jueves, 10 de abril de 2025

Falsa moneda

 Texto publicado en la revista Stella en 2024.

FALSA MONEDA

 

No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, una fibra, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay suceso histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva.

(Pérez Galdós)

 

            Me basta con cerrar los ojos para verlo. Es un día de septiembre de 1908 y en Navas de San Juan hay hombres y mujeres cuyos nombres, apellidos y rasgos (la forma de un mentón o una nariz, el color de unos ojos) podemos encontrar todavía hoy en las mismas calles. Pero era otro mundo, otra España, la España de Alfonso XIII y de Antonio Maura. En las casas, en las tabernas y en los comercios del pueblo, ese año se había hablado sin parar del poco caudal de la Fuente de Taza, que no se correspondía con lo llovido y que hacía suponer que las cañerías estaban obstruidas. Pero, como en el resto del país, también se había hablado mucho de monedas falsas, sobre todo de los “duros sevillanos”.  La peculiaridad de esta moneda era que tenía la misma, a veces más, cantidad de plata (por debajo de las tres pesetas) que la moneda de curso legal. Ya no servía el truco de tirarla contra el mostrador de mármol y saber por la altura del rebote si era falsa. Y por mucho que se mirara el busto del rey o el escudo, ni siquiera los expertos podían dictaminar con claridad. El problema era tan grave que Maura había rescatado a Sánchez Bustillo, una vieja figura de la política española, y lo había puesto al frente del ministerio de Hacienda. En julio, el ministro decidió pagar el precio de la plata de cada moneda falsa que se entregara, pero ¿quién iba a dar un duro, que aun siendo falso parecía tan verdadero, por menos de tres pesetas? Así que hubo cierto caos, y algunos comercios se negaron a aceptar duros. Finalmente, entre el 10 y el 24 de agosto se había permitido canjear los dudosos por verdaderos. Además, la plata se había controlado y se luchaba contra los falsificadores. Había detenciones en todas partes de España.

            Me basta con cerrar los ojos para verlo. El alcalde don Fructuoso está escuchando los airados comentarios de un grupo de gente. Todos son vendedores, la mayoría de hortalizas, pero está también Juan José Granados, el confitero, casado desde febrero con Estrellica, y Roque el panadero. Juan Martínez, el inspector de policía municipal, intenta poner orden porque todos hablan atropelladamente y a la vez, quejándose de que les han pagado o intentado pagar con moneda falsa. “Los forasteros de los que estáis hablando se van del pueblo”, dice parsimonioso Antonio Hebrard, el farmacéutico, “acabo de cruzarme con ellos”. Y, sin pensárselo dos veces y tras dar recado a la Guardia Civil, don Fructuoso sale a paso rápido por la calle del Santo seguido por Juan Martínez y algunos curiosos. Al llegar al lugar donde estaba la ermita de San Sebastián, les da alcance. Son dos mujeres y un hombre, intimidados por la imponente presencia del alcalde, subrayada por el poblado bigote. “Vengan ustedes conmigo, tenemos que aclarar un asunto”. Por el camino protestan, dicen que no han hecho nada, que ellos solo han pagado con monedas recibidas en otras tiendas. Al llegar al ayuntamiento, don Fructuoso ordena a Pedro Patón, el alguacil portero, que no deje pasar a nadie excepto a los guardias civiles. Cuando estos llegan, los interrogan junto al alcalde y Juan en una pequeña dependencia. Sus nombres son Esteban Segura, que ya conoce la cárcel, Leocadia Blázquez, su esposa, y María Sánchez, vecinos los tres de Beas de Segura. Tras el registro se les descubre 155 monedas de dos pesetas, algunos duros y dos billetes de 50. Todo falso.

“Entre lo de Pernales y esto, va camino de ser usted un héroe”, le diría al día siguiente Juan Garrido, el médico, comentando la noticia aparecida en La Prensa y aludiendo a su colaboración en la captura del bandolero el año anterior. Minutos después, al ir a pagar la consumición, el tabernero apuntaría: “Lo siento, no aceptamos duros”.

 

 JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

Mercedes Fortuny y Miguel Nieto

Texto publicado en la revista Stella de 2023


MERCEDES FORTUNY Y MIGUEL NIETO

 

            Lo que más me atrae de la figura de Miguel Nieto es que siempre encuentro algo sorprendente sobre él. Fue lo bastante conocido en su tiempo para que, un siglo después, encontremos referencias en la prensa de la época o en estudios sobre los orígenes de la radio. Pero a la vez hace tantos años de ello y sus obras han sido tan olvidadas que no es fácil reconstruir con claridad su itinerario vital. ¿Tal vez la familia conserve unas memorias nunca publicadas? Quién sabe. Eso exigiría una investigación seria, que buceara en archivos y hablara con descendientes de su hermano Antonio. Yo solo he curioseado en hemerotecas digitales y he seguido pistas con talante más detectivesco que académico. En esta misma revista y en la de San Juan pueden consultarse algunos hallazgos. Hoy añadiré el más inesperado de ellos.

          

         Eran las siete de la tarde de un día de finales de noviembre del año 1950. En Radio Barcelona nacía un programa que yo llegaría a conocer a principios de los ochenta, el Consultorio de Elena Francis. Se trataba de un espacio en el que se daba respuesta a las cuestiones que las radioyentes (pues era un programa femenino) planteaban por carta, y que iban desde asuntos de cocina, jardinería, salud o belleza hasta problemas sentimentales. Pese a lo que la gente creía, Elena Francis no existía. Un equipo de guionistas, y desde 1966 uno solo, se encargaba de redactar las respuestas a las consultas. En esa primera emisión, el programa se presentó como sucesor de Radiofémina de Mercedes Fortuny.

         Radiofémina, el consultorio de la escritora Mercedes Fortuny, comenzó en Radio Barcelona en 1930. Por aquel tiempo Miguel Nieto dirigía las emisiones literarias y dramáticas en esa emisora. La estructura de Radiofémina constaba de varios bloques temáticos, con distintos colaboradores literarios que escribían sus secciones, leídas habitualmente por Carmen Martínez Illescas, primera actriz de la emisora. Además de responder a las preguntas sobre temas femeninos, había un artículo de fondo, una parte literaria con trabajos en prosa y verso de mujeres, noticias de sociedad, etc. En diciembre de 1932 el programa desaparece. Volvemos a encontrarnos con Mercedes Fortuny en 1935 como responsable de unas «Crónicas para la mujer» en la Emisión Fémina de Unión Radio Madrid.

Tras la guerra civil, Radiofémina y Mercedes Fortuny reaparecen en Radio Barcelona el 1 de octubre de 1941. Desaparece en los primeros meses de 1947 y es sustituido en octubre de ese mismo año por el programa Ella, un magacín con diferentes espacios que dura hora y media. Uno de ellos, que consistía en un comentario sobre temas diversos, corre a cargo de nuestro Miguel Nieto. Hay otro, “El noticiero de matrimonio”, que unas veces firma Nieto y otras Mercedes Fortuny.

         ¿Qué tiene que ver Miguel Nieto con estos consultorios femeninos, más allá de esas coincidencias señaladas con Mercedes Fortuny? A decir de dos investigadores, Armand Balsebre y Rosario Fontova, Mercedes Fortuny nunca existió. Eso no sería raro, ya hemos visto que también Elena Francis era un ser ficticio. En el periodismo y la literatura de la época era común el uso del seudónimo. Pero ahora viene el sorprendente hallazgo: “podríamos pensar que detrás del seudónimo de Mercedes Fortuny estuvo en realidad el novelista, dramaturgo, libretista y autor de muchos cuentos y poemas Miguel Nieto”. Ellos se basan en dos elementos: la evolución de ambos nombres en Radio Barcelona y “la semejanza gráfica de sus respectivas rúbricas en los guiones consultados”. Habría otro argumento en que ellos no reparan. Nombran a tres escritoras colaboradoras de Radiofémina que también parecen ficticias. Una de ellas, que apuntaría a la presencia de Miguel Nieto detrás de todo esto, es la baronesa de las Navas (aunque los investigadores hablan de “la condesa de las Navas”, las referencias que yo he encontrado le dan el título de “baronesa”).

         Si todo esto es cierto, Miguel Nieto tuvo que trasladarse a Madrid tras terminar en el 1934 su etapa como director de las emisiones literarias y dramáticas de Radio Barcelona. En enero de 1935, el diario La Vanguardia dice que «Mercedes Fortuny cesó en Radio Barcelona para irse a Madrid, donde seguirá por correo su Consultorio Femenino» desde un domicilio particular. En la programación de Unión Radio Madrid de un día de mayo de 1935 localizo a Mercedes Fortuny como responsable de «Crónicas para la mujer» en el programa Emisión Fémina. En un periódico de 24 de julio de 1936 aparece todavía esa sección, lo que apunta a que Miguel Nieto seguía en Madrid al comienzo de la guerra. Tras ella, según hemos visto, lo situaríamos en Barcelona en los años cuarenta.

