Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2020

Irrealidad

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 25 de mayo de 2020.



IRREALIDAD

            La situación que vivimos ha sido calificada de irreal, de pesadilla, de distópica. Una novela de 2005 que imaginaba una situación de confinamiento con calles desérticas, fue rechazada por las editoriales, alegando que era “extremadamente exagerada”, “un escenario distópico e irreal”. Puede que en estas situaciones anormales se dispare con más profusión esa sensación de estar ante una ilusión que, me parece, constituye un rasgo de la vida humana. El ver la vida como un sueño o el mundo como un teatro fue algo característico del barroco, y tal vez lo sea de toda época de crisis. De hecho, desde Matrix hasta El show de Truman, son muchas las películas que desde hace ya muchos años retoman ese tópico, apuntando a un desequilibrio en la intimidad de nuestro tiempo. Pero, como digo, si determinados periodos aumentan la probabilidad de que sintamos la vida como un sueño, el mundo como un teatro, no se trata de una experiencia cicunscrita a ellos. Recuerdo una mañana estival en Ferrara, en un espacio abierto por donde transitaban paseantes solitarios y corrientes ciudadanos en bicicleta. Tuve la aguda sensación de encontrarme en un cuadro de Giorgio de Chirico, que es un modo de verse en un sueño o en una escena teatral. Por su parte, la relación entre ambas cosas, el sueño y el teatro, es otro lugar común que podemos leer en Góngora (El sueño, autor de representaciones, / en su teatro sobre el viento armado,/ sombras suele vestir de bulto bello) o en Addison (El alma, cuando sueña, es teatro, actores y auditorio).
            Quienes somos aficionados a transitar la confusa línea que separa la realidad de la ficción (que somos los mismos aficionados a darles vueltas al asunto de la realidad en un sentido amplio) disfrutamos con los juegos que la exploran. La metaficción, por ejemplo, que tanto éxito ha tenido en los últimos decenios pero que hace más de un siglo que Unamuno la inventara con su nivola Niebla. O esas historias de detectives en las que aparece una obra de teatro. Sería interesante hacer una recopilación de las mejores (recuerdo algunas del padre Brown de Chesterton), en las que se juega siempre con la ambigüedad de lo que se recita o hace en el escenario, que no sabemos si pertenece al guion de la obra representada o a la “realidad” de lo que ocurre en la trama de la historia.
            También hemos tenido que reparar, inevitablemente, en una categoría de libros que narran experiencias reales. En ellos, como en la vida de cada uno, que también tiene un ingrediente narrativo, se trata de contarnos y contar a los demás nuestra propia vida. Sería absurdo decir que nos hallamos ante un libro de ficción alegando que toda interpretación de lo ocurrido, por cuanto supone de selección y de acentuación, lo es, arguyendo que no todos vemos lo mismo ante las mismas cosas y que por tanto lo que decimos que pasó es una ilusoria construcción que, se añade, responde a unos intereses inconscientes y probablemente egoístas. He leído últimamente algunos libros pertenecientes a esa literatura no literaria, o no ficticia, y basta hacerlo para darse cuenta de que cuando alguien cuenta sinceramente una experiencia brutal el lector se enfrenta a otro género, si es que cabe denominarlo así. Enfrentémonos a Si esto es un hombre, de Primo Levi, donde este químico cuenta su estancia en Monowice, uno de los campos de concentración del complejo de Auschwitz. O a Reportaje al pie de la horca, un libro compuesto con las hojas que la mujer de Fucik consiguió reunir acabada la Segunda Guerra Mundial y que su marido había conseguido escribir y hacer llegar al exterior gracias a un guardián de la cárcel de Praga donde se encontraba prisionero de los nazis. O tomemos El colgajo, en que Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo en París en enero de 2015, narra su terrible experiencia. Son libros más allá o más acá de la literatura, pero de los que no están ausentes los recursos de la ficción. Exigen demorarnos en ellos en el siguiente artículo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña


martes, 23 de octubre de 2018

Realidad y ficción


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de octubre de 2018       

REALIDAD Y FICCIÓN

            Empezaré este artículo con una parábola. Se la debemos a Kierkegaard. En un teatro se declaró un incendio entre bastidores y el payaso salió al proscenio para avisar. El público pensó que era un chiste y aplaudió. Insistió el payaso y el público, a carcajadas, aplaudió más fuerte. Así piensa el filósofo danés que perecerá el mundo. Destaquemos en esta historia la confusión entre la realidad y la ficción. Fue lo que pasó en 2002, cuando miembros del ejército checheno irrumpieron en un teatro de Moscú en plena representación de un musical. Los espectadores creyeron que formaba parte de la obra. Del mismo modo, en el Burgtheater de Viena, en 2008, un actor estaba representando el suicidio de Mortimer en “María Estuardo”, de Schiller, cuando se cortó el cuello sin querer con el cuchillo. Brotó sangre real y el hombre cayó al suelo. La gente aplaudió la veracidad de la actuación. Afortunadamente, la hoja no seccionó la arteria carótida y el actor sobrevivió. Cuenta Francisco de Cossío en “Confesiones” un duelo a sable ocurrido en un teatro a las cuatro de la madrugada. Él se hallaba tras la cortina de un palco y dice que “el ambiente de aquel duelo daba a los personajes y al escenario donde se movían una teatralidad impresionante.” Si en estas historias la realidad es tomada como ficción, ocurre también lo inverso, situaciones ficticias que son confundidas con la realidad. Paradigmático a este respecto fue el episodio ocurrido en 1938, cuando Orson Welles retransmitió por la radio una adaptación de “La guerra de los mundos”. Muchos oyentes fueron presa del pánico al creer que estaban realmente siendo invadidos por extraterrestres. La familiaridad con la radio, la televisión y el cine, no parecen habernos hechos inmunes a esta confusión. El año pasado, un agente disparó en Indiana a un actor que rodaba la escena de un atraco confundiéndolo con un ladrón real.
            La sensación que uno tiene cuando asiste a estos ejemplos es la de que nos hallamos ante un asunto sobresaliente. En efecto, la pregunta por lo real, el esfuerzo por distinguir la realidad de la apariencia, lo encontramos en el núcleo del origen del pensamiento racional. Y, como las grandes cuestiones del hombre se dan la mano unas a otras, encontraremos esta de la realidad ligada a lo largo de la historia a otras como la del conocimiento o la identidad. Por eso la novela, tan interesada en la búsqueda del yo, ha explorado afanosamente este territorio, dando lugar en los últimos decenios a la llamada “autoficción”, casi un género literario, en la que el escritor del libro aparece dentro de la historia como un personaje, jugando con los límites que separan la realidad y la ficción, de modo que el lector queda atrapado en una ambigüedad fecunda, sin saber del todo si lo que está leyendo pertenece al terreno de lo acontecido o a la invención de la fantasía.
            Podría objetarse que este artículo eleva a normalidad lo que no es más que excepción; que, si no distinguiéramos habitualmente entre realidad y ficción, no destacarían tanto los ejemplos aportados; que, salvo puntuales confusiones o lamentables trastornos, la gente tiene claro cuándo se halla ante algo auténtico o ante algo ficticio. A esto podría, sin embargo, responderse que acaso la realidad no sea un mundo exterior objetivo independiente de nosotros, que quizá toda realidad esté ya seleccionada, evaluada, interpretada y, por tanto y en cierto modo, inventada. Es decir, ficcionalizada. Pero, sin llegar tan lejos, basta un vistazo a nuestro alrededor para constatar con qué facilidad proliferan los bulos por las redes sociales, cómo la gente cree en cosas manifiestamente falsas. La palabra del año 2016 fue para el Diccionario Oxford post-truth, posverdad. Desde entonces su uso no ha hecho más que crecer, indicando una situación en la que los hechos objetivos influyen menos a la hora de sostener algo que la emoción o la creencia personal. ¿No estamos, entonces, confundiendo continuamente la ficción con la realidad?
Juan Fernando Valenzuela Magaña