miércoles, 1 de julio de 2026

Diversión

  Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 25 de junio de 2026.

 

DIVERSIÓN


            Aunque no para todo el mundo ni en la misma medida, el verano es tiempo de vacaciones y estas van asociadas a la idea de diversión. Y es de esto, y de su aparente contrario, el aburrimiento, de lo que me gustaría hablar hoy.

Siempre que alguien me propone hacer algo divertido que no me atrae lo más mínimo me acuerdo del libro de Foster Wallace Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, sobre su estancia en un crucero de lujo. Y también me acuerdo de aquello de Baudelaire de que es mejor trabajar que divertirse porque esto último aburre más. Y es que lo que a unos divierte a otros aburre soberanamente y a la inversa. A Pascal su padre lo castigaba con NO hacer ejercicios de matemáticas.

La diversión nos aparta de lo cotidiano. Recordemos al respecto la distinción latina, entre el ocio y el negocio, es decir, entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo.

            Así que cuando alguien (algunos hay) se divierte trabajando, queremos decir que disfruta con lo que hace, pero no se trata propiamente de diversión. Esta supone evasión. Ahora bien, yo veo tres formas de evasión diferentes. En la primera, quien se evade lo hace recorriendo una vida a veces más auténtica que la habitual, a veces complementaria de esta. Cuando alguien en su tiempo libre explora ciertos libros, se interesa por determinadas películas o entra en contacto con la naturaleza, está tratando con deleitosas y enriquecedoras entidades. Sería forzar las palabras, por muy bien que se lo pase, decir que se divierte. La diversión abarcaría, a mi juicio, solamente los otros dos tipos de evasión. Uno sería el entretenimiento alegre, descansado, jovial e intrascendente. Una partida de ajedrez carente de pretensiones, un juego, un deporte, entrarían en esta categoría. El otro sería la evasión como huida, como modo de no escuchar voces interiores que podrían surgir en el tiempo en que no estamos ni trabajando ni dedicándonos a algo que nos apasiona ni con un descanso entretenido. Hoy día tenemos a mano, nunca mejor dicho, el instrumento que nos proporciona esta diversión: el móvil. El scroll que se hace en él supone, según se confiesa, una pérdida de un tiempo que se pasa volando y en el que cualquier vacío que uno pueda tener queda taponado. Pero esta diversión no es nueva, y las mismas cosas ligadas al entretenimiento positivo del que hablábamos pueden funcionar de este modo. Pascal (el mismo al que su padre prohibía hacer ejercicios de matemáticas como castigo) advertía en el siglo XVII contra el divertissement como mecanismo para escapar a las preguntas vitales que uno se hace si se encuentra a solas consigo mismo. Pero leyendo los Pensamientos de Pascal vemos que esos juegos parecían tener más éxito que los nuestros para conseguir la distracción y que el hombre no se quedara ante el espejo. ¿Qué hubiera visto un hombre del siglo XVII en el espejo y qué ve ahora? Según Pascal, lo que hubiera visto (y lo que escondía tras las ocupaciones y las diversiones) era la miserable condición humana. Hoy es el vacío, la ausencia de experiencia. La consecuencia es entonces el aburrimiento. Parece haber un consenso en que el aburrimiento tal como lo conocemos es un fenómeno moderno que aparece en el paso del siglo XVIII al XIX, a las puertas del Romanticismo. Hoy día hay todo un ámbito de investigación denominado los “Boredom Studies” (“Estudios del Aburrimiento”). Pero de eso hablaremos otro día.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Modestia aparte

  Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 28 de mayo de 2026.


MODESTIA APARTE

 

            En la bolsa de valores éticos hay, como en la de los económicos, sus fluctuaciones. Virtudes que fueron muy consideradas durante una época son arrumbadas en el desván de los trastos viejos en la siguiente. Yo tengo la impresión de que en los últimos tiempos la modestia cotiza a la baja. Es verdad que es esta una virtud muy enrevesada y que podemos confundir con sentimientos como la vergüenza o el pudor. Por eso conviene despejar un poco el terreno para ver qué es (o que propongo que entendamos por) la modestia. Más que como “no creerse de importancia o valor” podemos definirla como “no manifestar que se tiene mucha importancia o valor”. Es una virtud social, diría yo, que se juega en las relaciones con los demás, aunque también tenga un punto íntimo, de relación de uno consigo mismo, de valoración personal de lo que uno es o hace (como si nos dijéramos: al fin y al cabo, no es para tanto).

            Es posible que una de las causas de la pérdida de valor de la modestia estribe en que en nuestra sociedad del espectáculo es requerida la exposición para dar algo a conocer. El premio Nobel de Física Peter Higgs (el del bosón) dijo que en este tiempo es probable que no lo consideraran académicamente valioso debido a que no entraría en el juego de la autopromoción, de la hiperpublicación y de la abundancia de citas y autocitas. Tal atención a que atiendan a uno resta el tiempo y la calma precisos para trabajar.  “El buen paño en el arca se vende” es ya un refrán para tiempos pasados, en los que los estudiosos salían al encuentro de los hallazgos, los aficionados al arte al de los cuadros y los lectores al de los libros. Hoy eso se ha invertido. El creador, sea científico o artista, ha de salir al encuentro de su público. Me pregunto qué parte de su tiempo y de su energía invierte en promocionar su obra. Como siempre que se confunden medios y fines, los primeros acaban a veces por ocupar el lugar de los segundos, que pasan a ser una mera excusa. La promoción de la obra adquiere más valor que la obra misma, y esta parece ser la ocasión de aquella. Es el mismo mecanismo que impera en las fotos (publicadas, claro, si no para qué hacerlas) con las que se da testimonio de que se ha estado en un sitio exótico o se ha comido algo fuera de lo normal. El resultado es un alejamiento de la experiencia y su sustitución por algo que es su simulacro.

            Esta situación da lugar a que la modestia, que tiende a ocultar el talento, acabe por sepultarlo, y su opuesto, el descaro, termine aflorando por doquier. El filósofo del siglo XVIII David Hume ideó una alegoría para intentar explicar ambas actitudes. En ella la Desconfianza, que empieza unida al Vicio y la Locura, acaba dulcificándose en compañía de la Virtud y la Sabiduría y se convierte en Modestia. La Confianza, por su parte, empieza unida a la Virtud y la Sabiduría, pero termina con el Vicio y la Locura, degenerando en Descaro. Si ponemos en relación esta lúdica y lúcida alegoría con el análisis que hace Aristóteles de la magnanimidad como la virtud que tiene el hombre que, siendo digno de grandes cosas, se considera merecedor de ellas, podemos ver que esa sería la Confianza de Hume. El Descaro correspondería a la vanidad aristotélica (que consiste en juzgarse digno de grandes cosas siendo indigno). Y la Desconfianza a la pusilanimidad, juzgarse digno de menos de lo que se merece. Y lo que habría ocurrido, a mi modo de ver, es una especie de traslación en la tríada aristotélica. La magnanimidad ha degenerado en vanidad (la Confianza humeana en Descaro) y la pusilanimidad (la Desconfianza humeana) ha mejorado, no para llegar a ser magnanimidad, pero sí algo más cercano a ella y, por supuesto, ya no vicioso sino virtuoso: la modestia. Por qué es así como ve las cosas un filósofo de una época basada precisamente en el yo nos llevaría muy lejos. Quedémonos con esa sospecha y ese riesgo de que se esté normalizando el golpe autoafirmativo de pecho y de que no se pueda ser nada ya sin él.

 

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

             

 


 

martes, 5 de mayo de 2026

El erizo

 Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 30 de abril de 2026.


EL ERIZO


           He hablado en estas páginas de las asociaciones mentales que ciertos animales (el perro, el gato, el cisne, el loro…) me provocan. Hoy quiero traer al erizo. Hay un verso de Arquíloco que dice así: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”. ¿Cómo interpretar este verso? Quizá lo que quiso expresar el poeta griego es que por mucha astucia y medios de que disponga el artero zorro, no puede doblegar al erizo que, con su único recurso, consigue defenderse con solvencia. El historiador de las ideas Isaiah Berlin utiliza esta contraposición para hablar de escritores y pensadores que, o bien van tras múltiples objetivos, actuando a diferentes niveles y sacando el jugo de “gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos” (los zorros) o bien tienen una visión central única, un sistema en el que integrar lo particular (los erizos). Él mismo reconoce que se trata de una clasificación simplificadora, pero no inútil. Esta distinción se toca con otras como la del práctico y el teórico, o la del empírico y el racionalista, o la del ilustrado y el romántico.

            Thomas Mann comienza su texto sobre Schopenhauer señalando el carácter estético que tiene un buen sistema metafísico, destilado, digamos, por un erizo. Pero el propio Schopenhauer hablaría también de este animal, según mi memoria evoca. Una parábola suya cuenta lo siguiente. Unos erizos sienten frío y se acercan unos a otros, pero cuanto más cerca están, más dolor les producen las púas vecinas. Al alejarse, vuelven a sentir frío, con lo que a la postre han de ajustar la distancia para conseguir la más soportable. Schopenhauer quiere ejemplificar así, con su acostumbrado optimismo, las relaciones humanas: “Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros”. Para este filósofo alemán, la distancia adecuada es la cortesía y las buenas costumbres. “Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas”. Eso sí, quien tenga calor propio haría bien en mantenerse alejado de la sociedad para no causar o recibir ninguna molestia. No está muy claro si la parábola apunta exclusivamente al mundo social o si se refiere también a las relaciones personales. Son dos dimensiones completamente diferentes y, si pensamos en la amistad o el amor, la distancia cortés es muy cuestionable, incluso si hablamos de espinas: “En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día; / ya no siento el corazón”, cantaba Machado. En cualquier caso, puede que esta parábola diga más de Schopenhauer o de quien la traiga a colación que de las relaciones humanas en sí. También nos sirve para darnos cuenta de cómo se confunden a veces las cosas. A mí me gusta, cuando escucho o leo este tipo de referencias repetidas, acudir a la fuente original. En este caso se trata del libro Parerga y Paralipomena, que le supondría al filósofo la fama que hasta entonces le había rehuido. Lo publicó a duras penas, pues el editor de El mundo como voluntad y representación (la obra hoy más famosa de Schopenhauer), escarmentado por el fracaso de las dos ediciones que había hecho de esa obra, rechazó el único manuscrito que le habría proporcionado una ganancia económica. Pues bien, si vamos al texto de la parábola resulta que Schopenhauer no habla propiamente de erizos, sino de… puercoespines. ¿En qué momento se produjo el cambiazo?

            Dejo de nuevo la mente vagar y me aparece un tercer erizo, el medieval. Es este un erizo previsor. En el momento de la cosecha, se sube a una vid, sacude las uvas para que caigan y luego rueda clavando sus espinas en ellas para transportarlas hasta su madriguera con el fin de alimentar a sus crías. Para protegerlas, cuando sopla el viento del norte o del sur bloquea el agujero correspondiente de su madriguera.

            Y hasta aquí las evocaciones de este punzante animal.

            

 


 

 

domingo, 5 de abril de 2026

El origen del género policiaco

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 2 de abril de 2026.

           

EL ORIGEN DEL GÉNERO POLICIACO

 

Dado que este mes de abril está vinculado al libro, me gustaría hablar de un género que parece gozar de buena salud y que sospecho ha estado presente para no pocos lectores en el comienzo de su gusto por la literatura.

La aparición de una nueva idea, una nueva filosofía o un nuevo género literario es un acontecimiento cuya importancia es difícil de exagerar. En la primera mitad de la cuarta década del siglo XIX, Poe echa a andar por donde nunca antes se había transitado. El año 1841 publica Los crímenes de la calle Morgue, considerado el primer texto del género policiaco. Otros dos cuentos, El misterio de Marie Rogêt (1842-3) y La carta robada (1845), comparten con él la presencia del detective Dupin y la importancia en el origen de esta tradición literaria. Se trata de textos fundacionales en los que pueden verse aspectos básicos del género. C. Auguste Dupin, un  joven caballero de excelente familia que se ha empobrecido y vive de una pequeña renta, amante de la soledad y la privacidad, resuelve los casos sin tocarlos, es decir, por mero análisis racional: será el modelo del detective. El narrador es un amigo y admirador suyo, como lo será el Watson de Sherlock Holmes. La oposición entre la inteligencia excéntrica del detective y la convencional de la policía aparece también en estos cuentos. Encontramos asimismo una solución sencilla, uno de los principios de la ficción detectivesca que alcanza su más alto grado en La carta robada. En fin, los propios temas tratados serán también canónicos, especialmente el tema del cuarto cerrado.

            Si miramos ahora la relación del nacimiento y expansión del género con su contexto histórico y social, encontraremos otro rasgo fundacional en este trío policial de ases. En un mundo que estaba asistiendo al nacimiento de las grandes ciudades (París y Londres, sobre todo), en las que la multitud era el lugar del anonimato y de la ruptura de los antiguos vínculos de la comunidad, y en el que el afán de catalogación y medición, de matematización del mundo, que la modernidad llevaba en sus genes, encuentra o crea unos instrumentos tan útiles a su objetivo como la antropometría o la huella dactilar, la figura de un criminal que se oculta entre la multitud y de un detective que lo busca en ese laberinto moderno están listas para dar lugar a un nuevo género. Walter Benjamin ha relacionado en su estudio sobre el “flâneur” la amenaza que supone la masa como asilo del asocial con el nacimiento de las historias de detectives. Si Poe elige París como el escenario de esas tres primeras historias fundacionales, no es por el motivo que aduce Borges, quien sostiene que lo hace para subrayar el carácter fantástico, no realista, de estas historias: París es para el lector de ellas algo exótico, como el lejano Oriente para un europeo. Puede que el relato policial no sea un género realista, pero no me parece esa la explicación de la elección de París como escenario. Yo la veo en el hecho de que se trata de una gran ciudad y ese es el marco adecuado a las historias detectivescas. El aspecto amenazador que tiene la multitud de una gran ciudad es fundamental en el segundo de estos tres cuentos, El misterio de Marie Rogêt, donde se habla de “la gran desproporción entre las relaciones personales (incluso las del hombre más popular de París) y la población total de la ciudad”. Poe era muy sensible a este hecho, como lo demuestra su cuento El hombre de la multitud, publicado el año anterior al del primer cuento de Dupin.

            Esto nos lleva al contraste, también presente en estos tres textos, entre el interior y el exterior o entre la vida privada y pública. Ese contraste aparece de un modo manifiesto entre el carácter doméstico, aislado, del detective y el mundo de fuera. También podemos verlo en la propia sustancia de la literatura policiaca, como el secreto que se oculta entre la multitud, como el crimen privado que ha sacarse a la luz, como la doblez del criminal antes de ser reconocido. 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




viernes, 6 de marzo de 2026

Cartas

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de marzo de 2026.


CARTAS

¿Cuándo dejamos de recibir cartas personales? ¿Cuál fue la postrera de un amigo, de una novia, de un familiar, que nos llegó? ¿A quién enviamos la última, sin saber que se trataba de la última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es curioso: en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo guardamos nosotros. Conservo en una caja, atadas con gomas, multitud de cartas recibidas. Cuántas veces, hace ya muchos años, las habré releído. En una de ellas, recuerdo, había arena de una playa de Almería, sorprendente originalidad con que me obsequió el remitente. ¿Y dónde estarán las que yo escribí? ¿Las habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar, una tarde plomiza y triste de invierno? ¿O en aquella escrita en mi primer año de clase, sobre la mesa para mí todavía desacostumbrada del profesor, mientras los alumnos terminaban su tarea?

Por eso, además de inquietante estupor, me suscita pena una noticia de 2022, cuyo titular reza así: “Encuentran 20.000 cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y 2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de acuerdo con el desenlace que se insinúa: “lo más probable es que, salvo que se encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean destruidas y no lleguen a sus destinatarios”.

Contrastan con esta noticia aquellas en las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. En las que tengo recopiladas una epístola puede tardar un siglo o más en llegar. La más entrañable es la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial. Su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y ahora, a los 99 años, ha recibido la carta, rescatada de un barco hundido por un submarino nazi. “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”.

Lo que nos lleva a Renaud Morieux, profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, quien, haciendo un trabajo sobre prisioneros franceses en Inglaterra, se topó en un archivo con “tres legajos unidos por una cinta”. Eran cartas, pequeñas y selladas. Habían sido enviadas a los marineros del buque francés Galatée, pero este fue apresado por los ingleses en el contexto de la Guerra de los Siete Años (siglo XVIII) y las cartas, que no llegaron a ser leídas, incautadas por la Marina Real Británica. Morieux las ha descifrado (conflictos familiares, palabras de amor, saludos) e investigado sobre los destinatarios.

Recuerdo ahora el ensayo de Pedro Salinas sobre las cartas, que escribió en el exilio. Es un largo y delicioso texto a la vez análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y mirada a la situación de su tiempo, los años cuarenta del siglo pasado, en los que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas se detiene en las cuestiones que le salen al paso: los buzones, la privacidad y publicidad de las cartas, el epistolario de Madame de Sevigné, la relación de mujer y carta en los cuadros de Vermeer de Delft, los escribanos públicos qué él conoció en su mocedad y que, en cuchitriles, ejercían el oficio de poner en palabras los anhelos de mozas enamoradas que no sabían escribir, los manuales de correspondencia…

No es poco lo perdido con las cartas. Al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y al otro.

Un abrazo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña