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miércoles, 18 de junio de 2025

El jugo de una anécdota

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de junio de 2025.


EL JUGO DE UNA ANÉCDOTA

         Ocurrió en el estreno de la primera obra de teatro del dramaturgo Bernstein. La actriz principal estaba charlando con un amigo en el escenario antes de comenzar la función cuando, por un descuido del operario, se levantó el telón sin que nadie lo hubiera ordenado. La actriz se quedó confundida, pero el amigo supo salir del paso actuando como si fuera un personaje de la comedia. “Adiós, señora. Volveré el miércoles para llevarme el reloj”, dijo, y salió de escena, con lo que dio unos segundos para que la actriz se repusiese y comenzara la verdadera obra. El público no notó nada, pero un crítico dijo en su crónica al día siguiente: “No comprendo por qué al principio del drama aparece un hombre que dice va a llevarse un reloj. En toda la obra no vuelve a aparecer, ni se habla en ella del reloj. ¿Cuándo comprenderán los autores que hay papeles inútiles?” Cuando el crítico volvió a ver la obra, el hombre del reloj no apareció por ninguna parte. Así que escribió satisfecho: “Bernstein ha tenido en cuenta mi observación, y ha suprimido el personaje inútil que iba a llevarse un reloj”.

Las anécdotas, como los chistes, hacen guiños sugerentes que solo recogen los que se sienten concernidos por ellas. Unos elegirían unas, otros otras. Si esta, leída en la prensa de hace un siglo, me ha llamado a mí la atención quizá sea por algunos elementos que contienen y a los que soy afín. En primer lugar, el teatro. No me refiero tanto al teatro como género literario, sino al hecho de que exista un espacio de ficción delimitado en el que personas como nosotros están representando, durante un corto tiempo, un papel en una historia. Y a la idea, tan barroca, del mundo como teatro. Pitágoras comparó la vida humana con un festival (nada cuesta trasponerlo al teatro), en el que unos compiten, otros compran y venden en las gradas, y otros contemplan el espectáculo. Los actores solo pueden actuar a cambio de no ver el todo, que requiere la distancia del espectador, que a su vez renuncia a la acción. Esos talantes que miran el mundo en vez de participar en él, a fuerza de mirar, acaban viéndose desde fuera si alguna vez están en situación de actuar. Les cuesta tanto ser espontáneos. Su desdoblamiento llega a darse aun cuando están siendo espectadores, se miran a sí mismos cómo miran a los demás. Me acuerdo también de esa anécdota inventada por Kierkegaard, en la que un payaso anuncia que el teatro está ardiendo y el público ríe y ríe, creyendo que se trata de una gracia. Así, dice el filósofo danés, perecerá el mundo. Hace tiempo que le doy vueltas a la relación entre el teatro y la narrativa policiaca, donde no es raro encontrar funciones teatrales en el núcleo de la trama.

Otro elemento en la anécdota de Bernstein que hace que me interpele es la improvisación del amigo de la actriz. Mientras ella se queda momentáneamente bloqueada, él sale gallardamente del paso. Los adscritos a l´esprit de l´escalier, es decir, los que encontramos una respuesta ingeniosa cuando ya es tarde para emitirla, admiramos por contraste ese ingenio pronto a la réplica.

         Pero hay más. El objeto que ese amigo nombra en su avispada salida no es un objeto cualquiera. Es un reloj. Un objeto cotidiano que mide algo tan tremendo como el tiempo. Uno lo asocia a las vanitas barrocas donde está tan presente, o a las leyendas famosas en ellos, como Tempus fugit o Vulnerant omnes, ultima necat (Todas hieren, la última mata, referido a las horas).

         Todavía hay un último aspecto que me hace interesante la anécdota. Se trata del error en el que incurre el crítico al interpretar como una debilidad de la obra lo que es una improvisación apresurada y al pensar que el autor ha tenido en cuenta su apunte. El crítico saca una satisfacción verdadera de una mala interpretación de las cosas. Como si alguien se enamorara de un interlocutor por internet que mintiera en cuanto a su edad y su aspecto y su trabajo. Me llama la atención que algo irreal produzca un sentimiento real. ¿Qué ocurre en esos casos?

