lunes, 22 de junio de 2020

Escribir lo terrible


   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de junio de 2020.

ESCRIBIR LO TERRIBLE

         En el artículo anterior mencionábamos una clase de libros caracterizados por contar en primera persona un acontecimiento terrible. El escritor que relata su paso por un campo de concentración o el atentado que ha sufrido se pone ante la hoja en blanco en una disposición distinta a la del que va a armar una historia. No es aquí la imaginación, sino la memoria, la que ha de guiar la tarea (eso no quiere decir que la imaginación no intervenga para nada, del mismo modo que un novelista tampoco oblitera la memoria). Podemos incluir este tipo de libros en una más amplia categoría a la que llamaremos, para andar por este artículo y sin entrar en precisiones, literatura del yo. Lo fundamental en esta literatura es el llamado “pacto autobiográfico”, es decir, el autor se compromete a que es verdad lo que va a contar, y el lector a leerlo en esa clave. A estas alturas, tanto el yo como la verdad son cosas tan cuestionadas que usarlas del modo ingenuo en que lo estoy haciendo parecerá una herejía. Pero creo que se puede pasear por este artículo con cierto provecho desoyendo esas objeciones que requerirían otro espacio para atenderlas. Así que sigamos con nuestro yo y nuestra verdad.  
Decía Isak Dinesen que “todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas”. Tomada tal cita en su literalidad y aplicándola a nuestro asunto, me parece que se abren dos posibilidades. O bien se soporta el dolor dando testimonio de él o bien nos consuela saber que ha servido para crear una obra de arte, una buena narración autobiográfica. La primera posibilidad es ética, la segunda estética, aunque no creo que se den de un modo puro ninguna de las dos (cualquiera de ellas llevará consigo algo de la otra).
         Un ejemplo del escribir para dar testimonio de algo que debe ser contado lo tenemos en Primo Levi. La prueba de su motivación extraliteraria está en que, químico de profesión, probablemente no  hubiera escrito libro alguno de no haber vivido un tiempo en el campo de Auschwitz. Contrariamente a la repetida frase de Adorno de que la escritura se ha vuelto imposible después de Auschwitz, hay quien decide aplicar la pluma a esa experiencia. De hecho, el premio Nobel de literatura Imre Kertész (que también estuvo en Auschwitz) invertía en una conferencia la frase diciendo que “después de Auschwitz ya solo pueden escribirse versos sobre Auschwitz”. Pero aquí hemos pasado ya a la segunda posibilidad aludida, a la literatura que se hace a partir del dolor. Un ejemplo de ello es para mí El colgajo, el libro en que Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo en París en enero de 2015, cuenta su terrible experiencia. El objetivo literario es aquí inseparable de una indagación en el yo. Los recursos de la literatura son precisamente los elegidos para esa búsqueda del misterio que se encierra en el hecho traumático. Pero siempre sin romper el pacto autobiográfico, pues cuando esta ruptura acaece, el escritor ha saltado ya al terreno de la ficción o ha decidido quedarse en la misma frontera y poner un pie en su propia vida y otro en un territorio inventado.
Quizá pueda parecer que Levi no hace literatura y Lançon sí. Pero que una motivación sea más o menos literaria o que se recurran a técnicas narrativas consolidadas no dice nada del resultado. Alguien podría afirmar incluso lo contrario: cuanto más enraizado está en la realidad desnuda, más literario es lo producido. En ese sentido, quiero acabar este artículo con un texto estremecedor. Lo escribió en un pedazo de papel un oficial del Kursk, aquel submarino que naufragó en el año 2000 y cuyos 118 tripulantes murieron: “13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.
         JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

Auschwitz


lunes, 25 de mayo de 2020

Irrealidad

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 25 de mayo de 2020.



