Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 25 de junio de 2026.
DIVERSIÓN
Aunque
no para todo el mundo ni en la misma medida, el verano es tiempo de vacaciones
y estas van asociadas a la idea de diversión. Y es de esto, y de su aparente
contrario, el aburrimiento, de lo que me gustaría hablar hoy.
Siempre que
alguien me propone hacer algo divertido que no me atrae lo más mínimo me
acuerdo del libro de Foster Wallace Algo
supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, sobre su estancia en un
crucero de lujo. Y también me acuerdo de aquello de Baudelaire de que es mejor
trabajar que divertirse porque esto último aburre más. Y es que lo que a unos
divierte a otros aburre soberanamente y a la inversa. A Pascal su padre lo
castigaba con NO hacer ejercicios de matemáticas.
La diversión nos
aparta de lo cotidiano. Recordemos al respecto la distinción latina, entre el
ocio y el negocio, es decir, entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo.
Así
que cuando alguien (algunos hay) se divierte trabajando, queremos decir que
disfruta con lo que hace, pero no se trata propiamente de diversión. Esta supone
evasión. Ahora bien, yo veo tres formas de evasión diferentes. En la primera, quien
se evade lo hace recorriendo una vida a veces más auténtica que la habitual, a
veces complementaria de esta. Cuando alguien en su tiempo libre explora ciertos
libros, se interesa por determinadas películas o entra en contacto con la
naturaleza, está tratando con deleitosas y enriquecedoras entidades. Sería
forzar las palabras, por muy bien que se lo pase, decir que se divierte. La
diversión abarcaría, a mi juicio, solamente los otros dos tipos de evasión. Uno
sería el entretenimiento alegre, descansado, jovial e intrascendente. Una
partida de ajedrez carente de pretensiones, un juego, un deporte, entrarían en
esta categoría. El otro sería la evasión como huida, como modo de no escuchar
voces interiores que podrían surgir en el tiempo en que no estamos ni
trabajando ni dedicándonos a algo que nos apasiona ni con un descanso
entretenido. Hoy día tenemos a mano, nunca mejor dicho, el instrumento que nos
proporciona esta diversión: el móvil. El scroll que se hace en él supone, según
se confiesa, una pérdida de un tiempo que se pasa volando y en el que cualquier
vacío que uno pueda tener queda taponado. Pero esta diversión no es nueva, y
las mismas cosas ligadas al entretenimiento positivo del que hablábamos pueden
funcionar de este modo. Pascal (el mismo al que su padre prohibía hacer
ejercicios de matemáticas como castigo) advertía en el siglo XVII contra el divertissement como mecanismo para escapar
a las preguntas vitales que uno se hace si se encuentra a solas consigo mismo. Pero
leyendo los Pensamientos de Pascal vemos
que esos juegos parecían tener más éxito que los nuestros para conseguir la
distracción y que el hombre no se quedara ante el espejo. ¿Qué hubiera visto un
hombre del siglo XVII en el espejo y qué ve ahora? Según Pascal, lo que hubiera
visto (y lo que escondía tras las ocupaciones y las diversiones) era la
miserable condición humana. Hoy es el vacío, la ausencia de experiencia. La
consecuencia es entonces el aburrimiento. Parece haber un consenso en que el
aburrimiento tal como lo conocemos es un fenómeno moderno que aparece en el
paso del siglo XVIII al XIX, a las puertas del Romanticismo. Hoy día hay todo
un ámbito de investigación denominado los “Boredom Studies” (“Estudios del
Aburrimiento”). Pero de eso hablaremos otro día.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
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