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miércoles, 5 de noviembre de 2025

Una tertulia en 1925

 Texto publicado en la revista Stella, 2025



UNA TERTULIA EN 1925

  

         ¿De qué se hablaba en 1925, hace un siglo, en nuestro pueblo? Intento recrear una tertulia en uno de sus bares, el de Parrilla por ejemplo, con personas que vivían entonces tratando asuntos del día. Pero como veo tantos posibles desarrollos decido que sea el lector el que evoque esa conversación. Así que aportaré datos fieles (entresacados de la prensa de la época y de los imprescindibles libros de Manuel Valenzuela) a modo de piezas con las que se pueda armar libremente la historia, como en esos juegos en los que según se combinen las mismas cartas van apareciendo distintas figuras.

         Mantengamos el bar de Parrilla a modo de escenario fijo. Doy cuatro posibles tertulianos: un farmacéutico, Julián Díez, un veterinario, Pablo Pasanís, un maestro, Faustino Morato Vadillo y Agustín Sanz. Allá va una pincelada de cada uno para mejor imaginar la escena. El primero, Julián Díez, desde hace treinta años es farmacéutico titular de Navas. El segundo, Pablo Pasanís, lleva también todo el siglo ejerciendo su oficio de veterinario en nuestro pueblo. En cuanto al tercero, lo vemos ir de un sitio a otro en diferentes escuelas de España años atrás, pero sabemos que este curso está aquí y que ya se ha quejado al alcalde de las malas condiciones del local donde da clase. Agustín Sanz, un joven de 20 años, se ha sentado con ellos porque le han preguntado por un asunto que ha dado mucho que hablar en las provincias de Jaén y de Córdoba. Según la época del año donde se sitúe el relato, podemos estar dentro (en el exterior, una tarde parda y fría, monotonía de lluvia machadiana) o fuera (cielo azul, nubes azorinianas). Conviene dar un toque realista con unos vinos manchegos y una botella verde de cerveza El Lagarto sobre la mesa. De fondo, si se quiere meticulosidad, puede aparecer la furgoneta de reparto, una Renault Monastella matrícula J-2262.

         Ahora veamos un puñado de temas de la actualidad de hace un siglo y de los que es fácil imaginar que se hablara en esa tertulia. Pueden colear asuntos del año anterior, como la plaga de langosta del agosto pasado (el maestro tal vez saborea en su mente con lentitud el alejandrino y la aliteración: “La plaga de langosta del agosto pasado”). Puede uno llevar la conversación al robo de bestias. A final de marzo le habían sustraído en el Tostadero a Pedro Torres Parrilla una burra de 3 años. El 1 de mayo, precisamente el 1 de mayo, habían robado en Cerro Laguillas una yegua de 11 años con una rastra de un muleto y un caballo capón de 7 años, de Gaspar Garrido, más una yegua de 17 años de Celedonio Rubio. En julio le había tocado el turno a una burra de 20 años de Pedro Sánchez Parrilla y a otra de 8, preñada, de Domingo Casas Pérez, en Olla Paciencia. Si quisiéramos prolongar esa conversación, recurriríamos a robos del año anterior.

         Por supuesto puede salir la situación en Marruecos, haciendo coincidir la tertulia con las noticias sobre el desembarco de Alhucemas. Y otros asuntos locales, como el estado ruinoso del ayuntamiento. Si el lector gusta del humor macabro, puede jugar con la construcción del nuevo cementerio, que pronto sería inaugurado, inventando una conversación en la que se apueste por quién será el último en ser enterrado en el viejo y quién el primero en el nuevo.

         Pero decía que se había sentado a la mesa Agustín Sanz porque le van a preguntar algo. Y es que, junto con otros seis naveros, había asistido al mitin que se había celebrado el domingo 22 de febrero en Baeza por parte del Bloque Agrario. ¿Hubo mucha gente? ¿Se constituiría en una fuerza política? ¿Cómo hablaba y cómo era y qué dijo Juan Díaz del Moral, esa eminencia? ¿Es cierto que Alfonso XIII se ha interesado por el Bloque Agrario? Cuenta, cuenta…

         Y así, combinando estas piezas, dejando al lado unas y cogiendo otras, se pueden imaginar distintas conversaciones que una tarde de 1925, hace un siglo, tenían algunas de las personas que, bajo el mismo cielo pero con otra lluvia u otras nubes, vivían en Navas de San Juan.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

 

 

jueves, 10 de abril de 2025

La luz del regreso

 Texto publicado en la revista Stella, 2015



LA LUZ DEL REGRESO

 

 

        El reto consistía en poner el dedo índice en la parte inferior del marco de la ventana, en el hueco en forma de arco que dejaba el cristal roto. Entonces alguien cogía este por arriba y lo subía, manteniéndolo en alto durante unos segundos de angustioso suspense, el dedo índice temblando en el marco de la ventana, sostenido por el tenso esfuerzo de la voluntad, los ojos tal vez cerrados. Luego el cristal caía y golpeaba contra la madera y el dedo permanecía entero, ileso y ya tranquilo en el hueco del cristal. La ventana pertenecía, si no me equivoco, a la casa que había entre la Pajarilla y la churrería de Anuncia, en una calle excepcional para jugar a las bolas por la calidad de sus piedras (la losa ante la tienda de la Carrasca era la mejor del pueblo) y la prueba, que tenía algo de iniciático, delataba al cobarde y aupaba al valiente. Creo que la llamábamos la guillotina.

        Puede sorprender que vivamos tiempos nostálgicos, que afloren libros y programas de televisión sobre la cotidianeidad de lejanos años del siglo pasado. Lo que no es sorpresa es que la nostalgia haya triunfado en las Navas. Siempre estuvo ahí. La sorpresa estaría en este caso en que lo más novedoso de nuestro mundo, internet, se haya puesto al servicio, en dos conocidos lugares virtuales de dos paisanos nuestros, de un sentimiento que nos lleva a un pasado sin móviles, sin ordenadores y hasta sin televisión.

        Un hombre se asoma a un balcón de la Peña. Ha corrido a sus espaldas la gruesa y pesada cortina de un rojo oscuro, viejo, gastado, para dejar de nuevo en penumbra la sala de la televisión. En Argentina, España está jugando contra Brasil y han llegado al descanso empatados a cero. Nadie sabe todavía que el partido quedará así, pese a que en el minuto 74 Santillana ponga de cabeza el balón a los pies de un Cardeñosa que nunca podrá olvidar la ocasión finalmente desbaratada. El hombre puede ver y oír, casi al pie de la torre de la Iglesia, a los niños que juegan a la guillotina. Es una tarde de finales de primavera, en el aire se mezcla el aroma de la vegetación de la plaza, el sonido del agua de la fuente, los gritos de los niños y los comentarios sobre Kubala a sus espaldas.

        Nostalgia, de nostos y algos, significa dolor por el regreso. Es el sufrimiento por no poder regresar. La obsesión por el regreso, la primacía de la nostalgia sobre la aventura, la consagró Homero en su Odisea. Ulises está empeñado en volver a su Ítaca: “Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso”.

        El hombre ha atravesado la penumbra de la sala de televisión y baja las anchas escaleras deslizando la mano izquierda por el pasamanos de madera. Una patulea de niños entra corriendo de la calle, lentifican su paso vigilantes y disimulados, bordean la escalera y se detienen ante la puerta del pequeño patio lleno de macetas. Los más osados cogen los botijos, beben, y se los pasan a los demás. En unos segundos han terminado y salen corriendo antes de que nadie pueda regañarles.

        La nostalgia que tanto éxito está teniendo no es exactamente la misma de Ulises. Este podía volver a su casa; nosotros no podemos volver a la infancia, a la guillotina, al primer amor, a la Peña, a aquella tarde de primavera. La nostalgia de Ulises está entreverada de ansia (“ansia de todos mis días”), porque hay un modo de acabar con el dolor por el regreso: regresando. La nuestra es tranquila y, asumiendo la imposibilidad del regreso, se recrea en la evocación. Por eso nuestra nostalgia es agridulce: el dolor por no poder volver va acompañado de una suerte de regreso, el regreso que permite la memoria.

        El hombre se ha quedado a mitad de la escalera mirando los botijos que han saciado la sed infantil. Todos tienen una corona de chapa en el pitorro y una tapa tejida con lana en la boca. Sin saber por qué, está seguro de que uno de esos niños, muchos años después, sentirá el deseo y la imposibilidad de volver a esa tarde de primavera de guillotina, carreras y botijos, que en ese momento es puro presente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Falsa moneda

 Texto publicado en la revista Stella en 2024.

FALSA MONEDA

 

No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, una fibra, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay suceso histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva.

