En el número 280 de la revista Claves de Razón Práctica, de Enero-Febrero 2022, publico una reseña sobre el libro de Juan Malpartida Mi vecino Montaigne.
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
domingo, 10 de abril de 2022
lunes, 14 de marzo de 2022
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 14 de marzo de 2022.
MOSTRARSE O RECOGERSE
No se da una característica o tendencia en una sociedad o en
una época que no proyecte su sombra, su contrario. Así, no hay lugar ni tiempo
más dicharacheros socialmente que el salón parisino de los siglos XVII y XVIII.
La salonnière habla a unos y otros o, más bien, les incita a que digan,
cuenten, bromeen, expresen sus ideas. El ingenio, la burla simpática, la
complacencia, la politesse (que
descubre o supone en el otro alguna excelencia) se manifiestan en multitud de
conversaciones. Y, sin embargo, es en ese mismo tiempo y en ese mismo ambiente
donde observamos la tendencia contraria, el deseo de apartarse del mundo (así
llamaban ellos a esa atmósfera, “el mundo”) y retirarse a una oculta soledad.
En relación con ello está el elogio del silencio que hace Bossuet: “Se precisa
un silencio y un recogimiento perfectos para oír la voz de Dios en el
interior”. Y la muerte del abate de Rancé, quien viendo su final decidió pasar
en silencio sus últimos instantes. Contrástese eso con estas palabras de Madame
de Staël, a quien nada la angustiaba más que la soledad y el silencio: “Dicho
sea con perdón, yo no abriría mi ventana para ver la bahía de Nápoles ni la
primera vez, mientras que haría cinco leguas para ir a charlar con un desconocido
que fuera inteligente”.
Bueno, tal vez sí haya otro lugar y tiempo tan dicharacheros
o más que aquel: los nuestros. Ya no hay salonnières ni honnêtes hommes, pero
continuamente se nos insta a hablar, a opinar, a decir, a mostrarnos, en las
redes sociales. Desde la participación más débil (un “me gusta” o “me divierte”
o “me entristece” o “me asombra” o “me enfada”, a los que se nos invita con los
emoticonos correspondientes) hasta la subida de una foto nuestra y nuestro
plato de marisco en un restaurante de la costa, pasando por los comentarios más
o menos detallados, somos impelidos a decir algo, a manifestar que estoy aquí,
a mover la colita para que se me perciba. Ser es ser percibido, que decía aquel
filósofo irlandés (venga, no resista el impulso, deje usted un momento el
artículo y averigüe a quién me refiero, navegue por internet para resolver la
adivinanza, así es la lectura hoy día; pero vuelva, no olvide volver, porque
corro el riesgo de que se pierda usted en alta mar y no regrese a puerto, es
decir, a este artículo).
La sombra de esa necesidad de hablar, de mostrarse, de
estar, es justamente el deseo de retraerse, de ocultarse, de decir ahí os
quedáis. Sospecho que algo de eso hay en la decisión de abandonar Facebook que
he ido viendo adoptar en los últimos años a varios amigos. Los ejemplos
extremos de esta actitud de ocultamiento no podemos conocerlos, no si han
logrado su propósito. Decir a los demás me he ocultado o saber que alguien lo
ha hecho es graciosamente contradictorio. Pero conocemos casos de relativos y
eficaces retiros. Siempre los ha habido, como hemos visto al principio. “El
solitario es una de las encarnaciones más bellas que haya revestido la
humanidad”, dice Pascal Quignard, en cierto modo uno de esos solitarios.
Constituyen una grieta en la sociedad, una objeción a ella. Se contraponen a
esa acción conjunta, a esa creación de un mundo en común construido entre todos
y perdurable en el tiempo y en la memoria. Y, sin embargo, influyen en ese
mundo y más aún en su modo de conocerse este a sí mismo. Todo escritor es un
solitario mientras escribe, y todo lector mientras lee, pero ahora pienso en
los escritores apartados, los que no concedían entrevistas por decisión o
porque nadie se las solicitó jamás, o en aquellos que escriben voluntariamente
para una pequeña comunidad de lectores.
La mayoría nos movemos entre los extremos del que vive en un
trajín social continuo y de quien, como en la oda de fray Luis de León (“¡Qué
descansada vida/ la del que huye el mundanal rüido,”), cultiva en soledad su
huerto, que es decir su alma. Y con esa insatisfacción propia del hombre,
cuando bregamos con los demás soñamos con el retiro y, retirados, nos
preguntamos si no estaremos siendo egoístas y dejando de hacer algo por el bien
común.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
lunes, 31 de enero de 2022
Tengo un amigo (II, III)
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 31 de enero de 2022.
TENGO
UN AMIGO (II, III)
II
¡Mi yo, que me arrebatan mi yo!
MICHELET
Tengo un amigo con el que viajé una
vez a Alemania. Fuimos en coche y, en una de las paradas que en Francia
hicimos, le desapareció la mochila. No nos dimos cuenta hasta llegar a
Friburgo, poco después de la frontera. En la mochila tenía la cartera, y en la
cartera toda la documentación. Sin sus papeles pasamos la semana proyectada y,
a la vuelta, paramos en los mismos sitios en que lo habíamos hecho a la ida.
Nada. Antes de llegar a la frontera española, hicimos una parada más para
despedirnos de Francia y engañar el hambre que pretendíamos saciar un poco
después con comida y precios ibéricos. Era un lugar en el que no habíamos
parado a la ida. Sin embargo, allí estaba la mochila, al lado de un pino del
merendero, quieta, esperándonos. Mi amigo no pensó en el poco dinero que en la
cartera tenía, sino en el burocrático papeleo que ahora se ahorraría. Comprobó
que, excepto los billetes, no faltaba nada. El carnet de identidad, el de
conducir, el de la biblioteca, los de las sociedades de autores a las que pertenecía
—es compositor—, la tarjeta de la compañía médica, y una vieja ficha de su
colegio. Justo cuando nos paramos a comer en España, volvió a comprobar si le
faltaba algo en la cartera. Entonces lo notó. El nombre de su carnet de
identidad no era exactamente el suyo, aunque se parecía mucho, tan sólo dos o
tres letras dislocadas. No se había ahorrado del todo la burocracia, añadió,
porque no le gustaba llevar un carnet que no dijera la verdad. Pero mentía más
de lo que creyó. Tampoco la fecha de su nacimiento era exacta. El día y el mes
estaban intercambiados. El nombre de la ciudad variaba ligeramente y, cuando
nos fijamos bien en la foto, dijo que esas gafas no las había llevado nunca,
que no eran suyas. Fue entonces cuando se puso nervioso y cuando sus manos
temblorosas cogieron los otros carnets. En todos los mismos errores, con férrea
coherencia. Noté que sudaba. Tú sabes que
esto es mentira, ¿no?, me preguntó, pero él sabía que yo no podía responder
a eso, apenas lo conocía, un amigo común nos había puesto en contacto cuando
los dos, por separado, planificábamos un viaje solitario a Alemania. Todo esto es mentira, yo no soy este,
decía mirando y remirando los carnets y las fotografías, siempre con esas gafas
según él falsas. Entonces levantó la vista hacia mí y me dijo: Atanasio… Yo lo interrumpí: No, perdona, Anastasio, no es el mismo
nombre. Atanasio significa inmortal. Anastasio, mi nombre, significa que tiene
fuerza para resucitar. Es parecido, pero no exactamente igual, no morir nunca
que resucitar siempre.
III
Tengo un amigo que sostiene que casi todo es mentira. Dice que ha visto
con dolorosa lucidez que los motivos que damos de nuestras decisiones o las
explicaciones de la conducta ajena son en su gran mayoría falsos. La mente es
un iceberg del que sólo emerge la consciencia. Bajo el agua se halla la
inconsciente verdad. Alguien se enfada y necesita explicarse su ira. Mira a su
alrededor y encuentra algo que encaja mal que bien. Ya tiene su motivo, ya
puede descansar en su enfado. Pero lo más probable es que un estímulo
desconocido haya disparado en él la irritación. Ese alguien necesita creer que
hay un motivo de suficiente nobleza para desencadenar su cabreo. Entonces
vienen los argumentos en su ayuda. Los argumentos: el consciente adorno de lo
inconsciente.
Un día su mujer le gritó injustamente esgrimiendo algún error doméstico
que él había cometido. Como mi amigo sabía que el motivo era algo que
probablemente nunca descubrirían, sonrió resignado a su mujer y pidió perdón
hasta que ella se calmó. Y no se calmó,
me dijo, porque yo le pidiera perdón,
sino porque ya se había retirado la verdadera, desconocida causa de su ira.
Como consecuencia de este
pensamiento, mi amigo es la persona más comprensiva y tolerante que conozco.
Entiende todo y a todos. Pero esto,
corrige, no es la consecuencia, sino la
causa, de mi pensamiento.
Juan Fernando
Valenzuela Magaña
miércoles, 8 de diciembre de 2021
Citas
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 6 de diciembre de 2021.
CITAS
Me
pregunto si no es contradictoria la definición de repetición, pues la acción de
volver a hacer lo ya hecho o volver a decir lo ya dicho es sencillamente
imposible. Hacer o decir algo una segunda vez (o tercera, o cuarta) es ya hacer
o decir algo distinto a lo que se hizo o dijo la primera vez (o la segunda, o
la tercera), pues el turno de acción o de dicción es parte de la misma. La
primera vez que alguien dijo “Nada nuevo bajo el sol” iluminó una parte
desconocida del mundo, abrió una puerta, desveló un secreto. Cuando se repitió
esa sentencia lo que se decía tenía ya otro aspecto: el de un recordatorio, o
el del apoyo en una autoridad, o el del placer de recordar las palabras de otro
tiempo. No era, por tanto, una pura repetición, sino una modificación de lo
dicho. Y así todo. Y así siempre.
Decía
Leibniz que si dos cosas son idénticas, son la misma cosa. Precisamente por
ello es imposible la repetición, porque se pretende que dos cosas idénticas no
sean la misma cosa, venga una delante y otra detrás, sea hecha una primero y
otra después, se pronuncie una en un momento y otra en un momento posterior.
Pero entonces es verdad que no son la misma cosa, como también es verdad que no
son idénticas. Ortega gustaba de repetir aquello de “Duo si idem dicunt non est
idem”, “Si dos dicen lo mismo, no es lo mismo”. Como se aprecia, en este
apotegma la repetición la hace una persona distinta, pero desde el comienzo de
este artículo estoy pensando tanto en esa clase de repetición como en aquella
que es cometida por una misma persona. Tanto da. Hablando de este asunto y de
Ortega, me vienen defectuosamente a la memoria unas palabras suyas en las que
decía, más o menos, que quien primero enuncia una idea es un genio, el segundo
un imitador y el tercero alguien que echa mano de lugares comunes. He dedicado
sin éxito unos buenos minutos a buscar la línea exacta. Y aquí nos topamos con una
figura de la escritura que consiste en la precisa repetición de lo ya escrito:
la cita. En ella puede verse ejemplarmente la imposibilidad de repetir algo.
La voluntad de iteración que
porta la cita se manifiesta tipográficamente en el uso de cursivas o comillas.
Sin embargo, como esa misma tipografía indica, la primera diferencia es ya el
contexto. Hemos extraído unas palabras de un sitio y las hemos colocado en
otro, lo que cambia su aspecto. Por otro lado, esa cita no solo expresa la idea
de que se trate, sino que lleva adherido un sentido completamente ausente de su
primigenia aparición. Así, el escritor puede haber estampado la cita para
exhibir su conocimiento, como el fortachón muestra sus bíceps. O para demostrar
solvencia en el asunto del que trata y ganarse la confianza del lector. O para
apoyarse en una autoridad y dar más peso a su argumento. O para mostrar lo
cercano que se siente de cierta tradición de la que se reivindica heredero
(dime a quién citas y te diré qué escritor eres). O, por el contrario, para
usarla como arma arrojadiza contra un enemigo (cito lo que dijiste entonces,
avergüénzate ahora que dices lo opuesto). O para ocultar la inexistencia de
ideas propias (si hay que escribir sobre la felicidad, puedo llenar páginas y
páginas con las ideas de otros para no tener que pronunciarme sobre ella). O
como recurso literario (jugando con ellas como Vila-Matas, en cuya novela Esta bruma insensata aparece “un
artista citador” que suministra citas a un famoso y oculto autor que, además,
es su hermano). O seleccionándolas y colocándolas de modo que iluminen la época
de donde surgieron (así Walter Benjamin, que aplicó su pasión de coleccionista
no solo a los libros, sino también a las citas).
Decía Montaigne, otro
coleccionista de citas, que “No hacemos sino glosarnos los unos a los otros” y
La Bruyère (vuelvo a citar) que “Todo ha sido dicho, y llegamos demasiado
tarde, después de siete mil años de hombres pensantes”. Eso es verdad, pero
incluso esas palabras, cada vez que se dicen, dependiendo de la época y la
persona que las enuncia, llevan siempre algo nuevo. “Non nova, sed nove”. No cosas
nuevas, sino de un modo nuevo.
Juan
Fernando Valenzuela Magaña
lunes, 8 de noviembre de 2021
Tengo un amigo (I)
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de noviembre de 2021.
TENGO
UN AMIGO (I)
Tengo un amigo con una suerte insólita.
Tanta suerte tiene que está aterrado.
Al
principio, ya de niño, se beneficiaba de ella sin límite y sin sorpresa, como
si fuera parte de su constitución, como su nariz, su buena salud o su habilidad
con el balón. Sabía que el apartado del tema que dejara sin estudiar no sería
preguntado en el examen y que en el sobre que eligiera en la tienda estaría el
futbolista que completaría su álbum. En su adolescencia, aunque acostumbrado a esa
suerte, empezó a sentirse perplejo, sobre todo cuando, por juego y por
conocerse mejor, la tentaba realizando algún desastre y diciéndole: A ver ahora cómo arreglas esto.
Invariable e inopinadamente, con giro inesperado pese a creer haber agotado en
su imaginación todas las posibilidades, su suerte no sólo se las arreglaba para
evitarle el castigo, sino que lograba que él saliera recompensado.
En su juventud se preguntó si era
merecedor de esa suerte. Veía gente más valiosa que él, o más trabajadora, o más
constante, a la que nada garantizaba el éxito de sus esfuerzos. Quizá, pensó,
era su suerte una injusticia. Aunque el entusiasmo lo ponía en sus estudios,
que compartía conmigo, sobre la historia y la literatura griegas, superó sin
dificultad y con buenas notas la carrera de Derecho, lo que le llevó a
presentarse, con una confianza fruto no de su vanidad sino del reconocimiento —no ausente de resignación— de su destino, a las oposiciones de Notaría, que —se
habrá adivinado— aprobó a la primera, pese a su ausencia de vocación y a su
moderada apatía.
Fue al cumplir los treinta cuando
empezó a sentir miedo de su suerte. Una tarde de otoño noté que quería decirme
algo. Paseábamos después de tomar un café y busqué el modo de abrir paso a la
confesión retenida. Entonces me contó la historia de Polícrates, el tirano de
Samos, como él marcado por el éxito y por una suerte inusitada. Amasis, rey de
Egipto y amigo suyo, supo ver la espalda de tanto triunfo y le escribió que
“antes que tener éxito en todo tipo de empresas, personalmente preferiría que,
tanto yo como las personas que me interesan, triunfáramos en algunas, pero que
fracasásemos también en otras, pasando así la vida en suerte alternativa.
Porque aún no he oído hablar de nadie que, pese a triunfar en todo, a la postre
no haya acabado desgraciadamente sus días, víctima de una radical desdicha.”
Las comillas que estampo en este texto las abrió y cerró él, citando lo que
tantas veces había leído a lo largo de los años.
Amasis
le aconsejó, para contrarrestar sus triunfos, que pensara en algo sumamente
estimado por él y se deshiciera de ello. Polícrates siguió su consejo y, para
conjurar su suerte, arrojó al mar un valioso sello, al que tenía gran cariño.
Poco después un pescador acudió con un enorme y suculento pez más digno del
tirano que del mercado. Cuando se lo estaban preparando, descubrieron dentro de
él la alhaja, que volvió así a las manos de Polícrates. Este interpretó lo
sucedido como obra de la providencia. Envió una carta a Amasis, quien, para
evitarse el dolor que le produciría la desgracia que se cernía sobre su amigo,
canceló el vínculo de hospitalidad con él.
Como
podemos prever por la tonalidad de la historia, ésta termina mal para Polícrates.
Tanto que su narrador, Heródoto, no se atreve a decir cómo lo hizo matar Oretes
en Magnesia (“en conciencia, no puede ni contarse”). Hay quien aventura que fue
desollado en vida. Heródoto sí relata que luego fue crucificado.
Intenté argumentar que esta idea
provenía del pensamiento de que los dioses eran envidiosos, lo que no era sino
un resto primitivo que persistía en Heródoto. Pero mi amigo sentía su destino
unido de algún modo al de Polícrates. Presentía que su desmedida suerte era un
desafío, una provocación, que convocaba una desgracia que lo doblegaría para
siempre. Desde entonces mi amigo vive en el terror más absoluto, esperando y
temiendo que por fin sobrevenga el castigo por tanta recompensa.
JUAN
FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
martes, 12 de octubre de 2021
La calumnia
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de octubre de 2021.
LA
CALUMNIA
“Alguien debía de haber calumniado a
Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”. Con una
posible calumnia comienza, es sabido, la novela de Kafka El proceso. Una calumnia puede, pues, originar una detención, pues además
de la acepción de “acusación falsa que busca causar daño” está la jurídica de
“imputación de un delito sabiendo que es falso”. Incluso puede acabar en una
condena a muerte. Se cuenta que Apeles, el pintor griego, había sido
encarcelado por las falsas acusaciones de un rival y hubiera muerto de no
descubrirse la verdad. Apeles pintó entonces un cuadro llamado La calumnia, en el que exponía su propia
situación. Boticelli recreó ese cuadro en La
calumnia de Apeles en 1495. Si lo buscan un momento en internet, verán una
joya de la simbología. Midas, asesorado por la Sospecha y la Ignorancia, es el
poco fiable juez. Delante de Midas está la Envidia, que los griegos
personificaban de modo masculino, quien coge con su mano a la Calumnia. Esta
tiene un rostro sereno. Su mano izquierda porta un hachón que llamea y la
derecha arrastra por el pelo a un difamado, semidesnudo e implorante. La
Astucia y la Perfidia se ocupan de la cabellera de la Calumnia. A la izquierda
del cuadro, se encuentran el Arrepentimiento y la Verdad, también casi desnuda
y apuntando con el dedo índice al cielo, en una posición que recuerda al Platón
de la Academia de Rafael.
Así
que la calumnia no es algo nuevo, fruto de las redes sociales. Ayudada por la
necedad, acompañada por la maldad, llevada por la envidia, es un modo de la
mentira que busca hacer daño a alguien manchando su reputación. Calumniar es
denigrar, que significa ennegrecer. Echar
mierda sobre la imagen pública de alguien, torcer lo que los demás piensan de
uno. Robert Darnton dedica un voluminoso libro a la calumnia en la Francia del
siglo XVIII. Figuras como el duque de Orleans o las reinas fueron víctimas de
difamatorios libelos, pero quizá nadie sufrió tanto este escarnio como María
Antonieta. “La avalancha de difamación que la abrumó entre 1789 y su ejecución,
el 16 de octubre de 1793, no tiene paralelo en la historia de la difamación”.
Lo peor era que a muchos franceses esas obras les parecían lo suficientemente
creíbles. Eso explica por qué las autoridades se tomaban en París tan en serio
ese tipo de literatura y gastaban no pocos recursos para evitar que ciertos
libelos que atacaban a personajes públicos salieran a la luz. Esas obras se
adentraban en el periodismo en cuanto que ofrecían relatos periodísticos de
sucesos, a la vez que embarraban la imagen de algunas personas. Del mismo modo,
cierto periodismo puede adentrarse en el libelo, como vemos en El honor perdido de Katharine Blum, la novela
de Böll en la que el PERIÓDICO tergiversa declaraciones e inventa mentiras
sobre la protagonista a raíz de un encuentro fortuito de esta con un buscado
delincuente. Un ejemplo. Cuando el periodista logra entrar en la habitación del
hospital donde se encuentra la madre de Katharine y le cuenta los hechos de que
acusan a su hija, la señora Blum dice: “¿Por qué tenía que acabar así? ¿Por
qué?”. Eso se publicó como “tenía que acabar así”. El periodista justificó el
cambio diciendo que él “estaba acostumbrado a «ayudar a expresarse a las
personas sencillas»”.
Al
igual que esa novela, la película de William Wyler The Children´s Hour, titulada en España La calumnia, subraya las consecuencias desastrosas que puede
acarrear un falso e infame rumor. En el contexto de un colegio de niñas regido
por dos amigas (interpretadas por Audrey Hepburn y Shirley MacLaine), una niña
rencorosa tergiversa las palabras que ha oído de otra alumna y le insinúa a su
abuela que las dos amigas son amantes, lo que provoca que el colegio se quede
vacío de un día para otro y el consiguiente desastre en las vidas de las
maestras.
En
el mundo de hoy, la calumnia se mezcla con los bulos que circulan por internet
y la novedad parece estar en la velocidad de la propagación. Pero la vergüenza
para el difamado es la misma. Vergüenza,
precisamente la palabra con la que acaba El
proceso.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
miércoles, 4 de agosto de 2021
La vida real
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 2 de agosto de 2021.
LA VIDA REAL
A
un conocido cómico español le preguntaba una oyente hace poco que si en su vida
real era tan divertido como actuando o, por el contrario, se comportaba de modo
soso y antipático. El cómico observó que para él lo que estaba haciendo en ese
momento, es decir, actuar como humorista en un programa, era también la vida
real, y llevó un ejemplo al absurdo para aclarar la cuestión. Imaginemos,
decía, que un niño, hablando de otro que saca buenas notas en los exámenes,
dice: Sí, a ese se le da bien hacer exámenes, pero ya me gustaría verlo en la
vida real; coges un helicóptero, te lo llevas a la selva, lo dejas solo frente
a unos cuantos leones, y ya verías tú cómo ahí no se maneja tan bien. Tal vez,
concluía el cómico, el mundo de los exámenes merece más ser llamado la vida
real de esos niños que ese hipotético enfrentamiento con animales salvajes en
un remoto lugar.
Quizá
a todos los profesores nos han dicho alguna vez algo parecido, especialmente a
los de Filosofía. Se nos contrapone nuestro universo de problemas metafísicos,
reglas lógicas, pensadores griegos o alemanes, clases y comentarios de texto, a
la vida real en la que otros trabajos (camareros, camioneros, agentes de
seguros, abogados, empresarios) se desenvuelven. Uno tiene la tentación, cómo
no, de preguntarse y preguntar qué características ha de tener algo para ser
calificado de real, qué es propiamente la realidad y qué lo ficticio, y
reavivar las cuestiones del mundo como teatro o la vida como sueño. Pero como
estamos en verano y el lector tal vez se encuentre tumbado sobre la arena
oyendo una mezcla de voces, olas y música de dudoso gusto, quedémonos en lo
cercano, no levantemos el vuelo. ¿Por qué una discusión sobre la primacía de la
razón práctica en Kant no es la vida real y sí lo es la disputa sobre la
pertinencia de un punto del orden del día en una reunión de vecinos convocada
por el administrador de fincas? Doy fe de que lo segundo puede ser algo más
enrevesado, onírico, ininteligible o, a lo que vamos, alejado de la realidad,
que lo primero.
Entonces,
¿en qué estriba esa diferencia tan clara aparentemente entre la vida real en la
que se mueven esos oficios serios y la vida un poco ilusoria, un poco de
juguete, en que se mueven oficios como el de profesor o pianista? Los primeros,
dirá alguien, tratan con cosas en las que interviene el dinero. El camarero lo
recibe del cliente por la cerveza que pone, el abogado logra que el suyo reciba
del banco el dinero que le regateaba, la reunión de vecinos desembocará
inevitablemente en un aumento de las cuotas o en la reclamación de pago a un
moroso. Pero el criterio es confuso. Por un lado, si vamos a lo que da dinero,
un prestigioso director de orquesta o un escritor de éxito pueden reivindicar
para su trabajo la etiqueta de “vida real” con más derecho que muchas labores
que suponemos inmersas de hoz y coz en ella. Por otro, si lo que se quiere
decir es que se trata con dinero (cuotas de los vecinos de una comunidad, créditos
que ofrece un trabajador de banco), ni siempre es así (un albañil o un
carpintero tratan con materiales) ni podemos excluir lo crematístico de ese
mundo fuera del mundo (la enseñanza de la sintaxis puede contribuir a la nómina
futura de un alumno que acabe siendo profesor de Lengua).
Así
que desde el punto de vista de la utilidad, tanto el que trabaja en esos
oficios que se suponen fuera de la vida real como sus alumnos o clientes, están
tan dentro de ella como puedan estarlo un comercial o el ejecutivo de una
empresa. Puede, entonces, que sea ese carácter teórico que suelen tener esas
labores lo que lleve a interpretarlas como fuera de la vida real, en una
tradición que al menos se remonta a Grecia, cuando la joven campesina tracia se
reía de Tales de Mileto al caerse este a un pozo por ir mirando al cielo.
Si no
resistiéramos la tentación y nos colocáramos en la perspectiva de quién está
más cerca de la verdadera realidad entonces deberíamos hacernos la pregunta de
si es más real la felicidad o la muerte que la materia de la que está hecha el
mundo de un bróker.
JUAN FERNANDO
VALENZUELA MAGAÑA


