En el número 273 (Noviembre/Diciembre 2020) de la revista Claves de Razón Práctica, aparece mi reseña del libro Aves del paraíso, de Luisa Etxenike, publicado en la editorial Nocturna.
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
martes, 2 de marzo de 2021
lunes, 1 de febrero de 2021
El no saber
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 1 de febrero de 2021.
EL
NO SABER
Siempre que la pedagogía al uso habla de que
todo lo que el alumno aprende ha de cimentarse en conocimientos previos, mi
memoria me entrega una impresión destilada de un puñado de recuerdos. Se trata
de lo siguiente. Hubo en mi infancia frases o informaciones que no entendí.
Pero, lejos de desvanecerse por ser ininteligibles para mí, permanecieron
durante años nítidas en mi memoria, como si el halo de incomprensión que las
recubría las protegiera del olvido o el deterioro. Se mantuvieron invariables,
enteras y firmes como si esperaran el momento en que su sentido sería, por fin,
desvelado. Algo que, en efecto, tarde o temprano ocurría. Se trataba de un no
saber misterioso, atravesado por la curiosidad, y que tal vez me enseñó dos
cosas: que el conocimiento está vinculado al tiempo y que el no saber es
también una forma de conocimiento.
Es
esta una cuestión que desconoce el erudito y que puede servir para
diferenciarlo del sabio. El erudito solo conoce un tipo de no saber, la
ignorancia de una terra incognita, de una zona más allá de nosotros que pide
ser conquistada. El no saber al que yo me refiero, sin embargo, es el de algo
que está no fuera, sino dentro de nosotros. Articular ese desconocimiento como
la sombra o condición del saber sería una interesante propuesta. Nuestra vida
ganaría en riqueza si lográramos una armonía con lo que se nos escapa.
Distinguir ese desconocimiento de otros modos de no saber, clasificar estos de la
misma forma que existe un catálogo de lo que sabemos, una sistematización de
las ciencias, es algo que no se ha hecho todavía.
En
este sentido, los escritores parecen haberse dado cuenta con más claridad que
los filósofos de la importancia de salvaguardar un espacio de no conocimiento a
la hora de lanzarse a su tarea. En el núcleo del esfuerzo filosófico está la
tendencia a no dar nada por supuesto, a no partir de nada que no se haya
demostrado o mostrado. Hay quien ha sospechado que esa pretendida ausencia de
prejuicios es ya un prejuicio. A quien objete que precisamente fue un filósofo,
Sócrates, quien dijo aquello de que solo sabía que no sabía nada, y que por
tanto podríamos erigirlo en el rey del no saber, cabría responderle que es
justamente ese no saber otro de los que no conviene confundir con el objeto de este
artículo. Los novelistas suelen contarnos que mientras escriben hay una parte
en su proceso creativo que se les escapa. Todo funciona mejor, dicen, si se
mantienen en una cierta ignorancia (de lo que están queriendo expresar, de lo
que va a pasar, de la extensión de la obra). Ese desconocimiento es el que
alimenta el conocimiento que la novela proporciona.
Hay
un cuadro de Hopper, titulado “Excursión a la filosofía” (1959) en el que se ve
a un hombre sentado, camisa, pantalón y zapatos, en un lado de la cama, con un
libro abierto abandonado a su derecha, sobre el lecho, y detrás de él, acostada
y de espaldas, probablemente durmiendo, una mujer desnuda de cintura para
abajo. El hombre dirige sus ojos hacia el suelo, donde se recorta un rectángulo
de luz procedente de la ventana, pero parece estar mirando hacia su propio
interior. El libro no está dejado de lado con decepción sino porque la tarea
última de un libro es empujarnos más allá de él. Tampoco la carne y el amor han
decepcionado. Pero ambos conocimientos, el intelectual y el humano, parecen
buscar una zona de sombra que, paradójicamente, los ilumine. Es en esa zona en
la que se está posando ahora la mirada del hombre. Sin analizarla, sin escarbar
en ella, salvaguardándola, pero siendo a la vez consciente de que, como en el
suelo del cuadro, ambas zonas, la de luz y la de sombra, se buscan y se
necesitan.
