martes, 5 de junio de 2018

Robots


Artículo publicado en el Jaén el lunes, 4 de junio de 2018

ROBOTS

            Últimamente se suceden las noticias relacionadas con los robots: logros en sus habilidades, aplicaciones diversas, impacto en el mundo laboral, relaciones con los humanos… En realidad, desde que apareciera el término “robot” en 1920, ni la ciencia ha dejado de mejorarlos ni la literatura y el ensayo de proyectar su desarrollo y su presencia en el futuro. Su papel en la ciencia ficción es de protagonista. Pero antes de que apareciera la palabra y la tecnología permitiera una sofisticación insospechada siglos atrás, la figura del humanoide ya existía y había dado lugar a inevitables reflexiones.
Dejemos a nuestras espaldas los antecedentes griegos o medievales y empecemos en los finales del siglo XVIII. Durante esos años y los de principios del XIX, un maniquí con turbante llamado “el turco” se pasea por Europa y Estados Unidos ganando al ajedrez a quien se atreve a retarlo. Sentado ante un tablero dispuesto sobre una caja con un mecanismo interno de relojería, hacía creer a la gente que era un autómata capaz de mover peones, caballos o torres como un maestro. El mismísimo Napoleón fue derrotado por su juego. Por mucho que se intentó descubrir dónde estaba el truco (el truco del turco), un incendio se llevó el secreto para siempre cuando el ingenio contaba ya 85 años desde su creación por Wolfgang von Kempelen en 1769. Nos queda una especulación detectivesca de Edgar Allan Poe al respecto y la confesión del hijo de uno de sus dueños, que parece explicar la verdad de este personaje de la época. Aunque espero haber despertado la curiosidad del lector por este tatarabuelo de Deep Blue (la supercomputadora de IBM que jugó con Kaspárov en 1996), respetaré su secreto como estratagema para aumentarla. La curiosidad es una forma del deseo y ya sabemos que este se halla, también, en crisis.
Cuando pienso en el turco mi mente lo asocia con una autómata ficticia de la misma época llamada Olimpia. Aparece en el cuento de ETA Hoffmann “El hombre de arena”. Y con “Frankestein o el moderno Prometeo”, novela publicada hace ahora 200 años y cuyo protagonista tiene algo de que carecen los autómatas pero que la ciencia ficción se encarga hoy de imaginarle: la consciencia. Ese interés por estas figuras que se da en el romanticismo está relacionado, si no me equivoco, con la cuestión de la identidad. Meterse en ella es hacerlo en un laberinto que la página de un periódico no es lugar para desplegar. Baste con decir que en ese momento se produce uno de los mayores cambios de mentalidad de la historia de occidente. Isaiah Berlin destaca como rasgo de este periodo el abandono de la idea de una estructura del mundo a la que debamos someternos y su sustitución por la idea de que el universo es creativo, fluyente, infinito, inabarcable.  En él, nosotros debemos ser creadores de valores, de objetivos, de fines. La idea del yo personal y la idea del ser humano en general quedan radicalmente afectadas por esta nueva visión de la realidad. De ahí parte, a mi juicio, el peculiar tratamiento de dos temas que, aunque relacionados, conviene distinguir: el del doble y el del autómata. Dejemos por ahora el primero, la posibilidad de que exista alguien que de un modo u otro repita mi identidad, y sigamos con el segundo.
El autómata como figura casi humana viene definido por un parecido exterior al que, no obstante, falta la expresividad de la carne. El motivo es que el autómata, a diferencia del hombre, carece de interior. Por eso el desarrollo de una visión del hombre que ha querido explicarlo completamente a través de la ciencia nos ha acercado a ellos. Para tal visión no hay ya alma, ni siquiera mente: solo cerebro. La reacción de aquellos a quienes dolía tal concepción se expresó pictóricamente en las variantes del autómata: los maniquíes de Chirico, las máscaras de Ensor, las caricaturas de Dix, las figuras oníricas de Delvaux, los personajes casi de cera de Magritte… Todos nos producen la sensación de una inhumanidad muy humana. Todos nos inquietan. Como los robots con forma humana, que han dado el pie a este artículo. Y seguirán dándolo al siguiente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.



