miércoles, 10 de julio de 2019

El doble


 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 1 de julio de 2019.

EL DOBLE

            No sé cuáles serán los argumentos comunes de los sueños de nuestros hijos cuando lleguen a adultos, pero en el mundo onírico de mi generación aparecen con frecuencia una mili que no se ha hecho, una asignatura universitaria que no se ha aprobado o unas oposiciones a las que de pronto hay que enfrentarse. Situaciones que en su momento marcaron nuestra vida reaparecen irresueltas y su fantasma nos recuerda la angustia que vivimos. Puede que estas oposiciones para ingresar en el cuerpo de maestros que ahora se celebran sean la semilla de miríadas de pesadillas dentro de veinte años. Hace más o menos un cuarto de siglo yo viajé a Alicante para presentarme a unas similares. Lo que me aconteció, aunque no tiene que ver con tribunales o plazas, está también hecho de la materia de los sueños.
Un matrimonio me alquiló una habitación en el piso donde vivían hasta la fecha de mi examen. Una cama, una mesita de noche, un armario, una mesa, una estantería con algunos libros y una marina en la pared. El hombre, panadero, se levantaba de madrugada. Apenas recuerdo haberlo visto. La mujer mostró al principio una amabilidad distante. Yo pasaba el tiempo en el cuarto o dando paseos en un cercano y pequeño acantilado junto al mar. Salía a comer a un bar cercano. Al tercer o cuarto día, la mujer insistió en que compartiera con ella la cena, sin gasto suplementario alguno. Poco a poco fue contándome cosas. Me habló de la jubilación de su marido, próxima, del sacrificio de un trabajo que lo obligaba a salir de casa mientras todos dormían para que al levantarse tuvieran el mejor pan de la provincia, y de lo solos que se sentían. Yo había notado una indefinida atmósfera de contenida tristeza en la casa. Las únicas pistas sobre la vida familiar eran una foto de boda del matrimonio y otra de comunión de un niño. ¿Su hijo? ¿Un sobrino? Tardó en decírmelo. Una noche soltó el tenedor con un trozo de tortilla en el extremo y, evitando mirarme, me espetó: “El de la foto de comunión es mi hijo. Murió en un accidente de moto”. No supe qué decir. Quizá balbuceé un “lo siento”, quizá ni eso, escondiéndome tras un sorbo de agua. Ella continuó: “Hace cinco años. Hoy tendría veinticinco. Los que tienes tú”. “Qué pena”, debí de decir, pero ella pareció no oírme. “Era un chico muy bueno, muy agradable, tenía muchos amigos, era muy querido”. La dejé hablar, dibujarme la silueta de un chico de veinte años como todos los chicos de veinte años: especial y prometedor. Lo último que dijo antes de sumirse en un largo silencio fue: “Su habitación era la que tú ocupas. Me recuerdas mucho a él”.
            Intenté aclarar tiempo después la impresión de inquietud que esta revelación me dejó, a través de un cuento fallido. En él, mi doble literario acababa acomodándose en el hueco que había dejado su doble fallecido, ocupando el lugar del hijo, del amigo y hasta del novio perdido.
            Hay algo inquietante en estas y otras historias de dobles. La categoría de lo inquietante (“Unheimliche”) es objeto de un conocido estudio de Freud de 1919. Lo inquietante mezcla terror y familiaridad. Schelling, en relación con esto y en el contexto romántico, había dicho que “Unheimliche” es lo que debería estar oculto pero ha salido a la luz. Además del doble, Freud anota otros fenómenos que provocan la misma impresión: la repetición de algo en nuestras vidas (un número, un lugar),  la locura, las figuras inertes que parecen vivas (muñecas, autómatas) o a la inversa. Lo inquietante se produce, a juicio de Freud, porque nos hallamos ante unas arcaicas ideas cuya superación es puesta en duda o porque lo que habíamos convenientemente reprimido de pronto aflora.
            Aunque no lo parezca, el verano es una tierra propicia para ello. Se rompen rutinas y se abren horizontes. No me sorprendería que alguno de ustedes me dijera, a la vuelta de él, que, en una ciudad europea, o caminando por el paseo marítimo de una ciudad malagueña, se ha topado, inopinadamente, con su doble.
                                  
Juan Fernando Valenzuela Magaña
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La Fisiognómica



Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 3 de junio de 2019.

                                                                                                             
                                               LA FISIOGNÓMICA
           
            La Fisiognómica es el estudio del carácter a través del aspecto físico y, sobre todo, del rostro del individuo. ¿A qué deseo humano responde esta técnica o este saber? ¿Qué fundamento tiene? Por múltiples razones, el hombre siempre ha querido saber lo que sentía y pensaba el otro, y esa es la aspiración que está en la base de la Fisiognómica, cuyo fundamento consiste en la relación entre el interior de la persona, su dimensión psicológica, con su exterior, su dimensión física. A la primera sólo tiene acceso directo el propio individuo. Si yo estoy alegre, yo siento mi alegría, pero, a no ser que la comunique oral o gestualmente, nadie podrá saberlo. El camino para llegar al interior del otro es justamente su exterior. El camino, pero también a veces el obstáculo: si yo estoy alegre, puedo fingir que estoy triste. Con esto llegamos a la mentira, y con ella a la versión actual, si no me equivoco, de la Fisiognómica: la comunicación no verbal. Pero empecemos por el principio.
Cuenta Cicerón que en una ocasión un tal Zópiro, que se preciaba de conocer el interior de las personas a través de su aspecto externo, dijo tras examinar a Sócrates que éste era torpe, estúpido y aficionado a las mujeres. Los que se hallaban presentes rieron por lo que les parecía un mayúsculo desatino, pero Sócrates defendió al fisiognomista diciendo que, en efecto, tenía esos vicios, pero que los había vencido mediante la razón. De no mucho después de esta escena data el primer escrito conservado sobre la Fisiognómica, de aire aristotélico aunque no del mismo Aristóteles. Desde entonces, este estudio ha tenido una agitada historia.
Ligada a veces a prácticas como la astrología o la quiromancia, otras se ha nutrido del espíritu científico de la modernidad. Se ha relacionado con el arte, que precisaba saber cómo expresar los estados de ánimo (un ejemplo es Le Brun, el pintor de la corte de Luis XIV) o con la criminología, que quería adivinar en los rasgos de los rostros la condición delincuente de los hombres (así, Lombroso). En su seno ha habido distintas corrientes: una era rígida, y pretendía listar una serie de signos exteriores que se correspondían con rasgos interiores, como cabello abundante con lujuria, cara pequeña con astucia, tendencia a la pendencia y presunción, etc. Otra buscaba una correlación entre caras humanas y animales, de modo que podríamos saber el temperamento de una persona según su parecido con un animal determinado, habida cuenta de que a cada animal le atribuimos unas cualidades morales: el cerdo es perezoso y sucio, el león valiente. Y una tercera se fijaba en el movimiento corporal, en los gestos, como medio de acceder al interior de una persona. Esta corriente es la más fructífera, y Feijoo, con su abrumador sentido común y su fino humor, la defendió frente a las otras dos en su Teatro crítico universal. La llamaba “nuevo arte fisionómico” y decía que esta materia exige dos cosas que a él faltaban: “mucho comercio con el mundo, para hacer observación en muchos individuos; y mucha reflexión para cotejar la señas con los significados”.
Lo que le faltaba al religioso erudito lo ha tenido un norteamericano dos siglos después: Paul Ekman. Profesor de la Universidad de California (San Francisco), se ha dedicado a averiguar cuándo alguien miente. Hace décadas realizó un experimento en el que una estudiante de enfermería, tras ver una horripilante película (Ekman tenía ciertos reparos por el carácter de la cinta, así que eligió personas que al fin y al cabo debían acostumbrarse a ese tipo de cosas), tenía que mentir sobre su contenido. Como previamente ya había descrito algo alegre tal y como lo había visto, podían compararse ambas descripciones y encontrar las diferencias entre las expresiones de nuestro rostro y nuestro cuerpo cuando decimos la verdad y cuando mentimos. Una serie de televisión, Lie to me, da cuenta de sus hallazgos en el mundo de la mentira. Aunque, a mi juicio, hay todavía algo más fascinante y que también puede ser detectado: el autoengaño.
                                                             
JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
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lunes, 6 de mayo de 2019

Un día esperado


Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 6 de mayo de 2019

UN DÍA ESPERADO

            Todo el mundo hablaba hace unos días de ello, la fecha tan esperada iba a llegar. Algunos ya habían elegido, otros estaban indecisos. Algunos incluso se habían adelantado, otros preferían hacerlo la misma jornada. Me refiero, claro, al día del libro, el 23 de abril. Las ocasiones y las ofertas proliferan entonces y uno aprovecha el descuento para llevarse la presa apetecida. Es sabido que la fecha homenajea a Cervantes y a Shakespeare, fallecidos el 23 de abril de 1616. Sin embargo, hay quien no conoce que, muriendo el mismo día, no murieron el mismo día. La paradoja se disipa si se tiene en cuenta que había un pequeño desfase entre el calendario inglés y el español. El 23 de abril en Inglaterra, el día que murió su dramaturgo, en España estábamos a 3 de mayo.
            Permítaseme, pues, hablar hoy de un libro. En concreto, de un libro sobre Venecia.
            En las páginas que Proust dedica en La fugitiva a esta ciudad, observa que cualquiera de nuestros deseos acoge, como un acorde único, las notas fundamentales de nuestra vida. Esa referencia al deseo y al acorde en el contexto de Venecia nos deja en las puertas del libro de José María Herrera que quiero comentar, aparecido el año pasado en Los libros de fronterad y titulado Los archivos de Alvise Contarini. Pues como un deseo, en efecto, el libro es un acorde único integrado por diferentes notas. Cada capítulo (incluyamos el prefacio) está escrito con un estilo propio. El narrador empieza contándonos cómo conoció a Contarini, un erudito veneciano, y la intención de recopilar sus dispersas aportaciones a la historia de Venecia. Tal tarea la realiza a lo largo de diez capítulos en los que se expone desde una conferencia de Contarini analizando un cuadro de Carpaccio hasta una lección impartida a unos niños con el objeto de explicar por qué hay siempre flores frescas sobre la lápida de Monteverdi. La variedad de todas esas notas da lugar a un acorde llamado Venecia.
            Venecia comparte con París el ser la ciudad soñada y el escenario del amor y el turismo prefabricado, pero mientras que la capital francesa es una ciudad cambiante, “Venecia cautiva porque ha quedado apartada de la acción de la historia” (Contarini). Lo que no significa que esté muerta. Del mismo modo que el interés por los caminos no transitados de la historia (dado el horror que el transitado produjo en el siglo XX) ha iluminado una tradición antimoderna que ha estado siempre como sombra acompañando a la modernidad, estamos hoy en mejor disposición de aprender de Venecia una manera de continuar el mundo clásico antiguo que fue despreciada y malinterpretada por la Europa de la Ilustración, la razón calculadora y el progreso.
            De las dos ciudades mencionadas y de un puñado más de ellas (Roma, Londres, Lisboa), todo el mundo tiene una imagen o, como ahora se dice, una marca. El viajero que quiera ir más allá de ella habrá de preguntarse qué es tal ciudad, del mismo modo que nos preguntamos quién es realmente una persona si queremos traspasar la etiqueta que socialmente lleva. La cuestión no es simple, pero tampoco eludible. Cuando se pulsa el asunto de la identidad o de la esencia, entramos en un laberinto como el de las calles venecianas. Habremos de escoger el hilo adecuado si no queremos perdernos. En relación a Venecia, este libro lo es. ¿En qué consiste esta ciudad milenaria a la que todo el mundo quiere ir? Ya lo hemos dicho: Venecia es un acorde. Un acorde que integra lo material y lo espiritual, la naturaleza y la arquitectura, las pasiones y la razón. La idea del alma como armonía, de procedencia platónica, supone que el hombre tiene distintas instancias, pero que deben concordar, ajustarse. La razón, una de esas partes, es la encargada de mandar en ese orden. Las pasiones han de supeditarse a ella, pero no suprimirse. Venecia entendió de ese modo la vida, y sus manifestaciones artísticas (su pintura, por ejemplo, frente a la florentina) así lo expresan. De ahí la importancia de la música, que integra lo sensible y sensual y lo espiritual en un todo que incluye a nuestra comunidad. La música veneciana vertebra esta obra, como vertebra Venecia.
             
Puede leerse aquí.



             
           
        

Reseña de Los archivos de Alvise Contarini

    En la revista Librújula aparece mi reseña sobre el libro de José María Herrera Los archivos de Alvise ContariniAquí puede leerse.


domingo, 14 de abril de 2019

Que piensen y digan

   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de abril de 2019 


QUE PIENSEN Y DIGAN

            Entre las recientes polémicas fugaces que los políticos nos procuran ha habido una que me ha llamado la atención. La recuerdo brevemente. El secretario de Estado de Seguridad Social, Octavio Granado, hace unas declaraciones sobre las pensiones en una jornada organizada sobre el asunto por una asociación de directivos. Sus palabras parecen perjudicar al gobierno de cara a las elecciones y la ministra del ramo, Magdalena Valerio, además de decir que el gobierno no tiene intención de modificar las pensiones de viudedad, comenta sobre la persona que al parecer la ha puesto en un brete: “Opina en alto, va a conferencias, a charlas, él opina, opina... y a veces no se da cuenta de que forma parte de un Gobierno.” Eso sí, concede que “sabe mucho, es un buen técnico de la Seguridad Social...”. Es justo esto lo que quiero señalar. Alguien que forma parte de un gobierno no puede decir ciertas cosas como experto en la materia y en un foro de entendidos. Entiendo que la ministra le otorga el carácter de experto al decir que “sabe mucho”, si bien eso contradice sus palabras anteriores al calificar despectivamente las intervenciones de su subordinado de “opiniones”. Saber y opinar parecen ser dos modos opuestos de enfrentarse a la realidad, sin que el primero suponga, maticemos, la posesión absoluta de la verdad.
            Alguien que sabía de estas distinciones escribió un artículo en 1784 en la ciudad prusiana de Königsberg. Se llamaba Immanuel Kant, y en ese texto se preguntaba por el significado de la Ilustración. Su respuesta era esta: “Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración”. En ese contexto, el filósofo prusiano hace una interesante distinción. Los individuos pertenecemos a diversas agrupaciones, incluida la sociedad. Como miembros de ellas, tenemos que obedecer las normas que las rigen. Pero esa obediencia no está reñida con la posibilidad de pensar por nosotros mismos sobre las cosas que nos conciernen y de las que entendemos y exponer al público nuestras conclusiones. La distinción consiste en eso: en cuanto que ocupo un puesto en la sociedad, debo obedecer; en cuanto que entiendo de algo, debo tener libertad ilimitada para pensar y decir. El violinista de una orquesta deberá seguir las instrucciones del director, pues si cada músico interpretara del modo que él considera el mejor una partitura,  la ejecución de la obra se vería truncada. Ahora bien, si en una revista especializada, y como docto en materia musical, el violinista expone sus ideas sobre la interpretación más rica de la pieza en cuestión, nada habría que objetar. Pensemos en los diferentes ámbitos donde se lleva a cabo una obra en común: educación, empresa, deporte colectivo. Discrepar con argumentos de la línea conjunta no supone insubordinación mientras el miembro del grupo cumpla adecuadamente su función. Que la política suprima ese “uso público de la razón” (así lo nombraba Kant) y obligue a un experto, no solo a obedecer como miembro de un proyecto, sino también a no cuestionarlo o a no proponer futuras posibilidades a un público versado en la materia, es una mala noticia, no solo para el saber sino para las propias autoridades.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.

La flecha en ARCO


    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de marzo de 2019 


LA FLECHA EN ARCO

Desde que Duchamp propuso su famoso urinario en 1917 con el título de “La fuente”, el arte dejó de ser lo que era. Si bien los movimientos estéticos siempre se habían sucedido rompiendo con lo anterior, ahora parecía que con lo que se había roto era con la historia del arte en su totalidad. John Cage escribió una partitura que consiste en más de cuatro minutos de completo silencio, al cabo de los cuales la gente aplaude entusiasmada de haber oído nada. Piero Manzoni enlató 30 gramos de su propia defecación en cada una de las noventa latas que se vendían al precio de 30 gramos de oro. De eso hace ya más de medio siglo, con lo que hoy apenas sorprenden las recurrentes noticias en las que una mujer de la limpieza tira una obra de arte de miles de euros. Como estoy seguro de que tienen un móvil o un ordenador a mano, les pido que  echen un vistazo, si no lo conocen, a cuanto acabo de decir (la obra de Cage se llama 4´33´´; la de Manzoni, “Mierda de artista”; y luego tecleen en su buscador “limpieza tira arte”).  Ahora, podemos continuar.
            Reconozcámoslo. Quienes no pertenecemos al mundo (hoy se dice “mercado”) del arte, sentimos un cierto desasosiego ante las manifestaciones artísticas de nuestro tiempo. Cuando leemos noticias sobre los aspirantes al premio Turner de la Galería Tate de Londres, cuando visitamos el Pompidou de París o cuando asistimos a un reportaje sobre ARCO, que acaba de celebrar una edición exitosa, componemos un gesto que muestra que nuestra relación con el arte no es nada cómoda. ¿Se están quedando conmigo?, ¿soy un analfabeto artístico, como los hay digitales?, ¿pido que me devuelvan el dinero de la entrada?, ¿necesitaría una audioguía que me explicara esto?, ¿habrá alguna cámara oculta?, ¿es esto arte?, ¿y qué lo diferencia de lo que no lo es?
            Sin duda, el lector interesado podrá informarse con todo detalle sobre cuanto había en esta edición de ARCO. Sin embargo, quien solo haya recibido las noticias que flotan en el ambiente lo único que sabrá de ella es que se ha exhibido una figura gigantesca del rey Felipe que quien la adquiera habrá de quemar antes de un año, según el contrato de compra. El ninot, como se esperaba, ha generado polémica, pero no se ha retirado. ¿Hacerlo hubiera sido atentar contra la libertad artística? Para ello, previamente deberíamos haber respondido a esta pregunta: ¿es esa figura una obra de arte? ¿Por qué entonces no lo son los ninots de las fallas de Valencia? ¿O las figuras del museo de cera? ¿O es que hay algo en la pieza expuesta en ARCO que no se halle en los muñecos que arderán para San José o en la réplica del rey del Paseo de Recoletos?
            El asunto es complejo, porque tanto el arte como la realidad, con la que de algún modo está en relación (como escape de ella o como su auténtica descripción), llevan tras de sí una larga e intrincada historia poblada de teorías, sensibilidades y modos de ver el mundo. No hay espacio en este artículo más que para lanzar una sospecha como quien lanza una flecha cuyo acierto en la diana está por ver. En toda obra de arte hay algo inexplicable conceptualmente, algo que queda una vez que aplicamos todos los medios químicos, psicológicos, sociológicos o históricos para aclarar la creación. Si, de la obra de ARCO mencionada, elimino la polémica (en la que intervienen como elementos la propia exposición, por definición transgresora, los medios de comunicación, por definición amantes de lo escandaloso, y el público, por definición buscando “lo que hay que ver”), ¿qué nos queda? Aun admitiendo la autenticidad de la transgresión (lo que es mucho admitir en este caso, pues era demasiado previsible), el hecho de que todo arte sea transgresor no implica que toda transgresión sea artística. 
Volvamos al principio. Gran parte de lo que ha hecho el arte en el último siglo ha sido, en el fondo, preguntarse por su identidad. El tema es legítimo, pero será su tratamiento, como siempre, lo que hará que una obra sea o no artística.




                                                                                                         Juan Fernando Valenzuela Magaña

Puede leerse en el periódico.


martes, 12 de febrero de 2019

Impostores


   Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de febrero de 2019 

IMPOSTORES


Por muy satisfechos que estemos de nuestra vida, siempre fantaseamos con las que hemos dejado de vivir. Elegir es siempre renunciar, y lo real está hecho a base de descartar posibilidades que ya nunca serán. A veces incluso imaginamos vidas imposibles, trayectorias vitales que, por el lugar o el momento en que nacimos, nos estaban vedadas. ¿Cómo sería mi vida si hubiera acontecido en el siglo XVIII en París? ¿O si fuera el príncipe heredero de Noruega?  Tal vez esto explique por qué nos fascinan los impostores. Ellos saltan esos límites y viven una vida que no es la suya. Por supuesto, los hay de todo tipo. Quien falsifica un título universitario no está burlando límite alguno, sino ahorrándose un esfuerzo que desdeña hacer. Son impostores de poca monta. Me gustaría ilustrar mediante dos ejemplos impostores más interesantes.
Un día de octubre de 1748 atracó en Sevilla una lujosa embarcación en cuyas velas estaban bordadas las armas de Módena. Los extranjeros, brillantemente ataviados, se alojaron en la posada de la Reina. Poco después se supo que se trataba del Príncipe heredero de los estados de Módena y su séquito, entre los cuales estaba el Marqués de Ragni. Se le puso una guardia para custodiar su casa y escoltar a su persona, y se fueron presentando el Asistente, el Corregidor y demás personalidades. La ciudad le agasajó pública y privadamente, pues además de las visitas oficiales en que se le recibía con pompa y boato, los jóvenes de las principales familias le enseñaron las diversiones no siempre honestas que la ciudad ofrecía. Mientras, en Madrid habían recibido los despachos que desde Sevilla les remitieran informándoles de la visita y, extrañados de no tener notificación alguna por parte de Módena de la visita de su Príncipe, como era protocolario, se pusieron en contacto con el representante español en aquella corte y se supo que todos los príncipes de aquel Estado estaban en su país, lo que se transmitió rápidamente a Sevilla. Detenido y encerrado en la Torre de Triana (la mayoría de su séquito había actuado también engañada), él seguía declarándose Príncipe de Módena. Consiguió escaparse (luego justificaría su huida diciendo que no se le trataba como correspondía a su rango) y refugiarse en el convento de San Pablo, acogiéndose al derecho de asilo, pero finalmente fue detenido y llevado a un oscuro calabozo de la cárcel Real. Acabó condenado al presidio de Ceuta. ¿Quién era realmente este impostor? El pintoresco personaje había servido a un noble oficial de la Guardia de Corps de Luis XV y, tras robarle, consiguió huir a Méjico, donde se hizo pasar por un comerciante, y luego recorrió otros países de la América española como viajero distinguido. Cuando el dinero empezó a faltarle, ideó la farsa principesca y se presentó en la isla de la Martinica, donde fue agasajado por el gran Almirante de Francia y donde fácilmente obtenía dinero de comerciantes y banqueros. Su fino instinto le advirtió de que era llegado el momento de levantar el vuelo y fue así como apareció en Sevilla, donde a lo largo de cinco meses mantuvo en vilo a sus habitantes, y de la cual el Asistente y el Corregidor, deseosos de echar tierra sobre un asunto en el que habían pecado de cándidos, ordenaron que saliera de noche, encerrado en una calesa para mayor seguridad.
Pasemos al otro caso. El Almirante del Dreadnought, orgullo de la marina británica a principios del siglo pasado, recibió con todos los honores al emperador de Abisinia. Dado que había avisado con poca antelación, no se pudo encontrar una bandera de ese país, y se izó la de Zanzíbar. Pero eso no pareció molestar a su Majestad y su séquito, que visitaron el barco y condecieron honores militares de su país a algunos oficiales. Poco tiempo después, un periódico publicaba que la delegación imperial era un realidad un grupo de amigos ingleses tiznados y con barbas postizas. Entre ellos estaba Virginia Stephen (futura Virginia Woolf) y el famoso bromista Horace de Vere Cole. Al conocer la noticia, el Almirante debió sentirse como el Asistente y el Corregidor sevillanos.
Juan Fernando Valenzuela Magaña

Aquí puede leerse en la versión digital del periódico, con el modificado título (ignoro por qué) de "Los impostores".