IRREALIDAD

            La situación que vivimos ha sido calificada de irreal, de pesadilla, de distópica. Una novela de 2005 que imaginaba una situación de confinamiento con calles desérticas, fue rechazada por las editoriales, alegando que era “extremadamente exagerada”, “un escenario distópico e irreal”. Puede que en estas situaciones anormales se dispare con más profusión esa sensación de estar ante una ilusión que, me parece, constituye un rasgo de la vida humana. El ver la vida como un sueño o el mundo como un teatro fue algo característico del barroco, y tal vez lo sea de toda época de crisis. De hecho, desde Matrix hasta El show de Truman, son muchas las películas que desde hace ya muchos años retoman ese tópico, apuntando a un desequilibrio en la intimidad de nuestro tiempo. Pero, como digo, si determinados periodos aumentan la probabilidad de que sintamos la vida como un sueño, el mundo como un teatro, no se trata de una experiencia cicunscrita a ellos. Recuerdo una mañana estival en Ferrara, en un espacio abierto por donde transitaban paseantes solitarios y corrientes ciudadanos en bicicleta. Tuve la aguda sensación de encontrarme en un cuadro de Giorgio de Chirico, que es un modo de verse en un sueño o en una escena teatral. Por su parte, la relación entre ambas cosas, el sueño y el teatro, es otro lugar común que podemos leer en Góngora (El sueño, autor de representaciones, / en su teatro sobre el viento armado,/ sombras suele vestir de bulto bello) o en Addison (El alma, cuando sueña, es teatro, actores y auditorio).
            Quienes somos aficionados a transitar la confusa línea que separa la realidad de la ficción (que somos los mismos aficionados a darles vueltas al asunto de la realidad en un sentido amplio) disfrutamos con los juegos que la exploran. La metaficción, por ejemplo, que tanto éxito ha tenido en los últimos decenios pero que hace más de un siglo que Unamuno la inventara con su nivola Niebla. O esas historias de detectives en las que aparece una obra de teatro. Sería interesante hacer una recopilación de las mejores (recuerdo algunas del padre Brown de Chesterton), en las que se juega siempre con la ambigüedad de lo que se recita o hace en el escenario, que no sabemos si pertenece al guion de la obra representada o a la “realidad” de lo que ocurre en la trama de la historia.
            También hemos tenido que reparar, inevitablemente, en una categoría de libros que narran experiencias reales. En ellos, como en la vida de cada uno, que también tiene un ingrediente narrativo, se trata de contarnos y contar a los demás nuestra propia vida. Sería absurdo decir que nos hallamos ante un libro de ficción alegando que toda interpretación de lo ocurrido, por cuanto supone de selección y de acentuación, lo es, arguyendo que no todos vemos lo mismo ante las mismas cosas y que por tanto lo que decimos que pasó es una ilusoria construcción que, se añade, responde a unos intereses inconscientes y probablemente egoístas. He leído últimamente algunos libros pertenecientes a esa literatura no literaria, o no ficticia, y basta hacerlo para darse cuenta de que cuando alguien cuenta sinceramente una experiencia brutal el lector se enfrenta a otro género, si es que cabe denominarlo así. Enfrentémonos a Si esto es un hombre, de Primo Levi, donde este químico cuenta su estancia en Monowice, uno de los campos de concentración del complejo de Auschwitz. O a Reportaje al pie de la horca, un libro compuesto con las hojas que la mujer de Fucik consiguió reunir acabada la Segunda Guerra Mundial y que su marido había conseguido escribir y hacer llegar al exterior gracias a un guardián de la cárcel de Praga donde se encontraba prisionero de los nazis. O tomemos El colgajo, en que Philippe Lançon, uno de los supervivientes del atentado de Charlie Hebdo en París en enero de 2015, narra su terrible experiencia. Son libros más allá o más acá de la literatura, pero de los que no están ausentes los recursos de la ficción. Exigen demorarnos en ellos en el siguiente artículo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña


lunes, 27 de abril de 2020

Libros


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de abril de 2020.


LIBROS

         La celebración, el pasado 23, del día del libro, ha dejado flotando un puñado de ideas en mi magín, que intentaré ordenar en las líneas que siguen.
         Los que desde muy pronto y ya sin interrupción hemos tenido un contacto frecuente y promiscuo con los libros sentimos cierta incomodidad al oír consejos y expresiones como “leer es bueno”, “un libro es un amigo” o “lee lo que quieras, pero lee”. Como si alguien dijera: “¡viva la comida!, da igual qué comas, lo importante es que comas” o “beber es vivir, sea lo que sea que bebas, bebe”. Hay tal cantidad y variedad de libros que usar el mismo nombre para todos designa solo su más pura exterioridad. Y, sin embargo, lo que hace del libro algo mágico es sobre todo su contenido. Hay el best seller insulso, a quien un reciente aforismo de José María Herrera retrata como “incapaz de ejercer verdadera influencia en un número extraordinariamente elevado de lectores”. Hay novelas entretenidas, agudas y documentadas, como las de Galdós. Hay libros sobre “un colectivo de espíritus multidimensionales procedentes del sistema estelar de las Pléyades”, que se comunican con nosotros desde 1988. Hay cuentos inteligentes y brillantes como los de Chesterton,  Doyle, Borges o Cortázar. Hay biografías de Cristiano Ronaldo. Hay mundos extraños y peligrosos, como el de Dostoievsky o Kafka. Hay un libro donde se sostiene que no está demostrado que la tierra se mueva y que, en efecto, no lo hace, y además es plana. Y hay, en fin, descripciones de horrores, como la que, con estilo notarial y por ello más terrible, lleva a cabo Primo Levi del campo de concentración en el que estuvo. El lema “leer es divertido” no es precisamente el que mejor conviene a su libro Si esto es un hombre.
         Y sin embargo, aun haciendo una selección y quedándonos solo con lo que, con un criterio abierto y comprensivo, podemos considerar valioso, no hemos resuelto el problema de nuestra relación con los libros. Porque es ahora donde aparece la cuestión más interesante, la cuestión del erudito. Un autor tan antiguo como Heráclito ya nos advierte de que “erudición no enseña sensatez”. La idea está también en el Eclesiastés: “No sepas demasiadas cosas, te volverás estúpido”. Montaigne hizo grabar estas últimas palabras en la viga 20 de su torre. El peligro de los libros no es tanto perderse en su propio y atractivo laberinto como no darse cuenta de que su salida es la realidad. Chesterton propone que entendamos la locura como la preferencia del símbolo por encima de aquello que representa. El avaro es un loco porque prefiere el dinero a aquello que simboliza: la comida, la casa, el viaje. Del mismo modo, el erudito antepone el libro a todo aquello con lo que está relacionado: lugares, peripecias, personas, historias. Hay un tufillo idólatra en la declaración de Mallarmé: “El mundo existe para llegar a un libro” (que por cierto recuerda aquella del octavo libro de la Odisea de que los dioses urden a tantos la ruina “por dar que cantar a los hombres futuros”).  ¿No se trata exactamente de lo contrario, de que el libro existe para llegar al mundo? Y esta especie de cambiazo en que consiste la erudición no ocurre tanto por amor a los textos como por indiferencia hacia la vida. En estas consideraciones, si no me equivoco, está la llave para distinguir al erudito del sabio.
Valincourt, a quien se le había quemado la biblioteca, le respondió a Racine cuando este lo lamentó: “Si mis libros no me hubieran enseñado a prescindir de ellos, no me habrían servido de nada”. En Paradojas de los estoicos, de Cicerón, se dice: «A menudo elogiaré a aquel sabio, a Bías, que se contaba entre los Siete, según creo. Cuando su patria fue capturada por el enemigo y los demás se daban a la huida acarreando muchas de sus cosas, como alguno de estos le amonestó a que hiciera lo mismo, replicó: “Pero ya lo hago pues conmigo llevo todos mis bienes”». Espero llevar yo también conmigo todos mis libros y no haber caído en este artículo en la erudición que reprueba.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

  

lunes, 30 de marzo de 2020

Y la realidad entró en nuestras casas


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 30 de marzo de 2020.

Y LA REALIDAD ENTRÓ EN NUESTRAS CASAS

         Es posible que en cualquier ocasión puedan verse las fuerzas que se cruzan en la sociedad en un momento determinado, pero situaciones como la actual parecen espejos que agrandan la figura y en el que esas fuerzas aparecen más nítidas y subrayadas. Y es que, desde un punto de vista social, se trata de una situación límite. Por eso ha sido utilizada la analogía de la guerra para referirse a ella. “Nous sommes en guerre” (“Estamos en guerra”), ha dicho Macron en Francia. “Es la Tercera Guerra Mundial, que la gente lo entienda”, ha apuntado el jefe de Clinica Mobile. Y el filósofo Emilio Lledó ha comentado: “De repente, mi cabeza se ha llenado de recuerdos de la Guerra Civil. Yo era un niño, pero me vienen imágenes muy vivas. La misma inseguridad. Los hábitos del miedo: no salir a la calle, protegerse, ponerse a cubierto.”
         Una de esas fuerzas que atraviesan nuestro tiempo y que ahora parecen verse mejor es el déficit de experiencia. Un mundo en el que la actitud principal ante un acontecimiento, un paisaje o una obra de arte es echarle una foto es un mundo en el que la experiencia se ha volatilizado. La necesidad de compartir esa foto, o de comprar “experiencias” (las agencias nos ofrecen ahora con ese nombre sus viajes) obedece a esa carencia, que no consigue llenar. Quizá no sea ajeno a esa falta de experiencia el hecho de que toda satisfacción de los que creemos nuestros deseos esté garantizada, bien porque el mercado ya sabe cuáles son, bien porque sea él mismo quien los haya creado. Ahora bien, la realidad se caracteriza por su resistencia. Es su forma de hacerse notar.  Incluso aunque por una constelación de casualidades se ajustara, dócil y obediente, a nuestros planes más auténticos (lo que tal vez no fuera deseable: gran mal es no sufrir ningún mal, decía Bión), notaríamos su resistencia del mismo modo que distinguimos nuestra vigilia de un sueño lúcido. No hace falta que la realidad se nos oponga, como ocurre ahora, para notar que es lo-otro-que-yo, y tan necesaria como el yo en mi vida. Pero hoy la realidad se ha plantado ante nuestros deseos, los superfluos y los verdaderos, y hemos reparado en su presencia. Un pensador español habla de “epifanía de la contingencia” y un filósofo de moda de “conmoción por la realidad”. (Por cierto que la filosofía, que suele activarse cuando todo ha pasado, está ahora ojo avizor. Zizek, otro mediático filósofo, ha sacado ya un libro sobre la pandemia).  Ese trato con la realidad es precisamente la experiencia. Unida a la angustia hay la sensación de que esta situación que parece tan irreal tiene más densidad que la frenética vida que llevábamos hace apenas unos días. Por eso un agudo observador ha sugerido que el confinamiento tal vez sea lo que teníamos antes: vivíamos atrapados fuera de nuestras casas.
         Los griegos nos advirtieron de la importancia de examinar la propia vida. En la alocución de Sócrates ante el tribunal que lo condenaría a muerte, dijo que “una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre”. Y Epicuro consideraba como un ingrediente de la felicidad, además de la amistad y la libertad, el análisis de la propia vida. El confinamiento, en determinadas circunstancias, puede servir, como interrupción de la normalidad, para eso. Es entonces cuando surge la pregunta: ¿supondrá esto un cambio cuando se retome la normalidad?, ¿será vivido y apurado como experiencia?
         En conversación telefónica, un amigo apuntaba que cuando esto pase nada será igual. Yo lo ponía en duda, tal vez influido por unas palabras de Proust en El busca del tiempo perdido: “Si una enfermedad, un duelo, un caballo desbocado nos hacen ver la muerte de cerca, cuánto gozaríamos de todo eso que vamos a perder. Y una vez pasado el peligro lo que encontramos de nuevo es la misma vida monótona en la que nada de aquello existía para nosotros.” Pero yo he visto cambiar la mirada tras una honda experiencia. Así que hoy pienso que las dos vías son posibles, y que depende de nosotros escoger cuál queremos recorrer.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




martes, 3 de marzo de 2020

¿Sociedad del Conocimiento?

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de marzo de 2020.

¿SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO?

Cuando los sueños se hacen realidad, es difícil reconocerlos. Les falta para ello un ingrediente fundamental: la irrealidad. Una vez encarnados, materializados, con esa facilidad con que nos acostumbramos a lo real, no caemos en la cuenta de que era eso lo que habíamos soñado, de que estamos viviendo lo que nuestra fantasía, ilusionada, proyectaba. De algún modo, con todas las reservas que se quiera, un sueño se ha cumplido en nuestro mundo. El conocimiento ya está al alcance de todos, hasta tal punto que nos llamamos Sociedad del Conocimiento. Piénsese lo difícil que podía ser hace medio siglo acceder a libros que nos interesaban, a películas que queríamos ver, a música que nos atraía. No digamos leer, qué sé yo, la prensa francesa o inglesa a diario. O aprender ruso. O saber instantáneamente lo que está pasando en, pongamos, Leipzig. Hoy nadie que quiera acceder a un libro, una película, una música, un periódico, se queda sin hacerlo porque le sea, no ya imposible, sino difícil de obtener. Basta mover un solo dedo.
            Los libros, advertía Platón allá por el siglo IV a.C., pueden darnos la peligrosa y falsa sensación de que sabemos las cosas en ellos contenidas. Por el hecho de que uno ha leído las decenas de ejemplares que tiene en su biblioteca cree llevarlos dentro. De ahí a pensar que, incluso sin leerlos, ya han ejercido su función en nosotros, no hay más que un paso. Hoy, al ampliarse exageradamente la situación que turbaba a Platón, que tanto sabía de apariencias (recuérdese el mito de la caverna), podemos entender mucho mejor a qué se refería el filósofo griego. Internet pone a nuestra disposición todo el conocimiento humano, y eso nos procura la impresión de que lo sabemos todo. Para qué aprender nada si está en internet.
            Al discípulo de Platón, Aristóteles, no le hubiera inquietado esa disponibilidad del conocimiento. Según él, el hombre por naturaleza desea saber. Pónganse a disposición de la gente textos de ciencia, obras de arte, tratados filosóficos, volúmenes de historia, novelas y cuentos y poemas, y vídeos explicativos que permitan comprenderlos. Todos se abalanzarán sobre ellos buscando la sabiduría. Bien. La ciencia, el arte, la filosofía, la historia, la literatura, están ahí, a la mano, más concretamente al dedito (el índice, el que hace click). ¿Somos, como cabría esperar, una sociedad más sabia? ¿Merecemos el título que nos otorgamos, Sociedad del Conocimiento?
            Cierto es que la falta de filtro en la red ha supuesto la mezcla de lo valioso, lo mediocre y lo absurdo, de modo que lo primero que se necesita para conocer algo es hacernos de un criterio previo que nos oriente en el totum revolutum que tenemos a nuestra disposición. Recuerdo que en los ochenta, en una clase de lengua se nos preguntó qué era para nosotros un libro. Cuando un compañero dijo que para él un libro era un objeto con pastas en que aparecía un título y hojas en el interior, con letras que formaban palabras y que daban información, todos reímos el malentendido. La pregunta apuntaba a la relación espiritual que manteníamos con esa realidad, no a la descripción del objeto en sí. Sin embargo, si pensamos en la diferencia que hay entre El proceso de Kafka y…. (aquí cada uno rellene el hueco con el título que quiera), caeremos en la cuenta de que aquel alumno no iba tan desencaminado. Lo único que los libros tienen en común es precisamente eso, que tienen pastas y hojas. O así era en aquel entonces, pues hoy, con los libros digitales, ya no es algo material lo que unifica eso que llamamos libro.
            Buscar y usar esa herramienta previa y fundamental, el criterio para navegar por lo que se nos ofrece con el fin de hacerlo propio, requiere una sincera voluntad de conocimiento. Y esa es la pregunta. ¿Es nuestra sociedad una sociedad que quiere saber? ¿Es su ignorancia, más o menos densa, fruto de la pereza y la cobardía, como decía Kant cuando alentaba a atreverse a saber? ¿De qué instancia humana, recóndita e inconfesada, proviene esa ignorancia que tan fácilmente puede ser remediada?
 Juan Fernando Valenzuela Magaña


lunes, 3 de febrero de 2020

El friki




Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 3 de febrero de 2020.


EL FRIKI

Aunque el diccionario de la lengua española de la RAE otorga tres acepciones a la palabra friki, en realidad pueden resumirse en estos dos significados: el de raro o extravagante y el de una persona aficionada desmesurada y obsesivamente a algo. No me parece que toda rareza conceda a quien la porte el título de friki ni que lo haga igualmente cualquier afición exagerada. Un apasionado de la historia o la poesía no tiene por qué ser un friki. Hoy día en España lo mismo utilizamos el vocablo para referirnos a quien hace ya años nos representó en Eurovisión con una guitarra de juguete que para hablar de los personajes, académicamente brillantes, de la exitosa serie The Big Bang Theory. Si bien los dos casos son extravagantes, no lo son del mismo modo. Por otra parte, nada recogen las definiciones de la RAE, por ejemplo, de la asociación entre el friki y la informática, o del dominio que el friki adquiere en la materia por la que muestra esa desmesurada afición. Voy, pues, a proponer un acercamiento al friki entendido como una persona apasionada por algo, en general relacionado con las nuevas tecnologías o con la ciencia ficción, y con una cierta carencia de lo que los psicólogos llaman habilidades sociales. Comoquiera que tradicionalmente se ha considerado al sabio un ser inútil para la vida cotidiana, podemos preguntarnos si es el friki el sabio (o al menos una modalidad de él) en nuestro tiempo.
Del primer filósofo, Tales de Mileto, se cuenta que cayó a un pozo por ir mirando los astros, y que una joven campesina tracia se rió al ver la escena. Tycho Brahe, a su vez, habría sugerido a su cochero que se orientaran por las estrellas para seguir el camino más corto, a lo que el cochero replicó: “mi querido señor, usted podrá saber mucho sobre los cuerpos celestes; pero aquí, sobre la tierra, es usted un necio”. ¿Es acaso el don del pensador como aquel con el que Juno honró a Tiresias, cegándolo para dotarle de la facultad de la adivinación? Puede que el intento de abarcar el universo le valga al sabio un tropezón, pero esto no significa que no sepa tratar con la realidad. El propio Tales, conociendo que se avecinaba una gran cosecha de aceite, tomó en arriendo muchos olivares y ganó una fortuna, demostrando así que mirar más allá de las narices puede ser notablemente práctico. El conocimiento es visto así en íntima relación con los fines vitales. Incluso con el fin vital por excelencia: la felicidad. La imagen del sabio que toma las decisiones acertadas y vive una vida feliz procede de ese reconocimiento. ¿Cómo es posible que se den estas dos visiones opuestas del sabio? ¿En qué quedamos? ¿Es un ser que se maneja como pez en el agua en el mundo de las ideas pero que en cuanto echa los pies a tierra tropieza sin remedio o un hombre que parece haber encontrado el modo de orientarse en el enredo de la vida? Quizá estemos ante dos tipos de sabio o ante dos interpretaciones que los que no lo son han hecho siempre de esos hombres que les parecían diferentes. En cualquier caso, no estamos ante un friki.
Y eso porque el conocimiento del friki es un conocimiento basado en respuestas. Al friki le encanta desplegar la panoplia de nociones en las que es experto. El sabio, sin embargo, es un ser de preguntas. El friki se extiende en su campo de investigación, detallando los detalles. El sabio no se extiende: profundiza. Esa extensión del friki es enorme, pero dentro de unos estrechos límites: el friki es un especialista. El sabio, al contrario, tiene vocación de totalidad. Hay una versión del friki, sin embargo, que, saltando los límites de una especialidad, pretende abarcarlas todas. Podríamos llamarlo el friki de trivial quien, valga el oxímoron, es un especialista del todo. No hay que confundirlo con el sabio. A mi juicio, sería el heredero del erudito. La diferencia esencial entre el friki de trivial y el erudito estriba en que el erudito vive de la tradición, mientras que el friki ha roto con ella. Por eso es un fenómeno de nuestro tiempo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

En el periódico puede leerse aquí.




martes, 7 de enero de 2020

El viejo año nuevo

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 6 de enero de 2020.