Lo
que la existencia de esa franja umbrosa nos dice no es tanto que hay una parte
desconocida en nosotros que influye en lo conocido, al modo en que el
psicoanálisis nos habla del inconsciente, sino que no por saber algo el enigma
está resuelto, que hay ya en el propio conocimiento un irreductible misterio,
el misterio que acompaña como sombra lo que existe y lo que sabemos.
JUAN FERNANDO VALENZUELA
MAGAÑA
martes, 5 de enero de 2021
El viejo
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de enero de 2021.
EL VIEJO
Si siempre quiso vivir
en el pueblo no fue por falta de ambiciones o por exceso de comodidad. Fue
porque nada le ha procurado nunca más emoción y le ha enseñado más que salir a
la calle y conocer a cada una de las personas con las que se cruzaba. No
conocerlas por su nombre o su profesión, sino saber de ellas su árbol
genealógico, el trenzado de sus relaciones familiares y amistosas, las
historias de sus abuelos y cómo se conocieron sus padres. Su memoria en primera
persona abarca un siglo, pero sus padres y abuelos y los de sus amigos de la
infancia les contaban historias que habían vivido o les habían contado y que
llegaban, cada vez más desdibujadas, hasta otro siglo atrás. Tener todo eso en
la cabeza hacía del salir a la calle una apasionante aventura llena de hondura
y melancolía. No hay sitio donde los muertos estén más vivos que en una
comunidad así. Tardan mucho los muertos en morirse de verdad, es decir, en
olvidarse, porque la gente que los conoció los sigue viendo en la forma de la
nariz de un hijo o un nieto, en el color del pelo de un descendiente, en un
gesto o en un rasgo de personalidad, y sigue hablándose de ellos, de lo que
hicieron y dijeron, de lo que harían y dirían, como si estuvieran.
Por eso sabe que cuando
él muera morirá su segunda muerte mucha gente de la que solo él guarda
recuerdo. Personas que solo él ha conocido de entre los vivos. Niños que
murieron hace casi un siglo, de garrotillo, de diarrea verde infantil, de un
trágico accidente. Padres que no llegaron a conocer a sus hijos hoy
octogenarios. Hombres y mujeres que eran ancianos cuando él aprendía a leer.
Cierra los ojos en este
pequeño piso de ciudad y recorre mentalmente las calles y las caras del pueblo.
Ve la calle Real y a los vecinos que han habitado cada una de las casas desde
hace un siglo. Padres, hijos, hijos de hijos; cambios de dueños, muertes
trágicas, matrimonios, emigración. Puede pasarse el día con los ojos cerrados y
recordando toda su vida, año por año, suceso por suceso, persona por persona.
Nadie quiere ya
escuchar las historias de un pobre viejo, batallitas de hace casi un siglo. Y
no es por egoísmo por lo que le duele la indiferencia hacia lo que hay en su
memoria, sino por ellos, por todos los que viven en ella y en ninguna memoria
más. Nombres de gente que no serán ya pronunciados cuando él muera, rostros que
nadie describirá, sucesos que explican comportamientos e inquietudes del
presente. Manuel, por ejemplo, que muchos años antes de la guerra leía y
comentaba los artículos de Ortega y Gasset que aparecían en el periódico. Sin
él no se puede entender del todo que el bisnieto de su hermana esté
investigando no sé qué en Nueva York. Así es como el viejo ve a la gente cuando
se la cruza en su imaginación por las calles, con una hondura que se remonta a
veces hasta doscientos años río arriba. Y eso da una sensación vertiginosa del
misterio del tiempo, y de la vida y de la muerte, y una inefable e infinita
melancolía. Y una especial relación de cercanía con los muertos.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
lunes, 7 de diciembre de 2020
De principios y sueños
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 7 de diciembre de 2020.
DE PRINCIPIOS Y SUEÑOS
Lo que el escritor se juega en el comienzo de
una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como
dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella,
nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches
hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo
que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el
principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y
no tanto el qué.
En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de
cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo
fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”),
supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy
famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi
(“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su
modo”) o, en nuestros días, el de Corazón
tan blanco, de Javier Marías:” No he querido saber, pero he sabido que una de
las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su
viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió
la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola
de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres
invitados”.
En una antología de
comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber
calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una
mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando,
una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su
cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos
casos, la historia comienza al despertar. El continuo fluir de los días se
rompe en el comienzo de uno de ellos.
Al hablar de la
importancia del principio en el de este artículo, mi intención era precisamente
esa, agarrar al lector de la solapa para no soltarlo hasta el final. Pero la
cosa se me ha ido de las manos, porque de lo que yo quería hablar era de sueños
y todavía no he empezado a hacerlo. Yo quería relacionar ese magistral inicio
de La metamorfosis (o La transformación, que es la traducción
del título en las Obras Completas de
Kafka) con los sueños que estamos teniendo en este periodo de pandemia. En los
años treinta la periodista alemana Charlotte Beradt recopiló más de 300 sueños bajo
el poder de Hitler. Un ama de casa soñó que había en su cocina un agente de la
Gestapo interrogando al horno, que hablaba por la tapa contando los chistes y
las ofensas de la familia contra el gobierno. Internet ha permitido a una
psicóloga de la Universidad de Harvard recoger más de 10.000 desde finales de
marzo. Observen este: la gente había evolucionado y estaba dentro de burbujas
invisibles de 3,6 metros de radio que actuaban como campos de fuerza, y no se
podía tocar a otra persona hasta la extinción del ser humano. O este otro:”Estoy
haciéndome un test de covid-19. Pero es un examen de opciones múltiples y no
consigo acertar ninguna respuesta. Me dicen que he suspendido y que tengo la
enfermedad”. Deirdre Barrett, que así se llama la psicóloga de Harvard, comenta
que, aunque las imágenes suelen ser las mismas en todas las crisis (se sueñan huracanes,
terremotos, incendios…), en esta aparecen algunas distintivas, como ataques de
bichos o la presencia de monstruos invisibles. Se piensa que además de procesar
la información de la vigilia, estos sueños buscan también influir en ella, darnos
energía, ayudarnos a cambiar las cosas.
Era partiendo de la relación entre esas nuevas
imágenes oníricas mencionadas con el
“monstruoso bicho” de Kafka como pensaba arrancar este artículo (por
cierto, uno se pregunta qué “sueños agitados” eran esos que habían poblado la
noche de Gregorio Samsa), pero he tenido que llegar al final para mostrarla. En
fin, también se puede hablar de finales memorables, pero esos solo adquieren su
sentido cuando se ha leído lo anterior.
Juan
Fernando Valenzuela Magaña
sábado, 7 de noviembre de 2020
Y más noticias de Kafka
Artículo aparecido en el Jaén el sábado, 7 de noviembre de 2020.
Y MÁS NOTICIAS DE KAFKA
En
los dos artículos anteriores seleccioné noticias curiosas partiendo de una idea
expuesta por Kafka en una de sus cartas a Felice (el lector curioso que se
incorpora ahora puede consultarlos con facilidad). Los habíamos agrupado en las
categorías siguientes: realidad y ficción, discusiones intelectuales con triste
final, identidad, detectives y amor. Vimos que no era raro que una noticia
compartiera dos o más categorías y precisamente aquella con la que quiero
empezar hoy se encuentra en las dos últimas. Amor e indagación policial se dan
en ella.
A
principios de este siglo oíamos hablar mucho de matrimonios de conveniencia.
Cónsules y jueces se encargaban de impedir que se celebraran descubriendo la
impostura mediante hábiles preguntas. Un domingo de octubre de
2006 El País publicaba un pequeño
reportaje sobre el asunto. El precio de un cónyuge español, se decía allí, iba
de 3000 a 10 000 euros. Un cónsul del norte de África contaba que había muchos
casos de hombres que solo hablaban árabe y algo de francés y que solicitaban
casarse con una chica que conocía exclusivamente el español. Cuando se les
preguntaba por la comunicación solían decir que siempre había a mano un primo o
un amigo que hacía de intérprete. Pero una chica fue más lejos y contestó a un canciller:
“Nos comunicamos con la mirada y con el corazón”. Así eludían, pienso, como
filósofos analíticos, las trampas del lenguaje. En un libro de Jünger tengo yo subrayada
esta afirmación: “Los enamorados no necesitan diccionario”.
Podemos entrar en otra categoría, la de
la muerte, sin abandonar la del amor, porque las dos noticias que traigo ahora
pertenecen a ambas. La primera es de noviembre de 2009 en El Imparcial y nos habla de un
vietnamita que dormía como perro fiel sobre la tumba de su esposa. Tras meses
así, decidió cavar un túnel para seguir haciéndolo con mayor cercanía y
protegido de las inclemencias del tiempo. Sus hijos intervinieron y le
impidieron sus sueños extravagantes. Una noche desenterró los restos, moldeó la
arcilla alrededor de ellos, vistió la figura resultante y se la llevó a su
cama, donde durante cinco años durmió con ella. Me ha recordado lo que se dice
(pero se dice mal) de la poetisa Carolina Colorado. Se cuenta que embalsamó el
cadáver de su marido y lo tenía en una habitación de su palacete. Lo llamaba
“el silencioso” y “el hombre de arriba” y hablaba con él contándole sus cuitas.
Esta
misma pertenencia a los títulos de amor y de muerte puede atribuirse a la
noticia de El País de 26 de julio de
2008. El pintor francés Jean-Louis Ronzier se casaba a título póstumo con su
compañera fallecida cuatro años antes. “Ella hubiera hecho lo mismo en mi lugar.
La quiero mucho (obsérvese el tiempo verbal) y las otras mujeres no me
interesan”.
Terminaré
con dos informaciones inclasificables y, por ello, más fieles al programa de
Kafka con el que empezábamos esta serie de artículos.
En
Speyer (Alemania), una mujer escuchaba los problemas personales de un amigo.
Este acompañó sus lamentos con alcohol y la charla se convirtió en
monólogo interminable. La mujer protestó
sin éxito y acabó llamando a la policía. Cuando los agentes devolvieron al
hombre a su casa llevaba ¡treinta horas! hablando sin parar a su amiga.
En
Turnhout (Bélgica) un jubilado flamenco lleva nueve años recibiendo pizzas,
kebabs o hamburguesas que no ha solicitado. A veces el timbre suena después de
medianoche, cuando ya duerme. Muchas son las denuncias que ha puesto contra el
enigmático acosador que, usando distintos nombres y correos electrónicos, hace
el pedido a diferentes locales a través de la plataforma Takeaway.com, que permite pagar en efectivo en la puerta del
cliente. El jubilado, con problemas de corazón, considera que la cosa dura
demasiado para ser una broma y no puede dormir por el estrés que la situación
le provoca. En la foto que aparece en el artículo su rostro mira a la cámara
con hartazgo rebelde, mientras sostiene en las manos una de sus denuncias. “Ni
siquiera me gustan las pizzas”, dice.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
lunes, 12 de octubre de 2020
Más noticias de Kafka
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de octubre de 2020.
En el último artículo
hablamos de noticias curiosas. Solo seleccioné las que aludían al confuso
límite entre realidad y ficción y a discusiones intelectuales con inusitadas
consecuencias. Eran noticias tan extravagantes que cuesta creerlas, o que antes
costaba creerlas, pues ahora parece que el nivel general de credulidad ha
aumentado considerablemente. Como se quedaron en el tintero no pocas
informaciones recogidas, en papel y virtualmente, a lo largo de los años, voy a
dedicar un segundo artículo a este asunto.
Insisto
en que lo llamativo de ellas para mí se debe a la confluencia de dos motivos,
ninguno de los cuales es suficiente pero sí necesario. Por un lado, deben ser
informaciones singulares, extrañas, chocantes; por otro, deben tocar algún tema
que me sea íntimamente cercano. Uno de ellos es el de la identidad. En un
recorte de El País que data del 2006,
se cuenta cómo la BBC entrevistó en directo a un hombre que había ido a la
emisora a pedir trabajo confundiéndolo con un especialista en internet. El
productor se equivocó de habitación al ir a recoger al invitado y preguntó al
demandante de empleo si era Guy Kewney. Este, llamado Guy Goma, un congoleño
que no dominaba perfectamente el inglés, entre los nervios de la entrevista de
trabajo a la que acudía y la coincidencia en el nombre de pila, contestó que sí
y acabó en el estudio, presentado como un experto en internet. No obstante,
tras un instante de pánico, dijo “buenos días” y contestó como pudo a las
preguntas de la presentadora.
En
otro recorte del mismo diario (año 2000) se lee el siguiente título: “El muerto
que nunca lo fue”. Un técnico informático británico, al ver las imágenes del
accidente de trenes ocurrido en la estación londinense de Paddington, pensó que
era la oportunidad de desembarazarse de su antiguo yo. Vivía con un nombre
falso y llamó a Scotland Yard para decir que temía que en el vagón H (calcinado
con todos sus ocupantes dentro) viajara Karl Hackett (este era su verdadero
nombre, con el que había sido condenado a un año de cárcel). La jugada pareció
haberle salido bien. La meticulosidad de los agentes, sin embargo, que
percibieron que algo no encajaba, sacó a la luz el pasado del que el
protagonista quería escapar.
No
es sorprendente que esta noticia la tenga a su vez clasificada en la categoría
de las detectivescas, pues cualquier aficionado a la literatura policiaca sabe
lo importante que es en ella el tema de la identidad. En este mundillo nada
también esta noticia que pesco ahora del diario Sur (junio de 2016). Un tal Martin Duram fue asesinado en presencia
de su loro, de nombre Bud, que memorizó parte de la conversación entre asesino
y víctima y la repite como lo que es, como un loro. El asesinado apareció junto
al cuerpo de su mujer, que, aunque con un disparo en la cabeza, sobrevivió. No dispares, joder, repite Bud, y
especialistas en aves creen que reproduce la pelea entre un hombre y una mujer.
¿Asesinó la mujer a su marido y luego intentó suicidarse? El fiscal estaba
estudiando la posibilidad de utilizar al loro como testigo del crimen.
Me
ha gustado la imagen surgida en el párrafo anterior: las noticias como
pececillos nadando en distintas aguas. En las del amor, los bancos ictícolas
son poblados. En abril de 1999 apareció esta noticia. Un pescador (como se ve,
la metáfora guía la caña con la que capturo las noticias) halló en el estuario
del Támesis una botella con un mensaje de amor escrito 85 años antes por un
soldado que iba a Francia a luchar contra los alemanes en la Primera Guerra
Mundial. Doce días después moriría en su primer día en las trincheras. Tenía 26
años y se llamaba Thomas Hughes. Su mujer, a la que iba destinado el mensaje,
murió cuatro lustros antes del hallazgo del pescador, pero este envió la
botella a la hija, que aunque solo tenía dos años recuerda cómo se despidió de
ella su padre.
lunes, 17 de agosto de 2020
Las noticias de Kafka
LAS NOTICIAS DE KAFKA
En
una carta que Kafka escribe a Felice en noviembre de 1912, en plena redacción
de La metamorfosis, el escritor le
explica un plan que abriga desde hace tiempo pero que la pereza le ha impedido
ejecutar. Se trata de recopilar noticias de periódicos que “por algún motivo me
parezcan sorprendentes, que me afecten y resulten a la larga importantes para
mí personalmente”. Noticias destinadas literalmente a él solo, “sin que quien
juzga desde fuera pueda descubrir el motivo del interés particular”. Kafka
reconoce carecer de la perseverancia necesaria para montar una colección de ese
tipo solamente para su recreo, pero lo haría con gusto si fuera para Felice, y
propone a ella hacer lo propio e intercambiarse esas colecciones de informaciones
tan personales, regalándose así el uno al otro un pequeño y personal tesoro.
Al
leer esa carta, me he acordado de viejos recortes de periódico acumulados en
polvorientas carpetas y de los más asépticos registros virtuales de noticias
recopilados en el escritorio de mi ordenador. Y he pensado en compartir en este
artículo, liviano por estival, algunas de esas noticias que parecían, por un
motivo u otro, hablarme directamente a mí.
Mi
simpatía por la frontera entre la realidad y la ficción explica que mi
imperfecta colección tenga noticias como la del actor de teatro que se cortó el
cuello en escena al interpretar el suicidio de Mortimer en María Estuardo de Schiller, en el Burgtheater de Viena. Cuando cayó
al suelo, el público reaccionó con un aplauso. Afortunadamente, el actor
sobrevivió. Imposible no pensar al leer esto en aquel texto de Kierkegaard: “En
un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la
noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió.
Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que
perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se
trata de un chiste”.
En
esta categoría podemos incluir aquel titular de febrero de 2013 que rezaba: “Paralizado
un rodaje al detener un ciudadano a un ladrón ficticio en Ceuta”. El transeúnte
vio cómo unos policías locales perseguían sin éxito a un ladrón y se lanzó
sobre este tirándolo al suelo.
También
en cierto modo caen bajo este marchamo de confusión entre realidad y ficción
aquellos casos en los que valiosas obras de arte son confundidas con cosas
cotidianas. El ABC notificaba en
agosto de 2004 que una señora de la limpieza de la Tate Britain había echado al contenedor parte de una obra de arte
que consistía en una bolsa de basura. La composición completa pretendía mostrar
la finitud del arte, destinado a destruirse. En ese sentido, la limpiadora
podría haber reclamado su papel decisivo y culminador de la parte de la obra de
la que se hizo cargo, y exigir que su nombre constara junto al del artista
alemán (Gustav Metzger). ¿No era un objetivo vanguardista disolver el arte en
la vida?
Podría
seguir con noticias de este jaez un buen rato, pero la levedad veraniega exige
dar la espalda a la exhaustividad y saltar de flor en flor. Así que pasemos a
otra clase de informaciones. Las discusiones pueden llegar a ser muy
acaloradas, sobre todo si tratan ciertos asuntos y se dan entre rusos. En Rostov
del Don un hombre acabó disparando (con una pistola de balas de goma, eso sí) a
su contendiente dialéctico, tras haber intercambiado primero argumentos y luego
golpes. La disputa versaba sobre Kant. Pese a que El Mundo inscribe la noticia en la sección de Filosofía y no en la de Sucesos,
no he logrado encontrar dónde estaba exactamente la diferencia teórica entre
los dos tertulianos. Unos meses después, al norte de los Urales, la discusión
fue sobre literatura y su consecuencia irreparable. La “única literatura
verdadera es la prosa”, dijo la víctima, y su amigo, ebrio también pero paladín
de la poesía, lo mató a puñaladas. En ambos casos se saltaron los límites. Una
palabra, límite, muy querida
precisamente por Kant.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA







