En Revista de Libros, número 11/2025 (Vol. 1):
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
miércoles, 16 de julio de 2025
miércoles, 18 de junio de 2025
El jugo de una anécdota
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de junio de 2025.
EL JUGO DE UNA ANÉCDOTA
Ocurrió
en el estreno de la primera obra de teatro del dramaturgo Bernstein. La actriz
principal estaba charlando con un amigo en el escenario antes de comenzar la
función cuando, por un descuido del operario, se levantó el telón sin que nadie
lo hubiera ordenado. La actriz se quedó confundida, pero el amigo supo salir
del paso actuando como si fuera un personaje de la comedia. “Adiós, señora.
Volveré el miércoles para llevarme el reloj”, dijo, y salió de escena, con lo
que dio unos segundos para que la actriz se repusiese y comenzara la verdadera
obra. El público no notó nada, pero un crítico dijo en su crónica al día siguiente:
“No
comprendo por qué al principio del drama aparece un hombre que dice va a
llevarse un reloj. En toda la obra no vuelve a aparecer, ni se habla en ella
del reloj. ¿Cuándo comprenderán los autores que hay papeles inútiles?” Cuando
el crítico volvió a ver la obra, el hombre del reloj no apareció por ninguna
parte. Así que escribió satisfecho: “Bernstein ha tenido en cuenta mi observación,
y ha suprimido el personaje inútil que iba a llevarse un reloj”.
Las
anécdotas, como los chistes, hacen guiños sugerentes que solo recogen los que
se sienten concernidos por ellas. Unos elegirían unas, otros otras. Si esta,
leída en la prensa de hace un siglo, me ha llamado a mí la atención quizá sea
por algunos elementos que contienen y a los que soy afín. En primer lugar, el
teatro. No me refiero tanto al teatro como género literario, sino al hecho de
que exista un espacio de ficción delimitado en el que personas como nosotros
están representando, durante un corto tiempo, un papel en una historia. Y a la
idea, tan barroca, del mundo como teatro. Pitágoras comparó la vida humana con
un festival (nada cuesta trasponerlo al teatro), en el que unos compiten, otros
compran y venden en las gradas, y otros contemplan el espectáculo. Los actores
solo pueden actuar a cambio de no ver el todo, que requiere la distancia del
espectador, que a su vez renuncia a la acción. Esos talantes que miran el mundo
en vez de participar en él, a fuerza de mirar, acaban viéndose desde fuera si
alguna vez están en situación de actuar. Les cuesta tanto ser espontáneos. Su
desdoblamiento llega a darse aun cuando están siendo espectadores, se miran a
sí mismos cómo miran a los demás. Me acuerdo también de esa anécdota inventada
por Kierkegaard, en la que un payaso anuncia que el teatro está ardiendo y el
público ríe y ríe, creyendo que se trata de una gracia. Así, dice el filósofo
danés, perecerá el mundo. Hace tiempo que le doy vueltas a la relación entre el
teatro y la narrativa policiaca, donde no es raro encontrar funciones teatrales
en el núcleo de la trama.
Otro
elemento en la anécdota de Bernstein que hace que me interpele es la
improvisación del amigo de la actriz. Mientras ella se queda momentáneamente
bloqueada, él sale gallardamente del paso. Los adscritos a l´esprit de l´escalier, es decir, los que encontramos una respuesta
ingeniosa cuando ya es tarde para emitirla, admiramos por contraste ese ingenio
pronto a la réplica.
Pero hay más. El objeto que ese amigo
nombra en su avispada salida no es un objeto cualquiera. Es un reloj. Un objeto
cotidiano que mide algo tan tremendo como el tiempo. Uno lo asocia a las
vanitas barrocas donde está tan presente, o a las leyendas famosas en ellos,
como Tempus fugit o Vulnerant omnes, ultima necat (Todas hieren, la última mata, referido a
las horas).
Todavía hay un último aspecto que me hace
interesante la anécdota. Se trata del error en el que incurre el crítico al
interpretar como una debilidad de la obra lo que es una improvisación
apresurada y al pensar que el autor ha tenido en cuenta su apunte. El crítico
saca una satisfacción verdadera de una mala interpretación de las cosas. Como
si alguien se enamorara de un interlocutor por internet que mintiera en cuanto
a su edad y su aspecto y su trabajo. Me llama la atención que algo irreal
produzca un sentimiento real. ¿Qué ocurre en esos casos?
Juan Fernando Valenzuela Magaña
martes, 20 de mayo de 2025
Tener o ser
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 19 de mayo de 2025.
TENER O SER
Los
llamados experimentos mentales consisten en situaciones imaginadas con las que
se pretende comprender mejor alguna cuestión que se está investigando. Si un
tranvía fuera a matar a cinco personas que están sujetas a la vía pero
estuviera en su mano desviarlo hacia otra donde solo moriría una, ¿lo haría? Y
si para evitar la muerte de esos cinco tuviera que empujar desde un puente a
una persona voluminosa que pararía con su final el trayecto de la máquina, ¿la
empujaría? Como se ve, por rocambolesca que sea la conjetura, puede ayudarnos a
tomar decisiones reales, como por ejemplo las que se refieren a cómo programar
un coche autónomo a la hora de encontrarse con situaciones de riesgo para los
ocupantes o los peatones.
He
empezado hablando de experimentos mentales porque en un momento voy a recurrir
a uno para ilustrar el asunto del que quiero hablar este lunes: la inteligencia
artificial. Entre quienes nos dedicamos profesionalmente a la educación parece
haberse instalado una sensación de impotencia ante la facilidad con que estos
nuevos recursos pueden ser utilizados impunemente por los alumnos para
confeccionar unos trabajos en los que ellos no ponen nada de su parte. Si, por
un lado, los exámenes parecen calibrar solo unos datos memorísticos poco
significativos y, por otro, parece
imposible controlar la autenticidad de unas tareas que podrían darnos una idea
de unas habilidades que ha ido adquiriendo el alumno, ¿qué sentido tiene ya
evaluar? El experimento mental al que me refería es la llamada habitación
china. Imagine que estoy aislado en un cuarto que dispone de una ranura por la
que puede pasar una hoja de papel. Yo no sé chino, pero dispongo de unos
manuales que me indican qué tengo que hacer para responder a textos chinos, que
son los que me llegan por la ranura. Siguiendo las instrucciones, compongo a mi
vez, sin entender nada, una serie de textos que envío por la misma ranura. El
chino que está fuera escribiéndome creerá que yo conozco su idioma, cuando lo
único que he hecho ha sido seguir unos manuales que me dicen qué tengo que
poner cuando me encuentre con unos caracteres determinados. Así funcionaría la
inteligencia artificial, recibiendo preguntas o comentarios y generando
respuestas u observaciones siguiendo unas determinadas instrucciones, pero sin
comprender nada. Es ese el proceso que los profesores tememos que repliquen los
alumnos: se les pide que hagan una determinada tarea, utilizan ciertos recursos
sin importar y sin conocer el contenido de que se está tratando y envían el
resultado que solo tienen que recoger de la ranura del ChatGPT.
Y,
sin embargo, la cosa no es nueva. ¿O no recuerdan aquel viejo dicho: “Sí, él
pasó por la Universidad, pero la Universidad no pasó por él”? Me acuerdo a este
respecto de un escrito de Luciano de Samósata (siglo II), titulado Contra un ignorante que compraba muchos
libros, en el que se burla abiertamente de un personaje que compra libros
caros para aparentar una sabiduría de la que carece, como si alguien
pretendiera disparar certeramente por el mero hecho de comprar el arco y las
flechas de Heracles.
Tanto
en la habitación china como en Luciano lo que se pone de manifiesto,
exageradamente, es la diferencia entre apropiarse de un conocimiento, hacerlo
parte de nosotros, y simplemente manejarlo o exhibirlo. Platón, que entendía la
educación como una conversión, como un cambio que transformaba a la persona,
cuenta en uno de sus diálogos por boca de Sócrates una historia. Un dios egipcio
llamado Theuth presentó al rey de Egipto Thamus las artes que había
descubierto, como el número, el cálculo o la astronomía. El rey hacía
observaciones a favor o en contra. Al llegar a la escritura, otra de sus
innovaciones, el dios la presentó como un “fármaco de la memoria y de la
sabiduría”, a lo que el rey contestó diciendo que lo que provocaría, más que
memoria y sabiduría, sería olvido y apariencia de sabiduría, porque “fiándose
de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera”. ¿Qué hubiera dicho si el dios
le hubiera presentado algo como internet o la inteligencia artificial?
Juan Fernando Valenzuela Magaña
miércoles, 23 de abril de 2025
Risas (II)
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 21 de abril de 2025.
RISAS (II)
Hablábamos de risas en el anterior
artículo, y quedábamos en hacerlo en este de los que no se ríen nunca. El
ejemplo clásico romano más conocido es Marco Licinio Craso (II a.C.), aunque en
puridad sí llegó a reír en una ocasión, que tiene cierta similitud con las que
mataron de risa a Crisipo y Filemón y que vimos en el pasado artículo. “Pero
esa única excepción”, dice Cicerón, “no impidió que lo llamasen agelastos”, es decir, el que no se
ríe nunca. Había un oráculo en Grecia, el oráculo de Trofonio, ubicado en una
cueva, del que la gente salía con una expresión de seriedad sobrecogedora
debido a lo que allí dentro había experimentado. Llevaban entonces al individuo
a un trono llamado de Mnemósine (“memoria”) para contar lo visto y aprendido, y
después a un edificio donde ya había estado antes de estar listo para visitar
el oráculo. Según cuenta Pausanias, que no habla de oídas porque estuvo él
mismo allí, todavía el sujeto está “preso del temor e inconsciente todavía
tanto de sí mismo como de los que están cerca”. Después, añade, “recobrará
todas sus facultades y le volverá la risa”. Es verdad que se cuenta de un tal
Parmenisco cuya pérdida de la capacidad de reír parecía permanente (lo que lo
obligó a consultar el oráculo de Delfos, de oráculo en oráculo iba este tipo),
pero luego acabó riendo. Sin embargo, parece ser que existía también la idea de
que quien salía de esa cueva nunca más volvía a reír, como puede leerse en
Feijoo.
La palabra griega agelastos la utilizó Rabelais, quien desconfiaba de quienes no
reían y cuya literatura es alegre y divertida. Acuérdense en este sentido de
aquel monje medieval de El nombre de la
rosa y su campaña contra la risa. Esa magnífica novela está tan vinculada
al asunto que nos ocupa que ya he oído en más de una ocasión llamarla El nombre de la risa.
Pero no cerraremos el tema quedándonos
con el mal sabor de boca que la gente seria y sombría nos pueda provocar, sino contando
unos chistes con la solera que los siglos otorgan.
Recurriré a la recopilación de chistes de la antigüedad llamada el Philogelos (“amante de la risa”). «Un lumbrera, un calvo y un barbero que iban de viaje acamparon en un lugar solitario. Acordaron que cada uno de ellos se quedaría despierto en turnos de cuatro horas para proteger el equipaje. Cuando le tocó al barbero hacer la primera guardia, para pasar el rato le afeitó la cabeza al lumbrera y, terminado su turno, lo despertó. El lumbrera se rascó la cabeza al despertar y se encontró con que no tenía pelo. “Pero qué idiota es el barbero —dijo—. Se ha equivocado y ha despertado al calvo en vez de a mí”». Aclaremos que el calvo es una figura cómica muy socorrida para los romanos y que la del lumbrera protagoniza muchos chistes de esta recopilación. ¿No nos recuerda también la estructura del chiste a la de aquellos que comienzan hoy con “Un francés, un inglés y un español…”? Otro con el mismo personaje del intelectual falto de sentido común dice así: “Un lumbrera se cruza con un conocido y le pregunta: “¿Quién murió, tu hermano gemelo o tú?”” También hay chistes de leperos de la época, que eran los de Abdera (también los de Sidón y Cime, todas ciudades del Mediterráneo oriental). Ejemplo: «Un hombre de Abdera, al ver a un eunuco charlando con una mujer, preguntó a otro si era la mujer del eunuco. Cuando el otro hombre comentó que un eunuco no podía tener mujer, él dijo: “Entonces será su hija”».
Los
chistes son como monedas que intercambiamos y que se metamorfosean poniendo
como protagonistas a quienes más nos conviene. Hasta mi infancia llegó uno que
tenía como personaje principal a Quevedo, pero ya en época de Feijoo (siglo
XVIII) se contaban chistes sobre él, como aquel en el que, estando en un
corrillo y viendo cómo se burlaban los demás del tamaño enorme de su pie, dijo
que había allí otro mayor. Los demás se observaron los pies y, como vieron que
todos eran menores, le dijeron que mentía. En absoluto, respondió Quevedo, y
sacó el otro pie, que tenía apartado y que, en efecto, era más grande.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
jueves, 10 de abril de 2025
El ánfora
Texto publicado en la revista de San Juan, 2017
EL ÁNFORA
Aprovecho
estas páginas para retirar públicamente de uno de nuestros vecinos el baldón
que sobre él he vertido en los últimos meses. Aunque todos me conocéis y la
mayoría sabéis a qué me refiero, el desenlace de la historia ha ocurrido hace
tan poco que, pese a mi interés por divulgarlo, es ampliamente desconocido. Así
que contaré lo ocurrido desde el principio, para que el lector se convenza de
la probidad del acusado (el pobre Antonio) y juzgue de la mía.
Me
llamo Juan y, tras jubilarme, quise retirarme a las calles de mi infancia, que
poco han cambiado desde entonces. He sido, lo sabéis, un hombre importante y he
vivido en las ciudades más influyentes del planeta, desde Nueva York a París. Alguien como tú no puede esconderse en
ningún sitio, me dijo un ministro en una recepción real. Se equivocaba.
Basta retirarse, dejar de querer estar en primera fila, para que se olviden de
inmediato de ti.
Un
domingo por la tarde asistía a la misa de las ocho. En la iglesia donde fui
bautizado, donde hice la primera comunión y donde me confirmé, la homilía del
cura hacía de bajo continuo de mis recuerdos y pensamientos. En mi infancia
tuve una intensa fe que ahora vuelve, al final de mi vida, en el mismo templo
donde comenzó. Miraba el mural de Baños en el que San Juan Bautista predica a
un grupo de hombres y mujeres, bajo la figura de Dios y el Espíritu Santo
rodeados de ángeles. Volvían con nitidez mis días de niño y mi cálida fe de
entonces, aunque lamentaba que no lo hiciera también mi vista, que empezaba a
fallarme: no veía bien la palma del martirio (el que San Juan habría de sufrir)
que uno de los ángeles sujetaba, ni el ánfora junto a la mujer en la esquina
inferior derecha, los dos detalles que, con el caballo, más me habían
impresionado de niño. Es verdad que no estaba en los primeros bancos, sino a la
altura donde se ha puesto recientemente la pequeña cámara acristalada que
guarda el fragmento de misal medieval que constituye el mayor tesoro de nuestra
iglesia y de nuestro pueblo. Siempre ha estado, como sabéis, en un armario de
la sacristía, pero ahora se había decidido mostrarlo a los fieles y a los pocos
turistas que pudieran venir. Yo recordé el robo del Códice Calixtino y pensé si
nuestra joya tendría la protección adecuada.
Por
ello, al terminar la misa, entré en la sacristía. Hacía cincuenta años que no
había vuelto a ver la amplia mesa, con el solemne crucifijo sobre una piedra pisapapeles,
la inmensa cajonera donde se guardaban las prendas sacerdotales, las sillas de
alto respaldo donde una vez confesé a mi sacerdote que quería ser misionero.
Ahora, de pie, confesaba otra piadosa intención.
―Me preguntaba si las medidas de seguridad del fragmento de misal son las
adecuadas. Yo podría ayudar económicamente si no es el caso.
―Se lo agradezco mucho, Juan. Pero precisamente hemos cambiado de empresa por
ese motivo. Han instalado un sistema de alarma nuevo. No obstante, nos vendría
bien una aportación para Cáritas.
―Delo por hecho.
Días
después, una mañana fría de noviembre, rezaba en un banco del fondo de la
iglesia. No había nadie más. Entonces lo vi entrar. Era Antonio, nuestro vecino
desaparecido hacía un año. Todos pensábamos que el alzheimer lo habría
desorientado en un paseo por el campo y habría caído en un pozo o en el fondo de
un barranco. Pues bien: allí estaba, con un largo vestido oriental, mirando
desconfiado en derredor. Los dientes eran desproporcionados, como si se hubiera
colocado una dentadura de juguete que le quedara grande. Envuelto en la penumbra
del fondo, no me había visto, pese a que me levanté e hice ademán de decirle
algo. Entonces se acercó a la puerta del fragmento del misal, sacó una llave de
su bolsillo y penetró en el interior de la cámara. Salió con él bajo el amplio
y colorido vestido, cruzó la iglesia y se marchó. Me quedé petrificado, incapaz
de reaccionar. Cuando lo hice, fui corriendo tras él. Pero al salir a la plaza,
solo había unos niños jugando a la pelota. Dijeron que no habían visto a nadie.
Corrí al interior y fui a la cámara. La puerta estaba cerrada, pero la llave no
estaba echada. Entré y sonó una alarma que expandió su estridencia por todas
las calles del pueblo. Sobre la mesita donde se exponía, faltaba nuestro tesoro.
Aunque
al principio recayeron sobre mí algunas sospechas, mi pregunta a los niños
demostraba que yo no tenía intención de robar nada, pues no me hubiera hecho
notar tan alegremente antes de cometer mi fechoría. Tampoco habría un motivo
económico, aunque sí pudiera haberlo coleccionista (a los ricos se nos tiene
por personas capaces de pagar una fortuna por un cuadro que nadie más que
nosotros podrá ver por tratarse de una pintura robada). Por último, yo conocía
la existencia de la nueva alarma y no iba a dejarme atrapar por una trampa que
el cura me había explicado. Tras describir una y otra vez lo que había visto,
la cara grotesca de Antonio con sus dientes enormes y el vestido colorido del
que di mil detalles, me creyeron y se pusieron a buscarlo con el mismo
resultado de un año antes. Quedaba por
explicar cómo se había hecho con una copia de la llave y por qué no había
sonado la alarma.
Esta
última duda me la aclaró el cura poco después. Me hizo pasar al antedespacho, esa
salita dentro de la sacristía en la que hay un sofá, dos sillones, una mesita
baja y el boceto del mural del altar mayor. Me acerqué a él y, después de
buscar inútilmente el ánfora y de constatar la ausencia de la cruz en la mano
de San Juan, dije: ― Usted dirá.
―¿Qué piensa usted que pasó?
Yo
había urdido una conjetura:
―Se trata de un robo, de un robo largamente preparado. El alzheimer era falso,
quiso que se le diera por muerto y, un año después, disfrazado grotescamente con
un vestido y con unos dientes comprados en los chinos, robó el fragmento del
misal. Sin duda quiso cerciorarse de que no había nadie antes de entrar del
todo, pero la penumbra del fondo me ocultó. En cuanto a la copia de la llave,
debió de hacerse de algún modo con la original y devolverla a su lugar. Lo que
no entiendo es por qué no sonó la alarma. Conmigo sí lo hizo.
―A eso puedo responderle. Si la alarma sonó cuando usted entró es porque alguien
había entrado ya antes.
―¿Qué quiere decir?
―Me lo han explicado. Este sistema funciona a partir de la primera detección de
movimiento o calor corporal por el sensor. Se instala, hay un primer
reconocimiento y a partir de ahí salta la alarma a la menor ocasión. Es cierto
que nos lo dijeron antes de instalarla, pero ni el que la instaló ni nosotros
entramos para que la alarma quedara, digamos, activada. Tal vez él pensó que lo
haríamos nosotros en el momento en que consideráramos oportuno y nosotros, o
por lo menos yo, pensé que lo había hecho él. Pero, en efecto, ninguno lo hizo.
Así que cuando entró el ladrón la alarma no sonó. Cuando lo hizo usted, estaba
ya activada.
Hubo
un silencio, en el que el cura parecía debatirse interiormente. Había algo que
dudaba si decirme o no. Finalmente se decidió.
―He recibido una carta anónima.
―¿Una carta?
―Sí, con matasellos del pueblo. De algún vecino, probablemente. No dice mucho,
solamente que tiene una hipótesis sobre el robo muy rocambolesca pero fácil de
confirmar o de refutar. Tendría usted que ir al oftalmólogo.
―¡Por favor! Eso ofende.
―Le aseguro que el remitente no duda de su buena fe. No explica su hipótesis,
pero incluye en su carta una nota para el oftalmólogo. Aquí la tiene. La
decisión de ir o no es suya.
La
nota decía:
“Tomografía
por emisión de positrones. Flujo sanguíneo en los lóbulos occipital y parietal.
Surco temporal superior. Recuerde a Charles Bonnet.”
Tras
unos días dando vueltas a la nota entre mis dedos, pedí cita a mi oftalmólogo.
Le conté todo lo referente al robo y le entregué el papel. Se quedó sorprendido
y me hizo todo tipo de preguntas y pruebas. La hipótesis del remitente, aunque
descabellada, era cierta. Tengo el síndrome de Charles Bonnet. Suele darse en
pacientes con gran deterioro de la visión, pero también puede aparecer en gente
que todavía ve relativamente bien, como yo, si están afectadas zonas superiores
del sistema visual. El caso es que se pueden tener alucinaciones complejas,
especialmente de personas. No es una enfermedad psiquiátrica, sino
oftalmológica. Las alucinaciones no suelen ser amenazantes. Incluso pueden ser
inspiradoras. Hay una paciente poeta, me contó el médico, que las utiliza.
Habla de las visiones que le proporciona “el ángel de las alucinaciones”.
Así
que bien pudo ser que, como piensa el remitente misterioso, tuviera una
alucinación cuando vi a Antonio. El vestido exótico y los dientes
desproporcionados son característicos en esa clase de alucinaciones. La falta
de interacción que hay en ellas explica que no se diera cuenta de que yo estaba
ahí. El fragmento del misal, entonces, ya había sido robado cuando yo entré a
la iglesia.
Inmediatamente hablé con el cura.
―El misterioso remitente ha resultado ser un lince ― le dije―. ¿Proponía también
un autor del robo?
―Solo decía que, de ser cierta su hipótesis, como lo ha sido, las sospechas
recaerían sobre alguien que supiera que la alarma no sonaría en la primera ocasión.
El operario, el sacristán o yo.
―Si hubiera sido usted habría roto la carta.
―¿Y arriesgarme a que el remitente tuviera una prueba contra mí? Si hubiera sido
yo, me habría comportado como lo he hecho ― y calló unos segundos para crear la
expectación que calmó diciendo: ― Pero no he sido yo. Tampoco el sacristán,
confío plenamente en él. Así que…
No
había tenido más alucinaciones hasta ayer. Mientras asistía a misa y miraba la
obra de Baños, vi réplicas de las personas que escuchaban a San Juan Bautista y
del ánfora, réplicas en miniatura, que se movieron y se salieron del mural
situándose junto al sacerdote y los monaguillos. El ángel de las alucinaciones,
me dije. Me acompañará en este retiro del ruido del mundo.
En
cuanto al remitente de la carta, con curiosidad busco una mirada, un gesto, que
revele la perspicacia del vecino que la escribió.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
Un cuadro perdido de Adolfo Moreno Sanjuán
Publicado en la revista de San Juan, 2024
UN
CUADRO PERDIDO DE ADOLFO MORENO SANJUÁN
Caminaba por la estrechez de las
callejuelas del Marché aux Puces de París con la sensación de habitar un sueño
ajeno. En las tiendas había oxidados relojes parados en una hora de los años
cuarenta, mesas dieciochescas que el tiempo había noblemente encarecido, canicas
sobadas un siglo atrás con ilusión por unas manos infantiles que el tiempo fuera
cuajando, cuarteando y finalmente borrando, un par de guantes de tela ajada con
la memoria de unas manos femeninas, de dedos largos y pintadas uñas, un humilde
sillón roto por todas partes, moldeado por el cuerpo cansado que noche tras
noche, año tras año, se hundía en él, cartas que deseaban un buen aniversario,
un feliz 1905, una rápida curación, o que contaban las pequeñas cosas de la
vida, los estudios del hijo, las vacaciones en el mar, el lugar de una cita
secreta. Cosas que durante un tiempo colmaron la vida de alguien y que luego el
polvo de la amnesia fue cubriendo hasta enterrarlas. Y, entre todas ellas, inverosímilmente,
allí estaba el cuadro.
Lo había pintado Adolfo Moreno
Sanjuán y estuvo expuesto en el Salón de Otoño de Madrid el año 1952. Se
encontraba en paradero desconocido, pero yo lo conocía por una fotografía del
catálogo. Mi interés se debía a que el pintor había nacido en Navas de San
Juan, el 24 de diciembre de 1888, aunque creció en Castellar gracias a una
permuta de su padre con otro maestro de escuela. Fue un niño enfermizo y con
una memoria visual extraordinaria. En 1907 llegó a Madrid para hacerse pintor.
Diez años después, ante la inseguridad del mundo del arte, obtuvo una plaza de
funcionario. Durante el resto de su vida seguiría pintando e intentando hacerse
un hueco en la vida artística, aunque su carácter poco intrigante y renuente a
pedir favores y quizá su propia pintura, que él mismo califica de “modesta” y “discreta”,
hará que su carrera pictórica sea más bien gris. Pero, pese a todo, la tuvo, y
expuso en distintos Salones de Otoño y en la galería Pereantón. Ahora tenía
ante mí ese Retrato, que en su día
estuvo en la sala II del XXV Salón de Otoño. Una mujer sentada en un sillón
parece mirar, soñando o pensando, al interior de sí misma.
Los relojes, las mesas, las canicas,
los guantes, el sillón, las cartas y el propio cuadro, aun maltrechos y
aislados, se sublevaban contra el tiempo y su olvido, y su indócil grito
ahogado, su onírica insumisión, desenterraba instantes de entre los años. Como
si me dijeran: No es lo mismo haber vivido que no existir nunca. Como si lo que
una vez fue vivo viviera de algún modo para siempre. Como si la eternidad fuera
haber vivido un día.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
El cuento no premiado de Miguel Nieto
Texto publicado en la revista de San Juan de 2022
EL CUENTO NO
PREMIADO DE MIGUEL NIETO
No hay concurso, certamen, prueba,
oposición o competición sin sospecha de injusticia cuando no de trampa o amaño.
En el siglo XVII don Quijote cuestionaba las justas literarias al decir que el primer
premio se da en función del “favor o la gran calidad de la persona”, mientras
que el segundo es de “mera justicia”.
El jueves 8 de marzo de 1906 El Liberal publicaba el fallo del
concurso de cuentos que había organizado el propio periódico. Los miembros del
jurado (Armando Palacio Valdés, Vicente Blasco Ibáñez y José Nogales)
repartieron el primer premio entre cuatro trabajos, uno de ellos, titulado “Un
ejemplo”, correspondiente a Valle-Inclán. Además recomendaron la publicación de
otros cuatro. Entre los 922 participantes restantes se hallaba nuestro paisano
Miguel Nieto, que había publicado tres años antes una Historia de las Navas de
San Juan y que colaboraba en El Día,
en cuya redacción trabajaba. El 19 de marzo aparece en este periódico el cuento
rechazado, titulado “La canción del poeta”, indicándose que el excesivo número
de trabajos “ha debido ser un obstáculo para la acertada selección”, dados los
escasos miembros del jurado y el poco tiempo de que disponía (de hecho, el 28
de febrero se anunció el aplazamiento del fallo a instancias del jurado). El Día añade que publica el texto no
como protesta, “que sería justificada en parte”, sino para que los lectores
“aprecien como se merece” la tarea literaria del autor, cuya prosa es “siempre
castiza y amena”.
Pero la publicación en la prensa diaria debió dejar
insatisfecho a Nieto, porque en mayo de ese mismo año de 1906 tenemos ya a la
venta un libro de unas cien páginas titulado Cuentos presentados en el concurso de El Liberal, con cinco no
premiados, entre los que se halla “La canción del poeta”. He encontrado tres
referencias a él. Una, repetida muchas veces, en El Globo, que es más bien una nota publicitaria. Otra, en El País de 27 de mayo, donde se dice que
algunos de los cuentos del libro pueden codearse con los premiados, salvo con
el de Valle-Inclán (la reseña parece atribuir el primer premio exclusivamente a
este escritor, contra lo que hemos visto en el fallo), se defiende al jurado
(“no cometió grande injusticia”) y se admite que estos trabajos “no merecían
quedar inéditos” y “son casi todos agradables”. Por último, en la revista Nuestro Tiempo hay una dura reseña
firmada por Andrés González-Blanco que, a la vez que despotrica contra los
concursos, califica de “cuentuchos insignificantes” los del libro y acaba
extrañándose con sarcasmo de que los trabajos de “esta piña de autorzuelos” no
hayan sido premiados en público concurso.
No sé de
cuántos ejemplares sería la edición, pero al menos uno ha sobrevivido al paso
del tiempo. Su poseedor le ha puesto un precio de 70 euros, unas 11 650
pesetas. Cuando salió a la venta, hace 116 años, valía una.
JUAN FERNANDO
VALENZUELA MAGAÑA



