Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
domingo, 9 de diciembre de 2018
El doble como sombra
Artículo publicado en el número de diciembre de 2018 de Cuadernos Hispanoamericanos:
martes, 20 de noviembre de 2018
Pseudociencias
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 19 de noviembre de 2018
PSEUDOCIENCIAS
Algunos
rasgos propios de nuestra época (la velocidad con que cambia el mundo que nos
rodea, la interdependencia de los países, las posibilidades que la tecnología
abre) hacen de nuestro tiempo un tiempo complejo. El pensamiento que busque
orientarse en él deberá hacerse cargo de esa complejidad. Lo contrario de lo
complejo no es lo sencillo, sino lo simple. Simplicidad es creer que las cosas
no tienen mezcla, que son puras, o que los valores nunca entran en conflicto y,
si se elige uno, no se tiene que sacrificar al menos algo de otro. Sin embargo,
esa rapidez que hace de este mundo un mundo más complejo, es la que hace del pensamiento
algo más simple. Los mensajes de la política prescinden de los matices y son
trazados con la brocha gorda con que se pintan los eslóganes, la música se
reduce a una percusión primitiva o en el idioma agoniza una miríada de palabras
por falta de uso.
Ese
contraste entre complejidad y simpleza lo vemos como en un espejo al asomarnos
a internet y las redes sociales. Asombra que una tecnología tan sofisticada
como la nuestra soporte tal cantidad de contenidos estultos. Tal cosa recuerda
los análisis de Ortega en La rebelión de
las masas hace ya casi un siglo. Entre esos contenidos necios están las
supercherías y los timos, que siempre han existido pero que creeríamos
erradicados para siempre en un tiempo en que la formación y la información están
a disposición de cualquiera como nunca en la historia.
De
entre esas supercherías, y debido a sus posibles nocivas consecuencias, han
saltado a la actualidad las pseudociencias. Conocida es la actitud beligerante
frente a ellas del ministro de Ciencia, Pedro Duque. Decidir qué es y qué no es
una ciencia es una cuestión teóricamente complicada, pero hay un consenso entre
científicos y filósofos de la ciencia al respecto, que la actitud del ministro
ejemplifica. Ahora bien, esa hostilidad
contra las pseudociencias no implica que uno sea cientificista, es decir, que
uno considere que el único conocimiento válido sea el científico. Confundir
ambas cosas es caer en el pensamiento simple aludido al principio. La ciencia
es un logro de nuestra tradición admirable por su búsqueda apasionada (pues la
ciencia no es nada fría como en ocasiones se piensa) de la verdad, por sus hallazgos
y por sus aplicaciones, pero no carece de límites ni de sombras (qué no los
tiene). Entre sus límites está el hecho de que la cuestión de qué hacer con la
ciencia (promover unas investigaciones y desechar otras, por ejemplo) no es
científica. Por no hablar de las decisiones que hay que tomar sobre los
acuciantes problemas de nuestro tiempo (desigualdad, inmigración), que no son
objeto de la ciencia. Esta puede aportar medios que permitan conseguir mejor
los fines que nos propongamos, pero tales fines no pueden ser establecidos
científicamente. Estas consideraciones no abren la puerta de las necias
supercherías, pero sí las de otras formas de saber diferentes a la ciencia. No
puedo explicitar aquí qué criterios son pertinentes para distinguir, fuera de
la ciencia, entre un saber y un puñado de sandeces. Tales criterios nos pueden
incluso dar la sorpresa de admitir aspectos de algunas pseudociencias como la
astrología o la fisiognómica. Por la primera se interesó una mente
brillantísima (y de formación científica) del siglo pasado como Ernst Jünger. La
segunda, la fisiognómica, parece haber tenido un renacimiento en los estudios
del psicólogo Paul Ekman, quien intenta leer en nuestro rostro las emociones
que sentimos. Pero nada tiene que ver esto, insisto, con las engañifas y la
charlatanería que asociaciones como la APETP (Asociación para Proteger a los Enfermos de la Terapias Pseudocientíficas) denuncian.
También el Psicoanálisis ha sido considerado una pseudociencia, y nadie
discutirá la penetración de Freud y su influencia en áreas que buscan la
comprensión del ser humano. Por cierto, ¿qué fue del Psicoanálisis?
