lunes, 22 de mayo de 2023

Abejas y arañas

  Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 22 de mayo de 2023. 


ABEJAS Y ARAÑAS


        Los dos textos más conocidos sobre las abejas son el canto IV de las Geórgicas de Virgilio y La fábula de las abejas de Mandeville. Entre ambos el tiempo ha volado diecisiete siglos. El poeta latino nos cuenta cómo cuidar las colmenas, cómo viven las abejas y el mito del pastor Aristeo y su implicación en la muerte de Eurídice, a consecuencia de la cual murieron sus abejas. La visión que Virgilio y la Antigüedad en general tienen de la abeja como símbolo no es explícita en este texto (solo hay una alusión al origen divino de la miel que nos lleve a ella), pero conviene por su belleza comenzar por él y decir que la abeja fue equiparada con el poeta o el artista en la medida en que estos liban los jugos de distintas flores para elaborar la propia miel y la propia cera, es decir, beben de los grandes maestros para crear dulzura y luz, que siempre dependerán del pasado (la Memoria, recordemos, es la madre de las Musas).

        Sin embargo, en el siglo XVIII las abejas van a significar algo completamente distinto. En La fábula de las abejas de Mandeville, estas son egoístas y laboriosas, trabajan por su propio interés, pero el resultado es que la sociedad prospera. “Vicios privados, virtudes públicas”, es el lema que condensa esta concepción. A partir de ahí, la colmena vendrá a representar una sociedad de trabajadores afanados en una ciega labor que va a crear una sociedad materialista, confortable pero desencantada, desespiritualizada.

        Antes de que se produjera ese cambio de orientación del símbolo de la abeja, Jonathan Swift, el de Los viajes de Gulliver, hablaba de este animal todavía en el viejo sentido (como creador a partir de las obras de los grandes autores que lo preceden), contraponiéndolo a la araña, que saca de sí misma toda su invención. Recuérdese a Descartes, quien rechaza con osadía la tradición y monta toda su filosofía a partir de sí mismo, extrayendo del yo la telaraña de su teoría. Con el tiempo también el símbolo de la araña va a virar desde este yo geométrico y racional hacia el yo lírico y sentimental del romanticismo, que intentará expresar en la obra todo cuanto lleva dentro.

        Quizá no sea casualidad que el mito en el que Ovidio nos cuenta la transformación de Aracne en araña tenga en su centro la soberbia de la protagonista. En el libro VI de Las metamorfosis, leemos acerca de una doncella que decía tejer mejor que Minerva, la diosa de la artesanía y la sabiduría. Tal presunción la llevó a una competición con la diosa en la que cada una trazó sobre su tejido diversas historias. Minerva representó el pleito entre ella (Atenea en la mitología griega) y Neptuno para ver quién daba nombre a la ciudad de Atenas, y en las cuatro esquinas de su lienzo, a modo de advertencia, compuso cuatro historias en pequeño sobre diferentes transformaciones (entre ellas la de Antígona, quien por compararse con la esposa de Júpiter, fue metamorfoseada por ella en cigüeña). Aracne usó como tema para su obra los amores de los dioses. Minerva no pudo hallar en ella ningún defecto. Finalmente, la convirtió en araña. “De esta manera, en araña transformada, sigue tejiendo con sus hilos la tarea a que ella estaba acostumbrada”, concluye Ovidio. El complejo cuadro Las hilanderas, de Velázquez, recrea este mito. Algo de vanidad, pues, tiene la araña cartesiana y la romántica en su pretensión de crear desde la nada, de introducir novedades absolutas en el mundo. Pero ello presuponía mirar a la cara el pasado. La araña contemporánea, sin embargo, ha conservado la vanidad pero se ha desentendido del pretérito. Por eso su tela se repite anacrónica, monótonamente.

        Quizá nunca hayamos estado tan lejos de la abeja clásica, la que crea teniendo en cuenta prestigiosos modelos, como en nuestros tiempos de recalcitrante adanismo. Y observamos que la otra abeja, la laboriosa y egoísta, se ha fusionado con la vanidosa araña dando lugar al consumidor digitalizado y aislado de hoy, que teje con inconsciente y olvidadiza velocidad esa inmensa telaraña común que llamamos la Red.    

 

         Juan Fernando Valenzuela Magaña



lunes, 24 de abril de 2023

Gatos

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 24 de abril de 2023. 



GATOS

 

Hablemos hoy de gatos. Llama la atención su abundante presencia en nuestro mundo virtual: vídeos de gatitos, emoticonos de félidos con expresiones distintas, criptogatos… El gato virtual refleja la visión predominante del gato físico. Pese a su comentado comportamiento arisco, hoy provoca en el humano ternura y deseo de complacerlo. Hay un poema de Szymborska, titulado Un gato en un piso vacío, que pulsa esa cuerda aunque, como siempre en ella, de un modo original y sencillamente profundo. Los versos describen la actitud de un gato que espera el regreso al piso del dueño fallecido. Aunque alguien desconocido le pone comida, su mundo está desordenado, todo es distinto aun siendo igual. El poema es muy conocido en Polonia, y hay un precioso banco en Kórnik que lo homenajea. Así comienza: “Morir, eso no se le hace a un gato”. Y termina con lo que el gato prevé que hará cuando vuelva su dueño: “Se irá hacia él / como si no quisiera, / despacito, / con las patas muy ofendidas. / Y nada de saltos ni maullidos al principio”.

Pero no es la ternura el único sentimiento que ha suscitado el gato a lo largo de la historia. Hay algo misterioso en él que ha fascinado desde los egipcios. Su inteligencia, su maullido (¿no se confunde con el chillido de un niño?) lo han aproximado al hombre. Además, como es sabido, remiten al mundo de la brujería. En Francia, los campesinos frecuentemente apaleaban a los gatos que se cruzaban por la noche en su camino y al día siguiente algunas mujeres tenidas por brujas aparecían con magulladuras (eso al menos se decía). Un remedio para protegerse de la brujería de los gatos era mutilarlos. Independientemente de esta asociación, los gatos tenían poderes ocultos. Si entraban en una panadería, la masa no crecía. Si se enterraba un gato vivo, libraba el campo de mala hierba. En Bretaña, si uno comía los sesos de un gato recién muerto, se volvía invisible. También se han asociado a la casa o al dueño de esta. Matar un gato traía la mala suerte sobre su dueño o la casa. Por último, el gato se relaciona con el sexo. Le chat, la chatte, tienen un sentido sexual en la jerga francesa. Se aconsejaba acariciar gatos para tener éxito con las mujeres. En algunos cuentos, la mujer que comía gato en estofado, daba a luz gatitos.

Además del conocido El gato negro, de Poe, hay relatos donde este animal ocupa un lugar destacado. En el de Zola El paraíso de los gatos, un gato gordo cambia, por curiosidad, las comodidades de la vivienda de una mujer por la libertad. Viendo las penurias que se pasan en el mundo de fuera, vuelve junto a su dueña y acepta agradecido el castigo, sabedor de que le espera después una confortable comida. Como se ve, se trata de una fábula que habla del hombre, de las asperezas y la alegría de la libertad frente a las comodidades de que disfruta el esclavo voluntario y satisfecho.

Otro cuento, La mayor presa de Ming, de Highsmith, nos habla, aunque en tercera persona, desde el punto de vista de un gato enemistado con la pareja de su ama. El animal acaba provocando la muerte de su humano rival.

Y luego están los de Saki, ese escritor británico tan sabroso. En La filántropa y el gato feliz contrasta la felicidad del gato con la de su dueña (en principio igual a la del animal, pero que luego se revela como aparente incluso ante sí misma). En Tobermory, un invitado a una reunión típicamente inglesa ha descubierto cómo hacer hablar a los animales. Lo muestra con el gato de la anfitriona, que se explaya lanzando indiscreciones sobre los presentes.

No hay espacio para adentrarnos en los gatos que aparecen en la historia del arte, pero sí me gustaría que vieran una figura de Giacometti, el escultor que las hacía alargadas y delgadas, a medio camino entre el ser y la nada. La escultura refleja la agilidad y sutilidad del movimiento de este animal.

Quiero despedirme dejando flotar en la mente del lector el eco de estas sugerentes palabras de Víctor Hugo: “Dios hizo el gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA





lunes, 27 de marzo de 2023

Mariposas

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de marzo de 2023. 


MARIPOSAS

 

         El cuento es conocido. Chuang Tzu sueña que es una mariposa y al despertar se pregunta si realmente ha ocurrido eso o más bien no es una mariposa que está soñando ahora que es Chuang Tzu. La historia nos deja meditando sobre la verosimilitud del mundo de los sueños, su apariencia de realidad, pues plantea dos situaciones (una real, otra onírica) completamente simétricas y en principio indistinguibles. Un occidental se acordará del argumento del sueño que usa Descartes para poner en tela de juicio la realidad del mundo más allá de la mente. ¿Cómo demostrar que este momento en el que usted, lector, pasa la vista por estas líneas, en papel o en la pantalla, no es un momento de un sueño que está usted teniendo, y no existe ni el papel ni la pantalla ni un Juan Fernando que haya escrito nunca este artículo que su mente está inventando? Y, en ese caso, ¿quién es usted, el soñador, realmente? Pero no sigamos por ahí y volvamos a la mariposa.

         La mariposa como símbolo del alma se da en distintas civilizaciones. En la nuestra se cuenta que la noche de las ánimas (del 1 al 2 de noviembre), estas se manifiestan a los vivos en forma de mariposas. Podemos ver el mismo símbolo en ciertas poblaciones turcas del Asia central, en el Congo, entre los aztecas o en Roma, a la que pertenece el mosaico pompeyano Memento mori, donde aparece una mariposa junto a una calavera significando el alma y su inmortalidad frente a la corrupción del cuerpo. También podemos ver esta correspondencia en la imagen de la mariposa y la llama, que puede referirse al amor o, como en el estupendo soneto de Góngora Mariposa, no sólo no cobarde…, a la corte. La primera es atraída por la segunda.

         Podemos recorrer la historia de la pintura buscando esta relación entre el alma y la mariposa. Pero ese animal también ha significado, en las naturalezas muertas y en escenas de género, la fragilidad de la condición humana, la fugacidad de la existencia y de sus placeres. Ambas cosas no son incompatibles, como podría ser que ocurriera en el cuadro de Jan van Hemessen, conocido como Vanitas, donde alguien con alas de mariposa sostiene un espejo en el que se refleja una calavera.   

Sin embargo, lo que evoca la mariposa en nuestros días no es ni el alma ni el sic transit gloria mundi, sino la sutilidad. Todo a raíz de un cuento de Bradbury, titulado El ruido de un trueno. En él se cuenta un viaje al pasado, al tiempo de los dinosaurios. El protagonista, Eckels, se dispone a hacer un safari y cazar un Tyrannosaurus rex. La empresa organizadora se encarga de que los viajeros no cambien nada de ese mundo pretérito, porque cualquier alteración, por mínima que fuera, podría desencadenar grandes cambios en el futuro. El animal que van a matar está marcado porque previamente han visto que iba a morir inminentemente, con lo que su caza no afectará a los sucesos que ocurrieron. Sin embargo, Eckels comete una imprudencia saliéndose del Sendero y pisando una mariposa, algo que descubrirá al verla en el barro de sus botas una vez de vuelta al presente. Un presente que, como puede suponerse, ya no es el mismo.

         Bradbury publicó su cuento en 1952. Años más tarde, el matemático y meteorólogo Edward Lorenz se preguntaba si el aleteo de una mariposa en Brasil puede dar lugar a un tornado en Texas. Hoy se ha popularizado “el efecto mariposa”, un concepto de la teoría del caos por el cual en determinados sistemas una pequeña perturbación inicial puede generar un efecto notable con el tiempo. 

         En un mundo hiperconectado como el nuestro, la mariposa, como vemos, ha venido a ser fuente de inseguridad. Tiempos inseguros los nuestros. Cualquier evento en un punto lejano del planeta parece ser capaz de influir en nuestra vida cotidiana, como comprobamos hace justamente tres años.

Aleteando a lo largo de la historia, como alma, como símbolo de la belleza efímera, como lo sutil que desencadena imprevisibles y remotas consecuencias, la mariposa nos ha acompañado y, como en estos días de primavera, fascinado.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA




martes, 28 de febrero de 2023

Tortugas

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 27 de febrero de 2023.


TORTUGAS


        París, mayo de 2006. En la cola del Museo Picasso, delante de mí, un estudiante de francés hablaba con otro y le decía, jugando con las palabras del idioma que aprendía: “la torture de la tortue”, “la tortura de la tortuga”. Me hizo gracia la expresión y hoy que quiero hablar de tortugas ha venido, espontánea, a mi mente a darme el pie de este artículo. Podría aplicársele a aquella de Des Esseintes, el protagonista de A contrapelo, la novela de Huysmann. El dandi la bañó en oro y la tachonó de piedras preciosas; la pobre tortuga murió bajo el peso de tamaño lujo. El personaje estaba inspirado en el conde de Montesquiou, famoso en el París de finales del XIX. ¿Tenía el conde alguna tortuga así? Hay quien dice que lo único que tenía era un caparazón cubierto de pintura de oro. Y hay quien dice que todo es un invento de una poetisa. ¿Recuerdan ustedes el último artículo, en el que hablamos sobre loros y mencionamos El loro de Flaubert, el libro de Julian Barnes? Pues esta información sobre la tortuga procede de otro libro suyo, El hombre de la bata roja, dedicado a Samuel Jean Pozzi (otro dandi, pionero de la ginecología y cirujano y traductor de Darwin al francés) y al mundo de la Belle Époque.

        Asociamos las tortugas con la lentitud. En un viejo tratado de alegorías y emblemas se lee: “Según los antiguos iconologistas, se podrá representar la Lentitud por medio de una mujer sentada sobre una tortuga y coronada con hojas de morera. Sabido es que la tortuga es el símbolo de la lentitud, y la morera el más tardío de los frutales”. Por eso Zenón de Elea escogió este animal para demostrar que no existe el movimiento. Decía que si el veloz Aquiles le daba ventaja a una tortuga, nunca la alcanzaría, porque cuando llegara al punto en el que ella estaba, ella estaría algo más adelante. Cuando Aquiles llegara a este nuevo punto, la tortuga habría avanzado otro poco. Cada vez estaría más cerca, pero jamás la alcanzaría. Como era de suponer, Borges le dedicó un texto a esta paradoja. Con ella la tortuga se convirtió, junto con la paloma de Kant, en uno de los animales más citados de la historia de la filosofía.

        En la de la biología las más famosas son las tortugas gigantes de las islas Galápagos, que inspiraron a Darwin (segunda vez que nos sale en este artículo donde las referencias se cruzan) su teoría de la evolución. Se dice que el naturalista, aficionado a probar todo tipo de animales, se comió unas cuarenta y ocho. Una que sobrevivió a su zoofagia murió en un zoo el mismo año en que yo en París oía la frase con la que he empezado este artículo. Tenía 176 años, muchos menos de los 250 aproximadamente de la tortuga Addyaita (“Incomparable” en bengalí), que murió en el zoo de Calcuta en el, oh casualidad, mismo año, 2006.  

        En la historia del teatro, tal vez la más conocida sea la que mató a Esquilo, el autor de tragedias griego. Le voy a dar la palabra a Eliano, que lo cuenta con brevedad: “Las águilas cogen a las tortugas terrestres, las tiran, después, desde lo alto contra las rocas y, quebrantando así la concha, extraen la carne y se la comen. Según tengo entendido, así perdió la vida Esquilo de Eleusis, autor de tragedias. En efecto, Esquilo estaba sentado en una roca, meditando, supongo yo, y escribiendo según su costumbre. No tenía un pelo en la cabeza: era calvo. Convencida un águila de que su cabeza era una roca, dejó caer sobre ésta la tortuga que sujetaba. El proyectil alcanzó a dicho poeta y lo mató”. Pero los caparazones también han servido de protección. Plinio cuenta que en el mar Índico había unas tortugas tan grandes que con la concha de una sola se hacía el techo de una choza. Además, se navegaba en ellas usándolas como barcas.

        Vivimos tiempos de velocidad. Por tanto, tiempos de olvido. Puede que nuestro mundo corra tanto para olvidarse de sí mismo (no debe de tener un buen concepto de sí). Buscar la lentitud, la ociosidad (que no es la desocupación: el desocupado se aburre, el ocioso no), es hoy un acto de rebeldía. Reivindiquemos a la tortuga.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA



lunes, 30 de enero de 2023

Loros

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 30 de enero de 2023.


LOROS

 

         Hay libros que, en vez de ser mirados por nosotros, parecen mirarnos. De igual modo que a veces volvemos la cabeza al sentirnos observados y advertimos dos ojos que reaccionan con incómoda sorpresa, descubrimos ciertos libros con la sensación de que ellos nos descubrieron primero. En el estanco-librería de mi pueblo, en los años ochenta de mi adolescencia, notaba cómo se fijaba en mí un ejemplar de El loro de Flaubert, de Julian Barnes. Aunque debo gran parte de mis lecturas de entonces a ese entrañable local, por algún motivo nunca me decidí a comprar ese libro, si bien creo que adivinaba que en algún momento de mi vida acabaría leyéndolo.

         Pasaron los años, que trajeron lecturas de Flaubert y del propio Barnes (al que conocía por ese texto que nunca había leído) y, un verano, lo abrí en un dispositivo electrónico y por fin supe de qué trataban esas páginas que me habían echado el ojo hacía más de treinta años. Como siempre que leo libros electrónicos acabo con la sensación de haber pasado de puntillas por ellos y de que el inevitable olvido será más rápido y devastador que si lo hubiera leído en papel, y como no quería que eso ocurriera esta vez, lo compré y releí impreso y mientras escribo esto me mira desde un estante de mi biblioteca.

         Barnes indaga en la vida y obra de Flaubert y, como el tema musical de un compositor, aparece a lo largo de las páginas la figura de un loro disecado que el escritor tuvo sobre su mesa mientras escribía Un coeur simple, cuento en el que hay un loro llamado Loulou. Dos museos dicen poseer aquella misma ave disecada.

Como en la vida, en la literatura las cosas y los animales son más que las cosas y los animales: son referencias, asociaciones, indicios, recuerdos, esperanzas, guiños. El loro del cuento flaubertiano cumple un papel esencial. Otros loros literarios me vienen a la memoria. El de Gómez de la Serna, por ejemplo, quien en algún sitio cuenta que había uno, colgado a la puerta de una taberna, que gritaba a todo el que salía: «¿Has pagado?». O el de El rapto de las Sabinas, una de las novelas de García Pavón protagonizadas por Plinio, ese jefe de la policía municipal de Tomelloso que mezcla de un modo sorprendente y eficaz la perspicacia del detective clásico y la idiosincrasia manchega. Aparece ahí un loro muerto, de cuerpo presente porque mucha gente acudía a la casa a despedirse de él. El animal ya decía cuando la guerra de Cuba: “Yanqui jodío, yanqui jodío, rrrrrrrrrr” (luego en la guerra civil se pasó tres años gritando “¡Mueran los fachas!” hasta que el 39 tuvieron que quitarlo de la ventana y no volvió hasta que aprendió a decir “Nacionales valientes y rojillos sirvengüenzas”). Incluso un vecino sostenía que ya vivía cuando la ocupación francesa.

         Aparecen aquí, además de la de repetir, otras dos facultades características de la historia literaria de los loros: su longevidad y su memoria para retener dichos que, debido a aquella, se remontan a veces a muchos lustros atrás. García Márquez habla de un loro de cien años que cantaba canciones de la guerra de la independencia (esta vez americana). Y Chateaubriand, en sus Memorias de Ultratumba, de pueblos del Orinoco en su época ya inexistentes, de cuyo dialecto solo quedaba un puñado de palabras repetidas por papagayos que ahora vivían, libres, en la copa de los árboles.

         Y nos queda decir algo sobre la imagen del loro como repetidor, como eco de la voz auténtica. Escribe Montaigne: “Sabemos decir: Así dice Cicerón; he aquí las costumbres de Platón; son las propias palabras de Aristóteles. Mas y nosotros, ¿qué decimos nosotros? ¿Qué opinamos? ¿Qué hacemos? Lo mismo diría un loro”. Y a continuación habla de un rico romano que había comprado una serie de hombres entendidos en distintas ciencias y que, cuando estaba con sus amigos y le tocaba hablar, uno de estos, el relacionado con la materia de que se tratara, le proporcionaba el discurso o el verso que viniera a cuento. En un mundo donde todo el conocimiento está a mano y basta darle a una tecla para acceder a él, conviene tener en cuenta la advertencia.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




sábado, 14 de enero de 2023

El secreto del francés

 

Publicado en la revista Stella, 2019

EL SECRETO DEL FRANCÉS

        Cuentan que a mediados del siglo XIX apareció en las Navas un francés llamado Pierre Bardant. Su español era tan desaliñado como su aspecto, pero se hacía entender y comprendía cuanto se le decía. Sus maneras educadas y corteses no desvanecieron del todo la cautela inicial que su extranjería y descuido, y sobre todo una permanente expresión de amargura en su mirada, provocaran. Corrigió su desarreglo adecentando el aspecto y encargando a Palop el sastre un abrigo que le costó sus buenos cuarenta reales. Fue entonces, y tal vez como consecuencia, cuando don Andrés el boticario, don Juan Facúndez, el médico, Miguel Palazón, el comerciante, y el cura don Miguel Munar, que ejercía a veces de traductor, lo acogieron en su tertulia. Lo cierto es que la misma extraña y triste mirada que suscitaba el recelo originaba una viva curiosidad por su pasado. Pero esta tuvo que contentarse con una información fragmentaria extraída con dificultad al calor del vino de la tierra. Pierre Bardant era de París, con dos hijas casadas. Nunca habló de su mujer, que se suponía muerta o viviendo con alguna de ellas. Tras jubilarse de un trabajo que jamás aclaraba (hacía un gesto amplio con los dedos en movimiento y decía que era algo manual, como si le faltara la palabra, no ya en español, sino también en francés) y cuidar a su madre hasta que murió, había decidido establecerse en un lugar donde olvidar un pasado nada feliz. No le importó atravesar los caminos de Francia y España hasta llegar a la Andalucía de la que tanto había leído en Alejandro Dumas y en Merimée. Pero por alguna razón que tampoco llegó a explicitar prefirió apartarse de los caminos de ruedas y meterse por caminos de herraduras. Llegó a nuestro pueblo como podía haber llegado a cualquier otro algo apartado de las vías principales de la península.

        Los vecinos se acostumbraron a su presencia. Se le veía pasear solo por el campo o charlar con sus contertulios en la rebotica o en la taberna de Félix Salinas. El resto del tiempo lo pasaba en el cuarto que había alquilado en la posada de la calle del Agua, escribiendo o leyendo. El maestro don Juan de Dios de Torres, que algo sabía de francés, decía que le había prestado algunos libros de Chateaubriand, Tocqueville, Beaumont y Víctor Hugo. Todos tenían un exlibris que consistía en dos perros flanqueando una campana rota. Por lo demás, una anécdota un tanto incongruente nos lo presenta escribiendo en su cuarto cuando fue interrumpido por el carpintero Félix Delgado, que entró con un ayudante a arreglarle un mueble. Soltó la pluma, se quedó fijamente mirándolo trabajar y sufrió un desmayo.

        Todo esto es lo que se cuenta, por lo que probablemente ya lo conocéis. Pero lo que con toda seguridad no sabéis es quién era realmente Pierre Bardant. Bien, yo os lo diré: Pierre Bardant no era Pierre Bardant.

        El acompañante del carpintero se llamaba Blas Laso, y tuvo tiempo, mientras atendían al francés en otra habitación más espaciosa (habían llamado al médico), de mirar lo que este escribía. El título del manuscrito rezaba así: Sept générations de bourreaux. Blas sintió curiosidad y lo empezó a leer. Fue así como supo que Pierre Bardant se llamaba en realidad Henri-Clément Sanson. Había sido verdugo en París, como su padre, como su abuelo, que guillotinó a Luis XVI, como su bisabuelo…, asumiendo un oficio maldito y hereditario que iría para siempre unido a ese apellido. Sin duda, Pierre, o Henri-Clément, no temió al restablecerse que su secreto hubiera peligrado, porque nadie de los presentes, salvo el médico, que había estado ocupado atendiéndolo, podía entender su idioma. Se equivocaba. El padre de Blas Laso era francés, de Luzenac, y se había casado con Bernarda de Jimena, de Santisteban. De eso hacía mucho tiempo, y nadie había oído hablar al padre o al hijo en lengua gala. Pero el primero se la había enseñado al segundo, necesariamente a escondidas por la animadversión que hacia todo lo francés suscitó la ocupación francesa de principios de siglo. Cuando Blas cerró el manuscrito, que en aquel momento solo contenía la introducción y el comienzo de una ojeada histórica a los suplicios, decidió guardar el secreto de Pierre Bardant.

        Lo demás es historia editorial. El libro apareció por partes entre 1862 y 1863 con el título de Sept générations d´exécuteurs (y no de bourreaux) 1688-1847. Mémoires des Sansons, mis en ordre, rédigés et publiés par H. Sanson Ancien exécuteur de hautes oeuvres de la coeur de Paris y fue tal su éxito que conocemos una traducción al español de Juan Sala aparecida en Manini hermanos, editores, en el mismo año de 1863.

        Sabemos también que Henri-Clément Sanson murió en 1889, mucho después de haber abandonado nuestro pueblo y sin saber que dos vecinos habían descubierto su secreto. Uno, ya lo hemos visto, Blas Laso. El otro, el maestro de escuela, que compró años después la versión española del libro y vio en él con estupefacción el mismo escudo que aparecía en los que le había prestado el francés: la campana rota entre dos perros. Una campana rota, es decir, sin sonido, en francés “sans son”. Sanson.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña


miércoles, 4 de enero de 2023

Reseña del libro de Santiago Martín Arnedo La tentación del silencio

     En el número 286 (enero/febrero 2023) de la revista Claves de Razón Práctica aparece mi reseña sobre La tentación del silencio, de Santiago Martín Arnedo. He aquí su comienzo:



CALLAR DICIENDO, DECIR CALLANDO

 

La tentación del silencio

 Santiago Martín Arnedo

Editorial Comares

Granada, 2021

 

 

            Más que el olvido, el enemigo de lo que vivimos es su petrificación. Instantes lúcidos o momentos trascendentes quedan luego en la memoria momificados, rígidos como un cadáver. El lenguaje es el vestido con que los amortajamos. Un lenguaje largamente usado por todos, ampliamente compartido, que no sirve para atrapar y comunicar lo especial y singular. Cualquier enamorado lo sabe. Por eso se busca acercarse a esas vivencias (sentimentales o intelectuales) con un lenguaje especial, un lenguaje poético. Pero… ¿qué ocurre si incluso este lenguaje se revela insuficiente para lo que querría expresar, ya sean esas experiencias o la mismísima realidad en su conjunto?

            Esa doble angustia es el ángulo desde el que Santiago Martín Arnedo estudia cinco escritores en su libro La tentación del silencio, publicado por Editorial Comares. Se trata de Hofmannsthal, Kafka, Rilke (de quien el autor ha traducido Las cartas a un joven poeta), Kaschnitz (de ella ha traducido dos libros de cuentos) y Thomas Mann.