En el número de este mes de Cuadernos Hispanoamericanos, un artículo mío titulado "Acerca de David Foster Wallace". Páginas 79-86. Puede leerse aquí:
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
martes, 4 de noviembre de 2014
jueves, 16 de octubre de 2014
El viejo y Kant (Revista de San Juan, 2011)
EL
VIEJO Y KANT
A Pedro Joaquín, que tiene la edad de los niños de esta historia
Puede que pronto caiga en el olvido,
pero todavía hoy son muchos quienes recuerdan a un hombre que, en el siglo
XVIII, dedicaba su vida al pensamiento en una ciudad perdida de la Prusia
Oriental. Ese hombre observó que, en ciertos asuntos, era posible sostener, con
la misma fuerza probatoria, dos tesis opuestas. Así, podemos convencernos de
que el mundo ha tenido un comienzo y es finito o de lo contrario. Apuntó cuatro
de estas contradicciones y las llamó antinomias.
El viejo piensa que, en el ámbito de
la existencia, también se dan dos antinomias. Una de ellas diría: “Puede
argumentarse con la misma fuerza que, a cierta edad, la vida, mirada en su conjunto,
ofrece dos imágenes opuestas: la de un largo camino repleto de épocas
diferenciadas (“entonces yo era…”, “por aquellos años yo vivía en…”), de
cambios, de gente que está y deja de estar, que no está y aparece, de
acumulación; y la de un soplo de sorprendente brevedad”. Así, el viejo tiene la
sensación de que ha vivido mucho; pero también de que ayer mismo era un niño que
corría por las calles del pueblo.
Del
mismo modo que el hombre del siglo XVIII, también el viejo ha vivido siempre en
el mismo lugar. Su memoria llega más allá de la tercera década del siglo
pasado, y con la presteza de un mono se sube al árbol genealógico de todo aquel
a quien saluda. En los pueblos uno pertenece de un modo más estrecho a su
familia, y así como hay narices, ojos o calvicies que identifican un apellido,
hay rasgos de carácter familiares. Los Celemines son bravos, los Talabarteros
bromistas y del Atleti, los Atravesados tienen pelos en el corazón. Un
sociólogo diría que, más que de genética, se trata de una profecía autocumplida:
si todo el mundo espera que alguien se comporte de una cierta forma, acabará
por hacerlo. En cualquier caso, el viejo está seguro de que si una máquina del
tiempo lo llevara dos siglos hacia atrás o hacia adelante, sabría relacionar a
cada vecino con su familia correspondiente. Cuando piensa en estas cosas, siente
que se asoma a un abismo y le entra vértigo.
La otra antinomia diría así:
“Podemos sostener que todo cuanto ocurre será tragado, antes o después, por el
olvido: del mismo modo que nada queda de lo que un hombre de Navas, un día de
1651, soñó antes de ir a trabajar, nada quedará de la lectura de este texto en
la memoria de los hombres. Sin embargo, también se puede sostener lo contrario:
nada de lo ocurrido se pierde, todo lo real se conserva.”
¿Qué fue de aquella mañana de San
Juan del año 31? El viejo era entonces un niño y corría detrás de los pasos y
la risa cantarina de una niña rubia. Sonaban las campanas de la iglesia.
Llevaba unos días siguiéndola y escondiéndose, solo o con algún amigo. Esa
mañana se armó de valor, ayudado por el ambiente festivo de los mayores, y del
jardín de la plaza cogió una flor, una flor blanca y olorosa y, acercándose a
la niña, se la ofreció. Ella la tomó con una sonrisa, intacta desde entonces en
la memoria del viejo. ¿Dónde están ahora aquellas campanadas, aquella mañana,
aquella flor, aquellos hombres vestidos de fiesta?
El viejo no volvió a ver a la niña,
que emigró con sus padres. Como un fugaz relámpago pasó la vida, el niño creció
y llegó la guerra, fue un adulto y trabajó en el campo, se casó y tuvo hijos,
hubo muertes y nacieron nietos. Y esta mañana, justo ochenta años después de
aquella del San Juan del 31, violando toda ley del tiempo, la niña rubia, con
la risa cantarina de entonces, ha pasado delante de él y le ha dicho hola. Dos
trozos tan alejados de su vida, dos extremos de su largo paso por el mundo, han
coexistido por un momento. El viejo ha penetrado desorientado en el laberinto
de su memoria, perdido entre sensaciones olvidadas y gestos polvorientos
arrumbados en sus rincones. Se pregunta si su cerebro está fallando. Pero, por
encima de esa duda, siente miedo, como si la visión de su lejano pasado fuera
un aviso lúgubre y agorero. Y aun por encima de ese miedo, le parece que la
escena es un guiño de la trascendencia.
Los restos del hombre del siglo
XVIII descansan en la ciudad de la que apenas salió. Como epitafio, en su
tumba, hay una cita que recoge su admiración por las leyes inviolables de la
naturaleza y por la libertad del hombre. Dos mundos con reglas opuestas, uno
determinado por leyes físicas que predicen con exactitud lo que no tiene más
remedio que ocurrir, y otro donde, contra toda costumbre o influencia, uno
tiene la asombrosa capacidad de elegir. En el primer mundo todo ocurre en el
espacio y en el tiempo, todo tiene una causa. En el segundo, la ciencia se
queda en la puerta y nos adentramos hacia lo desconocido.
Visto desde el primer mundo, lo que
le ha ocurrido al viejo se explica así: al pueblo han venido, estas fiestas de
San Juan, los descendientes de aquella niña del año 31, cuyos rasgos han
atravesado el tiempo hasta llegar al rostro de su bisnieta. La mente científica
reposa en este conocimiento en el que quedan respetadas las leyes del tiempo y
el espacio.
Pero el viejo, que mira a la cara a
la muerte, sabe que pronto saltará la cerca de esas leyes, y, como quien mete
los pies en la orilla del mar, se va despidiendo de ellas. Desde el segundo
mundo, más allá del espacio y del tiempo, quién sabe quién es la niña que ha
saludado al viejo y que, ahora, en la plaza, siguiendo un indefinido impulso,
escoge con cuidado del jardín una flor, una flor blanca y olorosa.
Juan
Fernando Valenzuela Magaña
domingo, 21 de septiembre de 2014
MICROFICCIÓN: DIVORCIO
DIVORCIO
La profesión y el dinero, por ese orden, constituyen la
razón de mi vida. Así que mi mujer quiere el divorcio. Pero nada hay más
inteligente que una mujer con deseos de venganza. Sé que al final del proceso
perderé todo, por mucho que haya sido nuestro gracias a mí o sencillamente mío:
la mansión, las acciones, mis camisas de algodón egipcio, mi colección de
sellos. Yo me encargaré de que así sea. Me ha contratado como su abogado.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
martes, 26 de agosto de 2014
Primer capítulo de La partida
1
Cuando yo era pequeño, quería
ser detective. Recuerdo un librito, El
manual del perfecto detective, que me enseñó a ocultarme (en realidad,
delatarme) tras un gran periódico o a camuflar mi identidad escandalosamente
tras un sombrero, unas impenetrables gafas de sol y una gabardina con cuello
levantado, así fuera verano o las estrellas titilaran arriba. Frente a una
inmensa casa del pueblo de mi infancia, conocida como La Peña por ser un local
de reunión de socios, pasé algunas tardes escondido entre la vegetación de la
plaza de la iglesia, sin sombrero ni gabardina pero con unas viejas gafas de
sol de mi padre. Mi subordinado, de nombre Paco, vigilaba en un banco tras un
tebeo de Mortadelo la posible e inoportuna llegada de uno de los seis policías
municipales que proferían unas amenazas jamás cumplidas a quien pisara los
jardines. Nuestro objetivo era descubrir pistas para demostrar nuestra
impecable teoría sobre una misteriosa partida de cartas que se había jugado en
la planta superior de La Peña en un tiempo para nosotros legendario, mucho
antes de nuestro nacimiento. Se comentaba que un hombre había perdido todo, su
dinero, sus olivos, su casa, todo, en una emocionante partida con alguien que,
viejo, todavía frecuentaba la enorme casa. Y que, en la desesperación de la
ruina, se jugó algo que los testigos nunca lograron saber, algo que sólo sabían
los dos jugadores y que, como garantía, quedó escrito en un papel que custodiaba
desde entonces el notario. El perdedor volvió a perder y, serio y digno en su
absoluta y enigmática derrota, dijo un Hasta
nunca, señores y nadie lo vio nunca más. Yo le había oído la historia a mi
padre, y mi amigo al suyo, y, a la hora de redactar una lista de casos para
resolver, ambos estuvimos de acuerdo en que el primero, por importancia y por
pura cronología, había de ser ese. Nos costó esfuerzo dar con la solución, que una
tarde de verano se nos reveló mientras, sentados en un banco con una bolsa de
pipas compartida, contemplábamos La Peña. Lo que el perdedor había perdido en
la última jugada había sido su vida. Después de dejarlo en la ruina, el
ganador, que odiaba a su adversario, todavía podía satisfacer un último deseo.
Odiar quiere decir desear la inexistencia del otro. Los dos lo sabían, y, sin
palabras, se entendieron. Uno de ellos lo escribió en un papel y se lo dio al
notario, que jamás lo leyó. El perdedor huyó del pueblo para, fiel a su
promesa, suicidarse lejos de allí sin dejar rastro ni acusación.
Desde donde yo estaba
escondido, podía ver al ganador sentado en una butaca en la puerta de La Peña,
junto a toda una fila de hombres que miraban hacia la plaza. Tendría unos
sesenta años, con un bigote poblado bajo una ancha nariz y unos ojos claros. Entre
la casa y la plaza pasaba un trozo del Paseo y gente caminando lentamente,
recreándose en el andar, fumando o comiendo pipas, que ora subían la calle, ora
la bajaban, Sísifos felices. Cinco butacas a la derecha del ganador, estaba
sentado el notario, un hombre gordo y de aspecto bonachón. Nuestra intención
era descubrir un gesto, una mirada cómplice entre ambos hombres, incluso una
conversación, que demostrara la verdad que nosotros, por pura lógica
detectivesca, habíamos descubierto. Pero ni esa tarde ni ninguna, ni con esa
estrategia ni con otras, logramos nuestro propósito.
Continúa leyendo en:
La partida
Internet da la posibilidad de sacar del cajón viejos escritos de los que uno quedó satisfecho pero que no obtuvieron el nihil obstat de la imprenta. Tras un reencuentro con ellos, algunos pasan la criba del hoy, como esta novelita en la que los que vivan en un pueblo reconocerán matices y referencias. Gratuita en versión digital:
http://www.bubok.es/libros/235343/La-partida
Nota para naveros: la foto de portada es de La Peña, un personaje más, en su versión literaria, de este libro.
viernes, 15 de agosto de 2014
Presentación de una novela en Cabra
En mayo de 2010, tuve el honor de presentar la excelente novela de Jesús Arroyo en Cabra. Pego en este blog mis palabras de entonces. Cualquier buen lector sabe que hoy hay muy buena literatura fuera del mercado y muy mala en su centro. No creo que el fenómeno sea nuevo, libros de éxito hace un siglo son desconocidos hoy y obras hoy canónicas fueron apenas leídas en su tiempo, pero el predominio del mercado en nuestras vidas sí es nuevo, y eso hace que el contraste entre lo bueno oculto y lo malo en el escaparate parezca mayor. Hay cierta confusión en todo este asunto, que es un apartado del asunto general del gusto. Sostengo que puede gustar mucho lo que no es valioso y no gustar lo que lo es. Sostengo que hay una educación del gusto. Y que las voces valiosas deben intentar llegar a la gente, pero que a veces la tarea es tan exasperante que apenas les queda tiempo para lo que verdaderamente importa: cultivar esa propia voz.
Presentación de la novela A QUIENES LA NOCHE NO CALMA
AUTOR: Jesús Manuel Arroyo Tomé
PRESENTA: Juan Fernando Valenzuela Magaña
LUGAR: Teatro El Jardinito
FECHA: domingo 9 de mayo de 2010, a las 20.00 horas
SOBRE A QUIENES LA NOCHE NO CALMA
INTRODUCCIÓN
A la mayoría de los lectores nos ocurre
una cosa. Nunca hemos conocido personalmente a los escritores que nos deleitan.
Eso nos ocurre a todos con los que están muertos. Debido a que he escuchado los
absurdos más rocambolescos, no descarto que alguien me diga que una vez cenó
con don Miguel de Cervantes o que solía salir de copas con Goethe y se
entendían en alemán. Lo que sí descarto es que llegue a creérmelo. Pero con los
vivos, yo creo, nos pasa a la mayoría. Si hago memoria, y creo ser
representativo en este aspecto, mi conocimiento en vivo del mundo literario se
reduce a: vi una vez a Carmen Martín Gaite en el Café Gijón (yo iba por el
Paseo de Recoletos, la vi por la ventana), una vez Javier Marías me firmó un
libro en la Feria del Libro de Madrid (era de la biblioteca del instituto y
allí quedó, por supuesto), en un musical estuve sentado detrás de la cabeza de
Saramago, y el otro día abordé en Lucena a Fernando Savater y cambié unas
palabras con él. El resto, un ramillete de conferencias: Francisco Nieva y
Gloria Fuertes, Jesús Ferrero, incluso otro Premio Nobel de Literatura bastante
desconocido, Derek Walcott. En cuarenta años poca cosa, como ven.
Digo
esto porque inevitablemente uno idealiza de algún modo la persona que escribe
lo que tanto nos gusta a fuerza de no verla o de ver sólo la imagen literaria
que proyecta, y que no deja de ser una prolongación de su propia escritura. Con
los años tendemos a abrir un abismo insalvable entre su mundo y el nuestro, que
es una trasposición errónea del abismo que hay entre el mundo creado de la
literatura y el cotidiano de nuestra vida, incluidas las vidas de los
escritores, que sabemos las hay de todo jaez. El peligro, y es lo que quiero
subrayar, de todo esto, es que nos vuelve ciegos para una posibilidad de
nuestras vidas: que conozcamos personalmente y desde hace tiempo a alguien que
de pronto escribe algo de la talla de la literatura que leemos, y aclaremos
que, si bien procuramos leer mucho, leemos muy selectivamente. Parece que
estamos ante una contradicción: no puede ser que un amigo nuestro, al que
conocemos despotricando sin ahorrar aspaviento alguno contra la administración
o comentando con pesadumbre la marcha de la Real Sociedad, de pronto sea un
escritor como los que leemos.
Dado que gran parte de los que estáis
aquí conocéis, como yo, personalmente a Jesús, es mi objetivo en esta
intervención deshacer ese espontáneo prejuicio.
REALIDAD
Y FICCIÓN
Adentrarse en el asunto de la realidad
y la ficción es adentrarse en un laberinto que no pretendo recorrer ahora. Pero
algo hay que decir si de lo que hablamos es de una novela, que a primera vista
es un espacio de ficción. Unamuno, tan provocador siempre, sostenía que don
Quijote tenía más existencia que Cervantes. La existencia o el ser se dicen de
muchas maneras, decía Aristóteles, y ser
ficción no es ser menos que ser real. Ahora bien, para que algo exista
ficticiamente tiene que haber alguien que levante, no tanto que invente, ese mundo.
Y digo mundo no porque esté aislado, de la realidad o de otros mundos
ficticios, sino en el mismo sentido en que hablamos del mundo del tenis o
decimos de alguien que vive en su mundo. Por supuesto que el cosmos que se
contiene en estas páginas no es una isla, y por eso ilumina zonas de la llamada
realidad como, y esto es rabiosa actualidad, la Transición o la guerra civil.
Pero para que como universo no se derrumbe, precisa de una arquitectura que
procede de dentro, y no de fuera, de la propia historia, y no de quien la
escribe.
EL
PRÓLOGO
El arquitecto ha puesto en el comienzo,
como pórtico, un prólogo magistral. Lo curioso del caso para mí es que este primer
paso lo es de una trayectoria literaria pública. Sólo un acendrado sentido
del pudor y de la autoexigencia puede explicar que las primeras páginas de
Jesús a las que el lector tenga acceso sean estas, que en modo alguno lo son de
un principiante. No soy ni estoy aquí como crítico literario, sino como lector
impenitente, y cualquiera que lo sea notará nada más empezar un dominio técnico
asombroso y, lo que es más difícil, esa capacidad a la que me refería para
construir un mundo en el que el lector habitará mientras dure su lectura. Eso
es raro, porque uno lee primeros textos de autores luego consagrados y descubre
en ellos, como no podía ser menos, ingenuidades y tropiezos, desfallecimientos
y traspiés. Pero no vivimos ya en un tiempo en el que el escritor haya de
aparecer desde el comienzo mismo de su vocación luchando por crearse una voz,
haya de curtirse a los ojos de los lectores. Este fenómeno merecería un
análisis, cuyo lugar no es este, pero sin duda es de agradecer, en un mercado
saturado como el de las historias escritas, que alguien haya sometido todo
conato de vanidad hasta estar seguro de que el resultado tenía la altura
suficiente para sostener dignamente la mirada del más exigente lector.
El prólogo del que les hablo es para mí
la quintaesencia de todo el libro y a la vez como su germen. Por
eso es un acierto que ocupe ese lugar inicial. Pues ¿qué lugar va a ocupar un
prólogo? ¿Acaso se quiere que se ponga
en medio del libro? Pues sí, eso es justamente lo que hubiera hecho un escritor
ingenuo. Porque lo que se nos cuenta en ese prólogo no es lo primero que cronológicamente
ocurre en la historia relatada. Y eso ya nos da una idea de que la
linealidad del tiempo va a ser subvertida. Y no por alarde técnico, por
exhibir bíceps de maestría literaria, sino porque es la forma en que el tiempo
va a ser sentido en la novela: "Sí, y además da la impresión de que
no todo hubiese sucedido con la
esperable continuidad del tiempo, como si las pausas, lagunas y dispersión de
sus partes que vamos encontrando sólo reprodujeran fielmente la trabajosa
sinuosidad con que fue ocurriendo todo." , leemos en la novela.
El presente, que es el principio de la
Transición, en el que Alberto investiga las amenazas de un senador de Guadaluz,
no puede entenderse sin un largo pasado que comienza en la Revolución de 1868 y
que atraviesa la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, y ese
pasado va a ir surgiendo de las voces de los personajes y de la propia voz del
narrador, que no llega nunca a saber más que ellos, que se pliega a su incierto
conocimiento. Conviene subrayar estos dos aspectos, el que podríamos llamar la
densidad del presente, porque el presente se nos presenta inteligible sólo
con la carga de pasado que lleva a sus espaldas, y el narrador que
podríamos llamar equisciente, porque sabe lo mismo que los personajes
que aparecen, tomando como un personaje más al propio pueblo, al conjunto de
vecinos que hablan y fabulan. Ambos constituyen elementos del prólogo que se
proyectan sobre todo el libro.
Como también lo hace otro: la oposición
simétrica entre dos hombres, cuyo pasado y cuyo futuro luego vamos a ver, y
que es el nervio de la novela. Podría verse, aunque no sólo, como una versión
del tema del doble, que desde Dostoievsky hasta Philip Roth no para de dar que
pensar en la literatura. Dos hombres que, por voluntad de uno de ellos, se
parecen, una vida obsesionada con ocupar el hueco que la otra deja
voluntariamente vacante, dos cosmovisiones que doblemente niegan la teoría
marxista, porque la de quien debería querer subvertir el orden establecido
quiere mantenerlo y la de quien debería querer mantenerlo quiere cambiarlo. Dos
personajes que no dejan de depararnos sorpresas hasta el final de la novela.
Creo que quien no haya leído este
prólogo debe enfrentarse a él con la mirada más virgen posible, y por eso estoy teniendo cuidado de no
desvirgarla. Fiel a ese propósito, no destacaré sino dos características más,
que también lo serán de toda la novela, y que son dos de sus logros para mí más
difíciles de conseguir (y aquí hablo, más que como lector, como escritor).
En primer lugar, la capacidad de
narrar una situación en la que, a no ser que nos engañe con la edad como
ciertas artistas, Jesús no pudo participar. Cuando uno relata una
experiencia o un conjunto de ellas puede acudir a lo que a uno le ha pasado,
puede recoger el testimonio de alguien que las protagonizó o puede imaginar. Lo
primero, ya digo, era imposible en este caso. Así que tanto si optó por lo
segundo (el testimonio de alguien) como si lo hizo por lo tercero (la
imaginación), o si mezcló ambas posibilidades, Jesús tenía muchas de que lo que
le saliera fuera artificioso. Sólo con un pulso talentoso y de largo
aprendizaje puede salirse airoso del reto. Y si uno lee las líneas donde se
describen las sensaciones que tiene el soldado que lucha en la Unión Soviética,
esperaría ver al final de ellas la firma de un veterano de la Segunda Guerra
Mundial.
La segunda característica es todavía
más meritoria, aunque me temo que más mérito tendría yo si me hiciera entender,
porque se trata de algo tan complejo como sutil. Podríamos denominarlo la
creación de un nuevo orden de cosas. La ficción no se contrapone a la
realidad como lo interesante a lo aburrido, o lo maravilloso a lo rutinario,
porque el poder de sorprendernos y el misterio pertenecen a la realidad, y no hace
falta escuchar a Íker Jiménez para darse cuenta de ello (de hecho, tengo la
sospecha de que el interés por psicofonías, conspiraciones o escandalosos
secretos supone la incapacidad de asombrarse de lo más asombroso, que es
siempre lo obvio: para empezar, el misterio de que uno esté vivo, la propia
existencia). No, la ficción no es un refugio contra la aburrida rutina. Lo que
sí logra la ficción es crear nuevas reglas, que pueden o no tener aplicación en
la realidad. Voy a referirme a una de esas nuevas reglas. En el prólogo hay una
yuxtaposición de dos escenas, una que se hallaría en la memoria del personaje
que combate contra el fascismo alemán y otra que la está viviendo dicho
personaje. Sin embargo, este punto de partida, que al principio no contradice
nuestra realidad cotidiana, va cambiando su significado hasta que ambas escenas
están teniendo lugar en el mismo momento.
Esto no es una manera de decir, es una manera de ser. Esa violación del
tiempo, efectuada con difícil naturalidad, no está reñida con la realidad,
aunque sí con la realidad cotidiana, pero, independientemente de eso, lograr convencer
de ese fenómeno, es un logro al alcance de muy pocas plumas.
A LA
ALTURA DE LOS TIEMPOS
Ese prólogo abre, pues, la fiesta
literaria que es esta novela. Tras pasar su puerta nos encontramos con
Alberto que, como el lector, queda atrapado por la historia de estos personajes
y quiere saber más de ellos, porque saber de ellos es, de algún modo, saber
de sí mismo.
Alberto va, así, descubriendo la
historia de las dos familias con las que están emparentados esos dos hombres
del prólogo, desde ese origen en 1868 al que hacíamos referencia y que va
adquiriendo rasgos propios de la leyenda. En ese momento inicial eran también
dos los hombres que fundan un laboratorio farmacéutico. Del mismo modo que al
leer el origen de Bruno, uno no puede evitar evocar el García Márquez de Cien
años de soledad. El hijo de uno de esos dos fundadores es cabeza de una
familia que fascina a Guadaluz, que habita la casa en la que estamos y a la que
pertenece uno de los dos hombres del prólogo. El otro, de pasado indescifrable,
se casará con la nieta del segundo fundador.
El afán por saber de Alberto se
contagia al lector. Y no sólo eso. También es contagiosa la implicación que
supone toda escucha auténtica. Alberto va sabiendo de sí conforme va sabiendo
de la historia de las dos familias, y del mismo modo se van removiendo los
recuerdos y las experiencias del lector.
Con ser esto de gran importancia en la
valoración de una obra literaria, me parece más importante todavía un aspecto
que comparte también Alberto y el lector: la falta de verdades absolutas
sobre el pasado. Aquí tengo que pararme un poco.
Toda la historia de la novela, desde el
Quijote, está sustentada en la idea relativista de la verosimilitud y no
en la absolutista de la verdad. Esto no significa un relativismo en el sentido
técnico del término, pues no se trata de que todo punto de vista sea igual de
valioso. Conviene desbrozar un poco la maleza que los tópicos han ido generando
sobre el asunto. Decir, con Ortega, que toda perspectiva es valiosa, que lo que
se ve desde una no puede verse desde otra, y que todas son insustituibles, no
es decir que todas las opiniones poseen el mismo valor. Y es que Ortega deja
muy claro que la perspectiva ha de ser fiel a sí misma, es decir, entre otras
cosas, tener en cuenta el momento histórico en que tiene lugar. El hombre ha de
asumir su perspectiva. Y es justo eso lo que no ocurre, lo que hace de muchas
perspectivas perspectivas falsas, desde las que no se ve lo real sino su
deformación. Pero, dicho esto, en efecto, cualquier perspectiva auténtica,
sincera, ve una parte de la realidad y ha de saberse limitada. Esa tesis, que
Ortega desarrolla teóricamente en su filosofía, nos la muestra desde Cervantes
la historia de la novela. La ambigüedad, la complejidad de lo real, es el hilo
conductor de ese género tan ambiguo a su vez llamado novela, y que está tan
vinculado a la idea de Europa. Pues bien, yo creo ver ese aspecto en el modo en
que el pasado aparece en la novela de Jesús. "El problema", dice
Alberto, "es que parece como si el pasado se fuese volviendo más y más
profundo a medida que nos adentramos en él, como si se ahondase y se volviese
más oscuro cuanto más lo miramos".
Unido a este carácter de complejidad,
de ambigüedad, de matiz, que la novela como género lleva inscrito, está el de
la continuidad: toda obra lleva dentro de sí la experiencia anterior de
la novela. Esto puede parecer conservador, en la medida en que es una reivindicación
de la tradición, pero en esta cuestión quien más avanza es quien más conserva.
Ese espíritu de continuidad, de asunción del pasado de la novela, aparece
claramente, para desgracia de Jesús, en esta.
Porque me temo que tanto este rasgo, la
vinculación a un pasado que se asume, como el anterior, la complejidad de la
mirada, va contra los tiempos, que estar
a la altura de los tiempos en novela es estar contra el espíritu de nuestro
tiempo. Los dos rasgos mencionados contrastan dolorosamente con estas dos
señas de identidad de nuestro mundo: la simplicidad y la actualidad. El hoy
parece agarrarse a pretendidas verdades romas y sin matices y vivir no en un
presente, sino en una actualidad sin densidad alguna.
Por eso a la hora de escribir una novela
se ha de elegir entre escribirla dentro o fuera de la historia de la novela.
Si se hace lo primero, pretenderá ser una obra, con voluntad de perdurar y de
ser un puente entre el pasado y el futuro. Si se opta por lo segundo, se hará
algo tan actual como falto de futuro.
Sólo quien está dentro de la historia
puede dar un paso adelante, puede decir algo nuevo. Sólo quien ha asumido las
voces del pasado puede encontrar su voz, esa voz que es una perspectiva, única
e insustituible.
Estoy de acuerdo con la idea de Milan
Kundera de que la única razón de ser de la novela es decir lo que sólo la
novela puede decir. Me interesa destacar este punto porque nos va a servir
de puente entre lo que acabamos de ver, los dos elementos esenciales de toda
novela, y la novedad de esta novela. Hoy
día hay mucha novela que podríamos llamar divulgativa, es decir, que comunica
un conocimiento que no es novelesco en un formato novelesco. Si algo
caracteriza esta novela de Jesús es que lo que en ella hay dicho no puede
decirse de otro modo. El que la historia ocupe un lugar importante en ella no
quiere decir que sea una lección de historia. Incluso si se diera en dosis
mayores, seguiríamos estando en una auténtica novela. No hay que confundir el
que una novela explore la dimensión histórica del hombre con el que una novela
ilustre una situación histórica determinada. En el primer caso lo que se hace
sólo puede hacerlo la novela. En el segundo, ese conocimiento podría
transmitirse de cualquier otro modo.
El conocimiento que a lo largo de la
lectura de A quienes la noche no calma vamos a ir adquiriendo sólo
puede ser dicho en forma novelesca. Encontrar eso hoy es menos frecuente de lo
que pudiera suponerse. Y ese conocimiento, como se verá al leerla, está en
consonancia con la manera de sentir, la sensibilidad, que late por
debajo de la superficialidad de nuestro tiempo. La forma de abordar el material
levanta en nosotros resonancias que sentimos como nuevas en la historia, de las
que diríamos que nos ha tocado vivir a nuestra generación, que pertenece a
nuestro punto de vista sobre el mundo, a la porción de realidad que nos es dado
ver desde donde, en el siglo XXI, nos hallamos. Un ejemplo lo tenemos en ese
tratamiento del tiempo que hemos mencionado al hablar del prólogo, esa subversión
de la concepción lineal del tiempo. Otro lo tenemos en la creación de sentido
inherente a las palabras. Cuando vemos a Alberto dudar de su condición de
testimonio objetivo de la historia y creer que ésta se va haciendo con las
palabras de él, nosotros también sentimos que intervenimos en los
acontecimientos, porque nuestra interpretación, nuestra forma de
contarlos y contárnoslos, es una ordenación de ellos, y la narración nos deja a
nosotros, como deja a Alberto, esa libertad de ordenar. Una libertad que es a
un tiempo condena y don.
CONCLUSIÓN
Debutar con una novela así, en fin, no
es sólo sorprender a sus amigos; es también, salvado el prejuicio de que nadie
conocido puede escribir de este modo, procurarnos la alegría que sentimos al
descubrir un nuevo autor del que sabemos que, a partir de ahora, esperaremos
ansiosos el siguiente libro.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
domingo, 10 de agosto de 2014
Rosa cortada
Cuento publicado en la revista de literatura Angélica, número 8, Lucena 1997-1998. Hoy lo escribiría de otro modo...
ROSA
CORTADA
En ese momento la cabeza de la
chica que estaba sentada a mi lado cayó sobre mi hombro como rosa cortada. El
autobús tragaba carretera y en la penumbra de su interior dormitaba la mayoría
de la gente, yo también lo hubiera hecho instantes después si la cabeza de la
chica no se hubiera tronchado sobre mi hombro. Yo no la conocía, me había
sentado a disgusto a su lado, a disgusto no por ella, que, aunque con los ojos
cerrados, o tal vez por ello, poseía una elegante belleza, sino por tener que
ocupar yo el asiento de pasillo (pero ya sólo quedaban asientos de pasillo).
Soy muy tímido, y sabía que aunque despertara no le propondría un cambio de
sitio, y por supuesto ni siquiera pensé (lo pienso ahora que ya sé) en
despertarla para hacerlo. Aunque la situación era incoherente, porque ella
dormía igual en un asiento que en otro, mientras que yo, despierto, necesitaba
la ventanilla para recordar el fin de semana mirando el cielo nocturno y
reconociendo constelaciones. A eso pensaba dedicar mi viaje en penumbra, tal
vez también a dormir si me entraba el sueño como a ella y como a la mayoría de
los ocupantes del autobús.
Fue segundos después de
acomodarme, y unos minutos antes de que la cabeza de la chica, truncada, cayera
sobre mi hombro izquierdo, cuando noté su primera mirada. Me refiero a la de
los ojos del conductor, que se fijaban en mí desde el espejo retrovisor. Fue
una mirada extraña, parecía querer decirme algo, advertirme de algo. La repitió
dos veces antes de la caída de la cabeza como cercenada rosa sobre mi hombro. A
partir de entonces su frecuencia aumentó. No pasaban dos minutos sin que echara
una o más miradas, a veces fugaces, pero todas compuestas de inquisición y
aviso.
Tal vez la timidez a la que he aludido
antes explique el hecho de que a mi edad, treinta años, nunca he conocido
mujer. No sólo es que no he tenido nunca novia, ni siquiera un ligue breve o
efímero, es que ni siquiera he tenido una amiga. La mujer es para mí un
territorio tan desconocido como peligroso (por lo mismo, irresistiblemente
atractivo). Me dan miedo las mujeres, tienen otra lógica, otra cosmovisión,
otro lenguaje. Y nunca he podido traducir bien sus palabras, entender sus creencias,
comprender sus razonamientos. Por eso cuando la cabeza de esa chica, de fina
belleza (aunque cuando alguien duerme parece más hermoso, también más
desprotegido) se derrumbó sobre mi hombro, no supe qué hacer. Primero pensé en
moverlo suavemente, tal vez en una fingida y prolongada tos, de manera que su
cabeza se zarandeara y ella despertara en una confusión que le permitiera dudar
de la almohada utilizada, con lo que se reduciría la violencia de la situación.
Pero hubo algo que detuvo la traducción de mi pensamiento a intención (y, por
tanto, de ésta a acción) y cualquier otra idea orientada a alejar la cabeza de
mi hombro. Y fue el perfume que subía de sus cabellos. Era una colonia cara,
sin duda, y su olor combinaba la delicadeza con un cierto desenfado, como esos
ricos de toda la vida que pueden ser exquisitos sin permanecer estirados y
distantes. Me excitó, he de confesarlo, era como si su alma subiera envuelta en
ese aroma y entregándose a mis narices. Entonces descubrí otro matiz en la
colonia antes no percibido: desvalimiento, anhelo de protección. Algo delicado,
elegante, desenfadado, abierto y vulnerable, tremendamente vulnerable. Me sentí
por un momento una persona normal, con una novia o una amiga que se duerme a mi
lado en el autobús y reclina sobre mi hombro su sueño. Normalmente yo me siento
más indefenso que cualquier mujer (¿será por eso por lo que mi relación con
ellas es tan... inexistente?), pero en este caso me envalentoné, tal vez de un
modo algo ficticio.
Fue ese arrojo momentáneo y un poco
forzado lo que me llevó a dejar de prestar atención a las miradas extrañas del
conductor y desplazar cuidadosa y lentamente la pierna izquierda en busca de la
derecha de mi protegida. Pronto rocé su pantorrilla y su muslo y sentí un fuego
subiendo por mi interior. No era la primera vez, de hecho este tipo de cosas, y
lo confieso con vergüenza, constituyen mi única vivencia de la sexualidad. El
contacto en un autobús, sobre todo urbano, donde la gente va enlatada y de pie,
o en la cola de un cine, los gemidos de
placer de mis vecinos robados con un vaso en la pared, el cuerpo en camisón
rojo de la estudiante del piso de abajo, por la ventana del patio interior, son
mi erótico mundo de voyeur, de écouteur o de toucheur. Todo lo que me
excita es robado, arrancado a las mujeres sin su permiso ni su consciencia.
Mi deseo pedía más riesgo y moví el
brazo hasta tocar el cuerpo de ella. No
tardé mucho en darme cuenta de que lo que rozaba era su costado y su pecho
derecho, y no, como creía en un principio,
su brazo, que colgaba como muerto hasta terminar en una mano enterrada
al fondo del asiento. Una llamarada me ardió el rostro y mis ojos se
encontraron sin querer con los del conductor, que ahora añadían un tono de
reprobación a su pregunta y su aviso. Pegué mi cuerpo al de ella un poco más y
con cuidado, temiendo que se despertara en ese momento y se diera cuenta de lo
que pasaba (aunque siempre es difícil saberlo o, si se sabe, demostrarlo, teme
uno más quedar como un loco que inventa, o como un ególatra que interpreta que
todo gira en torno a él), y acerqué mi nariz a sus cabellos para envolverme en
su erótico perfume. Hoy me parece aberrante, pero bajo mis pantalones se
produjo sin avisar un disparo líquido y yo temí que mi estremecimiento la
despertara. No lo hizo, pero el grado de censura de la mirada del conductor
aumentó y yo, con la vergüenza de los minutos posteriores (siempre es así, me
siento culpable) me retiré un poco de ella aunque dejé mi hombro protector. Tal
vez el conductor pensara que era mi novia, aunque podía haberse dado cuenta de
que yo le pregunté antes de sentarme si estaba ocupado (ella no respondió, ya
estaba dormida). De todos modos, aprovecharse de una durmiente, novia o no,
debe de estar mal.
Pero por mucha vergüenza que entonces
sintiera, no fue nada comparada con la que vino a continuación, cuando el
conductor gritó en voz alta despertando a todo el autobús:
—A ver, caballero, usted, el del hombro...
Sí, usted (yo me hundía el índice en el pecho). ¿Esa chica es su acompañante?
—No —dije, y la voz me temblaba—, no la
conozco, de pronto su cabeza se ha echado en mi hombro...
Y la miré y me sorprendió que con nuestra
conversación ni se hubiera inmutado.
—Es que ha subido borracha, muy borracha. La
he observado: se ha sentado ahí y se ha dormido. Cuando usted se sentó, volcó
la cabeza y no la ha movido desde entonces.
—No sé qué quiere usted decir... —respondí después de un silencio, pero
sí lo sabía, y por eso, sin que el conductor pudiera verlo, yo tomaba el pulso
a la muñeca de la protegida de mi hombro y comprobaba con angustia que de nada
había servido mi protección.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
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