lunes, 14 de julio de 2014

Se es o no se es (Revista de San Juan, 2007)


SE ES O NO SE ES
O EL CANDOR DEL PRIOR
A los que eran niños en Navas
cuando aconteció esta historia,
con asombro y cariño

            Al doblar la esquina de la calle Alamillo, el prior encontró la solución. Podríamos decir que la solución lo encontró a él, porque después de estar toda la noche despierto intentando resolver el enigma, había decidido olvidarlo por un momento y dejar que el aire tempranero lo espabilara. Oyó como en sordina el saludo de un labrador que se cruzó con él y su propia voz al responder parecía emitida por otra persona. Pero el hondo cansancio acentuaba en vez de mermar la felicidad proporcionada por haber dado con la clave de los extraños mensajes. Durante unos segundos revivió una sensación enterrada en el fondo de sus años. Recordó las felicitaciones de sus profesores en Roma a principios de siglo, cuando resolvía con célere destreza algún ejercicio de lógica aristotélica o vencía en alguno de los largos y enrevesados debates escolásticos donde, en latín, se argumentaba sobre problemas tan arduos como el de la conciliación de la libertad humana con la omnisciencia divina.
            Pero el que ahora mismo acababa de resolver, a diferencia de los de su juventud, tenía el apremio de la praxis, la urgencia de la vida. La de una niña estaba en peligro, y su salvación parecía depender de él.
Hacía una semana, al entrar en su despacho atestado de libros después de la misa tempranera, el prior había encontrado una extraña nota sobre el suelo:


    ELLA TE DARÁ DETALLE


La tomó con extrañeza en su mano e intentó sin éxito relacionarla con algún episodio reciente de su vida. Preguntó a los caseros, pero éstos no habían visto a nadie extraño merodeando por la casa, y menos entrando en ella.
Así que el prior empezaba ya a olvidar la nota cuando la tarde de ese mismo día aportó una luz que oscureció aún más las cosas. Una feligresa, zafándose de la oposición del conserje Manolo y de su pequeño Patri, entró llorando en la sala de juego de la Peña, donde el prior desplumaba a la adinerada concurrencia, y se arrodilló llorando ante él. Entrecortadamente acertó a decir:
            — Alguien se ha llevado a mi hija Ana, tiene usted que hacer algo.
            — Cálmate, cálmate —y, en efecto, la honda y misteriosa humanidad que exhalaba esa voz amainó el llanto y relajó la crispación de los músculos de la mujer—. Vamos a ver… ¿has avisado a las autoridades?
            — Sí, ha sido don Mateo el juez quien me ha dicho que lo buscara a usted. Al leer las notas ha dicho: “Quizá el prior pueda aportar algo”. Como es usted una eminencia…
            — ¿Notas?
            — Sí, dos. Pero, según don Mateo, no aclaran nada. Tome, yo no sé leer.
            El prior las miró durante un largo rato y finalmente anotó su contenido:
           

    O DOLOR O LODO
                       

             

   A TI NO, BONITA
                                                                      

                                               
           
Esa misma noche Mateo el juez se presentó nervioso en la casa del prior. Iba acompañado del jefe de la policía local Navarrete y del municipal Zamora.
            — Alguien está jugando con nosotros —dijo el juez sin preámbulos—. ¿Ha hablado Rosario con usted?
            — Sí —contestó el prior. El cóctel de vejez, cansancio y experiencia otorgaba a esa voz la facultad de tranquilizar la situación sobre la que se aplicara—. Rosario me ha enseñado las notas. Es todo muy extraño. Yo mismo he recibido una similar — el prior, como si fuera una carta de la baraja, la puso sobre la ajada mesa, junto al pisapapeles de cristal con la fotografía de la Plaza de San Pedro.
            Después de leerla sin llegar a tocarla, el juez metió su mano en el bolsillo de su chaqueta y, con gesto de soltar un as, puso sobre la del prior otra nota. Éste leyó:


      OIRÁS ORAR A ROSARIO

                                   
            — El señor teniente alcalde don José —intervino con gesto hosco el policía Navarrete— ha puesto el asunto en nuestras manos. Él hará llegar la noticia al alcalde don Mateo que, como usted sabe, se encuentra en Madrid — miró las notas como si mirara un bizarro insecto y añadió—: ¿Qué opina usted, don Francisco? ¿Un loco?
            — Puede que sea un loco —arrugó pensativamente la frente el prior—, pero parece inteligente. Ambas cosas no son incompatibles. Todo esto tiene el aire, como usted dice —y miró al juez—, de un juego. Por ahora, usted, Rosario y yo somos, junto con el secuestrador, los jugadores. Mi papel (ELLA TE DARÁ DETALLE) me remite a Rosario, cuyas notas a su vez parecen decirle lo que le espera a su hija (O DOLOR O LODO) y que este juego no está dirigido principalmente a ella (A TI NO, BONITA). A su vez, usted es avisado (OIRÁS ORAR A ROSARIO). Es todo lo que ahora mismo tenemos.

            Dos días después, la investigación seguía atascada. Era un día radiante de primeros de junio que olía ya a San Juan, a estío y a albercas. El pacto de silencio que hicieron en la Peña los testigos de la aparición de Rosario se había completado con la estrategia del prior y el juez de mantener en secreto lo que ocurría. No había que alarmar al pueblo. Afortunadamente, se había convencido desde un principio a Rosario de que no debía contar nada, y ella fingía que la niña estaba con unos parientes en Santisteban. De este modo sólo unos pocos sabían que, bajo la apariencia de tranquila y sabrosa monotonía que el pueblo mostraba, se agitaba una tragedia que amenazaba con romper el orden intemporal de las Navas.
            Aunque algún ojo atento hubiera podido reparar en signos extraños. Timotea y María Luisa, por ejemplo, registraron esa mañana de junio dos hechos insólitos. El primero fue que, en plena celebración de la misa, Rosario agitaba como una bandera un papel intentando llamar indiscretamente la atención del prior. Éste aligeró el ritual resumiendo unos párrafos y saltándose otros. Pero no fue esto lo segundo que llamó la atención de las dos fieles, sino que, al terminar la misa, Rosario se precipitó en la sacristía, para salir a los cinco minutos, sin que el prior se moviera de ahí dentro durante toda la mañana.
La nueva nota que Rosario había recibido decía:


         ESE BELLO SOL LE BESE
           
Horas después, en efecto, el prior seguía en la sacristía. Esa nueva nota parecía aludir al deseo del secuestrador de liberar a la niña, previo desciframiento del misterio por parte de los jugadores. Pero, ¿cuál era la solución? Mientras Timotea y María Luisa desgranaban el rosario y su murmullo se deshilachaba en la vasta penumbra de la iglesia, el prior trataba de encontrar un código oculto, una clave secreta que permitiera saber el lugar donde estaba escondida la niña Ana o el nombre del desalmado.
La mañana reservaba todavía a Timotea y María Luisa otro insólito acontecimiento que acabó de hacer saltar por los aires la invariable rutina de las cosas. Manolico el sacristán apareció recorriendo apresurado la iglesia, se arrodilló fugazmente ante el sagrario y, la respiración sofocada, abrió la puerta de la sacristía diciendo:
— Don Francisco, alguien ha colgado esto en la puerta —y, como Rosario horas antes, agitó un papel en el aire.


   ¡OJO! CORRE POCO PERRO COJO  

           

A la mañana siguiente apareció en la misma puerta del despacho del juez, cada vez más desesperado (estamos más perdíos que Carracuca, don Francisco, le diría al prior al informarle), la siguiente nota:



   AMIGO, NO GIMA




Pero ahora esos días le parecían al prior tan lejanos como los de la guerra, porque acababa de encontrar, como si hubiera tenido una visión, la clave. Pensó en la caída de San Pablo del caballo, en la inspiración de los profetas y los evangelistas, y dio gracias a Dios. Tal vez había sido Él quien le había entregado la solución, cansado de esperar el resultado de su esfuerzo. ¿Cansado? ¿Cansado, Dios? Además, ¿no es su paciencia infinita?, pensó, y sus labios se arquearon débilmente en una sonrisa. ¡Qué diría de mí el obispo si oyera mis pensamientos!
Anoche había recibido la última nota: AMOR A ROMA, y desde entonces no había parado de buscar la llave para orientarse en un juego tan absurdo como perentorio. Había pasado la noche en claro consultando libros y volúmenes de su Espasa, jugueteando con el pisapapeles romano, y a la hora de ir a misa se había rendido. Es sabido que la mente sigue trabajando en un problema cuando abandonamos la concentración en él. La del prior debió de seguir activa mientras éste descendía la calle Real dejando que el airecillo tempranero de primeros de junio masajeara la piel vencida de su rostro. Las ideas se ordenarían de otro modo, seguirían, liberadas del control de la voluntad, los caminos que el prior no había probado, obcecado por las interpretaciones que iba eligiendo. Tal vez había querido decirle eso el secuestrador con la nota ¡OJO! CORRE POCO PERRO COJO, es decir, libérate de la cojera que suponen las ideas fijas y ábrete a otras interpretaciones de estas notas. AMOR A ROMA tal vez significara acuérdate de tus brillantes argumentaciones y de tu destreza a la hora de resolver problemas.
Sea como fuere, el prior había dado con la clave y ahora sentía una satisfecha y tranquila jovialidad. Su andar, por lo común cansino, se volvió ágil durante unos metros y decidió lo que había que hacer ahora. Dejaría inmediatamente en un lugar a la vista una nota con una frase que indicara al secuestrador que había logrado descubrir el juego, que ya sabía que las notas eran palíndromos, es decir, palabras o frases que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. También el nombre de la niña, Ana, era un palíndromo, y aquella frase en latín que, sin él convocarla, atravesando en su memoria los largos años que separaban su prometedora juventud de su cascado presente, le había entregado instantes antes la clave como se otorga la llave de una ciudad conquistada: ROMA, TIBI SUBITO MOTIBUS IBIT AMOR.
Así que el prior dejó en la puerta del Ayuntamiento y, para asombro de Timotea y María Luisa, en la de la iglesia, una palindrómica nota que decía:



    SÉ VERLAS AL REVÉS

                       

Y aunque un prudente silencio se echó para siempre sobre esta historia, unos cuantos hombres de este pueblo respiraron cuando, al día siguiente, la palindrómica Ana pudo abrazar a su madre.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

martes, 8 de julio de 2014

Nadie duerma (Stella, 2008)

Relato publicado en la revista Stella del año 2008

NADIE DUERMA

            El prior se quedó perplejo al leer el nombre del remitente. Por un momento revoloteó en su interior una sensación enterrada en su memoria desde hacía medio siglo. Levantó la cabeza y la presencia de Pedro el cartero, que lo miraba con la curiosidad que despierta un matasellos urgente, le trajo de nuevo al presente. Le dio una perra gorda y, tras cerrar la puerta de su despacho, que dejó fuera el gañido de los lechones de la habitación de enfrente, abrió impaciente la carta.
            Santiago seguía teniendo la misma letra elegante y firme con que redactaba en la Universidad Gregoriana sus trabajos escolásticos. Tampoco había perdido su talento narrativo y su gusto por los enigmas. El que le proponía en pocas líneas tenía, eso sí, la tara de ser real:         
    
 Madrid, a 28 de diciembre de 1955

Querido amigo:
                        Ha pasado mucho tiempo desde nuestras correrías romanas, pero nunca he olvidado tu humanidad y tu inteligencia. A ambas apelo para ayudar a mi hermano el comisario de policía, que lleva un tiempo sin poder dormir debido a un complicado caso. Aunque la prensa guarda silencio para no alarmar a la población, recientemente ha habido tres muertes extrañas, si bien naturales, en tres puntos de España alejados entre sí. Paso a contarte brevemente los detalles que considero pueden ser relevantes.
            El primer cuerpo encontrado era el de un hombre introvertido, soltero y aficionado a las matemáticas. El segundo era el cadáver de un hombre con continuos problemas conyugales, de los que huía encerrándose en una habitación donde no paraba de hacer crucigramas. En cuanto al tercer cuerpo, lo había habitado un hombre viudo muy sociable y parlanchín, amante de las conversaciones y los debates, en los que no paraba hasta agotar todos los puntos de vista y a sus interlocutores.
Los tres fallecidos no se conocían entre ellos ni tenían un conocido común, pero dos rasgos los relacionan. Por un lado, los tres descuidaron su alimentación y su aseo y parecían ser presa de una gran preocupación que acabó consumiéndolos. Por otro, y es lo que lleva a mi hermano a pensar que tras todo esto hay una sola mano, cerca de los tres cadáveres hemos encontrado un papel con el mismo dibujo: un prisionero flanqueado por dos guardianes, uno custodiando una puerta con el letrero “libertad” y otro la opuesta con la palabra “muerte”.
Mi hermano cree que estamos ante un ajuste de cuentas. Según él, el dibujo era la señal de que morirían o una forma en clave de pedirles un dinero que no pagaron y que les costó la vida, como si dijera: eres prisionero de nuestra organización, elige la libertad (pagando) o la muerte. Pero a mí esa interpretación no termina de convencerme.
Recuerdo los enigmas que te proponía cuando éramos estudiantes, y tu lúcida rapidez para resolverlos. Ahora estamos ante un enigma real, tres personas han muerto y puede que no sean las únicas. Tendrás que hallar la respuesta, amigo.
El tuyo
Santiago Jiménez Arnedo

El prior esbozó una preocupada y nostálgica sonrisa, guardó la carta y salió. Era una tarde fría de enero y la actividad palpitante de la gente que volvía de la aceituna llenaba las calles. Pero don Francisco estaba en otro lugar y otro tiempo, en una tarde romana de principios de siglo, paseando por la Via della Conciliazione junto a su amigo Santiago. Sintió el misterio y el vértigo del tiempo, y recordó las conocidas palabras de San Agustín: cuando nadie me pregunta qué es el tiempo, sé lo que es, pero si me lo preguntan, entonces no lo sé.

Sin saber cómo, el prior había llegado a la iglesia. Un monaguillo con ojos vivos e inteligentes, se le acercó a darle un recado de Manolico el sacristán. El prior le dijo sin venir a cuento:
—¿Qué ser, con sólo una voz, tiene a veces dos pies, a veces tres, a veces cuatro y es más débil cuantos más pies tiene?
El niño, sin sorprenderse, esforzó reflexivemente la mirada y, con una mezcla de alegría y orgullo, respondió:
—El hombre, porque cuando es niño anda a gatas y cuando es anciano se ayuda con un bastón.
—Muy bien —revolvió el pelo del niño—. Ese era el enigma que la Esfinge proponía cerca de Tebas. Y quien no conseguía responder era estrangulado y devorado.

Es sabido que la mente sigue trabajando a nuestras espaldas cuando algo nos preocupa. Ello explica que, mientras impartía la comunión, le pareciera que el armonium de don Ramón Palomares había evocado por un momento el Nessun dorma de la ópera Turandot, de Puccini. Mientras Timotea esperaba la Sagrada Hostia con concentrada devoción, el prior detuvo a medio camino su mano y pensó en la enorme coincidencia entre el caso que la carta de su amigo le acababa de plantear y las palabras del libreto de Turandot: Gli enigmi sono tre, la morte è una!  Los enigmas son tres, la muerte una. Mejor a la inversa, se dijo: el enigma es uno y las muertes tres. Timotea tosió levemente y la mano de don Francisco terminó su recorrido.

Cuando acabó la misa, don Francisco se sentó en el sillón de madera de la sacristía, llamó al monaguillo a su lado y le dijo:
—Hay otra historia similar a la de la Esfinge, y se encuentra en una ópera de Puccini llamada Turandot. Turandot es una princesa china que propone a sus pretendientes tres enigmas. Si no los resuelven, son ejecutados. El trabajo nunca falta donde reina Turandot, dicen los ayudantes del verdugo. ¿A ti te gustan los enigmas?
—Sí, mucho.
—¿Y sabes cuál es la diferencia entre un enigma y un problema?
En algún sitio el niño había leído la respuesta, aunque no la había entendido:
—El problema tiene visos de ser soluble. El enigma, no.
—¡Toma ya! ¿Tú entiendes lo que quiere decir eso?
—Pues la verdad, no.
—Quiere decir que mientras un problema parece tener solución, un enigma nos aparece como algo que no la tiene.
— in embargo —observó acertadamente el niño—, el enigma que usted me ha planteado, el de la Esfinge, la tenía.
—Así es. Por eso yo no estoy de acuerdo con esa diferencia entre un problema y un enigma. Yo tengo otra.
—¿Cuál?
—Yo creo que la diferencia estriba en el compromiso. Un problema no nos compromete, en él no estamos comprometidos, no afecta al núcleo de nuestra vida. Es algo periférico. Sin embargo, en un enigma nos va la vida. Eso es lo que quiere decir el mito de la Esfinge. Si no acierta el enigma, el viajero tebano muere. Por eso la solución al enigma es él mismo, el hombre. Si el hombre se encuentra, vive. Si no, muere.
El prior hizo una pausa. De la calle Santa Rita llegaban las voces sin tiempo de una tarde de invierno cualquiera de mediados de siglo. El prior continuó:
—Por eso también en Turandot mueren los pretendientes que no son capaces de resolver los enigmas. Los problemas nos aparecen en tierra firme —y escenificó con sus dedos sobre la vieja mesa las dos patas de un muñeco—, los enigmas en el precipicio —y arrastró sus dedos al borde de la mesa—. Claro que hay enigmas que no tienen solución: sólo cabe iluminarlos, darles sentido. En eso consiste el misterio. Anda, apañao, tráeme papel, pluma y tintero.
El prior se olvidó del monaguillo, y éste pudo ver con disimulo por encima de sus hombros cómo escribía lo siguiente:


Navas de San Juan, a 12 de enero de 1955

            Sostengo, querido amigo Santiago, que los tres hombres de tu caso fueron asesinados. Del mismo modo, sostengo que nadie los mató. Los mató algo. Los mató un enigma.
Recordarás la figura mitológica de la Esfinge y la princesa de ópera Turandot. Pese a las apariencias, en realidad no son Turandot ni la Esfinge quienes matan. Mata el enigma. Es él el que ahoga cuando uno se compromete en él, cuando uno se lo toma como algo en lo que nos va la vida, en lo que nos la jugamos. No estrangula la Esfinge, estrangula el enigma. Ese es el sentido de todas las historias donde alguien propone uno.
Te estarás preguntando (me estarás preguntando) quién es, en ese caso, el cómplice del enigma, quién la Esfinge, que tiene cabeza de mujer, o la Turandot. Y ya tenemos ahí un camino: cherchez la femme. Porque se trata de una mujer. De la misma mujer.
Así que tenemos qué los mató y quién intervino. Veamos ahora el cómo. Para ello hemos de tener en cuenta los elementos comunes que tenían las víctimas. Los tres (un soltero, un casado con problemas conyugales y un viudo) parecían carentes de amor, y abiertos por tanto a su llegada. Por otra parte, los tres gustaban de darle vueltas a los asuntos (matemáticas, crucigramas, debates). Aparece una mujer hermosa en la vida de estos hombres tan receptivos y les propone un difícil problema. La trampa está magistralmente tejida: el amor y la vanidad los hacen caer en ella. No pueden dejar de pensar, sienten que la conquista de esa mujer, que su futuro, que su vida, se resumen en esa adivinanza. El problema deviene enigma. Recuerda que a tu hermano le impide dormir este caso: exagera esa preocupación y tendrás la muerte.
Ahora debería exponerte el porqué, pero aquí sólo cuento con conjeturas. Quizá lo haga por castigo, como la Esfinge, o quizá por venganza, como Turandot. O tal vez por puro juego.
¿Qué hacer? Cuando Edipo adivinó el enigma de la Esfinge, ésta se tiró al vacío. Cuando Calaf solucionó los tres enigmas de Turandot, conquistó su amor. Así pues, la solución es la solución, si me permites el juego de palabras. Con ella os podréis enfrentar a esa mujer, y morirá o caerá enamorada.
Pero casi me despedía, amigo Santiago, sin plantear el enigma que ha matado a esos tres hombres. Se trata del enigma del prisionero. Verás. Un rey, para celebrar su cumpleaños, concede a un preso la posibilidad de ser libre. Su celda está custodiada por dos guardianes, uno que siempre dice la verdad y otro que siempre miente. Cada uno custodia una puerta, una lleva a la muerte y otra a la deseada libertad. El prisionero no sabe ni qué guardián es el sincero o el mentiroso ni en qué puerta se halla cada uno de ellos ni, por supuesto, qué puerta debe escoger. Se le concede poder hacer una pregunta, una sólo, a uno de los guardianes. Eso debe bastarle para salir por la puerta que desea, la de la libertad.
Como ves, recuerdo con claridad el planteamiento. Por desgracia, en algún momento de mi vida olvidé la solución. Me pondré a ello, pero como el asunto es urgente porque la mujer puede volver a matar, te envío mis conclusiones por si vosotros dais con la respuesta antes que yo. Hasta entonces, y como se canta en Turandot, Nessun dorma!, ¡nadie duerma!

Un fuerte y amistoso abrazo 
  Francisco del Moral Almagro   

En efecto, esa noche el monaguillo apenas durmió. Una parte de ella la pasó resolviendo el enigma. Otra, dudando sobre si debía decírselo o no al prior, pues por un lado estaba mal leer las cartas ajenas sin permiso, pero por otro podían estar en juego vidas humanas. Resolvió darle la solución antes de la misa de ocho. La última parte, sin embargo, la pasó soñando que no se presentaba a esa misa, que se iba del pueblo en busca de esa misteriosa mujer y que le espetaba la respuesta, esperando a ver si se moría o se enamoraba perdidamente de él.

Juan Fernando Valenzuela Magaña


domingo, 22 de junio de 2014

EL RETRATISTA



                Nota. No está de más advertir del carácter ficticio de este texto. Como no hay ficción que no contenga elementos reales (ni realidad que no los contenga ficticios), señalaré que gran parte de sus detalles están tomados de eso que llamamos realidad. Este relato está escrito al calor del recuerdo de mi abuelo Bartolomé Magaña, y de mis otros abuelos, a los que me gusta imaginar, cada uno en sus cosas, en esta mañana de las fiestas de San Juan del año 51.

           

            El retratista lleva gorra de paño, un buen mostacho y bata oscura de medio cuerpo sobre el suyo delgado. Parece una copia demacrada de un pintor callejero de Montmartre. Delante del almacén de Víctor, abre y ajusta las patas del trípode y coloca sobre él el cajón que le sirve de cámara oscura y de laboratorio fotográfico. Sus dedos tienen la coloración marrón característica de los minuteros, causada por los líquidos y la luz del sol. Detrás de una de las ventanas de La Peña, dos amigos, sentados en sendos sillones, observan la operación al tiempo que hojean el ABC, uno el de hoy (es martes, 26 de junio de 1951) y otro el número anterior (el del domingo, día de San Juan, pues los lunes no hay edición).
            Hace un rato que ha terminado el encierro. El retratista se ha asegurado bien de ello, porque tiene una relación ambivalente con los toros: los teme y le atraen. Pone oído, mientras coloca las sillas y el paisaje de cartón que él mismo ha pintado, a la voz que sale de la radio de galena de la taberna. No es la guerra de Corea lo que le interesa, ni los destrozos del huracán de Lérida, sino cómo ha estado Paco Ortiz, al que fotografió el año pasado, en la novillada del domingo en Granada: dos orejas en el cuarto. 
            Los dos socios de La Peña hablan de fútbol. El Atlético de Madrid, dice uno de ellos con retintín mostrando una página del periódico, ha quedado tercero en la Copa Latina. El otro, colchonero, le recuerda que ha ganado la Liga, y cuenta de nuevo las circunstancias del partido de la última jornada, que él vio en la grada. El Atlético tenía que puntuar en el campo de su rival directo por el título. Encajó un gol, y consiguió empatar. El adversario volvió a marcar… pero el gol fue anulado. Al final, uno a uno, el Atlético, entrenado por Helenio Herrera, campeón de Liga. El contrario, un digno Sevilla. El hombre de la Peña recitó, no pudo evitarlo, la alineación: Marcel Domingo; Tinte, Aparicio, Lozano; Silva, Mújica; Estruch, Ben Barek (autor del gol), Pérez-Payá, Carlsson y Escudero.
            La fotografía, el gramófono, el cine, nacieron en el siglo XIX fruto de la alianza entre una novedosa técnica y un viejo anhelo: atrapar el tiempo que se va, fijar el huidizo instante. El retratista se quita la gorra y se sienta en la silla preparada para los clientes, mirando hacia el paisaje urbano de rascacielos que él mismo ha pintado. Juan Valenzuela y Juan el minero pasan a su lado con prisa. 
            Los hombres de La Peña han cambiado suavemente de conversación. Al decir que el Lérida ha bajado a segunda división, pasan a hablar del huracán. Instantes después, y también tras suave transición, recuerdan el reciente terremoto en Navas, en el que murió, con nueve años, Coco, el hermano de uno de los dos Juanes que acaban de pasar.
            El retratista piensa en sus cosas y marca con el pie, sin darse cuenta, el compás de la música de los anuncios de la radio. Cinzano, aperitivo sano. Lo mejor que hay, Calisay.
            En las terceras de los dos ABC escriben Julián Marías y Azorín. El primero es un filósofo, el segundo un novelista. La filosofía y la literatura hablan de lo mismo: del tiempo. Puede que Navas consista sobre todo en eso: el tiempo y su paso.       
            El retratista se ha levantado: cinco amigos negocian con él el precio de una foto común. Dispone cinco sillas y los sienta en ellas, de acuerdo con un orden que sigue personales y cuestionables criterios estéticos. Luego mete la cabeza bajo la manga negra para enfocar. Mientras busca el papel fotográfico, los cinco amigos se cambian de sitio. Coloca el papel y agarra el disparador. El pajarito, mirad el pajarito. Aprieta sin darse cuenta del cambiazo. Durante el segundo de exposición, los cinco amigos, Abundio, Cristóbal, Requena, Jesús y Bartolo, permanecen inmóviles delante del cartón de los rascacielos. El retratista sonríe satisfecho. Mira su reloj Omega y dice: En un ratito tendréis vuestra foto. Introduce la mano derecha en el cajón y sumerge el papel fotográfico en la bandeja del revelador. Sostiene su sonrisa durante breves minutos, mientras mueve de vez en cuando la bandeja. Cuando por la mirilla vigila el revelado, los cinco recuperan sus sitios originales. Con la mano cambia, tras dejarlo gotear un poco, el papel a la bandeja del fijador. Por fin, saca el negativo al exterior y lo sumerge en la cubeta con agua que cuelga del trípode. Lo coloca en la paleta de copias y vuelve a apretar el disparador para lograr el positivo, mientras los cinco amigos permanecen con una exageradamente quieta obediencia en sus asientos. Cuando finalmente tiene ante sí la foto, un gesto de contrariedad sacude su rostro. Incrédulo, mira a los amigos y a la foto una y otra vez. Los hombres de La Peña sonríen. Uno de los fotografiados, fingiendo enorme asombro, se lleva las manos a la cabeza al ver cómo los cinco aparecen desordenados en el papel. El retratista busca una posible explicación a esa traición de la técnica, y de pronto la encuentra: ¡Los ácidos! ¡Son los ácidos!, grita, ¡Me han engañado con los ácidos!
            La fotografía juega con el tiempo. También Azorín, que remonta los siglos para recuperar momentos que fueron presente hace mucho tiempo. Como si sólo quedara lo que pasara. Como si sólo fuera lo que una vez fue. Uno de los lectores del ABC imagina un hombre que, sesenta y tres años después, lo imagina a él sentado junto a un amigo, con el periódico entre las manos, contemplando tras la ventana de La Peña una mañana más de las fiestas de San Juan. 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Cuento aparecido en la Revista de San Juan en Navas de San Juan, año 2014

viernes, 4 de abril de 2014

Blanco roto. Psicología y marketing

BLANCO ROTO

PSICOLOGÍA Y MARKETING

         Suele decirse que, así como la física fue la ciencia estrella de la primera mitad del siglo XX, la biología, y concretamente la genética, es la ciencia estrella en la actualidad. Esto, que es más o menos cierto en el ámbito científico y humanístico, no lo es en el ámbito popular. La disciplina con la que un ciudadano medio tiene más contacto, explícito o implícito, sabiéndolo o sin saberlo, es la psicología. Desde las recomendaciones a los padres para un comportamiento adecuado con sus hijos hasta las pautas para autoayudarnos, pasando por el ámbito de los trastornos mentales, de la educación reglada, por la mentalidad necesaria para la victoria de un equipo de fútbol y por la selección y optimización de los recursos humanos de una empresa, el discurso de la psicología, en sus ramas y corrientes, es el discurso predominante en la vida de nuestras sociedades del siglo XXI. Lo corrobora su inserción en un campo que hoy día se encuentra por doquier: el marketing o, versión española, mercadotecnia, la “ciencia” del vender. Esta ha entrado, de un modo tan natural como peligroso, en ámbitos de los que hasta ahora se encontraba excluida. Señalaré tres. Uno: la política, hoy concebida como venta de candidatos que, por tanto, deben ser diseñados y presentados de acuerdo con los deseos de los votantes, al modo de un coche o un banco o una colonia. Dos: los medios de comunicación, empresas que, al funcionar como tales, cambian su objetivo inicial de formar e informar por el de conseguir más audiencia para así poder pedir más dinero a los anunciantes. Y tres: la literatura, donde el escritor ha de ser mediático o no ser (Bioy Casares decía, aludiendo justo a lo contario de esto, que él era “un escritor por escrito”).

JUAN FERNANDO VALENZUELA  MAGAÑA


 Artículo publicado hoy, 4 de abril de 2014, en Diario Jaén

viernes, 14 de marzo de 2014

Blanco roto. Recursividad

BLANCO ROTO
RECURSIVIDAD
            Es un hecho que la recursividad es hoy un recurso extendido. Entiendo por recursividad la espiral o los círculos concéntricos en los que se cae cuando enlazamos una cosa con otra que la contiene y así ad infinitum. Por ejemplo, puedo escribir que escribo este artículo, y escribir a continuación que escribo que escribo este artículo… y así eternamente. No es que sea este un recurso nuevo. Sin esforzar mi memoria puedo remontarlo al siglo IV a.C, cuando Aristóteles lo usa en un argumento contra Platón llamado el del tercer hombre (el lector curioso podrá consultarlo fácilmente). Con sabor oriental, lo tenemos en la historia en la que un hombre sueña que es una mariposa y al despertar se pregunta si es un hombre que ha soñado ser mariposa o una mariposa que ahora sueña ser hombre. La historia la recoge Borges, aficionado a dos que podríamos considerar atributos del recurso recursivo: los espejos y los laberintos. La recursividad está emparentada, sin ser lo mismo, con el círculo vicioso y con expresiones como el grabado de Escher “Manos dibujando” (consúltelo el lector curioso). Nuestro tiempo la ha adoptado casi como seña de identidad. En literatura el escritor se escribe escribiendo, y yo he visto el recurso utilizado en un libro infantil que trata sobre el número 6. ¿A qué se debe? Creo que a la falta de inocencia, entendiendo la inocencia como un entregarse a lo otro sin sospecha o reserva. El inocente juega, el falto de inocencia destripa el juego antes de jugar. Por eso el lector ya no lee una novela de un modo espontáneo, y el escritor se la deshace enseñando cómo la compone (mecanismo que tiende a prolongarse al infinito). Nuestro tiempo es un tiempo en el que hemos comprendido cómo funcionan los juguetes y hemos perdido, consecuentemente, el placer de jugar con ellos.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo aparecido hoy, 14 de marzo de 2014, en Diario Jaén

viernes, 7 de marzo de 2014

Blanco roto. El gimnasio

BLANCO ROTO
EL GIMNASIO

Uno de los lugares más frecuentados en nuestros días es el gimnasio. En él se dan cita a un mismo tiempo dos visiones del mundo: la propia de la modernidad, que comenzó en el siglo XV, y la actual. La primera se sustenta en la matemática y la física, y la cuantificación es su gran herramienta. Si miramos los aparatos que encontramos en un gimnasio, veremos que su función es calcular, registrar, medir. Su propia apariencia, impoluta y esquelética, recuerda el mundo geométrico de Descartes, que era, sin más, el mundo, pues sus otros aspectos, como el sabor o el olor, eran estrictamente subjetivos. Y añadamos algo: los aparatos del gimnasio reproducen, corrigiéndola, la realidad, libre ya de molestas imperfecciones. Ese rasgo es también propio de la modernidad. Pero, del mismo modo, nos encontramos en el gimnasio la visión que del mundo tiene la actualidad. Así, los aparatos guardan otra relación con la realidad: no es ya que la reproduzcan o que la imiten, no es sólo que la corrijan, es que la sustituyen y la crean, la virtualizan. Corremos kilómetros, pedaleamos durante minutos y, al terminar, no nos hemos movido de nuestro sitio. Sin duda, a algún emprendedor del sector no tardará en ocurrírsele la inclusión de paisajes virtuales a elección del cliente que quema calorías. Y ahora el epílogo: una vez que, encerrados en una habitación, se ha gastado la energía que sobra, se coge el coche para llegar a casa, dos calles más allá.
JUAN FERNANDO VALENZUELA  MAGAÑA
Artículo publicado hoy, 7 de marzo de 2014, en Diario Jaén

viernes, 14 de febrero de 2014

Blanco roto. La ciencia: el fracaso de un éxito (III)

BLANCO ROTO
                                                                                             
LA CIENCIA: EL FRACASO DE UN ÉXITO (Y 3)


            Cuando me pregunto por el papel que la ciencia debiera jugar hoy, me veo sorteando la Escila del cientifismo y el Caribdis de la afición actual a las paraciencias. Me explico. El cientifismo sostiene la superioridad de la ciencia respecto de cualquier otro tipo de conocimiento en cualquier aspecto, ya sea técnico, ético o político. Si rechazamos este privilegio de la ciencia en el conjunto del saber humano, corremos el riesgo de caer (o de que se interprete que caemos) en los brazos de campos como la parapsicología o la quiromancia, que son vistos con desdén desde la ciencia oficial. No ser cientifista puede así ser interpretado como la declaración de que todo vale en el campo del saber. Conviene hacer notar que estas mismas pseudociencias babean arrobadas ante la ciencia oficial y no dudan en usar el método científico, caracterizado por la cuantificación y el experimento, para acercarse nada menos que al más allá, con lo que podríamos, sorprendentemente, calificarlas de cientifistas. Repárese al respecto en los aparatos de tecnología punta que hoy día llevan los cazafantasmas. Terminaré, pues, con una propuesta que me parece sensata. Estribaría esta en arrebatar el monopolio de ciertos asuntos, como la ética, a la ciencia (ejemplo: arrebatar la política a la economía), y articularla (la ciencia) con otros saberes como la filosofía, la religión o la poesía.


JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Artículo aparecido en Diario Jaén el viernes 14 de febrero de 2014