martes, 8 de mayo de 2018

Náufragos



Artículo publicado en el Jaén el lunes, 7 de mayo de 2018


NÁUFRAGOS

En el artículo del mes pasado acabábamos sorprendidos ante el uso de términos de sabor antiguo para designar lo más actual. Así, llamamos “navegar” a nuestro recorrido por internet o “nube” al espacio donde guardamos información. Hoy podemos añadir algo más al respecto. La palabra “cibernética” proviene del término griego “kybernētik”, que designa el arte de gobernar una nave. Parece que el elemento predominante en nuestro mundo tecnológico es el agua. No es, pues, extraño que el recientemente fallecido sociólogo Bauman hable de modernidad líquida, de realidad líquida y de educación líquida.
         Ahora bien, la experiencia en la que el hombre se encuentra perdido en el agua se llama “naufragio”. Se trata de una situación paradigmática, hasta el punto de que la filosofía de Ortega y Gasset considera la vida precisamente así, como naufragio. Pero aunque constitutivamente el hombre sea un náufrago, ha habido épocas en las que su circunstancia histórica y social hacía que sintiera que el barco en el que transcurría su existencia era tierra firme donde sus raíces se hallaban bien afincadas. Stephan Zweig cuenta en “El mundo de ayer” cómo la generación de sus padres, que vivió en la Austria de antes de la Primera Guerra mundial, consideraba el mundo como un lugar estable en el que los cambios eran mínimos. Su circunstancia era su hogar. Llama por ello a aquella época “la edad de oro de la seguridad”. Por el contrario, él vivió una existencia sacudida por las dos guerras mundiales y el ascenso al poder de Hitler, que de un escritor de éxito lo convirtió en un autor prohibido y un huido apátrida. La tradición española parece especialmente sensible a esa posibilidad de que de pronto todo cambie, a esa concepción del poder como voluble, de la vida como inestable, del mundo como una ruleta de la fortuna: “tu firmeza es non ser constante”, le decía a aquella Juan de Mena. Quizá por eso España aportó tanto al barroco, una época en que esta experiencia del naufragio se agudizó. Viejas certezas que el paso de los siglos había apuntalado se resquebrajaban y el hombre sentía que el suelo le faltaba bajo los pies. De ahí la sensación de que la realidad tenía la consistencia de los sueños: estamos hechos de la materia de los sueños (Shakespeare), la vida es sueño (Calderón), contemplemos la posibilidad de que todo sea un sueño (Descartes). Y de ahí también la idea de que el hombre es una mezcla de miseria y grandeza, porque sentirse náufrago es reconocerse menesteroso, pero en ese reconocimiento está la posibilidad de salvación. De otro modo uno se ahoga inevitablemente.
         Hay otro momento en que el hombre siente que se halla sobre agua procelosa y que debe nadar para salvarse. Hace dos siglos, en pleno romanticismo, Géricault pintaba “La balsa de la Medusa”, la historia de un famoso naufragio. Por las mismas fechas, Schopenhauer citaba en su libro más famoso las palabras de Shakespeare y de Calderón relativas al sueño. Y Mary Shelley escribía “Frankestein”, una novela sobre las posibilidades de la ciencia que vuelve a mostrar el carácter doble del hombre, su lado sublime y su miseria.
         El artículo está llegando a su fin y debemos arribar a puerto. Nuestro mundo parece mirar desorientado una brújula que señalara hacia él mismo. La sensación de naufragio nos acerca al barroco y a los románticos. De hecho, hoy se habla de un neobarroco, de un tecnobarroco y de un tecnorromanticismo. No es lugar este para entrar en detalles, basta señalar las sugerentes coincidencias. El ciberespacio, la inteligencia artificial, la globalización, configuran un inmenso mar de agitadas aguas, en el que volvemos a sentirnos menesterosos y a cuestionar la realidad. La ciencia ficción, que nos muestra la grandeza y bajeza del hombre, ha pasado a ser en parte un género realista en el que encontrar material para la reflexión. Porque solo haciéndonos cargo de la complejidad de nuestro mundo (y su denunciada superficialidad es parte de esa complejidad) compondremos un arte de gobernar bien nuestra nave, una buena cibernética.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Puede leerse en el periódico.



jueves, 12 de abril de 2018

Nubes


Artículo publicado en el periódico Jaén el 9 de abril de 2018.

