Reseña en El Ciervo de Marzo/abril de 2026 de El caballero encantado, de Galdós:
BLANCO ROTO
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
jueves, 19 de marzo de 2026
viernes, 6 de marzo de 2026
Cartas
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de marzo de 2026.
CARTAS
¿Cuándo dejamos de recibir cartas
personales? ¿Cuál fue la postrera de un amigo, de una novia, de un familiar,
que nos llegó? ¿A quién enviamos la última, sin saber que se trataba de la
última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de
mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en
el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es
curioso: en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo
guardamos nosotros. Conservo en una caja, atadas con gomas, multitud de cartas
recibidas. Cuántas veces, hace ya muchos años, las habré releído. En una de
ellas, recuerdo, había arena de una playa de Almería, sorprendente originalidad
con que me obsequió el remitente. ¿Y dónde estarán las que yo escribí? ¿Las
habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las
leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar, una tarde
plomiza y triste de invierno? ¿O en aquella escrita en mi primer año de clase,
sobre la mesa para mí todavía desacostumbrada del profesor, mientras los
alumnos terminaban su tarea?
Por eso, además de inquietante estupor,
me suscita pena una noticia de 2022, cuyo titular reza así: “Encuentran 20.000
cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero
despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y
2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas
personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de
acuerdo con el desenlace que se insinúa: “lo más probable es que, salvo que se
encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean
destruidas y no lleguen a sus destinatarios”.
Contrastan con esta noticia aquellas en
las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. En las que tengo
recopiladas una epístola puede tardar un siglo o más en llegar. La más
entrañable es la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial.
Su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le
respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por
lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y
ahora, a los 99 años, ha recibido la carta, rescatada de un barco hundido por
un submarino nazi. “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de
alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”.
Lo que nos lleva a Renaud Morieux,
profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, quien, haciendo
un trabajo sobre prisioneros franceses en Inglaterra, se topó en un archivo con
“tres legajos unidos por una cinta”. Eran cartas, pequeñas y selladas. Habían
sido enviadas a los marineros del buque francés Galatée, pero este fue apresado
por los ingleses en el contexto de la Guerra de los Siete Años (siglo XVIII) y
las cartas, que no llegaron a ser leídas, incautadas por la Marina Real
Británica. Morieux las ha descifrado (conflictos familiares, palabras de amor,
saludos) e investigado sobre los destinatarios.
Recuerdo ahora el ensayo de Pedro
Salinas sobre las cartas, que escribió en el exilio. Es un largo y delicioso
texto a la vez análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y
mirada a la situación de su tiempo, los años cuarenta del siglo pasado, en los
que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas
se detiene en las cuestiones que le salen al paso: los buzones, la privacidad y
publicidad de las cartas, el epistolario de Madame de Sevigné, la relación de
mujer y carta en los cuadros de Vermeer de Delft, los escribanos públicos qué
él conoció en su mocedad y que, en cuchitriles, ejercían el oficio de poner en
palabras los anhelos de mozas enamoradas que no sabían escribir, los manuales
de correspondencia…
No es poco lo perdido con las cartas.
Al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y
al otro.
Un abrazo.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
sábado, 7 de febrero de 2026
El paraguas
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de febrero de 2026.
EL PARAGUAS
Cuando uno observa en
un museo objetos humildes que pertenecieron a alguien (una brocha de afeitar,
una estilográfica, unas gafas, una camisa, un bastón, un reloj) se da cuenta
del cambio que se ha producido en nuestra relación con las cosas. En un mundo
donde gran parte de nuestra vida ocurre en las pantallas y en el que tratamos
con entes virtuales, y donde, por otra parte, los objetos son de usar y tirar,
diseñados para una corta duración y que, cuando duran más, se quedan obsoletos,
las cosas no son sino aquello de lo que pronto nos desprenderemos para
sustituirlo por algo más actual. Cojamos al azar un libro de Azorín y veremos
cómo mira lo ordinario, lo familiar, lo pequeño. Ese gusto por enseres
cotidianos, esos “primores de lo vulgar” (Ortega) reflejan la manera que tenían
nuestros antepasados de acercarse a su entorno. Un peine podía durar toda la
vida, y en sus púas se enredarían los fuertes pelos juveniles, y luego los más
débiles de la madurez, y las canas de después, y habría acompañado a la persona
en distintas viviendas y ciudades y quizá países, y de algún modo recordaría la
mano vigorosa que lo sostuvo recién estrenado y la temblorosa mano que lo
sostiene en la vejez. Pensemos también en los libros, con un nombre y una
fecha, que al sacarlos del anaquel nos devuelven dos tiempos ya idos, el de la
historia contada y el de nuestra propia historia cuando compramos o nos
regalaron ese volumen que acariciamos con la mirada perdida en pretéritas
lejanías; comparémoslos con los libros digitales, leídos todos sobre la misma
superficie de seis pulgadas.
Pero yo quería hablar
hoy de otro de estos humildes objetos: el paraguas. Las lluvias que habíamos
olvidado y que ahora regresan nos han llevado a abrirlos. A diferencia de otras
cosas que conservo desde hace más de cuarenta años, mis paraguas sabían que
cambiarían pronto de manos porque los perdería. Así que más que de los míos, me
acuerdo de los literarios. El del comienzo de Niebla de Unamuno (otro comienzo, como aquellos que comentábamos en
el artículo del mes pasado) lo llevo conmigo desde la adolescencia: «Al
aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano
palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado
en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo
exterior, sino que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el
frescor del lento orvallo frunció el entrecejo. Y no era tampoco que le
molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante,
tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante
como es feo un paraguas abierto». Y Augusto reflexiona sobre el uso de las
cosas: «Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas—pensó
Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La
función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una
naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio
se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en
El. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios;
pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de
males».
Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. La imagen de este filósofo contiene su paraguas, y él mismo cuenta que una vez, en medio de una tormenta terrible, “solo y abandonado por todos”, se le fue volando. Dudó si dejarlo ir por su deslealtad. Lo apreciaba tanto que lo llevaba aunque hiciera sol. Y aquí unas palabras que lo relacionan con ese principio de Niebla: “De hecho, para mostrar que no solo lo amo por su utilidad, a veces camino arriba y abajo del salón y me imagino que estoy fuera, me apoyo en él, lo abro, apoyo mi barbilla en su empuñadura, lo acerco a mis labios, etcétera”. El catálogo de la subasta de los enseres de Kierkegaard nos dice que tenía tres paraguas: uno de seda verde, otro de seda negra y uno pequeño. Objetos tan humildes como personales.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
viernes, 9 de enero de 2026
De nuevo el principio
DE NUEVO EL PRINCIPIO
Lo que el escritor se juega en el comienzo de
una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como
dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella,
nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches
hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo
que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el
principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y
no tanto el qué.
En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de
cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo
fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”),
supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy
famosos, como el de Ana Karenina de
Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es
infeliz a su modo”), el de La Regenta
de Clarín (“La heroica ciudad dormía
la siesta”) o, en nuestros días, el de Corazón
tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una
de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su
viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió
la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola
de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres
invitados”.
En una antología de
comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber
calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una
mañana”) y el de La metamorfosis
(“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se
encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que,
en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los
días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del
poema titulado El crimen, de José
Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el
pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. /
Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio
de El doble, de Dostoyevski: “Faltaba
poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario
con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo
sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En El castillo, sin embargo, y volvemos a
Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche
cuando K. llegó”, y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse
(aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese
pueblo). Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la
póstuma publicación de este libro.
Es curioso que
también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y
dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el
narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea
de que ya era hora de dormirse. Como en El
castillo, hay un dormir y un pronto despertar.
La voz que cuenta
en la Divina Comedia de Dante, ese
monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de
Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros
versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida/ me hallé en el
medio de una selva oscura/ después de dar mi senda por perdida.” Luego
encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el
Purgatorio.
Por supuesto,
podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios
literarios que mi mente ha asociado libremente sirvan de felicitación a los
lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
viernes, 12 de diciembre de 2025
El paseo
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 11 de diciembre de 2025.
EL PASEO
Hace ya muchos años
leí unas palabras que dijo Machado al hilo de una entrevista o de una
autopresentación: “Mis aficiones son pasear y leer”. Hoy me pregunto qué fue
del paseo. Se anda, se hacen 10 000 pasos diarios, pero ¿se pasea? Recuerdo que
cuando yo era pequeño la gente, en una estampa hoy inimaginable, recorría la
calle central de mi pueblo, hacia arriba y luego hacia abajo y luego de nuevo
hacia arriba, charlando durante una o dos horas. Era ese un paseo en compañía,
pero también existía el paseo en solitario. Salir a pasear, eso es lo que hacía
Rousseau cuando vivía en París, según él objeto de una conspiración que lo
había apartado de la sociedad: “Heme aquí pues, solo en la tierra, sin más
hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo. El más sociable y más amante
de los humanos ha sido proscrito por un acuerdo unánime”. Decidido a describir
el estado de su alma en esa situación, se propone, nos dice en Las ensoñaciones del paseante solitario,
registrar sus paseos y las ensoñaciones que en ellos se producen al dejar que
sus ideas vuelen libremente. En uno de ellos se topó con un gran perro danés
que corría delante de una carroza. Pensó que solo podía evitar ser derribado si
saltaba y el perro pasaba por debajo de él. Pero no pudo hacerlo, y esa fue la
última idea antes del accidente. “No sentí ni el golpe ni la caída ni nada de
cuanto siguió hasta el momento en que volví en mí”. La historia se propagó,
transfigurada, y se esparció el rumor de que había muerto.
Ese carácter de
ensoñación, de libertad de pensamiento, propio del que pasea, lo vemos también
en el curioso libro de Walser El paseo,
en el que el protagonista, un poeta, cuenta lo que ve mientras camina. Su paseo
es despreocupado (“Mientras seguía así mi camino como un buen haragán, fino
vagabundo y holgazán o derrochador de tiempo y trotamundos”) y a la vez atento
a lo que va saliéndole por el camino: un químico del Ayuntamiento pedaleando,
un anticuario y perista enriquecido, una o dos damas elegantes, una librería a
la que entra, así como en Correos o en la sastrería o en la oficina de
Hacienda. Precisamente ante el reproche que le hace en esa institución el
funcionario (“—¡Pero siempre se le ve paseando!”), responde el protagonista: “—Pasear
me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo
vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el
más leve poema en verso o prosa”. Hay algo, dicho sea de paso, que recuerda a
Kafka en los diálogos de este librito.
Un paseante pertinaz
fue Kierkegaard, el filósofo danés para leer al cual Unamuno aprendió su
idioma. Conocía su ciudad, Copenhague, como la palma de su mano, y las facturas
que tenemos de su zapatero muestran tanto el desgaste de sus botas como la
minuciosidad de Joakim Garff en la monumental biografía que le dedica. La
figura del filósofo era reconocible por la calle, primero con su bastón de
bambú y luego con el paraguas. Para Kierkegaard el paseo cumplía varias
funciones. Le servía de comunicación física y social con sus convecinos:
“Contemplo todo Copenhague como un gran encuentro social”. Llamaba a estos
paseos, en los que caminaba con personas a las que se encontraba, como su “baño
de gente diario”. Cogía del brazo a sus interlocutores, lo que contrasta con la
imagen de introvertido que la posteridad luego ha tenido de él. Pero también lo
utilizaba como distracción: “Para soportar un esfuerzo espiritual como el mío,
necesitaba distraerme, distraerme con encuentros fortuitos en calles y
callejones”. Probablemente se veía a sí mismo como un Sócrates danés, puesto
que señala que el ateniense caminaba por la ciudad hablando igual con
curtidores o sastres que con sofistas, estadistas o poetas, con jóvenes o con
viejos, y sobre lo que fuera. Ese interés filosófico que tal asociación sugiere
se une a otro psicológico por las personas que parece también nutrir estos
paseos. Que además servían para alumbrar ideas: “he tenido mis mejores
pensamientos mientras caminaba”. Y eran buenos, dice, para la salud.
viernes, 14 de noviembre de 2025
Olores (III)
OLORES (III)
No puedo dejar el
asunto de los olores que nos ha ocupado en los dos últimos artículos sin
mencionar a una mujer. La conocí hace ya muchos años en un documental titulado ¿Por qué compramos?, que trataba del
marketing sutil, la seducción del consumidor a través de sentidos como el
olfato o el oído. Ella salía, la recuerdo, oliendo todo lo que se le ponía por
delante, a veces con los ojos cerrados, con una libreta donde tomaba notas.
Había viajado a Suiza para diseñar el aroma de una cadena de hoteles. Olía la
nieve, la madera, una moneda, un billete. Hace poco he vuelto a verla en una
entrevista en la prensa. Su rostro noruego ya está surcado por las arrugas del
tiempo, pero la pasión de Sissel Tolaas, que así se llama, sigue intacta. Me ha
recordado esos personajes de novela cuya vida gira en torno a una idea alejada
de las del resto de la gente. En su estudio huele a petricor, el olor de la
lluvia en la tierra seca. Su afán experimentador le ha llevado a crear un queso
a partir de las bacterias de una bota de fútbol de Beckham, que fue degustado
en la zona VIP del Estadio Olímpico de Londres, o a recrear el hedor de las
trincheras de la Gran Guerra en el Museo de Historia Militar de Dresde. Nunca
usa desodorante o perfume, a no ser que se considere tal el intenso olor a
sudor que ella sintetiza y que se pone en fiestas de alto postín en las que
todo el mundo va muy arreglado. En la entrevista a que me refiero acabó recogiendo
el sudor de la axila del periodista. Esto me lleva a recordar un libro de
Aristóteles en general poco estudiado, Problemas,
una especie de curiosa enciclopedia avant
la lettre que contendría la mayoría de conocimientos que un hombre culto de
esa época debería conocer. En él se pregunta cosas sobre multitud de temas,
entre ellos el de los malos olores. Así, dice: “¿Por qué la axila es el lugar
que huele peor? ¿Acaso porque es el menos ventilado? El mal olor se da en tales
zonas especialmente, porque se produce una putrefacción de la grasa por causa
del descanso. ¿O es porque esta parte no se mueve y no se ejercita?”. No creo
que Sissel Tolaas estuviera de acuerdo con el Estagirita en el calificativo de
“malo”: “Yo prefiero el sudor antes que el desodorante que lo tapa. No hay nada
más honesto que un olor”, sostiene. Como vemos, hay una reflexión tras su
postura que implica acercarse a las cosas de un modo distinto al visual, que es
el que rige en nuestro mundo de egos y pantallas. Yo creo que Napoleón estaría
más de acuerdo con ella que con Aristóteles, si tenemos en cuenta que le
escribió desde el campo de batalla a su Josefina: “Vuelvo en tres días, no te
laves”.
Alguna vez hemos
hablado aquí de los premios Ig Nobel, que todos los años se entregan en
septiembre y que, parodiando los Nobel, hacen reír y pensar a partes iguales.
Este año se ha otorgado el premio de Pediatría a una investigación que descubrió
que los bebés están más tiempo mamando si la leche materna huele a ajo porque
las madres lo han comido. Otro premio, también relacionado con el olfato, se lo
ha llevado una investigación india, que sostiene que a más de la mitad de los
encuestados (pero solo a un poco más) le molesta el olor a pies: “Los zapatos
rara vez se lavan y, sin una ventilación adecuada, se convierten en un caldo de
cultivo para una bacteria muy maloliente”. La investigación propone soluciones
para este problema. Este premio recuerda aquel que recibieron en 2006 Bart
Knols, de la Universidad agrícola de Wageningen en Holanda y Ruurd de Jong, por
mostrar que el mosquito Anopheles femenino, que transmite la malaria, se ve tan
atraído por queso limburger como por el olor de los pies humanos.
Acabemos con dos
olores agradables para todo el mundo. Uno, el de los bebés. Escáneres
cerebrales realizados a mujeres que olían a bebés mostraron que se activaban
las áreas cerebrales relacionadas con las recompensas. El otro, el de los
libros, viejos o nuevos; o el de los periódicos. Si está usted leyendo esto en
papel, no tendrá que evocarlo. Si lo está leyendo en una pantalla, habrá de
recurrir, ay, al recuerdo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
miércoles, 5 de noviembre de 2025
¿Quién era "Segundo Holmes"?
Texto publicado en la revista de San Juan, 2025
¿QUIÉN ERA “SEGUNDO HOLMES”?
Es uno más de esos libros que uno
encuentra en las librerías de viejo, desgastados por el tiempo y las mudanzas quizá
más que por el uso. Se titula La gente
del hampa y está escrito por don Segundo Holmes con ilustraciones de
Arejula. Ambos, al estar escritos entre comillas, parecen ser seudónimos. Es de
1930 y la editorial es Lux. En la portada aparece un dibujo a color. Dos
individuos, uno con gorra roja y otro con sombrero negro, atracan a un tercero,
con chistera y aspecto de ricachón. El ladrón del sombrero lleva en su mano
izquierda una enorme navaja. De fondo, la puerta de una casa con jardín, que
puede ser la del mismo atracado. El índice nos informa de que hay un prólogo,
que consiste en una entrevista con un ladrón, y cinco partes, las cuatro
primeras dedicadas a distinto tipo de delincuencia (“Delincuentes del hurto”, “Delincuentes
de robo”, “Delincuentes de estafa”, dentro de la que está “El timo de la guitarra”
o “El timo del entierro”, y “Delincuentes de falsedades”). La quinta parte
trata temas diversos, como la jerga de la gente del hampa o la identificación y
la dactiloscopia.
Es
difícil saber quién se esconde detrás de don Segundo Holmes (ni siquiera el
ChatGPT lo sabe), pero no estaría escribiendo este artículo si no lo supiera y
si no fuera alguien vinculado a nuestro pueblo. Se trata de Miguel Nieto Paños,
conocido entre nosotros por su historia de Navas y de quien hemos hablado en
varias ocasiones en estas páginas y en las de Stella. La prueba principal y definitiva la encontramos en la Gaceta de Madrid (antiguo BOE) del 11 de agosto de 1933. Entre las
obras inscritas en el Registro general de la propiedad intelectual
correspondientes al tercer trimestre de 1932 aparece La gente del hampa, “por Miguel Nieto Paños, con el seudónimo de
“Segundo Holmes”, del texto, y con el de “Arejula”, de las ilustraciones”. La
publicación que consta es la de Núñez y Compañía, 1929, Barcelona, lo que apunta
(por otros datos con los que no aburriré al lector) a que esta empresa imprimió
el libro para la editorial Lux y que tal vez hubiera una segunda edición en
1930.
No
es de extrañar, pues, que volvamos a encontrar este seudónimo y estos temas en
distintas conferencias dadas en Radio Barcelona en 1926 y 1927. Recordemos que
Miguel Nieto dirigió la parte literaria de esta emisora. Si a eso sumamos que,
junto con su hermano Antonio, había ganado en 1911 las oposiciones al Cuerpo de
Vigilancia (la rama civil y de paisano de la policía gubernativa, encargada
entre otras cosas de la prevención y represión del delito y de la vigilancia de
sospechosos y delincuentes), la cuestión tratada en el libro no quedaba lejos
de sus intereses. Y una cosa más. Sospechamos, como hemos visto en otros
artículos sobre él (en Stella, 2016 y
Stella, 2023), que pudo estar detrás
del seudónimo “Tirso” y de la figura de Mercedes Fortuny.
En
otra ocasión hablaremos de la fortuna de este libro tras su publicación, las
reseñas que lo comentaron, la publicidad que obtuvo y el precio a que se
vendía. Solo queda preguntarse si este policía escritor que tan celosamente se
escondió detrás del detectivesco seudónimo de Segundo Holmes consideró que
había pistas suficientes para que un siglo después un paisano suyo lo
desenmascarara.
Juan Fernando Valenzuela Magaña


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