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viernes, 9 de enero de 2026

De nuevo el principio


Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 8 de enero de 2026.


                                               DE NUEVO EL PRINCIPIO 

Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué.

                En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”), supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”), el de La Regenta de Clarín (“La heroica ciudad dormía la siesta”) o, en nuestros días, el de Corazón tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

                En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del poema titulado El crimen, de José Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio de El doble, de Dostoyevski: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En El castillo, sin embargo, y volvemos a Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche cuando K. llegó”, y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse (aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese pueblo). Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la póstuma publicación de este libro.

                Es curioso que también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea de que ya era hora de dormirse. Como en El castillo, hay un dormir y un pronto despertar.

                La voz que cuenta en la Divina Comedia de Dante, ese monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida/ me hallé en el medio de una selva oscura/ después de dar mi senda por perdida.” Luego encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el Purgatorio.

                Por supuesto, podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios literarios que mi mente ha asociado libremente sirvan de felicitación a los lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña





lunes, 16 de octubre de 2023

El despertar

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de octubre de 2023.


EL DESPERTAR

         El momento del despertar es especialmente delicado. Abandonamos un mundo incoherente, extraño, flexible y personal y regresamos a uno de rígidas reglas, consistente y común. “Para los que están despiertos, el orden del mundo es uno y común, mientras que cada uno de los que duermen se vuelve hacia uno propio”, dice un aforismo de Heráclito. Es lo que un amigo mío no tenía en cuenta cuando de niño creía que si había soñado con otro niño, ambos habían compartido el mismo sueño, y lo miraba con complicidad en la escuela. He observado que hay gente que salta con júbilo y ánimo del primer al segundo mundo (aunque sea muy temprano) y otra a la que le cuesta incorporarse de nuevo a la vida, que siente que tiene que subir un escalón cada mañana antes de andar por el piso de la vigilia. Esto último puede deberse a distintos motivos. Borges apuntaba uno, la maravilla que supone el ámbito onírico: “Si el sueño fuera (como dicen) una / tregua, un puro reposo de la mente, / ¿por qué, si te despiertan bruscamente, / sientes que te han robado una fortuna? / ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora / nos despoja de un don inconcebible,”.

         He dicho que el despertar supone un tránsito de una dimensión incoherente a otra férreamente reglada, pero solo era una primera aproximación. El sueño parece tener sus propias reglas, y la vigilia no nos resulta a veces tan firme y segura, como muestra Kafka en dos de sus obras más famosas, La metamorfosis y El proceso. Ambas comienzan con un despertar. En La metamorfosis, ahora llamada La transformación, las primeras palabras son: “Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”. Aunque los lectores han llegado a pensar en ese bicho como una langosta o un ciempiés, parece claro que se trata de un escarabajo. Menos expresionista, pero no menos inquietante, es el conjunto de peripecias que acaecen a Joseph K. en El proceso y que arrancan con otro despertar: “Alguien debía de haber calumniado a Joseph K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”. El protagonista recibe la inesperada visita de dos hombres cuando aún se encuentra en la cama. El lúcido praguense parece haber escogido justamente ese momento de paso, ese entre, para romper la continuidad con el mundo cotidiano en el que tanto Samsa como Joseph K. se habían acostado confiados la noche anterior. Subyace la idea de que el despertar es un momento peligroso y que, si uno consigue mantener en él su posición en el mundo, el resto de la jornada se desarrollará con tranquilidad.

         La misma indefinición de este momento se subraya en el comienzo de la novela El doble, de Dostoyevski, cuya atmósfera no está lejos de las que hemos comentado: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par. Durante unos instantes, sin embargo, permaneció inmóvil en la cama como si no estuviese aún seguro de estar despierto o de seguir durmiendo, de si lo que acontecía en torno suyo era, en efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de sus alborotados sueños”.

         Si me dejo llevar por las sugerencias de cuanto hemos dicho, viene a mi memoria un poema de Valente que también comienza con un inquietante despertar: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”.

