miércoles, 13 de mayo de 2015

martes, 5 de mayo de 2015

"Una visión del género policiaco" en Cuadernos Hispanoamericanos

"Una visión del género policiaco", artículo en Cuadernos Hispanoamericanos. Puede leerse aquí (página 30, pero en la numeración de abajo a la derecha 33/156):
http://issuu.com/publicacionesaecid/docs/ch_778_abril_2015/1


lunes, 30 de marzo de 2015

MARCHÉ AUX PUCES

MARCHÉ AUX PUCES
            Comencé a sentirme raro, como si algo borrara parcialmente mi cuerpo. Caminaba por la estrechez de las callejuelas mirando a derecha e izquierda, con la sensación de habitar un sueño ajeno. Las tiendas se hundían tragándose las cosas más inverosímiles, oxidados relojes parados en una hora de los años cuarenta, mesas dieciochescas que el tiempo había noblemente encarecido. Vi canicas que hace un siglo sobaron ilusionadas unas manos infantiles que el tiempo fue cuajando, cuarteando y finalmente borrando. Tampoco pueden ya encontrarse las manos femeninas, de dedos largos y pintadas uñas, que debieron de llenar el par de guantes de tela ajada expuesto sobre un podrido taburete. Esos guantes acariciarían el rostro de un hombre joven y las yemas de esos dedos lo harían sentir el escalofrío del amor y del deseo, el calambre del tiempo. Vi un humilde sillón roto por todas partes, que parecía haber sido modelado por el cuerpo que noche tras noche, año tras año, se hundía en él después del trabajo, recibiendo los juegos de sus hijos a veces con gesto de fastidio, a veces feliz, cansado siempre. Vi cartas que deseaban un buen aniversario, un feliz 1905, una rápida curación, o que contaban las pequeñas cosas de la vida, los estudios del hijo, las vacaciones en el mar, el lugar de una cita secreta. Cosas que durante un instante colmaron las vidas de la gente, cosas que luego el polvo de la amnesia fue cubriendo hasta enterrarlas.
            Y, sin embargo, aisladas, deshechas, ridículas, pero rebeldes, las canicas, los guantes, el sillón y las cartas se sublevaban contra el tiempo y su olvido, y su indócil grito ahogado, su onírica insumisión, desenterraba instantes de entre los años. Como si me dijeran: No es lo mismo haber vivido que no existir nunca. Como si lo que una vez fue vivo viviera de algún modo para siempre. Como si la eternidad fuera haber vivido un día.                                                                                

Juan Fernando Valenzuela Magaña, París y Lucena, 2006
                                                              (Foto procedente de http://www.marjorierwilliams.com/)

lunes, 23 de marzo de 2015

Reseña de Los amigos, de Kazumi Yumoto, en Nocturna Ediciones

Los amigos, de Kazumi Yumoto.
Traducción de José Pazó Espinosa
Nocturna Ediciones
         Los griegos concibieron a los hombres como mortales frente a una naturaleza cíclica y unos dioses que se caracterizaban por su inmortalidad (que no es lo mismo que la eternidad: la eternidad es trascendencia, está más allá del tiempo, mientras que la inmortalidad es un tiempo que no se acaba). La vida del hombre, para ellos, era una recta en un universo que se repite cíclicamente para siempre. Una recta única, individual, entre el nacimiento y la muerte. La tarea humana consistiría, pues, en crear algo que sea más o menos imperecedero, en dejar huellas imborrables que acercan al hombre a la inmortal divinidad. La muerte como acicate para una vida más plena.
         Como las culturas, cada individuo tiene su propia revelación de la muerte y su reacción a ella. Es lo que les ocurre en esta novela a tres amigos de doce años. Fascinados por el hecho de la muerte, se ponen a pensar. También  Savater comenzó a pensar, nos cuenta en un libro suyo, a raíz de la revelación, a los diez años más o menos, de que algún día iba a morir. Los tres amigos comienzan a espiar a un viejo que piensan morirá pronto. A través de la voz de uno de esos amigos asistimos a la relación que llegan a establecer con el anciano, en la que van abriéndose al mundo mientras se enfrentan a sus miedos que, tal y como dice uno de los personajes, tienen su origen en lo que carece de forma, de nombre. Esa relación, entre alguien que está al final de su vida y los amigos que la comienzan, vertebrará la historia, escrita en una prosa límpida y dinámica, que nos ofrece en una cuidada y gustosa edición Nocturna Ediciones.
         “Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”, dice Spinoza en su Ética. Si reparamos en que la mortalidad griega predisponía, como hemos dicho, a la acción en la vida y, por otro lado, en el vitalismo que caracteriza a Savater, concluiremos que esas famosas palabras de Spinoza quizá indiquen que la libertad y la propia meditación de la vida suponen el pensamiento, espoleado por la revelación del hecho de la muerte, una revelación que, por esas complejidades que tiene la existencia humana, permite una vida más plena.
         La novela, por ello, se abre con la misma facilidad a un lector adolescente y a uno adulto. El primero reconocerá su mundo en las ideas y peripecias de los tres amigos, y el segundo comprenderá que la muerte remite al nacimiento, y que este, que consiste en la capacidad de iniciar algo completamente nuevo, es tan decisivo en el hombre como aquella.
         Porque a esta novela pueden aplicarse las palabras que el narrador dice de uno de los personajes: “Tiene el don de expresar de forma muy simple cosas muy importantes”.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Reseña aparecida en Diario Jaén el día 20 de marzo de 2015

jueves, 18 de diciembre de 2014

La voz de Gregoria (Revista de San Juan, 2005)


 LA VOZ DE GREGORIA
                                                                                 


            Soy una voz. Es mucho, si se tiene en cuenta que morí hace doscientos cincuenta y cuatro años y un puñado de días, según debe de constar, para curiosos y eruditos, en el registro del Hospital de Santiago de Úbeda. Así morí en el mismo lugar que me había acogido como Casa-Cuna trece años antes, cuando según dicen me dejó allí un cosario que venía de Quesada.
            Sin duda perseveré en el ser, por parafrasear a Spinoza, con asombroso denuedo, porque mi existencia parecía destinada a asomarse por alguna puerta trasera al siglo XVIII y abismarse a continuación en el olvido. La naturaleza y la sociedad no escatimaron dones para ese destino: año 1738, pueblo de Jaén, sexo femenino, nacimiento ilegítimo, acogida en la Casa-Cuna de Úbeda de la Cofradía de San José y ceguera. Sin embargo, venciendo ese destino, que es el modo de encontrar el verdadero, llegué a cumplir los trece años, edad en la que morí, superando con creces a la de la muerte de todos mis compañeros de Cuna.
            Y además, ya ven, queda mi voz, acaso como compensación a mis desgracias terrenales o quizá como logro de mi fuerza de voluntad, de la que el prior de Navas de San Juan, aldea a pocas leguas de Úbeda, decía sentirse impresionado.
            Mientras me quede la voz diré su nombre: Francisco Pedro Martínez. Fue el instrumento con que me cruzó la providencia para sacudirme la fatalidad de mi condición y buscarme un destino nuevo y mío. Su voz sonaba transparente y aterciopelada a un tiempo, lejos del agudo pero sin entrar de lleno en el grave. Era alto, sus palabras me llegaban de arriba, aunque se agachara como solía para hablarme, cuando no estábamos sentados. No sé cómo se me ocurrió hacerle la pregunta que cambió mi vida, pero sin ella es seguro que yo no sería hoy ni tan siquiera una voz.
            ¿Es cierto, le dije, que las mujeres, en la Resurrección Universal, pasarán a ser hombres, perfeccionándose así? Caminaba junto al Convento de San Miguel, donde había muerto el recién canonizado San Juan de la Cruz, con el prior de San Lorenzo, y yo, en vez de pedirles un maravedí, les espeté la pregunta, pero dirigiéndome a esa voz que tanto me gustó y que me respondió: Eso supone que la mujer es imperfecta y que el varón no lo es, y se compadece con la idea de que la naturaleza en la generación busca siempre el varón, y sólo por error nacen las mujeres. Pero yo no estoy de acuerdo con estas ideas. Le contesté que yo tampoco, pero que no sabía si era herejía no estar de acuerdo.
            Aunque tenía diez años, sabía muchas cosas. Tenía por naturaleza una inteligencia viva y despierta, y, como no podía jugar, pasaba mucho tiempo pensando en lo que oía en las misas y en las conversaciones de las plazas.
            El prior de Navas me respondió que más bien era herejía sostener la imperfección femenina, y sobre ser herejía era una manifiesta falsedad, como demuestran tantos ejemplos, y me puso el de doña Juliana Morella, de Barcelona, que con doce años defendió Conclusiones públicas en Filosofía, dedicadas a la reina de España doña Margarita de Austria. Supo, además de Filosofía, Teología, Música y Jurisprudencia, y hablaba catorce lenguas.
            A mí me gusta mucho saber cosas, le dijo mi ingenuidad, y él se quedó callado y, pude notarlo, mirándome pensativo. Tal vez intercambió un interrogativo gesto con el prior de San Lorenzo. Al cabo de unos segundos, me dijo: Si estás dispuesta a aprender, serás mi alumna.
            Las primeras clases fueron muy espaciadas, una cada quincena, en una dependencia de la iglesia de San Lorenzo. Me enseñaba Filosofía, Teología y Latín. Puedo decir que aprendí con él, sobre todo en la primera de estas disciplinas, más que cualquier universitario de Salamanca o Baeza, porque, sobre explicarme Aristóteles y Santo Tomás, no dejó de contarme las novedades de Descartes y las polémicas entre novatores y tomistas que habían tenido lugar en su juventud. Pero lo que más me gustaban eran los descansos que hacíamos cada hora. No porque estuviera cansada (tenía tal sed de saber agrandada por los años y la ceguera que jamás me cansaba), sino porque en ellos hablaba de lo que más me emocionaba: de mi vida. Como si estuviera hablando con un amigo suyo, relataba sin afectación y hasta con humor casos históricos de ciegos y de mujeres que habían destacado en alguno de los campos del intelecto. Me hablaba de Dídimo de Alejandría, de Eusebio el asiático, de Nicasio de Mechlin o de Tiresias. Y, ya en nuestro tiempo, de Saunderson, matemático inglés ciego desde la edad de un año, autor de Elementos de álgebra y, sobre todo, de unas máquinas que permitían a un ciego hacer cálculos algebraicos y estudiar geometría. Más tarde el prior conseguiría construirlas y enseñarme la Matemática. También me contaba que en Francia un oculista llamado Himler había operado a una ciega de nacimiento, hija del grabador del señor de Réamur y que había un tal Daviel que había devuelto la vista a más de un ciego. Algún día, me decía con reservas pero confiado, tal vez podría llegar a ver los colores.
            La ceguera, me provocó una vez en uno de esos descansos, contrarresta tu feminidad, porque, si las mujeres tenéis tendencia a lo concreto, los ciegos la tenéis a lo abstracto, por carecer del sentido de la vista, tenaz obstáculo para la operación de la abstracción. Yo le contesté con el ejemplo que él mismo me puso al conocernos, el de doña Juliana Morella. Muy bien traído ese ejemplo, me contestó. Eso demuestra que esa tendencia a lo concreto que, en efecto, vemos en las mujeres, no se debe a su naturaleza, sino a su educación. Como te he enseñado en la Lógica, de la carencia del acto a la de la potencia no vale la ilación. Así pues, de que las mujeres no sepan de Filosofía no se infiere que no tengan talento para ella. Y más: entre los Drusos las mujeres son las que saben leer y escribir, mientras los hombres se dedican a la agricultura y la guerra. Si aplicáramos allí la misma lógica, diríamos que los hombres son inútiles para las letras.
            Los hechos, más que los razonamientos, tenían para mí más valor probatorio. Por eso le pedía que me relatara ejemplos de mujeres que habían destacado en algún ámbito de los que se creía reservados a los hombres. Me habló así, en cuanto al gobierno político, de Semíramis, reina de los Asirios; de Artemisa, reina de Caria; de pueblos donde la corona estaba reservada a las mujeres, como antiguamente en la Isla de Meroe o modernamente en Borneo. Y en cuanto a la inferioridad del entendimiento femenino, me abrumó con los nombres de doña Isabel de Joya, que predicó en la Iglesia de Barcelona y que convirtió a muchos judíos en Roma; Luisa Sigéa, que supo la lengua latina, la griega, la hebrea, la arábiga y la siriaca; doña Oliva de Sabuco de Nantes, quien destacó en Física y Medicina; doña Bernarda Ferreyra, quien dejó escritos poéticos y supo Matemáticas; Sor Juana Inés de la cruz, gran poeta; Susana de Habert, gran conocedora de la doctrina de los Santos Padres; Madalena Scuderi, a la que todas las Academias querían tener en su seno; Maria Madalena Gabriela de Montemart, versada en la antigua y nueva Filosofía; Lucrecia Helena Cornaro, nombrada Doctora en la Facultad Filosófica en Italia. Meses después me leyó una defensa de las mujeres publicada por el monje benedictino Feijoo, autor al que a veces sin querer imitaba en sus expresiones y de donde tomaba algunas de sus ideas sobre nuestro sexo, que no eran menos avanzadas que las que Madame de Beaumer y Madame de Maisonneuve expusieron en su Journal de Dames, algunos de cuyos números el prior conseguiría introducir en España,  ya después de mi muerte.
            Poco después me llevó a su aldea, acogiéndome en su casa. Vivía con una tía suya muy anciana. Fue entonces cuando construyó las máquinas de Saunderson y me enseñó álgebra y geometría. Él decía estar asombrado de mis progresos, y eso me impelía a aplicarme con más empeño. Un día, mientras descansábamos de utilizar una de las máquinas matemáticas, y como yo me quejara de la injusticia que a las mujeres se les hacía en España cuando se decía que “la mujer que más sabe, sabe ordenar un arca de ropa blanca”, me respondió con sorna: No te quejes, que provocasteis la expulsión del Paraíso. Entonces yo le contesté con algo que debió de dejarlo boquiabierto: si porque Eva indujo a Adán a pecar, las mujeres son peores que los hombres, entonces los Ángeles son peores que las mujeres, porque un Ángel indujo a Eva a pecar. Además, Eva fue engañada por una criatura de gran inteligencia, mientras que Adán lo fue por una mujer. Por eso el delito de Eva fue menor, y menor aún cuanto más tonta consideres a la mujer.
            Poco después de este episodio, el prior tuvo que marcharse durante una temporada. Me contó en secreto que iba a París, donde tenía grandes y buenos amigos, y que allí compraba libros prohibidos. No hacía falta, concluyó, insistirme en la necesidad de que esa confesión que me hacía se mantuviera en el más estricto de los secretos. Ni siquiera su tía debía saberlo.
            Sólo después de muerta he entendido mi creciente desesperación al paso de los días sin su presencia y mi también creciente consuelo porque cada hora que pasaba estaba una hora más cerca de su vuelta. Como tantas cosas dentro de mí, como yo misma, esos sentimientos y otros afines que se daban con ellos murieron sin llegar a desarrollarse y madurar. También aprendí muchas ideas que sólo entendí después.
            Un día irrumpieron en la casa dos hombres forasteros. La tía del prior les contestó a sus preguntas por el sobrino, pero ellos les dijeron que todo eso ya lo sabían. Lo que querían saber era dónde había ido y dónde estaban sus libros. A lo primero respondió que no tenía ni idea y a lo segundo señalando una habitación contigua que hacía las veces de despacho. Los dos hombres revolvieron los volúmenes, pero no debieron de encontrar lo que andaban buscando. Sin duda, dijeron al cansarse, los tiene escondidos. Pero quizá esta sepa algo. Entonces mi brazo notó el grillete de una mano fuerte, y con brutos modales el hombre que me había cogido me zarandeó preguntándome: Ya está bien de tonterías, tú sabes dónde ha ido y dónde están los libros. Yo me hice la muda o la tonta o las dos cosas, pero ellos estaban bien informados. Vendrás con nosotros.
            Me sentaron en una silla en una casa de la Plaza de Arriba. Oí voces de gente de la aldea, a la que sólo conocía de oídas. Ellos empezaron a interrogarme. Primero cambiaron de persona y de tono, y fue el otro hombre quien, con los más exquisitos, corteses y franceses modales, intentó convencerme de que yo era inocente y niña, de que nada me pasaría si les contaba lo que querían saber, que era algo importante para la marcha de la Iglesia y del bien público y, por tanto, algo querido por Dios. Yo había decidido permanecer completamente callada, pero cuando uno de los hombres de la aldea comentó riendo y en voz baja, creyendo que yo no lo oía, que no hay mujer que sepa guardar un secreto, le dije dirigiéndome a él: Lo que dices es otra falsedad más inventada por los hombres, pues la hija de Pitágoras, Damo, recibió de su padre sus escritos junto la orden de no publicarlos y, aunque su venta pudo sacarla de la pobreza, jamás la ejecutó. Y además, añadí, se cuenta de una mujer que, llevada a la tortura por el tirano de Atenas Hippias tras el asesinato de su hermano Hipparco, conocedora de los nombres de los cómplices, se cortó con los dientes la lengua. Que sería lo que yo haría si supiera lo que me preguntan estos hombres y no estuviera segura de resistir sus malas artes.
            Debieron de quedarse impresionados o convencidos de que decía la verdad, y decidieron perdonarme la lengua. La ausencia de la cual, empero, hubiera soportado mejor que el castigo que me infligieron, castigo que, por otra parte, no estaba dispuesta a cumplir: me prohibieron que volviera a ver al prior. Fui enviada de nuevo a Úbeda, y volví a vagabundear por las calles. Contaba los días que faltaban para la vuelta de mi bien y confiaba en que volvería por mí. Entonces contraje la viruela y volví a entrar en el Hospital de Santiago, esta vez como enferma. En una de esas camas, un uno de mayo, morí de muerte real, porque en mejor cama pero la misma enfermedad se llevó, con diecisiete años, a nuestro rey “El bien amado”, en la década anterior a la de mi nacimiento.
            Han pasado los años y las gentes. El prior sufrió mucho mi pérdida y se sintió culpable por haber ido a París dejándome a merced de sus enemigos. Murió el prior, murió Voltaire y Diderot, murieron los aldeanos, murieron los hombres que pretendieron que les contara un secreto. Sic transit gloria mundi. Otros tiempos sustituyeron a los que yo viví, y otros a esos. Mi voz se fue haciendo más vieja y quizá más sabia. Mi voz, lo que soy.
 Juan Fernando Valenzuela Magaña
 


domingo, 23 de noviembre de 2014

Reseña de la última novela de Kundera

KUNDERA. LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA
           
            Él último libro de Kundera, aparecido en las librerías españolas en traducción de Beatriz de Moura en septiembre de este año 2014, se titula La fiesta de la insignificancia. Las novelas de Kundera tienen al menos cuatro rasgos significativos. Por un lado, sus personajes son propuestas de existencias, ensayos vitales. Unas breves pero esenciales pinceladas nos los muestran y los vemos actuar desde unos pocos principios, personales, únicos, que los constituyen. En segundo lugar, sus novelas exploran un puñado de temas y motivos, que aparecen y reaparecen. En tercer lugar, su narración incluye como uno de sus elementos textos de apariencia ensayística, integrados de modo natural en ella. En cuarto y último, hay elementos metafictivos en los que se cuenta cómo se cuenta. He dicho antes al menos, y tras esta enumeración encuentro un quinto, que sólo mencionaré porque acometerlo alargaría inoportunamente esta reseña. Me refiero a la composición musical de sus novelas, generalmente divididas en siete partes (esta lo está) concebidas como movimientos musicales.
            Nos guiaremos, pues, brevemente por estos cuatro rasgos para entrar en La fiesta de la insignificancia, un libro ligero en apariencia (desde sus pocas páginas hasta su estilo) y también, aunque en un sentido nada obvio, en el fondo.            
            Los personajes son cuatro amigos. Uno de ellos (Alain) está dibujado con las tres siguientes pinceladas: su preocupación por el ombligo como signo erótico de nuestro tiempo (las mujeres comenzaron el milenio enseñando el ombligo), su tendencia a pedir siempre disculpas (en el libro el nombre que reciben esas personas es “perdonazos”) y su relación con su madre, que nunca quiso que él naciera y con la que habla imaginariamente. Al segundo, Ramón, le gusta deslumbrar y ser admirado, pero no envidiado, y desde su jubilación busca la soledad. Charles es fantasioso y su madre está enferma hasta el punto de que en un momento de la novela agoniza, y Calibán, su compañero a la hora de servir cócteles en casas particulares, es un actor en paro. Hay otros personajes además de estos, el más importante de los cuales es D´Ardelo, un Narciso que, como tal, observa su propia imagen en los ojos de los otros y busca embellecerla. Destacaré por su importancia en el tema principal del libro a Quaquelique, un ser insignificante que, debido precisamente a eso, a esa despreocupación que suscita en las mujeres, tiene más éxito con ellas que los brillantes D´Ardelo o Ramón.
            ¿Cuáles son los temas que aparecen en esta novela? La indiferencia, ligada al buen humor, y el ombligo. Hay otros asuntos, como el del ángel, que más bien funcionarían como motivos, es decir, elementos del tema o de la historia que reaparecen, a lo largo de la novela, en un contexto diferente. El tema del ombligo constituye una reflexión sobre el erotismo de nuestro tiempo (el erotismo es una preocupación constante en la literatura de Kundera). Si vivimos bajo el signo del ombligo eso quiere decir que el erotismo no es ya la celebración de lo único, de lo irrepetible (como cuando se está bajo el signo de las nalgas, diferentes entre sí), sino una llamada a la repetición (todos los ombligos son iguales). Parémonos en el tema fundamental, el que da título al libro: la insignificancia. Es considerada la esencia de la existencia; está en todos sitios y siempre, incluso en los momentos horrorosos (como ejemplifica en la novela la historia de Stalin y Kalinin). Está vinculada al buen humor (“Todos andan en busca del buen humor”, se titula la cuarta parte) y este a su vez a la risa, un asunto destacado en la obra de Kundera.
            Decíamos que el tercer rasgo de las novelas del escritor checo era la inclusión del género ensayístico dentro de ellas. En La fiesta de lo insignificante esto ocurre con las meditaciones sobre el ombligo, o sobre la relación entre Stalin y Kalinin, o sobre lo insignificante. Esas reflexiones sobre los temas o motivos de la novela proceden en este caso principal o exclusivamente de los personajes. Pero su sentido no cambiaría si, como en La insoportable levedad del ser, fuera el narrador quien interviniera de forma notable en este aspecto. Lo importante aquí está en darse cuenta de estas dos cosas: las reflexiones forman parte intrínseca de la novela y una reflexión en una novela no tiene carácter apodíctico, sino hipotético. Es, en ese sentido de la palabra, un ensayo y no una declaración; una duda, no una afirmación.
            Y pasamos a la última característica, que las novelas de Kundera comparten con muchas de los últimos años. El pacto por el que el lector de antes fingía una credulidad para quedar atrapado por las vidas de los personajes de una obra de ficción, ha dado paso a una actitud menos ingenua, en la que él y el autor reconocen explícitamente el carácter ficticio de la obra. Nos encontramos así con narraciones en los que los personajes admiten su carácter de tales. En el libro que nos ocupa, ese aspecto se insinúa en las ocasiones en que el narrador interviene en primera persona. Nos enteramos así de que es el maestro de los cuatro personajes principales y que él les ha proporcionado el libro de Jrushchov donde aparece la historia de las perdices de Stalin. Pero se muestra claramente en la ocasión en que Ramón dice: “nuestro maestro, que nos ha inventado a todos”. La difusa separación entre el autor y el narrador funciona aquí también como recurso metafictivo.
            Desde las preocupaciones y técnicas que forman el mundo literario de Kundera, este ha querido tratar de la insignificancia en este libro y lo ha hecho con personajes, estilo e historia ligeros (aun cuando en esta última aparezcan momentos graves), dejándonos con la sensación de que la insignificancia no es insignificante.

JUAN FERNANDO VALENZUELA  MAGAÑA


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Artículo de David Foster Wallace en Cuadernos Hispanoamericanos

Aquí puede leerse, quizá más cómodamente, el número de noviembre de Cuadernos Hispanoamericanos donde aparece, a partir de la página 79, mi artículo. Además, aquí la revista es en color: