En el número de Julio-Agosto de este año 2019 de Cuadernos Hispanoamericanos aparece mi trabajo "Matar al mandarín". Puede leerse aquí.
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
miércoles, 2 de octubre de 2019
martes, 17 de septiembre de 2019
Las primeras veces o Proust bajando una escalera
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 16 de septiembre de 2019.
LAS PRIMERAS VECES O PROUST BAJANDO UNA
ESCALERA
Del
mismo modo que terminamos por no percibir un olor instantes después de estar en
relación con su fuente, necesitamos poco tiempo para adaptarnos a una novedad y
que esta, dejando de serlo, parezca que siempre ha estado con nosotros. La cara
positiva de este fenómeno, en el que lo extraño deviene familiar, es que nos permite
seguir buscando otras novedades. Es desde
la barca de la costumbre desde donde lanzamos la caña hacia las
sorpresas… que un día formarán a su vez parte de la embarcación. El envés es que
se vuelve rutinario lo que nos rodea, de modo que terminamos por dejar de
percibirlo. El mundo se vuelve pétreo con demasiada facilidad, y es necesario
el zarandeo de un acontecimiento imprevisto y rotundo (el amor, la muerte) para
que se licúe y volvamos a sentir el misterio de la existencia. De ahí que el
novelista Milan Kundera insista en la conveniencia de prestar oído a la
aparición de ciertos fenómenos humanos que hoy nos resultan normales. Pensemos
qué sintieron los primeros habitantes de ciudades como París o Londres en el
momento en que empezaron a ser el lugar de la multitud, en el siglo XIX. O la
impresión de los hombres que veían sus rostros fielmente reproducidos en un
daguerrotipo o escuchaban sus voces en el fonógrafo de Edison. O la extrañeza
de quienes comprendieron que los ruidos de motos y coches constituirían la
banda sonora de nuestras calles.
Hay
unas páginas en En busca del tiempo
perdido, de Proust, donde puede verse el asombro del autor hacia el invento
del teléfono. Las telefonistas son tratadas en términos mitológicos (los mitos,
explicaciones del origen de las cosas) y la lejanía del cuerpo del interlocutor
le hace pensar en la muerte. El propio Proust usó un invento relacionado, el
teatrófono, mediante el cual escuchó sin salir de casa óperas de Wagner y de
Debussy. Todo eso, cuyas perfeccionadas derivaciones utilizamos hoy sin reparar
en ellas, era nuevo entonces. También la grabación de imágenes. Precisamente, un
investigador canadiense ha encontrado unas filmadas en 1904 en la boda de la hija
de la condesa Greffulhe (quien inspiró un famoso personaje proustiano), donde
se ve, bajando las escaleras de la ceremonia, una figura que bien podría ser la
del escritor francés. Las imágenes están a disposición de cualquiera en
internet. La mezcla de asombro, gozo y profundidad al verlas está reservada a
quienes conocen la obra del novelista y lo observan entre la gente que
diseccionará en ella. Las reflexiones, las sugerencias, los matices, el mundo
que de esos segundos de filmación puede surgir solo está al alcance de una
pluma como la del propio Proust.
También
sobre la costumbre, de la que hemos empezado hablando, tiene Proust unas
memorables líneas donde habla de sus “analgésicos efectos”. En el transcurso de
nuestras vidas hemos asistido a un cambio que tal vez no tenga precedentes.
Entre los lectores de este artículo, unos vivieron una infancia sin televisión,
otros una adolescencia sin internet, pero, pese a haber tenido la experiencia
de la transformación del mundo, nuestra capacidad de absorber la novedad es tal
que tratamos esas cosas con la familiaridad destinada a lo que siempre ha
estado con nosotros.
Del
mismo modo, los profesores nos hemos acostumbrado a dar clase. Septiembre, sin
embargo, es el mes del recomienzo en el que nos es dado volver a la fuente y
vivir por primera vez lo que ya hemos vivido muchas veces.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
lunes, 26 de agosto de 2019
Perder la cabeza
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 26 de agosto de 2019.
PERDER
LA CABEZA
No es descabellado considerar la
frenología como una versión de la fisiognómica. Esta, como vimos en otro
artículo, pretende conocer el carácter o la personalidad de alguien a través de
su aspecto exterior. La frenología considera que las facultades y habilidades
personales están localizadas en las distintas zonas del cerebro. Quien tenga
más desarrollado el sentido de la ubicación, por ejemplo, tendrá el órgano
cerebral correspondiente más grande y eso dará lugar a una variación en la
forma del cráneo. Así que si estudiamos este (usando los dedos, las palmas de
la mano, una cinta métrica o un calibrador especial llamado “craneómetro”)
podemos llegar a conocer los rasgos mentales y la personalidad del sujeto. De
lo exterior a lo interior, de lo material a lo inmaterial, una vez más.
Franz Joseph Gall, que debía de
tener muy desarrollado el órgano del sentido de la inferencia, propuso esta
teoría en el paso del siglo XVIII al XIX. Por esa época murió Haydn en la cima
de su gloria. Dos discípulos de Gall pensaron que nada mejor que su cráneo para
palparlo y poder ver el desarrollo de la parte correspondiente al talento
musical. Uno de ellos, tras el examen, lo colocó en la repisa de su chimenea en
una caja con ventanas de cristal coronada con una lira. Tiempo después se
deshizo de su colección de cráneos y le dio el de Haydn a su compañero, llamado
Rosenbaum. Cuando el príncipe Esterházy, cuya familia había protegido al
compositor durante la mayor parte de su carrera, quiso traer el cadáver a sus
dominios, se descubrió el pastel. La investigación llevó a su poseedor, pero el
registro en su casa fue infructuoso: la mujer del frenólogo (la famosa cantante
Therese Gassmann) lo escondió en su colchón de paja y se metió en la cama
diciendo que tenía la menstruación, lo que hizo que los funcionarios del
príncipe no se acercaran a su lecho. Esterházy acabó ofreciendo una recompensa
a Rosenbaum, que no le pagó al recibir el cráneo. Tal vez el frenólogo se lo
barruntara, porque el que le dio no era el de Haydn. Hubo que esperar hasta 1954 para que cabeza y
cuerpo del músico se unieran por fin. Junto a esos restos yace también, como un
invitado de la casa del que hemos olvidado cómo empezó a frecuentarla, la
calavera sustituta.
Por las mismas fechas en que en la
tumba de Haydn aparecía la peluca pero no la cabeza, en París se abría el
sarcófago donde Lenoir, encargado de proteger los bienes franceses en el
periodo revolucionario, había depositado los restos de Descartes, muerto a
mediados del XVII en Estocolmo y cuyo cadáver, tras reposar en Suecia dieciséis
años, fue exhumado y trasladado a París. Tampoco había allí cráneo alguno. El
químico sueco Berzelius se hallaba entonces en la capital francesa y se enteró
del asunto. Dos años después, de vuelta en Suecia, supo por un periódico de
Estocolmo que habían subastado el cráneo de Descartes tras la muerte de un
profesor de medicina y farmacia a cuyas órdenes precisamente había trabajado.
¿Era, pues, cierto, el rumor que decía que el cráneo nunca había salido de
Suecia? Berzelius se hizo con él y lo envió a París a través del embajador
sueco en Francia.
¿Cómo había perdido el filósofo de la duda
metódica la cabeza? Cuando se exhumaron los restos en el XVII para llevarlos a
París, fueron custodiados en casa de Terlon, el embajador francés, por miembros
de la guardia municipal de Estocolmo. Fue al parecer el capitán de ese
contingente quien se apropió del cráneo para que Suecia no se desprendiera del
todo de alguien tan célebre. El cráneo tiene anotados los nombres de los
propietarios por los que fue pasando de mano en mano hasta que Berzelius lo
recuperara para Francia. Gracias a él hoy está en el Museo del Hombre en París.
En cuanto al resto de los restos, parece que, pese a la Wikipedia, no son los
que Lenoir guardó en el sarcófago y que luego pasaron a la iglesia de Saint
Germain de Près. La prueba es que Lenoir los había recogido de un ataúd de madera,
cuando sabemos que vinieron de Estocolmo en uno de cobre.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede también leerse en la versión digital del periódico.
lunes, 29 de julio de 2019
Obras perdidas
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 29 de julio de 2019.
OBRAS PERDIDAS
No deja de llamar la
atención que, en un mundo en el que todo parece registrado, catalogado,
clasificado, digitalizado, guardado y en gran medida compartido, aparezcan
inopinadamente obras perdidas. En 2016 se daba a conocer que una cantata
firmada por Mozart, Salieri y un tal
Cornetti se había identificado en los archivos del Museo de la Música de Praga,
de la que solo se tenía noticia por los documentos de la época. Un año antes,
la prensa hablaba del descubrimiento por un escocés en su ático de una historia
de Sherlock Holmes, que Conan Doyle había publicado en 1904 y que se creía
perdida. En 2014, los propietarios de una casa de Toulouse (Francia) entraron
al desván con la intención de llegar al tejado para reparar una fuga de agua.
Se toparon con una puerta cerrada de la que no tenían llaves y decidieron
tirarla. Ante ellos apareció una mujer de rostro implacable y reflexivo
degollando con una espada a un hombre con barba mientras lo sujeta del cabello.
Una criada la acompaña en actitud de ayuda. Era un cuadro que narra la historia
bíblica de Judith y Holofernes. ¿Se trata del Caravaggio al que se perdió la
pista en 1617 y cuya existencia está acreditada por unas cartas entre
mercaderes y una copia del pintor Louis Finson? Así lo asegura el experto Eric
Turquin. El cuadro iba a ser subastado este 27 de junio con un precio de salida
de treinta millones de euros, aunque se preveía alcanzar los cien. Sin embargo,
la subasta no llegó a producirse, porque el cuadro fue vendido antes de la
fecha prevista para ella. Un acuerdo de confidencialidad nos impide saber a
quién y por cuánto. Un antepasado de los propietarios del mirífico desván era
un oficial de Napoleón, y probablemente fue él quien
adquirió el lienzo en uno de sus viajes. Se da la irónica circunstancia de que
años antes del hallazgo unos ladrones habían robado en la propiedad, dejándose,
ahora lo sabemos, la joya más valiosa.
En
2009 un historiador de arte de Budapest encontró una obra perdida en el sitio
más inusitado: en el decorado de la película “Stuart Little”, que se encontraba
viendo con su hija. El cuadro de Róbert Berény “Mujer dormida con jarrón
negro”, perdido desde 1928, estaba allí, en el salón de la familia Little. El
pintor es un vanguardista húngaro que evoca a Modigliani y Matisse y se pensaba
que esta obra podía haber sido víctima de la destrucción del taller del pintor
durante la II Guerra Mundial. Ahora se sabe que había sido comprada en una
tienda de segunda mano de California por una ayudante de decoración del
largometraje, por lo que su descubridor piensa que quizá fuese adquirido en
1928 por una persona de origen judío que logró dejar Hungría antes de que los
nazis tomaran el país.
Este tipo de hallazgos
mantiene viva la esperanza de la editorial S. Fischer, que desde 1982 lleva a
cabo la edición crítica de las obras completas de Kafka. El quinto y último
volumen de la correspondencia (que abarcaría los años 1921-1924) todavía no ha
visto la luz porque los editores alemanes confían en encontrar las cartas de
Dora Diamant, el último amor de Kafka, requisadas por la Gestapo.
Si bien podemos
albergar esperanzas, más o menos fundadas, de hallar obras así, hay otras que,
sin embargo, parecen perdidas para siempre. Umberto Eco especuló en su
estupenda novela “El nombre de la rosa” con la idea de que el libro de la
comedia de Aristóteles, la segunda parte de su “Poética”, se conservara todavía
en la Edad Media, pero no creo que nadie confíe en la posibilidad de su
descubrimiento, como tampoco en que aparezcan sus obras exotéricas, los
“Partenion” (una colección de poemas) de Alcmán de Sardes, los al menos 13
libros perdidos de Píndaro, la producción de Agatón de Atenas, las 100 comedias de Eubulo de Atenas, las 101
comedias de Dífilo de Sínope, las 250 tragedias de Astidamas, los 30 libros de
las “Memorias” del historiador Arato de Sición, los 47 libros de las “Memorias
Históricas” de Estrabón (el autor de la “Geografía”) …
miércoles, 10 de julio de 2019
Reseña en Claves de Razón Práctica
En el número de Julio/Agosto de 2019 de la revista Claves de Razón Práctica, hay una reseña mía sobre el libro Los archivos de Alvise Contarini, de José María Herrera.
El doble
EL DOBLE
No sé cuáles serán los argumentos
comunes de los sueños de nuestros hijos cuando lleguen a adultos, pero en el
mundo onírico de mi generación aparecen con frecuencia una mili que no se ha
hecho, una asignatura universitaria que no se ha aprobado o unas oposiciones a
las que de pronto hay que enfrentarse. Situaciones que en su momento marcaron
nuestra vida reaparecen irresueltas y su fantasma nos recuerda la angustia que
vivimos. Puede que estas oposiciones para ingresar en el cuerpo de maestros que
ahora se celebran sean la semilla de miríadas de pesadillas dentro de veinte
años. Hace más o menos un cuarto de siglo yo viajé a Alicante para presentarme
a unas similares. Lo que me aconteció, aunque no tiene que ver con tribunales o
plazas, está también hecho de la materia de los sueños.
Un matrimonio me alquiló una habitación en el piso donde vivían hasta la
fecha de mi examen. Una cama, una mesita de noche, un armario, una mesa, una estantería
con algunos libros y una marina en la pared. El hombre, panadero, se levantaba
de madrugada. Apenas recuerdo haberlo visto. La mujer mostró al principio una
amabilidad distante. Yo pasaba el tiempo en el cuarto o dando paseos en un
cercano y pequeño acantilado junto al mar. Salía a comer a un bar cercano. Al
tercer o cuarto día, la mujer insistió en que compartiera con ella la cena, sin
gasto suplementario alguno. Poco a poco fue contándome cosas. Me habló de la
jubilación de su marido, próxima, del sacrificio de un trabajo que lo obligaba
a salir de casa mientras todos dormían para que al levantarse tuvieran el mejor
pan de la provincia, y de lo solos que se sentían. Yo había notado una
indefinida atmósfera de contenida tristeza en la casa. Las únicas pistas sobre
la vida familiar eran una foto de boda del matrimonio y otra de comunión de un
niño. ¿Su hijo? ¿Un sobrino? Tardó en decírmelo. Una noche soltó el tenedor con
un trozo de tortilla en el extremo y, evitando mirarme, me espetó: “El de la
foto de comunión es mi hijo. Murió en un accidente de moto”. No supe qué decir.
Quizá balbuceé un “lo siento”, quizá ni eso, escondiéndome tras un sorbo de
agua. Ella continuó: “Hace cinco años. Hoy tendría veinticinco. Los que tienes
tú”. “Qué pena”, debí de decir, pero ella pareció no oírme. “Era un chico muy
bueno, muy agradable, tenía muchos amigos, era muy querido”. La dejé hablar, dibujarme la silueta de
un chico de veinte años como todos los chicos de veinte años: especial y
prometedor. Lo último que dijo antes de sumirse en un largo silencio fue: “Su
habitación era la que tú ocupas. Me recuerdas mucho a él”.
Intenté aclarar tiempo después la
impresión de inquietud que esta revelación me dejó, a través de un cuento
fallido. En él, mi doble literario acababa acomodándose en el hueco que había
dejado su doble fallecido, ocupando el lugar del hijo, del amigo y hasta del
novio perdido.
Hay algo inquietante en estas y
otras historias de dobles. La categoría de lo inquietante (“Unheimliche”) es objeto
de un conocido estudio de Freud de 1919. Lo inquietante mezcla terror y
familiaridad. Schelling, en relación con esto y en el contexto romántico, había
dicho que “Unheimliche” es lo que debería estar oculto pero ha salido a la luz.
Además del doble, Freud anota otros fenómenos que provocan la misma impresión: la
repetición de algo en nuestras vidas (un número, un lugar), la locura, las figuras inertes que parecen
vivas (muñecas, autómatas) o a la inversa. Lo inquietante se produce, a juicio
de Freud, porque nos hallamos ante unas arcaicas ideas cuya superación es puesta
en duda o porque lo que habíamos convenientemente reprimido de pronto aflora.
Aunque no lo parezca, el verano es
una tierra propicia para ello. Se rompen rutinas y se abren horizontes. No me
sorprendería que alguno de ustedes me dijera, a la vuelta de él, que, en una
ciudad europea, o caminando por el paseo marítimo de una ciudad malagueña, se
ha topado, inopinadamente, con su doble.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
Puede leerse aquí.
La Fisiognómica
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 3 de junio de 2019.
LA FISIOGNÓMICA
La
Fisiognómica es el estudio del carácter a través del aspecto físico y, sobre
todo, del rostro del individuo. ¿A qué deseo humano responde esta técnica o
este saber? ¿Qué fundamento tiene? Por múltiples razones, el hombre siempre ha
querido saber lo que sentía y pensaba el otro, y esa es la aspiración que está
en la base de la Fisiognómica, cuyo fundamento consiste en la relación entre el
interior de la persona, su dimensión psicológica, con su exterior, su dimensión
física. A la primera sólo tiene acceso directo el propio individuo. Si yo estoy
alegre, yo siento mi alegría, pero, a no ser que la comunique oral o
gestualmente, nadie podrá saberlo. El camino para llegar al interior del otro
es justamente su exterior. El camino, pero también a veces el obstáculo: si yo
estoy alegre, puedo fingir que estoy triste. Con esto llegamos a la mentira, y
con ella a la versión actual, si no me equivoco, de la Fisiognómica: la
comunicación no verbal. Pero empecemos por el principio.
Cuenta Cicerón
que en una ocasión un tal Zópiro, que se preciaba de conocer el interior de las
personas a través de su aspecto externo, dijo tras examinar a Sócrates que éste
era torpe, estúpido y aficionado a las mujeres. Los que se hallaban presentes
rieron por lo que les parecía un mayúsculo desatino, pero Sócrates defendió al
fisiognomista diciendo que, en efecto, tenía esos vicios, pero que los había
vencido mediante la razón. De no mucho después de esta escena data el primer
escrito conservado sobre la Fisiognómica, de aire aristotélico aunque no del
mismo Aristóteles. Desde entonces, este estudio ha tenido una agitada historia.
Ligada a veces
a prácticas como la astrología o la quiromancia, otras se ha nutrido del
espíritu científico de la modernidad. Se ha relacionado con el arte, que
precisaba saber cómo expresar los estados de ánimo (un ejemplo es Le Brun, el
pintor de la corte de Luis XIV) o con la criminología, que quería adivinar en
los rasgos de los rostros la condición delincuente de los hombres (así,
Lombroso). En su seno ha habido distintas corrientes: una era rígida, y pretendía
listar una serie de signos exteriores que se correspondían con rasgos
interiores, como cabello abundante con lujuria, cara pequeña con astucia, tendencia
a la pendencia y presunción, etc. Otra buscaba una correlación entre caras humanas y
animales, de modo que podríamos saber el temperamento de una persona según su
parecido con un animal determinado, habida cuenta de que a cada animal le
atribuimos unas cualidades morales: el cerdo es perezoso y sucio, el león
valiente. Y una tercera se fijaba en el movimiento corporal, en los gestos,
como medio de acceder al interior de una persona. Esta corriente es la más
fructífera, y Feijoo, con su abrumador sentido común y su fino humor, la
defendió frente a las otras dos en su Teatro
crítico universal. La llamaba “nuevo arte fisionómico” y decía que esta
materia exige dos cosas que a él faltaban: “mucho comercio con el mundo, para
hacer observación en muchos individuos; y mucha reflexión para cotejar la señas
con los significados”.
Lo que le
faltaba al religioso erudito lo ha tenido un norteamericano dos siglos después:
Paul Ekman. Profesor de la Universidad de California (San Francisco), se ha
dedicado a averiguar cuándo alguien miente. Hace décadas realizó un experimento
en el que una estudiante de enfermería, tras ver una horripilante película (Ekman
tenía ciertos reparos por el carácter de la cinta, así que eligió personas que
al fin y al cabo debían acostumbrarse a ese tipo de cosas), tenía que mentir
sobre su contenido. Como previamente ya había descrito algo alegre tal y como
lo había visto, podían compararse ambas descripciones y encontrar las
diferencias entre las expresiones de nuestro rostro y nuestro cuerpo cuando decimos
la verdad y cuando mentimos. Una serie de televisión, Lie to me, da cuenta de sus hallazgos en el mundo de la mentira.
Aunque, a mi juicio, hay todavía algo más fascinante y que también puede ser
detectado: el autoengaño.
JUAN FERNANDO VALENZUELA
MAGAÑA
Puede leerse aquí.
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