NUBES

Llama la atención la facilidad con la que cuanto nos rodea (paisajes, personas, acontecimientos) se vuelve duro y pétreo, deja de hablarnos y enmudece. Quizá lo acertado sería decir lo inverso, señalar la facilidad con la que nosotros nos volvemos sordos al mundo, de espaldas a él, al que de modo automático sustituimos por una cadena de tópicos con que, a la vez, lo apresamos. Nos movemos entonces como si paseáramos por un mapa en vez de hacerlo por un territorio. Sospecho que esa sordera es inevitable, que es imposible vivir continuamente tocando la profundidad de las cosas. Pero si no podemos habitar siempre en el fondo de lo que nos rodea, tampoco nos satisface quedarnos sin más entre sus corazas. Una voz interior nos zarandea quejándose de sed. Y hay así momentos en los que nos detenemos y abrimos las puertas de objetos, personas o hechos y entramos en su interior con el asombro que siempre la realidad nos produce cuando sabemos mirarla. Ese asombro que es según Aristóteles el origen del pensamiento.
Coincidimos con alguien en el ascensor y, queriendo hablar y sin saber de qué, recurrimos al tiempo. El de estas semanas nos echa una mano, porque parece menos convencional y disimula el carácter mostrenco de la conversación. Pero imaginemos que, por extraño e improbable azar, queramos justo en esa situación romper el cascarón del mundo y asombrarnos de lo que contiene. Supongamos, por ejemplo, que, al hilo de la tópica conversación,  nuestro interlocutor pronuncia la palabra “nube” y nuestros ojos, los suyos y los nuestros, brillan despertados por un puñado de sugerencias. Varios caminos se abren entonces ante nuestros pies. Siguiendo uno de ellos hablaremos de lo efímero, de lo pasajero. Uno citará los versos de Amado Nervo: “que el hombre pasa como las naves,/como las nubes, como las sombras”. El otro sacará su inevitable as, recurriendo a Jorge Manrique, “¿Qué se hicieron las damas,/sus tocados, sus vestidos,/sus olores?”, y entre ambos buscaremos el sentido del paso del tiempo. Pero podemos echar el pie en el camino que hay junto a este y decir que la nube ha simbolizado la apariencia vana. Inevitable recurrir entonces al mito de Néfele. Zeus había perdonado a Ixión una traición cometida y lo había sentado a su mesa. Ixión, reincidente, pretendió traicionar al mismísimo Zeus acostándose con su mujer, Hera. Borracho, no se dio cuenta de que yacía con Néfele, una nube a la que Zeus había dado la forma de su esposa. Desde entonces, sufre uno de los castigos más famosos de la mitología griega: recorre el firmamento atado a una rueda ardiente. Chamfort alude a este castigo en una comparación que yo no he parado de recordar durante la crisis: El ambicioso que ha perdido su objeto y vive desesperado, me recuerda a Ixión en la rueda por haber abrazado una nube.
         Pero hay más caminos. También la nube ha significado divina bendición. El pueblo bíblico, al habitar una región semidesértica, asocia la nube al agua y a la sombra, es decir, a la fecundidad y a la protección. Asimismo, podía ser la señal visible de Dios. Un recorrido, como puede verse, opimo y prometedor.
         Alguien que en ese momento se subiera en el ascensor podría pensar que estamos en las nubes. Quizá nos escogería como personajes de una versión contemporánea de “Las nubes” de Aristófanes, la comedia donde se ridiculiza a Sócrates. Entonces iniciaríamos los tres un debate sobre la relevancia que el pensamiento y las ideas tienen en la que suele llamarse vida real. ¿Fecundan las nubes de la teoría la tierra de la práctica o son el refugio de los que no saben vivir?
          Pero nadie ha subido. Y, de pronto, nuestro interlocutor dice, escogiendo otro camino: ¿Te has fijado en los términos tan antiguos que usamos para nuestro invento más actual, internet? Como los fenicios o los griegos, “navegamos” por su proceloso espacio, consistente en una “red” como la inventada por Aracne, a quien Minerva convirtió en araña. ¿Y dónde guardamos nuestra información? En efecto, respondemos pensativos: en la nube.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.





lunes, 19 de marzo de 2018

El consumo del arte



Artículo publicado en el periódico Jaén el 12 de marzo de 2018.


EL CONSUMO DEL ARTE

Es posible que el signo de nuestro tiempo sea carecer de signo alguno. Predomina la sensación de que nada de cuanto surge lo hace para quedarse. Sospecho que esto tiene que ver con la aplicación del patrón del consumo a ámbitos que le son ajenos. La pista me la dio una famosa presentadora de televisión, que dijo hace años: “Consumo todo tipo de música”. A la sorpresa que me produjo el que pudiera pasar sin solución de continuidad de la “Novena” a “Macarena”, se añadió el empleo del verbo “consumir” en ese contexto. Uno consume tomates o plátanos, pero… ¿música? Lo característico del consumo, cuenta la perspicaz Hannah Arendt, es que se produce en nuestra dimensión biológica, es necesario para nuestra subsistencia en la naturaleza. Consecuentemente, lo consumido es poco duradero, está destinado a desaparecer, tragado por nuestro cuerpo o sometido a la corrupción natural.
Pero, además de este ámbito y sobre él, el hombre ha creado un espacio donde las cosas están hechas para perdurar. Más allá de la naturaleza, hemos levantado  un mundo que nos recibe al nacer y que seguirá tras nuestra muerte. Las obras de arte, pero no solo ellas, pertenecen a ese mundo.
Consumir música, o libros, o cuadros, supone así tratar algo destinado a perdurar como si perteneciera a nuestro espacio de mera supervivencia. Aunque también cabe la posibilidad de que el producto consumido se haya hecho para tal menester, es decir, que desde su origen la música o el libro haya sido proyectado para un trato con el oyente o el lector de usar y tirar. Es la sospecha que nos sobreviene al leer la primera página (para nosotros también la última) de algunas novelas o escuchar las primeras notas (a menudo, ay, condenados a que no sean las últimas) de tantas canciones. Contrariamente a la búsqueda de la pervivencia que animaba en otro tiempo las obras, estas parecen ahora reclamar a gritos el olvido. Sin duda tal destino tiene que ver con la velocidad con que hoy se hace todo. “Quien vive de prisa no vive de veras”, canta el verso de Santos Chocano, tal vez porque la celeridad propicia que el hombre viva un puro presente desgajado del pasado y del futuro. La consecuencia es que el individuo pasa de puntillas por las cosas sin ser afectado por ellas, produciéndose así un déficit de experiencia, cuyas manifestaciones van desde el turista que fotografía lo que es incapaz de experimentar a la superficial lectura de picoteo que hacemos en internet (”mariposeo cognitivo”, la llama Vargas Llosa).
Esa falta de experiencia explica el afán por el selfi. En él no se trata tanto de mostrar a los demás la intensidad de un momento de nuestra vida cuanto del intento por convencernos de que estamos, por fin, viviendo. La palabra (de “self”, “auto” o “a sí mismo”) ilumina otro aspecto de esa actividad: su  tentativa de aferrarse a una identidad que sentimos que se nos escapa. Pues la estabilidad de ese mundo hecho de cosas perdurables del que hemos hablado hace que nos sintamos en él como en nuestro hogar y, por tanto, que nos reconozcamos a nosotros mismos, que sintamos la seguridad de nuestro yo. Un entorno estable permite un sujeto que, alejándose del cambio incesante inherente a lo natural, conquista su unicidad. Si las cosas de ese mundo (obras de arte, sí, pero también sillas, mesas y demás objetos que están hechos para acompañarnos en la vida) son diseñadas, mediante la obsolescencia programada, no para durar sino para desaparecer inmediatamente, no para que nos acompañen sino para ser consumidas, nos quedamos a la intemperie. Y un sujeto a la intemperie se disgrega, no sabe ya quién es. Por eso un famoso sociólogo ha propuesto la figura del refugiado como figura de nuestro tiempo. Y también por eso las identidades que se exhiben tienen en común su afectación, como si se luchara por recuperar un yo que tenemos la impresión de haber perdido en alguna parte del camino que nos ha llevado hasta el presente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

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martes, 13 de febrero de 2018

Si todo se repitiera

    Pongo aquí el artículo publicado ayer, lunes, 12 de febrero de 2018, en el diario Jaén. En la edición del periódico han omitido dos puntos y aparte, uno de ellos muy necesario.



SI TODO SE REPITIERA

Ahora que usted está de lunes, sacudiéndose su somnolencia e intentando orientarse en la semana que se abre a sus pies, le voy a proponer un juego. En la miscelánea de noticias que llenan las páginas de este periódico las encontrará terribles, simpáticas, previsibles o inverosímiles. Aunque dejen un cierto poso en el lector, en poco tiempo serán olvidadas. Si hay un objeto perecedero, es el diario. Pero… ¿y si no fuera así?
Un día de agosto de 1881, en los bosques junto al lago de Silvaplana, “a 6000 pies más allá del hombre y del tiempo”, Nietzsche fue presa de la intuición del eterno retorno, del pensamiento de que nuestra vida se repite una y otra vez en todos sus detalles. La idea puede abordarse de distintos modos. Yo propongo en este artículo que la consideremos una prueba mental. ¿Cambiaría algo nuestra visión del mundo, nuestra actitud ante la vida, si estuviéramos convencidos de que la nuestra volverá una y otra vez, de que leeremos este mismo periódico con estas mismas noticias infinitas veces?
            Kundera, en el comienzo de La insoportable levedad del ser, responde afirmativamente a la pregunta. Nuestro mundo adquiriría un peso enorme si hubiera de repetirse eternamente. Como consideramos que no es así, la historia se vuelve leve. Lo que ha pasado una sola vez es insignificante. Dado que Robespierre no volverá, aquellos “años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo.” Se ficcionalizan.
            Pero todo cambia si esperamos que esos mismos años se repitan. El eterno retorno hace que hayamos de cargar con el peso de la responsabilidad. Las dos categorías que usa Kundera son, como vemos, la del peso y la de la levedad. La primera pertenece al mundo del eterno retorno, la segunda al mundo de lo que solo se da una vez. Las implicaciones, podemos intuirlo fácilmente, aparecen tanto en el plano histórico como en el personal.
            Entre la idea de Nietzsche y la consideración de Kundera media un siglo. En mitad de esos cien años de separación un argentino aficionado a los laberintos, los espejos y los tigres, dedica dos apartados de su Historia de la eternidad al asunto. En el primero de ellos alude a la crítica de San Agustín a la idea del eterno retorno. Lo asombroso es que lo que para el escritor checo en la segunda mitad del siglo XX significa gravedad, es irrisorio para el hombre que abre la puerta de la Edad Media. Si todo se repite, piensa San Agustín, las cosas pierden dignidad. Sería ridícula una crucifixión que volviese una y otra vez, del mismo modo que la seriedad de una despedida se vuelve cómica si vamos a volvernos a ver infinitas veces todavía.
¿En qué quedamos, pues? ¿El eterno retorno daría peso, seriedad y valor a la vida, como piensan Kundera y Nietzsche, o, por el contrario, siguiendo a San Agustín, se lo restarían, harían de ella algo leve e insignificante? Si dos dicen lo mismo, no es lo mismo, reza la sentencia. Invirtámosla: si dos dicen lo contrario, podría ser lo mismo. Y es que ambas posturas buscan la importancia de la vida, pero la encuentran en sitios distintos. Para el santo algo que haya pasado una vez tiene consistencia: Dios recoge cada instante en el seno de su eternidad. Para un mundo marcado por “la muerte de Dios”, lo único se convierte en leve, en humo, en sombra, en nada.
¿Y no será lo mismo, bien mirado, el instante fugaz y el eterno retorno? Si, como dijo Leibniz, dos cosas idénticas son la misma cosa, ¿no serían dos o infinitos instantes idénticos un mismo instante?
Desplegado el tablero de juego y repartidas las cartas, ¿qué dice usted? Si este lunes y las noticias del diario que tiene entre manos estuvieran llamadas a repetirse eternamente, ¿haría usted lo mismo que tenía previsto hacer esta semana? Tal vez la hipótesis le parezca absurda, y entonces mi pregunta es: si este instante no va a volver ya jamás, si las noticias de este diario solo fulgurarán hoy, ¿serán por ello intrascendentes, será el dolor que algunas de ellas destilan distante como una ficción?

            JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

   Versión digital en el periódico: 




martes, 3 de octubre de 2017