martes, 3 de marzo de 2020

¿Sociedad del Conocimiento?

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de marzo de 2020.

¿SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO?

Cuando los sueños se hacen realidad, es difícil reconocerlos. Les falta para ello un ingrediente fundamental: la irrealidad. Una vez encarnados, materializados, con esa facilidad con que nos acostumbramos a lo real, no caemos en la cuenta de que era eso lo que habíamos soñado, de que estamos viviendo lo que nuestra fantasía, ilusionada, proyectaba. De algún modo, con todas las reservas que se quiera, un sueño se ha cumplido en nuestro mundo. El conocimiento ya está al alcance de todos, hasta tal punto que nos llamamos Sociedad del Conocimiento. Piénsese lo difícil que podía ser hace medio siglo acceder a libros que nos interesaban, a películas que queríamos ver, a música que nos atraía. No digamos leer, qué sé yo, la prensa francesa o inglesa a diario. O aprender ruso. O saber instantáneamente lo que está pasando en, pongamos, Leipzig. Hoy nadie que quiera acceder a un libro, una película, una música, un periódico, se queda sin hacerlo porque le sea, no ya imposible, sino difícil de obtener. Basta mover un solo dedo.
            Los libros, advertía Platón allá por el siglo IV a.C., pueden darnos la peligrosa y falsa sensación de que sabemos las cosas en ellos contenidas. Por el hecho de que uno ha leído las decenas de ejemplares que tiene en su biblioteca cree llevarlos dentro. De ahí a pensar que, incluso sin leerlos, ya han ejercido su función en nosotros, no hay más que un paso. Hoy, al ampliarse exageradamente la situación que turbaba a Platón, que tanto sabía de apariencias (recuérdese el mito de la caverna), podemos entender mucho mejor a qué se refería el filósofo griego. Internet pone a nuestra disposición todo el conocimiento humano, y eso nos procura la impresión de que lo sabemos todo. Para qué aprender nada si está en internet.
            Al discípulo de Platón, Aristóteles, no le hubiera inquietado esa disponibilidad del conocimiento. Según él, el hombre por naturaleza desea saber. Pónganse a disposición de la gente textos de ciencia, obras de arte, tratados filosóficos, volúmenes de historia, novelas y cuentos y poemas, y vídeos explicativos que permitan comprenderlos. Todos se abalanzarán sobre ellos buscando la sabiduría. Bien. La ciencia, el arte, la filosofía, la historia, la literatura, están ahí, a la mano, más concretamente al dedito (el índice, el que hace click). ¿Somos, como cabría esperar, una sociedad más sabia? ¿Merecemos el título que nos otorgamos, Sociedad del Conocimiento?
            Cierto es que la falta de filtro en la red ha supuesto la mezcla de lo valioso, lo mediocre y lo absurdo, de modo que lo primero que se necesita para conocer algo es hacernos de un criterio previo que nos oriente en el totum revolutum que tenemos a nuestra disposición. Recuerdo que en los ochenta, en una clase de lengua se nos preguntó qué era para nosotros un libro. Cuando un compañero dijo que para él un libro era un objeto con pastas en que aparecía un título y hojas en el interior, con letras que formaban palabras y que daban información, todos reímos el malentendido. La pregunta apuntaba a la relación espiritual que manteníamos con esa realidad, no a la descripción del objeto en sí. Sin embargo, si pensamos en la diferencia que hay entre El proceso de Kafka y…. (aquí cada uno rellene el hueco con el título que quiera), caeremos en la cuenta de que aquel alumno no iba tan desencaminado. Lo único que los libros tienen en común es precisamente eso, que tienen pastas y hojas. O así era en aquel entonces, pues hoy, con los libros digitales, ya no es algo material lo que unifica eso que llamamos libro.
            Buscar y usar esa herramienta previa y fundamental, el criterio para navegar por lo que se nos ofrece con el fin de hacerlo propio, requiere una sincera voluntad de conocimiento. Y esa es la pregunta. ¿Es nuestra sociedad una sociedad que quiere saber? ¿Es su ignorancia, más o menos densa, fruto de la pereza y la cobardía, como decía Kant cuando alentaba a atreverse a saber? ¿De qué instancia humana, recóndita e inconfesada, proviene esa ignorancia que tan fácilmente puede ser remediada?
 Juan Fernando Valenzuela Magaña


lunes, 3 de febrero de 2020

El friki




Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 3 de febrero de 2020.


EL FRIKI

Aunque el diccionario de la lengua española de la RAE otorga tres acepciones a la palabra friki, en realidad pueden resumirse en estos dos significados: el de raro o extravagante y el de una persona aficionada desmesurada y obsesivamente a algo. No me parece que toda rareza conceda a quien la porte el título de friki ni que lo haga igualmente cualquier afición exagerada. Un apasionado de la historia o la poesía no tiene por qué ser un friki. Hoy día en España lo mismo utilizamos el vocablo para referirnos a quien hace ya años nos representó en Eurovisión con una guitarra de juguete que para hablar de los personajes, académicamente brillantes, de la exitosa serie The Big Bang Theory. Si bien los dos casos son extravagantes, no lo son del mismo modo. Por otra parte, nada recogen las definiciones de la RAE, por ejemplo, de la asociación entre el friki y la informática, o del dominio que el friki adquiere en la materia por la que muestra esa desmesurada afición. Voy, pues, a proponer un acercamiento al friki entendido como una persona apasionada por algo, en general relacionado con las nuevas tecnologías o con la ciencia ficción, y con una cierta carencia de lo que los psicólogos llaman habilidades sociales. Comoquiera que tradicionalmente se ha considerado al sabio un ser inútil para la vida cotidiana, podemos preguntarnos si es el friki el sabio (o al menos una modalidad de él) en nuestro tiempo.
Del primer filósofo, Tales de Mileto, se cuenta que cayó a un pozo por ir mirando los astros, y que una joven campesina tracia se rió al ver la escena. Tycho Brahe, a su vez, habría sugerido a su cochero que se orientaran por las estrellas para seguir el camino más corto, a lo que el cochero replicó: “mi querido señor, usted podrá saber mucho sobre los cuerpos celestes; pero aquí, sobre la tierra, es usted un necio”. ¿Es acaso el don del pensador como aquel con el que Juno honró a Tiresias, cegándolo para dotarle de la facultad de la adivinación? Puede que el intento de abarcar el universo le valga al sabio un tropezón, pero esto no significa que no sepa tratar con la realidad. El propio Tales, conociendo que se avecinaba una gran cosecha de aceite, tomó en arriendo muchos olivares y ganó una fortuna, demostrando así que mirar más allá de las narices puede ser notablemente práctico. El conocimiento es visto así en íntima relación con los fines vitales. Incluso con el fin vital por excelencia: la felicidad. La imagen del sabio que toma las decisiones acertadas y vive una vida feliz procede de ese reconocimiento. ¿Cómo es posible que se den estas dos visiones opuestas del sabio? ¿En qué quedamos? ¿Es un ser que se maneja como pez en el agua en el mundo de las ideas pero que en cuanto echa los pies a tierra tropieza sin remedio o un hombre que parece haber encontrado el modo de orientarse en el enredo de la vida? Quizá estemos ante dos tipos de sabio o ante dos interpretaciones que los que no lo son han hecho siempre de esos hombres que les parecían diferentes. En cualquier caso, no estamos ante un friki.
Y eso porque el conocimiento del friki es un conocimiento basado en respuestas. Al friki le encanta desplegar la panoplia de nociones en las que es experto. El sabio, sin embargo, es un ser de preguntas. El friki se extiende en su campo de investigación, detallando los detalles. El sabio no se extiende: profundiza. Esa extensión del friki es enorme, pero dentro de unos estrechos límites: el friki es un especialista. El sabio, al contrario, tiene vocación de totalidad. Hay una versión del friki, sin embargo, que, saltando los límites de una especialidad, pretende abarcarlas todas. Podríamos llamarlo el friki de trivial quien, valga el oxímoron, es un especialista del todo. No hay que confundirlo con el sabio. A mi juicio, sería el heredero del erudito. La diferencia esencial entre el friki de trivial y el erudito estriba en que el erudito vive de la tradición, mientras que el friki ha roto con ella. Por eso es un fenómeno de nuestro tiempo.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

En el periódico puede leerse aquí.




martes, 7 de enero de 2020

El viejo año nuevo

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 6 de enero de 2020.


EL VIEJO AÑO NUEVO

            ¿Observan ustedes la paradoja que hay implícita en la expresión “feliz año nuevo”, repetida en innúmeros wásaps, en facebook, en twitter, en correos e intercambios orales? Nuevamente felicitamos lo nuevo, lo que es lo mismo que decir que, una vez más, volvemos a desear lo mejor para un año que, otra vez, comienza. Como las estaciones, siempre otras y siempre las mismas, regresan los años. La sensación de estar viendo las mismas noticias se repite: la celebración de la lotería del Gordo, las inocentadas del 28, la carrera de San Silvestre, el año entrando en Nueva Zelanda cuando aquí todavía estamos en el anterior, el metahumorista José Mota en la televisión, el vestido de la Pedroche, el concierto de Viena, los baños en aguas gélidas. A poco que uno beba champán, no sabrá qué año es el que deja atrás y a cuál hay que dar la bienvenida. ¿Qué es lo que pasa con lo nuevo que es tan viejo? ¿O acaso es lo contrario, lo viejo lo que es nuevo?
            Hace más de un siglo nuestros bisabuelos comenzaron a notar la aceleración de la historia. A diferencia de las generaciones anteriores, debieron de darse cuenta de que el mundo en el que morirían iba a ser bien diferente del mundo en el que habían nacido. Cine, coches, teléfono, radio, televisión, fueron cambiando y agilizando la vida. Las primeras novedades se recibían con el optimismo que nacía de la creencia en el progreso, no solo técnico y científico, sino también moral. Stephan Zweig cuenta en El mundo de ayer cómo los hombres de antes de la Primera Guerra Mundial vivían en un mundo regulado y estable. “La edad de oro de la seguridad” es la fórmula con la que el escritor austriaco designa esa época. Las novedades se incorporaban, pues, a un mundo que todavía no había saltado en pedazos. Lo nuevo se acomodaba a lo viejo. Si uno relee aquellas páginas de Proust en las que el protagonista habla por teléfono con su abuela, a través del servicio entre Donciéres y París, se dará cuenta de cómo  los adelantos se incardinaban en la cotidianeidad de una vida invariable, haciéndola poco a poco más confortable.
            Las dos guerras mundiales mostraron la faz sombría de la novedad. Nuevas armas, guerras nunca vista antes. Sloterdijk señala el uso del gas clórico que hizo el ejército alemán frente a la infantería franco-canadiense en abril de 1915, en la batalla de Yprés, como un momento clave en la historia de la lucha contra el enemigo.
El mundo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial había visto ya las dos caras de las novedades. A partir de ahora estas llegarían, parafraseando a Celaya, cargadas de futuro.  Eran buenas y eran malas. Avanzadas medicinas se mezclaban con armas punteras. Relegaban al pasado costumbres, oficios, palabras, y abrían paso a otras costumbres, otros oficios, otras palabras. Cambiaban, ahora sí, lo cotidiano. Hasta llegar al hoy, donde se da la paradoja con la que hemos empezado este artículo. La novedad es ya rutinaria. Todo tiene que renovarse para que todo siga igual. Eso es el consumo: el pedaleo en una bicicleta estática en la que uno no para de esforzarse para llegar a ningún sitio. De ahí la sensación de que el nuevo móvil nace ya viejo (“total, será para dos años”). Ignacio Izuzquiza ha distinguido, a este respecto, entre lo nuevo y  lo novedoso. Lo nuevo supone una ruptura, genera incertidumbre, se juega en el terreno de las posibilidades; exige un nuevo lenguaje. Lo novedoso, sin embargo, es una caricatura de lo nuevo; aunque intenta hacerse pasar por él, no rompe con nada, no abre posibilidades. Yo diría que internet es algo nuevo, pero el último móvil, la última televisión, el último frigorífico, son cosas novedosas. Formulado en estos términos, lo nuevo de nuestro mundo consistiría en ser el mundo de lo novedoso. Es así como se conjugan las dos sensaciones: la de vivir un tiempo diferente a todo lo anterior y la del tedio que produce lo que nace muerto y se pretende luminosamente vivo.
Así que deseo a los lectores de este periódico que el año sea, verdaderamente, nuevo. Y luego que sea feliz.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

En el periódico puede leerse aquí.



lunes, 9 de diciembre de 2019

Últimas palabras


 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 9 de diciembre de 2019.




ÚLTIMAS PALABRAS

Hablábamos en el artículo anterior de la facilidad que algunas personas tienen para improvisar respuestas ingeniosas, para decir rápidamente algo pertinente y agudo en una conversación. Pero ¿qué ocurre si esa conversación es la última, si esa réplica es la que cierra el telón? Ante las puertas de la muerte, puede que incluso hasta al más aquejado de l´esprit de l´escalier le sea concedido el don de una sagaz y ajustada sentencia. En cualquier caso, la historia abunda en ejemplos, no todos libres de sospecha, de memorables y últimas invervenciones en el gran teatro del mundo.
            Y, ya que nos referimos, en clásica imagen, al mundo como teatro, recojamos el mutis por el foro del emperador Augusto. Se dice, y de ello se hace eco la Wikipedia, que acabó su vida diciendo: “Si la comedia os ha gustado, concededle vuestro aplauso y, todos a una, despedidnos con alegría.”  Sin embargo, Suetonio nos cuenta que murió después de decir eso, en los brazos de Livia, exclamando: “¡Livia, conserva mientras vivas el recuerdo de nuestra unión! Adiós”.  Esas habrían sido realmente sus últimas palabras.
            Los franceses del XVII y XVIII, que tanto valoraron, como vimos, la improvisación ingeniosa, han dejado famosas despedidas. Ya mencioné la de Fontenelle, quien dijo que sentía “una cierta dificultad de ser”. Añadamos la de Saint-Gelais, que, tras escuchar las discusiones de los médicos que tenía junto a su lecho sobre su enfermedad y tratamiento, se volvió hacia la pared y dijo: “Señores, voy a poneros de acuerdo”. Algunos llevaron su pasión hasta el final. Paul Hazard, en un libro clásico sobre la Ilustración, nos cuenta que el señor de Lagny, moribundo, no respondía a las tiernas cosas que le decían. Llegó entonces el señor de Maupertuis e intentó hacerle hablar. “Señor de Lagny —le dijo—, ¿el cuadrado de doce?” “Ciento cuarenta y cuatro”, respondió el enfermo, con las que fueron sus últimas palabras. Carême, famoso cocinero francés alabado por Talleyrand, murió en 1833 diciéndole a un amigo: “Tus albondiguillas estaban excelentemente preparadas, pero mal sazonadas. Tampoco la salsa bien ligada. Mira, la próxima vez deberías…”, y al querer demostrarle con las manos el movimiento que debía imprimir al cazo, no pudo terminar.
            Es difícil comprobar la veracidad de estas postreras frases, pero al menos deberían citarse recurriendo a fuentes de cierta solvencia. Entre ellas no cuento ciertas páginas de internet ni los sobrecillos de azúcar, que nos ofrecen descontroladas sentencias atribuidas a nombres que evocan sabiduría, como Aristóteles, Nietzsche o Einstein. Las que aquí estampo, sin poner por ellas la mano en el fuego, tienen una tradición, si no contrastada, al menos seria. Es de suponer que las personas que eran ya reconocidas en su tiempo, tuvieran a su alrededor testigos deseosos de apuntar sus últimas palabras. Las más famosas de todos los tiempos son las de Goethe, quizá por el abanico de interpretaciones que abre. Nos las transmite su médico, que no estaba presente: “Luz, más luz”. Tampoco lo estaba Platón cuando, según él mismo nos cuenta, su maestro Sócrates pronunció, antes de que la cicuta acabara con su vida: “Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides”. Asclepio es el dios de la salud, el médico por excelencia. ¿Le debía un gallo Sócrates a causa de un voto que hiciera en una ocasión que desconocemos? ¿O se trata más bien, como se ha apuntado, de una alusión irónica a que la muerte cura todos los males humanos? Es curioso que Platón no se hallaba presente porque estaba… enfermo.
            Y ya que estamos con filósofos, mencionaremos a Wittgenstein, cuyas últimas palabras, dirigidas a Mrs. Bevan, quien le había dicho que sus amigos más íntimos de Inglaterra llegarían al día siguiente, fueron: “Dígales que mi vida fue maravillosa”.
            En cuanto a Unamuno, murió con dos de sus ideas favoritas en los labios, Dios  y España. “¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!”, fue lo último que dijo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

En el periódico puede leerse aquí.

           
           




           
           


lunes, 11 de noviembre de 2019

El ingenio de la escalera



Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de noviembre de 2019.
   
EL INGENIO DE LA ESCALERA

Quizá por esa tendencia que tenemos a admirar aquello de que carecemos, a mí me deslumbra la capacidad de improvisación que algunas personas muestran al conversar. Su réplica resulta siempre rápida y oportuna, sus anécdotas siempre están bien traídas, sus citas tienen una impecable pertinencia. Por mucho tiempo que uno tuviera para pensar, no encontraría una intervención mejor. Distingue Montaigne en sus Ensayos entre dos cualidades distintas del don de la elocuencia, aquella de quienes tienen “la facilidad y la prontitud” y la de quienes, “más tardíos, jamás dicen nada que no hayan elaborado y premeditado”. Es a la primera a la que aquí me refiero. Se cuenta que un periodista provocó en Roma a Borges preguntándole si en Argentina todavía había caníbales. El escritor contestó: “Ya no, nos los comimos a todos”. Un joven muy feo que se paseaba en un jardín público oyó decir: “Míralo que parece un Esopo”, a lo que respondió: “Y tiene razón, pues que hago hablar a las bestias”. Dos alemanes conversaban en una taberna sobre el “año platónico”, cuando todo volvería a su antiguo estado, y dijeron al tabernero que tras dieciséis mil años estarían de nuevo bebiendo en ese mismo día, y que les fiara el vino hasta entonces; el tabernero respondió: “De acuerdo, pero como hace exactamente dieciséis mil años que estabais bebiendo aquí y os fuisteis sin pagar, pagadme lo atrasado y os fiaré lo que ahora estáis bebiendo”. Cuando el médico le preguntó a Fontenelle qué sentía, el longevo académico contestó: “Una cierta dificultad de ser”. En este último caso, nos hallamos ante un género de la improvisación: el de las últimas palabras. Y es que, aunque parezca lo contrario, el final de la vida puede favorecer la bella y ajustada frase. Pero este género requiere y merece un artículo aparte. Quedémonos en la facilidad espontánea para la expresión aguda que se produce en un debate, en una conversación o en una tertulia ligera y divertida.
Tal virtud era muy apreciada en los salones parisinos, una institución que tiene sus orígenes en el siglo XVII con el de madame de Rambouillet, y de la que todavía hace un siglo quedaban los ejemplos que inspiraron los salones que aparecen en la obra de Marcel Proust. En ellos la conversación ha de ser ingeniosa, chispeante, rápida, de transiciones veloces. Se pasa con celeridad de un tema a otro, se pregunta y se responde sin solución de continuidad. Como decía un cronista, «cada frase recuerda un golpe de remos, leve y a la vez profundo». Tal vez por ello fue precisamente en el auge de ese mundo de los salones cuando Diderot, en su Paradoja del comediante, acuñó una expresión que define perfectamente cómo nos sentimos aquellos que, no teniendo esa facultad de una respuesta a un tiempo ingeniosa y célere, somos capaces no obstante de hallarla, aunque cuando ya es demasiado tarde y resulta, por tanto, inútil. Diderot habló de “l´esprit de l´escalier”, algo así como “el ingenio de la escalera”, para referirse a este fenómeno. La escalera que se nombra es la de la tribuna, pues es ahí, bajándola, donde se nos ocurre la respuesta ingeniosa que ya no podremos proferir. Quien se ha encontrado en esa situación, conocerá la sensación, mezcla de frustración y de orgullo, que lleva consigo. Es como tener un dinero que no se puede gastar. El escritor Vila-Matas persiguió a un tipo para recrear con él una situación ya vivida y así tener la oportunidad de replicarle a unas palabras que en su momento lo dejaron “mudo y humillado”. Por mi parte, tengo la impresión de haber escrito más de una historia para resarcirme de algún momento en el que no encontré las palabras adecuadas, que sin embargo descubrí brillantes, perfectas, cuando todo había pasado y ya eran inservibles.  En la ficción mi respuesta lucía a su debido tiempo. Así que cuando Valéry dice que la literatura es la venganza de l´esprit de l´escalier, entiendo perfectamente a qué se refiere.
Juan Fernando Valenzuela Magaña




lunes, 14 de octubre de 2019

El gimnasio


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 14 de octubre de 2019.

EL GIMNASIO

A estas alturas, los gimnasios, cuyo agosto lo tienen en enero y en septiembre, los meses de los buenos propósitos, ya se habrán quedado con sus clientes habituales. Aun así, el gimnasio es uno de los lugares más frecuentados en nuestra sociedad. Conviene, pues, echar un vistazo a su interior por si nos dijera algo sobre nosotros y nuestro mundo. Paseando los ojos por sus salas y máquinas, nos damos cuenta de que dos visiones del mundo se entrecruzan. Una es la propia de la modernidad. La otra, la propia de la actualidad.
La modernidad nació allá por el siglo XV (por poner una fecha, aunque imprecisa, unitaria, pues en unas cosas se originó antes y en otras después). La nueva manera de pensar que significa esta era en la historia de occidente, y que se aleja del mundo medieval, ha sido objeto de innúmeros debates. A quienes se dedican a estas cuestiones preocupa saber si ahora acabamos de entrar en una nueva era, a la que llaman “postmodernidad”, o si esta no es más que una figura más que ha adoptado el espíritu que se inició cuando se inventó la imprenta, cuando cayó Constantinopla, cuando se descubrió América o cuando empezó a decirse que era la Tierra la que se movía alrededor del Sol, y no al contrario. En el espacio de este artículo no se pueden ni plantear los términos de la cuestión (hay que volver ya al gimnasio), pero podemos acordar que hay algunas diferencias significativas entre la modernidad y el siglo XXI. Iremos aclarando lo propio de ambos mientras observamos el interior del gimnasio.
La modernidad está sustentada en la matemática, y la cuantificación es su gran herramienta. Las ciencias que estudian los distintos aspectos de la naturaleza, especialmente la física, han echado mano de la matemática no solo para comprender el mundo, sino para dominarlo. También las ciencias que estudian lo humano, como la economía, la sociología, la psicología o la pedagogía, utilizan con profusión e incluso orgullo fórmulas, cifras, estadísticas, tantos por ciento. El cociente intelectual es un número que pretende medir la inteligencia. Si ahora miramos los aparatos que encontramos en un gimnasio, veremos que su función es precisamente calcular, registrar, medir. Su propia apariencia, impoluta y esquelética, recuerda el mundo geométrico de Descartes (uno de los fundadores de la modernidad), que era, sin más, el mundo, pues sus otros aspectos, como el sabor o el olor, eran estrictamente subjetivos. Añadamos un elemento más. Los aparatos del gimnasio reproducen la realidad: el camino que uno recorre andando es ahora la superficie de una cinta de correr, la bolsa de la compra que sostengo con esfuerzo se ha convertido en una pesa con su equivalente en kilos. Pero no solo se ha remedado la realidad, sino que se la ha corregido, liberándola de molestas imperfecciones. Ese idealismo que se aleja de lo particular y los matices constituye también un rasgo propio de la modernidad.
Pero, del mismo modo, nos encontramos en el gimnasio la visión que del mundo tiene el presente. Así, los aparatos guardan otra relación con la realidad: no es ya que la reproduzcan o que la imiten, no es sólo que la corrijan, es que la sustituyen y la crean, la virtualizan. Corremos kilómetros, pedaleamos durante minutos y, al terminar, no nos hemos movido de nuestro sitio. Nos hemos movido sin movernos. Sin duda, a algún emprendedor del sector no tardará en ocurrírsele la inclusión de paisajes virtuales a elección del cliente que quema calorías. Ese movimiento real en la virtualidad (el mismo que permite la videoconsola Wii) nos habla de la reducción de la experiencia de la realidad a una experiencia de imágenes. 
Y ahora el epílogo. Encerrados en una habitación, uno se ha esforzado, ha sudado, ha gastado la energía sobrante. Es el momento de coger el coche para llegar a casa, dos calles más allá.

                                                             JUAN FERNANDO VALENZUELA  MAGAÑA




miércoles, 2 de octubre de 2019

Matar al mandarín, en Cuadernos hispanoamericanos

   En el número de Julio-Agosto de este año 2019 de Cuadernos Hispanoamericanos aparece mi trabajo "Matar al mandarín". Puede leerse aquí.