(Pérez Galdós)

 

            Me basta con cerrar los ojos para verlo. Es un día de septiembre de 1908 y en Navas de San Juan hay hombres y mujeres cuyos nombres, apellidos y rasgos (la forma de un mentón o una nariz, el color de unos ojos) podemos encontrar todavía hoy en las mismas calles. Pero era otro mundo, otra España, la España de Alfonso XIII y de Antonio Maura. En las casas, en las tabernas y en los comercios del pueblo, ese año se había hablado sin parar del poco caudal de la Fuente de Taza, que no se correspondía con lo llovido y que hacía suponer que las cañerías estaban obstruidas. Pero, como en el resto del país, también se había hablado mucho de monedas falsas, sobre todo de los “duros sevillanos”.  La peculiaridad de esta moneda era que tenía la misma, a veces más, cantidad de plata (por debajo de las tres pesetas) que la moneda de curso legal. Ya no servía el truco de tirarla contra el mostrador de mármol y saber por la altura del rebote si era falsa. Y por mucho que se mirara el busto del rey o el escudo, ni siquiera los expertos podían dictaminar con claridad. El problema era tan grave que Maura había rescatado a Sánchez Bustillo, una vieja figura de la política española, y lo había puesto al frente del ministerio de Hacienda. En julio, el ministro decidió pagar el precio de la plata de cada moneda falsa que se entregara, pero ¿quién iba a dar un duro, que aun siendo falso parecía tan verdadero, por menos de tres pesetas? Así que hubo cierto caos, y algunos comercios se negaron a aceptar duros. Finalmente, entre el 10 y el 24 de agosto se había permitido canjear los dudosos por verdaderos. Además, la plata se había controlado y se luchaba contra los falsificadores. Había detenciones en todas partes de España.

            Me basta con cerrar los ojos para verlo. El alcalde don Fructuoso está escuchando los airados comentarios de un grupo de gente. Todos son vendedores, la mayoría de hortalizas, pero está también Juan José Granados, el confitero, casado desde febrero con Estrellica, y Roque el panadero. Juan Martínez, el inspector de policía municipal, intenta poner orden porque todos hablan atropelladamente y a la vez, quejándose de que les han pagado o intentado pagar con moneda falsa. “Los forasteros de los que estáis hablando se van del pueblo”, dice parsimonioso Antonio Hebrard, el farmacéutico, “acabo de cruzarme con ellos”. Y, sin pensárselo dos veces y tras dar recado a la Guardia Civil, don Fructuoso sale a paso rápido por la calle del Santo seguido por Juan Martínez y algunos curiosos. Al llegar al lugar donde estaba la ermita de San Sebastián, les da alcance. Son dos mujeres y un hombre, intimidados por la imponente presencia del alcalde, subrayada por el poblado bigote. “Vengan ustedes conmigo, tenemos que aclarar un asunto”. Por el camino protestan, dicen que no han hecho nada, que ellos solo han pagado con monedas recibidas en otras tiendas. Al llegar al ayuntamiento, don Fructuoso ordena a Pedro Patón, el alguacil portero, que no deje pasar a nadie excepto a los guardias civiles. Cuando estos llegan, los interrogan junto al alcalde y Juan en una pequeña dependencia. Sus nombres son Esteban Segura, que ya conoce la cárcel, Leocadia Blázquez, su esposa, y María Sánchez, vecinos los tres de Beas de Segura. Tras el registro se les descubre 155 monedas de dos pesetas, algunos duros y dos billetes de 50. Todo falso.

“Entre lo de Pernales y esto, va camino de ser usted un héroe”, le diría al día siguiente Juan Garrido, el médico, comentando la noticia aparecida en La Prensa y aludiendo a su colaboración en la captura del bandolero el año anterior. Minutos después, al ir a pagar la consumición, el tabernero apuntaría: “Lo siento, no aceptamos duros”.

 

 JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

Mercedes Fortuny y Miguel Nieto

Texto publicado en la revista Stella de 2023


MERCEDES FORTUNY Y MIGUEL NIETO

 

            Lo que más me atrae de la figura de Miguel Nieto es que siempre encuentro algo sorprendente sobre él. Fue lo bastante conocido en su tiempo para que, un siglo después, encontremos referencias en la prensa de la época o en estudios sobre los orígenes de la radio. Pero a la vez hace tantos años de ello y sus obras han sido tan olvidadas que no es fácil reconstruir con claridad su itinerario vital. ¿Tal vez la familia conserve unas memorias nunca publicadas? Quién sabe. Eso exigiría una investigación seria, que buceara en archivos y hablara con descendientes de su hermano Antonio. Yo solo he curioseado en hemerotecas digitales y he seguido pistas con talante más detectivesco que académico. En esta misma revista y en la de San Juan pueden consultarse algunos hallazgos. Hoy añadiré el más inesperado de ellos.

          

         Eran las siete de la tarde de un día de finales de noviembre del año 1950. En Radio Barcelona nacía un programa que yo llegaría a conocer a principios de los ochenta, el Consultorio de Elena Francis. Se trataba de un espacio en el que se daba respuesta a las cuestiones que las radioyentes (pues era un programa femenino) planteaban por carta, y que iban desde asuntos de cocina, jardinería, salud o belleza hasta problemas sentimentales. Pese a lo que la gente creía, Elena Francis no existía. Un equipo de guionistas, y desde 1966 uno solo, se encargaba de redactar las respuestas a las consultas. En esa primera emisión, el programa se presentó como sucesor de Radiofémina de Mercedes Fortuny.

         Radiofémina, el consultorio de la escritora Mercedes Fortuny, comenzó en Radio Barcelona en 1930. Por aquel tiempo Miguel Nieto dirigía las emisiones literarias y dramáticas en esa emisora. La estructura de Radiofémina constaba de varios bloques temáticos, con distintos colaboradores literarios que escribían sus secciones, leídas habitualmente por Carmen Martínez Illescas, primera actriz de la emisora. Además de responder a las preguntas sobre temas femeninos, había un artículo de fondo, una parte literaria con trabajos en prosa y verso de mujeres, noticias de sociedad, etc. En diciembre de 1932 el programa desaparece. Volvemos a encontrarnos con Mercedes Fortuny en 1935 como responsable de unas «Crónicas para la mujer» en la Emisión Fémina de Unión Radio Madrid.

Tras la guerra civil, Radiofémina y Mercedes Fortuny reaparecen en Radio Barcelona el 1 de octubre de 1941. Desaparece en los primeros meses de 1947 y es sustituido en octubre de ese mismo año por el programa Ella, un magacín con diferentes espacios que dura hora y media. Uno de ellos, que consistía en un comentario sobre temas diversos, corre a cargo de nuestro Miguel Nieto. Hay otro, “El noticiero de matrimonio”, que unas veces firma Nieto y otras Mercedes Fortuny.

         ¿Qué tiene que ver Miguel Nieto con estos consultorios femeninos, más allá de esas coincidencias señaladas con Mercedes Fortuny? A decir de dos investigadores, Armand Balsebre y Rosario Fontova, Mercedes Fortuny nunca existió. Eso no sería raro, ya hemos visto que también Elena Francis era un ser ficticio. En el periodismo y la literatura de la época era común el uso del seudónimo. Pero ahora viene el sorprendente hallazgo: “podríamos pensar que detrás del seudónimo de Mercedes Fortuny estuvo en realidad el novelista, dramaturgo, libretista y autor de muchos cuentos y poemas Miguel Nieto”. Ellos se basan en dos elementos: la evolución de ambos nombres en Radio Barcelona y “la semejanza gráfica de sus respectivas rúbricas en los guiones consultados”. Habría otro argumento en que ellos no reparan. Nombran a tres escritoras colaboradoras de Radiofémina que también parecen ficticias. Una de ellas, que apuntaría a la presencia de Miguel Nieto detrás de todo esto, es la baronesa de las Navas (aunque los investigadores hablan de “la condesa de las Navas”, las referencias que yo he encontrado le dan el título de “baronesa”).

         Si todo esto es cierto, Miguel Nieto tuvo que trasladarse a Madrid tras terminar en el 1934 su etapa como director de las emisiones literarias y dramáticas de Radio Barcelona. En enero de 1935, el diario La Vanguardia dice que «Mercedes Fortuny cesó en Radio Barcelona para irse a Madrid, donde seguirá por correo su Consultorio Femenino» desde un domicilio particular. En la programación de Unión Radio Madrid de un día de mayo de 1935 localizo a Mercedes Fortuny como responsable de «Crónicas para la mujer» en el programa Emisión Fémina. En un periódico de 24 de julio de 1936 aparece todavía esa sección, lo que apunta a que Miguel Nieto seguía en Madrid al comienzo de la guerra. Tras ella, según hemos visto, lo situaríamos en Barcelona en los años cuarenta.

         Retomemos a Elena Francis. En su primera emisión (recordemos: noviembre del 50) se habla de «nuestra llorada Doña Mercedes Fortuny (q.e.p.d.), de tan grata memoria». El magacín Ella había sido su último programa. También el de Miguel Nieto.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

           

            

sábado, 14 de enero de 2023

El secreto del francés

 

Publicado en la revista Stella, 2019

EL SECRETO DEL FRANCÉS

        Cuentan que a mediados del siglo XIX apareció en las Navas un francés llamado Pierre Bardant. Su español era tan desaliñado como su aspecto, pero se hacía entender y comprendía cuanto se le decía. Sus maneras educadas y corteses no desvanecieron del todo la cautela inicial que su extranjería y descuido, y sobre todo una permanente expresión de amargura en su mirada, provocaran. Corrigió su desarreglo adecentando el aspecto y encargando a Palop el sastre un abrigo que le costó sus buenos cuarenta reales. Fue entonces, y tal vez como consecuencia, cuando don Andrés el boticario, don Juan Facúndez, el médico, Miguel Palazón, el comerciante, y el cura don Miguel Munar, que ejercía a veces de traductor, lo acogieron en su tertulia. Lo cierto es que la misma extraña y triste mirada que suscitaba el recelo originaba una viva curiosidad por su pasado. Pero esta tuvo que contentarse con una información fragmentaria extraída con dificultad al calor del vino de la tierra. Pierre Bardant era de París, con dos hijas casadas. Nunca habló de su mujer, que se suponía muerta o viviendo con alguna de ellas. Tras jubilarse de un trabajo que jamás aclaraba (hacía un gesto amplio con los dedos en movimiento y decía que era algo manual, como si le faltara la palabra, no ya en español, sino también en francés) y cuidar a su madre hasta que murió, había decidido establecerse en un lugar donde olvidar un pasado nada feliz. No le importó atravesar los caminos de Francia y España hasta llegar a la Andalucía de la que tanto había leído en Alejandro Dumas y en Merimée. Pero por alguna razón que tampoco llegó a explicitar prefirió apartarse de los caminos de ruedas y meterse por caminos de herraduras. Llegó a nuestro pueblo como podía haber llegado a cualquier otro algo apartado de las vías principales de la península.

