Sic transit gloria mundi. Otros tiempos sustituyeron a los que yo viví, y otros a esos. Mi voz se fue haciendo más vieja y quizá más sabia. Mi voz, lo que soy.
 Juan Fernando Valenzuela Magaña
 


jueves, 16 de octubre de 2014

El viejo y Kant (Revista de San Juan, 2011)


EL VIEJO Y KANT

                                              A Pedro Joaquín, que tiene la edad de los niños de esta historia

        Puede que pronto caiga en el olvido, pero todavía hoy son muchos quienes recuerdan a un hombre que, en el siglo XVIII, dedicaba su vida al pensamiento en una ciudad perdida de la Prusia Oriental. Ese hombre observó que, en ciertos asuntos, era posible sostener, con la misma fuerza probatoria, dos tesis opuestas. Así, podemos convencernos de que el mundo ha tenido un comienzo y es finito o de lo contrario. Apuntó cuatro de estas contradicciones y las llamó antinomias.
            El viejo piensa que, en el ámbito de la existencia, también se dan dos antinomias. Una de ellas diría: “Puede argumentarse con la misma fuerza que, a cierta edad, la vida, mirada en su conjunto, ofrece dos imágenes opuestas: la de un largo camino repleto de épocas diferenciadas (“entonces yo era…”, “por aquellos años yo vivía en…”), de cambios, de gente que está y deja de estar, que no está y aparece, de acumulación; y la de un soplo de sorprendente brevedad”. Así, el viejo tiene la sensación de que ha vivido mucho; pero también de que ayer mismo era un niño que corría por las calles del pueblo.
Del mismo modo que el hombre del siglo XVIII, también el viejo ha vivido siempre en el mismo lugar. Su memoria llega más allá de la tercera década del siglo pasado, y con la presteza de un mono se sube al árbol genealógico de todo aquel a quien saluda. En los pueblos uno pertenece de un modo más estrecho a su familia, y así como hay narices, ojos o calvicies que identifican un apellido, hay rasgos de carácter familiares. Los Celemines son bravos, los Talabarteros bromistas y del Atleti, los Atravesados tienen pelos en el corazón. Un sociólogo diría que, más que de genética, se trata de una profecía autocumplida: si todo el mundo espera que alguien se comporte de una cierta forma, acabará por hacerlo. En cualquier caso, el viejo está seguro de que si una máquina del tiempo lo llevara dos siglos hacia atrás o hacia adelante, sabría relacionar a cada vecino con su familia correspondiente. Cuando piensa en estas cosas, siente que se asoma a un abismo y le entra vértigo.
            La otra antinomia diría así: “Podemos sostener que todo cuanto ocurre será tragado, antes o después, por el olvido: del mismo modo que nada queda de lo que un hombre de Navas, un día de 1651, soñó antes de ir a trabajar, nada quedará de la lectura de este texto en la memoria de los hombres. Sin embargo, también se puede sostener lo contrario: nada de lo ocurrido se pierde, todo lo real se conserva.”
            ¿Qué fue de aquella mañana de San Juan del año 31? El viejo era entonces un niño y corría detrás de los pasos y la risa cantarina de una niña rubia. Sonaban las campanas de la iglesia. Llevaba unos días siguiéndola y escondiéndose, solo o con algún amigo. Esa mañana se armó de valor, ayudado por el ambiente festivo de los mayores, y del jardín de la plaza cogió una flor, una flor blanca y olorosa y, acercándose a la niña, se la ofreció. Ella la tomó con una sonrisa, intacta desde entonces en la memoria del viejo. ¿Dónde están ahora aquellas campanadas, aquella mañana, aquella flor, aquellos hombres vestidos de fiesta?
            El viejo no volvió a ver a la niña, que emigró con sus padres. Como un fugaz relámpago pasó la vida, el niño creció y llegó la guerra, fue un adulto y trabajó en el campo, se casó y tuvo hijos, hubo muertes y nacieron nietos. Y esta mañana, justo ochenta años después de aquella del San Juan del 31, violando toda ley del tiempo, la niña rubia, con la risa cantarina de entonces, ha pasado delante de él y le ha dicho hola. Dos trozos tan alejados de su vida, dos extremos de su largo paso por el mundo, han coexistido por un momento. El viejo ha penetrado desorientado en el laberinto de su memoria, perdido entre sensaciones olvidadas y gestos polvorientos arrumbados en sus rincones. Se pregunta si su cerebro está fallando. Pero, por encima de esa duda, siente miedo, como si la visión de su lejano pasado fuera un aviso lúgubre y agorero. Y aun por encima de ese miedo, le parece que la escena es un guiño de la trascendencia.
            Los restos del hombre del siglo XVIII descansan en la ciudad de la que apenas salió. Como epitafio, en su tumba, hay una cita que recoge su admiración por las leyes inviolables de la naturaleza y por la libertad del hombre. Dos mundos con reglas opuestas, uno determinado por leyes físicas que predicen con exactitud lo que no tiene más remedio que ocurrir, y otro donde, contra toda costumbre o influencia, uno tiene la asombrosa capacidad de elegir. En el primer mundo todo ocurre en el espacio y en el tiempo, todo tiene una causa. En el segundo, la ciencia se queda en la puerta y nos adentramos hacia lo desconocido.
            Visto desde el primer mundo, lo que le ha ocurrido al viejo se explica así: al pueblo han venido, estas fiestas de San Juan, los descendientes de aquella niña del año 31, cuyos rasgos han atravesado el tiempo hasta llegar al rostro de su bisnieta. La mente científica reposa en este conocimiento en el que quedan respetadas las leyes del tiempo y el espacio.
            Pero el viejo, que mira a la cara a la muerte, sabe que pronto saltará la cerca de esas leyes, y, como quien mete los pies en la orilla del mar, se va despidiendo de ellas. Desde el segundo mundo, más allá del espacio y del tiempo, quién sabe quién es la niña que ha saludado al viejo y que, ahora, en la plaza, siguiendo un indefinido impulso, escoge con cuidado del jardín una flor, una flor blanca y olorosa.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Lucena, junio de 2011

martes, 22 de julio de 2014

El prior y la reina (Revista de San Juan, 2010)



EL PRIOR Y LA REINA

                    
         Nacieron el mismo año, él en agosto y ella en octubre. Sin embargo, entre ambas vidas, ya desde su nacimiento, habría una distancia casi insalvable. Él nació en Villargordo, Jaén, y ella en el Castillo de Balmoral, en Escocia. Él pasó su infancia jugando en la piedra de las calles de su pueblo andaluz y ella en las losas de los pasillos y el césped de los jardines de los Castillos de Windsor, Balmoral y Osborne. Los sueños de todas las infancias se parecen, y es probable que, aun en contextos tan distintos, él y ella, salvo una impensable excepción, nunca estuvieran tan cerca como entonces. Quizá también coincidieron en la brevedad de sus infancias: la de ella podemos pensar que terminó a los ocho años por la muerte de su padre, la de él a los diez cuando ingresa en el Seminario Conciliar de Jaén. A partir de ahí sus vidas no tuvieron nada que ver, sus mundos serían completamente ajenos. Es extraño cómo el planeta, en un mismo momento, es habitado por seres humanos tan alejados entre sí, por alguien que está más cerca de un antepasado suyo que murió dos siglos antes que de un coetáneo con el que podría cruzarse y al que podría tocar. Es como si fuera exactamente al revés de como es: para cualquiera de ellos, el otro tiene la inaccesibilidad de lo que se da en una dimensión que no es aquella en la que nos movemos, en un orden de cosas que ni siquiera rozamos en nuestra existencia, aunque de él tengamos noticia. Es impensable que entre esas dos vidas, la de un seminarista y luego párroco y la de la nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra y luego reina de España, se estableciera algún contacto alguna vez. Y, sin embargo, fue eso lo que ocurrió la mañana del 14 de noviembre de 1916, martes, en Toledo.

         Ha pasado casi un siglo y todo ha cambiado tanto que cuesta imaginar qué sensaciones tenía ese hombre que un día de noviembre de 1916 salía de las Navas para ir a Toledo. Lo que entonces era futuro es hoy remoto pasado, lo que entonces podía todavía no ocurrir es ahora inamovible historia. Se libraba la Gran Guerra, la I Guerra Mundial, tan lejana ya en nuestra memoria que cuesta pensar que alguna vez llegara a ser actualidad. Poco sabemos de ese hombre que mira el monótono, quijotesco paisaje manchego bajo una luz casi de invierno. Conocemos su nombre, don Francisco, su edad, veintinueve años, y que lleva dos en la parroquia de Navas de San Juan tras aprobar unas oposiciones. Antes ha estudiado en Roma y enseñado en el Seminario Diocesano de Jaén. Poco más, casi nada en total, apenas el esqueleto de una vida. Mientras camina por las calles de Toledo en busca de su alojamiento y mira con ironía – por inaccesible– el hotel Castilla, de cinco estrellas, se cruza con azacanes que llevan en sus burros cántaros de agua del Tajo, con niños harapientos y sucios, con un mendigo camino de una iglesia donde pedir, y piensa en el atraso de España. Llega por fin don Francisco a la posada de la Sangre, donde se decía que Cervantes escribió La Ilustre Fregona.
        
         Ha soltado don Francisco la maleta en el suelo de su habitación y ha mirado alrededor. Por esos años Azorín ha descrito así los cuartos de las posadas castellanas: "En los cuartos de las posadas hay unas camas chiquititas y abultadas; las cubre un alfamar rameado; en las maderas de las puertas se ven agujeros tapados con papel, y las fallebas y armellas se mueven a una parte y a otra y cierran y encajan mal. Se percibe un olor de moho penetrante". Sobre una mesa deja sus libros escolásticos y no puede evitar repasarlos una vez más. El martes 14 don Francisco va a intervenir poniendo argumento en las oposiciones para la canonjía vacante en la Santa Iglesia Catedral Primada. Los concurrentes son de peso, sobre todo D. Rafael Martínez Vega, doctor como él y canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Guadix, o el también doctor y canónigo de Ciudad Real Don Evaristo Quirós. Don Francisco, tras pasar de nuevo por el patio de la posada, sale a la calle.
         Toledo es una ciudad de callejuelas y rejas, y desde hace poco famosa por haber en ella vivido y pintado el Greco. Don Francisco está cansado del viaje, es domingo por la noche y hay animación en la plaza de Zocodover. Entra en el Café El Español y se sienta en una de sus mesas. Levanta la cabeza y contempla con una sonrisa las pinturas de José Vera en el techo. El café fue abierto con gran pompa hace unos años "aunando el lujo con el buen gusto, así como la excelente calidad en los géneros, lo selecto en el servicio y la economía en los precios", según rezaba la nota de El día de Toledo en el momento de su inauguración. Hay un periódico atrasado de El castellano sobre la mesa. Mira su fecha: día 6 de noviembre. En la sección de noticias aparece lo siguiente:
        

NOTICIAS
                                                                      
Opositores
           
En las oposiciones que tendrán lugar en bre-
ve á la canonjía vacante en la Santa Iglesia Ca-
tedral Primada, por defunción del muy ilustre
señor D. Cándido García de los Huertos, tomarán
parte, según nuestros informes, los siguientes
señores:
Doctor D. Francisco del Moral, párroco de la
diócesis de Jaén.
Muy ilustre señor doctor D. Rafael Martínez
Vega, canónigo de la Santa Iglesia Catedral de
Guadix.
Doctor don Lorenzo Arpa de la Fuente, párro-
co de Ciruelos, de esta archidiócesis.
Licenciado D. Tomás Gil Martín, profesor de
Teología Dogmática del Seminario de Calahorra.
Doctor D. Fernando Peña Vicente, profesor
de Teología Dogmática del Seminario de Sala-
manca.
Licenciado D. Isidro Soto Fernández, profe-
sor de Teología Dogmática del Seminario de
Astorga.
Doctor D. José María Bares Carreras, profesor
de Teología Dogmática del Seminario de As-
torga.
Muy ilustre señor doctor D. Evaristo Quirós,
canónigo de Ciudad Real.

         Un tal José Calvo Sotelo firma un artículo titulado "Marasmo", donde habla de lo secularizador que es el cine. Don Francisco, dejando su memoria y su pensamiento vagar en las alas del cansancio, recuerda un suceso acaecido hace unos años, en 1912: un cine se incendia en Villarreal, provocando 62 muertos. Puigvert filma el paso de la caravana de féretros. Una muerte en el cine inspira al propio cine, ningún arte se va a alimentar como éste de sí mismo. Todo lo humano empieza a convertirse en espectáculo. En la guerra europea, los disparos de los cañones tienen lugar al tiempo que los de las cámaras.

         En la capilla del Palacio Arzobispal, a las diez, da comienzo la disertación del licenciado don Isidro Soto Fernández. El tribunal está presidido por el cardenal Guisasola, y lo forman, además de él, otras cuatro personas. Justo cuando don Isidro termina su intervención, el cardenal Guisasola mira su reloj y se ausenta. Todos saben por qué. Tiene que recibir a la reina Victoria Eugenia de Battenberg y a su prima Alicia de Teck, y acompañarlas en su visita a la catedral. No asiste, pues, a los argumentos de los doctores don Rafael Martínez Vega y don Francisco del Moral Almagro. Éste ha estado algo nervioso,  y no ha tenido tiempo de pensar en la reina. Pero ahora, satisfecho, al salir a la fría mañana de noviembre, ve el revuelo que hay en la puerta de la catedral, siente curiosidad y se acerca junto con los otros dos opositores.  Una mujer dice aquella es la duquesa de San Carlos, a lo que otra añade y esos de ahí son los marqueses de la Vega Inclán. Pero los ojos del prior se han dirigido directamente a la figura de la reina, que en ese momento habla con su prima Alicia y el cardenal Guisasola. Son las doce y media.

         Le llama la atención la elegancia de doña Victoria Eugenia y sobre todo su gesto frío, distante, inglés. Separándose sin darse cuenta de los otros dos, el prior se acerca como hipnotizado por ese belleza glacial que parece esculpir los rasgos regios. Ella cambia de postura para atender al marqués de la Vega Inclán, organizador de la excursión, quien le dice que se ha hecho tarde y que irán derechos al hotel Castilla a almorzar. En ese momento las miradas de la reina y del prior se cruzan, los ojos azules de Victoria Eugenia reparan en el rostro asombrado y escudriñador de don Francisco. Dos mundos alejadísimos entre sí, dos vidas que nada tienen que ver, han coincidido y se miran atentas. Ella se siente algo turbada, y él percibe ese azoramiento. En algún lugar el hielo se ha derretido y el prior ha pasado dentro, a una estancia más cálida donde coexiste el recuerdo de las postales que cada semana le enviaba Alfonso XIII con la traición conyugal de éste. Todavía no están del todo fríos los "mil y mil besos de tu Ena" con que ella se despedía del rey antes de esa boda en la que estuvo a punto de morir por la locura de un anarquista. Las infidelidades del rey duelen más cuando piensa en el sacrificio mayor que tuvo que hacer por él: renunciar a su religión anglicana y abrazar la católica, la de este cura que ahora la mira horadando su porte rígido, natural en ella – educada al cabo en la corte de la reina Victoria– pero ahora acentuado para ocultar el dolor. Él también ha sufrido la injusticia humana, y sus ojos han adquirido ahora, habitando esa estancia interior soñadora y dolorida, un matiz de comprensión y de consuelo. Son las doce y media de la mañana del 14 de noviembre de 1916, martes, delante de la Puerta del Perdón de la catedral de Toledo, y se está produciendo un milagro cotidiano: dos biografías separadas en su origen, en su carácter y en su destino están por un momento juntas, y en el encuentro hay compasión y voluntad de esperanza.Porque las dos biografías están a medio hacer, a los dos les queda toda una vida por delante, una vida en la que no volverán, nunca, a encontrarse, pero en la que tampoco olvidarán, nunca, esa mirada sostenida que los mantuvo, a ellos tan alejados entre sí, juntos durante un segundo.

Capilla del Palacio Arzobispal, donde tuvieron lugar las oposiciones, en una fotografía anterior a 1904      

La reina Victoria Eugenia de Battenberg
Nota. Este cuento, por serlo, es ficción, pero tiene elementos documentados. El curioso puede consultar las oposiciones mencionadas, en las que en efecto participó nuestro prior, así como la visita de la reina a Toledo el mismo día en que don Francisco intervenía en ellas por primera vez,  en el periódico El castellano de Toledo, accesible en internet:
El castellano
Juan Fernando Valenzuela Magaña