         Retomemos a Elena Francis. En su primera emisión (recordemos: noviembre del 50) se habla de «nuestra llorada Doña Mercedes Fortuny (q.e.p.d.), de tan grata memoria». El magacín Ella había sido su último programa. También el de Miguel Nieto.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

           

            

martes, 25 de marzo de 2025

Risas

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de marzo de 2025.


RISAS


         No podemos negar que, junto a noticias horribles, vivimos rodeados de risas. Comedias, monólogos, chistes, nos aparecen en televisión y en las redes sociales a todas horas. Nada cuesta nombrar un puñado de cómicos famosos o de actores que nos han hecho reír en algún momento. Ahora bien, ¿de qué cosas nos reímos y por qué? Hay tres grandes corrientes sobre la risa en las que se agruparían todas las teorías existentes sobre el asunto. La primera apela a la superioridad, afirmando que la risa es un modo de burlarse de alguien que queda así como inferior a nosotros. Quintiliano (siglo I) decía que “la risa no está muy lejos del escarnio” (jugando con las palabras latina risus, risa, y derisus, escarnio). Y desde la biología evolutiva hay quien dice que la risa (o la sonrisa) tiene su origen en el gesto de mostrar agresivamente los dientes. La segunda corriente apunta a la incongruencia como la clave para entender la risa, que sería una reacción a lo ilógico o lo inesperado. Kant decía que “la risa es una emoción que surge de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada». En tercer lugar, estaría el conjunto de las teorías que ven en la risa un alivio, una forma de liberar energía. Un chiste sobre la muerte nos permite dejar escapar la preocupación reprimida que nos produce ese sobrecogedor tema.

         Como sabemos por experiencia, no a todos nos hacen gracia las mismas situaciones ni los mismos chistes, ni siempre estamos predispuestos a reír ante ellos. A veces valoramos más el humor que nos provoca como mucho una sonrisa que la barbaridad que nos arranca una carcajada. Y luego está una risa muy curiosa, la risa incontrolable. En el año 192, en el Coliseo, un senador romano llamado Dion estaba viendo la actuación del propio emperador Cómodo, quien mató un avestruz, le cortó la cabeza y se acercó a las primeras filas donde estaban sentados los senadores, “levantando la cabeza con la mano izquierda y blandiendo la sangrienta espada con la derecha”, y haciendo gestos que indicaban que pretendía hacer lo mismo con ellos. Los senadores, en vez de angustiarse, fueron presa de una risa incontenible, lo que llevó a Dion a coger de su corona unas hojas de laurel y ponerse a masticarlas, lo que imitaron los demás, disimulando así su risa.  En esas situaciones un ingrediente fundamental parece ser la inconveniencia de reírse. Por eso le pasa al alumno en clase o al presentador en un programa de televisión.

         El filósofo atomista Demócrito de Abdera (siglo V a.C.), ha pasado a la historia asociado a la risa (del mismo modo que Heráclito ha pasado como el filósofo llorón). Hay una novela corta epistolar en la que el médico Hipócrates es llamado por los ciudadanos de Abdera para que curen a su filósofo, porque siempre se está riendo, y de cosas inapropiadas. Pero al final se descubre que no está loco, sino que se ríe de las tonterías del hombre: “Crees que hay dos causas de mi risa, las cosas buenas y las cosas malas, pero me río de una cosa: de la raza humana”.

         Algunos llegaron a morir de risa, como el pintor griego Zeuxis (también del V a.C.). Conocida es la competición entre él y Parrasio para ver quién imitaba mejor la realidad. Zeuxis pintó un racimo de uvas al que fueron a picotear los pájaros, pero Parrasio pintó una cortina que Zeuxis intentó correr. Pues bien, Festo cuenta que Zeuxis “se murió de risa por carcajearse con desmesura de una pintura de una anciana que él mismo había pintado”. La pregunta sobre por qué eso le hizo tanta gracia tiene que ver con la de qué es lo que hace reír en cada cultura. De hecho, hay otros dos personajes de la antigüedad que murieron también de risa. En esos dos casos fue por lo mismo: por ver un burro comiendo higos y ocurrírsele añadir a eso la imagen del burro bebiendo vino sin mezclar. La clasicista Mary Beard nos aclara que lo que les hizo reír fue que el animal se saltara el límite entre la dieta animal y la humana. 

         Pero la tradición también nos ha legado figuras que se caracterizaron por no reír nunca. Lo que nos lleva al siguiente artículo.

         Juan Fernando Valenzuela Magaña




martes, 28 de enero de 2025

Caballos (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de enero de 2025.


CABALLOS (II)

A los caballos que vimos hace dos meses me gustaría añadir dos o tres más. Comencemos con Hans, apodado “el listo”, que tan famoso fuera a principios del siglo pasado. Es cierto que podría preguntarle al chat GPT sobre este équido que conocí hace muchos años a través de un documental, pero sus respuestas me resultan frías. Por eso me gusta más acudir a otro recurso, también facilitado por internet, que es la hemeroteca. Leer la prensa de otra época es respirar su atmósfera. Uno se siente en pantuflas sentado cómodamente en un sillón junto a la chimenea y pasando las páginas de un periódico al que se encuentra suscrito, mientras de detrás de la ventana llega, amortiguado, el sonido de la calle: el ladrido de un perro, las voces del lechero, los juegos de unos niños.

El caballo Hans había sido enseñado por su dueño, el barón von Osten, que además de barón era maestro, a leer y a hacer operaciones matemáticas. Uno podía encontrarse en el humilde lugar en que hacía sus exhibiciones a embajadores, oficiales del ejército alemán uniformados, señoras de la nobleza del imperio o científicos. Situémonos allí entre ellos. El animal expresa los números golpeando el suelo con una de las manos tantas veces como unidades quiera indicar. Una inclinación de la cabeza a la derecha es , y a la izquierda no. Veamos qué pasa. A la pregunta del barón “¿Cuál es el día del cumpleaños del Kaiser?”, Hans responde con 27 golpes. A la pregunta “¿De qué mes?”, con uno. Dado que se trata del 27 de enero, es recompensado con zanahorias. “¿Cuánto hay que añadir a veintitrés para llegar a veintisiete?”, continúa el barón, y el caballo da cuatro golpes sin dudar. La polémica sobre si se trataba o no de un fraude llevó a nombrar una comisión integrada entre otros por el director del circo imperial, el inspector de escuelas o el director del Jardín Zoológico de Berlín, que pareció dar la razón al barón. Posteriormente hubo otra evaluación a cargo del profesor Stumpf. Este se dio cuenta de que el caballo se equivocaba si se le colocaban cubre-ojos de manera que no pudiese ver a las personas presentes. La conclusión fue que el animal observaba los ligeros e inconscientes movimientos del cuerpo de quien le preguntaba y los interpretaba como signos. El motivo último eran las zanahorias y nabos que constituían la recompensa. Puro condicionamiento operante, diría un psicólogo. Pero ¿no deja de ser maravillosa la capacidad de observación de Hans?

Cambiemos de caballo y de fuentes. De la prensa de hace un siglo pasemos a dos textos clásicos. En el libro II de la Eneida, Virgilio nos cuenta la historia del caballo de Troya, artilugio a través del que varios soldados griegos consiguieron introducirse en la ciudad fortificada y abrir luego sus puertas a los camaradas, provocando la caída de Troya. Pero fijémonos en el griego traidor que mediante un ardid ha engañado a los troyanos, quienes lo acogen permitiendo que luego facilite la salida de los escondidos en el interior del ingenio. Su nombre es Sinón. Acabo de encontrármelo en el Infierno de Dante, en el VIII Círculo, en el apartado de los falsarios y dentro de él en el de los embusteros. Precisamente es Virgilio el guía de Dante en este lugar alucinante que tan bien refleja una película de 1911 accesible en internet. En el mismo canto (el XXX) en que se halla Sinón, aparece un florentino que está en otra sección de los falsarios: la de los suplantadores de personas (en el infierno, locos furiosos, de acuerdo con una cierta relación entre pecado y castigo). Este hombre se puso de acuerdo con el sobrino de Buoso Donati para hacerse pasar por el tío moribundo y otorgar así testamento a favor del sobrino y de sí mismo. ¿Por qué lo traigo a colación? Porque el motivo último de tal engaño era… hacerse con una bellísima yegua.

         

Juan Fernando Valenzuela Magaña




miércoles, 4 de diciembre de 2024

Caballos

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de diciembre de 2024.


CABALLOS


         Mi propósito en la especie de bestiario que intermitentemente retomo en estas páginas no es sino contar las asociaciones que mi memoria hace cuando se le nombra un animal y se fija en él. He hablado de loros, tortugas, mariposas, gatos, cisnes, moscas… Hoy quiero hablar de caballos. Y el primero que destaca se encuentra en una plaza de Turín un día del comienzo del año 1889. Es viejo, no puede moverse debido a su sobrecarga y su cochero lo está azotando. Un hombre de poblado bigote se acerca al animal, se le abraza al cuello, llora compasivamente diciendo: “Madre, soy tonto, madre, soy tonto”, y cae desvanecido. Ese hombre se llama Friedrich Nietzsche y su mente se está desmoronando para siempre. Todavía vivirá unos años más, casi hasta ver nacer el siglo que de alguna manera anticipó.

Es imposible, me temo, saber si esa escena ocurrió realmente así. Uno de sus biógrafos se pregunta si el azote al animal no fue imaginado por un Nietzsche ya trastornado. Sabemos lo que pasó con él después: fue recogido en Turín por su amigo Overbeck y trasladado a una clínica psiquiátrica en Basilea y luego al hospital de la Universidad de Jena. Como no se recuperaba, su madre lo llevó a su casa de Naumburgo y, tras morir esta, estuvo en Weimar al cuidado de su hermana. Pero ¿qué fue del caballo? El director de cine Béla Tarr ha imaginado lo que le sucedió una vez que volvió a casa con su cochero en una película en blanco y negro de viento, de ocaso y de final.

Hay otro caballo, este literario y onírico, cuyo papel recuerda mucho al de Turín. En Crimen y castigo, de Dostoievski, Raskólnikov sueña que es pequeño y va con su padre cuando ve que en la puerta de una taberna hay una carreta grande a la que está enganchado un escuálido jamelgo. El dueño y sus amigos salen del local borrachos y se montan, el animal no puede tirar y recibe una lluvia de latigazos. Ahorraré la crueldad que sigue, que acaba con su vida. El chico, enloquecido, gritando, llega hasta la yegua muerta, “abraza su cabeza ensangrentada y la besa, la besa en los ojos, en los labios…” ¿Habría leído Nietzsche esa escena?

         Si uno dice Dostoievski, siempre habrá alguien que responda Tolstoi. Son dos gigantes de la novela que escribieron en la misma lengua y en el mismo momento histórico, pero que representan dos formas distintas de ver el mundo. El crítico literario George Steiner ha dedicado un extenso libro a compararlos. Pues bien, precisamente Tolstoi escribió una novela corta titulada La historia de un caballo, en la que vemos a uno viejo (una vejez “majestuosa y lamentable al mismo tiempo”), castrado, utilizado como bestia de carga y despreciado entre la yeguada porque no se sabe su origen. “La expresión de su cara era grave, meditabunda y dolorosa”, se cuenta. En un momento dado, una yegua lo reconoce y entonces Jolstomer, que así se llama el caballo, cuenta su historia. De sangre noble, tenía buena constitución y alabada fuerza, pero era pío, es decir, con manchas, lo que era considerado una vergüenza. Esa apariencia marcó su destino. Sus avatares y sus reflexiones (como la que hace sobre la propiedad) las cuenta a los demás animales cuando, de noche, se quedan solos. Al final, encariñados con él, asistimos con un nudo en la garganta (Tolstoi lo narra magistralmente) a su degüello, motivado por la sarna.

Y acabemos con uno de los caballos más famosos del imperio romano: Incitato, el caballo de Calígula. Nos cuenta Suetonio que tenía “una cuadra de mármol y un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de piedras preciosas”, más una casa con su servidumbre y su ajuar. Se decía que tenía pensado otorgarle el consulado. Pero si hacemos caso a la académica inglesa y amena y sensata divulgadora del mundo romano Mary Beard, convendría sospechar de lo que la tradición nos ha dicho sobre este emperador. A su sucesor, Claudio, le venía bien un Calígula monstruoso. En sus palabras, “puede que Cayo fuera asesinado porque era un monstruo, pero también es posible que se le convirtiera en un monstruo porque fue asesinado”.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña


Dibujo de Calígula e Incitato por Jean Victor Adam (1801–1867)


viernes, 8 de noviembre de 2024

Asnos (II)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de noviembre de 2024.


ASNOS (II)

 

        Hablábamos de asnos. Recordábamos a Platero, al rucio de Sancho y al asno de oro de Apuleyo. Y mencionábamos al final el asno de Buridán. Con este nombre se conoce una paradoja filosófica que podemos expresar como sigue. Si un asno tiene ante sí dos haces de heno exactamente iguales y a la misma distancia, morirá de hambre al no poder preferir uno a otro. Como se ve, se trata de uno de esos experimentos mentales que tanto juego dan. Este tiene que ver con la libertad y con lo que la razón nos aporta a la hora de elegir. Pero ya Aristóteles, muchos siglos antes de Buridán (que era un filósofo escolástico del siglo XIV), lo planteaba en un contexto cosmológico, hablando del equilibrio físico de la Tierra entre elementos iguales, si bien llegó a aplicarlo, por similitud, a las motivaciones iguales, en el sentido en que lo conocemos hoy. Y aquí tenemos uno de esos pequeños misterios que tanto cuesta desentrañar. Si consultamos la Wikipedia, leemos en la entrada “Asno de Buridán”: “Ya Aristóteles, en el De Cælo, se había preguntado cómo un perro confrontado con dos cantidades idénticas de alimento podría comer”. ¿Así que el asno fue primeramente un perro? Voy al libro mencionado, Acerca del cielo, y leo: “y el (argumento) del (es decir, del hombre) que padece terriblemente de hambre y sed pero que dista lo mismo de los alimentos y de las bebidas: éste, en efecto, se dice que forzosamente permanecerá quieto”. ¿Dónde está aquí el perro? ¿Y dónde las “dos cantidades idénticas de alimento” puesto que se habla de comida y bebida? Pero, entonces, ¿de dónde ha salido el can? ¿Por qué la Wikipedia no habla de un gato o una gallina? Consultando el Diccionario de Ferrater Mora, un clásico entre los diccionarios de Filosofía, veo que quien usó el perro fue… ¡Buridán!, comentando precisamente el De Cælo de Aristóteles. Así que, con toda probabilidad, en algún momento el perro saltó hacia atrás unos diecisiete siglos para ladrar su desesperada indecisión en un libro del discípulo de Platón. En cuanto al asno… no he conseguido encontrar una referencia anterior (aunque estoy seguro de que las hay) a la que aparece en la Ética de Spinoza, ya en el siglo XVII. Curiosamente, él dice “asna de Buridán”, y no “asno”. Supongo que en aquel tiempo ya estaba asociado definitivamente el animal y el filósofo escolástico. Del asno, por cierto, dijo Aristóteles (y así cerramos el círculo) en Investigación sobre los animales que es frugívoro y herbívoro y que “es de todos los animales el que resiste menos el frío”. También nombra a sus enemigos. El pico, por ejemplo, porque el asno se rasca las heridas en los espinos, y por ello y por sus rebuznos, “tira los huevos y los pollos, pues de miedo éstos se arrojan fuera”; por ello el pájaro “vuela contra el asno y le pica las heridas”. Y el kolotes, especie de lagarto, duerme en el establo e introduciéndose por las fosas nasales del asno le impide comer. Como apéndice en este párrafo dedicado al burro y la filosofía señalaré que los pitagóricos decían que este animal es el único desvinculado de la armonía, y por ello es sordo al sonido de la lira.

        Muchos son los asnos que generosos lectores del anterior artículo me han recordado, pero pondré fin a mi evocación de este animal con un cuento muy conocido, que puede leerse en El conde Lucanor. Un padre y su hijo van con su burro al mercado y, al cruzarse con unos hombres, oyen cómo comentan que no debían de ser muy juiciosos cuando van a pie y la bestia sin peso. Así que el hombre dice a su hijo que se monte y otros con los que se cruzan critican que el anciano vaya a pie y el mozo, más fuerte, sobre el animal. Invierten entonces los papeles, pero de nuevo son censurados por otros con el argumento de que el padre, acostumbrado a los duros trabajos, va cabalgando mientras que el joven, todavía no hecho a las fatigas, va a pie. De modo que se sube también el hijo y, yendo los dos montados, advierten cómo otros hombres desaprueban su actitud diciendo que no deberían echar tanto peso a un animal tan flaco y débil. Piense el lector y saque la moraleja por sí mismo.

        Juan Fernando Valenzuela Magaña



Fotografía de Francisco Rodríguez Parejo

miércoles, 9 de octubre de 2024

Asnos (I)

    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 7 de octubre de 2024.

                


ASNOS (I)

 

       No sabría decir en qué momento dejamos de verlos por nuestras calles. Calculo que fueron haciéndose menos frecuentes en los años ochenta, escasos y raros en los noventa y prácticamente inexistentes en el nuevo milenio. Tenían algo tierno en su envergadura y humilde en su entrega, aunque es posible que nuestra mirada estuviera condicionada por la de Juan Ramón Jiménez hacia Platero (“Platero es pequeño, peludo, suave”). Este es uno de los burros que primero aparecen cuando cierro los ojos y convoco este animal. Otro es el rucio de Sancho Panza. Cuando dijo a don Quijote que pensaba llevar “un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie”, el ingenioso hidalgo no consiguió recordar ningún caballero andante que hubiera traído “escudero caballero asnalmente”, pero, aun así, accedió a que lo llevase, “con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase”.  Los aficionados al Quijote recordarán la que se trae Cervantes con el rucio. En la edición príncipe el asno desaparece sin que se relate cuándo y cómo y vuelve a aparecer sin que tampoco se refiera cómo Sancho lo ha recobrado. La explicación más probable es que Cervantes suprimiera el pasaje del robo del animal pero luego no eliminara ciertas referencias a ese episodio. En la segunda edición sí se cuenta cómo Ginés de Pasamonte hurtó el jumento y cómo lo recuperó Sancho.

       Es curioso que el tercer asno que mi memoria evoca también sufre del despiste de su creador. Me refiero al protagonista de El asno de oro, de Apuleyo, escritor latino del siglo II. Debo su deliciosa relectura estos días a la redacción de este artículo, y también el asombro con que he comprobado su modernidad. Como en el Quijote,  en esta obra vemos historias dentro de la historia, peripecias maravillosas y, si sustituimos los dioses que en ella aparecen por motivos psicológicos o consideraciones metafísicas, podría haber sido escrita después del siglo XVII y aun en nuestros días. El protagonista, llamado Lucio, es transformado por error en un asno (quería convertirse en ave) y antes de poder volver a su apariencia normal (algo que conseguiría masticando unas rosas) la casa donde estaba es asaltada por unos ladrones que se lo llevan. La vida de tormento que lleva a partir de ese momento tiene, no obstante, el consuelo de “ver satisfecha mi curiosidad natural, observando cómo todo el mundo, sin tener para nada en cuenta mi presencia, hace y dice lo que le apetece”. La curiosidad también marcará a Psique en el famoso cuento que relata la vieja que cuida a los ladrones a una joven de ilustre familia raptada por ellos. Precisamente cuando esta doncella y el burro intentan escaparse sin éxito, acaece una escena impactante por su sarcasmo, su truculencia y su crueldad. Los ladrones debaten sobre el castigo por el intento de fuga. Uno dice que se queme viva a la joven, otro que se arroje a las fieras, hasta que uno de ellos, apelando a “nuestra mansedumbre individual” y a “mi personal moderación”, propone degollar al asno, vaciar del todo sus entrañas, “encerrar desnuda en su vientre a la joven” y coserla quedando fuera solo su cara, para poner el resultado sobre una roca tostándose al sol, de modo que los gusanos desgarrarán sus miembros, el sol la quemará, los perros y buitres le arrancarán las entrañas; aun en vida, sufrirá un olor nauseabundo, no podrá comer, no tendrá siquiera las manos libres para matarse. No será esto (tan tarantiniano, y perdón por la aliteración) lo que ocurra, y las peripecias de Lucio en forma de asno continuarán. Un asno que, y este es el despiste a que me refería, en un momento tiene la piel dura propia del animal y en otro “una fina membrana de sanguijuela”.

       Platero, el rucio de Sancho y el asno latino: tres burros literarios. El siguiente que mi memoria me trae es filosófico, el asno de Buridán. Pero, junto con algunos más, tendrán que rebuznar en el próximo artículo.

 

        Juan Fernando Valenzuela Magaña