Publico en Zenda mi reseña de El jardín de los frailes.
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
jueves, 25 de marzo de 2021
viernes, 5 de marzo de 2021
martes, 2 de marzo de 2021
Reseña en Claves de Razón Práctica
En el número 273 (Noviembre/Diciembre 2020) de la revista Claves de Razón Práctica, aparece mi reseña del libro Aves del paraíso, de Luisa Etxenike, publicado en la editorial Nocturna.
lunes, 1 de febrero de 2021
El no saber
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 1 de febrero de 2021.
EL
NO SABER
Siempre que la pedagogía al uso habla de que
todo lo que el alumno aprende ha de cimentarse en conocimientos previos, mi
memoria me entrega una impresión destilada de un puñado de recuerdos. Se trata
de lo siguiente. Hubo en mi infancia frases o informaciones que no entendí.
Pero, lejos de desvanecerse por ser ininteligibles para mí, permanecieron
durante años nítidas en mi memoria, como si el halo de incomprensión que las
recubría las protegiera del olvido o el deterioro. Se mantuvieron invariables,
enteras y firmes como si esperaran el momento en que su sentido sería, por fin,
desvelado. Algo que, en efecto, tarde o temprano ocurría. Se trataba de un no
saber misterioso, atravesado por la curiosidad, y que tal vez me enseñó dos
cosas: que el conocimiento está vinculado al tiempo y que el no saber es
también una forma de conocimiento.
Es
esta una cuestión que desconoce el erudito y que puede servir para
diferenciarlo del sabio. El erudito solo conoce un tipo de no saber, la
ignorancia de una terra incognita, de una zona más allá de nosotros que pide
ser conquistada. El no saber al que yo me refiero, sin embargo, es el de algo
que está no fuera, sino dentro de nosotros. Articular ese desconocimiento como
la sombra o condición del saber sería una interesante propuesta. Nuestra vida
ganaría en riqueza si lográramos una armonía con lo que se nos escapa.
Distinguir ese desconocimiento de otros modos de no saber, clasificar estos de la
misma forma que existe un catálogo de lo que sabemos, una sistematización de
las ciencias, es algo que no se ha hecho todavía.
En
este sentido, los escritores parecen haberse dado cuenta con más claridad que
los filósofos de la importancia de salvaguardar un espacio de no conocimiento a
la hora de lanzarse a su tarea. En el núcleo del esfuerzo filosófico está la
tendencia a no dar nada por supuesto, a no partir de nada que no se haya
demostrado o mostrado. Hay quien ha sospechado que esa pretendida ausencia de
prejuicios es ya un prejuicio. A quien objete que precisamente fue un filósofo,
Sócrates, quien dijo aquello de que solo sabía que no sabía nada, y que por
tanto podríamos erigirlo en el rey del no saber, cabría responderle que es
justamente ese no saber otro de los que no conviene confundir con el objeto de este
artículo. Los novelistas suelen contarnos que mientras escriben hay una parte
en su proceso creativo que se les escapa. Todo funciona mejor, dicen, si se
mantienen en una cierta ignorancia (de lo que están queriendo expresar, de lo
que va a pasar, de la extensión de la obra). Ese desconocimiento es el que
alimenta el conocimiento que la novela proporciona.
Hay
un cuadro de Hopper, titulado “Excursión a la filosofía” (1959) en el que se ve
a un hombre sentado, camisa, pantalón y zapatos, en un lado de la cama, con un
libro abierto abandonado a su derecha, sobre el lecho, y detrás de él, acostada
y de espaldas, probablemente durmiendo, una mujer desnuda de cintura para
abajo. El hombre dirige sus ojos hacia el suelo, donde se recorta un rectángulo
de luz procedente de la ventana, pero parece estar mirando hacia su propio
interior. El libro no está dejado de lado con decepción sino porque la tarea
última de un libro es empujarnos más allá de él. Tampoco la carne y el amor han
decepcionado. Pero ambos conocimientos, el intelectual y el humano, parecen
buscar una zona de sombra que, paradójicamente, los ilumine. Es en esa zona en
la que se está posando ahora la mirada del hombre. Sin analizarla, sin escarbar
en ella, salvaguardándola, pero siendo a la vez consciente de que, como en el
suelo del cuadro, ambas zonas, la de luz y la de sombra, se buscan y se
necesitan.
Lo
que la existencia de esa franja umbrosa nos dice no es tanto que hay una parte
desconocida en nosotros que influye en lo conocido, al modo en que el
psicoanálisis nos habla del inconsciente, sino que no por saber algo el enigma
está resuelto, que hay ya en el propio conocimiento un irreductible misterio,
el misterio que acompaña como sombra lo que existe y lo que sabemos.
JUAN FERNANDO VALENZUELA
MAGAÑA
martes, 5 de enero de 2021
El viejo
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 4 de enero de 2021.
EL VIEJO
Si siempre quiso vivir
en el pueblo no fue por falta de ambiciones o por exceso de comodidad. Fue
porque nada le ha procurado nunca más emoción y le ha enseñado más que salir a
la calle y conocer a cada una de las personas con las que se cruzaba. No
conocerlas por su nombre o su profesión, sino saber de ellas su árbol
genealógico, el trenzado de sus relaciones familiares y amistosas, las
historias de sus abuelos y cómo se conocieron sus padres. Su memoria en primera
persona abarca un siglo, pero sus padres y abuelos y los de sus amigos de la
infancia les contaban historias que habían vivido o les habían contado y que
llegaban, cada vez más desdibujadas, hasta otro siglo atrás. Tener todo eso en
la cabeza hacía del salir a la calle una apasionante aventura llena de hondura
y melancolía. No hay sitio donde los muertos estén más vivos que en una
comunidad así. Tardan mucho los muertos en morirse de verdad, es decir, en
olvidarse, porque la gente que los conoció los sigue viendo en la forma de la
nariz de un hijo o un nieto, en el color del pelo de un descendiente, en un
gesto o en un rasgo de personalidad, y sigue hablándose de ellos, de lo que
hicieron y dijeron, de lo que harían y dirían, como si estuvieran.
Por eso sabe que cuando
él muera morirá su segunda muerte mucha gente de la que solo él guarda
recuerdo. Personas que solo él ha conocido de entre los vivos. Niños que
murieron hace casi un siglo, de garrotillo, de diarrea verde infantil, de un
trágico accidente. Padres que no llegaron a conocer a sus hijos hoy
octogenarios. Hombres y mujeres que eran ancianos cuando él aprendía a leer.
Cierra los ojos en este
pequeño piso de ciudad y recorre mentalmente las calles y las caras del pueblo.
Ve la calle Real y a los vecinos que han habitado cada una de las casas desde
hace un siglo. Padres, hijos, hijos de hijos; cambios de dueños, muertes
trágicas, matrimonios, emigración. Puede pasarse el día con los ojos cerrados y
recordando toda su vida, año por año, suceso por suceso, persona por persona.
Nadie quiere ya
escuchar las historias de un pobre viejo, batallitas de hace casi un siglo. Y
no es por egoísmo por lo que le duele la indiferencia hacia lo que hay en su
memoria, sino por ellos, por todos los que viven en ella y en ninguna memoria
más. Nombres de gente que no serán ya pronunciados cuando él muera, rostros que
nadie describirá, sucesos que explican comportamientos e inquietudes del
presente. Manuel, por ejemplo, que muchos años antes de la guerra leía y
comentaba los artículos de Ortega y Gasset que aparecían en el periódico. Sin
él no se puede entender del todo que el bisnieto de su hermana esté
investigando no sé qué en Nueva York. Así es como el viejo ve a la gente cuando
se la cruza en su imaginación por las calles, con una hondura que se remonta a
veces hasta doscientos años río arriba. Y eso da una sensación vertiginosa del
misterio del tiempo, y de la vida y de la muerte, y una inefable e infinita
melancolía. Y una especial relación de cercanía con los muertos.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
lunes, 7 de diciembre de 2020
De principios y sueños
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 7 de diciembre de 2020.
DE PRINCIPIOS Y SUEÑOS
Lo que el escritor se juega en el comienzo de
una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como
dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella,
nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches
hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo
que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el
principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y
no tanto el qué.
En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de
cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo
fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”),
supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy
famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi
(“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su
modo”) o, en nuestros días, el de Corazón
tan blanco, de Javier Marías:” No he querido saber, pero he sabido que una de
las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su
viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió
la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola
de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres
invitados”.
En una antología de
comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber
calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una
mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando,
una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su
cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos
casos, la historia comienza al despertar. El continuo fluir de los días se
rompe en el comienzo de uno de ellos.
Al hablar de la
importancia del principio en el de este artículo, mi intención era precisamente
esa, agarrar al lector de la solapa para no soltarlo hasta el final. Pero la
cosa se me ha ido de las manos, porque de lo que yo quería hablar era de sueños
y todavía no he empezado a hacerlo. Yo quería relacionar ese magistral inicio
de La metamorfosis (o La transformación, que es la traducción
del título en las Obras Completas de
Kafka) con los sueños que estamos teniendo en este periodo de pandemia. En los
años treinta la periodista alemana Charlotte Beradt recopiló más de 300 sueños bajo
el poder de Hitler. Un ama de casa soñó que había en su cocina un agente de la
Gestapo interrogando al horno, que hablaba por la tapa contando los chistes y
las ofensas de la familia contra el gobierno. Internet ha permitido a una
psicóloga de la Universidad de Harvard recoger más de 10.000 desde finales de
marzo. Observen este: la gente había evolucionado y estaba dentro de burbujas
invisibles de 3,6 metros de radio que actuaban como campos de fuerza, y no se
podía tocar a otra persona hasta la extinción del ser humano. O este otro:”Estoy
haciéndome un test de covid-19. Pero es un examen de opciones múltiples y no
consigo acertar ninguna respuesta. Me dicen que he suspendido y que tengo la
enfermedad”. Deirdre Barrett, que así se llama la psicóloga de Harvard, comenta
que, aunque las imágenes suelen ser las mismas en todas las crisis (se sueñan huracanes,
terremotos, incendios…), en esta aparecen algunas distintivas, como ataques de
bichos o la presencia de monstruos invisibles. Se piensa que además de procesar
la información de la vigilia, estos sueños buscan también influir en ella, darnos
energía, ayudarnos a cambiar las cosas.
Era partiendo de la relación entre esas nuevas
imágenes oníricas mencionadas con el
“monstruoso bicho” de Kafka como pensaba arrancar este artículo (por
cierto, uno se pregunta qué “sueños agitados” eran esos que habían poblado la
noche de Gregorio Samsa), pero he tenido que llegar al final para mostrarla. En
fin, también se puede hablar de finales memorables, pero esos solo adquieren su
sentido cuando se ha leído lo anterior.
Juan
Fernando Valenzuela Magaña
sábado, 7 de noviembre de 2020
Y más noticias de Kafka
Artículo aparecido en el Jaén el sábado, 7 de noviembre de 2020.
Y MÁS NOTICIAS DE KAFKA
En
los dos artículos anteriores seleccioné noticias curiosas partiendo de una idea
expuesta por Kafka en una de sus cartas a Felice (el lector curioso que se
incorpora ahora puede consultarlos con facilidad). Los habíamos agrupado en las
categorías siguientes: realidad y ficción, discusiones intelectuales con triste
final, identidad, detectives y amor. Vimos que no era raro que una noticia
compartiera dos o más categorías y precisamente aquella con la que quiero
empezar hoy se encuentra en las dos últimas. Amor e indagación policial se dan
en ella.
A
principios de este siglo oíamos hablar mucho de matrimonios de conveniencia.
Cónsules y jueces se encargaban de impedir que se celebraran descubriendo la
impostura mediante hábiles preguntas. Un domingo de octubre de
2006 El País publicaba un pequeño
reportaje sobre el asunto. El precio de un cónyuge español, se decía allí, iba
de 3000 a 10 000 euros. Un cónsul del norte de África contaba que había muchos
casos de hombres que solo hablaban árabe y algo de francés y que solicitaban
casarse con una chica que conocía exclusivamente el español. Cuando se les
preguntaba por la comunicación solían decir que siempre había a mano un primo o
un amigo que hacía de intérprete. Pero una chica fue más lejos y contestó a un canciller:
“Nos comunicamos con la mirada y con el corazón”. Así eludían, pienso, como
filósofos analíticos, las trampas del lenguaje. En un libro de Jünger tengo yo subrayada
esta afirmación: “Los enamorados no necesitan diccionario”.
Podemos entrar en otra categoría, la de
la muerte, sin abandonar la del amor, porque las dos noticias que traigo ahora
pertenecen a ambas. La primera es de noviembre de 2009 en El Imparcial y nos habla de un
vietnamita que dormía como perro fiel sobre la tumba de su esposa. Tras meses
así, decidió cavar un túnel para seguir haciéndolo con mayor cercanía y
protegido de las inclemencias del tiempo. Sus hijos intervinieron y le
impidieron sus sueños extravagantes. Una noche desenterró los restos, moldeó la
arcilla alrededor de ellos, vistió la figura resultante y se la llevó a su
cama, donde durante cinco años durmió con ella. Me ha recordado lo que se dice
(pero se dice mal) de la poetisa Carolina Colorado. Se cuenta que embalsamó el
cadáver de su marido y lo tenía en una habitación de su palacete. Lo llamaba
“el silencioso” y “el hombre de arriba” y hablaba con él contándole sus cuitas.
Esta
misma pertenencia a los títulos de amor y de muerte puede atribuirse a la
noticia de El País de 26 de julio de
2008. El pintor francés Jean-Louis Ronzier se casaba a título póstumo con su
compañera fallecida cuatro años antes. “Ella hubiera hecho lo mismo en mi lugar.
La quiero mucho (obsérvese el tiempo verbal) y las otras mujeres no me
interesan”.
Terminaré
con dos informaciones inclasificables y, por ello, más fieles al programa de
Kafka con el que empezábamos esta serie de artículos.
En
Speyer (Alemania), una mujer escuchaba los problemas personales de un amigo.
Este acompañó sus lamentos con alcohol y la charla se convirtió en
monólogo interminable. La mujer protestó
sin éxito y acabó llamando a la policía. Cuando los agentes devolvieron al
hombre a su casa llevaba ¡treinta horas! hablando sin parar a su amiga.
En
Turnhout (Bélgica) un jubilado flamenco lleva nueve años recibiendo pizzas,
kebabs o hamburguesas que no ha solicitado. A veces el timbre suena después de
medianoche, cuando ya duerme. Muchas son las denuncias que ha puesto contra el
enigmático acosador que, usando distintos nombres y correos electrónicos, hace
el pedido a diferentes locales a través de la plataforma Takeaway.com, que permite pagar en efectivo en la puerta del
cliente. El jubilado, con problemas de corazón, considera que la cosa dura
demasiado para ser una broma y no puede dormir por el estrés que la situación
le provoca. En la foto que aparece en el artículo su rostro mira a la cámara
con hartazgo rebelde, mientras sostiene en las manos una de sus denuncias. “Ni
siquiera me gustan las pizzas”, dice.
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA







