domingo, 9 de diciembre de 2018

martes, 20 de noviembre de 2018

Pseudociencias



Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 19 de noviembre de 2018

PSEUDOCIENCIAS

            Algunos rasgos propios de nuestra época (la velocidad con que cambia el mundo que nos rodea, la interdependencia de los países, las posibilidades que la tecnología abre) hacen de nuestro tiempo un tiempo complejo. El pensamiento que busque orientarse en él deberá hacerse cargo de esa complejidad. Lo contrario de lo complejo no es lo sencillo, sino lo simple. Simplicidad es creer que las cosas no tienen mezcla, que son puras, o que los valores nunca entran en conflicto y, si se elige uno, no se tiene que sacrificar al menos algo de otro. Sin embargo, esa rapidez que hace de este mundo un mundo más complejo, es la que hace del pensamiento algo más simple. Los mensajes de la política prescinden de los matices y son trazados con la brocha gorda con que se pintan los eslóganes, la música se reduce a una percusión primitiva o en el idioma agoniza una miríada de palabras por falta de uso.
            Ese contraste entre complejidad y simpleza lo vemos como en un espejo al asomarnos a internet y las redes sociales. Asombra que una tecnología tan sofisticada como la nuestra soporte tal cantidad de contenidos estultos. Tal cosa recuerda los análisis de Ortega en La rebelión de las masas hace ya casi un siglo. Entre esos contenidos necios están las supercherías y los timos, que siempre han existido pero que creeríamos erradicados para siempre en un tiempo en que la formación y la información están a disposición de cualquiera como nunca en la historia.
            De entre esas supercherías, y debido a sus posibles nocivas consecuencias, han saltado a la actualidad las pseudociencias. Conocida es la actitud beligerante frente a ellas del ministro de Ciencia, Pedro Duque. Decidir qué es y qué no es una ciencia es una cuestión teóricamente complicada, pero hay un consenso entre científicos y filósofos de la ciencia al respecto, que la actitud del ministro ejemplifica. Ahora bien, esa  hostilidad contra las pseudociencias no implica que uno sea cientificista, es decir, que uno considere que el único conocimiento válido sea el científico. Confundir ambas cosas es caer en el pensamiento simple aludido al principio. La ciencia es un logro de nuestra tradición admirable por su búsqueda apasionada (pues la ciencia no es nada fría como en ocasiones se piensa) de la verdad, por sus hallazgos y por sus aplicaciones, pero no carece de límites ni de sombras (qué no los tiene). Entre sus límites está el hecho de que la cuestión de qué hacer con la ciencia (promover unas investigaciones y desechar otras, por ejemplo) no es científica. Por no hablar de las decisiones que hay que tomar sobre los acuciantes problemas de nuestro tiempo (desigualdad, inmigración), que no son objeto de la ciencia. Esta puede aportar medios que permitan conseguir mejor los fines que nos propongamos, pero tales fines no pueden ser establecidos científicamente. Estas consideraciones no abren la puerta de las necias supercherías, pero sí las de otras formas de saber diferentes a la ciencia. No puedo explicitar aquí qué criterios son pertinentes para distinguir, fuera de la ciencia, entre un saber y un puñado de sandeces. Tales criterios nos pueden incluso dar la sorpresa de admitir aspectos de algunas pseudociencias como la astrología o la fisiognómica. Por la primera se interesó una mente brillantísima (y de formación científica) del siglo pasado como Ernst Jünger. La segunda, la fisiognómica, parece haber tenido un renacimiento en los estudios del psicólogo Paul Ekman, quien intenta leer en nuestro rostro las emociones que sentimos. Pero nada tiene que ver esto, insisto, con las engañifas y la charlatanería que asociaciones como la APETP (Asociación para Proteger a los Enfermos de la Terapias Pseudocientíficas) denuncian. También el Psicoanálisis ha sido considerado una pseudociencia, y nadie discutirá la penetración de Freud y su influencia en áreas que buscan la comprensión del ser humano. Por cierto, ¿qué fue del Psicoanálisis?

Juan Fernando Valenzuela Magaña
 En el periódico.



martes, 23 de octubre de 2018

Realidad y ficción


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de octubre de 2018       

REALIDAD Y FICCIÓN

            Empezaré este artículo con una parábola. Se la debemos a Kierkegaard. En un teatro se declaró un incendio entre bastidores y el payaso salió al proscenio para avisar. El público pensó que era un chiste y aplaudió. Insistió el payaso y el público, a carcajadas, aplaudió más fuerte. Así piensa el filósofo danés que perecerá el mundo. Destaquemos en esta historia la confusión entre la realidad y la ficción. Fue lo que pasó en 2002, cuando miembros del ejército checheno irrumpieron en un teatro de Moscú en plena representación de un musical. Los espectadores creyeron que formaba parte de la obra. Del mismo modo, en el Burgtheater de Viena, en 2008, un actor estaba representando el suicidio de Mortimer en “María Estuardo”, de Schiller, cuando se cortó el cuello sin querer con el cuchillo. Brotó sangre real y el hombre cayó al suelo. La gente aplaudió la veracidad de la actuación. Afortunadamente, la hoja no seccionó la arteria carótida y el actor sobrevivió. Cuenta Francisco de Cossío en “Confesiones” un duelo a sable ocurrido en un teatro a las cuatro de la madrugada. Él se hallaba tras la cortina de un palco y dice que “el ambiente de aquel duelo daba a los personajes y al escenario donde se movían una teatralidad impresionante.” Si en estas historias la realidad es tomada como ficción, ocurre también lo inverso, situaciones ficticias que son confundidas con la realidad. Paradigmático a este respecto fue el episodio ocurrido en 1938, cuando Orson Welles retransmitió por la radio una adaptación de “La guerra de los mundos”. Muchos oyentes fueron presa del pánico al creer que estaban realmente siendo invadidos por extraterrestres. La familiaridad con la radio, la televisión y el cine, no parecen habernos hechos inmunes a esta confusión. El año pasado, un agente disparó en Indiana a un actor que rodaba la escena de un atraco confundiéndolo con un ladrón real.
            La sensación que uno tiene cuando asiste a estos ejemplos es la de que nos hallamos ante un asunto sobresaliente. En efecto, la pregunta por lo real, el esfuerzo por distinguir la realidad de la apariencia, lo encontramos en el núcleo del origen del pensamiento racional. Y, como las grandes cuestiones del hombre se dan la mano unas a otras, encontraremos esta de la realidad ligada a lo largo de la historia a otras como la del conocimiento o la identidad. Por eso la novela, tan interesada en la búsqueda del yo, ha explorado afanosamente este territorio, dando lugar en los últimos decenios a la llamada “autoficción”, casi un género literario, en la que el escritor del libro aparece dentro de la historia como un personaje, jugando con los límites que separan la realidad y la ficción, de modo que el lector queda atrapado en una ambigüedad fecunda, sin saber del todo si lo que está leyendo pertenece al terreno de lo acontecido o a la invención de la fantasía.
            Podría objetarse que este artículo eleva a normalidad lo que no es más que excepción; que, si no distinguiéramos habitualmente entre realidad y ficción, no destacarían tanto los ejemplos aportados; que, salvo puntuales confusiones o lamentables trastornos, la gente tiene claro cuándo se halla ante algo auténtico o ante algo ficticio. A esto podría, sin embargo, responderse que acaso la realidad no sea un mundo exterior objetivo independiente de nosotros, que quizá toda realidad esté ya seleccionada, evaluada, interpretada y, por tanto y en cierto modo, inventada. Es decir, ficcionalizada. Pero, sin llegar tan lejos, basta un vistazo a nuestro alrededor para constatar con qué facilidad proliferan los bulos por las redes sociales, cómo la gente cree en cosas manifiestamente falsas. La palabra del año 2016 fue para el Diccionario Oxford post-truth, posverdad. Desde entonces su uso no ha hecho más que crecer, indicando una situación en la que los hechos objetivos influyen menos a la hora de sostener algo que la emoción o la creencia personal. ¿No estamos, entonces, confundiendo continuamente la ficción con la realidad?
Juan Fernando Valenzuela Magaña



viernes, 28 de septiembre de 2018

Clasificaciones


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de septiembre de 2018       

CLASIFICACIONES

            No es infrecuente encontrar en la psicología, la filosofía y la literatura clasificaciones de hombres basadas en su actitud ante la vida. En la primera de estas disciplinas, son famosas y ya antiguas las divisiones de Kretschmer y Sheldon, que relacionan la constitución corporal y la personalidad. Así, Sheldon vio una correlación entre el tipo endomorfo (huesos y músculos blandos y redondeados) y una forma de ser sociable y tolerante, entre el tipo mesomorfo (constitución atlética) y la seguridad en uno mismo, y entre el tipo ectomorfo (altos, delgados, frágiles, sistema nervioso sensible) y la timidez, la hipersensibilidad y la introspección. Más reciente es la teoría de los cinco grandes factores de personalidad, de Paul Costa y R. McCrae, que habla de cinco dimensiones de la personalidad. La primera, por ejemplo, llamada  neuroticismo/estabilidad emocional, nos indica el grado en que una persona manifiesta ansiedad y experimenta emociones negativas o bien goza de tranquilidad y seguridad y resiste el estrés. Al margen de la validez de estas y otras clasificaciones concretas, la psicología, al ser una ciencia, no puede ir más allá del temperamento y el carácter, es decir, de los elementos biológicos y los aprendidos a lo largo de nuestra vida. Pues qué, ¿es que hay algo más que ciencia, biología y aprendizaje?
            Es lo que pretende la filosofía, cuando habla de tipos de hombres de un modo diferente. Por ejemplo, si tomamos a Dilthey, un filósofo alemán nacido en el XIX y muerto en 1911, vemos que nos habla de temples distintos: hay quien se apega a lo sensible, y disfruta de lo que tiene a mano; hay quien persigue grandes fines a través del azar y el destino; y quien no soporta la caducidad de aquello que ama y tiene, y la vida le parece vana, o busca en el más allá algo perdurable.
            También la literatura aporta clasificaciones. En la última novela de Milan Kundera, “La fiesta de la insignificancia”, se distingue entre el perdonazos, que va por la vida pidiendo perdón por todo, y el que no lo es, que siempre que hay un conflicto se cree el agredido, el que posee un derecho que se le ha pisoteado. Piensen en un choque entre dos personas en una acera: la primera pedirá un espontáneo perdón y la segunda exigirá, espontáneamente también, explicaciones.
A caballo entre la filosofía y la literatura tenemos una recurrente distinción entre personas: las hay que encajan en el mundo como si este fuera su hogar y las hay que lo miran como algo extraño, a veces con la textura de un sueño, a veces de obra de teatro,  y que se sienten más espectadores que jugadores. Por supuesto, esta división es simplificadora, o solamente registra los extremos. Pero la simplificación es mía, no de las novelas, cuyos protagonistas se encuentran a menudo más cerca del segundo tipo que del primero.
            Y ahora veamos qué derecho asiste a la filosofía y a la literatura para hacer esas distinciones, qué distingue a estas de la mera observación de un particular basada en su experiencia personal. Un positivista diría que o bien se puede traducir la clasificación filosófica y la literaria a lo psicológico o bien, de no poderse, carecería de valor como conocimiento. No parece que términos como “azar” o “destino”, utilizados por Dilthey, puedan integrarse en la psicología. En cuanto a la novela como género, lo que ella dice sólo ella puede decirlo, de modo que una novela que pudiera traducirse a psicología (o a historia), no es una novela. Así que nos queda afrontar la pregunta de si esos conocimientos no científicos, sino filosóficos y literarios, tienen algún valor. Échenle otro vistazo a esas últimas clasificaciones, tengan en cuenta que se hayan en el contexto de una amplia teoría filosófica o de una obra literaria, díganse también si ustedes viven en el mundo como en un lugar extraño o como en un sitio acogedor, o si son o no unos perdonazos, y concluyan, después de eso, si ese conocimiento carece de sentido.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