EL VIEJO AÑO NUEVO

            ¿Observan ustedes la paradoja que hay implícita en la expresión “feliz año nuevo”, repetida en innúmeros wásaps, en facebook, en twitter, en correos e intercambios orales? Nuevamente felicitamos lo nuevo, lo que es lo mismo que decir que, una vez más, volvemos a desear lo mejor para un año que, otra vez, comienza. Como las estaciones, siempre otras y siempre las mismas, regresan los años. La sensación de estar viendo las mismas noticias se repite: la celebración de la lotería del Gordo, las inocentadas del 28, la carrera de San Silvestre, el año entrando en Nueva Zelanda cuando aquí todavía estamos en el anterior, el metahumorista José Mota en la televisión, el vestido de la Pedroche, el concierto de Viena, los baños en aguas gélidas. A poco que uno beba champán, no sabrá qué año es el que deja atrás y a cuál hay que dar la bienvenida. ¿Qué es lo que pasa con lo nuevo que es tan viejo? ¿O acaso es lo contrario, lo viejo lo que es nuevo?
            Hace más de un siglo nuestros bisabuelos comenzaron a notar la aceleración de la historia. A diferencia de las generaciones anteriores, debieron de darse cuenta de que el mundo en el que morirían iba a ser bien diferente del mundo en el que habían nacido. Cine, coches, teléfono, radio, televisión, fueron cambiando y agilizando la vida. Las primeras novedades se recibían con el optimismo que nacía de la creencia en el progreso, no solo técnico y científico, sino también moral. Stephan Zweig cuenta en El mundo de ayer cómo los hombres de antes de la Primera Guerra Mundial vivían en un mundo regulado y estable. “La edad de oro de la seguridad” es la fórmula con la que el escritor austriaco designa esa época. Las novedades se incorporaban, pues, a un mundo que todavía no había saltado en pedazos. Lo nuevo se acomodaba a lo viejo. Si uno relee aquellas páginas de Proust en las que el protagonista habla por teléfono con su abuela, a través del servicio entre Donciéres y París, se dará cuenta de cómo  los adelantos se incardinaban en la cotidianeidad de una vida invariable, haciéndola poco a poco más confortable.
            Las dos guerras mundiales mostraron la faz sombría de la novedad. Nuevas armas, guerras nunca vista antes. Sloterdijk señala el uso del gas clórico que hizo el ejército alemán frente a la infantería franco-canadiense en abril de 1915, en la batalla de Yprés, como un momento clave en la historia de la lucha contra el enemigo.
El mundo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial había visto ya las dos caras de las novedades. A partir de ahora estas llegarían, parafraseando a Celaya, cargadas de futuro.  Eran buenas y eran malas. Avanzadas medicinas se mezclaban con armas punteras. Relegaban al pasado costumbres, oficios, palabras, y abrían paso a otras costumbres, otros oficios, otras palabras. Cambiaban, ahora sí, lo cotidiano. Hasta llegar al hoy, donde se da la paradoja con la que hemos empezado este artículo. La novedad es ya rutinaria. Todo tiene que renovarse para que todo siga igual. Eso es el consumo: el pedaleo en una bicicleta estática en la que uno no para de esforzarse para llegar a ningún sitio. De ahí la sensación de que el nuevo móvil nace ya viejo (“total, será para dos años”). Ignacio Izuzquiza ha distinguido, a este respecto, entre lo nuevo y  lo novedoso. Lo nuevo supone una ruptura, genera incertidumbre, se juega en el terreno de las posibilidades; exige un nuevo lenguaje. Lo novedoso, sin embargo, es una caricatura de lo nuevo; aunque intenta hacerse pasar por él, no rompe con nada, no abre posibilidades. Yo diría que internet es algo nuevo, pero el último móvil, la última televisión, el último frigorífico, son cosas novedosas. Formulado en estos términos, lo nuevo de nuestro mundo consistiría en ser el mundo de lo novedoso. Es así como se conjugan las dos sensaciones: la de vivir un tiempo diferente a todo lo anterior y la del tedio que produce lo que nace muerto y se pretende luminosamente vivo.
Así que deseo a los lectores de este periódico que el año sea, verdaderamente, nuevo. Y luego que sea feliz.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

En el periódico puede leerse aquí.