        Los vecinos se acostumbraron a su presencia. Se le veía pasear solo por el campo o charlar con sus contertulios en la rebotica o en la taberna de Félix Salinas. El resto del tiempo lo pasaba en el cuarto que había alquilado en la posada de la calle del Agua, escribiendo o leyendo. El maestro don Juan de Dios de Torres, que algo sabía de francés, decía que le había prestado algunos libros de Chateaubriand, Tocqueville, Beaumont y Víctor Hugo. Todos tenían un exlibris que consistía en dos perros flanqueando una campana rota. Por lo demás, una anécdota un tanto incongruente nos lo presenta escribiendo en su cuarto cuando fue interrumpido por el carpintero Félix Delgado, que entró con un ayudante a arreglarle un mueble. Soltó la pluma, se quedó fijamente mirándolo trabajar y sufrió un desmayo.

        Todo esto es lo que se cuenta, por lo que probablemente ya lo conocéis. Pero lo que con toda seguridad no sabéis es quién era realmente Pierre Bardant. Bien, yo os lo diré: Pierre Bardant no era Pierre Bardant.

        El acompañante del carpintero se llamaba Blas Laso, y tuvo tiempo, mientras atendían al francés en otra habitación más espaciosa (habían llamado al médico), de mirar lo que este escribía. El título del manuscrito rezaba así: Sept générations de bourreaux. Blas sintió curiosidad y lo empezó a leer. Fue así como supo que Pierre Bardant se llamaba en realidad Henri-Clément Sanson. Había sido verdugo en París, como su padre, como su abuelo, que guillotinó a Luis XVI, como su bisabuelo…, asumiendo un oficio maldito y hereditario que iría para siempre unido a ese apellido. Sin duda, Pierre, o Henri-Clément, no temió al restablecerse que su secreto hubiera peligrado, porque nadie de los presentes, salvo el médico, que había estado ocupado atendiéndolo, podía entender su idioma. Se equivocaba. El padre de Blas Laso era francés, de Luzenac, y se había casado con Bernarda de Jimena, de Santisteban. De eso hacía mucho tiempo, y nadie había oído hablar al padre o al hijo en lengua gala. Pero el primero se la había enseñado al segundo, necesariamente a escondidas por la animadversión que hacia todo lo francés suscitó la ocupación francesa de principios de siglo. Cuando Blas cerró el manuscrito, que en aquel momento solo contenía la introducción y el comienzo de una ojeada histórica a los suplicios, decidió guardar el secreto de Pierre Bardant.

        Lo demás es historia editorial. El libro apareció por partes entre 1862 y 1863 con el título de Sept générations d´exécuteurs (y no de bourreaux) 1688-1847. Mémoires des Sansons, mis en ordre, rédigés et publiés par H. Sanson Ancien exécuteur de hautes oeuvres de la coeur de Paris y fue tal su éxito que conocemos una traducción al español de Juan Sala aparecida en Manini hermanos, editores, en el mismo año de 1863.

        Sabemos también que Henri-Clément Sanson murió en 1889, mucho después de haber abandonado nuestro pueblo y sin saber que dos vecinos habían descubierto su secreto. Uno, ya lo hemos visto, Blas Laso. El otro, el maestro de escuela, que compró años después la versión española del libro y vio en él con estupefacción el mismo escudo que aparecía en los que le había prestado el francés: la campana rota entre dos perros. Una campana rota, es decir, sin sonido, en francés “sans son”. Sanson.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña


martes, 3 de enero de 2023

¿Nació en Navas "La Reverte"?

    Artículo publicado en la revista Stella, 2022

¿NACIÓ EN NAVAS “LA REVERTE”? 

        Aunque habitamos el mismo espacio, nos separa el tiempo. Ellos hablaban del cambio de siglo refiriéndose al tránsito del XIX al XX, leían periódicos cuya fecha era un día de abril de 1911 o de julio de 1929, asistían a la instalación de la luz eléctrica en las calles, a la aparición de la radio, a la inauguración del nuevo cementerio. Siempre lo he pensado. Compartimos la tierra con gente que ha nacido en una horquilla de años determinada y nunca coincidiremos con aquellos que nos precedieron y que, al igual que nosotros ahora, se movían por la calle del Agua o la calle Lorite con la familiaridad del que está vivo. Nuestra ventaja es que nosotros sabemos de ellos, mientras que para ellos nosotros fuimos la imagen vaga e indeterminada de sus descendientes. Hay, no obstante, puentes entre ambos mundos: quienes, niños en los años treinta y cuarenta,  llegaron a conocer a los que, ya mayores, se despedían de un tiempo que, como siempre, estaba cambiando y a la vez era el mismo.

        Es probable que alguien todavía vivo la viera. Los aficionados a los toros o a las historias rocambolescas la conocerán. Toreó con el nombre de María Salomé “La Reverte” a principios del siglo XX. Probablemente fuera la más famosa de las toreras de entonces. En la revista El toreo de 12 de noviembre de 1900, Juan de Invierno firma una crónica de la corrida de novillos celebrada en la Plaza de Toros de Madrid el día anterior. El quinto novillo, de tres años según se anunciaba, le correspondió a “La Reverte”. Obtuvo palmas y algunos quisieron sacarla a hombros, a lo que ella se negó. Dice el cronista: “es una mujer que tiene tanto o más valor que un hombre y ayer lo demostró en la lidia y muerte de su toro”. Un año después, en la revista Nuevo Mundo del 3 de julio se habla de “las proezas de tan valiente torera”. En 1905 toreó en Granada y un tal Don Miquis cuenta en el Noticiero Granadino que el público había preparado “carretes de hilo, agujas de hacer media, escobas y otros enseres de uso femenino, para arrojárselos a la mataora en cuanto se deslice, como diciéndole: ¡A fregar!”. Pero “La Reverte” demostró que “el sexo llamado débil es más fuerte y valeroso que el nuestro”. En 1906 una fotografía suya ocupaba toda la portada del semanario ilustrado La fiesta nacional.

Saltamos a agosto de 1911. En El País aparece una crónica de Lisboa en la que se habla bien de su actuación. Pero lo llamativo no es eso, sino lo siguiente: “La presentación de la Reverte, vestida de hombre y con el nombre de Agustín Rodríguez “Antes la Reverte», ha sido un acontecimiento y llenó por completo la plaza”. ¿Qué había pasado para que María Salomé sea ahora Agustín? Hay que remontarse tres años atrás, cuando el Ministro de Gobernación Juan de la Cierva emitió una orden prohibiendo torear a las mujeres. “La Reverte” buscó en los tribunales que se le concediera una credencial de hombre, pero viendo que no obtenía resultados, dejó de intentar asemejarse a un hombre y decidió serlo. Certificó médicamente que era varón y se convirtió en Agustín Rodríguez. En este punto es donde interviene nuestro pueblo. En un artículo publicado en El Globo en 1911 se dice que nació en Navas de San Juan y que regresó precisamente a ese pueblo a sacar su partida de nacimiento, de bautismo y un certificado del médico del pueblo. Todavía hoy continúa considerándose navero en alguna página web dedicada a los toros.

        ¿Es eso cierto? ¿Somos el lugar de nacimiento de la torera más famosa de la historia y no lo sabemos? ¿Deberíamos buscar su casa y colocar en ella la placa que diga “Aquí nació María Salomé, “La Reverte”, que triunfó en las plazas de Portugal y España a principios del siglo XX”? Intentaremos aclarar el asunto. Pero antes continuemos con su vida. Tras su cambio de sexo oficial al parecer no tuvo éxito y se retiró de los ruedos en 1912. No sabemos lo que haría exactamente durante el siguiente decenio pero sí que desde 1923 trabajó en la mina la Española como guarda, bajo aspecto y nombre de varón. En 1934 se levantó la prohibición del toreo femenino. Y entonces nuestro Agustín anuncia su vuelta al ruedo de la mano de Juan J. de Lara. Concede una entrevista que aparece publicada, con algunas variantes, en Ahora,  La voz y La prensaMundo gráfico le dedica una página. Por lo que cuenta, piensa torear en Portugal y España, pero al parecer solo toreó en Madrid, donde fracasó y puso así punto final a su fugaz reaparición. Volvería a su trabajo en La Española y murió en 1942 o, según otra versión, en 1945.

        ¿Era “La Reverte” hombre o mujer? Un rumor decía que un médico que la había atendido tras un percance sufrido en Salamanca determinó que sus atributos eran masculinos. Sin embargo, a mí me convence más la aportación en El Ruedo en 1946 de Natalio Rivas, quien dice que el certificado médico que afirmaba que era hombre era falso, y que lo sabía por Martín Merino, el abogado que la defendió en el juicio contra su marido, donde se aportaron datos de la partida de nacimiento en que aparece como “niña”.

        Pero la pregunta que a nosotros nos atañe es la de su vinculación con Navas: ¿nació aquí o, al menos, vivió?

        La entrevista de 1934 deja claro que nació en Senés (Almería) en 1878 (el archivo municipal y el parroquial desaparecieron en la guerra civil). Probablemente emigrara con su familia a las Navas de Tolosa, y de ahí el error del periodista de El Globo. Sin embargo, un lector de El Ruedo decía en 1962 que, enviudada la madre de “La Reverte”, volvió a casarse y se trasladó con su hija a Arquillos. En este pueblo, según la misma fuente, tuvo una riña en la que le partió el fémur de una patada a un compañero de trabajo, por lo que fue juzgada, condenada e indultada. Ese debe de ser el juicio contra su marido al que se refiere Natalio Rivas, indicando que le rompió una pierna de una patada. En ningún otro sitio he encontrado alusión alguna a su matrimonio. Sabemos que la apoderó un tal José Ramírez, de Santisteban. También hemos visto que durante muchos años trabajó como guarda en la mina La Española. Salvador Santoro cuenta que su padre la observaba con curiosidad por los alrededores del mercado de abastos de Linares y que “se le insinuaban pechos”. Iba vestida de hombre.

        Pero hay un dato más que la acerca a nuestro pueblo. En el coloquialmente llamado libro de los apellidos de Manuel Valenzuela aparece una persona de Senés, el pueblo donde nació “La Reverte”, casada con una navera y cuya hija fue bautizada en 1916. Ese senesero se apellidaba Rodríguez, como Salomé. ¿Primos?

Sumando todo ello, me parece muy probable que más de una vez recorriera nuestras calles y tomara algún chato de vino en la taberna de José Muñoz en la calle Real o en la de Juan Parrilla en la Toriles.


Juan Fernando Valenzuela Magaña  



   

miércoles, 12 de octubre de 2022

La herencia del mendigo

 Publicado en Stella, 2020.

LA HERENCIA DEL MENDIGO

 

Salvo yo, que no existo, todo cuanto voy a decir es verdad. Al menos, es lo que podríamos admitir como tal después de cotejar los datos que nos ofrece la prensa de la época. Y no tanto por ser concordantes (pues hasta llegan a ser contradictorios) como por ser variados, lo que permite corregir esta noticia con otra, aquella con la de más allá, hasta hacerse una idea suficientemente aproximada de lo que ocurrió.

Soy un ser virtual, y desapareceré tan pronto como ponga el punto final de este artículo. Consisto en una voz y un deseo: saber qué pasó en los años 1934 y 1935 en las vidas de unas personas vinculadas a Navas de San Juan.

Nací de la lectura de una entrevista, la que en el Mundo gráfico del 7 de agosto de 1935 le hace G.S.-B. a Amador Martínez, un mendigo que vivía en una barraca de la Barceloneta. La Fortuna, fiel a su imagen de rueda tornadiza e imprevisible, se le presentó a Amador a sus sesenta y dos años con una herencia de cuarenta mil duros (para los jóvenes, doscientas mil pesetas, unos mil doscientos euros) y varias fincas en Úbeda. Según informa el entrevistador, el año anterior había ardido, en Navas de San Juan, la casa en que vivía doña Bernardina Martínez, viuda de un ebanista, con sus sobrinos. Estos se salvaron, pero ella murió en el incendio. Cuando los sobrinos reclamaron la herencia, el notario les dijo que el heredero directo era el hermano de la difunta. Cierto que no se sabía si vivía o había muerto, pero debían esperar a ver si se averiguaba su existencia. Ese hermano, en efecto, es Amador Martínez, que malvive en una barraca a la que llamó Villa Amparo en recuerdo de su mujer muerta dos años atrás. La policía lo localizó tras ocho meses buscándolo. Parece que al principio se mostró incrédulo y que luego nada quiso saber de la herencia. En el momento de la entrevista ha pedido a sus parientes de Navas quinientas pesetas para ropa (de “modestísima indumentaria” es calificada por el entrevistador la que lleva), el viaje y la comida en el tren. Con la herencia, Amador se propone acabar tranquilamente sus días, pero no en Navas de San Juan, afirma categóricamente, sino en Barcelona, en “Villa Amparo”, donde murió su mujer y donde, desde los cuarenta en que dejó el Cuerpo de Carabineros, ha pasado los años más tristes de su vida. La entrevista está acompañada de una fotografía de Amador delante de su barraca. Parece un hombre de complexión fuerte, de tamaño medio. Su rostro sin afeitar ha resistido bien el paso del tiempo y solo le falta pelo en la parte delantera de la cabeza. Bajo sus espesas cejas, los ojos no miran a la cámara sino a sus recuerdos.  

        Podemos mantener como cierta la versión de Mundo gráfico excepto en algunos puntos que serán corregidos más adelante. A su favor tenemos una noticia en ABC del 2 de agosto del mismo año. En ella se matiza que “un policía” (atención a ese detalle) estuvo buscándolo durante “más de ocho meses” y que la cantidad heredada es superior a trescientas mil pesetas (lo que no contradice las doscientas mil si tenemos en cuenta las fincas de Úbeda). La noticia destaca la incredulidad de Amador y nos cuenta su sospecha de que el incendio no fuera casual. Perdonemos, en fin, que el breve artículo ubique Navas de San Juan en la provincia de Ciudad Real. También lo hace el Ahora del mismo día, en el que veo por primera vez el segundo apellido de Amador Martínez: Cano. Como en la noticia de ABC, se llama la atención sobre el hecho de que nuestro paisano (fichado como “vago profesional”) se hallaba fuera de la ley con motivo del bando que reprimía la mendicidad. Otro artículo aparecido en La Voz, firmado por Febus, aunque le pone, erróneamente, diez años más a Amador, nos aporta dos valiosos datos. Uno: el inspector de Policía que lo localizó se apellidaba Asensio y lo hizo a petición de un amigo suyo residente en Navas de San Juan. Nuestro mendigo respondió al inspector que no le interesaba la herencia, “y que —reza el artículo—antes de ir a Navas para entendérselas con sus parientes, prefería seguir siendo pobre.” Y segundo dato: Bernardina se había casado en Úbeda con un ebanista, que luego se estableció en las Navas. Al quedarse viuda vivieron con Bernardina unas sobrinas suyas. El incendio donde murió Bernardina habría ocurrido “en octubre pasado”, es decir, en octubre del 34. Los sobrinos, vemos, se han convertido en sobrinas.

        Recapitulemos. Estamos en 1935. Amador Martínez Cano, un antiguo carabinero, mendigo, viudo y que vive en una barraca en la Barceloneta, hereda doscientas mil pesetas y fincas en Úbeda de su hermana Bernardina, viuda a su vez de un ebanista establecido en Navas de San Juan. Bernardina ha muerto en un incendio en la casa que habitaba con sus sobrinos o sobrinas. Incrédulo y reticente al principio, al final accede a viajar a Navas para lo que pide quinientas pesetas a sus parientes de allí.

        Puro deseo de saber, me pregunto (¿ustedes no?) quién era esa Bernardina, quién su marido ebanista fallecido, cómo,  cuándo y en qué calle se produjo el incendio que acabó con su vida.

Y aquí aparece una sorpresa. No hubo ningún incendio en Navas que diera fin a la existencia de Bernardina. Hubo incendio, sí, hubo notable muerte, en efecto, pero no ocurrió en Navas. Tuvo lugar… en Úbeda. Y tampoco fue en octubre, sino en junio. Saltando del ABC a El Sol, de este a El defensor de Córdoba, de aquí a La Voz, de La Voz a El Liberal, de este a Luz y de aquí a La Libertad, reconstruyo la noticia. En la noche del 11 de junio de 1934 se declara, debido a un cortocircuito, un violento incendio en el almacén de maderas de Juan José Cano, en la calle Doña María de Molina, número 10. Vecinos y autoridades intentan sofocarlo sin éxito. Entonces se pide ayuda al Servicio de Incendios de Linares. Al llegar de allí dos brigadas de bomberos, la gente aplaude. El que una ciudad como Úbeda, de 35.000 habitantes, carezca de agua, material de incendios y Cuerpo de bomberos, será objeto de una crítica que se abordará en la sesión del Ayuntamiento celebrada el día 15, donde el señor Dueñas ruega se busquen los medios para que Úbeda sea dotada de un buen servicio de incendios.

Entre los escombros aparece el esqueleto de la tía del propietario, Bernardina Martínez, de unos cincuenta años de edad, cuyo cuerpo fue consumido por las llamas.

El deseo de saber, a la vez que se calma se acrece. Toda respuesta no es sino el alimento de una nueva pregunta. Termino estas líneas con aquellas que no pude resolver.  ¿Vino Amador al pueblo a recoger su herencia? ¿Terminó, rico y tranquilo, sus días en Villa Amparo, como él quería? ¿Era navera o ubetense Bernardina? ¿Quién era su marido, el ebanista que se estableció en nuestro pueblo y al que en ningún momento se le da nombre? ¿Qué vecino de Navas escribió a su amigo el inspector de policía Sr. Asensio para que localizara a Amador? En aquellos tiempos en que establecerse en una gran ciudad suponía un dificultoso reto, los naveros que en ellas vivían establecían una estrecha relación. Si no me equivoco, los hermanos Nieto coincidieron en Barcelona con Amador durante un buen número de años. Siendo ambos miembros del Cuerpo de Vigilancia, ¿se relacionaron con el carabinero Amador? ¿Supieron, dada la vinculación de Miguel Nieto al mundo del periodismo, de la cuestión de la herencia?

Cierro con estas preguntas el telón de mi virtual existencia.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

martes, 11 de julio de 2017

Isabel e Isabelle (Stella, 2017)

ISABEL E ISABELLE


“Sé que una cosa no hay. Es el olvido”
(Borges)


Nada hay hoy que no suene a recurso literario, hasta tal punto hemos desdibujado los límites entre la realidad y la ficción. Pero el que aquí traigo es antiguo y por tanto más reconocible. Por eso nadie me creerá si digo que lo que viene a continuación es traducción literal de la carta que he recibido de un ciudadano francés, llamado Prudence Álamo y residente en La Fare-les-Oliviers, un pueblo de la Provenza francesa. Tal vez si el lector se anima a leerla y a cotejarla con los datos pertinentes, pueda cambiar de opinión. He aquí la carta.
“De niño me gustaba coleccionar cosas: posavasos, sobres de azúcar, las estampas de los álbumes infantiles. Una adolescencia rebelde (sobre todo contra mi infancia) acabó con ellas al grito de Omnia mea mecum porto (todas mis cosas llevo conmigo). Pero algo debió de quedar de aquel prurito infantil en mi edad adulta porque, cuando el azar hizo caer en mis manos un puñado de recuerdos de mi abuela, decidí iniciar una colección que me pareció curiosa. La génesis de esa idea ni yo mismo la tengo clara, pero supe que juntaría todo lo extraviado que pudiera encontrar del pueblo donde mi abuela había nacido, un pueblo de Jaén llamado Navas de San Juan. Los coleccionistas dicen que hay dos tipos de colecciones: las finitas y las infinitas. Uno puede reunir todas las estampas de un álbum, pero nunca todos los posavasos. Mi objetivo era curiosamente infinito. Por pocas cosas perdidas que haya en relación con Navas, la búsqueda no parará nunca. No busco cualquier objeto, sino solo aquellos por los que ha pasado el tiempo y que vagan perdidos por el mundo.
 » ¿Qué pretendo con ello? Supongo que empezó como una mezcla de homenaje a mi abuela, que tantas cosas nos contó sobre sus años allí, y de capricho. Me imaginaba el momento en que, cansado ya de buscar y con una colección de cierta enjundia, me pondría en contacto con algún navero y le ofrecería mi colección de navedades, como yo las llamo. Pero, lejos de cansarme, esta búsqueda ha adquirido cada vez más importancia en mi vida.
»Soy el nieto de una mujer nacida en 1897 en Navas de San Juan, llamada Isabel Martín Martín. Su padre era de aquí, de La Fare, y su madre de Marsella, no lejos. En Navas tuvieron ocho hijos además de mi abuela. Ella se casó con Prudencio Álamo, de Santisteban, donde nació su primer hijo en 1920. Dos años después estaban aquí, en La Fare, donde nacieron sus otros tres hijos, el último de los cuales, de 1932, es mi padre. En 1938 mis dos abuelos consiguieron la nacionalidad francesa.
»Sigo (gracias al Chiringote) en la sombra lo relativo a tu pueblo. Internet es desde luego una red, una red de redes y te sorprendería lo lejos que se puede llegar tirando del hilo. Es así como hará unos años llegué hasta ti.
»He leído a través de la página de la Cofradía lo que has publicado en Stella y he visto cómo mezclas datos documentados y fantasía en tus relatos. Y he pensado que yo sería un buen personaje para tu colaboración de este año. Por supuesto, todo lo que te he dicho puede comprobarlo el lector sin mucho esfuerzo. En el libro de tu tío aparece el nacimiento de mi abuela y aquí te mando el recorte del Journal officiel de la Republique française donde está la nacionalización de mis abuelos, por si quieres adjuntarlo a tu artículo.
»Pero volvamos a mi colección de navedades. Está compuesta de papeles comerciales (adjunto fotocopia de dos de ellos), de periódicos que incluyen noticias sobre Navas (todos de antes de la guerra), de una decena de cuadros de Juan Antonio Collado Pérez (el último una Inmaculada que adquirí hace poco en una subasta) y de algunas cosas de mi abuela (un programa de fiestas, una estampa de la Virgen de la Estrella…). He dispuesto en mi testamento que todo sea entregado a vuestro ayuntamiento cuando muera. Pero antes he querido, a través de esta carta y en la revista del pueblo de su infancia, recordar a mi abuela.
Serge Alamo”


         Hasta aquí la misteriosa carta, sin remite pero con matasellos francés. Como sé que el remitente leerá este artículo que él protagoniza, le ruego que me explique qué hacían los padres de su abuela en Navas en el cambio de siglo y por qué ella, su marido y su hijo se fueron a La Fare a principios de los años veinte. Espero con impaciente ilusión su carta.


 Anexo: nacionalización de Isabel Martín Martín (1938)



miércoles, 25 de mayo de 2016

El pan del banquete

 El pan del banquete, cuento a partir de un banquete en Navas en 1927, fue publicado en la revista Stella 2016

 

EL PAN DEL BANQUETE

            Como Juan José y Estrellica querían saludar a los hermanos Nieto, lo han dejado solo al cuidado del despacho de pan. La ausencia de clientes en ese momento y la curiosidad de sus doce años lo llevan a entreabrir la cortina y asomarse a la calle. Aunque todavía es pronto, algunos invitados se dirigen ya a la cercana casa de don Abilio Sanz, en cuyo patio tendrá lugar el banquete que homenajea a don Miguel y don Antonio, dos hermanos que vivieron en el pueblo antes de que él naciera y de los que ha oído hablar mucho. Ambos ganaron en 1911 las oposiciones al Cuerpo de Vigilancia, y el primero es una pluma consagrada que dirige la parte literaria de Radio Barcelona. El mundo está cambiando muy deprisa, aunque al pueblo sólo llegan los ecos de ese adelanto. La radio es un invento que apenas lleva tres años funcionando en España, y que permite oír la música o las palabras emitidas desde una estación situada en Madrid o en Barcelona. Lindbergh acaba de ganar veinticinco mil dólares por volar en su Spirit of St. Louis desde Nueva York a las cercanías de París y se habla de un invento que permitiría ver lo que está ocurriendo en un lugar distante, llamado televisión.

            El alcalde y el prior pasan intercambiando impresiones:

         ―Sí, don Francisco, sí. El ayuntamiento quiere colaborar con el proyecto de Alfonso XIII de la Ciudad Universitaria. Ya hemos acordado encabezar una suscripción dando cincuenta pesetas.

―Lo sé, me lo dijo don Mateo. Él personalmente ha dado 100. En cuanto al banquete  ―dice el prior tras una pausa ―, creo que sería buena idea dedicarles una calle a los hermanos Nieto, como se ha hecho con Ramón y Cajal. Podría ser la misma donde vivieron.

―Me parece bien. Y también que los nombráramos hijos adoptivos.

           

            Se ha sentado en una silla tras la cortina. El cansancio se echa sobre él de repente, como una ola formada a sus espaldas desde que se levantara de noche para ayudar a hacer pan en una jornada especial debido al banquete-homenaje a los hermanos Nieto. En duermevela, le llegan desde la calle jirones de conversaciones de gente que pasa.

            ―Cuando don Miguel se fue a Madrid a hacerse un nombre literario, fue cronista del periódico El Día. Guardo algunos recortes de sus crónicas y cuentos: Lance de amorSacrificio, donde recrea las fiestas de San Juan…

            ―Yo tengo un ejemplar de su Historia del pueblo.

            ―Lo escribió en esa época, sí. Siempre ha amado las Navas. En ese periódico que te digo publicó un artículo titulado Navidad donde evoca la iglesia y las calles nevadas…

            ―También hizo a la Prensa un llamamiento para que ayudaran a los huérfanos del capitán Bonet…

            ―Hola, don Miguel. Hablábamos de su etapa en El Día y acabo de recordar que ocurrió algo con un cuento suyo que presentó a un concurso… ¿no?

            ―¡Ah, los sinsabores del mundillo literario…! Hace tanto de eso… Lo que pasó fue que presenté un cuento a un premio literario convocado por otro periódico, El Liberal. El cuento se titulaba La canción del poeta, y no estaba del todo mal. Salió publicado en El Día, junto al acta del duelo de don Rodrigo Soriano con, ¿adivinan?, el mismísimo don Miguel Primo de Rivera, lo que son las cosas. Pero el jurado, en el que recuerdo que figuraba Blasco Ibáñez, era insuficiente para el número de trabajos presentados (más de novecientos). Sospecho que no llegaron a leerse ni mi cuento ni el de otros escritores como Manuel Lagos o Jorge Sanz. Sí el de Valle-Inclán, que fue premiado. Por eso unos cuantos publicamos un libro con nuestros textos… ―hay un silencio dubitativo, que don Miguel resuelve añadiendo―: que fue, por cierto, muy criticado por un tal Andrés González-Blanco, que nos llamó autorzuelos. Ya digo, el mundillo literario de entonces y de siempre… Pero debo dejarlos, ahora nos vemos en la comida.

―Si hubiera sido un autorzuelo ―continúa una de las voces mientras se oyen alejándose los pasos apresurados de don Miguel― no hubiera luego escrito aquel entremés tan sabroso con José Aguado titulado Al aire libre, y que estrenó en el Teatro Tívoli de Barcelona.

―O el sainete Los castizos.

―Sabe mucho de teatro. Este año ha hablado en la radio de los hermanos Quintero y de Benavente.

―Algo le habrán influido aquellas gloriosas veladas teatrales que hacíamos de jóvenes.

 

            Entra Juan José a la panadería y el muchacho, quitándose delantal y gorra, se despide de él y se marcha trotando a su casa. Al pasar junto a la fuente de la Plaza de la Constitución, ante el ayuntamiento en obras, se encuentra con la figura enjuta de don Miguel, esta vez acompañado de su hermano, de Enrique García el de la tienda, de Luis Rojas y del prior.

―Sí ―va diciendo―, pertenezco al Comité artístico de emisiones, que preside Luis Soler. Se creó cuando la estación se trasladó el año pasado al Tibidabo. La radiotelefonía es una especie de universidad popular, pero interesa también al docto. Manuel Machado cantó sus versos en Radio Ibérica. En “Nuestros grandes poetas”, he hablado de Gabriel y Galán, de Bernardo López García, de Núñez de Arce, de Espronceda. Vicente Rafart recitaba sus poemas. En Radio Barcelona retransmitimos la ópera Carmen entera, con Fleta y Giuseppina Zinetti, así que ya veis lo que el invento da de sí.

―Parece que el teatro de los hermanos Quintero gusta mucho ― interviene el prior.

―Así es ―contesta don Miguel―, tiene mucha presencia en nuestra programación. ¿Y qué me dices de lo estupenda que es la radiotelefonía para los pequeños? Nosotros tenemos a Toresky, que se ha inventado un personaje llamado Miliu, que hace las delicias de los niños catalanes. Hace dos años dio la campanada con un concurso en el que leía dos partes de un cuento y los niños tenían que adivinar la tercera. El que más se acercara a la ideada por el autor, obtenía un juguete valorado en 25 pesetas. No es sólo él, tenemos mucha gente buena: la señorita Salús, la actriz Rosa Cotó, el actor Miret…

―Y los speakers… ―dice el prior acentuando con sorna el barbarismo―.

―Sí, la Academia de la Lengua quiere sustituir esa palabra por locutor, pero modestamente creo que se equivoca. El speaker sólo anuncia a los que intervienen en los programas radiofónicos, habla sólo lo necesario, y no es esa la idea que transmite el vocablo locutor.

― Se ha propuesto también hablador ―tira de la lengua el prior.

       ―Así se llamaba a los que explicaban las escenas en los comienzos de la cinematografía. Pero no, esta palabra tampoco define lo que hace el radio-anunciador. ¿Se le ocurre a usted alguna, don Francisco?

―Pues yo propondría relator, del latín relator. Tiene dos significados, uno de ellos “que relata o refiere alguna cosa”, y pienso que se le podría añadir el de este radio-anunciador del que hablamos.

  ―¿Verá usted a mi hermano Juan de Dios? ―cambia de tema Luis.

―Sí, será quien lea en la radio mi cuento Alma andaluza. Pero ya le avisaré, antes he de terminar un drama en el que adapto la novela Carmen, para un radioteatro.

            Y el muchacho encamina sus pasos a la calle del Risquillo, donde lo espera la comida.

 

            Pese al calor de la siesta, el muchacho ha salido a la calle y sus pasos curiosos lo han llevado a la puerta entreabierta de la casa de don Abilio. Se asoma con prudencia. Del patio llega una voz que recita:

        

                            Su recuerdo me alienta cuando desmayo;

                        para mis cobardías es sol de Mayo

 

            El muchacho se ha asustado al notar a sus espaldas a un hombre que le pide permiso para entrar. Es el fotógrafo, que pasa con sus aparejos y grita un inútil se puede ahogado por los aplausos que vienen del patio. Gracias a él, esos hombres nos miran detenidos en un instante de julio de 1927.

            Pero sus vidas continuaron en años inciertos. Miguel Nieto siguió participando en la radio barcelonesa. Debió de sentirse muy orgulloso cuando poco después les dedicaron una calle en el pueblo a los dos hermanos. En octubre de 1932 marchó a Zamora para tomar posesión del cargo de Inspector de Vigilancia de esa capital, lo que le obligó a dejar su puesto de director literario de Radio Barcelona. Pero el 23 de noviembre fue trasladado de nuevo a la capital catalana. La última referencia que he encontrado de su trabajo en la radio es de 1934, como director de un sainete radiado de Arniches titulado El último mono en el que intervenía Rosa Cotó y Carmen Illescas. Se jubiló en 1939 como inspector del Cuerpo de Investigación y Vigilancia. En febrero del 46 estrenó en el Teatro Victoria un sainete titulado Manolo Gracia, con música de Luis Gimeno. Lo último que sé de él es dudoso: en un artículo especializado alguien sospecha que estaba detrás del seudónimo Tirso, con que se hacía una crítica de la representación en Oviedo de una obra de Ruiz Iriarte en julio del 48.

            El proyecto de la Ciudad Universitaria continuaría en tiempos de la República, y gracias a un joven arquitecto y un filósofo jienense, García Morente, se inauguraría una moderna y legendaria Facultad de Filosofía y Letras en la que estudió uno de los niños asistentes al banquete.

            Y en cuanto al muchacho curioso de la panadería, tendría tres hijos después de la guerra, y uno de sus nietos, casi noventa años después, imaginaría en Lucena aquel jueves de julio de 1927.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

 

 


                     


 

 

                                                        

lunes, 28 de julio de 2014

La luz en el pozo

Segundo premio en el VII Certamen Literario Villa de Navia, publicado en un libro editado por el Ilustre Ayuntamiento de Navia y Cajastur en 2005. Publicado también en la revista Stella de 2004.


LA LUZ EN EL POZO

A mis padres

            La materia de la que estoy hecho, el casi definitivo olvido, se estremece al irrumpir mi voz en estas páginas. Cómo no temblar al dirigirme a ustedes, vecinos del lugar donde, hace más doscientos años, pasé los mejores de mi vida. Y cómo, al mirar las vuestras, no transcribir con profunda tristeza las palabras de mi amigo Jean-Jacques, el ginebrino que, él sí, ha conseguido hasta hoy burlar al olvido: “¡Qué de recursos para el bienestar, qué cantidad de comodidades desconocidas para nuestros padres, cómo gozamos de placeres que ellos ignoraban!/ Es cierto, tenéis la comodidad, pero ellos tenían la felicidad; vosotros sois razonadores, ellos eran razonables. Vosotros sois educados, ellos eran humanos; todos vuestros placeres están fuera de vosotros mismos, los suyos estaban en sí mismos.” Sí, también esas palabras tienen más de doscientos años y la discreción que los asuntos de faldas imponen me impiden aclarar a qué señora iban dirigidas.
            Pero ustedes no saben aún quién soy. Mi nombre es Francisco Pedro Martínez, y fui prior de este pueblo, entonces aldea, en el segundo cuarto del siglo XVIII. Si bien algunos de ustedes me conocen por haber sustituido el altar mayor de la iglesia y haberlo luego cambiado de sitio (debo esta mínima gloria a D. Miguel Nieto, así como mi fama de mal gusto artístico), hasta unas generaciones después de mi marcha se pronunció mi nombre con una entonación de misterio, a veces respetuoso y venenoso a veces. Y ello por los siguientes motivos: mi vasta cultura, que yo no exhibía pero que tampoco ocultaba continuamente, mis “desapariciones” periódicas y mi amistad con una niña ciega.
            Es de esto último de lo que quiero hablar ahora que un vecino de este pueblo me presta su voz, esta revista sus páginas y ustedes su atención. No tanto porque esa niña sea el punto de apoyo de cuantas calumnias se vertieron solapadamente sobre mí (también se tragó el olvido esas mentiras y las bocas que las profirieron, “todo es efímero: el recuerdo y el objeto recordado”, meditó Marco Aurelio), sino porque no encuentro mejor manera de aprovechar este momentáneo rescate del olvido que rescatando a mi vez a una persona excepcional que en todo momento reflejaba al Creador.
            La conocí una mañana de 1746 en Úbeda. Recuerdo que discutía con mi amigo Fajardo el optimismo de un verso de Pope: “One truth is clear: whatever is, is right”. Ambos formábamos una isla en un mar de ignorancia. Sin mucha valentía, pertenecíamos al grupo que el ya fallecido obispo de Jaén Francisco Palanco había llamado novatores en el título de su libro Dialogus physico-theologicus contra philosophiae novatores, sive thomista contra atomistas, que había provocado un gran revuelo en el ambiente cultural español de nuestra juventud y la contestación de autores como el padre Jean Saguens, Zapata o el padre Juan de Náxera oculto tras el seudónimo de Alejando de Avendaño. A todos los habíamos leído deleitándonos en secreto con sus ataques, aunque nuestros maestros habían sido anteriores, Isaac Cardoso y Juan Caramuel.  Incluso habíamos viajado juntos al extranjero en nuestro período de formación y, cuando ahora uno de los dos lo hacía, traía libros y noticias del exterior, sobre todo de Francia. La niña me pidió una limosna, que yo le di distraídamente, sin dejar de hablar con Fajardo. Sólo reparé en ella cuando me preguntó: ¿Está seguro de que era esto lo que quería darme? Mire que me lo ha dado sin prestar atención. Entonces la miré y vi que era ciega. En efecto, le había dado un real queriendo darle un maravedí, pero su sagacidad y su honradez se lo merecían. Lo que más me sorprendió de todo no fue que una ciega de tan corta edad conociera al tacto el valor de las monedas, tampoco que una vagabunda sin recursos quisiera cerciorarse de que le habían dado lo deseado, sino que se hubiera dado cuenta de que yo había actuado con distracción. Interrogué a mi amigo sobre ella y me dio las referencias que sabía. Su nombre era Gregoria; su origen, Quesada. Un cosario de ese pueblo la trajo junto con carta del corregidor y buen ajuar a la Casa-Cuna de la Cofradía de San José, un día de invierno de hacía ocho años. Una hija ilegítima, aventuró mi amigo, por lo del ajuar. Y un auténtico milagro, añadió, nadie en esa Cuna sobrevive tanto.
            No necesité más de tres encuentros casuales para entender que Gregoria era especial. Tenía una inteligencia viva y rápida, y su oído y su tacto habían suplido la carencia con la que vino al mundo. Cuando le pregunté que cómo creía que era, me dijo: eres alto, hueles bien y tu voz es morena y sincera. A mi pregunta de por qué sabía que yo era alto, me contestó: tus palabras me llegan más de arriba abajo que las de la mayoría de la gente. Eres alto como las torres del Hospital de Santiago: ya no son torres/ que son macetas/ llenas de flores.
            Le gustaban los romances que traían los ciegos, y su prodigiosa memoria le permitía salmodiarme de memoria aquel que editaron en Úbeda sobre la manera de vivir de los gañanes en sus cortijos: Hoy mi lengua se prepara/ para poder esplicar/ de la jente cortijera/ decir la pura verdad. Pero les gustaban más los de guapos y bandidos: Ya subo por la escalera, /ya el verdugo me acomete/ creo en Dios Padre y Dios Hijo,/ aquí fué el dolor más fuerte;/ ya me sientan en el palo,/ mirando estoy á la gente,/ me retiran la cabeza,/ en un torno el cuello meten,/ y al decir su único Hijo/ á pelear voy con la muerte.
Hay mujeres, me dijo hablando de uno de esos romances, que pierden la cabeza por hombres guapos. Al menos a mí no me pasará eso. A lo que yo contesté: Tú sabes muy bien cuándo un hombre es guapo, aunque no lo veas. Y me expuso con la tranquila seguridad de quien lleva años dándole vueltas a una idea: Yo me casaré con un sordo, así le prestaré el oído y él a mí la vista.
            Recordé una operación de la que me habían hablado en una de mis escapadas a Francia, siendo ya prior en Navas. Un cirujano londinense, llamado Cheselden, a finales de la década de los veinte, había operado con éxito de cataratas a un joven de 14 años ciego de nacimiento. La operación se comentaba en círculos intelectuales en relación con el por entonces famoso problema de Molyneux. William Molyneux era un científico irlandés que expuso en una carta al filósofo Locke la siguiente cuestión: supongamos que un hombre adulto ciego de nacimiento capaz de distinguir mediante el tacto un cubo de una esfera (hechos del mismo metal y aproximadamente de igual tamaño) adquiere la visión y tiene ante sí, sobre una mesa, el cubo y la esfera mencionados. ¿Podría decir sin tocarlos cuál es el cubo y cuál es la esfera? Tanto Molyneux, como Locke, que a finales del siglo XVII divulgó el problema, respondieron que no. Berkeley se adhirió a esta respuesta. Voltaire —hoy puedo pronunciar este nombre sin temor a represalias— importó la cuestión a Francia, de la que se ocuparía luego (pero esto lo supe después de que Gregoria muriera) La Mettrie, Diderot, Buffon y Condillac, este último sosteniendo que el tacto es el sentido de la objetividad, el que enseña a los demás a proyectar sus sensaciones al exterior, el que nos saca de nosotros mismos.
            Yo había leído algo de la polémica suscitada por esa carta de Molyneux, que encubría la lucha entre el racionalismo y el empirismo, el a priori y la experiencia, la realidad y los sentidos. Me había incluso apasionado un tiempo con los argumentos de unos y otros. Pero, al conocer a Gregoria, todos esos debates se iluminaron bajo una nueva luz, cobraron un calor especial, como si ella me hiciera comprenderlos mejor y como si ellos me hicieran querer de un modo muy cercano a la niña ciega.
            Entonces pensé en otra “escapada” a Francia. Afortunadamente, mi ayudante en la iglesia, el licenciado Manuel Antonio de la Villa, era un hombre en quien se podía confiar, y a su cargo dejé la feligresía.
            A través de mi amigo Jean-Jacques, que la posteridad, es decir, vosotros, conocéis como Rousseau y como pensador, pero que entonces intentaba destacar como autor teatral y como compositor, conocí a Diderot. Acababa de publicar una obra que había sido condenada y de meterse con d´Alembert en el proyecto de la Enclopedia. Hablaba por los codos y de todo, de política y teatro, de historia y de traducción, de filosofía y de artesanía. De todo y, por fin, de lo que a mí me interesaba y por lo que mi amigo me había llevado allí. En efecto, me habló de Saunderson. Era éste un matemático inglés, ciego desde que tenía un año, que dio clases en Cambridge. Pero no sólo explicaba las matemáticas; también — y asombraos conmigo— hablaba de óptica, daba discursos sobre la naturaleza de la luz y de los colores y exponía la teoría de la visión. Este hombre sin duda excepcional había diseñado máquinas que le permitían hacer cálculos algebraicos y estudiar la geometría. Diderot me explicó en qué consistían y cómo se manejaban. Meses después volvió a hacerlo, para el público en general, en una carta que lo llevó a la cárcel, Carta sobre los ciegos para uso de los que ven.
            Cuando regresé, construí yo mismo los artilugios de Saunderson y fui a Úbeda por la niña. Como no la encontrara, pregunté por ella, y unos zagales me dijeron que la habían detenido y que la estaban juzgando en ese mismo momento. Unos chicos se habían metido con ella, lanzándole burlas y piedras mientras decían estoy aquí, ahora aquí, ¿dónde estoy? Gregoria cogió una de esas piedras, se quedó quieta y atenta un momento y la arrojó directamente a la frente de uno de ellos. Llegué a la sala donde el corregidor la interrogaba y me quedé al fondo. Mientras ella volvía la cabeza y me decía me alegra tanto que esté usted aquí, aquél pronunció estas palabras: Si vuelves a hacer eso te echaré al fondo de un pozo. Gregoria, volviéndose ahora hacia él, respondió con inverosímil serenidad: ¿Dónde cree usted que estoy desde que nací?.
Me traje, pues, a Gregoria a Navas. Mi sobrina Mª Juliana la alojó en su casa, pese a las reticencias de su marido, Pedro Salido. La ceguera de la niña despertó la superchería de parte del pueblo, y su rápido aprendizaje, en vez de ser atribuido a su voluntad y su inteligencia, se relacionó con el diablo. Tales venenos destila a veces la ignorancia.
            Enseñar a la niña fue el modo más hermoso que tuve de aprender en una vida llena de libros. Descubrí entonces que entender algo es saber mirarlo, y por primera vez comprendí muchas cosas que erróneamente creía saber.
            No sólo conocía romances pícaros y macabros la niña. Su mente infantil se había nutrido sobre todo de historias mágicas de cuya autenticidad no dudaba, como la transportación por el diablo del obispo de Jaén. He de decir que, de no tener yo historias verdaderas tan hermosas como las falsas en que ella creía, dudo mucho que se las hubiera desvanecido como lo hice. Pero arremeter con argumentos contra la superchería y la superstición, los burdos embustes y los falsos milagros, no suponía acabar con el misterio del mundo y su encanto y sus portentos, sino precisamente lo contrario, la admiración de lo cierto y no inventado y, sin embargo, mirífico. ¡Cómo creer que el obispo de Jaén amaneciera en Roma cubierto de la nieve que le había caído a su paso por los Alpes y, al mismo tiempo, se dijera que el diablo intentó hacerle pronunciar el nombre de Jesús para dejarle caer sobre el mar! ¿De Jaén a Roma a la vez por tierra y por mar? Pero es que además en esta historieta se cumple esa ley que tan bien expuso Benito Jerónimo Feijoo, según la cual las noticias llamativas son retocadas en cuanto al lugar y a los protagonistas para hacerlas más cercanas y, por tanto, más atractivas. En efecto, esta historia, le decía yo a la niña, se cuenta también de San Atendio, obispo de Visitaña. Pero ni hay santo con aquel nombre ni diócesis con este. Y seguía de este modo desbaratando su fábula.
            Tanto le maravillaba mi destrucción de sus falsos castillos como en su tiempo la construcción de ellos por parte de gente ignorante y crédula. Disfrutaba desplegando su agudeza sobre algunos de estos cuentos. Así, ella misma me dijo que dos hombres de su pueblo aseguraban haberse topado, perdidos, en un lugar desierto, con cuatro gigantescas y horribles figuras que eran, decían ellos, demonios, de los que huyeron espantados. Pero, añadía la niña, ¿cómo, si eran realmente demonios, no pudieron darles alcance?
            No la hizo esto, sin embargo, escéptica, sino crítica y prudente. Y, por supuesto, cuando había pruebas suficientes, no dudaba de la realidad del hecho, por extraño que fuese. Como cuando, hablando de su ceguera, le relaté malformaciones mucho peores en la Naturaleza. Le hablé así de una liebre de Alemania que tenía dos cabezas y ocho pies, de modo que cuatro correspondían a una, y cuatro a otra, mirando, cabezas y pies correspondientes, a partes opuestas. Cuando la liebre era perseguida en la caza, corría con cuatro de sus pies mientras los otros cuatro descansaban y, al fatigarse, se volteaba y seguía corriendo dando descanso a los pies que le habían permitido hasta ese momento huir. Pero también en seres humanos ocurren cosas de ese tipo, le exponía, como un infante de dos cabezas, dos cuellos, cuatro manos, y el resto como de un individuo solo, nacido en Medina-Sidonia dos años antes que ella. El caso fue objeto de discusión filosófica y teológica, porque, al considerarse arriesgado el parto, fue bautizado en el primer pie que sacó. ¿Eran dos individuos o uno? Si eran dos, ¿ambos quedaron bautizados? Se discutía por entonces si era la duplicidad de cerebros o de corazones la que permitía dilucidar si esos monstruos eran dos individuos o uno solo. Yo sostenía la tesis de Feijoo de que la clave estaba en el cerebro, y le contaba a la niña que sin corazón se podía vivir algún tiempo, como le pasó a un hombre al que los Indios sacrificaron a sus ídolos arrancándole el corazón; tras caer por casi treinta escalones, dijo: Oh nobles, ¿por qué me matáis? Por supuesto, hay que descontar para esta argumentación los milagros, como el de San Dionisio Aeropagita que, degollado, tomó su cabeza en las manos y caminó así dos mil pasos.
            Mas no todo eran sesudas disquisiciones y laborioso aprendizaje. También gustaba mucho Gregoria de chistes y sucesos graciosos, y yo alimentaba su paladar. Varias veces me hizo que le contara la historia del eclesiástico de poco entendimiento al que, en Roma, le hablaron en latín y, pensando que era italiano, dijo a los que le rodeaban: Como no sé la lengua italiana, no puedo responderle: que si me hablara en latín, le había de confundir. O aquella ocasión en que en un corrillo se burlaban de lo grande que era el pie de Quevedo. Éste dijo que había otro mayor en el corrillo. Como todos se miraran los pies y comprobaran la falsedad de lo dicho, se lo echaron en cara al escritor, el cual respondió sacando el otro pie, que tenía retirado y que, en efecto, era mayor. Le gustaba también mucho aquella historia donde una moza que llevaba delante una burra cargada de algo se encontró con un caballero al que agradó. ¿Dónde vas?, le pregunta él a ella. A mi lugar, responde la moza. ¿Y cuál es éste?. Las Navas —seguía yo las reglas de estos cuentos y lo acercaba a nuestro entorno. Entonces, dice el caballero, conoceréis a la hija de Juan Tauste. Sí, claro, dice ella. Pues llévale este beso de mi parte, dice el caballero intentando besarla. A lo que la moza responde: señor, si tenéis tanta prisa en mandar el beso, dádselo a mi burra, que va delante de mí y llegará antes.
            Pero sin duda su gracia favorita era la de aquel hombre que llegó a un pueblo diciendo que rejuvenecería a las viejas. Varias lo creyeron y le preguntaron qué habían de hacer. Él les contestó que escribir cada una en un papel su nombre y edad. Había de setenta, de ochenta, de noventa años, y todas pusieron fielmente el número. Al día siguiente el pillo dijo que una bruja envidiosa le había robado las papeletas y que volvieran a hacerlas. También les dijo que el procedimiento consistía en quemar viva a la más vieja y en que las demás comieran una porción de sus cenizas. Todas se quitaron años entonces a la hora de ponerlos en el papel: la de noventa se puso cincuenta, la de sesenta, treinta y cinco. Así, el pícaro recogió las papeletas y, sacando las del día anterior, dijo: ya lograron vuesas mercedes lo prometido, ya todas se remozaron, usted que ayer tenía noventa años hoy tiene cincuenta, usted, con sesenta ayer, hoy goza de treinta y cinco.
            Ya volaba, aunque tímidamente, el rumor que acabaría devolviendo a la niña a las calles de Úbeda, cuando intentaron robar en la ermita. Las alhajas de la Virgen de la Estrella fueron de nuevo objeto de la sacrílega codicia de los ladrones. Sin éxito, porque la providencia quiso que los objetos valiosos se hubieran trasladado a la iglesia parroquial con motivo de las proyectadas obras en la ermita. El intento de robo indignó mucho a la niña, de un modo tal que me hizo pensar que acaso nuestros sentidos tengan algo que ver en nuestra manera de entender el mundo y, por tanto, en nuestra moral. Un ciego es más vulnerable al robo que un vidente, y por tanto este pecado más condenado en su corazón.
            Fue con motivo de este hecho que le comenté que años atrás, en los tiempos inseguros de Carlos II, se utilizaban unos subterráneos que en la ermita había, de los que apenas se tenía ya noticia. Entusiasmada con esta historia, me insistió en que la dejase merodear por ver si los encontraba. Asombrado me quedé al comprobar que, mediante el sonido que las paredes hacían, descubrió un trozo falso de una que daba acceso a una galería subterránea. Me convenció para que rompiera parte de él, y se introdujo por la oquedad. Recorrió la galería con la velocidad de un murciélago, a juzgar por los ruidos de sus pasos que yo, incapaz de aventurarme a oscuras, a más de que no cabía por el estrecho agujero, oía desde la recién abierta entrada. Entonces apareció con una figurilla, una minúscula estatua de lo que parecía ser un dios, o tal vez un héroe, griego o fenicio, o incluso ambas cosas a la vez, quizá el Heracles-Melqart tan querido de Aníbal. Cuentan que éste conservaba una estatuilla que lo representaba y que había pertenecido a Alejandro Magno. Nada cuesta soñar, si tenemos en cuenta la posibilidad de que Aníbal pasara por aquí, que se trate de la misma. Se encaprichó Gregoria de la imagen y, aunque no era muy aficionada a las historias bélicas y me había costado hacerle entender las guerras púnicas, no se separaba de ella. Cuando esa circunstancia fue conocida, el rumor se avivó grandemente, y hubo quien dijo que la figura era diabólica y la niña una bruja en ciernes o incluso consumada. Sólo así, decían, puede saber tanto con tan corta edad y con tan inexistentes luces.
            No más, y aun menos, tenían ellos que la pobre niña. Porque de nada sirve la vista si la conducen prejuicios y errores, más que para desviarnos del camino de la verdad ufanándonos de nuestra ignorancia.
            Pero Gregoria volvió a Úbeda, una vez la situación empeoró para mí y, sobre todo, para ella. Justo es reconocer que hubo gente que en silencio e incluso sin él la apoyaban. Pero el ambiente se había enrarecido demasiado y la prudencia aconsejaba que se marchara. Habían pasado cuatro años desde que la conocí y apenas dos desde que comenzara a darle clases.
            Ignoro si su vuelta a la mendicidad después de unos meses de cierta comodidad influyó en la enfermedad que la llevó al Hospital de Santiago (“ya no son torres/ que son macetas/ llenas de flores”), donde podían escucharse las quejas de moribundos y enfermos contagiosos, en un año que la historia recordará como uno de los más hambrientos y mórbidos en la Úbeda de mi siglo. Quiero pensar, sin embargo, que una criatura tan pura había nacido en un lugar y un tiempo equivocados. Siempre lamenté no haber estado en sus últimos minutos junto a ella, aunque sé que murió tranquila y feliz. No de otro modo pudo ser si tenemos en cuenta que lo hizo el 1 de mayo de 1751, cuando celebrábamos la misa en la ermita de la Estrella. Sin duda la Virgen la ayudó en el tránsito. Cuando, días después, fui a verla en vano, me dieron la noticia y me entregaron la figurilla que, dijeron, encontraron apretada en su mano.
FIN


NOTA. Creo oportuno hacer constar que, salvo alguna excepcional licencia, todos los personajes de este cuento existieron o dejaron de hacerlo en las fechas señaladas (incluida la más sospechosa, la de la muerte de Gregoria). Mi tarea ha sido soñar una historia que los relaciona y que sólo el azar que elige uno de entre los caminos posibles pudo hacerla o no real. O tal vez decir esto sea presunción por mi parte y yo haya sido no más que el instrumento para que el doctor  Francisco Pedro Martínez pudiera narrar la historia que vivió o que quiso vivir.

Juan Fernando Valenzuela Magaña