lunes, 6 de mayo de 2019

Un día esperado


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 6 de mayo de 2019

UN DÍA ESPERADO

            Todo el mundo hablaba hace unos días de ello, la fecha tan esperada iba a llegar. Algunos ya habían elegido, otros estaban indecisos. Algunos incluso se habían adelantado, otros preferían hacerlo la misma jornada. Me refiero, claro, al día del libro, el 23 de abril. Las ocasiones y las ofertas proliferan entonces y uno aprovecha el descuento para llevarse la presa apetecida. Es sabido que la fecha homenajea a Cervantes y a Shakespeare, fallecidos el 23 de abril de 1616. Sin embargo, hay quien no conoce que, muriendo el mismo día, no murieron el mismo día. La paradoja se disipa si se tiene en cuenta que había un pequeño desfase entre el calendario inglés y el español. El 23 de abril en Inglaterra, el día que murió su dramaturgo, en España estábamos a 3 de mayo.
            Permítaseme, pues, hablar hoy de un libro. En concreto, de un libro sobre Venecia.
            En las páginas que Proust dedica en La fugitiva a esta ciudad, observa que cualquiera de nuestros deseos acoge, como un acorde único, las notas fundamentales de nuestra vida. Esa referencia al deseo y al acorde en el contexto de Venecia nos deja en las puertas del libro de José María Herrera que quiero comentar, aparecido el año pasado en Los libros de fronterad y titulado Los archivos de Alvise Contarini. Pues como un deseo, en efecto, el libro es un acorde único integrado por diferentes notas. Cada capítulo (incluyamos el prefacio) está escrito con un estilo propio. El narrador empieza contándonos cómo conoció a Contarini, un erudito veneciano, y la intención de recopilar sus dispersas aportaciones a la historia de Venecia. Tal tarea la realiza a lo largo de diez capítulos en los que se expone desde una conferencia de Contarini analizando un cuadro de Carpaccio hasta una lección impartida a unos niños con el objeto de explicar por qué hay siempre flores frescas sobre la lápida de Monteverdi. La variedad de todas esas notas da lugar a un acorde llamado Venecia.
            Venecia comparte con París el ser la ciudad soñada y el escenario del amor y el turismo prefabricado, pero mientras que la capital francesa es una ciudad cambiante, “Venecia cautiva porque ha quedado apartada de la acción de la historia” (Contarini). Lo que no significa que esté muerta. Del mismo modo que el interés por los caminos no transitados de la historia (dado el horror que el transitado produjo en el siglo XX) ha iluminado una tradición antimoderna que ha estado siempre como sombra acompañando a la modernidad, estamos hoy en mejor disposición de aprender de Venecia una manera de continuar el mundo clásico antiguo que fue despreciada y malinterpretada por la Europa de la Ilustración, la razón calculadora y el progreso.
            De las dos ciudades mencionadas y de un puñado más de ellas (Roma, Londres, Lisboa), todo el mundo tiene una imagen o, como ahora se dice, una marca. El viajero que quiera ir más allá de ella habrá de preguntarse qué es tal ciudad, del mismo modo que nos preguntamos quién es realmente una persona si queremos traspasar la etiqueta que socialmente lleva. La cuestión no es simple, pero tampoco eludible. Cuando se pulsa el asunto de la identidad o de la esencia, entramos en un laberinto como el de las calles venecianas. Habremos de escoger el hilo adecuado si no queremos perdernos. En relación a Venecia, este libro lo es. ¿En qué consiste esta ciudad milenaria a la que todo el mundo quiere ir? Ya lo hemos dicho: Venecia es un acorde. Un acorde que integra lo material y lo espiritual, la naturaleza y la arquitectura, las pasiones y la razón. La idea del alma como armonía, de procedencia platónica, supone que el hombre tiene distintas instancias, pero que deben concordar, ajustarse. La razón, una de esas partes, es la encargada de mandar en ese orden. Las pasiones han de supeditarse a ella, pero no suprimirse. Venecia entendió de ese modo la vida, y sus manifestaciones artísticas (su pintura, por ejemplo, frente a la florentina) así lo expresan. De ahí la importancia de la música, que integra lo sensible y sensual y lo espiritual en un todo que incluye a nuestra comunidad. La música veneciana vertebra esta obra, como vertebra Venecia.
             
Puede leerse aquí.



             
           
        

Reseña de Los archivos de Alvise Contarini

    En la revista Librújula aparece mi reseña sobre el libro de José María Herrera Los archivos de Alvise ContariniAquí puede leerse.


domingo, 14 de abril de 2019

Que piensen y digan

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de abril de 2019 


QUE PIENSEN Y DIGAN

            Entre las recientes polémicas fugaces que los políticos nos procuran ha habido una que me ha llamado la atención. La recuerdo brevemente. El secretario de Estado de Seguridad Social, Octavio Granado, hace unas declaraciones sobre las pensiones en una jornada organizada sobre el asunto por una asociación de directivos. Sus palabras parecen perjudicar al gobierno de cara a las elecciones y la ministra del ramo, Magdalena Valerio, además de decir que el gobierno no tiene intención de modificar las pensiones de viudedad, comenta sobre la persona que al parecer la ha puesto en un brete: “Opina en alto, va a conferencias, a charlas, él opina, opina... y a veces no se da cuenta de que forma parte de un Gobierno.” Eso sí, concede que “sabe mucho, es un buen técnico de la Seguridad Social...”. Es justo esto lo que quiero señalar. Alguien que forma parte de un gobierno no puede decir ciertas cosas como experto en la materia y en un foro de entendidos. Entiendo que la ministra le otorga el carácter de experto al decir que “sabe mucho”, si bien eso contradice sus palabras anteriores al calificar despectivamente las intervenciones de su subordinado de “opiniones”. Saber y opinar parecen ser dos modos opuestos de enfrentarse a la realidad, sin que el primero suponga, maticemos, la posesión absoluta de la verdad.
            Alguien que sabía de estas distinciones escribió un artículo en 1784 en la ciudad prusiana de Königsberg. Se llamaba Immanuel Kant, y en ese texto se preguntaba por el significado de la Ilustración. Su respuesta era esta: “Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración”. En ese contexto, el filósofo prusiano hace una interesante distinción. Los individuos pertenecemos a diversas agrupaciones, incluida la sociedad. Como miembros de ellas, tenemos que obedecer las normas que las rigen. Pero esa obediencia no está reñida con la posibilidad de pensar por nosotros mismos sobre las cosas que nos conciernen y de las que entendemos y exponer al público nuestras conclusiones. La distinción consiste en eso: en cuanto que ocupo un puesto en la sociedad, debo obedecer; en cuanto que entiendo de algo, debo tener libertad ilimitada para pensar y decir. El violinista de una orquesta deberá seguir las instrucciones del director, pues si cada músico interpretara del modo que él considera el mejor una partitura,  la ejecución de la obra se vería truncada. Ahora bien, si en una revista especializada, y como docto en materia musical, el violinista expone sus ideas sobre la interpretación más rica de la pieza en cuestión, nada habría que objetar. Pensemos en los diferentes ámbitos donde se lleva a cabo una obra en común: educación, empresa, deporte colectivo. Discrepar con argumentos de la línea conjunta no supone insubordinación mientras el miembro del grupo cumpla adecuadamente su función. Que la política suprima ese “uso público de la razón” (así lo nombraba Kant) y obligue a un experto, no solo a obedecer como miembro de un proyecto, sino también a no cuestionarlo o a no proponer futuras posibilidades a un público versado en la materia, es una mala noticia, no solo para el saber sino para las propias autoridades.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.

La flecha en ARCO


    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de marzo de 2019 


LA FLECHA EN ARCO

Desde que Duchamp propuso su famoso urinario en 1917 con el título de “La fuente”, el arte dejó de ser lo que era. Si bien los movimientos estéticos siempre se habían sucedido rompiendo con lo anterior, ahora parecía que con lo que se había roto era con la historia del arte en su totalidad. John Cage escribió una partitura que consiste en más de cuatro minutos de completo silencio, al cabo de los cuales la gente aplaude entusiasmada de haber oído nada. Piero Manzoni enlató 30 gramos de su propia defecación en cada una de las noventa latas que se vendían al precio de 30 gramos de oro. De eso hace ya más de medio siglo, con lo que hoy apenas sorprenden las recurrentes noticias en las que una mujer de la limpieza tira una obra de arte de miles de euros. Como estoy seguro de que tienen un móvil o un ordenador a mano, les pido que  echen un vistazo, si no lo conocen, a cuanto acabo de decir (la obra de Cage se llama 4´33´´; la de Manzoni, “Mierda de artista”; y luego tecleen en su buscador “limpieza tira arte”).  Ahora, podemos continuar.
            Reconozcámoslo. Quienes no pertenecemos al mundo (hoy se dice “mercado”) del arte, sentimos un cierto desasosiego ante las manifestaciones artísticas de nuestro tiempo. Cuando leemos noticias sobre los aspirantes al premio Turner de la Galería Tate de Londres, cuando visitamos el Pompidou de París o cuando asistimos a un reportaje sobre ARCO, que acaba de celebrar una edición exitosa, componemos un gesto que muestra que nuestra relación con el arte no es nada cómoda. ¿Se están quedando conmigo?, ¿soy un analfabeto artístico, como los hay digitales?, ¿pido que me devuelvan el dinero de la entrada?, ¿necesitaría una audioguía que me explicara esto?, ¿habrá alguna cámara oculta?, ¿es esto arte?, ¿y qué lo diferencia de lo que no lo es?
            Sin duda, el lector interesado podrá informarse con todo detalle sobre cuanto había en esta edición de ARCO. Sin embargo, quien solo haya recibido las noticias que flotan en el ambiente lo único que sabrá de ella es que se ha exhibido una figura gigantesca del rey Felipe que quien la adquiera habrá de quemar antes de un año, según el contrato de compra. El ninot, como se esperaba, ha generado polémica, pero no se ha retirado. ¿Hacerlo hubiera sido atentar contra la libertad artística? Para ello, previamente deberíamos haber respondido a esta pregunta: ¿es esa figura una obra de arte? ¿Por qué entonces no lo son los ninots de las fallas de Valencia? ¿O las figuras del museo de cera? ¿O es que hay algo en la pieza expuesta en ARCO que no se halle en los muñecos que arderán para San José o en la réplica del rey del Paseo de Recoletos?
            El asunto es complejo, porque tanto el arte como la realidad, con la que de algún modo está en relación (como escape de ella o como su auténtica descripción), llevan tras de sí una larga e intrincada historia poblada de teorías, sensibilidades y modos de ver el mundo. No hay espacio en este artículo más que para lanzar una sospecha como quien lanza una flecha cuyo acierto en la diana está por ver. En toda obra de arte hay algo inexplicable conceptualmente, algo que queda una vez que aplicamos todos los medios químicos, psicológicos, sociológicos o históricos para aclarar la creación. Si, de la obra de ARCO mencionada, elimino la polémica (en la que intervienen como elementos la propia exposición, por definición transgresora, los medios de comunicación, por definición amantes de lo escandaloso, y el público, por definición buscando “lo que hay que ver”), ¿qué nos queda? Aun admitiendo la autenticidad de la transgresión (lo que es mucho admitir en este caso, pues era demasiado previsible), el hecho de que todo arte sea transgresor no implica que toda transgresión sea artística. 
Volvamos al principio. Gran parte de lo que ha hecho el arte en el último siglo ha sido, en el fondo, preguntarse por su identidad. El tema es legítimo, pero será su tratamiento, como siempre, lo que hará que una obra sea o no artística.




                                                                                                         Juan Fernando Valenzuela Magaña

Puede leerse en el periódico.


martes, 12 de febrero de 2019

Impostores


   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de febrero de 2019 

IMPOSTORES


Por muy satisfechos que estemos de nuestra vida, siempre fantaseamos con las que hemos dejado de vivir. Elegir es siempre renunciar, y lo real está hecho a base de descartar posibilidades que ya nunca serán. A veces incluso imaginamos vidas imposibles, trayectorias vitales que, por el lugar o el momento en que nacimos, nos estaban vedadas. ¿Cómo sería mi vida si hubiera acontecido en el siglo XVIII en París? ¿O si fuera el príncipe heredero de Noruega?  Tal vez esto explique por qué nos fascinan los impostores. Ellos saltan esos límites y viven una vida que no es la suya. Por supuesto, los hay de todo tipo. Quien falsifica un título universitario no está burlando límite alguno, sino ahorrándose un esfuerzo que desdeña hacer. Son impostores de poca monta. Me gustaría ilustrar mediante dos ejemplos impostores más interesantes.
Un día de octubre de 1748 atracó en Sevilla una lujosa embarcación en cuyas velas estaban bordadas las armas de Módena. Los extranjeros, brillantemente ataviados, se alojaron en la posada de la Reina. Poco después se supo que se trataba del Príncipe heredero de los estados de Módena y su séquito, entre los cuales estaba el Marqués de Ragni. Se le puso una guardia para custodiar su casa y escoltar a su persona, y se fueron presentando el Asistente, el Corregidor y demás personalidades. La ciudad le agasajó pública y privadamente, pues además de las visitas oficiales en que se le recibía con pompa y boato, los jóvenes de las principales familias le enseñaron las diversiones no siempre honestas que la ciudad ofrecía. Mientras, en Madrid habían recibido los despachos que desde Sevilla les remitieran informándoles de la visita y, extrañados de no tener notificación alguna por parte de Módena de la visita de su Príncipe, como era protocolario, se pusieron en contacto con el representante español en aquella corte y se supo que todos los príncipes de aquel Estado estaban en su país, lo que se transmitió rápidamente a Sevilla. Detenido y encerrado en la Torre de Triana (la mayoría de su séquito había actuado también engañada), él seguía declarándose Príncipe de Módena. Consiguió escaparse (luego justificaría su huida diciendo que no se le trataba como correspondía a su rango) y refugiarse en el convento de San Pablo, acogiéndose al derecho de asilo, pero finalmente fue detenido y llevado a un oscuro calabozo de la cárcel Real. Acabó condenado al presidio de Ceuta. ¿Quién era realmente este impostor? El pintoresco personaje había servido a un noble oficial de la Guardia de Corps de Luis XV y, tras robarle, consiguió huir a Méjico, donde se hizo pasar por un comerciante, y luego recorrió otros países de la América española como viajero distinguido. Cuando el dinero empezó a faltarle, ideó la farsa principesca y se presentó en la isla de la Martinica, donde fue agasajado por el gran Almirante de Francia y donde fácilmente obtenía dinero de comerciantes y banqueros. Su fino instinto le advirtió de que era llegado el momento de levantar el vuelo y fue así como apareció en Sevilla, donde a lo largo de cinco meses mantuvo en vilo a sus habitantes, y de la cual el Asistente y el Corregidor, deseosos de echar tierra sobre un asunto en el que habían pecado de cándidos, ordenaron que saliera de noche, encerrado en una calesa para mayor seguridad.
Pasemos al otro caso. El Almirante del Dreadnought, orgullo de la marina británica a principios del siglo pasado, recibió con todos los honores al emperador de Abisinia. Dado que había avisado con poca antelación, no se pudo encontrar una bandera de ese país, y se izó la de Zanzíbar. Pero eso no pareció molestar a su Majestad y su séquito, que visitaron el barco y condecieron honores militares de su país a algunos oficiales. Poco tiempo después, un periódico publicaba que la delegación imperial era un realidad un grupo de amigos ingleses tiznados y con barbas postizas. Entre ellos estaba Virginia Stephen (futura Virginia Woolf) y el famoso bromista Horace de Vere Cole. Al conocer la noticia, el Almirante debió sentirse como el Asistente y el Corregidor sevillanos.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

Aquí puede leerse en la versión digital del periódico, con el modificado título (ignoro por qué) de "Los impostores".





martes, 15 de enero de 2019

El mandarín y la inquietante sospecha


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 14 de enero de 2019 


EL MANDARÍN Y LA INQUIETANTE SOSPECHA
           
            Recordemos la cuestión del mandarín de la que hablábamos el mes pasado. Usted tiene la posibilidad de heredar una gran fortuna con la condición de hacer que un viejo mandarín en la lejanía de la China muera. El crimen quedará impune y no solicita de usted más que hacer un gesto con la cabeza o apretar un botón. ¿Mataría usted al mandarín? Vimos que este cuento moral constaba de estos cuatro elementos: el beneficio, la lejanía respecto de aquel a quien se daña, la facilidad de la acción y la impunidad. Relacionamos esta última con la corrupción y anunciamos que hoy hablaríamos del ingrediente de la distancia. Dañar a alguien que nos resulta lejano parece más fácil que hacerlo a alguien próximo a nosotros.
            Aristóteles decía que compadecemos a quienes son semejantes a nosotros en “edad, costumbres, modo de ser, categoría o linaje”, así como los padecimientos cercanos en el tiempo, no los muy antiguos o los del futuro, al menos no del mismo modo. La distancia, espacial y temporal, está relacionada con la compasión.
Muchos siglos después, Diderot apuntaba que “el asesino, que acaba en las costas de China, ya no está en condiciones de percibir el cadáver que ha dejado desangrándose a orillas del Sena”. Y Adam Smith imagina cómo un europeo decente se entristecería por la noticia de un terremoto devastador en China para pasar después a sus propias cuitas, alguna de las cuales podría quitarle el sueño que no enturbiarían los cadáveres de tantos hermanos desconocidos.
            Tanto individual como colectivamente, el progreso moral ha consistido en contrarrestar ese egoísmo natural, en aplicar nuestros principios a un campo cada vez más amplio.
El psicólogo Köhlberg estudió el desarrollo moral de la persona, situándola al principio en un estadio egoísta y dependiente de recompensas y castigos hasta llegar al respeto a unos principios universales, pasando antes, entre otros estadios, por el de camaradería y proximidad. De la impunidad a la máxima distancia, diríamos en los términos de la cuestión del mandarín.
            Si hablamos colectivamente, como comunidad, ¿no inquieta nuestra conciencia la sospecha de si nuestra vida confortable no estará siendo comprada al precio de la miseria de otros, de si no estamos matando al mandarín continua y comunitariamente? Tal vez la China de nuestra cuestión tenga que ser hoy sustituida por India, donde nada cuesta imaginar a trabajadores explotados por marcas cuyos productos podemos comprar, por tal explotación precisamente, a un precio asequible. O por Yemen, un país tan distante emocionalmente que no importa si las armas que vendemos a Arabia Saudí pueden ser utilizadas contra su población siempre que se aseguren los seis mil puestos de trabajo que permite el contrato de cinco corbetas para este país con Navantia (revísese el reciente caso y dígase si no es pertinente ahí la cuestión del mandarín). La interrelación entre todo lo humano no es ya un ideal, sino un hecho. De ahí que la justicia tenga que ser global. Sin embargo, da la impresión de que la política se haya atrapada en conceptos locales, estatales, y es incapaz de controlar el verdadero poder, situado fuera de todo territorio y carente de fronteras. Es esa la zona oscura de la globalización, que ha generado distópicas pesadillas. El ciudadano siente hoy que el rumbo de las cosas no depende ya de él y que está a merced de golpes que no puede prever. ¿No se viven estos a veces como el castigo por la muerte de los mandarines?
            Y del mismo modo que ya nada humano, por lejano que sea espacialmente, puede resultarnos ajeno, el pasado y el futuro imponen deberes al hombre de hoy. Las posibilidades ambivalentes de nuestra capacidad tecnológica ponen de manifiesto la necesidad de preservar restos pretéritos y, sobre todo, las obligaciones con las generaciones venideras. Nunca estas han estado tan cerca de nosotros, reclamando su derecho a un planeta habitable.

Juan Fernando Valenzuela Magaña






El mandarín y la corrupción


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de diciembre de 2018 

EL MANDARÍN Y LA CORRUPCIÓN
           
            En nuestros tiempos veloces, donde todo adquiere una importancia tan enorme como fugaz, las obras (literarias, pictóricas…) brillan efímeramente y son de inmediato engullidas por el olvido. No digamos los diarios, que, como espejo de la actualidad, tienen por destino, incluso en tiempos menos céleres, una rauda desaparición. Sin embargo, hay una fuerza opuesta propiciada por la tecnología: de esos olvidos y de otros mucho más lejanos, podemos extraer fácilmente lo que en ellos cayó y calló. A la mano tenemos textos rescatados que antes solo podían consultar investigadores especializados. Una voluntad de totalidad alienta tanto en la digitalización del presente como en la reconstrucción del pasado. Por eso uno puede leer, recorrido por una nostalgia imposible, la nostalgia de lo no vivido, periódicos del siglo XIX. En uno francés, “L´Intermédiaire de chercheurs et de curieux”, la gente hacía preguntas que eran respondidas por otros lectores o por algún redactor. El 10 de mayo de 1866, un tal P.L. se interesa por la obra de Rousseau donde aparece la expresión “tuer le mandarin” (“matar al mandarín)”. ¿A qué se refiere con esto?
            Se trata de una interrogación moral. Usted, lector del Jaén, tiene la posibilidad de heredar una gran fortuna con la condición de aceptar que un viejo mandarín en la lejanía de la China muera. Tal crimen quedará impune. Pongamos que todo lo que tiene que hacer es un gesto con la cabeza. ¿Usted lo haría? ¿Mataría usted al mandarín?
            De manera que “tuer le mandarin” es beneficiarse de una acción que perjudica a un desconocido teniendo garantizado que permanecerá sin saberse y sin castigo. Cuatro son, pues, los ingredientes de este cuento moral: el beneficio, la lejanía respecto de aquel a quien se daña, la facilidad de la acción y la impunidad.
            La cuestión del mandarín fue debatida en la prensa francesa porque no había manera de encontrar el pasaje en la obra de Rousseau (entonces no bastaba con darle a “Buscar” e introducir la palabra adecuada). Si se atribuía a él fue porque así aparece en una novela de Balzac. Sin embargo, hoy sabemos que la memoria de este novelista le jugó una mala pasada atribuyendo a Rousseau lo que había leído en Chateaubriand, a quien hay que apuntar el hallazgo. En cualquier caso, la pregunta sobre el mandarín, que apunta en su planteamiento a un desarrollo narrativo, va a tenerlo con diferentes variaciones. La más famosa de ellas es la novela “El mandarín” de Eça de Queiroz.
Pero la cuestión tiene también aspectos que son de gran interés y actualidad para la ética. Hemos visto que hay en ella dos elementos que ya aparecían, por separado, en las reflexiones de los griegos: la impunidad y la distancia. Diré algo sobre la primera en el tiempo (espacio) que me queda y emplazo al lector al mes próximo para hablar de la segunda.
            No voy a destacar más que un aspecto del terrible problema de la corrupción, el de la sensación de impunidad en que parece haberse cometido. Esto plantea la pregunta: ¿cumplimos las normas morales porque son también normas sociales o jurídicas, es decir, porque tememos las sanciones que acarrearía transgredirlas? Si estuviéramos en la situación de quienes han robado lo que es de todos y supiéramos que no nos pasaría nada, ¿qué haríamos? ¿Mataríamos al mandarín? ¿Lo hacemos ya de algún modo como ciudadanos cuando tenemos la seguridad de que “no nos van a pillar”?
Los griegos hablaban del anillo de Giges, que permite hacerse invisible a quien lo tiene con solo girarlo. Un personaje de Platón sostiene que si se le da un anillo así a un hombre justo y a otro injusto, ambos actuarían mal, pues solo el miedo al castigo retiene al justo de hacerlo. Sin embargo, podemos replicar nosotros con Kant, cuando el hombre justo actúa bien únicamente por miedo a la condena, social o jurídica, no se trata propiamente de un hombre justo. Los corruptos confundieron una baratija con el anillo de Giges, pero si hubieran sido decentes jamás hubieran matado al mandarín.
Juan Fernando Valenzuela Magaña