domingo, 9 de septiembre de 2018

Un artículo sobre Miguel Nieto

Artículo publicado en la revista de San Juan de 2018



LA ORIGINALIDAD DE MIGUEL NIETO EN EL DESENLACE DE UNA FAMOSA OPERETA

            El nombre de Miguel Nieto está asociado en nuestro pueblo a una calle, a una historia de Navas de San Juan y a una fotografía de 1927 en el patio de Abilio Sanz. Los lectores de esta revista y de Stella tal vez recuerden además que fue un articulista en el Madrid de comienzos del siglo pasado, un escritor de teatro y un colaborador de la radio cuando este medio daba sus primeros pasos, trayectoria que le valió el homenaje de su pueblo del que deja constancia la aludida fotografía.
            Una paciente búsqueda en la prensa de la época me ha suscitado la impresión de que don Miguel centró su actividad literaria en artículos y cuentos a principios del siglo XX para pasar después a destacar como dramaturgo y terminar su carrera con textos para la radio. De la primera etapa destacamos hace dos años un cuento que parecía basado en nuestras fiestas de San Juan. Vamos en esta ocasión a fijarnos en una obra de ese segundo periodo, dedicado al teatro.
            Hace un siglo, en mayo de 1918, la revista jiennense Don Lope de Sosa informa: “En Barcelona ha estrenado una opereta en tres actos, en colaboración con D. Gonzalo Cantó, el distinguido escritor y autor dramático, nuestro comprovinciano D. Miguel Nieto. El título de la obra es “Bella-Flor” y el estreno ha sido un éxito franco y sincero. La obra fue presentada con gran lujo. Miguel Nieto marcha por el camino de los triunfos a grandes pasos”. La revista ya se había hecho eco el año anterior de otros dos estrenos de nuestro escritor: en febrero de la comedia El mejor marido (en colaboración con Ramón Portusach) y en junio de Los castizos.
            La opereta “Flora Bella” (así aparece el título en La Vanguardia) se estrenó el día 4 de mayo de 1918 en el Teatro cómico. El periódico la anunciaba como un “éxito mundial”. En efecto, la obra no era original de Gonzalo Cantó y Miguel Nieto, sino que se trataba de una creación alemana que se había representado en Munich en 1913 y, adaptada al inglés, en Nueva York en 1916, donde tuvo un gran éxito (112 representaciones). La música era de Cuvillier, un compositor francés de gran éxito. Los franceses intentaron llevarla a la escena ya en 1913, con la bella Otero en el papel principal. Sin embargo, tal hecho no ocurrió hasta el último día de 1920, con Geneviève Vix en el papel de Florabella. De modo que en España sería representada antes que en Francia.
El argumento, al menos el que nos consta por la versión francesa, es el de un príncipe ruso que acaba de casarse con una gran dama española sin sospechar su verdadero origen. El príncipe se cansa de la circunspección de su mujer y se obsesiona con una bailarina de gran parecido con ella a la que ha visto en una fotografía traída de París. Se le dice que se trata de una hermana de la princesa, llamada Florabella. Hasta aquí el primer acto. En el segundo, vemos al príncipe en París, locamente enamorada de su supuesta cuñada. Se encuentra con sus amigos de Rusia como por azar y se desarrollan divertidas peripecias. En el tercer acto la princesa y Florabella, que no son sino la misma persona, confiesa al príncipe su estratagema para hacerse amar por él y le pide continuar su vida feliz, olvidando el pasado.
 Ahora bien, tenemos motivos para pensar que Cantó y Nieto le dieron un giro sorprendente a la obra, siempre en el supuesto de que esta versión francesa respetara el argumento original. Y es que, a raíz de una representación en Madrid en 1921, nos enteramos por el ABC de que los dos primeros actos habían sido traducidos, pero el tercero había que atribuirlo a la pareja de autores. También nos informa de la repetición de un terceto cómico del segundo acto interpretado “con mucha gracia” por Sinda Martínez, Carmen Ortega y Mariano Ozores. El doble papel de princesa y artista frívola lo hacía Luisa Puchol. (Aquí señalaré un guiño del azar. Ozores y Puchol pertenecerían al reparto de El rayo, una película de 1936 basada en la obra homónima de Muñoz Seca y López Núñez, ambientada en Navas de San Juan, y que Francisco Juan Rodríguez Oquendo y Belén Garrido Palazón editaron y estudiaron en el año 2000).
La crítica de Guillermo Fernández-Shaw en Las Provincias nos aclara la intervención de Cantó y Nieto. Después de decir que la música no pasaba de agradable, pero que el libreto estaba bien y la interpretación fue más que excelente, nos habla del final de la obra: “El desenlace, volviendo el Príncipe a su mujer, pero sin que se haya deshecho el equívoco y sin que su marido sepa, por tanto, que ha sido víctima de una sencilla estratagema, sorprendió algo al auditorio. El final que la obra tiene es el natural; pero al público le gusta que no queden cabos por atar, y como aquí no se atan todos, le faltaron cosas, y recibió la sensación de que la obra acababa demasiado rápidamente”. No obstante, aplaudió “sinceramente complacido” y elogió, como la crítica, la labor de los adaptadores, “el veterano en estas lides don Gonzalo Cantó y el brillante escritor y periodista don Ernesto Nieto” (como se ve, hay un error al nombrarlo “Ernesto” y no “Miguel”).
Así pues, Miguel Nieto y Gonzalo Cantó adaptaron una exitosa opereta para la escena española cambiándole un final convencional por otro más arriesgado en el que los cabos sueltos, como en la vida, dejan al espectador sumido en una pensativa desazón.

                                   JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





miércoles, 29 de agosto de 2018

Contexto y verano


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de agosto de 2018       

               CONTEXTO Y VERANO

         No sé si la estructura de internet, el (des)orden de las aguas cibernéticas por las que navegamos, es la causante de una cierta fragmentariedad en nuestra vida, o si es que un mundo que ya había fragmentado el conocimiento, que tenía una visión aislada de las cosas, era justamente el caldo de cultivo de un fenómeno como la red. Probablemente sean elementos que se alimenten mutuamente, como ocurre en tantas ocasiones. Los que todavía seguimos leyendo libros, al manejar internet nos damos cuenta de la diferencia existente entre estar inmerso en una atmósfera, dentro de un contexto, donde el sentido de cada cosa depende del todo, y el picoteo saltarín por la red, en el que los elementos nos aparecen con un notable grado de aislamiento. Hace un siglo, una escuela psicológica, la Gestalt, censuraba a otra, el Asociacionismo, que explicara la percepción en términos de elementos aislados, cuando lo que percibimos es primariamente un todo. Justamente la dificultad de la inteligencia artificial consiste en la imposibilidad de tener en cuenta el contexto, como señalaba con acierto y gracia en un reciente artículo el filósofo de la ciencia Antonio Diéguez (“No es lo mismo gritar «arriba las manos» en una clase de zumba que en una sucursal de banco”). La verdad, ya lo decía Hegel, está en el todo.
         Viene esto a cuento porque una de las funciones del verano (o del periodo vacacional inserto en él) es precisamente recordarnos la importancia de las condiciones en las que se desarrolla nuestra vida, hacernos ver una vez más que las cosas tienen sentido siempre en un contexto, formando parte de un todo. Pasamos el resto del año, con breves interrupciones, en un clima determinado, rodeados de calles y edificios y ruidos y rostros y voces cotidianos. De tan familiares, apenas reparamos en ellos, como no oye la catarata, sino su inopinado silencio, quien vive al lado de ella. En el verano uno abandona sus condiciones habituales y las cambia por otras, ingresa en otro contexto, donde las mismas cosas que hace o dice tienen ya otro sentido. Una posible consecuencia es la sensación de que uno está descansando de sí mismo, la impresión algo alarmada de que nuestro yo está desapareciendo y se metamorfosea en un ojo observador que registra cuanto ve sin relacionarlo con lo que hemos sido hasta ayer mismo, con el repertorio de nuestros gustos y nuestros rechazos.  Así, inmersos en esa ciudad sobre la que tanto hemos leído, nos sorprende la indiferencia con que ahora contemplamos sus palacios, sus iglesias, sus calles. No se trata de la decepción con que a veces la realidad abofetea nuestras ilusiones, ni de un prejuicio soñador contra lo existente. Es que hemos puesto entre paréntesis momentáneamente el suelo que nutría esos intereses. La prueba de ello es que uno va guardando esas imágenes y luego, al retomar la vida normal, podrá extraerle su riqueza, como ocurría con los ya antiguos carretes de las cámaras fotográficas que se revelaban al regresar de los viajes.
         Pero también puede uno, al cambiar el contexto, sentir la atracción de otras trayectorias vitales alejadas de la suya. Así, el cajero de banca, mientras la arqueóloga explica un yacimiento fenicio, piensa qué hermosa y detectivesca es su labor y, lamentando la brevedad de la vida (ars longa vita brevis), se dice que si tuviera otra la dedicaría al apasionante estudio de los restos del pasado.
Cabe asimismo la posibilidad de que el articulista mensual no encuentre la tonalidad que le permita redactar el texto prometido. Entonces recurre a hablar de cómo cambia nuestro medio en verano, del mismo modo que el novelista que no encuentra tema para su obra convierte esta dificultad precisamente en el tema de su novela.
Las maneras, en fin, de vivir ese paréntesis en nuestra cotidianeidad varían según personas y edades. Lo que quiere decir que, en el fondo, siguen formando parte de nuestra vida, el gran contexto en el que integramos todo cuanto nos pasa y al que pertenecen tanto nuestros ocios como nuestros negocios.

Juan Fernando Valenzuela Magaña



sábado, 25 de agosto de 2018

Inquietante


 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 30 de julio de 2018

INQUIETANTE

            Hace dos artículos hablábamos del carácter inquietante que tienen los robots de aspecto humano. Aunque nos pueda parecer algo de nuestros días, esa sensación de extrañeza ante lo familiar que nos producen los androides ya se la producía a los hombres del XVIII el maniquí con aspecto de turco que jugaba al ajedrez o al lector de los cuentos de Hoffmann los autómatas que en ellos aparecen. La naturaleza de ese desasosiego llevó a Freud a escribir un opúsculo sobre el asunto titulado “Lo inquietante”. Esta categoría no solo se da cuando nos topamos con un muñeco que se parece tanto a un ser humano que podría ser confundido con él, también en otras situaciones o en la perspectiva que adoptamos sobre ellas. Basta para darse cuenta con leer a Kafka; o a Kaschnitz, una escritora alemana cuyo desconocimiento en España está paliando la labor de traducción de Santiago Martín Arnedo.
            La proliferación y el desarrollo de artefactos de apariencia humana ligados a la inteligencia artificial (y a la ciencia ficción) en los últimos lustros, ha propiciado una hipótesis conocida como “el valle inquietante”. Según ella, nos llevamos mejor con robots cuyo aspecto se asemeja al del hombre hasta que llegamos a un misterioso punto a partir del cual el robot es tan parecido a nosotros que nos provoca una fuerte repugnancia, que es vencida si el parecido deja de serlo para encontrarnos ante un ser humano tal cual. En el gráfico que recoge tal variación se produce entonces un valle que refleja el rechazo ante robots con forma demasiado humana. La hipótesis no sirve solo para robots, sino para cualquier réplica, y distingue entre las que se mueven y las que no. Uno mismo puede hacer un experimento, aunque sea mental. Sitúese en primer lugar ante uno de esos maniquíes que solo buscan reproducir las medidas de un cuerpo humano, sin orejas, ojos o labios. A continuación, hágalo ante un maniquí de marcado realismo. Luego, ante un muñeco de cera bien conseguido. Por último, ante un reborn, uno de esos bebés hiperrealistas que son paseados en su carrito con orgullo paternal o maternal. ¿Nota cómo la confianza desciende y la inquietud aumenta?
            La peculiaridad de esta sensación estriba en el juego que se produce entre familiaridad y extrañeza. Lo que nos resulta conocido, de pronto se revela ignoto; lo claro se torna oscuro; “lo cercano se aleja”, en palabras de Goethe referidas al crepúsculo y que Borges aplica también al proceso de la ceguera. Lo que creíamos quieto se torna movedizo, lo estable se tambalea, lo sólido es ahora líquido. Y cuanto mayor sea la familiaridad que hay previamente, mayor desasosiego nos provocará su ruptura. Pero… ¿no consiste la tarea del pensamiento en poner en cuestión lo admitido? ¿No parte el pensar de alejar lo cercano, de tomar distancia de la pretendida realidad?  ¿Tendría ese asombro ante la naturaleza que da origen a la reflexión una veta de terror ante un mundo que se nos ha vuelto extraño?
            Volvamos a los androides. La confusión entre familiaridad y extrañeza explica, como acabamos de ver, la inquietud que nos provocan. Pero podemos afinar más. El arte del siglo XX ha usado máscaras, caricaturas y representaciones similares para referirse a un hombre vacío. El parecido de estas figuras con los robots de aspecto humano puede advertirnos sobre otra de las fuentes del malestar que nos provocan. Los humanoides son nuestro reflejo, la imagen especular del hombre de hoy. Y no solo de hoy. En un cuento de Hoffmann titulado “Los autómatas”, acabado a principios de 1814, se califica la obsesión por reproducir mecánicamente los órganos humanos para hacer música de “guerra declarada al principio espiritual”. El espíritu, lo interior, desaparece en la máquina. Por eso, se dice en ese cuento, “la simple relación del hombre con figuras sin vida que imitan como monos las formas, movimientos y quehaceres humanos tiene para mí algo opresivo, terrible, diría incluso espantoso”. Inquietante.