Acaba de salir en Edinexus el libro ¿Y Lupión?, la tercera serie de cuentos de Lupión.
http://edinexus.com/y-lupion/
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
miércoles, 13 de mayo de 2015
martes, 5 de mayo de 2015
"Una visión del género policiaco" en Cuadernos Hispanoamericanos
"Una visión del género policiaco", artículo en Cuadernos Hispanoamericanos. Puede leerse aquí (página 30, pero en la numeración de abajo a la derecha 33/156):
http://issuu.com/publicacionesaecid/docs/ch_778_abril_2015/1
http://issuu.com/publicacionesaecid/docs/ch_778_abril_2015/1
lunes, 30 de marzo de 2015
MARCHÉ AUX PUCES
MARCHÉ AUX PUCES
Comencé a sentirme raro, como si
algo borrara parcialmente mi cuerpo. Caminaba por la estrechez de las
callejuelas mirando a derecha e izquierda, con la sensación de habitar un sueño
ajeno. Las tiendas se hundían tragándose las cosas más inverosímiles, oxidados
relojes parados en una hora de los años cuarenta, mesas dieciochescas que el
tiempo había noblemente encarecido. Vi canicas que hace un siglo sobaron
ilusionadas unas manos infantiles que el tiempo fue cuajando, cuarteando y finalmente
borrando. Tampoco pueden ya encontrarse las manos femeninas, de dedos largos y
pintadas uñas, que debieron de llenar el par de guantes de tela ajada expuesto
sobre un podrido taburete. Esos guantes acariciarían el rostro de un hombre joven
y las yemas de esos dedos lo harían sentir el escalofrío del amor y del deseo,
el calambre del tiempo. Vi un humilde sillón roto por todas partes, que parecía
haber sido modelado por el cuerpo que noche tras noche, año tras año, se hundía
en él después del trabajo, recibiendo los juegos de sus hijos a veces con gesto
de fastidio, a veces feliz, cansado siempre. Vi cartas que deseaban un buen
aniversario, un feliz 1905, una rápida curación, o que contaban las pequeñas
cosas de la vida, los estudios del hijo, las vacaciones en el mar, el lugar de
una cita secreta. Cosas que durante un instante colmaron las vidas de la gente,
cosas que luego el polvo de la amnesia fue cubriendo hasta enterrarlas.
Y, sin embargo, aisladas, deshechas,
ridículas, pero rebeldes, las canicas, los guantes, el sillón y las cartas se
sublevaban contra el tiempo y su olvido, y su indócil grito ahogado, su onírica
insumisión, desenterraba instantes de entre los años. Como si me dijeran: No es
lo mismo haber vivido que no existir nunca. Como si lo que una vez fue vivo
viviera de algún modo para siempre. Como si la eternidad fuera haber vivido un
día.
Juan Fernando Valenzuela Magaña, París y Lucena, 2006
(Foto procedente de http://www.marjorierwilliams.com/)
lunes, 23 de marzo de 2015
Reseña de Los amigos, de Kazumi Yumoto, en Nocturna Ediciones
Los amigos, de Kazumi Yumoto.
Traducción de
José Pazó Espinosa
Nocturna
Ediciones
Los griegos concibieron a los hombres
como mortales frente a una naturaleza cíclica y unos dioses que se
caracterizaban por su inmortalidad (que no es lo mismo que la eternidad: la
eternidad es trascendencia, está más allá del tiempo, mientras que la
inmortalidad es un tiempo que no se acaba). La vida del hombre, para ellos, era
una recta en un universo que se repite cíclicamente para siempre. Una recta
única, individual, entre el nacimiento y la muerte. La tarea humana consistiría,
pues, en crear algo que sea más o menos imperecedero, en dejar huellas
imborrables que acercan al hombre a la inmortal divinidad. La muerte como
acicate para una vida más plena.
Como las culturas, cada individuo tiene
su propia revelación de la muerte y su reacción a ella. Es lo que les ocurre en
esta novela a tres amigos de doce años. Fascinados por el hecho de la muerte,
se ponen a pensar. También Savater comenzó
a pensar, nos cuenta en un libro suyo, a raíz de la revelación, a los diez años
más o menos, de que algún día iba a morir. Los tres amigos comienzan a espiar a
un viejo que piensan morirá pronto. A través de la voz de uno de esos amigos
asistimos a la relación que llegan a establecer con el anciano, en la que van
abriéndose al mundo mientras se enfrentan a sus miedos que, tal y como dice uno
de los personajes, tienen su origen en lo que carece de forma, de nombre. Esa
relación, entre alguien que está al final de su vida y los amigos que la
comienzan, vertebrará la historia, escrita en una prosa límpida y dinámica, que
nos ofrece en una cuidada y gustosa edición Nocturna Ediciones.
“Un hombre libre en nada piensa menos
que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la
vida”, dice Spinoza en su Ética. Si
reparamos en que la mortalidad griega predisponía, como hemos dicho, a la
acción en la vida y, por otro lado, en el vitalismo que caracteriza a Savater,
concluiremos que esas famosas palabras de Spinoza quizá indiquen que la
libertad y la propia meditación de la vida suponen el pensamiento, espoleado
por la revelación del hecho de la muerte, una revelación que, por esas
complejidades que tiene la existencia humana, permite una vida más plena.
La novela, por ello, se abre con la
misma facilidad a un lector adolescente y a uno adulto. El primero reconocerá su
mundo en las ideas y peripecias de los tres amigos, y el segundo comprenderá
que la muerte remite al nacimiento, y que este, que consiste en la capacidad de
iniciar algo completamente nuevo, es tan decisivo en el hombre como aquella.
Porque a esta novela pueden aplicarse
las palabras que el narrador dice de uno de los personajes: “Tiene el don de
expresar de forma muy simple cosas muy importantes”.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
Reseña aparecida en Diario Jaén el día 20 de marzo de 2015
jueves, 18 de diciembre de 2014
La voz de Gregoria (Revista de San Juan, 2005)
LA VOZ DE GREGORIA
Soy una voz. Es mucho, si se tiene
en cuenta que morí hace doscientos cincuenta y cuatro años y un puñado de días,
según debe de constar, para curiosos y eruditos, en el registro del Hospital de
Santiago de Úbeda. Así morí en el mismo lugar que me había acogido como Casa-Cuna
trece años antes, cuando según dicen me dejó allí un cosario que venía de
Quesada.
Sin duda perseveré en el ser, por
parafrasear a Spinoza, con asombroso denuedo, porque mi existencia parecía
destinada a asomarse por alguna puerta trasera al siglo XVIII y abismarse a
continuación en el olvido. La naturaleza y la sociedad no escatimaron dones
para ese destino: año 1738, pueblo de Jaén, sexo femenino, nacimiento ilegítimo,
acogida en la Casa-Cuna de Úbeda de la Cofradía de San José y ceguera. Sin
embargo, venciendo ese destino, que es el modo de encontrar el verdadero,
llegué a cumplir los trece años, edad en la que morí, superando con creces a la
de la muerte de todos mis compañeros de Cuna.
Y además, ya ven, queda mi voz,
acaso como compensación a mis desgracias terrenales o quizá como logro de mi
fuerza de voluntad, de la que el prior de Navas de San Juan, aldea a pocas
leguas de Úbeda, decía sentirse impresionado.
Mientras me quede la voz diré su
nombre: Francisco Pedro Martínez. Fue el instrumento con que me cruzó la
providencia para sacudirme la fatalidad de mi condición y buscarme un destino
nuevo y mío. Su voz sonaba transparente y aterciopelada a un tiempo, lejos del
agudo pero sin entrar de lleno en el grave. Era alto, sus palabras me llegaban
de arriba, aunque se agachara como solía para hablarme, cuando no estábamos
sentados. No sé cómo se me ocurrió hacerle la pregunta que cambió mi vida, pero
sin ella es seguro que yo no sería hoy ni tan siquiera una voz.
¿Es
cierto, le dije, que las mujeres, en
la Resurrección Universal, pasarán a ser hombres, perfeccionándose así?
Caminaba junto al Convento de San Miguel, donde había muerto el recién
canonizado San Juan de la Cruz, con el prior de San Lorenzo, y yo, en vez de
pedirles un maravedí, les espeté la pregunta, pero dirigiéndome a esa voz que
tanto me gustó y que me respondió: Eso
supone que la mujer es imperfecta y que el varón no lo es, y se compadece con
la idea de que la naturaleza en la generación busca siempre el varón, y sólo
por error nacen las mujeres. Pero yo no estoy de acuerdo con estas ideas.
Le contesté que yo tampoco, pero que no sabía si era herejía no estar de
acuerdo.
Aunque tenía diez años, sabía muchas
cosas. Tenía por naturaleza una inteligencia viva y despierta, y, como no podía
jugar, pasaba mucho tiempo pensando en lo que oía en las misas y en las
conversaciones de las plazas.
El prior de Navas me respondió que
más bien era herejía sostener la imperfección femenina, y sobre ser herejía era
una manifiesta falsedad, como demuestran tantos ejemplos, y me puso el de doña
Juliana Morella, de Barcelona, que con doce años defendió Conclusiones públicas
en Filosofía, dedicadas a la reina de España doña Margarita de Austria. Supo,
además de Filosofía, Teología, Música y Jurisprudencia, y hablaba catorce
lenguas.
A
mí me gusta mucho saber cosas, le dijo mi ingenuidad, y él se quedó callado
y, pude notarlo, mirándome pensativo. Tal vez intercambió un interrogativo gesto
con el prior de San Lorenzo. Al cabo de unos segundos, me dijo: Si estás dispuesta a aprender, serás mi
alumna.
Las primeras clases fueron muy
espaciadas, una cada quincena, en una dependencia de la iglesia de San Lorenzo.
Me enseñaba Filosofía, Teología y Latín. Puedo decir que aprendí con él, sobre
todo en la primera de estas disciplinas, más que cualquier universitario de
Salamanca o Baeza, porque, sobre explicarme Aristóteles y Santo Tomás, no dejó
de contarme las novedades de Descartes y las polémicas entre novatores y
tomistas que habían tenido lugar en su juventud. Pero lo que más me gustaban
eran los descansos que hacíamos cada hora. No porque estuviera cansada (tenía
tal sed de saber agrandada por los años y la ceguera que jamás me cansaba),
sino porque en ellos hablaba de lo que más me emocionaba: de mi vida. Como si
estuviera hablando con un amigo suyo, relataba sin afectación y hasta con humor
casos históricos de ciegos y de mujeres que habían destacado en alguno de los
campos del intelecto. Me hablaba de Dídimo de Alejandría, de Eusebio el
asiático, de Nicasio de Mechlin o de Tiresias. Y, ya en nuestro tiempo, de
Saunderson, matemático inglés ciego desde la edad de un año, autor de Elementos de álgebra y, sobre todo, de
unas máquinas que permitían a un ciego hacer cálculos algebraicos y estudiar
geometría. Más tarde el prior conseguiría construirlas y enseñarme la
Matemática. También me contaba que en Francia un oculista llamado Himler había
operado a una ciega de nacimiento, hija del grabador del señor de Réamur y que
había un tal Daviel que había devuelto la vista a más de un ciego. Algún día,
me decía con reservas pero confiado, tal vez podría llegar a ver los colores.
La
ceguera, me provocó una vez en uno de esos descansos, contrarresta tu feminidad, porque, si las mujeres tenéis tendencia a
lo concreto, los ciegos la tenéis a lo abstracto, por carecer del sentido de la
vista, tenaz obstáculo para la operación de la abstracción. Yo le contesté
con el ejemplo que él mismo me puso al conocernos, el de doña Juliana Morella. Muy bien traído ese ejemplo, me contestó. Eso demuestra que esa tendencia a lo
concreto que, en efecto, vemos en las mujeres, no se debe a su naturaleza, sino
a su educación. Como te he enseñado en la Lógica, de la carencia del acto a la
de la potencia no vale la ilación. Así pues, de que las mujeres no sepan de
Filosofía no se infiere que no tengan talento para ella. Y más: entre los
Drusos las mujeres son las que saben leer y escribir, mientras los hombres se
dedican a la agricultura y la guerra. Si aplicáramos allí la misma lógica,
diríamos que los hombres son inútiles para las letras.
Los hechos, más que los
razonamientos, tenían para mí más valor probatorio. Por eso le pedía que me
relatara ejemplos de mujeres que habían destacado en algún ámbito de los que se
creía reservados a los hombres. Me habló así, en cuanto al gobierno político,
de Semíramis, reina de los Asirios; de Artemisa, reina de Caria; de pueblos
donde la corona estaba reservada a las mujeres, como antiguamente en la Isla de
Meroe o modernamente en Borneo. Y en cuanto a la inferioridad del entendimiento
femenino, me abrumó con los nombres de doña Isabel de Joya, que predicó en la
Iglesia de Barcelona y que convirtió a muchos judíos en Roma; Luisa Sigéa, que
supo la lengua latina, la griega, la hebrea, la arábiga y la siriaca; doña
Oliva de Sabuco de Nantes, quien destacó en Física y Medicina; doña Bernarda
Ferreyra, quien dejó escritos poéticos y supo Matemáticas; Sor Juana Inés de la
cruz, gran poeta; Susana de Habert, gran conocedora de la doctrina de los
Santos Padres; Madalena Scuderi, a la que todas las Academias querían tener en
su seno; Maria Madalena Gabriela de Montemart, versada en la antigua y nueva
Filosofía; Lucrecia Helena Cornaro, nombrada Doctora en la Facultad Filosófica
en Italia. Meses después me leyó una defensa de las mujeres publicada por el
monje benedictino Feijoo, autor al que a veces sin querer imitaba en sus
expresiones y de donde tomaba algunas de sus ideas sobre nuestro sexo, que no
eran menos avanzadas que las que Madame de Beaumer y Madame de Maisonneuve
expusieron en su Journal de Dames,
algunos de cuyos números el prior conseguiría introducir en España, ya después de mi muerte.
Poco después me llevó a su aldea,
acogiéndome en su casa. Vivía con una tía suya muy anciana. Fue entonces cuando
construyó las máquinas de Saunderson y me enseñó álgebra y geometría. Él decía
estar asombrado de mis progresos, y eso me impelía a aplicarme con más empeño.
Un día, mientras descansábamos de utilizar una de las máquinas matemáticas, y
como yo me quejara de la injusticia que a las mujeres se les hacía en España
cuando se decía que “la mujer que más sabe, sabe ordenar un arca de ropa
blanca”, me respondió con sorna: No te
quejes, que provocasteis la expulsión del Paraíso. Entonces yo le contesté
con algo que debió de dejarlo boquiabierto: si
porque Eva indujo a Adán a pecar, las mujeres son peores que los hombres,
entonces los Ángeles son peores que las mujeres, porque un Ángel indujo a Eva a
pecar. Además, Eva fue engañada por una criatura de gran inteligencia, mientras
que Adán lo fue por una mujer. Por eso el delito de Eva fue menor, y menor aún
cuanto más tonta consideres a la mujer.
Poco después de este episodio, el
prior tuvo que marcharse durante una temporada. Me contó en secreto que iba a
París, donde tenía grandes y buenos amigos, y que allí compraba libros
prohibidos. No hacía falta, concluyó, insistirme en la necesidad de que esa
confesión que me hacía se mantuviera en el más estricto de los secretos. Ni
siquiera su tía debía saberlo.
Sólo después de muerta he entendido
mi creciente desesperación al paso de los días sin su presencia y mi también
creciente consuelo porque cada hora que pasaba estaba una hora más cerca de su
vuelta. Como tantas cosas dentro de mí, como yo misma, esos sentimientos y
otros afines que se daban con ellos murieron sin llegar a desarrollarse y
madurar. También aprendí muchas ideas que sólo entendí después.
Un día irrumpieron en la casa dos
hombres forasteros. La tía del prior les contestó a sus preguntas por el
sobrino, pero ellos les dijeron que todo eso ya lo sabían. Lo que querían saber
era dónde había ido y dónde estaban sus libros. A lo primero respondió que no
tenía ni idea y a lo segundo señalando una habitación contigua que hacía las
veces de despacho. Los dos hombres revolvieron los volúmenes, pero no debieron
de encontrar lo que andaban buscando. Sin
duda, dijeron al cansarse, los tiene
escondidos. Pero quizá esta sepa algo. Entonces mi brazo notó el grillete
de una mano fuerte, y con brutos modales el hombre que me había cogido me
zarandeó preguntándome: Ya está bien de
tonterías, tú sabes dónde ha ido y dónde están los libros. Yo me hice la
muda o la tonta o las dos cosas, pero ellos estaban bien informados. Vendrás con nosotros.
Me sentaron en una silla en una casa
de la Plaza de Arriba. Oí voces de gente de la aldea, a la que sólo conocía de
oídas. Ellos empezaron a interrogarme. Primero cambiaron de persona y de tono,
y fue el otro hombre quien, con los más exquisitos, corteses y franceses
modales, intentó convencerme de que yo era inocente y niña, de que nada me
pasaría si les contaba lo que querían saber, que era algo importante para la
marcha de la Iglesia y del bien público y, por tanto, algo querido por Dios. Yo
había decidido permanecer completamente callada, pero cuando uno de los hombres
de la aldea comentó riendo y en voz baja, creyendo que yo no lo oía, que no hay
mujer que sepa guardar un secreto, le dije dirigiéndome a él: Lo que dices es otra falsedad más inventada
por los hombres, pues la hija de Pitágoras, Damo, recibió de su padre sus
escritos junto la orden de no publicarlos y, aunque su venta pudo sacarla de la
pobreza, jamás la ejecutó. Y además, añadí, se cuenta de una mujer que, llevada a la tortura por el tirano de
Atenas Hippias tras el asesinato de su hermano Hipparco, conocedora de los
nombres de los cómplices, se cortó con los dientes la lengua. Que sería lo que
yo haría si supiera lo que me preguntan estos hombres y no estuviera segura de
resistir sus malas artes.
Debieron de quedarse impresionados o
convencidos de que decía la verdad, y decidieron perdonarme la lengua. La
ausencia de la cual, empero, hubiera soportado mejor que el castigo que me
infligieron, castigo que, por otra parte, no estaba dispuesta a cumplir: me
prohibieron que volviera a ver al prior. Fui enviada de nuevo a Úbeda, y volví
a vagabundear por las calles. Contaba los días que faltaban para la vuelta de
mi bien y confiaba en que volvería por mí. Entonces contraje la viruela y volví
a entrar en el Hospital de Santiago, esta vez como enferma. En una de esas
camas, un uno de mayo, morí de muerte real, porque en mejor cama pero la misma
enfermedad se llevó, con diecisiete años, a nuestro rey “El bien amado”, en la
década anterior a la de mi nacimiento.
Han pasado los años y las gentes. El
prior sufrió mucho mi pérdida y se sintió culpable por haber ido a París
dejándome a merced de sus enemigos. Murió el prior, murió Voltaire y Diderot,
murieron los aldeanos, murieron los hombres que pretendieron que les contara un
secreto. Sic transit gloria mundi.
Otros tiempos sustituyeron a los que yo viví, y otros a esos. Mi voz se fue
haciendo más vieja y quizá más sabia. Mi voz, lo que soy.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Reseña de la última novela de Kundera
KUNDERA. LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA
Él
último libro de Kundera, aparecido en las librerías españolas en traducción de
Beatriz de Moura en septiembre de este año 2014, se titula La fiesta de la insignificancia. Las novelas de Kundera tienen al
menos cuatro rasgos significativos. Por un lado, sus personajes son propuestas
de existencias, ensayos vitales. Unas breves pero esenciales pinceladas nos los
muestran y los vemos actuar desde unos pocos principios, personales, únicos,
que los constituyen. En segundo lugar, sus novelas exploran un puñado de temas
y motivos, que aparecen y reaparecen. En tercer lugar, su narración incluye
como uno de sus elementos textos de apariencia ensayística, integrados de modo
natural en ella. En cuarto y último, hay elementos metafictivos en los que se
cuenta cómo se cuenta. He dicho antes al
menos, y tras esta enumeración encuentro un quinto, que sólo mencionaré
porque acometerlo alargaría inoportunamente esta reseña. Me refiero a la
composición musical de sus novelas, generalmente divididas en siete partes
(esta lo está) concebidas como movimientos musicales.
Nos
guiaremos, pues, brevemente por estos cuatro rasgos para entrar en La fiesta de la insignificancia, un
libro ligero en apariencia (desde sus pocas páginas hasta su estilo) y también,
aunque en un sentido nada obvio, en el fondo.
Los
personajes son cuatro amigos. Uno de ellos (Alain) está dibujado con las tres
siguientes pinceladas: su preocupación por el ombligo como signo erótico de
nuestro tiempo (las mujeres comenzaron el milenio enseñando el ombligo), su
tendencia a pedir siempre disculpas (en el libro el nombre que reciben esas
personas es “perdonazos”) y su relación con su madre, que nunca quiso que él
naciera y con la que habla imaginariamente. Al segundo, Ramón, le gusta
deslumbrar y ser admirado, pero no envidiado, y desde su jubilación busca la
soledad. Charles es fantasioso y su madre está enferma hasta el punto de que en
un momento de la novela agoniza, y Calibán, su compañero a la hora de servir cócteles
en casas particulares, es un actor en paro. Hay otros personajes además de
estos, el más importante de los cuales es D´Ardelo, un Narciso que, como tal,
observa su propia imagen en los ojos de los otros y busca embellecerla.
Destacaré por su importancia en el tema principal del libro a Quaquelique, un
ser insignificante que, debido precisamente a eso, a esa despreocupación que
suscita en las mujeres, tiene más éxito con ellas que los brillantes D´Ardelo o
Ramón.
¿Cuáles
son los temas que aparecen en esta novela? La indiferencia, ligada al buen
humor, y el ombligo. Hay otros asuntos, como el del ángel, que más bien
funcionarían como motivos, es decir, elementos del tema o de la historia que
reaparecen, a lo largo de la novela, en un contexto diferente. El tema del
ombligo constituye una reflexión sobre el erotismo de nuestro tiempo (el
erotismo es una preocupación constante en la literatura de Kundera). Si vivimos
bajo el signo del ombligo eso quiere decir que el erotismo no es ya la
celebración de lo único, de lo irrepetible (como cuando se está bajo el signo
de las nalgas, diferentes entre sí), sino una llamada a la repetición (todos
los ombligos son iguales). Parémonos en el tema fundamental, el que da título
al libro: la insignificancia. Es considerada la esencia de la existencia; está
en todos sitios y siempre, incluso en los momentos horrorosos (como ejemplifica
en la novela la historia de Stalin y Kalinin). Está vinculada al buen humor
(“Todos andan en busca del buen humor”, se titula la cuarta parte) y este a su
vez a la risa, un asunto destacado en la obra de Kundera.
Decíamos
que el tercer rasgo de las novelas del escritor checo era la inclusión del
género ensayístico dentro de ellas. En La
fiesta de lo insignificante esto ocurre con las meditaciones sobre el
ombligo, o sobre la relación entre Stalin y Kalinin, o sobre lo insignificante.
Esas reflexiones sobre los temas o motivos de la novela proceden en este caso
principal o exclusivamente de los personajes. Pero su sentido no cambiaría si,
como en La insoportable levedad del ser,
fuera el narrador quien interviniera de forma notable en este aspecto. Lo
importante aquí está en darse cuenta de estas dos cosas: las reflexiones forman
parte intrínseca de la novela y una reflexión en una novela no tiene carácter
apodíctico, sino hipotético. Es, en ese sentido de la palabra, un ensayo y no
una declaración; una duda, no una afirmación.
Y
pasamos a la última característica, que las novelas de Kundera comparten con
muchas de los últimos años. El pacto por el que el lector de antes fingía una
credulidad para quedar atrapado por las vidas de los personajes de una obra de
ficción, ha dado paso a una actitud menos ingenua, en la que él y el autor
reconocen explícitamente el carácter ficticio de la obra. Nos encontramos así
con narraciones en los que los personajes admiten su carácter de tales. En el
libro que nos ocupa, ese aspecto se insinúa en las ocasiones en que el narrador
interviene en primera persona. Nos enteramos así de que es el maestro de los
cuatro personajes principales y que él les ha proporcionado el libro de
Jrushchov donde aparece la historia de las perdices de Stalin. Pero se muestra
claramente en la ocasión en que Ramón dice: “nuestro maestro, que nos ha
inventado a todos”. La difusa separación entre el autor y el narrador funciona
aquí también como recurso metafictivo.
Desde
las preocupaciones y técnicas que forman el mundo literario de Kundera, este ha
querido tratar de la insignificancia en este libro y lo ha hecho con
personajes, estilo e historia ligeros (aun cuando en esta última aparezcan
momentos graves), dejándonos con la sensación de que la insignificancia no es
insignificante.
JUAN FERNANDO
VALENZUELA MAGAÑA
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Artículo de David Foster Wallace en Cuadernos Hispanoamericanos
Aquí puede leerse, quizá más cómodamente, el número de noviembre de Cuadernos Hispanoamericanos donde aparece, a partir de la página 79, mi artículo. Además, aquí la revista es en color:
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