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
martes, 23 de octubre de 2018
Realidad y ficción
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de octubre de 2018
REALIDAD Y FICCIÓN
Empezaré
este artículo con una parábola. Se la debemos a Kierkegaard. En un teatro se
declaró un incendio entre bastidores y el payaso salió al proscenio para
avisar. El público pensó que era un chiste y aplaudió. Insistió el payaso y el
público, a carcajadas, aplaudió más fuerte. Así piensa el filósofo danés que
perecerá el mundo. Destaquemos en esta historia la confusión entre la realidad
y la ficción. Fue lo que pasó en 2002, cuando miembros del ejército checheno
irrumpieron en un teatro de Moscú en plena representación de un musical. Los
espectadores creyeron que formaba parte de la obra. Del mismo modo, en el Burgtheater
de Viena, en 2008, un actor estaba representando el suicidio de Mortimer en “María
Estuardo”, de Schiller, cuando se cortó el cuello sin querer con el cuchillo.
Brotó sangre real y el hombre cayó al suelo. La gente aplaudió la veracidad de
la actuación. Afortunadamente, la hoja no seccionó la arteria carótida y el
actor sobrevivió. Cuenta Francisco de Cossío en “Confesiones” un duelo a sable
ocurrido en un teatro a las cuatro de la madrugada. Él se hallaba tras la
cortina de un palco y dice que “el ambiente de aquel duelo daba a los
personajes y al escenario donde se movían una teatralidad impresionante.” Si en
estas historias la realidad es tomada como ficción, ocurre también lo inverso,
situaciones ficticias que son confundidas con la realidad. Paradigmático a este
respecto fue el episodio ocurrido en 1938, cuando Orson Welles retransmitió por
la radio una adaptación de “La guerra de los mundos”. Muchos oyentes fueron
presa del pánico al creer que estaban realmente siendo invadidos por
extraterrestres. La familiaridad con la radio, la televisión y el cine, no
parecen habernos hechos inmunes a esta confusión. El año pasado, un agente
disparó en Indiana a un actor que rodaba la escena de un atraco confundiéndolo
con un ladrón real.
La
sensación que uno tiene cuando asiste a estos ejemplos es la de que nos
hallamos ante un asunto sobresaliente. En efecto, la pregunta por lo real, el
esfuerzo por distinguir la realidad de la apariencia, lo encontramos en el
núcleo del origen del pensamiento racional. Y, como las grandes cuestiones del
hombre se dan la mano unas a otras, encontraremos esta de la realidad ligada a
lo largo de la historia a otras como la del conocimiento o la identidad. Por
eso la novela, tan interesada en la búsqueda del yo, ha explorado afanosamente
este territorio, dando lugar en los últimos decenios a la llamada
“autoficción”, casi un género literario, en la que el escritor del libro
aparece dentro de la historia como un personaje, jugando con los límites que
separan la realidad y la ficción, de modo que el lector queda atrapado en una
ambigüedad fecunda, sin saber del todo si lo que está leyendo pertenece al
terreno de lo acontecido o a la invención de la fantasía.
Podría
objetarse que este artículo eleva a normalidad lo que no es más que excepción;
que, si no distinguiéramos habitualmente entre realidad y ficción, no
destacarían tanto los ejemplos aportados; que, salvo puntuales confusiones o
lamentables trastornos, la gente tiene claro cuándo se halla ante algo
auténtico o ante algo ficticio. A esto podría, sin embargo, responderse que
acaso la realidad no sea un mundo exterior objetivo independiente de nosotros,
que quizá toda realidad esté ya seleccionada, evaluada, interpretada y, por
tanto y en cierto modo, inventada. Es decir, ficcionalizada. Pero, sin llegar
tan lejos, basta un vistazo a nuestro alrededor para constatar con qué facilidad
proliferan los bulos por las redes sociales, cómo la gente cree en cosas
manifiestamente falsas. La palabra del año 2016 fue para el Diccionario Oxford
post-truth, posverdad. Desde entonces su uso no ha hecho más que crecer,
indicando una situación en la que los hechos objetivos influyen menos a la hora
de sostener algo que la emoción o la creencia personal. ¿No estamos, entonces,
confundiendo continuamente la ficción con la realidad?
Juan Fernando Valenzuela Magaña
viernes, 28 de septiembre de 2018
Clasificaciones
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de septiembre de 2018
CLASIFICACIONES
No es infrecuente encontrar en la
psicología, la filosofía y la literatura clasificaciones de hombres basadas en
su actitud ante la vida. En la primera de estas disciplinas, son famosas y ya
antiguas las divisiones de Kretschmer y Sheldon, que relacionan
la constitución corporal y la personalidad. Así, Sheldon vio una correlación
entre el tipo endomorfo (huesos y músculos blandos y redondeados) y una forma
de ser sociable y tolerante, entre el tipo mesomorfo (constitución atlética) y la
seguridad en uno mismo, y entre el tipo ectomorfo (altos, delgados, frágiles,
sistema nervioso sensible) y la timidez, la hipersensibilidad y la
introspección. Más reciente es la teoría de los cinco grandes factores de
personalidad, de Paul Costa y R. McCrae, que habla de cinco dimensiones de la
personalidad. La primera, por ejemplo, llamada
neuroticismo/estabilidad emocional, nos indica el grado en que una
persona manifiesta ansiedad y experimenta emociones negativas o bien goza de
tranquilidad y seguridad y resiste el estrés. Al margen de la validez de estas
y otras clasificaciones concretas, la psicología, al ser una ciencia, no puede
ir más allá del temperamento y el carácter, es decir, de los elementos
biológicos y los aprendidos a lo largo de nuestra vida. Pues qué, ¿es que hay
algo más que ciencia, biología y aprendizaje?
Es lo que pretende la filosofía,
cuando habla de tipos de hombres de un modo diferente. Por ejemplo, si tomamos
a Dilthey, un filósofo alemán nacido en el XIX y muerto en 1911, vemos que nos
habla de temples distintos: hay quien se apega a lo sensible, y disfruta de lo
que tiene a mano; hay quien persigue grandes fines a través del azar y el
destino; y quien no soporta la caducidad de aquello que ama y tiene, y la vida
le parece vana, o busca en el más allá algo perdurable.
También la literatura aporta
clasificaciones. En la última novela de Milan Kundera, “La fiesta de la
insignificancia”, se distingue entre el perdonazos, que va por la vida pidiendo
perdón por todo, y el que no lo es, que siempre que hay un conflicto se cree el
agredido, el que posee un derecho que se le ha pisoteado. Piensen en un choque
entre dos personas en una acera: la primera pedirá un espontáneo perdón y la
segunda exigirá, espontáneamente también, explicaciones.
A caballo entre la filosofía y la literatura tenemos una recurrente
distinción entre personas: las hay que encajan en el mundo como si este fuera
su hogar y las hay que lo miran como algo extraño, a veces con la textura de un
sueño, a veces de obra de teatro, y que
se sienten más espectadores que jugadores. Por supuesto, esta división es
simplificadora, o solamente registra los extremos. Pero la simplificación es
mía, no de las novelas, cuyos protagonistas se encuentran a menudo más cerca
del segundo tipo que del primero.
Y ahora veamos qué derecho asiste a
la filosofía y a la literatura para hacer esas distinciones, qué distingue a
estas de la mera observación de un particular basada en su experiencia
personal. Un positivista diría que o bien se puede traducir la clasificación
filosófica y la literaria a lo psicológico o bien, de no poderse, carecería de
valor como conocimiento. No parece que términos como “azar” o “destino”,
utilizados por Dilthey, puedan integrarse en la psicología. En cuanto a la novela
como género, lo que ella dice sólo ella puede decirlo, de modo que una novela
que pudiera traducirse a psicología (o a historia), no es una novela. Así que
nos queda afrontar la pregunta de si esos conocimientos no científicos, sino
filosóficos y literarios, tienen algún valor. Échenle otro vistazo a esas últimas
clasificaciones, tengan en cuenta que se hayan en el contexto de una amplia
teoría filosófica o de una obra literaria, díganse también si ustedes viven en
el mundo como en un lugar extraño o como en un sitio acogedor, o si son o no
unos perdonazos, y concluyan, después de eso, si ese conocimiento carece de sentido.
JUAN
FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
domingo, 9 de septiembre de 2018
Un artículo sobre Miguel Nieto
Artículo publicado en la revista de San Juan de 2018
LA ORIGINALIDAD DE MIGUEL NIETO EN EL DESENLACE DE UNA
FAMOSA OPERETA
El
nombre de Miguel Nieto está asociado en nuestro pueblo a una calle, a una
historia de Navas de San Juan y a una fotografía de 1927 en el patio de Abilio
Sanz. Los lectores de esta revista y de Stella
tal vez recuerden además que fue un articulista en el Madrid de comienzos del
siglo pasado, un escritor de teatro y un colaborador de la radio cuando este
medio daba sus primeros pasos, trayectoria que le valió el homenaje de su
pueblo del que deja constancia la aludida fotografía.
Una
paciente búsqueda en la prensa de la época me ha suscitado la impresión de que
don Miguel centró su actividad literaria en artículos y cuentos a principios
del siglo XX para pasar después a destacar como dramaturgo y terminar su
carrera con textos para la radio. De la primera etapa destacamos hace dos años
un cuento que parecía basado en nuestras fiestas de San Juan. Vamos en esta ocasión
a fijarnos en una obra de ese segundo periodo, dedicado al teatro.
Hace
un siglo, en mayo de 1918, la revista jiennense Don Lope de Sosa informa: “En Barcelona ha estrenado una opereta en
tres actos, en colaboración con D. Gonzalo Cantó, el distinguido escritor y
autor dramático, nuestro comprovinciano D. Miguel Nieto. El título de la obra
es “Bella-Flor” y el estreno ha sido un éxito franco y sincero. La obra fue
presentada con gran lujo. Miguel Nieto marcha por el camino de los triunfos a
grandes pasos”. La revista ya se había hecho eco el año anterior de otros dos
estrenos de nuestro escritor: en febrero de la comedia El mejor marido (en colaboración con Ramón Portusach) y en junio de
Los castizos.
La
opereta “Flora Bella” (así aparece el título en La Vanguardia) se estrenó el día 4 de mayo de 1918 en el Teatro cómico. El periódico la anunciaba
como un “éxito mundial”. En efecto, la obra no era original de Gonzalo Cantó y
Miguel Nieto, sino que se trataba de una creación alemana que se había
representado en Munich en 1913 y, adaptada al inglés, en Nueva York en 1916,
donde tuvo un gran éxito (112 representaciones). La música era de Cuvillier, un
compositor francés de gran éxito. Los franceses intentaron llevarla a la escena
ya en 1913, con la bella Otero en el papel principal. Sin embargo, tal hecho no
ocurrió hasta el último día de 1920, con Geneviève Vix en el papel de
Florabella. De modo que en España sería representada antes que en Francia.
El argumento, al menos
el que nos consta por la versión francesa, es el de un príncipe ruso que acaba
de casarse con una gran dama española sin sospechar su verdadero origen. El
príncipe se cansa de la circunspección de su mujer y se obsesiona con una
bailarina de gran parecido con ella a la que ha visto en una fotografía traída
de París. Se le dice que se trata de una hermana de la princesa, llamada
Florabella. Hasta aquí el primer acto. En el segundo, vemos al príncipe en
París, locamente enamorada de su supuesta cuñada. Se encuentra con sus amigos
de Rusia como por azar y se desarrollan divertidas peripecias. En el tercer
acto la princesa y Florabella, que no son sino la misma persona, confiesa al
príncipe su estratagema para hacerse amar por él y le pide continuar su vida
feliz, olvidando el pasado.
Ahora bien, tenemos motivos para pensar que
Cantó y Nieto le dieron un giro sorprendente a la obra, siempre en el supuesto
de que esta versión francesa respetara el argumento original. Y es que, a raíz
de una representación en Madrid en 1921, nos enteramos por el ABC de que los dos primeros actos habían
sido traducidos, pero el tercero había que atribuirlo a la pareja de autores. También
nos informa de la repetición de un terceto cómico del segundo acto interpretado
“con mucha gracia” por Sinda Martínez, Carmen Ortega y Mariano Ozores. El doble
papel de princesa y artista frívola lo hacía Luisa Puchol. (Aquí señalaré un
guiño del azar. Ozores y Puchol pertenecerían al reparto de El rayo, una película de 1936 basada en
la obra homónima de Muñoz Seca y López Núñez, ambientada en Navas de San Juan, y
que Francisco Juan Rodríguez Oquendo y Belén Garrido Palazón editaron y
estudiaron en el año 2000).
La crítica de Guillermo
Fernández-Shaw en Las Provincias nos
aclara la intervención de Cantó y Nieto. Después de decir que la música no
pasaba de agradable, pero que el libreto estaba bien y la interpretación fue
más que excelente, nos habla del final de la obra: “El desenlace, volviendo el
Príncipe a su mujer, pero sin que se haya deshecho el equívoco y sin que su
marido sepa, por tanto, que ha sido víctima de una sencilla estratagema,
sorprendió algo al auditorio. El final que la obra tiene es el natural; pero al
público le gusta que no queden cabos por atar, y como aquí no se atan todos, le
faltaron cosas, y recibió la sensación de que la obra acababa demasiado
rápidamente”. No obstante, aplaudió “sinceramente complacido” y elogió, como la
crítica, la labor de los adaptadores, “el veterano en estas lides don Gonzalo
Cantó y el brillante escritor y periodista don Ernesto Nieto” (como se ve, hay
un error al nombrarlo “Ernesto” y no “Miguel”).
Así pues, Miguel Nieto
y Gonzalo Cantó adaptaron una exitosa opereta para la escena española
cambiándole un final convencional por otro más arriesgado en el que los cabos
sueltos, como en la vida, dejan al espectador sumido en una pensativa desazón.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
miércoles, 29 de agosto de 2018
Contexto y verano
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de agosto de 2018
CONTEXTO
Y VERANO
Juan Fernando Valenzuela Magaña
No sé si la estructura de internet, el (des)orden de las
aguas cibernéticas por las que navegamos, es la causante de una cierta
fragmentariedad en nuestra vida, o si es que un mundo que ya había fragmentado
el conocimiento, que tenía una visión aislada de las cosas, era justamente el
caldo de cultivo de un fenómeno como la red. Probablemente sean elementos que
se alimenten mutuamente, como ocurre en tantas ocasiones. Los que todavía
seguimos leyendo libros, al manejar internet nos damos cuenta de la diferencia
existente entre estar inmerso en una atmósfera, dentro de un contexto, donde el
sentido de cada cosa depende del todo, y el picoteo saltarín por la red, en el
que los elementos nos aparecen con un notable grado de aislamiento. Hace un
siglo, una escuela psicológica, la Gestalt, censuraba a otra, el Asociacionismo,
que explicara la percepción en términos de elementos aislados, cuando lo que
percibimos es primariamente un todo. Justamente la dificultad de la
inteligencia artificial consiste en la imposibilidad de tener en cuenta el
contexto, como señalaba con acierto y gracia en un reciente artículo el filósofo
de la ciencia Antonio Diéguez (“No es lo mismo gritar «arriba las manos» en una
clase de zumba que en una sucursal de banco”). La verdad, ya lo decía Hegel,
está en el todo.
Viene esto a cuento porque una de las funciones del verano
(o del periodo vacacional inserto en él) es precisamente recordarnos la
importancia de las condiciones en las que se desarrolla nuestra vida, hacernos
ver una vez más que las cosas tienen sentido siempre en un contexto, formando
parte de un todo. Pasamos el resto del año, con breves interrupciones, en un
clima determinado, rodeados de calles y edificios y ruidos y rostros y voces
cotidianos. De tan familiares, apenas reparamos en ellos, como no oye la
catarata, sino su inopinado silencio, quien vive al lado de ella. En el verano
uno abandona sus condiciones habituales y las cambia por otras, ingresa en otro
contexto, donde las mismas cosas que hace o dice tienen ya otro sentido. Una
posible consecuencia es la sensación de que uno está descansando de sí mismo,
la impresión algo alarmada de que nuestro yo está desapareciendo y se
metamorfosea en un ojo observador que registra cuanto ve sin relacionarlo con
lo que hemos sido hasta ayer mismo, con el repertorio de nuestros gustos y
nuestros rechazos. Así, inmersos en esa ciudad sobre la que tanto hemos
leído, nos sorprende la indiferencia con que ahora contemplamos sus palacios,
sus iglesias, sus calles. No se trata de la decepción con que a veces la
realidad abofetea nuestras ilusiones, ni de un prejuicio soñador contra lo
existente. Es que hemos puesto entre paréntesis momentáneamente el suelo que
nutría esos intereses. La prueba de ello es que uno va guardando esas imágenes
y luego, al retomar la vida normal, podrá extraerle su riqueza, como ocurría
con los ya antiguos carretes de las cámaras fotográficas que se revelaban al
regresar de los viajes.
Pero también puede uno, al cambiar el contexto, sentir la
atracción de otras trayectorias vitales alejadas de la suya. Así, el cajero de
banca, mientras la arqueóloga explica un yacimiento fenicio, piensa qué hermosa
y detectivesca es su labor y, lamentando la brevedad de la vida (ars longa vita
brevis), se dice que si tuviera otra la dedicaría al apasionante estudio de los
restos del pasado.
Cabe
asimismo la posibilidad de que el articulista mensual no encuentre la tonalidad
que le permita redactar el texto prometido. Entonces recurre a hablar de cómo
cambia nuestro medio en verano, del mismo modo que el novelista que no
encuentra tema para su obra convierte esta dificultad precisamente en el tema
de su novela.
Las
maneras, en fin, de vivir ese paréntesis en nuestra cotidianeidad varían según
personas y edades. Lo que quiere decir que, en el fondo, siguen formando parte
de nuestra vida, el gran contexto en el que integramos todo cuanto nos pasa y
al que pertenecen tanto nuestros ocios como nuestros negocios.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
sábado, 25 de agosto de 2018
Inquietante
INQUIETANTE
Hace dos artículos hablábamos del
carácter inquietante que tienen los robots de aspecto humano. Aunque nos pueda
parecer algo de nuestros días, esa sensación de extrañeza ante lo familiar que
nos producen los androides ya se la producía a los hombres del XVIII el maniquí
con aspecto de turco que jugaba al ajedrez o al lector de los cuentos de Hoffmann
los autómatas que en ellos aparecen. La naturaleza de ese desasosiego llevó a
Freud a escribir un opúsculo sobre el asunto titulado “Lo inquietante”. Esta
categoría no solo se da cuando nos topamos con un muñeco que se parece tanto a
un ser humano que podría ser confundido con él, también en otras situaciones o
en la perspectiva que adoptamos sobre ellas. Basta para darse cuenta con leer a
Kafka; o a Kaschnitz, una escritora alemana cuyo desconocimiento en España está
paliando la labor de traducción de Santiago Martín Arnedo.
La proliferación y el desarrollo de
artefactos de apariencia humana ligados a la inteligencia artificial (y a la
ciencia ficción) en los últimos lustros, ha propiciado una hipótesis conocida
como “el valle inquietante”. Según ella, nos llevamos mejor con robots cuyo
aspecto se asemeja al del hombre hasta que llegamos a un misterioso punto a partir
del cual el robot es tan parecido a nosotros que nos provoca una fuerte
repugnancia, que es vencida si el parecido deja de serlo para encontrarnos ante
un ser humano tal cual. En el gráfico que recoge tal variación se produce
entonces un valle que refleja el rechazo ante robots con forma demasiado
humana. La hipótesis no sirve solo para robots, sino para cualquier réplica, y
distingue entre las que se mueven y las que no. Uno mismo puede hacer un
experimento, aunque sea mental. Sitúese en primer lugar ante uno de esos
maniquíes que solo buscan reproducir las medidas de un cuerpo humano, sin orejas,
ojos o labios. A continuación, hágalo ante un maniquí de marcado realismo.
Luego, ante un muñeco de cera bien conseguido. Por último, ante un reborn, uno
de esos bebés hiperrealistas que son paseados en su carrito con orgullo
paternal o maternal. ¿Nota cómo la confianza desciende y la inquietud aumenta?
La peculiaridad de esta sensación
estriba en el juego que se produce entre familiaridad y extrañeza. Lo que nos
resulta conocido, de pronto se revela ignoto; lo claro se torna oscuro; “lo
cercano se aleja”, en palabras de Goethe referidas al crepúsculo y que Borges
aplica también al proceso de la ceguera. Lo que creíamos quieto se torna
movedizo, lo estable se tambalea, lo sólido es ahora líquido. Y cuanto mayor
sea la familiaridad que hay previamente, mayor desasosiego nos provocará su
ruptura. Pero… ¿no consiste la tarea del pensamiento en poner en cuestión lo
admitido? ¿No parte el pensar de alejar lo cercano, de tomar distancia de la pretendida
realidad? ¿Tendría ese asombro ante la
naturaleza que da origen a la reflexión una veta de terror ante un mundo que se
nos ha vuelto extraño?
Volvamos a los androides. La
confusión entre familiaridad y extrañeza explica, como acabamos de ver, la
inquietud que nos provocan. Pero podemos afinar más. El arte del siglo XX ha
usado máscaras, caricaturas y representaciones similares para referirse a un
hombre vacío. El parecido de estas figuras con los robots de aspecto humano
puede advertirnos sobre otra de las fuentes del malestar que nos provocan. Los
humanoides son nuestro reflejo, la imagen especular del hombre de hoy. Y no
solo de hoy. En un cuento de Hoffmann titulado “Los autómatas”, acabado a
principios de 1814, se califica la obsesión por reproducir mecánicamente los
órganos humanos para hacer música de “guerra declarada al principio
espiritual”. El espíritu, lo interior, desaparece en la máquina. Por eso, se
dice en ese cuento, “la simple relación del hombre con figuras sin vida que
imitan como monos las formas, movimientos y quehaceres humanos tiene para mí
algo opresivo, terrible, diría incluso espantoso”. Inquietante.
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