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Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
viernes, 29 de septiembre de 2023
lunes, 21 de agosto de 2023
Peces
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 14 de agosto de 2023.
PECES
También
los peces, como las moscas de las que hablábamos en julio, se asocian en mi
mente al verano, y por eso he elegido este animal para el artículo de agosto.
Si dejo que las ideas se muevan con
libertad, la de los peces se encuentra espontáneamente con la de breves cuentos
de significado vago, apólogos de los que extraer una enseñanza más o menos
explícita. El primero con el que me topo es el de Zhuang Zi, que paseábase un
día con su maestro de lógica por el puente del río Hao. “¡Mira lo felices que
son los peces que se agitan ágiles y libres!”, observó. “Si no eres un pez —objetó el maestro de lógica—, ¿de
dónde sacas que los peces son felices?”. “Como tú no eres yo, ¿cómo puedes
saber lo que yo sé de la felicidad de los peces?” “Te concedo que no soy tú y
que no puedo saber lo que sabes. Pero como tú no eres pez, no puedes saber si
los peces son felices”. “Retomemos las cosas desde un principio —dijo Zhuang
Zi—. Cuando me has preguntado “¿De dónde
sacas que los peces son felices?”, la forma misma de tu pregunta implicaba
que sabías que yo lo sé. Pero ahora, si
quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente”. Este
diálogo del siglo IV a.C. suena extraño y lejano en el XXI, pero, si nos
fijamos bien, parece anticipar todas las discusiones filosóficas occidentales
sobre el acceso a la mente del otro e incluso a la misma realidad. Lo fecundo
de estas fábulas consiste en lo que sugieren, en ser punto de
partida de la reflexión y no relato cerrado. Otro ejemplo lo constituye el
siguiente cuento, con la misma textura pero con otro significado. Dos peces
jóvenes se cruzaron mientras nadaban con un pez mayor que saludó y les
preguntó: “¿Cómo está el agua?” Ellos siguieron nadando y, al cabo de un rato,
uno dijo al otro: “¿Qué es el agua?” Ignoro su origen, o si fue inventado por
el autor de la conferencia donde lo leí, pero hay un sentido que nos sale al
paso: hay cosas tan cercanas que no se ven, tan obvias que no reparamos en
ellas. Y hace falta la experiencia o el conocimiento (representados aquí por el
pez mayor) para darse cuenta de ellas. A partir de ahí cada lector puede seguir
nadando solo.
Hay un pez en una historia que cuenta Heródoto que siempre
me ha fascinado. Se
trata del relato acerca de Polícrates, el tirano de Samos, marcado por una
suerte inusitada. Amasis, rey de Egipto y amigo, supo ver la espalda de tanto
triunfo y le escribió que preferiría que se tuviera éxito unas veces y se
fracasara en otras. “Porque aún no he oído hablar de nadie que, pese a triunfar
en todo, a la postre no haya acabado desgraciadamente sus días, víctima de una
radical desdicha”. Amasis le aconsejó a Polícrates, para contrarrestar sus
triunfos, que pensara en algo sumamente estimado por él y se deshiciera de
ello. Polícrates siguió su consejo y arrojó al mar un valioso sello, al que
tenía gran cariño. Poco después un pescador acudió con un enorme y suculento
pez más digno del tirano que del mercado. Cuando se lo estaban preparando,
descubrieron dentro de él la alhaja, que volvió así a las manos de Polícrates.
Dejo al lector con la intriga por el final de esta historia, que pueden saciar
recurriendo a un artículo anterior titulado “Tengo un amigo (I)”.
También en Las mil y una noches aparecen cuentos piscícolas, pero terminaremos
con la tradición cristiana. Recordemos la multiplicación de los panes y los
peces o la presencia de la pesca en el Nuevo
Testamento, pero sobre todo aquel pasaje de San Agustín en el que se dice
que con la
palabra pez se significa místicamente a Cristo, “porque sólo Él ha
podido mantenerse vivo, es decir, sin pecado, en el abismo de nuestra
mortalidad, tan semejante a la profundidad de las aguas”. Y, si nos
retrotraemos al Antiguo Testamento,
releamos la escena en la que Tobías, gracias al Arcángel Rafael, cura la
ceguera de su padre untando con la hiel del pez sus ojos. Podemos verla en el
Museo del Prado pintada magistralmente por Bernardo Strozzi.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Aquí puede leerse en el periódico.
lunes, 17 de julio de 2023
Moscas
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de julio de 2023.
MOSCAS
En esta serie de artículos dedicados a seguir las
sugerencias personales que ciertos animales me producen, he elegido para este
mes estival uno acorde con él: la mosca. Y lo primero que me llama la atención
al respecto es la ambivalencia que entraña este insecto. Por un lado, remite a
lo inmundo y sucio, y está así relacionado con el asco. Por otro, hay una
vertiente más simpática de este animal que podemos encontrar, como veremos, en
la literatura.
Por su relación con excrementos y basura, la mosca produce
asco. Mucho antes de que Ekman lo calificara como una de las emociones básicas
(como el miedo o la sorpresa), Darwin lo relacionaba con la comida y con el
sentido del gusto. Puede que lo traicionara la etimología, puesto que asco en
inglés es “disgust” (“desagradable al gusto”). ¿Acaso no intervienen también el
olfato y el tacto en el asco? La palabra en español podría relacionarse con el
antiguo usgo, procedente de osgar (odiar), lo que subraya el
carácter aversivo de esta emoción. Pero no solo hay rechazo en ella, también
atracción, como lo prueba su uso en películas donde lo asqueroso es un potente
reclamo. De hecho, se ha señalado la tentación de hacer del asco la categoría
principal de la estética contemporánea, contraponiéndola a la noción
dieciochesca de gusto. Hay un estudio clásico sobre el asco de 1929, debido a
Kolnai, en el que este fenomenólogo húngaro lo distingue de la angustia, asunto
tan filosófico por aquel entonces. Según él, la angustia se centra en el
sujeto, que se ve amenazado y busca protección, mientras que el asco tiene un
mayor carácter intencional, está más orientado a lo exterior. Lo asqueroso se
siente próximo, contaminante. La esencia de lo asqueroso (Kolnai piensa en los
excrementos, las secreciones, la mugre, los gusanos, los tumores…) sería una
vitalidad que se rebela, que se desborda más allá de cualquier límite y forma,
que se ramifica y lo homogeiniza todo. Puede relacionarse esto con los dos
tipos de asco que señala Ian Miller: el freudiano, que impide que satisfagamos
un deseo inconsciente, y el originado por el abuso (“la sensación de náuseas
que produce el exceso”). La idea de relacionar el asco y lo informe, lo que
salta los límites, es muy interesante si la vemos a la luz de la oposición
clasicismo/romanticismo. Pero este calor que rebasa las líneas conocidas
aconseja pasar al otro aspecto de las moscas, más amable.
Imposible entonces no recordar el poema de Machado a ellas
dedicado en el que se mezclan evocación, familiaridad, estío, hastío y modestia:
“Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares,
/ me evocáis todas las cosas”. Menos conocido es el Elogio de la mosca del escritor del siglo II Luciano de Samósata.
Si Dión escribe su Elogio del papagayo,
mostrando su habilidad para tratar un tema trivial, Luciano pretende ir más
allá eligiendo, para aplaudir igualmente (no ya para defenderlo), un animal
repugnante. Después de alabar su cuerpo y su vuelo (“describe una curva
perfecta hasta el punto del aire al que se dirige”), apela a la autoridad de
Homero para recordar que este compara el arrojo del mejor de los héroes con “la
audacia de la mosca y la intrepidez y persistencia de su ataque” y que “tanto
ensalza y aprecia a la mosca, que no la menciona ocasionalmente una vez ni en
escasos pasajes, sino con frecuencia”. Y cita más adelante con admiración su
habilidad para disfrutar de los esfuerzos ajenos (“tiene la mesa llena en todas
partes”).
Terminaré con una mosca famosa. Un matemático amigo mío
sostiene que trabaja más de lo que parece porque cuando está en el sofá su
mente sigue laborando. Del mismo modo, y en la línea del poema de Machado, un
día Descartes seguía las evoluciones de una mosca por el techo del cuarto donde
él estaba echado en la cama. Y entonces se preguntó si se podría describir el
punto exacto en el que estaba la mosca en cada momento. Se dijo que sí, y así
nacieron, dice la leyenda, las famosas coordenadas cartesianas.
Juan Fernando Valenzuela
Magaña
martes, 4 de julio de 2023
lunes, 19 de junio de 2023
Cisnes
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 19 de junio de 2023.
CISNES
Una de
las imágenes que más me impresionaban en la adolescencia era la del canto del
cisne. La idea de que la mejor canción la ejecutara este animal justo antes de
desaparecer mezclaba la belleza y la muerte en una edad en la que esta es más
un concepto con sugerentes matices que una inapelable realidad. Ya de por sí el
cisne era visto en la Antigüedad como un magnífico cantor. En el Himno a Delos,
Calímaco llama a estos animales “aedos cantores del dios”, refiriéndose a
Apolo, y nos dice que eran las aves de las Musas, “las más melodiosas de
cuantas tienen alas”. Y la propia creencia del canto del cisne antes de morir
la encontramos el Fedón de Platón,
donde este nos cuenta la muerte de su maestro Sócrates. En un libro reciente esta
imagen, que metafóricamente se extiende al mundo de la creación (El canto del cisne se llamó a la
colección póstuma de lieder de Schubert), se relaciona con la melancolía. El
cisne es el animal que mejor la representa. Melancolía y cisne mezclan opuestos
elementos: peso y ligereza, serenidad y amenaza, belleza y miedo. Víctor Hugo
decía que la melancolía era “la felicidad de estar triste”, algo que
suscribiría cualquiera que haya mirado por la ventana un ocioso y solitario día
de lluvia o que haya reparado en la afición por las ruinas de la figura
histórica melancólica por excelencia: el romántico. En el libro mencionado (La melancolía en tiempos de incertidumbre,
de Joke J. Hermsen), la melancolía es entendida como un estado de ánimo que
puede adoptar formas diversas, desde la situación propicia a la creación hasta
la depresión. Yo tengo mis reservas ante esta interpretación de la depresión
como una forma de melancolía, una forma patológica e improductiva, la
melancolía mala, que podemos oponer a la melancolía buena, relacionada con la
creatividad y el genio. Tiendo a pensar que la diferencia cualitativa entre
ellas es tal que se trata de dos cosas distintas y no de dos versiones de lo
mismo. En cualquier caso, el cisne valdría como símbolo, a mi juicio, solo de
la melancolía como tal o, en la versión de Hermsen, de la melancolía buena, no
de la depresión o melancolía patológica, por cuanto esta última no parece unir
esos opuestos que decíamos al principio, sino excluir los elementos positivos
(belleza, serenidad…) y quedarse solo con los negativos (miedo, amenaza).
Pero no solo es la
melancolía lo que el cisne simboliza. En un tremendo poema de Baudelaire
titulado precisamente así (y dedicado a Víctor Hugo) aparece uno que, junto a
un arroyo seco, baña sus alas en el polvo de un París en plena transformación.
Es ridículo y sublime a un tiempo y se identifica con los desposeídos, con los
derrotados, con los exiliados… y probablemente con la figura del poeta en un
mundo que lo niega, un mundo prosaico, vulgar y gris. Otro poeta francés,
Mallarmé, aquilata un cisne fantasmal hecho de su recuerdo, un cisne que es a
la vez anhelo e impotencia de creación. Pero, pese a su presencia en la poesía
francesa del XIX, el poeta que este animal estaba destinado a tener era un
nicaragüense europeizado, Rubén Darío. Pedro Salinas dice de él que “casi llega
a una teoría del cisne y de lo císnico”. Y es verdad que nuestro animal de hoy nos
aparece en toda su obra, y con diferentes significados: paganismo y
sensualidad, encanto romántico wagneriano, emblema de la pureza por su
blancura, misteriosa interrogación por su cuello, inspiración poética,
aristocratismo y pura forma bella.
Contra este cisne dariniano, o contra una parte de él, la parte sensual y
decorativa, se rebela un poeta mexicano, González Martínez, en su soneto “La
muerte del cisne”, cuyo primer y agresivo verso es “Tuércele el cuello al cisne
de engañoso plumaje”. Y contrapropone al blanco y gracioso pero superficial
cisne el sapiente búho de inquieta pupila, capaz de interpretar “el misterioso
libro del silencio nocturno”. Pero la del búho ya es otra historia.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
lunes, 22 de mayo de 2023
Abejas y arañas
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de mayo de 2023.
ABEJAS Y ARAÑAS
Los dos textos más conocidos sobre las
abejas son el canto IV de las Geórgicas
de Virgilio y La fábula de las abejas de Mandeville. Entre ambos el tiempo ha volado
diecisiete siglos. El poeta latino nos cuenta cómo cuidar las colmenas, cómo viven
las abejas y el mito del pastor Aristeo y su implicación en la muerte de
Eurídice, a consecuencia de la cual murieron sus abejas. La visión que Virgilio
y la Antigüedad en general tienen de la abeja como símbolo no es explícita en
este texto (solo hay una alusión al origen divino de la miel que nos lleve a
ella), pero conviene por su belleza comenzar por él y decir que la abeja fue
equiparada con el poeta o el artista en la medida en que estos liban los jugos
de distintas flores para elaborar la propia miel y la propia cera, es decir,
beben de los grandes maestros para crear dulzura y luz, que siempre dependerán
del pasado (la Memoria, recordemos, es la madre de las Musas).
Sin embargo, en el siglo XVIII las
abejas van a significar algo completamente distinto. En La fábula de las abejas de Mandeville, estas son egoístas y
laboriosas, trabajan por su propio interés, pero el resultado es que la
sociedad prospera. “Vicios privados, virtudes públicas”, es el lema que
condensa esta concepción. A partir de ahí, la colmena vendrá a representar una
sociedad de trabajadores afanados en una ciega labor que va a crear una
sociedad materialista, confortable pero desencantada, desespiritualizada.
Antes de que se produjera ese cambio de
orientación del símbolo de la abeja, Jonathan Swift, el de Los viajes de Gulliver, hablaba de este animal todavía en el viejo
sentido (como creador a partir de las obras de los grandes autores que lo
preceden), contraponiéndolo a la araña, que saca de sí misma toda su invención.
Recuérdese a Descartes, quien rechaza con osadía la tradición y monta toda su
filosofía a partir de sí mismo, extrayendo del yo la telaraña de su teoría. Con
el tiempo también el símbolo de la araña va a virar desde este yo geométrico y
racional hacia el yo lírico y sentimental del romanticismo, que intentará
expresar en la obra todo cuanto lleva dentro.
Quizá no sea casualidad que el mito en
el que Ovidio nos cuenta la transformación de Aracne en araña tenga en su
centro la soberbia de la protagonista. En el libro VI de Las metamorfosis, leemos acerca de una doncella que decía tejer
mejor que Minerva, la diosa de la artesanía y la sabiduría. Tal presunción la
llevó a una competición con la diosa en la que cada una trazó sobre su tejido
diversas historias. Minerva representó el pleito entre ella (Atenea en la
mitología griega) y Neptuno para ver quién daba nombre a la ciudad de Atenas, y
en las cuatro esquinas de su lienzo, a modo de advertencia, compuso cuatro
historias en pequeño sobre diferentes transformaciones (entre ellas la de
Antígona, quien por compararse con la esposa de Júpiter, fue metamorfoseada por
ella en cigüeña). Aracne usó como tema para su obra los amores de los dioses.
Minerva no pudo hallar en ella ningún defecto. Finalmente, la convirtió en
araña. “De esta manera, en araña transformada, sigue tejiendo con sus hilos la
tarea a que ella estaba acostumbrada”, concluye Ovidio. El complejo cuadro Las hilanderas, de Velázquez, recrea
este mito. Algo de vanidad, pues, tiene la araña cartesiana y la romántica en
su pretensión de crear desde la nada, de introducir novedades absolutas en el
mundo. Pero ello presuponía mirar a la cara el pasado. La araña contemporánea,
sin embargo, ha conservado la vanidad pero se ha desentendido del pretérito.
Por eso su tela se repite anacrónica, monótonamente.
Quizá nunca hayamos estado tan lejos de
la abeja clásica, la que crea teniendo en cuenta prestigiosos modelos, como en
nuestros tiempos de recalcitrante adanismo. Y observamos que la otra abeja, la
laboriosa y egoísta, se ha fusionado con la vanidosa araña dando lugar al
consumidor digitalizado y aislado de hoy, que teje con inconsciente y
olvidadiza velocidad esa inmensa telaraña común que llamamos la Red.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
lunes, 24 de abril de 2023
Gatos
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de abril de 2023.
GATOS
Hablemos hoy de gatos. Llama la atención su
abundante presencia en nuestro mundo virtual: vídeos de gatitos, emoticonos de félidos
con expresiones distintas, criptogatos… El gato virtual refleja la visión predominante
del gato físico. Pese a su comentado comportamiento arisco, hoy provoca en el
humano ternura y deseo de complacerlo. Hay un poema de Szymborska, titulado Un gato en un piso vacío, que pulsa esa
cuerda aunque, como siempre en ella, de un modo original y sencillamente profundo.
Los versos describen la actitud de un gato que espera el regreso al piso del
dueño fallecido. Aunque alguien desconocido le pone comida, su mundo está
desordenado, todo es distinto aun siendo igual. El poema es muy conocido en
Polonia, y hay un precioso banco en Kórnik que lo homenajea. Así comienza: “Morir,
eso no se le hace a un gato”. Y termina con lo que el gato prevé que hará
cuando vuelva su dueño: “Se irá hacia él / como si no quisiera, / despacito, /
con las patas muy ofendidas. / Y nada de saltos ni maullidos al principio”.
Pero no es la ternura el único sentimiento que ha
suscitado el gato a lo largo de la historia. Hay algo misterioso en él que ha
fascinado desde los egipcios. Su inteligencia, su maullido (¿no se confunde con
el chillido de un niño?) lo han aproximado al hombre. Además, como es sabido, remiten
al mundo de la brujería. En Francia, los campesinos frecuentemente apaleaban a
los gatos que se cruzaban por la noche en su camino y al día siguiente algunas
mujeres tenidas por brujas aparecían con magulladuras (eso al menos se decía).
Un remedio para protegerse de la brujería de los gatos era mutilarlos. Independientemente
de esta asociación, los gatos tenían poderes ocultos. Si entraban en una
panadería, la masa no crecía. Si se enterraba un gato vivo, libraba el campo de
mala hierba. En Bretaña, si uno comía los sesos de un gato recién muerto, se
volvía invisible. También se han asociado a la casa o al dueño de esta. Matar
un gato traía la mala suerte sobre su dueño o la casa. Por último, el gato se
relaciona con el sexo. Le chat, la chatte, tienen un sentido sexual en
la jerga francesa. Se aconsejaba acariciar gatos para tener éxito con las
mujeres. En algunos cuentos, la mujer que comía gato en estofado, daba a luz
gatitos.
Además del conocido El gato negro, de Poe, hay relatos donde este animal ocupa un lugar
destacado. En el de Zola El paraíso de
los gatos, un gato gordo cambia, por curiosidad, las comodidades de la
vivienda de una mujer por la libertad. Viendo las penurias que se pasan en el
mundo de fuera, vuelve junto a su dueña y acepta agradecido el castigo, sabedor
de que le espera después una confortable comida. Como se ve, se trata de una
fábula que habla del hombre, de las asperezas y la alegría de la libertad
frente a las comodidades de que disfruta el esclavo voluntario y satisfecho.
Otro cuento, La
mayor presa de Ming, de Highsmith, nos habla, aunque en tercera persona, desde
el punto de vista de un gato enemistado con la pareja de su ama. El animal
acaba provocando la muerte de su humano rival.
Y luego están los de Saki, ese escritor británico
tan sabroso. En La filántropa y el gato
feliz contrasta la felicidad del gato con la de su dueña (en principio
igual a la del animal, pero que luego se revela como aparente incluso ante sí
misma). En Tobermory, un invitado a
una reunión típicamente inglesa ha descubierto cómo hacer hablar a los animales.
Lo muestra con el gato de la anfitriona, que se explaya lanzando indiscreciones
sobre los presentes.
No hay espacio para adentrarnos en los gatos que
aparecen en la historia del arte, pero sí me gustaría que vieran una figura de
Giacometti, el escultor que las hacía alargadas y delgadas, a medio camino
entre el ser y la nada. La escultura refleja la agilidad y sutilidad del
movimiento de este animal.
Quiero despedirme dejando flotar en la mente del
lector el eco de estas sugerentes palabras de Víctor Hugo: “Dios hizo el gato
para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA







