Septiembre de 2024
BLANCO ROTO
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
martes, 19 de mayo de 2026
martes, 5 de mayo de 2026
El erizo
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 30 de abril de 2026.
EL ERIZO
He hablado en estas páginas de las asociaciones mentales que ciertos animales (el perro, el gato, el cisne, el loro…) me provocan. Hoy quiero traer al erizo. Hay un verso de Arquíloco que dice así: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”. ¿Cómo interpretar este verso? Quizá lo que quiso expresar el poeta griego es que por mucha astucia y medios de que disponga el artero zorro, no puede doblegar al erizo que, con su único recurso, consigue defenderse con solvencia. El historiador de las ideas Isaiah Berlin utiliza esta contraposición para hablar de escritores y pensadores que, o bien van tras múltiples objetivos, actuando a diferentes niveles y sacando el jugo de “gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos” (los zorros) o bien tienen una visión central única, un sistema en el que integrar lo particular (los erizos). Él mismo reconoce que se trata de una clasificación simplificadora, pero no inútil. Esta distinción se toca con otras como la del práctico y el teórico, o la del empírico y el racionalista, o la del ilustrado y el romántico.
Thomas Mann comienza su texto sobre Schopenhauer señalando el carácter estético que tiene un buen sistema metafísico, destilado, digamos, por un erizo. Pero el propio Schopenhauer hablaría también de este animal, según mi memoria evoca. Una parábola suya cuenta lo siguiente. Unos erizos sienten frío y se acercan unos a otros, pero cuanto más cerca están, más dolor les producen las púas vecinas. Al alejarse, vuelven a sentir frío, con lo que a la postre han de ajustar la distancia para conseguir la más soportable. Schopenhauer quiere ejemplificar así, con su acostumbrado optimismo, las relaciones humanas: “Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros”. Para este filósofo alemán, la distancia adecuada es la cortesía y las buenas costumbres. “Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas”. Eso sí, quien tenga calor propio haría bien en mantenerse alejado de la sociedad para no causar o recibir ninguna molestia. No está muy claro si la parábola apunta exclusivamente al mundo social o si se refiere también a las relaciones personales. Son dos dimensiones completamente diferentes y, si pensamos en la amistad o el amor, la distancia cortés es muy cuestionable, incluso si hablamos de espinas: “En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día; / ya no siento el corazón”, cantaba Machado. En cualquier caso, puede que esta parábola diga más de Schopenhauer o de quien la traiga a colación que de las relaciones humanas en sí. También nos sirve para darnos cuenta de cómo se confunden a veces las cosas. A mí me gusta, cuando escucho o leo este tipo de referencias repetidas, acudir a la fuente original. En este caso se trata del libro Parerga y Paralipomena, que le supondría al filósofo la fama que hasta entonces le había rehuido. Lo publicó a duras penas, pues el editor de El mundo como voluntad y representación (la obra hoy más famosa de Schopenhauer), escarmentado por el fracaso de las dos ediciones que había hecho de esa obra, rechazó el único manuscrito que le habría proporcionado una ganancia económica. Pues bien, si vamos al texto de la parábola resulta que Schopenhauer no habla propiamente de erizos, sino de… puercoespines. ¿En qué momento se produjo el cambiazo?
Dejo de nuevo la
mente vagar y me aparece un tercer erizo, el medieval. Es este un erizo
previsor. En el momento de la cosecha, se sube a una vid, sacude las uvas para
que caigan y luego rueda clavando sus espinas en ellas para transportarlas
hasta su madriguera con el fin de alimentar a sus crías. Para protegerlas,
cuando sopla el viento del norte o del sur bloquea el agujero correspondiente
de su madriguera.
Y hasta aquí las
evocaciones de este punzante animal.
domingo, 5 de abril de 2026
El origen del género policiaco
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 2 de abril de 2026.
EL ORIGEN DEL GÉNERO POLICIACO
Dado que este
mes de abril está vinculado al libro, me gustaría hablar de un género que
parece gozar de buena salud y que sospecho ha estado presente para no pocos
lectores en el comienzo de su gusto por la literatura.
La aparición
de una nueva idea, una nueva filosofía o un nuevo género literario es un
acontecimiento cuya importancia es difícil de exagerar. En la primera mitad de
la cuarta década del siglo XIX, Poe echa a andar por donde nunca antes se había
transitado. El año 1841 publica Los
crímenes de la calle Morgue, considerado el primer texto del género
policiaco. Otros dos cuentos, El misterio
de Marie Rogêt (1842-3) y La carta
robada (1845), comparten con él la presencia del detective Dupin y la
importancia en el origen de esta tradición literaria. Se trata de textos
fundacionales en los que pueden verse aspectos básicos del género. C. Auguste Dupin,
un joven caballero de excelente familia
que se ha empobrecido y vive de una pequeña renta, amante de la soledad y la
privacidad, resuelve los casos sin tocarlos, es decir, por mero análisis
racional: será el modelo del detective. El narrador es un amigo y admirador
suyo, como lo será el Watson de Sherlock Holmes. La oposición entre la
inteligencia excéntrica del detective y la convencional de la policía aparece
también en estos cuentos. Encontramos asimismo una solución sencilla, uno de
los principios de la ficción detectivesca que alcanza su más alto grado en La carta robada. En fin, los propios
temas tratados serán también canónicos, especialmente el tema del cuarto
cerrado.
Si
miramos ahora la relación del nacimiento y expansión del género con su contexto
histórico y social, encontraremos otro rasgo fundacional en este trío policial
de ases. En un mundo que estaba asistiendo al nacimiento de las grandes
ciudades (París y Londres, sobre todo), en las que la multitud era el lugar del
anonimato y de la ruptura de los antiguos vínculos de la comunidad, y en el que
el afán de catalogación y medición, de matematización del mundo, que la
modernidad llevaba en sus genes, encuentra o crea unos instrumentos tan útiles
a su objetivo como la antropometría o la huella dactilar, la figura de un
criminal que se oculta entre la multitud y de un detective que lo busca en ese
laberinto moderno están listas para dar lugar a un nuevo género. Walter
Benjamin ha relacionado en su estudio sobre el “flâneur” la amenaza que supone
la masa como asilo del asocial con el nacimiento de las historias de
detectives. Si Poe elige París como el escenario de esas tres primeras
historias fundacionales, no es por el motivo que aduce Borges, quien sostiene
que lo hace para subrayar el carácter fantástico, no realista, de estas
historias: París es para el lector de ellas algo exótico, como el lejano Oriente
para un europeo. Puede que el relato policial no sea un género realista, pero
no me parece esa la explicación de la elección de París como escenario. Yo la
veo en el hecho de que se trata de una gran ciudad y ese es el marco adecuado a
las historias detectivescas. El aspecto amenazador que tiene la multitud de una
gran ciudad es fundamental en el segundo de estos tres cuentos, El misterio de Marie Rogêt, donde se
habla de “la gran desproporción entre las relaciones personales (incluso las
del hombre más popular de París) y la población total de la ciudad”. Poe era
muy sensible a este hecho, como lo demuestra su cuento El hombre de la multitud, publicado el año anterior al del primer
cuento de Dupin.
Esto
nos lleva al contraste, también presente en estos tres textos, entre el
interior y el exterior o entre la vida privada y pública. Ese contraste aparece
de un modo manifiesto entre el carácter doméstico, aislado, del detective y el
mundo de fuera. También podemos verlo en la propia sustancia de la literatura
policiaca, como el secreto que se oculta entre la multitud, como el crimen
privado que ha sacarse a la luz, como la doblez del criminal antes de ser
reconocido.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
jueves, 19 de marzo de 2026
viernes, 6 de marzo de 2026
Cartas
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de marzo de 2026.
CARTAS
¿Cuándo dejamos de recibir cartas
personales? ¿Cuál fue la postrera de un amigo, de una novia, de un familiar,
que nos llegó? ¿A quién enviamos la última, sin saber que se trataba de la
última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de
mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en
el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es
curioso: en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo
guardamos nosotros. Conservo en una caja, atadas con gomas, multitud de cartas
recibidas. Cuántas veces, hace ya muchos años, las habré releído. En una de
ellas, recuerdo, había arena de una playa de Almería, sorprendente originalidad
con que me obsequió el remitente. ¿Y dónde estarán las que yo escribí? ¿Las
habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las
leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar, una tarde
plomiza y triste de invierno? ¿O en aquella escrita en mi primer año de clase,
sobre la mesa para mí todavía desacostumbrada del profesor, mientras los
alumnos terminaban su tarea?
Por eso, además de inquietante estupor,
me suscita pena una noticia de 2022, cuyo titular reza así: “Encuentran 20.000
cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero
despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y
2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas
personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de
acuerdo con el desenlace que se insinúa: “lo más probable es que, salvo que se
encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean
destruidas y no lleguen a sus destinatarios”.
Contrastan con esta noticia aquellas en
las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. En las que tengo
recopiladas una epístola puede tardar un siglo o más en llegar. La más
entrañable es la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial.
Su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le
respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por
lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y
ahora, a los 99 años, ha recibido la carta, rescatada de un barco hundido por
un submarino nazi. “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de
alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”.
Lo que nos lleva a Renaud Morieux,
profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, quien, haciendo
un trabajo sobre prisioneros franceses en Inglaterra, se topó en un archivo con
“tres legajos unidos por una cinta”. Eran cartas, pequeñas y selladas. Habían
sido enviadas a los marineros del buque francés Galatée, pero este fue apresado
por los ingleses en el contexto de la Guerra de los Siete Años (siglo XVIII) y
las cartas, que no llegaron a ser leídas, incautadas por la Marina Real
Británica. Morieux las ha descifrado (conflictos familiares, palabras de amor,
saludos) e investigado sobre los destinatarios.
Recuerdo ahora el ensayo de Pedro
Salinas sobre las cartas, que escribió en el exilio. Es un largo y delicioso
texto a la vez análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y
mirada a la situación de su tiempo, los años cuarenta del siglo pasado, en los
que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas
se detiene en las cuestiones que le salen al paso: los buzones, la privacidad y
publicidad de las cartas, el epistolario de Madame de Sevigné, la relación de
mujer y carta en los cuadros de Vermeer de Delft, los escribanos públicos qué
él conoció en su mocedad y que, en cuchitriles, ejercían el oficio de poner en
palabras los anhelos de mozas enamoradas que no sabían escribir, los manuales
de correspondencia…
No es poco lo perdido con las cartas.
Al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y
al otro.
Un abrazo.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
sábado, 7 de febrero de 2026
El paraguas
Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de febrero de 2026.
EL PARAGUAS
Cuando uno observa en
un museo objetos humildes que pertenecieron a alguien (una brocha de afeitar,
una estilográfica, unas gafas, una camisa, un bastón, un reloj) se da cuenta
del cambio que se ha producido en nuestra relación con las cosas. En un mundo
donde gran parte de nuestra vida ocurre en las pantallas y en el que tratamos
con entes virtuales, y donde, por otra parte, los objetos son de usar y tirar,
diseñados para una corta duración y que, cuando duran más, se quedan obsoletos,
las cosas no son sino aquello de lo que pronto nos desprenderemos para
sustituirlo por algo más actual. Cojamos al azar un libro de Azorín y veremos
cómo mira lo ordinario, lo familiar, lo pequeño. Ese gusto por enseres
cotidianos, esos “primores de lo vulgar” (Ortega) reflejan la manera que tenían
nuestros antepasados de acercarse a su entorno. Un peine podía durar toda la
vida, y en sus púas se enredarían los fuertes pelos juveniles, y luego los más
débiles de la madurez, y las canas de después, y habría acompañado a la persona
en distintas viviendas y ciudades y quizá países, y de algún modo recordaría la
mano vigorosa que lo sostuvo recién estrenado y la temblorosa mano que lo
sostiene en la vejez. Pensemos también en los libros, con un nombre y una
fecha, que al sacarlos del anaquel nos devuelven dos tiempos ya idos, el de la
historia contada y el de nuestra propia historia cuando compramos o nos
regalaron ese volumen que acariciamos con la mirada perdida en pretéritas
lejanías; comparémoslos con los libros digitales, leídos todos sobre la misma
superficie de seis pulgadas.
Pero yo quería hablar
hoy de otro de estos humildes objetos: el paraguas. Las lluvias que habíamos
olvidado y que ahora regresan nos han llevado a abrirlos. A diferencia de otras
cosas que conservo desde hace más de cuarenta años, mis paraguas sabían que
cambiarían pronto de manos porque los perdería. Así que más que de los míos, me
acuerdo de los literarios. El del comienzo de Niebla de Unamuno (otro comienzo, como aquellos que comentábamos en
el artículo del mes pasado) lo llevo conmigo desde la adolescencia: «Al
aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano
palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado
en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo
exterior, sino que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el
frescor del lento orvallo frunció el entrecejo. Y no era tampoco que le
molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante,
tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante
como es feo un paraguas abierto». Y Augusto reflexiona sobre el uso de las
cosas: «Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas—pensó
Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La
función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una
naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio
se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en
El. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios;
pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de
males».
Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. La imagen de este filósofo contiene su paraguas, y él mismo cuenta que una vez, en medio de una tormenta terrible, “solo y abandonado por todos”, se le fue volando. Dudó si dejarlo ir por su deslealtad. Lo apreciaba tanto que lo llevaba aunque hiciera sol. Y aquí unas palabras que lo relacionan con ese principio de Niebla: “De hecho, para mostrar que no solo lo amo por su utilidad, a veces camino arriba y abajo del salón y me imagino que estoy fuera, me apoyo en él, lo abro, apoyo mi barbilla en su empuñadura, lo acerco a mis labios, etcétera”. El catálogo de la subasta de los enseres de Kierkegaard nos dice que tenía tres paraguas: uno de seda verde, otro de seda negra y uno pequeño. Objetos tan humildes como personales.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
viernes, 9 de enero de 2026
De nuevo el principio
DE NUEVO EL PRINCIPIO
Lo que el escritor se juega en el comienzo de
una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como
dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella,
nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches
hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo
que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el
principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y
no tanto el qué.
En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de
cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo
fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”),
supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy
famosos, como el de Ana Karenina de
Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es
infeliz a su modo”), el de La Regenta
de Clarín (“La heroica ciudad dormía
la siesta”) o, en nuestros días, el de Corazón
tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una
de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su
viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió
la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola
de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres
invitados”.
En una antología de
comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber
calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una
mañana”) y el de La metamorfosis
(“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se
encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que,
en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los
días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del
poema titulado El crimen, de José
Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el
pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. /
Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio
de El doble, de Dostoyevski: “Faltaba
poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario
con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo
sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En El castillo, sin embargo, y volvemos a
Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche
cuando K. llegó”, y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse
(aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese
pueblo). Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la
póstuma publicación de este libro.
Es curioso que
también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y
dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el
narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea
de que ya era hora de dormirse. Como en El
castillo, hay un dormir y un pronto despertar.
La voz que cuenta
en la Divina Comedia de Dante, ese
monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de
Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros
versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida/ me hallé en el
medio de una selva oscura/ después de dar mi senda por perdida.” Luego
encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el
Purgatorio.
Por supuesto,
podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios
literarios que mi mente ha asociado libremente sirvan de felicitación a los
lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.
Juan Fernando Valenzuela Magaña


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