viernes, 29 de mayo de 2026

Modestia aparte

  Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 28 de mayo de 2026.


MODESTIA APARTE

 

            En la bolsa de valores éticos hay, como en la de los económicos, sus fluctuaciones. Virtudes que fueron muy consideradas durante una época son arrumbadas en el desván de los trastos viejos en la siguiente. Yo tengo la impresión de que en los últimos tiempos la modestia cotiza a la baja. Es verdad que es esta una virtud muy enrevesada y que podemos confundir con sentimientos como la vergüenza o el pudor. Por eso conviene despejar un poco el terreno para ver qué es (o que propongo que entendamos por) la modestia. Más que como “no creerse de importancia o valor” podemos definirla como “no manifestar que se tiene mucha importancia o valor”. Es una virtud social, diría yo, que se juega en las relaciones con los demás, aunque también tenga un punto íntimo, de relación de uno consigo mismo, de valoración personal de lo que uno es o hace (como si nos dijéramos: al fin y al cabo, no es para tanto).

            Es posible que una de las causas de la pérdida de valor de la modestia estribe en que en nuestra sociedad del espectáculo es requerida la exposición para dar algo a conocer. El premio Nobel de Física Peter Higgs (el del bosón) dijo que en este tiempo es probable que no lo consideraran académicamente valioso debido a que no entraría en el juego de la autopromoción, de la hiperpublicación y de la abundancia de citas y autocitas. Tal atención a que atiendan a uno resta el tiempo y la calma precisos para trabajar.  “El buen paño en el arca se vende” es ya un refrán para tiempos pasados, en los que los estudiosos salían al encuentro de los hallazgos, los aficionados al arte al de los cuadros y los lectores al de los libros. Hoy eso se ha invertido. El creador, sea científico o artista, ha de salir al encuentro de su público. Me pregunto qué parte de su tiempo y de su energía invierte en promocionar su obra. Como siempre que se confunden medios y fines, los primeros acaban a veces por ocupar el lugar de los segundos, que pasan a ser una mera excusa. La promoción de la obra adquiere más valor que la obra misma, y esta parece ser la ocasión de aquella. Es el mismo mecanismo que impera en las fotos (publicadas, claro, si no para qué hacerlas) con las que se da testimonio de que se ha estado en un sitio exótico o se ha comido algo fuera de lo normal. El resultado es un alejamiento de la experiencia y su sustitución por algo que es su simulacro.

            Esta situación da lugar a que la modestia, que tiende a ocultar el talento, acabe por sepultarlo, y su opuesto, el descaro, termine aflorando por doquier. El filósofo del siglo XVIII David Hume ideó una alegoría para intentar explicar ambas actitudes. En ella la Desconfianza, que empieza unida al Vicio y la Locura, acaba dulcificándose en compañía de la Virtud y la Sabiduría y se convierte en Modestia. La Confianza, por su parte, empieza unida a la Virtud y la Sabiduría, pero termina con el Vicio y la Locura, degenerando en Descaro. Si ponemos en relación esta lúdica y lúcida alegoría con el análisis que hace Aristóteles de la magnanimidad como la virtud que tiene el hombre que, siendo digno de grandes cosas, se considera merecedor de ellas, podemos ver que esa sería la Confianza de Hume. El Descaro correspondería a la vanidad aristotélica (que consiste en juzgarse digno de grandes cosas siendo indigno). Y la Desconfianza a la pusilanimidad, juzgarse digno de menos de lo que se merece. Y lo que habría ocurrido, a mi modo de ver, es una especie de traslación en la tríada aristotélica. La magnanimidad ha degenerado en vanidad (la Confianza humeana en Descaro) y la pusilanimidad (la Desconfianza humeana) ha mejorado, no para llegar a ser magnanimidad, pero sí algo más cercano a ella y, por supuesto, ya no vicioso sino virtuoso: la modestia. Por qué es así como ve las cosas un filósofo de una época basada precisamente en el yo nos llevaría muy lejos. Quedémonos con esa sospecha y ese riesgo de que se esté normalizando el golpe autoafirmativo de pecho y de que no se pueda ser nada ya sin él.

 

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

             

 


 

martes, 5 de mayo de 2026

El erizo

 Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 30 de abril de 2026.


EL ERIZO


           He hablado en estas páginas de las asociaciones mentales que ciertos animales (el perro, el gato, el cisne, el loro…) me provocan. Hoy quiero traer al erizo. Hay un verso de Arquíloco que dice así: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”. ¿Cómo interpretar este verso? Quizá lo que quiso expresar el poeta griego es que por mucha astucia y medios de que disponga el artero zorro, no puede doblegar al erizo que, con su único recurso, consigue defenderse con solvencia. El historiador de las ideas Isaiah Berlin utiliza esta contraposición para hablar de escritores y pensadores que, o bien van tras múltiples objetivos, actuando a diferentes niveles y sacando el jugo de “gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos” (los zorros) o bien tienen una visión central única, un sistema en el que integrar lo particular (los erizos). Él mismo reconoce que se trata de una clasificación simplificadora, pero no inútil. Esta distinción se toca con otras como la del práctico y el teórico, o la del empírico y el racionalista, o la del ilustrado y el romántico.

            Thomas Mann comienza su texto sobre Schopenhauer señalando el carácter estético que tiene un buen sistema metafísico, destilado, digamos, por un erizo. Pero el propio Schopenhauer hablaría también de este animal, según mi memoria evoca. Una parábola suya cuenta lo siguiente. Unos erizos sienten frío y se acercan unos a otros, pero cuanto más cerca están, más dolor les producen las púas vecinas. Al alejarse, vuelven a sentir frío, con lo que a la postre han de ajustar la distancia para conseguir la más soportable. Schopenhauer quiere ejemplificar así, con su acostumbrado optimismo, las relaciones humanas: “Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros”. Para este filósofo alemán, la distancia adecuada es la cortesía y las buenas costumbres. “Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas”. Eso sí, quien tenga calor propio haría bien en mantenerse alejado de la sociedad para no causar o recibir ninguna molestia. No está muy claro si la parábola apunta exclusivamente al mundo social o si se refiere también a las relaciones personales. Son dos dimensiones completamente diferentes y, si pensamos en la amistad o el amor, la distancia cortés es muy cuestionable, incluso si hablamos de espinas: “En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día; / ya no siento el corazón”, cantaba Machado. En cualquier caso, puede que esta parábola diga más de Schopenhauer o de quien la traiga a colación que de las relaciones humanas en sí. También nos sirve para darnos cuenta de cómo se confunden a veces las cosas. A mí me gusta, cuando escucho o leo este tipo de referencias repetidas, acudir a la fuente original. En este caso se trata del libro Parerga y Paralipomena, que le supondría al filósofo la fama que hasta entonces le había rehuido. Lo publicó a duras penas, pues el editor de El mundo como voluntad y representación (la obra hoy más famosa de Schopenhauer), escarmentado por el fracaso de las dos ediciones que había hecho de esa obra, rechazó el único manuscrito que le habría proporcionado una ganancia económica. Pues bien, si vamos al texto de la parábola resulta que Schopenhauer no habla propiamente de erizos, sino de… puercoespines. ¿En qué momento se produjo el cambiazo?

            Dejo de nuevo la mente vagar y me aparece un tercer erizo, el medieval. Es este un erizo previsor. En el momento de la cosecha, se sube a una vid, sacude las uvas para que caigan y luego rueda clavando sus espinas en ellas para transportarlas hasta su madriguera con el fin de alimentar a sus crías. Para protegerlas, cuando sopla el viento del norte o del sur bloquea el agujero correspondiente de su madriguera.

            Y hasta aquí las evocaciones de este punzante animal.