         Juan Fernando Valenzuela Magaña




lunes, 11 de noviembre de 2019

El ingenio de la escalera



Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de noviembre de 2019.
   
EL INGENIO DE LA ESCALERA

Quizá por esa tendencia que tenemos a admirar aquello de que carecemos, a mí me deslumbra la capacidad de improvisación que algunas personas muestran al conversar. Su réplica resulta siempre rápida y oportuna, sus anécdotas siempre están bien traídas, sus citas tienen una impecable pertinencia. Por mucho tiempo que uno tuviera para pensar, no encontraría una intervención mejor. Distingue Montaigne en sus Ensayos entre dos cualidades distintas del don de la elocuencia, aquella de quienes tienen “la facilidad y la prontitud” y la de quienes, “más tardíos, jamás dicen nada que no hayan elaborado y premeditado”. Es a la primera a la que aquí me refiero. Se cuenta que un periodista provocó en Roma a Borges preguntándole si en Argentina todavía había caníbales. El escritor contestó: “Ya no, nos los comimos a todos”. Un joven muy feo que se paseaba en un jardín público oyó decir: “Míralo que parece un Esopo”, a lo que respondió: “Y tiene razón, pues que hago hablar a las bestias”. Dos alemanes conversaban en una taberna sobre el “año platónico”, cuando todo volvería a su antiguo estado, y dijeron al tabernero que tras dieciséis mil años estarían de nuevo bebiendo en ese mismo día, y que les fiara el vino hasta entonces; el tabernero respondió: “De acuerdo, pero como hace exactamente dieciséis mil años que estabais bebiendo aquí y os fuisteis sin pagar, pagadme lo atrasado y os fiaré lo que ahora estáis bebiendo”. Cuando el médico le preguntó a Fontenelle qué sentía, el longevo académico contestó: “Una cierta dificultad de ser”. En este último caso, nos hallamos ante un género de la improvisación: el de las últimas palabras. Y es que, aunque parezca lo contrario, el final de la vida puede favorecer la bella y ajustada frase. Pero este género requiere y merece un artículo aparte. Quedémonos en la facilidad espontánea para la expresión aguda que se produce en un debate, en una conversación o en una tertulia ligera y divertida.
Tal virtud era muy apreciada en los salones parisinos, una institución que tiene sus orígenes en el siglo XVII con el de madame de Rambouillet, y de la que todavía hace un siglo quedaban los ejemplos que inspiraron los salones que aparecen en la obra de Marcel Proust. En ellos la conversación ha de ser ingeniosa, chispeante, rápida, de transiciones veloces. Se pasa con celeridad de un tema a otro, se pregunta y se responde sin solución de continuidad. Como decía un cronista, «cada frase recuerda un golpe de remos, leve y a la vez profundo». Tal vez por ello fue precisamente en el auge de ese mundo de los salones cuando Diderot, en su Paradoja del comediante, acuñó una expresión que define perfectamente cómo nos sentimos aquellos que, no teniendo esa facultad de una respuesta a un tiempo ingeniosa y célere, somos capaces no obstante de hallarla, aunque cuando ya es demasiado tarde y resulta, por tanto, inútil. Diderot habló de “l´esprit de l´escalier”, algo así como “el ingenio de la escalera”, para referirse a este fenómeno. La escalera que se nombra es la de la tribuna, pues es ahí, bajándola, donde se nos ocurre la respuesta ingeniosa que ya no podremos proferir. Quien se ha encontrado en esa situación, conocerá la sensación, mezcla de frustración y de orgullo, que lleva consigo. Es como tener un dinero que no se puede gastar. El escritor Vila-Matas persiguió a un tipo para recrear con él una situación ya vivida y así tener la oportunidad de replicarle a unas palabras que en su momento lo dejaron “mudo y humillado”. Por mi parte, tengo la impresión de haber escrito más de una historia para resarcirme de algún momento en el que no encontré las palabras adecuadas, que sin embargo descubrí brillantes, perfectas, cuando todo había pasado y ya eran inservibles.  En la ficción mi respuesta lucía a su debido tiempo. Así que cuando Valéry dice que la literatura es la venganza de l´esprit de l´escalier, entiendo perfectamente a qué se refiere.
Juan Fernando Valenzuela Magaña