         No es esta atmósfera la que percibimos en Proust, quien elige para el arranque de su inmensa obra En busca del tiempo perdido el momento opuesto, el momento en que uno se dispone a abandonar un día de un mundo compartido e ingresar en el privado de los sueños. Así principia su novela: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo””.

         JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

        

        


         

lunes, 26 de septiembre de 2022

El fracaso del éxito

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 26 de septiembre de 2022. 


EL FRACASO DEL ÉXITO


         Como no hay luz sin sombra, los premios Nobel originaron la suya en el año 1991. Desde entonces se vienen otorgando los Ig Nobel, una suerte de parodia de los primeros, que premian aquellas investigaciones, publicadas en revistas de prestigio, que “primero hacen reír a la gente, y luego la hacen pensar”. En 2018, por ejemplo, el galardón de Medicina fue para un equipo estadounidense que probó que una montaña rusa que hay en Disney World en Orlando es efectiva para eliminar cálculos renales, obteniendo mejores resultados si se iba en la parte trasera. El de Antropología recayó entonces en un estudio que demostraba que en los zoológicos los chimpancés imitan a los humanos con tanta frecuencia como los humanos los imitan a ellos. Los galardonados de este año ya se han dado a conocer, y, si bien todos son chocantes, voy a seleccionar dos de ellos.

         El premio de Literatura ha sido para un estudio que demuestra que lo que hace ilegibles los textos jurídicos no es el uso de conceptos técnicos, sino lo mal escritos que están. Tras analizar 10 millones de palabras usadas en contratos, los investigadores descubrieron que contienen “proporciones sorprendentemente altas de ciertas características [lingüísticas] difíciles de procesar”. Conclusión que no sorprenderá al lector.

         El Ig Nobel de Economía ha sido para un equipo que ha tocado un asunto polémico: el mérito y el éxito. La pregunta que subyace a esta investigación es clásica: ¿triunfan los mejores? Dicho de otro modo: ¿es el éxito justo? El refranero avala esta postura: El buen paño en el arca se vende. Algunos consejos secundan esta idea: trabaja, y al final serás recompensado; tarde o temprano, se reconocerá tu talento y tu esfuerzo. ¿Es esto así? ¿O más bien ocurre lo contrario? Lo que triunfa, se dice de hecho, es lo barato, lo fácil, lo burdo, hasta lo zafio. Quien llega a lo más alto es quien menos escrúpulos tiene y toda la energía que gasta en maquinar su ascenso es la que no dedica a su formación y trabajo. El estudio no llega tan lejos. Lo que dice es que la suerte interviene más de lo que pensamos: “Nuestro modelo muestra que, si es cierto que se necesita cierto grado de talento para tener éxito en la vida, casi nunca las personas más talentosas alcanzan las cimas más altas, siendo superadas por individuos medianamente talentosos, pero sensiblemente más afortunados”. Creemos otorgar “honores y recompensas” a los más competentes, dando lugar a una “meritocracia ingenua”. La deformación profesional hace que al leer “honores y recompensas” venga a mi memoria el momento en que Platón se pregunta qué pensaría el prisionero liberado de la caverna al recordar a sus antiguos compañeros de cautiverio: “Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas” para los expertos en sombras, ¿los desearía? Porque esa es la cuestión si hablamos de éxito y fracaso. Puede que Proust sea menos leído que un plano best seller, pero eso no significa que tenga menos éxito literario, si, en vez de entender por tal el dinero o el número de lectores, entendemos el logro de lo que se proponía (su proyecto era tan claro como arduo), o el reconocimiento por parte de los que contaban para él. La pregunta se torna más seria si lo que planteamos es si han quedado otros Proust en el olvido. Que Kafka acabara imponiendo su genialidad (aunque, pese a lo que se piensa, no fue tan ignorado en su tiempo) no es un argumento a favor del refrán del paño en el arca, porque solo podemos contar con lo conocido. De lo desconocido, por definición, nada sabemos. Habría que demostrar que escritores de esa talla no fueron preteridos, y eso nos llevaría a preguntarnos si parte de la grandeza de una obra es lo que los lectores y otros escritores han hecho de ella, su influencia, con lo que nos adentraríamos en los laberintos teóricos de la literatura que recorre Compagnon en El demonio de la teoría, lo que, no teman, no vamos a hacer porque este artículo ya se acaba.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

  


 

 

martes, 17 de septiembre de 2019

Las primeras veces o Proust bajando una escalera

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de septiembre de 2019.

LAS PRIMERAS VECES O PROUST BAJANDO UNA ESCALERA
           
Del mismo modo que terminamos por no percibir un olor instantes después de estar en relación con su fuente, necesitamos poco tiempo para adaptarnos a una novedad y que esta, dejando de serlo, parezca que siempre ha estado con nosotros. La cara positiva de este fenómeno, en el que lo extraño deviene familiar, es que nos permite seguir buscando otras novedades. Es desde  la barca de la costumbre desde donde lanzamos la caña hacia las sorpresas… que un día formarán a su vez parte de la embarcación. El envés es que se vuelve rutinario lo que nos rodea, de modo que terminamos por dejar de percibirlo. El mundo se vuelve pétreo con demasiada facilidad, y es necesario el zarandeo de un acontecimiento imprevisto y rotundo (el amor, la muerte) para que se licúe y volvamos a sentir el misterio de la existencia. De ahí que el novelista Milan Kundera insista en la conveniencia de prestar oído a la aparición de ciertos fenómenos humanos que hoy nos resultan normales. Pensemos qué sintieron los primeros habitantes de ciudades como París o Londres en el momento en que empezaron a ser el lugar de la multitud, en el siglo XIX. O la impresión de los hombres que veían sus rostros fielmente reproducidos en un daguerrotipo o escuchaban sus voces en el fonógrafo de Edison. O la extrañeza de quienes comprendieron que los ruidos de motos y coches constituirían la banda sonora de nuestras calles.
Hay unas páginas en En busca del tiempo perdido, de Proust, donde puede verse el asombro del autor hacia el invento del teléfono. Las telefonistas son tratadas en términos mitológicos (los mitos, explicaciones del origen de las cosas) y la lejanía del cuerpo del interlocutor le hace pensar en la muerte. El propio Proust usó un invento relacionado, el teatrófono, mediante el cual escuchó sin salir de casa óperas de Wagner y de Debussy. Todo eso, cuyas perfeccionadas derivaciones utilizamos hoy sin reparar en ellas, era nuevo entonces. También la grabación de imágenes. Precisamente, un investigador canadiense ha encontrado unas filmadas en 1904 en la boda de la hija de la condesa Greffulhe (quien inspiró un famoso personaje proustiano), donde se ve, bajando las escaleras de la ceremonia, una figura que bien podría ser la del escritor francés. Las imágenes están a disposición de cualquiera en internet. La mezcla de asombro, gozo y profundidad al verlas está reservada a quienes conocen la obra del novelista y lo observan entre la gente que diseccionará en ella. Las reflexiones, las sugerencias, los matices, el mundo que de esos segundos de filmación puede surgir solo está al alcance de una pluma como la del propio Proust.
También sobre la costumbre, de la que hemos empezado hablando, tiene Proust unas memorables líneas donde habla de sus “analgésicos efectos”. En el transcurso de nuestras vidas hemos asistido a un cambio que tal vez no tenga precedentes. Entre los lectores de este artículo, unos vivieron una infancia sin televisión, otros una adolescencia sin internet, pero, pese a haber tenido la experiencia de la transformación del mundo, nuestra capacidad de absorber la novedad es tal que tratamos esas cosas con la familiaridad destinada a lo que siempre ha estado con nosotros.
Del mismo modo, los profesores nos hemos acostumbrado a dar clase. Septiembre, sin embargo, es el mes del recomienzo en el que nos es dado volver a la fuente y vivir por primera vez lo que ya hemos vivido muchas veces.

Juan Fernando Valenzuela Magaña