martes, 5 de mayo de 2026

El erizo

 Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 30 de abril de 2026.


EL ERIZO


           He hablado en estas páginas de las asociaciones mentales que ciertos animales (el perro, el gato, el cisne, el loro…) me provocan. Hoy quiero traer al erizo. Hay un verso de Arquíloco que dice así: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”. ¿Cómo interpretar este verso? Quizá lo que quiso expresar el poeta griego es que por mucha astucia y medios de que disponga el artero zorro, no puede doblegar al erizo que, con su único recurso, consigue defenderse con solvencia. El historiador de las ideas Isaiah Berlin utiliza esta contraposición para hablar de escritores y pensadores que, o bien van tras múltiples objetivos, actuando a diferentes niveles y sacando el jugo de “gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos” (los zorros) o bien tienen una visión central única, un sistema en el que integrar lo particular (los erizos). Él mismo reconoce que se trata de una clasificación simplificadora, pero no inútil. Esta distinción se toca con otras como la del práctico y el teórico, o la del empírico y el racionalista, o la del ilustrado y el romántico.

            Thomas Mann comienza su texto sobre Schopenhauer señalando el carácter estético que tiene un buen sistema metafísico, destilado, digamos, por un erizo. Pero el propio Schopenhauer hablaría también de este animal, según mi memoria evoca. Una parábola suya cuenta lo siguiente. Unos erizos sienten frío y se acercan unos a otros, pero cuanto más cerca están, más dolor les producen las púas vecinas. Al alejarse, vuelven a sentir frío, con lo que a la postre han de ajustar la distancia para conseguir la más soportable. Schopenhauer quiere ejemplificar así, con su acostumbrado optimismo, las relaciones humanas: “Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros”. Para este filósofo alemán, la distancia adecuada es la cortesía y las buenas costumbres. “Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas”. Eso sí, quien tenga calor propio haría bien en mantenerse alejado de la sociedad para no causar o recibir ninguna molestia. No está muy claro si la parábola apunta exclusivamente al mundo social o si se refiere también a las relaciones personales. Son dos dimensiones completamente diferentes y, si pensamos en la amistad o el amor, la distancia cortés es muy cuestionable, incluso si hablamos de espinas: “En el corazón tenía /

la espina de una pasión; / logré arrancármela un día; / ya no siento el corazón”, cantaba Machado. En cualquier caso, puede que esta parábola diga más de Schopenhauer o de quien la traiga a colación que de las relaciones humanas en sí. También nos sirve para darnos cuenta de cómo se confunden a veces las cosas. A mí me gusta, cuando escucho o leo este tipo de referencias repetidas, acudir a la fuente original. En este caso se trata del libro Parerga y Paralipomena, que le supondría al filósofo la fama que hasta entonces le había rehuido. Lo publicó a duras penas, pues el editor de El mundo como voluntad y representación (la obra hoy más famosa de Schopenhauer), escarmentado por el fracaso de las dos ediciones que había hecho de esa obra, rechazó el único manuscrito que le habría proporcionado una ganancia económica. Pues bien, si vamos al texto de la parábola resulta que Schopenhauer no habla propiamente de erizos, sino de… puercoespines. ¿En qué momento se produjo el cambiazo?

            Dejo de nuevo la mente vagar y me aparece un tercer erizo, el medieval. Es este un erizo previsor. En el momento de la cosecha, se sube a una vid, sacude las uvas para que caigan y luego rueda clavando sus espinas en ellas para transportarlas hasta su madriguera con el fin de alimentar a sus crías. Para protegerlas, cuando sopla el viento del norte o del sur bloquea el agujero correspondiente de su madriguera.

            Y hasta aquí las evocaciones de este punzante animal.

            

 


 

 

domingo, 5 de abril de 2026

El origen del género policiaco

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 2 de abril de 2026.

           

EL ORIGEN DEL GÉNERO POLICIACO

 

Dado que este mes de abril está vinculado al libro, me gustaría hablar de un género que parece gozar de buena salud y que sospecho ha estado presente para no pocos lectores en el comienzo de su gusto por la literatura.

La aparición de una nueva idea, una nueva filosofía o un nuevo género literario es un acontecimiento cuya importancia es difícil de exagerar. En la primera mitad de la cuarta década del siglo XIX, Poe echa a andar por donde nunca antes se había transitado. El año 1841 publica Los crímenes de la calle Morgue, considerado el primer texto del género policiaco. Otros dos cuentos, El misterio de Marie Rogêt (1842-3) y La carta robada (1845), comparten con él la presencia del detective Dupin y la importancia en el origen de esta tradición literaria. Se trata de textos fundacionales en los que pueden verse aspectos básicos del género. C. Auguste Dupin, un  joven caballero de excelente familia que se ha empobrecido y vive de una pequeña renta, amante de la soledad y la privacidad, resuelve los casos sin tocarlos, es decir, por mero análisis racional: será el modelo del detective. El narrador es un amigo y admirador suyo, como lo será el Watson de Sherlock Holmes. La oposición entre la inteligencia excéntrica del detective y la convencional de la policía aparece también en estos cuentos. Encontramos asimismo una solución sencilla, uno de los principios de la ficción detectivesca que alcanza su más alto grado en La carta robada. En fin, los propios temas tratados serán también canónicos, especialmente el tema del cuarto cerrado.

            Si miramos ahora la relación del nacimiento y expansión del género con su contexto histórico y social, encontraremos otro rasgo fundacional en este trío policial de ases. En un mundo que estaba asistiendo al nacimiento de las grandes ciudades (París y Londres, sobre todo), en las que la multitud era el lugar del anonimato y de la ruptura de los antiguos vínculos de la comunidad, y en el que el afán de catalogación y medición, de matematización del mundo, que la modernidad llevaba en sus genes, encuentra o crea unos instrumentos tan útiles a su objetivo como la antropometría o la huella dactilar, la figura de un criminal que se oculta entre la multitud y de un detective que lo busca en ese laberinto moderno están listas para dar lugar a un nuevo género. Walter Benjamin ha relacionado en su estudio sobre el “flâneur” la amenaza que supone la masa como asilo del asocial con el nacimiento de las historias de detectives. Si Poe elige París como el escenario de esas tres primeras historias fundacionales, no es por el motivo que aduce Borges, quien sostiene que lo hace para subrayar el carácter fantástico, no realista, de estas historias: París es para el lector de ellas algo exótico, como el lejano Oriente para un europeo. Puede que el relato policial no sea un género realista, pero no me parece esa la explicación de la elección de París como escenario. Yo la veo en el hecho de que se trata de una gran ciudad y ese es el marco adecuado a las historias detectivescas. El aspecto amenazador que tiene la multitud de una gran ciudad es fundamental en el segundo de estos tres cuentos, El misterio de Marie Rogêt, donde se habla de “la gran desproporción entre las relaciones personales (incluso las del hombre más popular de París) y la población total de la ciudad”. Poe era muy sensible a este hecho, como lo demuestra su cuento El hombre de la multitud, publicado el año anterior al del primer cuento de Dupin.

            Esto nos lleva al contraste, también presente en estos tres textos, entre el interior y el exterior o entre la vida privada y pública. Ese contraste aparece de un modo manifiesto entre el carácter doméstico, aislado, del detective y el mundo de fuera. También podemos verlo en la propia sustancia de la literatura policiaca, como el secreto que se oculta entre la multitud, como el crimen privado que ha sacarse a la luz, como la doblez del criminal antes de ser reconocido. 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




viernes, 6 de marzo de 2026

Cartas

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de marzo de 2026.


CARTAS

¿Cuándo dejamos de recibir cartas personales? ¿Cuál fue la postrera de un amigo, de una novia, de un familiar, que nos llegó? ¿A quién enviamos la última, sin saber que se trataba de la última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es curioso: en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo guardamos nosotros. Conservo en una caja, atadas con gomas, multitud de cartas recibidas. Cuántas veces, hace ya muchos años, las habré releído. En una de ellas, recuerdo, había arena de una playa de Almería, sorprendente originalidad con que me obsequió el remitente. ¿Y dónde estarán las que yo escribí? ¿Las habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar, una tarde plomiza y triste de invierno? ¿O en aquella escrita en mi primer año de clase, sobre la mesa para mí todavía desacostumbrada del profesor, mientras los alumnos terminaban su tarea?

Por eso, además de inquietante estupor, me suscita pena una noticia de 2022, cuyo titular reza así: “Encuentran 20.000 cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y 2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de acuerdo con el desenlace que se insinúa: “lo más probable es que, salvo que se encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean destruidas y no lleguen a sus destinatarios”.

Contrastan con esta noticia aquellas en las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. En las que tengo recopiladas una epístola puede tardar un siglo o más en llegar. La más entrañable es la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial. Su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y ahora, a los 99 años, ha recibido la carta, rescatada de un barco hundido por un submarino nazi. “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”.

Lo que nos lleva a Renaud Morieux, profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, quien, haciendo un trabajo sobre prisioneros franceses en Inglaterra, se topó en un archivo con “tres legajos unidos por una cinta”. Eran cartas, pequeñas y selladas. Habían sido enviadas a los marineros del buque francés Galatée, pero este fue apresado por los ingleses en el contexto de la Guerra de los Siete Años (siglo XVIII) y las cartas, que no llegaron a ser leídas, incautadas por la Marina Real Británica. Morieux las ha descifrado (conflictos familiares, palabras de amor, saludos) e investigado sobre los destinatarios.

Recuerdo ahora el ensayo de Pedro Salinas sobre las cartas, que escribió en el exilio. Es un largo y delicioso texto a la vez análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y mirada a la situación de su tiempo, los años cuarenta del siglo pasado, en los que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas se detiene en las cuestiones que le salen al paso: los buzones, la privacidad y publicidad de las cartas, el epistolario de Madame de Sevigné, la relación de mujer y carta en los cuadros de Vermeer de Delft, los escribanos públicos qué él conoció en su mocedad y que, en cuchitriles, ejercían el oficio de poner en palabras los anhelos de mozas enamoradas que no sabían escribir, los manuales de correspondencia…

No es poco lo perdido con las cartas. Al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y al otro.

Un abrazo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




  

sábado, 7 de febrero de 2026

El paraguas

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de febrero de 2026.


EL PARAGUAS 


            Cuando uno observa en un museo objetos humildes que pertenecieron a alguien (una brocha de afeitar, una estilográfica, unas gafas, una camisa, un bastón, un reloj) se da cuenta del cambio que se ha producido en nuestra relación con las cosas. En un mundo donde gran parte de nuestra vida ocurre en las pantallas y en el que tratamos con entes virtuales, y donde, por otra parte, los objetos son de usar y tirar, diseñados para una corta duración y que, cuando duran más, se quedan obsoletos, las cosas no son sino aquello de lo que pronto nos desprenderemos para sustituirlo por algo más actual. Cojamos al azar un libro de Azorín y veremos cómo mira lo ordinario, lo familiar, lo pequeño. Ese gusto por enseres cotidianos, esos “primores de lo vulgar” (Ortega) reflejan la manera que tenían nuestros antepasados de acercarse a su entorno. Un peine podía durar toda la vida, y en sus púas se enredarían los fuertes pelos juveniles, y luego los más débiles de la madurez, y las canas de después, y habría acompañado a la persona en distintas viviendas y ciudades y quizá países, y de algún modo recordaría la mano vigorosa que lo sostuvo recién estrenado y la temblorosa mano que lo sostiene en la vejez. Pensemos también en los libros, con un nombre y una fecha, que al sacarlos del anaquel nos devuelven dos tiempos ya idos, el de la historia contada y el de nuestra propia historia cuando compramos o nos regalaron ese volumen que acariciamos con la mirada perdida en pretéritas lejanías; comparémoslos con los libros digitales, leídos todos sobre la misma superficie de seis pulgadas.   

            Pero yo quería hablar hoy de otro de estos humildes objetos: el paraguas. Las lluvias que habíamos olvidado y que ahora regresan nos han llevado a abrirlos. A diferencia de otras cosas que conservo desde hace más de cuarenta años, mis paraguas sabían que cambiarían pronto de manos porque los perdería. Así que más que de los míos, me acuerdo de los literarios. El del comienzo de Niebla de Unamuno (otro comienzo, como aquellos que comentábamos en el artículo del mes pasado) lo llevo conmigo desde la adolescencia: «Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el entrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto». Y Augusto reflexiona sobre el uso de las cosas: «Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas—pensó Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en El. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males».

            Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. La imagen de este filósofo contiene su paraguas, y él mismo cuenta que una vez, en medio de una tormenta terrible, “solo y abandonado por todos”, se le fue volando. Dudó si dejarlo ir por su deslealtad. Lo apreciaba tanto que lo llevaba aunque hiciera sol. Y aquí unas palabras que lo relacionan con ese principio de Niebla: “De hecho, para mostrar que no solo lo amo por su utilidad, a veces camino arriba y abajo del salón y me imagino que estoy fuera, me apoyo en él, lo abro, apoyo mi barbilla en su empuñadura, lo acerco a mis labios, etcétera”. El catálogo de la subasta de los enseres de Kierkegaard nos dice que tenía tres paraguas: uno de seda verde, otro de seda negra y uno pequeño. Objetos tan humildes como personales.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




viernes, 9 de enero de 2026

De nuevo el principio


Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 8 de enero de 2026.


                                               DE NUEVO EL PRINCIPIO 

Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué.

                En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”), supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”), el de La Regenta de Clarín (“La heroica ciudad dormía la siesta”) o, en nuestros días, el de Corazón tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

                En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del poema titulado El crimen, de José Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio de El doble, de Dostoyevski: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En El castillo, sin embargo, y volvemos a Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche cuando K. llegó”, y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse (aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese pueblo). Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la póstuma publicación de este libro.

                Es curioso que también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea de que ya era hora de dormirse. Como en El castillo, hay un dormir y un pronto despertar.

                La voz que cuenta en la Divina Comedia de Dante, ese monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida/ me hallé en el medio de una selva oscura/ después de dar mi senda por perdida.” Luego encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el Purgatorio.

                Por supuesto, podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios literarios que mi mente ha asociado libremente sirvan de felicitación a los lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña





viernes, 12 de diciembre de 2025

El paseo

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 11 de diciembre de 2025.

EL PASEO

            Hace ya muchos años leí unas palabras que dijo Machado al hilo de una entrevista o de una autopresentación: “Mis aficiones son pasear y leer”. Hoy me pregunto qué fue del paseo. Se anda, se hacen 10 000 pasos diarios, pero ¿se pasea? Recuerdo que cuando yo era pequeño la gente, en una estampa hoy inimaginable, recorría la calle central de mi pueblo, hacia arriba y luego hacia abajo y luego de nuevo hacia arriba, charlando durante una o dos horas. Era ese un paseo en compañía, pero también existía el paseo en solitario. Salir a pasear, eso es lo que hacía Rousseau cuando vivía en París, según él objeto de una conspiración que lo había apartado de la sociedad: “Heme aquí pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo. El más sociable y más amante de los humanos ha sido proscrito por un acuerdo unánime”. Decidido a describir el estado de su alma en esa situación, se propone, nos dice en Las ensoñaciones del paseante solitario, registrar sus paseos y las ensoñaciones que en ellos se producen al dejar que sus ideas vuelen libremente. En uno de ellos se topó con un gran perro danés que corría delante de una carroza. Pensó que solo podía evitar ser derribado si saltaba y el perro pasaba por debajo de él. Pero no pudo hacerlo, y esa fue la última idea antes del accidente. “No sentí ni el golpe ni la caída ni nada de cuanto siguió hasta el momento en que volví en mí”. La historia se propagó, transfigurada, y se esparció el rumor de que había muerto.

            Ese carácter de ensoñación, de libertad de pensamiento, propio del que pasea, lo vemos también en el curioso libro de Walser El paseo, en el que el protagonista, un poeta, cuenta lo que ve mientras camina. Su paseo es despreocupado (“Mientras seguía así mi camino como un buen haragán, fino vagabundo y holgazán o derrochador de tiempo y trotamundos”) y a la vez atento a lo que va saliéndole por el camino: un químico del Ayuntamiento pedaleando, un anticuario y perista enriquecido, una o dos damas elegantes, una librería a la que entra, así como en Correos o en la sastrería o en la oficina de Hacienda. Precisamente ante el reproche que le hace en esa institución el funcionario (“—¡Pero siempre se le ve paseando!”), responde el protagonista: “—Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa”. Hay algo, dicho sea de paso, que recuerda a Kafka en los diálogos de este librito.

            Un paseante pertinaz fue Kierkegaard, el filósofo danés para leer al cual Unamuno aprendió su idioma. Conocía su ciudad, Copenhague, como la palma de su mano, y las facturas que tenemos de su zapatero muestran tanto el desgaste de sus botas como la minuciosidad de Joakim Garff en la monumental biografía que le dedica. La figura del filósofo era reconocible por la calle, primero con su bastón de bambú y luego con el paraguas. Para Kierkegaard el paseo cumplía varias funciones. Le servía de comunicación física y social con sus convecinos: “Contemplo todo Copenhague como un gran encuentro social”. Llamaba a estos paseos, en los que caminaba con personas a las que se encontraba, como su “baño de gente diario”. Cogía del brazo a sus interlocutores, lo que contrasta con la imagen de introvertido que la posteridad luego ha tenido de él. Pero también lo utilizaba como distracción: “Para soportar un esfuerzo espiritual como el mío, necesitaba distraerme, distraerme con encuentros fortuitos en calles y callejones”. Probablemente se veía a sí mismo como un Sócrates danés, puesto que señala que el ateniense caminaba por la ciudad hablando igual con curtidores o sastres que con sofistas, estadistas o poetas, con jóvenes o con viejos, y sobre lo que fuera. Ese interés filosófico que tal asociación sugiere se une a otro psicológico por las personas que parece también nutrir estos paseos. Que además servían para alumbrar ideas: “he tenido mis mejores pensamientos mientras caminaba”. Y eran buenos, dice, para la salud.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA