lunes, 12 de octubre de 2020

Más noticias de Kafka

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de octubre de 2020.


MÁS NOTICIAS DE KAFKA

                    

En el último artículo hablamos de noticias curiosas. Solo seleccioné las que aludían al confuso límite entre realidad y ficción y a discusiones intelectuales con inusitadas consecuencias. Eran noticias tan extravagantes que cuesta creerlas, o que antes costaba creerlas, pues ahora parece que el nivel general de credulidad ha aumentado considerablemente. Como se quedaron en el tintero no pocas informaciones recogidas, en papel y virtualmente, a lo largo de los años, voy a dedicar un segundo artículo a este asunto.

         Insisto en que lo llamativo de ellas para mí se debe a la confluencia de dos motivos, ninguno de los cuales es suficiente pero sí necesario. Por un lado, deben ser informaciones singulares, extrañas, chocantes; por otro, deben tocar algún tema que me sea íntimamente cercano. Uno de ellos es el de la identidad. En un recorte de El País que data del 2006, se cuenta cómo la BBC entrevistó en directo a un hombre que había ido a la emisora a pedir trabajo confundiéndolo con un especialista en internet. El productor se equivocó de habitación al ir a recoger al invitado y preguntó al demandante de empleo si era Guy Kewney. Este, llamado Guy Goma, un congoleño que no dominaba perfectamente el inglés, entre los nervios de la entrevista de trabajo a la que acudía y la coincidencia en el nombre de pila, contestó que sí y acabó en el estudio, presentado como un experto en internet. No obstante, tras un instante de pánico, dijo “buenos días” y contestó como pudo a las preguntas de la presentadora.

         En otro recorte del mismo diario (año 2000) se lee el siguiente título: “El muerto que nunca lo fue”. Un técnico informático británico, al ver las imágenes del accidente de trenes ocurrido en la estación londinense de Paddington, pensó que era la oportunidad de desembarazarse de su antiguo yo. Vivía con un nombre falso y llamó a Scotland Yard para decir que temía que en el vagón H (calcinado con todos sus ocupantes dentro) viajara Karl Hackett (este era su verdadero nombre, con el que había sido condenado a un año de cárcel). La jugada pareció haberle salido bien. La meticulosidad de los agentes, sin embargo, que percibieron que algo no encajaba, sacó a la luz el pasado del que el protagonista quería escapar.  

         No es sorprendente que esta noticia la tenga a su vez clasificada en la categoría de las detectivescas, pues cualquier aficionado a la literatura policiaca sabe lo importante que es en ella el tema de la identidad. En este mundillo nada también esta noticia que pesco ahora del diario Sur (junio de 2016). Un tal Martin Duram fue asesinado en presencia de su loro, de nombre Bud, que memorizó parte de la conversación entre asesino y víctima y la repite como lo que es, como un loro. El asesinado apareció junto al cuerpo de su mujer, que, aunque con un disparo en la cabeza, sobrevivió. No dispares, joder, repite Bud, y especialistas en aves creen que reproduce la pelea entre un hombre y una mujer. ¿Asesinó la mujer a su marido y luego intentó suicidarse? El fiscal estaba estudiando la posibilidad de utilizar al loro como testigo del crimen.

         Me ha gustado la imagen surgida en el párrafo anterior: las noticias como pececillos nadando en distintas aguas. En las del amor, los bancos ictícolas son poblados. En abril de 1999 apareció esta noticia. Un pescador (como se ve, la metáfora guía la caña con la que capturo las noticias) halló en el estuario del Támesis una botella con un mensaje de amor escrito 85 años antes por un soldado que iba a Francia a luchar contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Doce días después moriría en su primer día en las trincheras. Tenía 26 años y se llamaba Thomas Hughes. Su mujer, a la que iba destinado el mensaje, murió cuatro lustros antes del hallazgo del pescador, pero este envió la botella a la hija, que aunque solo tenía dos años recuerda cómo se despidió de ella su padre.

          Me resisto a dejar la caña a un lado. Emplazo, pues, al lector a una continuación de esta continuación. 
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 17 de agosto de 2020

Las noticias de Kafka

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de agosto de 2020.

LAS NOTICIAS DE KAFKA

 

         En una carta que Kafka escribe a Felice en noviembre de 1912, en plena redacción de La metamorfosis, el escritor le explica un plan que abriga desde hace tiempo pero que la pereza le ha impedido ejecutar. Se trata de recopilar noticias de periódicos que “por algún motivo me parezcan sorprendentes, que me afecten y resulten a la larga importantes para mí personalmente”. Noticias destinadas literalmente a él solo, “sin que quien juzga desde fuera pueda descubrir el motivo del interés particular”. Kafka reconoce carecer de la perseverancia necesaria para montar una colección de ese tipo solamente para su recreo, pero lo haría con gusto si fuera para Felice, y propone a ella hacer lo propio e intercambiarse esas colecciones de informaciones tan personales, regalándose así el uno al otro un pequeño y personal tesoro.

         Al leer esa carta, me he acordado de viejos recortes de periódico acumulados en polvorientas carpetas y de los más asépticos registros virtuales de noticias recopilados en el escritorio de mi ordenador. Y he pensado en compartir en este artículo, liviano por estival, algunas de esas noticias que parecían, por un motivo u otro, hablarme directamente a mí.

         Mi simpatía por la frontera entre la realidad y la ficción explica que mi imperfecta colección tenga noticias como la del actor de teatro que se cortó el cuello en escena al interpretar el suicidio de Mortimer en María Estuardo de Schiller, en el Burgtheater de Viena. Cuando cayó al suelo, el público reaccionó con un aplauso. Afortunadamente, el actor sobrevivió. Imposible no pensar al leer esto en aquel texto de Kierkegaard: “En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste”.

         En esta categoría podemos incluir aquel titular de febrero de 2013 que rezaba: “Paralizado un rodaje al detener un ciudadano a un ladrón ficticio en Ceuta”. El transeúnte vio cómo unos policías locales perseguían sin éxito a un ladrón y se lanzó sobre este tirándolo al suelo.

         También en cierto modo caen bajo este marchamo de confusión entre realidad y ficción aquellos casos en los que valiosas obras de arte son confundidas con cosas cotidianas. El ABC notificaba en agosto de 2004 que una señora de la limpieza de la Tate Britain había echado al contenedor parte de una obra de arte que consistía en una bolsa de basura. La composición completa pretendía mostrar la finitud del arte, destinado a destruirse. En ese sentido, la limpiadora podría haber reclamado su papel decisivo y culminador de la parte de la obra de la que se hizo cargo, y exigir que su nombre constara junto al del artista alemán (Gustav Metzger). ¿No era un objetivo vanguardista disolver el arte en la vida?

         Podría seguir con noticias de este jaez un buen rato, pero la levedad veraniega exige dar la espalda a la exhaustividad y saltar de flor en flor. Así que pasemos a otra clase de informaciones. Las discusiones pueden llegar a ser muy acaloradas, sobre todo si tratan ciertos asuntos y se dan entre rusos. En Rostov del Don un hombre acabó disparando (con una pistola de balas de goma, eso sí) a su contendiente dialéctico, tras haber intercambiado primero argumentos y luego golpes. La disputa versaba sobre Kant. Pese a que El Mundo inscribe la noticia en la sección de Filosofía y no en la de Sucesos, no he logrado encontrar dónde estaba exactamente la diferencia teórica entre los dos tertulianos. Unos meses después, al norte de los Urales, la discusión fue sobre literatura y su consecuencia irreparable. La “única literatura verdadera es la prosa”, dijo la víctima, y su amigo, ebrio también pero paladín de la poesía, lo mató a puñaladas. En ambos casos se saltaron los límites. Una palabra, límite, muy querida precisamente por Kant.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 20 de julio de 2020

La mentira


   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 20 de julio de 2020.


LA MENTIRA

            Quiero partir en este artículo de una experiencia que sospecho común y habitual. Ante ciertas declaraciones, manifestaciones o noticias nos preguntamos: ¿realmente esta persona cree lo que está diciendo? Se nos plantea entonces la siguiente elección: o bien miente descaradamente o bien está  siendo sincero, en cuyo caso no entendemos cómo ha podido llegar a creer semejante dislate. Aunque podría haber una tercera opción, un cierto autoengaño que situaría al sujeto a caballo entre la sinceridad y la falsedad.
            Si bien últimamente se habla mucho de la mentira, el asunto, por supuesto, no es nuevo. En el mundo griego tenemos a Epiménides, aquel cretense que decía que todos los cretenses mienten, provocando una paradoja que obsesionó al poeta Filetas de Cos hasta el punto de llevarlo a la muerte. Platón advertía en Hipias menor que el sabio estaba en mejores condiciones para mentir que el ignorante, pues este podía, aun intentando mentir, decir la verdad sin querer. San Agustín, siglos después, sostenía que se puede mentir diciendo la verdad y ser veraz diciendo algo falso. El mentiroso no lo es por sostener algo erróneo, sino por no creer en lo que está diciendo. Si yo digo que dos y dos son cuatro, pero creo que son cinco, estoy mintiendo. Si digo que un triángulo tiene cuatro lados y realmente lo creo, estoy siendo veraz y no se me puede acusar de mentiroso, aunque sí de estar equivocado. La mentira, por tanto, tiene que ver con quien dice y no tanto con lo que dice.
            La cuestión de si se debe mentir en ciertas ocasiones (por ejemplo, para no perjudicar a alguien) aparece también en San Agustín, y sería objeto de una famosa polémica entre el filósofo Kant y el escritor Constant a finales del siglo XVIII. Mientras que Kant era partidario de no admitir excepción alguna al deber de decir la verdad, Constant cree que no puede tomarse tal deber de modo absoluto y aislado: ¿y si un asesino nos pregunta si nuestro amigo se ha escondido de él en nuestra casa? Mark Twain hubiera estado de acuerdo con él. En La decadencia del arte de mentir dice que si los niños y los tontos siempre dicen la verdad, entonces los adultos y los sabios nunca la dicen.
            Según una estadística, una persona normal miente al hablar tres veces cada diez minutos. Creo que no se trata propiamente de mentiras, al menos de un modo puro. La mayoría de ellas, quiero pensar, son involuntarias (fallos de memoria, por ejemplo) o fruto del autoengaño. A veces el sujeto se está convenciendo de ellas mientras las enuncia.
            Las mentiras de las que venimos hablando son sobre todo personales. Otra cosa son las mentiras públicas, el terreno resbaladizo de los bulos, los hechos alternativos y la posverdad. Si nos mantenemos en los términos agustinianos, habríamos de distinguir entre quienes lanzan la mentira voluntaria e interesadamente y quienes se la creen (“quienes se la compran”, se dice ahora) y la propagan. Los primeros mentirían, los segundos no, lo que no priva a estos de toda responsabilidad, pues, dado el contexto en el que estamos, es un deber cívico no ser un crédulo integral, sobre todo si se es propenso a “compartir”. Pero quizá San Agustín no nos baste en este caso.
            Como en todos los demás grandes asuntos humanos (pues la mentira, o la verdad, es uno de ellos) cada época ejecuta al respecto una variación característica, y es eso lo interesante. Puede que la posverdad sea la mentira, pero es nuestra mentira, y no debemos desaprovechar lo que nos dice de nuestro mundo. Maurizio Ferraris, en su sugerente libro sobre el asunto, la ha ligado a esa posmodernidad que en el último cuarto del siglo XX sostenía que no existen los hechos, solo las interpretaciones. Eso me lleva a pensar que lo característico de la mentira actual no entra dentro de la categoría de mentira agustiniana. Los ejemplos de posverdad que pueden ponerse (las declaraciones de Trump o de los antivacunas) muestran que los sujetos creen  lo que dicen. Una creencia, además, con gran carga emocional y en ocasiones con consecuencias terribles, a la que no son ajenas las nuevas tecnologías.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 6 de julio de 2020

El puente


EL PUENTE

         Cuando vi el puente que saltaba el profundo abismo al fondo del cual discurría un breve río recordé un cajón. Fue lo primero que vino a mi memoria, el cajón de la casa de mis padres donde guardaba, desordenados, cartas, postales, documentos, carnets, fotografías y pequeños objetos (llaveros, bolígrafos, una flor seca, la pluma de una paloma) del lejano tiempo de mi adolescencia y primera juventud. Pensé en el cajón y luego pensé en una postal que estaría dentro de él. En ella se veía el mismo puente sobre el mismo abismo desde la misma perspectiva que ahora yo tenía. Por detrás, estaba escrito: Querido amigo: Esta es la ciudad en la que ahora enseño y vivo. Una ciudad señorial, de un señorío venido a menos, como simboliza el río que hay bajo este puente, un río otrora caudaloso y ahora apenas una lágrima que se desliza tristemente. Pero ya me conoces. Esa melancolía me gusta y me da fuerzas. Me he propuesto acabar mi novela y leer todo Balzac. Espero que este curso estés aprendiendo mucho y viviendo aun más. Un abrazo. Juan Manuel. Juan Manuel había sido mi profesor de literatura los dos años anteriores y aquel curso, mi último de instituto, le habían concedido traslado a la ciudad señorial desde la que me escribía. Yo había sido su alumno predilecto, había leído todos los libros que recomendaba y ganado todos los concursos de poesía que organizaba. Intercambiamos un buen puñado de cartas durante unos años. Yo le contaba mis desengaños amorosos o académicos y le mandaba mis pretenciosos poemas. Él me aconsejaba sobre estos con tino de experto y sobre aquellos con suficiencia de adulto, al tiempo que me ponía al día de sus logros y proyectos literarios. En aquel tiempo llegó a publicar su novela y se embarcó en un libro del que nadie podría decir a qué género pertenecía. No recuerdo exactamente cuándo murió nuestra correspondencia, pero cuando acabé la carrera ya no le escribí para decírselo. Tampoco escribía ya poesía.
         Al ver el puente sobre la hondura veo también la foto de la postal y se despierta en mí exactamente el punto de vista en el que estaba situado a mis diecisiete años, la idea del mundo, de mi corto pasado y del largo futuro que entonces tenía. Siento y veo lo que entonces sentía y veía, como si no hubieran transcurrido después más de treinta años. Esa perspectiva y la actual se dan al mismo tiempo o, como ocurre con las imágenes ambiguas (el pato-conejo, la vieja-joven), alternan tan rápidamente que dan la impresión de ser simultáneas. El adolescente que fui y el hombre maduro que soy. La postal y el puente. En la ciudad señorial venida a menos que visitaba por primera vez y en la que no sabía si viviría todavía, quizá jubilado ya, mi profesor de literatura del instituto, autor de tres o cuatro novelas descatalogadas, mi hijo mayor, diecisiete años, corto pasado y largo futuro, me dijo:
         —Papá, ¿qué ves en ese puente que tienes una expresión tan extraña?

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





lunes, 22 de junio de 2020

Escribir lo terrible


   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de junio de 2020.

ESCRIBIR LO TERRIBLE

         En el artículo anterior mencionábamos una clase de libros caracterizados por contar en primera persona un acontecimiento terrible. El escritor que relata su paso por un campo de concentración o el atentado que ha sufrido se pone ante la hoja en blanco en una disposición distinta a la del que va a armar una historia. No es aquí la imaginación, sino la memoria, la que ha de guiar la tarea (eso no quiere decir que la imaginación no intervenga para nada, del mismo modo que un novelista tampoco oblitera la memoria). Podemos incluir este tipo de libros en una más amplia categoría a la que llamaremos, para andar por este artículo y sin entrar en precisiones, literatura del yo. Lo fundamental en esta literatura es el llamado “pacto autobiográfico”, es decir, el autor se compromete a que es verdad lo que va a contar, y el lector a leerlo en esa clave. A estas alturas, tanto el yo como la verdad son cosas tan cuestionadas que usarlas del modo ingenuo en que lo estoy haciendo parecerá una herejía. Pero creo que se puede pasear por este artículo con cierto provecho desoyendo esas objeciones que requerirían otro espacio para atenderlas. Así que sigamos con nuestro yo y nuestra verdad.  
Decía Isak Dinesen que “todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas”. Tomada tal cita en su literalidad y aplicándola a nuestro asunto, me parece que se abren dos posibilidades. O bien se soporta el dolor dando testimonio de él o bien nos consuela saber que ha servido para crear una obra de arte, una buena narración autobiográfica. La primera posibilidad es ética, la segunda estética, aunque no creo que se den de un modo puro ninguna de las dos (cualquiera de ellas llevará consigo algo de la otra).
         Un ejemplo del escribir para dar testimonio de algo que debe ser contado lo tenemos en Primo Levi. La prueba de su motivación extraliteraria está en que, químico de profesión, probablemente no  hubiera escrito libro alguno de no haber vivido un tiempo en el campo de Auschwitz. Contrariamente a la repetida frase de Adorno de que la escritura se ha vuelto imposible después de Auschwitz, hay quien decide aplicar la pluma a esa experiencia. De hecho, el premio Nobel de literatura Imre Kertész (que también estuvo en Auschwitz) invertía en una conferencia la frase diciendo que “después de Auschwitz ya solo pueden escribirse versos sobre Auschwitz”. Pero aquí hemos pasado ya a la segunda posibilidad aludida, a la literatura que se hace a partir del dolor. Un ejemplo de ello es para mí El colgajo, el libro en que Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo en París en enero de 2015, cuenta su terrible experiencia. El objetivo literario es aquí inseparable de una indagación en el yo. Los recursos de la literatura son precisamente los elegidos para esa búsqueda del misterio que se encierra en el hecho traumático. Pero siempre sin romper el pacto autobiográfico, pues cuando esta ruptura acaece, el escritor ha saltado ya al terreno de la ficción o ha decidido quedarse en la misma frontera y poner un pie en su propia vida y otro en un territorio inventado.
Quizá pueda parecer que Levi no hace literatura y Lançon sí. Pero que una motivación sea más o menos literaria o que se recurran a técnicas narrativas consolidadas no dice nada del resultado. Alguien podría afirmar incluso lo contrario: cuanto más enraizado está en la realidad desnuda, más literario es lo producido. En ese sentido, quiero acabar este artículo con un texto estremecedor. Lo escribió en un pedazo de papel un oficial del Kursk, aquel submarino que naufragó en el año 2000 y cuyos 118 tripulantes murieron: “13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.
         JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

Auschwitz


lunes, 25 de mayo de 2020

Irrealidad

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 25 de mayo de 2020.



IRREALIDAD

            La situación que vivimos ha sido calificada de irreal, de pesadilla, de distópica. Una novela de 2005 que imaginaba una situación de confinamiento con calles desérticas, fue rechazada por las editoriales, alegando que era “extremadamente exagerada”, “un escenario distópico e irreal”. Puede que en estas situaciones anormales se dispare con más profusión esa sensación de estar ante una ilusión que, me parece, constituye un rasgo de la vida humana. El ver la vida como un sueño o el mundo como un teatro fue algo característico del barroco, y tal vez lo sea de toda época de crisis. De hecho, desde Matrix hasta El show de Truman, son muchas las películas que desde hace ya muchos años retoman ese tópico, apuntando a un desequilibrio en la intimidad de nuestro tiempo. Pero, como digo, si determinados periodos aumentan la probabilidad de que sintamos la vida como un sueño, el mundo como un teatro, no se trata de una experiencia cicunscrita a ellos. Recuerdo una mañana estival en Ferrara, en un espacio abierto por donde transitaban paseantes solitarios y corrientes ciudadanos en bicicleta. Tuve la aguda sensación de encontrarme en un cuadro de Giorgio de Chirico, que es un modo de verse en un sueño o en una escena teatral. Por su parte, la relación entre ambas cosas, el sueño y el teatro, es otro lugar común que podemos leer en Góngora (El sueño, autor de representaciones, / en su teatro sobre el viento armado,/ sombras suele vestir de bulto bello) o en Addison (El alma, cuando sueña, es teatro, actores y auditorio).
            Quienes somos aficionados a transitar la confusa línea que separa la realidad de la ficción (que somos los mismos aficionados a darles vueltas al asunto de la realidad en un sentido amplio) disfrutamos con los juegos que la exploran. La metaficción, por ejemplo, que tanto éxito ha tenido en los últimos decenios pero que hace más de un siglo que Unamuno la inventara con su nivola Niebla. O esas historias de detectives en las que aparece una obra de teatro. Sería interesante hacer una recopilación de las mejores (recuerdo algunas del padre Brown de Chesterton), en las que se juega siempre con la ambigüedad de lo que se recita o hace en el escenario, que no sabemos si pertenece al guion de la obra representada o a la “realidad” de lo que ocurre en la trama de la historia.
            También hemos tenido que reparar, inevitablemente, en una categoría de libros que narran experiencias reales. En ellos, como en la vida de cada uno, que también tiene un ingrediente narrativo, se trata de contarnos y contar a los demás nuestra propia vida. Sería absurdo decir que nos hallamos ante un libro de ficción alegando que toda interpretación de lo ocurrido, por cuanto supone de selección y de acentuación, lo es, arguyendo que no todos vemos lo mismo ante las mismas cosas y que por tanto lo que decimos que pasó es una ilusoria construcción que, se añade, responde a unos intereses inconscientes y probablemente egoístas. He leído últimamente algunos libros pertenecientes a esa literatura no literaria, o no ficticia, y basta hacerlo para darse cuenta de que cuando alguien cuenta sinceramente una experiencia brutal el lector se enfrenta a otro género, si es que cabe denominarlo así. Enfrentémonos a Si esto es un hombre, de Primo Levi, donde este químico cuenta su estancia en Monowice, uno de los campos de concentración del complejo de Auschwitz. O a Reportaje al pie de la horca, un libro compuesto con las hojas que la mujer de Fucik consiguió reunir acabada la Segunda Guerra Mundial y que su marido había conseguido escribir y hacer llegar al exterior gracias a un guardián de la cárcel de Praga donde se encontraba prisionero de los nazis. O tomemos El colgajo, en que Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo en París en enero de 2015, narra su terrible experiencia. Son libros más allá o más acá de la literatura, pero de los que no están ausentes los recursos de la ficción. Exigen demorarnos en ellos en el siguiente artículo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña


lunes, 27 de abril de 2020

Libros


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de abril de 2020.


LIBROS

         La celebración, el pasado 23, del día del libro, ha dejado flotando un puñado de ideas en mi magín, que intentaré ordenar en las líneas que siguen.
         Los que desde muy pronto y ya sin interrupción hemos tenido un contacto frecuente y promiscuo con los libros sentimos cierta incomodidad al oír consejos y expresiones como “leer es bueno”, “un libro es un amigo” o “lee lo que quieras, pero lee”. Como si alguien dijera: “¡viva la comida!, da igual qué comas, lo importante es que comas” o “beber es vivir, sea lo que sea que bebas, bebe”. Hay tal cantidad y variedad de libros que usar el mismo nombre para todos designa solo su más pura exterioridad. Y, sin embargo, lo que hace del libro algo mágico es sobre todo su contenido. Hay el best seller insulso, a quien un reciente aforismo de José María Herrera retrata como “incapaz de ejercer verdadera influencia en un número extraordinariamente elevado de lectores”. Hay novelas entretenidas, agudas y documentadas, como las de Galdós. Hay libros sobre “un colectivo de espíritus multidimensionales procedentes del sistema estelar de las Pléyades”, que se comunican con nosotros desde 1988. Hay cuentos inteligentes y brillantes como los de Chesterton,  Doyle, Borges o Cortázar. Hay biografías de Cristiano Ronaldo. Hay mundos extraños y peligrosos, como el de Dostoievsky o Kafka. Hay un libro donde se sostiene que no está demostrado que la tierra se mueva y que, en efecto, no lo hace, y además es plana. Y hay, en fin, descripciones de horrores, como la que, con estilo notarial y por ello más terrible, lleva a cabo Primo Levi del campo de concentración en el que estuvo. El lema “leer es divertido” no es precisamente el que mejor conviene a su libro Si esto es un hombre.
         Y sin embargo, aun haciendo una selección y quedándonos solo con lo que, con un criterio abierto y comprensivo, podemos considerar valioso, no hemos resuelto el problema de nuestra relación con los libros. Porque es ahora donde aparece la cuestión más interesante, la cuestión del erudito. Un autor tan antiguo como Heráclito ya nos advierte de que “erudición no enseña sensatez”. La idea está también en el Eclesiastés: “No sepas demasiadas cosas, te volverás estúpido”. Montaigne hizo grabar estas últimas palabras en la viga 20 de su torre. El peligro de los libros no es tanto perderse en su propio y atractivo laberinto como no darse cuenta de que su salida es la realidad. Chesterton propone que entendamos la locura como la preferencia del símbolo por encima de aquello que representa. El avaro es un loco porque prefiere el dinero a aquello que simboliza: la comida, la casa, el viaje. Del mismo modo, el erudito antepone el libro a todo aquello con lo que está relacionado: lugares, peripecias, personas, historias. Hay un tufillo idólatra en la declaración de Mallarmé: “El mundo existe para llegar a un libro” (que por cierto recuerda aquella del octavo libro de la Odisea de que los dioses urden a tantos la ruina “por dar que cantar a los hombres futuros”).  ¿No se trata exactamente de lo contrario, de que el libro existe para llegar al mundo? Y esta especie de cambiazo en que consiste la erudición no ocurre tanto por amor a los textos como por indiferencia hacia la vida. En estas consideraciones, si no me equivoco, está la llave para distinguir al erudito del sabio.
Valincourt, a quien se le había quemado la biblioteca, le respondió a Racine cuando este lo lamentó: “Si mis libros no me hubieran enseñado a prescindir de ellos, no me habrían servido de nada”. En Paradojas de los estoicos, de Cicerón, se dice: «A menudo elogiaré a aquel sabio, a Bías, que se contaba entre los Siete, según creo. Cuando su patria fue capturada por el enemigo y los demás se daban a la huida acarreando muchas de sus cosas, como alguno de estos le amonestó a que hiciera lo mismo, replicó: “Pero ya lo hago pues conmigo llevo todos mis bienes”». Espero llevar yo también conmigo todos mis libros y no haber caído en este artículo en la erudición que reprueba.
Juan Fernando Valenzuela Magaña