jueves, 10 de abril de 2025

Nadie duerma

 Texto publicado en la revista Stella, 2008

    NADIE DUERMA

 

            El prior se quedó perplejo al leer el nombre del remitente. Por un momento revoloteó en su interior una sensación enterrada en su memoria desde hacía medio siglo. Levantó la cabeza y la presencia de Pedro el cartero, que lo miraba con la curiosidad que despierta un matasellos urgente, le trajo de nuevo al presente. Le dio una perra gorda y, tras cerrar la puerta de su despacho, que dejó fuera el gañido de los lechones de la habitación de enfrente, abrió impaciente la carta.

            Santiago seguía teniendo la misma letra elegante y firme con que redactaba en la Universidad Gregoriana sus trabajos escolásticos. Tampoco había perdido su talento narrativo y su gusto por los enigmas. El que le proponía en pocas líneas tenía, eso sí, la tara de ser real:             

                                                                                  Madrid, a 28 de diciembre de 1955

 

Querido amigo:

                        Ha pasado mucho tiempo desde nuestras correrías romanas, pero nunca he olvidado tu humanidad y tu inteligencia. A ambas apelo para ayudar a mi hermano el comisario de policía, que lleva un tiempo sin poder dormir debido a un complicado caso. Aunque la prensa guarda silencio para no alarmar a la población, recientemente ha habido tres muertes extrañas, si bien naturales, en tres puntos de España alejados entre sí. Paso a contarte brevemente los detalles que considero pueden ser relevantes.

            El primer cuerpo encontrado era el de un hombre introvertido, soltero y aficionado a las matemáticas. El segundo era el cadáver de un hombre con continuos problemas conyugales, de los que huía encerrándose en una habitación donde no paraba de hacer crucigramas. En cuanto al tercer cuerpo, lo había habitado un hombre viudo muy sociable y parlanchín, amante de las conversaciones y los debates, en los que no paraba hasta agotar todos los puntos de vista y a sus interlocutores.

Los tres fallecidos no se conocían entre ellos ni tenían un conocido común, pero dos rasgos los relacionan. Por un lado, los tres descuidaron su alimentación y su aseo y parecían ser presa de una gran preocupación que acabó consumiéndolos. Por otro, y es lo que lleva a mi hermano a pensar que tras todo esto hay una sola mano, cerca de los tres cadáveres hemos encontrado un papel con el mismo dibujo: un prisionero flanqueado por dos guardianes, uno custodiando una puerta con el letrero “libertad” y otro la opuesta con la palabra “muerte”.

Mi hermano cree que estamos ante un ajuste de cuentas. Según él, el dibujo era la señal de que morirían o una forma en clave de pedirles un dinero que no pagaron y que les costó la vida, como si dijera: eres prisionero de nuestra organización, elige la libertad (pagando) o la muerte. Pero a mí esa interpretación no termina de convencerme.

Recuerdo los enigmas que te proponía cuando éramos estudiantes, y tu lúcida rapidez para resolverlos. Ahora estamos ante un enigma real, tres personas han muerto y puede que no sean las únicas. Tendrás que hallar la respuesta, amigo.

                                                                                                           El tuyo

                                                                                              Santiago Jiménez Arnedo

 

El prior esbozó una preocupada y nostálgica sonrisa, guardó la carta y salió. Era una tarde fría de enero y la actividad palpitante de la gente que volvía de la aceituna llenaba las calles. Pero don Francisco estaba en otro lugar y otro tiempo, en una tarde romana de principios de siglo, paseando por la Via della Conciliazione junto a su amigo Santiago. Sintió el misterio y el vértigo del tiempo, y recordó las conocidas palabras de San Agustín: cuando nadie me pregunta qué es el tiempo, sé lo que es, pero si me lo preguntan, entonces no lo sé.

 

Sin saber cómo, el prior había llegado a la iglesia. Un monaguillo con ojos vivos e inteligentes, se le acercó a darle un recado de Manolico el sacristán. El prior le dijo sin venir a cuento:

—¿Qué ser, con sólo una voz, tiene a veces dos pies, a veces tres, a veces cuatro y es más débil cuantos más pies tiene?

El niño, sin sorprenderse, esforzó reflexivemente la mirada y, con una mezcla de alegría y orgullo, respondió:

— El hombre, porque cuando es niño anda a gatas y cuando es anciano se ayuda con un bastón.

— Muy bien —revolvió el pelo del niño—. Ese era el enigma que la Esfinge proponía cerca de Tebas. Y quien no conseguía responder era estrangulado y devorado.

 

Es sabido que la mente sigue trabajando a nuestras espaldas cuando algo nos preocupa. Ello explica que, mientras impartía la comunión, le pareciera que el armonium de don Ramón Palomares había evocado por un momento el Nessun dorma de la ópera Turandot, de Puccini. Mientras Timotea esperaba la Sagrada Hostia con concentrada devoción, el prior detuvo a medio camino su mano y pensó en la enorme coincidencia entre el caso que la carta de su amigo le acababa de plantear y las palabras del libreto de Turandot: Gli enigmi sono tre, la morte è una!  Los enigmas son tres, la muerte una. Mejor a la inversa, se dijo: el enigma es uno y las muertes tres. Timotea tosió levemente y la mano de don Francisco terminó su recorrido.

 

Cuando acabó la misa, don Francisco se sentó en el sillón de madera de la sacristía, llamó al monaguillo a su lado y le dijo:

— Hay otra historia similar a la de la Esfinge, y se encuentra en una ópera de Puccini llamada Turandot. Turandot es una princesa china que propone a sus pretendientes tres enigmas. Si no los resuelven, son ejecutados. El trabajo nunca falta donde reina Turandot, dicen los ayudantes del verdugo. ¿A ti te gustan los enigmas?

— Sí, mucho.

— ¿Y sabes cuál es la diferencia entre un enigma y un problema?

En algún sitio el niño había leído la respuesta, aunque no la había entendido:

— El problema tiene visos de ser soluble. El enigma, no.

— ¡Toma ya! ¿Tú entiendes lo que quiere decir eso?

— Pues la verdad, no.

— Quiere decir que mientras un problema parece tener solución, un enigma nos aparece como algo que no la tiene.

— Sin embargo —observó acertadamente el niño—, el enigma que usted me ha planteado, el de la Esfinge, la tenía.

— Así es. Por eso yo no estoy de acuerdo con esa diferencia entre un problema y un enigma. Yo tengo otra.

— ¿Cuál?

— Yo creo que la diferencia estriba en el compromiso. Un problema no nos compromete, en él no estamos comprometidos, no afecta al núcleo de nuestra vida. Es algo periférico. Sin embargo, en un enigma nos va la vida. Eso es lo que quiere decir el mito de la Esfinge. Si no acierta el enigma, el viajero tebano muere. Por eso la solución al enigma es él mismo, el hombre. Si el hombre se encuentra, vive. Si no, muere.

El prior hizo una pausa. De la calle Santa Rita llegaban las voces sin tiempo de una tarde de invierno cualquiera de mediados de siglo. El prior continuó:

— Por eso también en Turandot mueren los pretendientes que no son capaces de resolver los enigmas. Los problemas nos aparecen en tierra firme —y escenificó con sus dedos sobre la vieja mesa las dos patas de un muñeco—, los enigmas en el precipicio — y arrastró sus dedos al borde de la mesa—. Claro que hay enigmas que no tienen solución: sólo cabe iluminarlos, darles sentido. En eso consiste el misterio. Anda, apañao, tráeme papel, pluma y tintero.

El prior se olvidó del monaguillo, y éste pudo ver con disimulo por encima de sus hombros cómo escribía lo siguiente:

 

 

                                                                         Navas de San Juan, a 12 de enero de 1955

 

            Sostengo, querido amigo Santiago, que los tres hombres de tu caso fueron asesinados. Del mismo modo, sostengo que nadie los mató. Los mató algo. Los mató un enigma.

Recordarás la figura mitológica de la Esfinge y la princesa de ópera Turandot. Pese a las apariencias, en realidad no son Turandot ni la Esfinge quienes matan. Mata el enigma. Es él el que ahoga cuando uno se compromete en él, cuando uno se lo toma como algo en lo que nos va la vida, en lo que nos la jugamos. No estrangula la Esfinge, estrangula el enigma. Ese es el sentido de todas las historias donde alguien propone uno.

Te estarás preguntando (me estarás preguntando) quién es, en ese caso, el cómplice del enigma, quién la Esfinge, que tiene cabeza de mujer, o la Turandot. Y ya tenemos ahí un camino: cherchez la femme. Porque se trata de una mujer. De la misma mujer.

Así que tenemos qué los mató y quién intervino. Veamos ahora el cómo. Para ello hemos de tener en cuenta los elementos comunes que tenían las víctimas. Los tres (un soltero, un casado con problemas conyugales y un viudo) parecían carentes de amor, y abiertos por tanto a su llegada. Por otra parte, los tres gustaban de darle vueltas a los asuntos (matemáticas, crucigramas, debates). Aparece una mujer hermosa en la vida de estos hombres tan receptivos y les propone un difícil problema. La trampa está magistralmente tejida: el amor y la vanidad los hacen caer en ella. No pueden dejar de pensar, sienten que la conquista de esa mujer, que su futuro, que su vida, se resumen en esa adivinanza. El problema deviene enigma. Recuerda que a tu hermano le impide dormir este caso: exagera esa preocupación y tendrás la muerte.

Ahora debería exponerte el porqué, pero aquí sólo cuento con conjeturas. Quizá lo haga por castigo, como la Esfinge, o quizá por venganza, como Turandot. O tal vez por puro juego.

¿Qué hacer? Cuando Edipo adivinó el enigma de la Esfinge, ésta se tiró al vacío. Cuando Calaf solucionó los tres enigmas de Turandot, conquistó su amor. Así pues, la solución es la solución, si me permites el juego de palabras. Con ella os podréis enfrentar a esa mujer, y morirá o caerá enamorada.

Pero casi me despedía, amigo Santiago, sin plantear el enigma que ha matado a esos tres hombres. Se trata del enigma del prisionero. Verás. Un rey, para celebrar su cumpleaños, concede a un preso la posibilidad de ser libre. Su celda está custodiada por dos guardianes, uno que siempre dice la verdad y otro que siempre miente. Cada uno custodia una puerta, una lleva a la muerte y otra a la deseada libertad. El prisionero no sabe ni qué guardián es el sincero o el mentiroso ni en qué puerta se halla cada uno de ellos ni, por supuesto, qué puerta debe escoger. Se le concede poder hacer una pregunta, una sólo, a uno de los guardianes. Eso debe bastarle para salir por la puerta que desea, la de la libertad.

Como ves, recuerdo con claridad el planteamiento. Por desgracia, en algún momento de mi vida olvidé la solución. Me pondré a ello, pero como el asunto es urgente porque la mujer puede volver a matar, te envío mis conclusiones por si vosotros dais con la respuesta antes que yo. Hasta entonces, y como se canta en Turandot, Nessun dorma!, ¡nadie duerma!

 

                                                                                          Un fuerte y amistoso abrazo                                                                                               Francisco del Moral Almagro   

 

En efecto, esa noche el monaguillo apenas durmió. Una parte de ella la pasó resolviendo el enigma. Otra, dudando sobre si debía decírselo o no al prior, pues por un lado estaba mal leer las cartas ajenas sin permiso, pero por otro podían estar en juego vidas humanas. Resolvió darle la solución antes de la misa de ocho. La última parte, sin embargo, la pasó soñando que no se presentaba a esa misa, que se iba del pueblo en busca de esa misteriosa mujer y que le espetaba la respuesta, esperando a ver si se moría o se enamoraba perdidamente de él.

 

                                                                                    Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

La luz del regreso

 Texto publicado en la revista Stella, 2015



LA LUZ DEL REGRESO

 

 

        El reto consistía en poner el dedo índice en la parte inferior del marco de la ventana, en el hueco en forma de arco que dejaba el cristal roto. Entonces alguien cogía este por arriba y lo subía, manteniéndolo en alto durante unos segundos de angustioso suspense, el dedo índice temblando en el marco de la ventana, sostenido por el tenso esfuerzo de la voluntad, los ojos tal vez cerrados. Luego el cristal caía y golpeaba contra la madera y el dedo permanecía entero, ileso y ya tranquilo en el hueco del cristal. La ventana pertenecía, si no me equivoco, a la casa que había entre la Pajarilla y la churrería de Anuncia, en una calle excepcional para jugar a las bolas por la calidad de sus piedras (la losa ante la tienda de la Carrasca era la mejor del pueblo) y la prueba, que tenía algo de iniciático, delataba al cobarde y aupaba al valiente. Creo que la llamábamos la guillotina.

        Puede sorprender que vivamos tiempos nostálgicos, que afloren libros y programas de televisión sobre la cotidianeidad de lejanos años del siglo pasado. Lo que no es sorpresa es que la nostalgia haya triunfado en las Navas. Siempre estuvo ahí. La sorpresa estaría en este caso en que lo más novedoso de nuestro mundo, internet, se haya puesto al servicio, en dos conocidos lugares virtuales de dos paisanos nuestros, de un sentimiento que nos lleva a un pasado sin móviles, sin ordenadores y hasta sin televisión.

        Un hombre se asoma a un balcón de la Peña. Ha corrido a sus espaldas la gruesa y pesada cortina de un rojo oscuro, viejo, gastado, para dejar de nuevo en penumbra la sala de la televisión. En Argentina, España está jugando contra Brasil y han llegado al descanso empatados a cero. Nadie sabe todavía que el partido quedará así, pese a que en el minuto 74 Santillana ponga de cabeza el balón a los pies de un Cardeñosa que nunca podrá olvidar la ocasión finalmente desbaratada. El hombre puede ver y oír, casi al pie de la torre de la Iglesia, a los niños que juegan a la guillotina. Es una tarde de finales de primavera, en el aire se mezcla el aroma de la vegetación de la plaza, el sonido del agua de la fuente, los gritos de los niños y los comentarios sobre Kubala a sus espaldas.

        Nostalgia, de nostos y algos, significa dolor por el regreso. Es el sufrimiento por no poder regresar. La obsesión por el regreso, la primacía de la nostalgia sobre la aventura, la consagró Homero en su Odisea. Ulises está empeñado en volver a su Ítaca: “Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso”.

        El hombre ha atravesado la penumbra de la sala de televisión y baja las anchas escaleras deslizando la mano izquierda por el pasamanos de madera. Una patulea de niños entra corriendo de la calle, lentifican su paso vigilantes y disimulados, bordean la escalera y se detienen ante la puerta del pequeño patio lleno de macetas. Los más osados cogen los botijos, beben, y se los pasan a los demás. En unos segundos han terminado y salen corriendo antes de que nadie pueda regañarles.

        La nostalgia que tanto éxito está teniendo no es exactamente la misma de Ulises. Este podía volver a su casa; nosotros no podemos volver a la infancia, a la guillotina, al primer amor, a la Peña, a aquella tarde de primavera. La nostalgia de Ulises está entreverada de ansia (“ansia de todos mis días”), porque hay un modo de acabar con el dolor por el regreso: regresando. La nuestra es tranquila y, asumiendo la imposibilidad del regreso, se recrea en la evocación. Por eso nuestra nostalgia es agridulce: el dolor por no poder volver va acompañado de una suerte de regreso, el regreso que permite la memoria.

        El hombre se ha quedado a mitad de la escalera mirando los botijos que han saciado la sed infantil. Todos tienen una corona de chapa en el pitorro y una tapa tejida con lana en la boca. Sin saber por qué, está seguro de que uno de esos niños, muchos años después, sentirá el deseo y la imposibilidad de volver a esa tarde de primavera de guillotina, carreras y botijos, que en ese momento es puro presente.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

Falsa moneda

 Texto publicado en la revista Stella en 2024.

FALSA MONEDA

 

No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, una fibra, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay suceso histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva.

(Pérez Galdós)

 

            Me basta con cerrar los ojos para verlo. Es un día de septiembre de 1908 y en Navas de San Juan hay hombres y mujeres cuyos nombres, apellidos y rasgos (la forma de un mentón o una nariz, el color de unos ojos) podemos encontrar todavía hoy en las mismas calles. Pero era otro mundo, otra España, la España de Alfonso XIII y de Antonio Maura. En las casas, en las tabernas y en los comercios del pueblo, ese año se había hablado sin parar del poco caudal de la Fuente de Taza, que no se correspondía con lo llovido y que hacía suponer que las cañerías estaban obstruidas. Pero, como en el resto del país, también se había hablado mucho de monedas falsas, sobre todo de los “duros sevillanos”.  La peculiaridad de esta moneda era que tenía la misma, a veces más, cantidad de plata (por debajo de las tres pesetas) que la moneda de curso legal. Ya no servía el truco de tirarla contra el mostrador de mármol y saber por la altura del rebote si era falsa. Y por mucho que se mirara el busto del rey o el escudo, ni siquiera los expertos podían dictaminar con claridad. El problema era tan grave que Maura había rescatado a Sánchez Bustillo, una vieja figura de la política española, y lo había puesto al frente del ministerio de Hacienda. En julio, el ministro decidió pagar el precio de la plata de cada moneda falsa que se entregara, pero ¿quién iba a dar un duro, que aun siendo falso parecía tan verdadero, por menos de tres pesetas? Así que hubo cierto caos, y algunos comercios se negaron a aceptar duros. Finalmente, entre el 10 y el 24 de agosto se había permitido canjear los dudosos por verdaderos. Además, la plata se había controlado y se luchaba contra los falsificadores. Había detenciones en todas partes de España.

            Me basta con cerrar los ojos para verlo. El alcalde don Fructuoso está escuchando los airados comentarios de un grupo de gente. Todos son vendedores, la mayoría de hortalizas, pero está también Juan José Granados, el confitero, casado desde febrero con Estrellica, y Roque el panadero. Juan Martínez, el inspector de policía municipal, intenta poner orden porque todos hablan atropelladamente y a la vez, quejándose de que les han pagado o intentado pagar con moneda falsa. “Los forasteros de los que estáis hablando se van del pueblo”, dice parsimonioso Antonio Hebrard, el farmacéutico, “acabo de cruzarme con ellos”. Y, sin pensárselo dos veces y tras dar recado a la Guardia Civil, don Fructuoso sale a paso rápido por la calle del Santo seguido por Juan Martínez y algunos curiosos. Al llegar al lugar donde estaba la ermita de San Sebastián, les da alcance. Son dos mujeres y un hombre, intimidados por la imponente presencia del alcalde, subrayada por el poblado bigote. “Vengan ustedes conmigo, tenemos que aclarar un asunto”. Por el camino protestan, dicen que no han hecho nada, que ellos solo han pagado con monedas recibidas en otras tiendas. Al llegar al ayuntamiento, don Fructuoso ordena a Pedro Patón, el alguacil portero, que no deje pasar a nadie excepto a los guardias civiles. Cuando estos llegan, los interrogan junto al alcalde y Juan en una pequeña dependencia. Sus nombres son Esteban Segura, que ya conoce la cárcel, Leocadia Blázquez, su esposa, y María Sánchez, vecinos los tres de Beas de Segura. Tras el registro se les descubre 155 monedas de dos pesetas, algunos duros y dos billetes de 50. Todo falso.

“Entre lo de Pernales y esto, va camino de ser usted un héroe”, le diría al día siguiente Juan Garrido, el médico, comentando la noticia aparecida en La Prensa y aludiendo a su colaboración en la captura del bandolero el año anterior. Minutos después, al ir a pagar la consumición, el tabernero apuntaría: “Lo siento, no aceptamos duros”.

 

 JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

Mercedes Fortuny y Miguel Nieto

Texto publicado en la revista Stella de 2023


MERCEDES FORTUNY Y MIGUEL NIETO

 

            Lo que más me atrae de la figura de Miguel Nieto es que siempre encuentro algo sorprendente sobre él. Fue lo bastante conocido en su tiempo para que, un siglo después, encontremos referencias en la prensa de la época o en estudios sobre los orígenes de la radio. Pero a la vez hace tantos años de ello y sus obras han sido tan olvidadas que no es fácil reconstruir con claridad su itinerario vital. ¿Tal vez la familia conserve unas memorias nunca publicadas? Quién sabe. Eso exigiría una investigación seria, que buceara en archivos y hablara con descendientes de su hermano Antonio. Yo solo he curioseado en hemerotecas digitales y he seguido pistas con talante más detectivesco que académico. En esta misma revista y en la de San Juan pueden consultarse algunos hallazgos. Hoy añadiré el más inesperado de ellos.

          

         Eran las siete de la tarde de un día de finales de noviembre del año 1950. En Radio Barcelona nacía un programa que yo llegaría a conocer a principios de los ochenta, el Consultorio de Elena Francis. Se trataba de un espacio en el que se daba respuesta a las cuestiones que las radioyentes (pues era un programa femenino) planteaban por carta, y que iban desde asuntos de cocina, jardinería, salud o belleza hasta problemas sentimentales. Pese a lo que la gente creía, Elena Francis no existía. Un equipo de guionistas, y desde 1966 uno solo, se encargaba de redactar las respuestas a las consultas. En esa primera emisión, el programa se presentó como sucesor de Radiofémina de Mercedes Fortuny.

         Radiofémina, el consultorio de la escritora Mercedes Fortuny, comenzó en Radio Barcelona en 1930. Por aquel tiempo Miguel Nieto dirigía las emisiones literarias y dramáticas en esa emisora. La estructura de Radiofémina constaba de varios bloques temáticos, con distintos colaboradores literarios que escribían sus secciones, leídas habitualmente por Carmen Martínez Illescas, primera actriz de la emisora. Además de responder a las preguntas sobre temas femeninos, había un artículo de fondo, una parte literaria con trabajos en prosa y verso de mujeres, noticias de sociedad, etc. En diciembre de 1932 el programa desaparece. Volvemos a encontrarnos con Mercedes Fortuny en 1935 como responsable de unas «Crónicas para la mujer» en la Emisión Fémina de Unión Radio Madrid.

Tras la guerra civil, Radiofémina y Mercedes Fortuny reaparecen en Radio Barcelona el 1 de octubre de 1941. Desaparece en los primeros meses de 1947 y es sustituido en octubre de ese mismo año por el programa Ella, un magacín con diferentes espacios que dura hora y media. Uno de ellos, que consistía en un comentario sobre temas diversos, corre a cargo de nuestro Miguel Nieto. Hay otro, “El noticiero de matrimonio”, que unas veces firma Nieto y otras Mercedes Fortuny.

         ¿Qué tiene que ver Miguel Nieto con estos consultorios femeninos, más allá de esas coincidencias señaladas con Mercedes Fortuny? A decir de dos investigadores, Armand Balsebre y Rosario Fontova, Mercedes Fortuny nunca existió. Eso no sería raro, ya hemos visto que también Elena Francis era un ser ficticio. En el periodismo y la literatura de la época era común el uso del seudónimo. Pero ahora viene el sorprendente hallazgo: “podríamos pensar que detrás del seudónimo de Mercedes Fortuny estuvo en realidad el novelista, dramaturgo, libretista y autor de muchos cuentos y poemas Miguel Nieto”. Ellos se basan en dos elementos: la evolución de ambos nombres en Radio Barcelona y “la semejanza gráfica de sus respectivas rúbricas en los guiones consultados”. Habría otro argumento en que ellos no reparan. Nombran a tres escritoras colaboradoras de Radiofémina que también parecen ficticias. Una de ellas, que apuntaría a la presencia de Miguel Nieto detrás de todo esto, es la baronesa de las Navas (aunque los investigadores hablan de “la condesa de las Navas”, las referencias que yo he encontrado le dan el título de “baronesa”).

         Si todo esto es cierto, Miguel Nieto tuvo que trasladarse a Madrid tras terminar en el 1934 su etapa como director de las emisiones literarias y dramáticas de Radio Barcelona. En enero de 1935, el diario La Vanguardia dice que «Mercedes Fortuny cesó en Radio Barcelona para irse a Madrid, donde seguirá por correo su Consultorio Femenino» desde un domicilio particular. En la programación de Unión Radio Madrid de un día de mayo de 1935 localizo a Mercedes Fortuny como responsable de «Crónicas para la mujer» en el programa Emisión Fémina. En un periódico de 24 de julio de 1936 aparece todavía esa sección, lo que apunta a que Miguel Nieto seguía en Madrid al comienzo de la guerra. Tras ella, según hemos visto, lo situaríamos en Barcelona en los años cuarenta.

         Retomemos a Elena Francis. En su primera emisión (recordemos: noviembre del 50) se habla de «nuestra llorada Doña Mercedes Fortuny (q.e.p.d.), de tan grata memoria». El magacín Ella había sido su último programa. También el de Miguel Nieto.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

           

            

martes, 25 de marzo de 2025

Risas

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de marzo de 2025.


RISAS


         No podemos negar que, junto a noticias horribles, vivimos rodeados de risas. Comedias, monólogos, chistes, nos aparecen en televisión y en las redes sociales a todas horas. Nada cuesta nombrar un puñado de cómicos famosos o de actores que nos han hecho reír en algún momento. Ahora bien, ¿de qué cosas nos reímos y por qué? Hay tres grandes corrientes sobre la risa en las que se agruparían todas las teorías existentes sobre el asunto. La primera apela a la superioridad, afirmando que la risa es un modo de burlarse de alguien que queda así como inferior a nosotros. Quintiliano (siglo I) decía que “la risa no está muy lejos del escarnio” (jugando con las palabras latina risus, risa, y derisus, escarnio). Y desde la biología evolutiva hay quien dice que la risa (o la sonrisa) tiene su origen en el gesto de mostrar agresivamente los dientes. La segunda corriente apunta a la incongruencia como la clave para entender la risa, que sería una reacción a lo ilógico o lo inesperado. Kant decía que “la risa es una emoción que surge de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada». En tercer lugar, estaría el conjunto de las teorías que ven en la risa un alivio, una forma de liberar energía. Un chiste sobre la muerte nos permite dejar escapar la preocupación reprimida que nos produce ese sobrecogedor tema.

         Como sabemos por experiencia, no a todos nos hacen gracia las mismas situaciones ni los mismos chistes, ni siempre estamos predispuestos a reír ante ellos. A veces valoramos más el humor que nos provoca como mucho una sonrisa que la barbaridad que nos arranca una carcajada. Y luego está una risa muy curiosa, la risa incontrolable. En el año 192, en el Coliseo, un senador romano llamado Dion estaba viendo la actuación del propio emperador Cómodo, quien mató un avestruz, le cortó la cabeza y se acercó a las primeras filas donde estaban sentados los senadores, “levantando la cabeza con la mano izquierda y blandiendo la sangrienta espada con la derecha”, y haciendo gestos que indicaban que pretendía hacer lo mismo con ellos. Los senadores, en vez de angustiarse, fueron presa de una risa incontenible, lo que llevó a Dion a coger de su corona unas hojas de laurel y ponerse a masticarlas, lo que imitaron los demás, disimulando así su risa.  En esas situaciones un ingrediente fundamental parece ser la inconveniencia de reírse. Por eso le pasa al alumno en clase o al presentador en un programa de televisión.

         El filósofo atomista Demócrito de Abdera (siglo V a.C.), ha pasado a la historia asociado a la risa (del mismo modo que Heráclito ha pasado como el filósofo llorón). Hay una novela corta epistolar en la que el médico Hipócrates es llamado por los ciudadanos de Abdera para que curen a su filósofo, porque siempre se está riendo, y de cosas inapropiadas. Pero al final se descubre que no está loco, sino que se ríe de las tonterías del hombre: “Crees que hay dos causas de mi risa, las cosas buenas y las cosas malas, pero me río de una cosa: de la raza humana”.

         Algunos llegaron a morir de risa, como el pintor griego Zeuxis (también del V a.C.). Conocida es la competición entre él y Parrasio para ver quién imitaba mejor la realidad. Zeuxis pintó un racimo de uvas al que fueron a picotear los pájaros, pero Parrasio pintó una cortina que Zeuxis intentó correr. Pues bien, Festo cuenta que Zeuxis “se murió de risa por carcajearse con desmesura de una pintura de una anciana que él mismo había pintado”. La pregunta sobre por qué eso le hizo tanta gracia tiene que ver con la de qué es lo que hace reír en cada cultura. De hecho, hay otros dos personajes de la antigüedad que murieron también de risa. En esos dos casos fue por lo mismo: por ver un burro comiendo higos y ocurrírsele añadir a eso la imagen del burro bebiendo vino sin mezclar. La clasicista Mary Beard nos aclara que lo que les hizo reír fue que el animal se saltara el límite entre la dieta animal y la humana. 

         Pero la tradición también nos ha legado figuras que se caracterizaron por no reír nunca. Lo que nos lleva al siguiente artículo.

         Juan Fernando Valenzuela Magaña




martes, 28 de enero de 2025

Caballos (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de enero de 2025.


CABALLOS (II)

A los caballos que vimos hace dos meses me gustaría añadir dos o tres más. Comencemos con Hans, apodado “el listo”, que tan famoso fuera a principios del siglo pasado. Es cierto que podría preguntarle al chat GPT sobre este équido que conocí hace muchos años a través de un documental, pero sus respuestas me resultan frías. Por eso me gusta más acudir a otro recurso, también facilitado por internet, que es la hemeroteca. Leer la prensa de otra época es respirar su atmósfera. Uno se siente en pantuflas sentado cómodamente en un sillón junto a la chimenea y pasando las páginas de un periódico al que se encuentra suscrito, mientras de detrás de la ventana llega, amortiguado, el sonido de la calle: el ladrido de un perro, las voces del lechero, los juegos de unos niños.

El caballo Hans había sido enseñado por su dueño, el barón von Osten, que además de barón era maestro, a leer y a hacer operaciones matemáticas. Uno podía encontrarse en el humilde lugar en que hacía sus exhibiciones a embajadores, oficiales del ejército alemán uniformados, señoras de la nobleza del imperio o científicos. Situémonos allí entre ellos. El animal expresa los números golpeando el suelo con una de las manos tantas veces como unidades quiera indicar. Una inclinación de la cabeza a la derecha es , y a la izquierda no. Veamos qué pasa. A la pregunta del barón “¿Cuál es el día del cumpleaños del Kaiser?”, Hans responde con 27 golpes. A la pregunta “¿De qué mes?”, con uno. Dado que se trata del 27 de enero, es recompensado con zanahorias. “¿Cuánto hay que añadir a veintitrés para llegar a veintisiete?”, continúa el barón, y el caballo da cuatro golpes sin dudar. La polémica sobre si se trataba o no de un fraude llevó a nombrar una comisión integrada entre otros por el director del circo imperial, el inspector de escuelas o el director del Jardín Zoológico de Berlín, que pareció dar la razón al barón. Posteriormente hubo otra evaluación a cargo del profesor Stumpf. Este se dio cuenta de que el caballo se equivocaba si se le colocaban cubre-ojos de manera que no pudiese ver a las personas presentes. La conclusión fue que el animal observaba los ligeros e inconscientes movimientos del cuerpo de quien le preguntaba y los interpretaba como signos. El motivo último eran las zanahorias y nabos que constituían la recompensa. Puro condicionamiento operante, diría un psicólogo. Pero ¿no deja de ser maravillosa la capacidad de observación de Hans?

Cambiemos de caballo y de fuentes. De la prensa de hace un siglo pasemos a dos textos clásicos. En el libro II de la Eneida, Virgilio nos cuenta la historia del caballo de Troya, artilugio a través del que varios soldados griegos consiguieron introducirse en la ciudad fortificada y abrir luego sus puertas a los camaradas, provocando la caída de Troya. Pero fijémonos en el griego traidor que mediante un ardid ha engañado a los troyanos, quienes lo acogen permitiendo que luego facilite la salida de los escondidos en el interior del ingenio. Su nombre es Sinón. Acabo de encontrármelo en el Infierno de Dante, en el VIII Círculo, en el apartado de los falsarios y dentro de él en el de los embusteros. Precisamente es Virgilio el guía de Dante en este lugar alucinante que tan bien refleja una película de 1911 accesible en internet. En el mismo canto (el XXX) en que se halla Sinón, aparece un florentino que está en otra sección de los falsarios: la de los suplantadores de personas (en el infierno, locos furiosos, de acuerdo con una cierta relación entre pecado y castigo). Este hombre se puso de acuerdo con el sobrino de Buoso Donati para hacerse pasar por el tío moribundo y otorgar así testamento a favor del sobrino y de sí mismo. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque el motivo último de tal engaño era… hacerse con una bellísima yegua.

         

Juan Fernando Valenzuela Magaña




miércoles, 4 de diciembre de 2024

Caballos

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de diciembre de 2024.


CABALLOS


         Mi propósito en la especie de bestiario que intermitentemente retomo en estas páginas no es sino contar las asociaciones que mi memoria hace cuando se le nombra un animal y se fija en él. He hablado de loros, tortugas, mariposas, gatos, cisnes, moscas… Hoy quiero hablar de caballos. Y el primero que destaca se encuentra en una plaza de Turín un día del comienzo del año 1889. Es viejo, no puede moverse debido a su sobrecarga y su cochero lo está azotando. Un hombre de poblado bigote se acerca al animal, se le abraza al cuello, llora compasivamente diciendo: “Madre, soy tonto, madre, soy tonto”, y cae desvanecido. Ese hombre se llama Friedrich Nietzsche y su mente se está desmoronando para siempre. Todavía vivirá unos años más, casi hasta ver nacer el siglo que de alguna manera anticipó.

Es imposible, me temo, saber si esa escena ocurrió realmente así. Uno de sus biógrafos se pregunta si el azote al animal no fue imaginado por un Nietzsche ya trastornado. Sabemos lo que pasó con él después: fue recogido en Turín por su amigo Overbeck y trasladado a una clínica psiquiátrica en Basilea y luego al hospital de la Universidad de Jena. Como no se recuperaba, su madre lo llevó a su casa de Naumburgo y, tras morir esta, estuvo en Weimar al cuidado de su hermana. Pero ¿qué fue del caballo? El director de cine Béla Tarr ha imaginado lo que le sucedió una vez que volvió a casa con su cochero en una película en blanco y negro de viento, de ocaso y de final.

Hay otro caballo, este literario y onírico, cuyo papel recuerda mucho al de Turín. En Crimen y castigo, de Dostoievski, Raskólnikov sueña que es pequeño y va con su padre cuando ve que en la puerta de una taberna hay una carreta grande a la que está enganchado un escuálido jamelgo. El dueño y sus amigos salen del local borrachos y se montan, el animal no puede tirar y recibe una lluvia de latigazos. Ahorraré la crueldad que sigue, que acaba con su vida. El chico, enloquecido, gritando, llega hasta la yegua muerta, “abraza su cabeza ensangrentada y la besa, la besa en los ojos, en los labios…” ¿Habría leído Nietzsche esa escena?

         Si uno dice Dostoievski, siempre habrá alguien que responda Tolstoi. Son dos gigantes de la novela que escribieron en la misma lengua y en el mismo momento histórico, pero que representan dos formas distintas de ver el mundo. El crítico literario George Steiner ha dedicado un extenso libro a compararlos. Pues bien, precisamente Tolstoi escribió una novela corta titulada La historia de un caballo, en la que vemos a uno viejo (una vejez “majestuosa y lamentable al mismo tiempo”), castrado, utilizado como bestia de carga y despreciado entre la yeguada porque no se sabe su origen. “La expresión de su cara era grave, meditabunda y dolorosa”, se cuenta. En un momento dado, una yegua lo reconoce y entonces Jolstomer, que así se llama el caballo, cuenta su historia. De sangre noble, tenía buena constitución y alabada fuerza, pero era pío, es decir, con manchas, lo que era considerado una vergüenza. Esa apariencia marcó su destino. Sus avatares y sus reflexiones (como la que hace sobre la propiedad) las cuenta a los demás animales cuando, de noche, se quedan solos. Al final, encariñados con él, asistimos con un nudo en la garganta (Tolstoi lo narra magistralmente) a su degüello, motivado por la sarna.

Y acabemos con uno de los caballos más famosos del imperio romano: Incitato, el caballo de Calígula. Nos cuenta Suetonio que tenía “una cuadra de mármol y un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de piedras preciosas”, más una casa con su servidumbre y su ajuar. Se decía que tenía pensado otorgarle el consulado. Pero si hacemos caso a la académica inglesa y amena y sensata divulgadora del mundo romano Mary Beard, convendría sospechar de lo que la tradición nos ha dicho sobre este emperador. A su sucesor, Claudio, le venía bien un Calígula monstruoso. En sus palabras, “puede que Cayo fuera asesinado porque era un monstruo, pero también es posible que se le convirtiera en un monstruo porque fue asesinado”.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña


Dibujo de Calígula e Incitato por Jean Victor Adam (1801–1867)