martes, 5 de enero de 2021

El viejo


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de enero de 2021.


EL VIEJO

 

Es tan viejo que nos ha visto a todos en la cuna. Ha sido testigo de las correrías infantiles de nuestros padres, mientras requebraba con sus amigos a unas mozas que hace ya veinte, treinta años murieron. También sus amigos están enterrados desde hace tanto tiempo que los veinteañeros no llegaron a conocerlos. Así que es la fiel memoria de este pueblo. Se tiende a pensar que a los viejos les falla, o que recuerdan mejor su infancia que lo que acaban de comer, pero en su caso eso es falso, su memoria está puesta al día. Es lo único que tiene ya, memoria. Apenas puede moverse y la vista y el oído se le han averiado. Por eso su hija lo ha llevado a esa ciudad donde la gente no conoce a quienes viven al otro lado de la pared. ¿Quién habla ahí, hija? Son los vecinos, padre. ¿Es que tienen un hijo adolescente? No lo sé, padre, no les llevo la vida. No se trata de cotilleo, como ella cree, es otra cosa. Es la historia, la memoria. La lucha contra el olvido.

Si siempre quiso vivir en el pueblo no fue por falta de ambiciones o por exceso de comodidad. Fue porque nada le ha procurado nunca más emoción y le ha enseñado más que salir a la calle y conocer a cada una de las personas con las que se cruzaba. No conocerlas por su nombre o su profesión, sino saber de ellas su árbol genealógico, el trenzado de sus relaciones familiares y amistosas, las historias de sus abuelos y cómo se conocieron sus padres. Su memoria en primera persona abarca un siglo, pero sus padres y abuelos y los de sus amigos de la infancia les contaban historias que habían vivido o les habían contado y que llegaban, cada vez más desdibujadas, hasta otro siglo atrás. Tener todo eso en la cabeza hacía del salir a la calle una apasionante aventura llena de hondura y melancolía. No hay sitio donde los muertos estén más vivos que en una comunidad así. Tardan mucho los muertos en morirse de verdad, es decir, en olvidarse, porque la gente que los conoció los sigue viendo en la forma de la nariz de un hijo o un nieto, en el color del pelo de un descendiente, en un gesto o en un rasgo de personalidad, y sigue hablándose de ellos, de lo que hicieron y dijeron, de lo que harían y dirían, como si estuvieran.

Por eso sabe que cuando él muera morirá su segunda muerte mucha gente de la que solo él guarda recuerdo. Personas que solo él ha conocido de entre los vivos. Niños que murieron hace casi un siglo, de garrotillo, de diarrea verde infantil, de un trágico accidente. Padres que no llegaron a conocer a sus hijos hoy octogenarios. Hombres y mujeres que eran ancianos cuando él aprendía a leer.

Cierra los ojos en este pequeño piso de ciudad y recorre mentalmente las calles y las caras del pueblo. Ve la calle Real y a los vecinos que han habitado cada una de las casas desde hace un siglo. Padres, hijos, hijos de hijos; cambios de dueños, muertes trágicas, matrimonios, emigración. Puede pasarse el día con los ojos cerrados y recordando toda su vida, año por año, suceso por suceso, persona por persona.

Nadie quiere ya escuchar las historias de un pobre viejo, batallitas de hace casi un siglo. Y no es por egoísmo por lo que le duele la indiferencia hacia lo que hay en su memoria, sino por ellos, por todos los que viven en ella y en ninguna memoria más. Nombres de gente que no serán ya pronunciados cuando él muera, rostros que nadie describirá, sucesos que explican comportamientos e inquietudes del presente. Manuel, por ejemplo, que muchos años antes de la guerra leía y comentaba los artículos de Ortega y Gasset que aparecían en el periódico. Sin él no se puede entender del todo que el bisnieto de su hermana esté investigando no sé qué en Nueva York. Así es como el viejo ve a la gente cuando se la cruza en su imaginación por las calles, con una hondura que se remonta a veces hasta doscientos años río arriba. Y eso da una sensación vertiginosa del misterio del tiempo, y de la vida y de la muerte, y una inefable e infinita melancolía. Y una especial relación de cercanía con los muertos.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

En el periódico.






lunes, 7 de diciembre de 2020

De principios y sueños

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 7 de diciembre de 2020.


DE PRINCIPIOS Y SUEÑOS 

Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué.

                En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”), supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”) o, en nuestros días, el de Corazón tan blanco, de Javier Marías:” No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

                En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos casos, la historia comienza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos.

                Al hablar de la importancia del principio en el de este artículo, mi intención era precisamente esa, agarrar al lector de la solapa para no soltarlo hasta el final. Pero la cosa se me ha ido de las manos, porque de lo que yo quería hablar era de sueños y todavía no he empezado a hacerlo. Yo quería relacionar ese magistral inicio de La metamorfosis (o La transformación, que es la traducción del título en las Obras Completas de Kafka) con los sueños que estamos teniendo en este periodo de pandemia. En los años treinta la periodista alemana Charlotte Beradt recopiló más de 300 sueños bajo el poder de Hitler. Un ama de casa soñó que había en su cocina un agente de la Gestapo interrogando al horno, que hablaba por la tapa contando los chistes y las ofensas de la familia contra el gobierno. Internet ha permitido a una psicóloga de la Universidad de Harvard recoger más de 10.000 desde finales de marzo. Observen este: la gente había evolucionado y estaba dentro de burbujas invisibles de 3,6 metros de radio que actuaban como campos de fuerza, y no se podía tocar a otra persona hasta la extinción del ser humano. O este otro:”Estoy haciéndome un test de covid-19. Pero es un examen de opciones múltiples y no consigo acertar ninguna respuesta. Me dicen que he suspendido y que tengo la enfermedad”. Deirdre Barrett, que así se llama la psicóloga de Harvard, comenta que, aunque las imágenes suelen ser las mismas en todas las crisis (se sueñan huracanes, terremotos, incendios…), en esta aparecen algunas distintivas, como ataques de bichos o la presencia de monstruos invisibles. Se piensa que además de procesar la información de la vigilia, estos sueños buscan también influir en ella, darnos energía, ayudarnos a cambiar las cosas. 

Era partiendo de la relación entre esas nuevas imágenes oníricas mencionadas con el  “monstruoso bicho” de Kafka como pensaba arrancar este artículo (por cierto, uno se pregunta qué “sueños agitados” eran esos que habían poblado la noche de Gregorio Samsa), pero he tenido que llegar al final para mostrarla. En fin, también se puede hablar de finales memorables, pero esos solo adquieren su sentido cuando se ha leído lo anterior.

 

                Juan Fernando Valenzuela Magaña



sábado, 7 de noviembre de 2020

Y más noticias de Kafka

  Artículo aparecido en el Jaén el sábado, 7 de noviembre de 2020.

 

Y MÁS NOTICIAS DE KAFKA

 

         En los dos artículos anteriores seleccioné noticias curiosas partiendo de una idea expuesta por Kafka en una de sus cartas a Felice (el lector curioso que se incorpora ahora puede consultarlos con facilidad). Los habíamos agrupado en las categorías siguientes: realidad y ficción, discusiones intelectuales con triste final, identidad, detectives y amor. Vimos que no era raro que una noticia compartiera dos o más categorías y precisamente aquella con la que quiero empezar hoy se encuentra en las dos últimas. Amor e indagación policial se dan en ella.

         A principios de este siglo oíamos hablar mucho de matrimonios de conveniencia. Cónsules y jueces se encargaban de impedir que se celebraran descubriendo la impostura mediante hábiles preguntas. Un domingo de octubre de 2006 El País publicaba un pequeño reportaje sobre el asunto. El precio de un cónyuge español, se decía allí, iba de 3000 a 10 000 euros. Un cónsul del norte de África contaba que había muchos casos de hombres que solo hablaban árabe y algo de francés y que solicitaban casarse con una chica que conocía exclusivamente el español. Cuando se les preguntaba por la comunicación solían decir que siempre había a mano un primo o un amigo que hacía de intérprete. Pero una chica fue más lejos y contestó a un canciller: “Nos comunicamos con la mirada y con el corazón”. Así eludían, pienso, como filósofos analíticos, las trampas del lenguaje. En un libro de Jünger tengo yo subrayada esta afirmación: “Los enamorados no necesitan diccionario”.  

         Podemos entrar en otra categoría, la de la muerte, sin abandonar la del amor, porque las dos noticias que traigo ahora pertenecen a ambas. La primera es de noviembre de 2009 en El Imparcial y nos habla de un vietnamita que dormía como perro fiel sobre la tumba de su esposa. Tras meses así, decidió cavar un túnel para seguir haciéndolo con mayor cercanía y protegido de las inclemencias del tiempo. Sus hijos intervinieron y le impidieron sus sueños extravagantes. Una noche desenterró los restos, moldeó la arcilla alrededor de ellos, vistió la figura resultante y se la llevó a su cama, donde durante cinco años durmió con ella. Me ha recordado lo que se dice (pero se dice mal) de la poetisa Carolina Colorado. Se cuenta que embalsamó el cadáver de su marido y lo tenía en una habitación de su palacete. Lo llamaba “el silencioso” y “el hombre de arriba” y hablaba con él contándole sus cuitas.

         Esta misma pertenencia a los títulos de amor y de muerte puede atribuirse a la noticia de El País de 26 de julio de 2008. El pintor francés Jean-Louis Ronzier se casaba a título póstumo con su compañera fallecida cuatro años antes. “Ella hubiera hecho lo mismo en mi lugar. La quiero mucho (obsérvese el tiempo verbal) y las otras mujeres no me interesan”.

         Terminaré con dos informaciones inclasificables y, por ello, más fieles al programa de Kafka con el que empezábamos esta serie de artículos.

En Speyer (Alemania), una mujer escuchaba los problemas personales de un amigo. Este acompañó sus lamentos con alcohol y la charla se convirtió en monólogo  interminable. La mujer protestó sin éxito y acabó llamando a la policía. Cuando los agentes devolvieron al hombre a su casa llevaba ¡treinta horas! hablando sin parar a su amiga.

En Turnhout (Bélgica) un jubilado flamenco lleva nueve años recibiendo pizzas, kebabs o hamburguesas que no ha solicitado. A veces el timbre suena después de medianoche, cuando ya duerme. Muchas son las denuncias que ha puesto contra el enigmático acosador que, usando distintos nombres y correos electrónicos, hace el pedido a diferentes locales a través de la plataforma Takeaway.com, que permite pagar en efectivo en la puerta del cliente. El jubilado, con problemas de corazón, considera que la cosa dura demasiado para ser una broma y no puede dormir por el estrés que la situación le provoca. En la foto que aparece en el artículo su rostro mira a la cámara con hartazgo rebelde, mientras sostiene en las manos una de sus denuncias. “Ni siquiera me gustan las pizzas”, dice.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

 


 Leer en el periódico.

 

lunes, 12 de octubre de 2020

Más noticias de Kafka

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de octubre de 2020.


MÁS NOTICIAS DE KAFKA

                    

En el último artículo hablamos de noticias curiosas. Solo seleccioné las que aludían al confuso límite entre realidad y ficción y a discusiones intelectuales con inusitadas consecuencias. Eran noticias tan extravagantes que cuesta creerlas, o que antes costaba creerlas, pues ahora parece que el nivel general de credulidad ha aumentado considerablemente. Como se quedaron en el tintero no pocas informaciones recogidas, en papel y virtualmente, a lo largo de los años, voy a dedicar un segundo artículo a este asunto.

         Insisto en que lo llamativo de ellas para mí se debe a la confluencia de dos motivos, ninguno de los cuales es suficiente pero sí necesario. Por un lado, deben ser informaciones singulares, extrañas, chocantes; por otro, deben tocar algún tema que me sea íntimamente cercano. Uno de ellos es el de la identidad. En un recorte de El País que data del 2006, se cuenta cómo la BBC entrevistó en directo a un hombre que había ido a la emisora a pedir trabajo confundiéndolo con un especialista en internet. El productor se equivocó de habitación al ir a recoger al invitado y preguntó al demandante de empleo si era Guy Kewney. Este, llamado Guy Goma, un congoleño que no dominaba perfectamente el inglés, entre los nervios de la entrevista de trabajo a la que acudía y la coincidencia en el nombre de pila, contestó que sí y acabó en el estudio, presentado como un experto en internet. No obstante, tras un instante de pánico, dijo “buenos días” y contestó como pudo a las preguntas de la presentadora.

         En otro recorte del mismo diario (año 2000) se lee el siguiente título: “El muerto que nunca lo fue”. Un técnico informático británico, al ver las imágenes del accidente de trenes ocurrido en la estación londinense de Paddington, pensó que era la oportunidad de desembarazarse de su antiguo yo. Vivía con un nombre falso y llamó a Scotland Yard para decir que temía que en el vagón H (calcinado con todos sus ocupantes dentro) viajara Karl Hackett (este era su verdadero nombre, con el que había sido condenado a un año de cárcel). La jugada pareció haberle salido bien. La meticulosidad de los agentes, sin embargo, que percibieron que algo no encajaba, sacó a la luz el pasado del que el protagonista quería escapar.  

         No es sorprendente que esta noticia la tenga a su vez clasificada en la categoría de las detectivescas, pues cualquier aficionado a la literatura policiaca sabe lo importante que es en ella el tema de la identidad. En este mundillo nada también esta noticia que pesco ahora del diario Sur (junio de 2016). Un tal Martin Duram fue asesinado en presencia de su loro, de nombre Bud, que memorizó parte de la conversación entre asesino y víctima y la repite como lo que es, como un loro. El asesinado apareció junto al cuerpo de su mujer, que, aunque con un disparo en la cabeza, sobrevivió. No dispares, joder, repite Bud, y especialistas en aves creen que reproduce la pelea entre un hombre y una mujer. ¿Asesinó la mujer a su marido y luego intentó suicidarse? El fiscal estaba estudiando la posibilidad de utilizar al loro como testigo del crimen.

         Me ha gustado la imagen surgida en el párrafo anterior: las noticias como pececillos nadando en distintas aguas. En las del amor, los bancos ictícolas son poblados. En abril de 1999 apareció esta noticia. Un pescador (como se ve, la metáfora guía la caña con la que capturo las noticias) halló en el estuario del Támesis una botella con un mensaje de amor escrito 85 años antes por un soldado que iba a Francia a luchar contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Doce días después moriría en su primer día en las trincheras. Tenía 26 años y se llamaba Thomas Hughes. Su mujer, a la que iba destinado el mensaje, murió cuatro lustros antes del hallazgo del pescador, pero este envió la botella a la hija, que aunque solo tenía dos años recuerda cómo se despidió de ella su padre.

          Me resisto a dejar la caña a un lado. Emplazo, pues, al lector a una continuación de esta continuación. 
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 17 de agosto de 2020

Las noticias de Kafka

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de agosto de 2020.

LAS NOTICIAS DE KAFKA

 

         En una carta que Kafka escribe a Felice en noviembre de 1912, en plena redacción de La metamorfosis, el escritor le explica un plan que abriga desde hace tiempo pero que la pereza le ha impedido ejecutar. Se trata de recopilar noticias de periódicos que “por algún motivo me parezcan sorprendentes, que me afecten y resulten a la larga importantes para mí personalmente”. Noticias destinadas literalmente a él solo, “sin que quien juzga desde fuera pueda descubrir el motivo del interés particular”. Kafka reconoce carecer de la perseverancia necesaria para montar una colección de ese tipo solamente para su recreo, pero lo haría con gusto si fuera para Felice, y propone a ella hacer lo propio e intercambiarse esas colecciones de informaciones tan personales, regalándose así el uno al otro un pequeño y personal tesoro.

         Al leer esa carta, me he acordado de viejos recortes de periódico acumulados en polvorientas carpetas y de los más asépticos registros virtuales de noticias recopilados en el escritorio de mi ordenador. Y he pensado en compartir en este artículo, liviano por estival, algunas de esas noticias que parecían, por un motivo u otro, hablarme directamente a mí.

         Mi simpatía por la frontera entre la realidad y la ficción explica que mi imperfecta colección tenga noticias como la del actor de teatro que se cortó el cuello en escena al interpretar el suicidio de Mortimer en María Estuardo de Schiller, en el Burgtheater de Viena. Cuando cayó al suelo, el público reaccionó con un aplauso. Afortunadamente, el actor sobrevivió. Imposible no pensar al leer esto en aquel texto de Kierkegaard: “En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste”.

         En esta categoría podemos incluir aquel titular de febrero de 2013 que rezaba: “Paralizado un rodaje al detener un ciudadano a un ladrón ficticio en Ceuta”. El transeúnte vio cómo unos policías locales perseguían sin éxito a un ladrón y se lanzó sobre este tirándolo al suelo.

         También en cierto modo caen bajo este marchamo de confusión entre realidad y ficción aquellos casos en los que valiosas obras de arte son confundidas con cosas cotidianas. El ABC notificaba en agosto de 2004 que una señora de la limpieza de la Tate Britain había echado al contenedor parte de una obra de arte que consistía en una bolsa de basura. La composición completa pretendía mostrar la finitud del arte, destinado a destruirse. En ese sentido, la limpiadora podría haber reclamado su papel decisivo y culminador de la parte de la obra de la que se hizo cargo, y exigir que su nombre constara junto al del artista alemán (Gustav Metzger). ¿No era un objetivo vanguardista disolver el arte en la vida?

         Podría seguir con noticias de este jaez un buen rato, pero la levedad veraniega exige dar la espalda a la exhaustividad y saltar de flor en flor. Así que pasemos a otra clase de informaciones. Las discusiones pueden llegar a ser muy acaloradas, sobre todo si tratan ciertos asuntos y se dan entre rusos. En Rostov del Don un hombre acabó disparando (con una pistola de balas de goma, eso sí) a su contendiente dialéctico, tras haber intercambiado primero argumentos y luego golpes. La disputa versaba sobre Kant. Pese a que El Mundo inscribe la noticia en la sección de Filosofía y no en la de Sucesos, no he logrado encontrar dónde estaba exactamente la diferencia teórica entre los dos tertulianos. Unos meses después, al norte de los Urales, la discusión fue sobre literatura y su consecuencia irreparable. La “única literatura verdadera es la prosa”, dijo la víctima, y su amigo, ebrio también pero paladín de la poesía, lo mató a puñaladas. En ambos casos se saltaron los límites. Una palabra, límite, muy querida precisamente por Kant.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 20 de julio de 2020

La mentira


   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 20 de julio de 2020.


LA MENTIRA

            Quiero partir en este artículo de una experiencia que sospecho común y habitual. Ante ciertas declaraciones, manifestaciones o noticias nos preguntamos: ¿realmente esta persona cree lo que está diciendo? Se nos plantea entonces la siguiente elección: o bien miente descaradamente o bien está  siendo sincero, en cuyo caso no entendemos cómo ha podido llegar a creer semejante dislate. Aunque podría haber una tercera opción, un cierto autoengaño que situaría al sujeto a caballo entre la sinceridad y la falsedad.
            Si bien últimamente se habla mucho de la mentira, el asunto, por supuesto, no es nuevo. En el mundo griego tenemos a Epiménides, aquel cretense que decía que todos los cretenses mienten, provocando una paradoja que obsesionó al poeta Filetas de Cos hasta el punto de llevarlo a la muerte. Platón advertía en Hipias menor que el sabio estaba en mejores condiciones para mentir que el ignorante, pues este podía, aun intentando mentir, decir la verdad sin querer. San Agustín, siglos después, sostenía que se puede mentir diciendo la verdad y ser veraz diciendo algo falso. El mentiroso no lo es por sostener algo erróneo, sino por no creer en lo que está diciendo. Si yo digo que dos y dos son cuatro, pero creo que son cinco, estoy mintiendo. Si digo que un triángulo tiene cuatro lados y realmente lo creo, estoy siendo veraz y no se me puede acusar de mentiroso, aunque sí de estar equivocado. La mentira, por tanto, tiene que ver con quien dice y no tanto con lo que dice.
            La cuestión de si se debe mentir en ciertas ocasiones (por ejemplo, para no perjudicar a alguien) aparece también en San Agustín, y sería objeto de una famosa polémica entre el filósofo Kant y el escritor Constant a finales del siglo XVIII. Mientras que Kant era partidario de no admitir excepción alguna al deber de decir la verdad, Constant cree que no puede tomarse tal deber de modo absoluto y aislado: ¿y si un asesino nos pregunta si nuestro amigo se ha escondido de él en nuestra casa? Mark Twain hubiera estado de acuerdo con él. En La decadencia del arte de mentir dice que si los niños y los tontos siempre dicen la verdad, entonces los adultos y los sabios nunca la dicen.
            Según una estadística, una persona normal miente al hablar tres veces cada diez minutos. Creo que no se trata propiamente de mentiras, al menos de un modo puro. La mayoría de ellas, quiero pensar, son involuntarias (fallos de memoria, por ejemplo) o fruto del autoengaño. A veces el sujeto se está convenciendo de ellas mientras las enuncia.
            Las mentiras de las que venimos hablando son sobre todo personales. Otra cosa son las mentiras públicas, el terreno resbaladizo de los bulos, los hechos alternativos y la posverdad. Si nos mantenemos en los términos agustinianos, habríamos de distinguir entre quienes lanzan la mentira voluntaria e interesadamente y quienes se la creen (“quienes se la compran”, se dice ahora) y la propagan. Los primeros mentirían, los segundos no, lo que no priva a estos de toda responsabilidad, pues, dado el contexto en el que estamos, es un deber cívico no ser un crédulo integral, sobre todo si se es propenso a “compartir”. Pero quizá San Agustín no nos baste en este caso.
            Como en todos los demás grandes asuntos humanos (pues la mentira, o la verdad, es uno de ellos) cada época ejecuta al respecto una variación característica, y es eso lo interesante. Puede que la posverdad sea la mentira, pero es nuestra mentira, y no debemos desaprovechar lo que nos dice de nuestro mundo. Maurizio Ferraris, en su sugerente libro sobre el asunto, la ha ligado a esa posmodernidad que en el último cuarto del siglo XX sostenía que no existen los hechos, solo las interpretaciones. Eso me lleva a pensar que lo característico de la mentira actual no entra dentro de la categoría de mentira agustiniana. Los ejemplos de posverdad que pueden ponerse (las declaraciones de Trump o de los antivacunas) muestran que los sujetos creen  lo que dicen. Una creencia, además, con gran carga emocional y en ocasiones con consecuencias terribles, a la que no son ajenas las nuevas tecnologías.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 6 de julio de 2020

El puente


EL PUENTE

         Cuando vi el puente que saltaba el profundo abismo al fondo del cual discurría un breve río recordé un cajón. Fue lo primero que vino a mi memoria, el cajón de la casa de mis padres donde guardaba, desordenados, cartas, postales, documentos, carnets, fotografías y pequeños objetos (llaveros, bolígrafos, una flor seca, la pluma de una paloma) del lejano tiempo de mi adolescencia y primera juventud. Pensé en el cajón y luego pensé en una postal que estaría dentro de él. En ella se veía el mismo puente sobre el mismo abismo desde la misma perspectiva que ahora yo tenía. Por detrás, estaba escrito: Querido amigo: Esta es la ciudad en la que ahora enseño y vivo. Una ciudad señorial, de un señorío venido a menos, como simboliza el río que hay bajo este puente, un río otrora caudaloso y ahora apenas una lágrima que se desliza tristemente. Pero ya me conoces. Esa melancolía me gusta y me da fuerzas. Me he propuesto acabar mi novela y leer todo Balzac. Espero que este curso estés aprendiendo mucho y viviendo aun más. Un abrazo. Juan Manuel. Juan Manuel había sido mi profesor de literatura los dos años anteriores y aquel curso, mi último de instituto, le habían concedido traslado a la ciudad señorial desde la que me escribía. Yo había sido su alumno predilecto, había leído todos los libros que recomendaba y ganado todos los concursos de poesía que organizaba. Intercambiamos un buen puñado de cartas durante unos años. Yo le contaba mis desengaños amorosos o académicos y le mandaba mis pretenciosos poemas. Él me aconsejaba sobre estos con tino de experto y sobre aquellos con suficiencia de adulto, al tiempo que me ponía al día de sus logros y proyectos literarios. En aquel tiempo llegó a publicar su novela y se embarcó en un libro del que nadie podría decir a qué género pertenecía. No recuerdo exactamente cuándo murió nuestra correspondencia, pero cuando acabé la carrera ya no le escribí para decírselo. Tampoco escribía ya poesía.
         Al ver el puente sobre la hondura veo también la foto de la postal y se despierta en mí exactamente el punto de vista en el que estaba situado a mis diecisiete años, la idea del mundo, de mi corto pasado y del largo futuro que entonces tenía. Siento y veo lo que entonces sentía y veía, como si no hubieran transcurrido después más de treinta años. Esa perspectiva y la actual se dan al mismo tiempo o, como ocurre con las imágenes ambiguas (el pato-conejo, la vieja-joven), alternan tan rápidamente que dan la impresión de ser simultáneas. El adolescente que fui y el hombre maduro que soy. La postal y el puente. En la ciudad señorial venida a menos que visitaba por primera vez y en la que no sabía si viviría todavía, quizá jubilado ya, mi profesor de literatura del instituto, autor de tres o cuatro novelas descatalogadas, mi hijo mayor, diecisiete años, corto pasado y largo futuro, me dijo:
         —Papá, ¿qué ves en ese puente que tienes una expresión tan extraña?

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA