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miércoles, 22 de mayo de 2024

Perros (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 20 de mayo de 2024.


PERROS (II)

        Hablábamos de perros. Si dejo en libertad mi memoria poniéndole como única condición  que olfatee y busque canes de tiempos posteriores a los tratados hace un mes, el primero que me trae es Tonton, el perro de madame du Deffand. En los siglos XVII y XVIII hubo en París un puñado de salones donde, en un ambiente risueño y entretenido, la nobleza conversaba con destreza pero sin hostilidad, con galantería pero sin amor, con perspicacia pero sin grandes ambiciones intelectuales. Cualquier tema se trataba siempre que fuera con ingenio. Los salones estaban dirigidos por mujeres, cada una de las cuales imprimía un sello peculiar al suyo. Entre ellas se hallaba madame du Deffand, que vivió durante el siglo XVIII y de la que Sainte-Beuve, el famoso crítico literario francés, dijo que era “uno de nuestros clásicos por lo que hace a la lengua y al pensamiento”. Esta salonnière, que tanto temía al hastío, conoció, con sesenta y ocho años y ciega, a un ingenioso inglés al que entregó su corazón: Horace Walpole, del que hoy recordamos su obra El castillo de Otranto, precursora de la novela gótica. Debemos a él quizá las mejores cartas de madame du Deffand y el que la conozcamos mejor. La última vez que se vieron, ella le hizo prometer a Walpole que cuidaría de su perro al morir. El fiel secretario de madame du Deffand se encargó de que así fuera y, en la carta en que le cuenta al escritor inglés su enfermedad y su muerte, le dice respecto al perro: “es muy dulce, no muerde a nadie; solo era malo al lado de su ama”. En efecto, una vez la mariscala de Luxembourg le regaló a madame du Deffand los seis últimos tomos de Voltaire y una tabaquera de oro con el retrato de Tonton en la tapa. Dentro de la tabaquera había un epigrama del caballero de Bouffleurs, que asociaba al filósofo con el perro y que traducido diría así: “Vos encontráis a los dos encantadores; / nosotros a los dos mordaces; / he aquí la semejanza. / El uno no muerde más que a sus enemigos; /  y el otro muerde a todos vuestros amigos; / he aquí la diferencia”. Se ve que Tonton hacía de las suyas entre las visitas de su ama. Si buscamos qué fue de él, sabremos que, en efecto, Walpole lo cuidó bien: engordó tanto que no podía moverse. Sobrevivió más de nueve años a su anciana dueña.

        Hace años me llamó la atención este provocador comentario en la divertida novela Orlando, de Virginia Woolf: «La vieja Madame du Deffand y sus amigos hablaron cincuenta años sin parar. Y de todo eso, ¿qué sobrevive? Tal vez, tres frases ingeniosas. Por consiguiente, es lícito suponer que no dijeron nada o que no dijeron nada ingenioso, o que esas tres frases ingeniosas llenaron dieciocho mil doscientas cincuenta noches, lo que no significa un apreciable porcentaje de ingenio para cada uno de ellos». La cuestión que plantean estas palabras al compararlas con la importancia y duración de la institución de los salones la abordé en El mundo de los salones, un artículo publicado en Cuadernos Hispanoamericanos al que remito al lector curioso. Si ahora traigo aquí esta cita es para ligar a madame du Deffand con Virginia Woolf, quien tiene otra novela titulada Flush, el nombre del perro que la protagoniza. Aunque está escrita en tercera persona (utilizando a veces la primera de las epístolas de la dueña del perro), la mirada (y el olfato) sobre la que audazmente está montada la obra es la del can: “(…) no contamos más que con dos palabras y media para manifestar lo que olemos. Casi no existe olfato humano. Los más grandes poetas del mundo no han olido más que rosas, por una parte, y estiércol por otra. Las infinitas gradaciones intermedias han quedado sin registrar. Y precisamente era en el mundo olfativo donde vivía Flush. El amor era, sobre todo, olor; la forma y el color eran también olor; la música, la arquitectura, la ley, la política y la ciencia eran olor. (…) Italia significaba para él, principalmente, una sucesión de olores”.

        Tonton y Flush han acudido dóciles a mi memoria. Pero ha venido también una inquietante cabeza de perro de la que habrá que hablar en el próximo artículo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña





miércoles, 24 de abril de 2024

Perros (I)

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de abril de 2024.

PERROS (I) 

         En mi memoria persisten imágenes de un viejo documental en el que se yuxtaponían escenas de sorprendentes costumbres de diferentes lugares del planeta. Una de ellas, que hoy nos sorprendería menos, es la de un tranquilo y agradable cementerio de perros en algún sitio de Estados Unidos. Contrasta esa visión de la mascota favorita con el título del documental, Este perro mundo, en el que este animal se adjetiva para significar, como en “perra vida” o “día de perros”, algo duro y amargo y desapacible. En efecto, esa cinta, que parece haber maquillado algo la realidad para conseguir el efecto deseado, destila amargura en su recorrido por la diversidad cultural. Pero el cementerio de perros, así como la vida que llevan hoy día a nuestro alrededor, justifican la ingeniosa observación que hacía un amigo mío: el hombre es el mejor amigo del perro. Y ha considerado que la mejor manera de demostrarlo consiste en humanizarlo, en ponerle ropa, llevarlo a la peluquería o al hospital, enterrarlo en un cementerio y arreglárselas para incluirlo en la herencia. Si los cínicos tomaban el perro como modelo del hombre (de ahí su nombre), ahora es el hombre el modelo del perro.

         Ulises salió de Ítaca para ir a la guerra de Troya, que duró diez años. Su vuelta, contada en la Odisea, duró otros diez. Así pues, veinte años después y disfrazado de mendigo para no ser reconocido por los pretendientes de su mujer, Penélope, aparece en la puerta de su propia casa. Nadie ha sido capaz de descubrirlo. Acostado “sobre un cerro de estiércol”, viejo, despreciado y cansado, Argos, el perro que Ulises crio, levanta la cabeza y las orejas. Cuando el hombre se acerca reconoce en él a su amo y mueve la cola, pero no tiene fuerzas para alzarse y llegar hasta él. Ulises se enjuga una lágrima y oculta su rostro al porquero que lo acompaña. Y Argos, como si lo que lo mantuviera con vida fuera la esperanza de ver el regreso de su amo, muere (“sumióle la muerte en sus sombras no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año”, canta Homero). Pascal Quignard dice a propósito de este pasaje que Argos es el primer ser que, en Homero, piensa, porque el verbo griego que se traduce como pensar, “noein”, quería decir primero “oler”. De modo que pensar es olfatear lo nuevo y, como Argos, ir más allá de la apariencia, del disfraz, y descubrir detrás del mendigo al rey de Ítaca.

         Homero tuvo un gran admirador en Alcibíades, sobrino de Pericles y alumno de Sócrates. Cuenta Plutarco que pidió un libro del poeta en una escuela y que, como el maestro le dijo que no tenía ninguno, le dio un puñetazo y se marchó. Si traemos aquí a Alcibíades es porque tenía un bello perro al que le cortó su hermoso rabo. Los amigos le regañaban y le decían que la gente rabiaba y lo criticaba por lo que había hecho. Alcibíades rio y dijo: “Entonces está pasando lo que deseo; pues quiero que los atenienses hablen de esto, para que no digan algo peor sobre mí”. Por eso podemos denominar “el perro de Alcibíades” al procedimiento político consistente en fijar la atención mediática en un asunto menor para desviarlo del que en realidad preocupa al político de turno.

         Cuenta Claudio Eliano en dos sitios distintos que Gelón de Siracusa soñó que había sido alcanzado por un rayo. Aterrorizado por la pesadilla, gritaba con fuerza en sueños. Su perro, desconcertado, se puso a ladrar con furia y amenaza, lo que provocó que Gelón se despertara. La fama del perro hace que conservemos su nombre: podemos leer en Plinio que se llamaba Pirro.    

         Precisamente Plinio cuenta la historia de otro perro para ilustrar la fidelidad de este animal. En el 28 d. C., al ser castigado un caballero romano y sus esclavos, el perro de uno de ellos no se apartó del cadáver de su amo, expuesto en unas escaleras una vez ajusticiado. Gemía el can tristemente. Alguien le tiró comida y él la llevó a la boca del muerto. Cuando el cadáver fue arrojado al Tíber, se lanzó al río intentando mantenerlo a flote. Dos imágenes estas que uno no puede evitar quedarse rumiando…

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA