En la revista Librújula aparece mi reseña sobre el libro de José María Herrera Los archivos de Alvise Contarini. Aquí puede leerse.
Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
lunes, 6 de mayo de 2019
domingo, 14 de abril de 2019
Que piensen y digan
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de abril de 2019
QUE PIENSEN Y DIGAN
Entre
las recientes polémicas fugaces que los políticos nos procuran ha habido una
que me ha llamado la atención. La recuerdo brevemente. El secretario de Estado
de Seguridad Social, Octavio Granado, hace unas declaraciones sobre las
pensiones en una jornada organizada sobre el asunto por una asociación de
directivos. Sus palabras parecen perjudicar al gobierno de cara a las
elecciones y la ministra del ramo, Magdalena Valerio, además de decir que el gobierno
no tiene intención de modificar las pensiones de viudedad, comenta sobre la
persona que al parecer la ha puesto en un brete: “Opina en alto, va a
conferencias, a charlas, él opina, opina... y a veces no se da cuenta de que
forma parte de un Gobierno.” Eso sí, concede que “sabe mucho, es un buen técnico de la Seguridad Social...”. Es
justo esto lo que quiero señalar. Alguien que forma parte de un gobierno no
puede decir ciertas cosas como experto en la materia y en un foro de
entendidos. Entiendo que la ministra le otorga el carácter de experto al decir
que “sabe mucho”, si bien eso contradice sus palabras anteriores al calificar
despectivamente las intervenciones de su subordinado de “opiniones”. Saber y
opinar parecen ser dos modos opuestos de enfrentarse a la realidad, sin que el
primero suponga, maticemos, la posesión absoluta de la verdad.
Alguien
que sabía de estas distinciones escribió un artículo en 1784 en la ciudad
prusiana de Königsberg. Se llamaba Immanuel Kant, y en ese texto se preguntaba
por el significado de la Ilustración. Su respuesta era esta: “Ilustración
significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo
responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para
servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el
culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de
entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo
propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de
tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración”. En ese contexto, el
filósofo prusiano hace una interesante distinción. Los individuos pertenecemos
a diversas agrupaciones, incluida la sociedad. Como miembros de ellas, tenemos
que obedecer las normas que las rigen. Pero esa obediencia no está reñida con
la posibilidad de pensar por nosotros mismos sobre las cosas que nos conciernen
y de las que entendemos y exponer al público nuestras conclusiones. La
distinción consiste en eso: en cuanto que ocupo un puesto en la sociedad, debo
obedecer; en cuanto que entiendo de algo, debo tener libertad ilimitada para
pensar y decir. El violinista de una orquesta deberá seguir las instrucciones
del director, pues si cada músico interpretara del modo que él considera el
mejor una partitura, la ejecución de la
obra se vería truncada. Ahora bien, si en una revista especializada, y como
docto en materia musical, el violinista expone sus ideas sobre la
interpretación más rica de la pieza en cuestión, nada habría que objetar.
Pensemos en los diferentes ámbitos donde se lleva a cabo una obra en común:
educación, empresa, deporte colectivo. Discrepar con argumentos de la línea conjunta
no supone insubordinación mientras el miembro del grupo cumpla adecuadamente su
función. Que la política suprima ese “uso público de la razón” (así lo nombraba
Kant) y obligue a un experto, no solo a obedecer como miembro de un proyecto,
sino también a no cuestionarlo o a no proponer futuras posibilidades a un público
versado en la materia, es una mala noticia, no solo para el saber sino para las
propias autoridades.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.
La flecha en ARCO
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 11 de marzo de 2019
LA FLECHA EN ARCO
Desde que Duchamp propuso
su famoso urinario en 1917 con el título de “La fuente”, el arte dejó de ser lo
que era. Si bien los movimientos estéticos siempre se habían sucedido rompiendo
con lo anterior, ahora parecía que con lo que se había roto era con la historia
del arte en su totalidad. John Cage escribió una partitura que consiste en más
de cuatro minutos de completo silencio, al cabo de los cuales la gente aplaude
entusiasmada de haber oído nada. Piero Manzoni enlató 30 gramos de su propia
defecación en cada una de las noventa latas que se vendían al precio de 30
gramos de oro. De eso hace ya más de medio siglo, con lo que hoy apenas
sorprenden las recurrentes noticias en las que una mujer de la limpieza tira
una obra de arte de miles de euros. Como estoy seguro de que tienen un móvil o
un ordenador a mano, les pido que echen
un vistazo, si no lo conocen, a cuanto acabo de decir (la obra de Cage se llama
4´33´´; la de Manzoni, “Mierda de artista”; y luego tecleen en su buscador
“limpieza tira arte”). Ahora, podemos
continuar.
Reconozcámoslo.
Quienes no pertenecemos al mundo (hoy se dice “mercado”) del arte, sentimos un
cierto desasosiego ante las manifestaciones artísticas de nuestro tiempo.
Cuando leemos noticias sobre los aspirantes al premio Turner de la Galería Tate
de Londres, cuando visitamos el Pompidou de París o cuando asistimos a un
reportaje sobre ARCO, que acaba de celebrar una edición exitosa, componemos un
gesto que muestra que nuestra relación con el arte no es nada cómoda. ¿Se están
quedando conmigo?, ¿soy un analfabeto artístico, como los hay digitales?, ¿pido
que me devuelvan el dinero de la entrada?, ¿necesitaría una audioguía que me explicara
esto?, ¿habrá alguna cámara oculta?, ¿es esto arte?, ¿y qué lo diferencia de lo
que no lo es?
Sin
duda, el lector interesado podrá informarse con todo detalle sobre cuanto había
en esta edición de ARCO. Sin embargo, quien solo haya recibido las noticias que
flotan en el ambiente lo único que sabrá de ella es que se ha exhibido una
figura gigantesca del rey Felipe que quien la adquiera habrá de quemar antes de
un año, según el contrato de compra. El ninot, como se esperaba, ha generado
polémica, pero no se ha retirado. ¿Hacerlo hubiera sido atentar contra la
libertad artística? Para ello, previamente deberíamos haber respondido a esta
pregunta: ¿es esa figura una obra de arte? ¿Por qué entonces no lo son los
ninots de las fallas de Valencia? ¿O las figuras del museo de cera? ¿O es que hay
algo en la pieza expuesta en ARCO que no se halle en los muñecos que arderán
para San José o en la réplica del rey del Paseo de Recoletos?
El
asunto es complejo, porque tanto el arte como la realidad, con la que de algún
modo está en relación (como escape de ella o como su auténtica descripción),
llevan tras de sí una larga e intrincada historia poblada de teorías,
sensibilidades y modos de ver el mundo. No hay espacio en este artículo más que
para lanzar una sospecha como quien lanza una flecha cuyo acierto en la diana
está por ver. En toda obra de arte hay algo inexplicable conceptualmente, algo
que queda una vez que aplicamos todos los medios químicos, psicológicos,
sociológicos o históricos para aclarar la creación. Si, de la obra de ARCO
mencionada, elimino la polémica (en la que intervienen como elementos la propia
exposición, por definición transgresora, los medios de comunicación, por
definición amantes de lo escandaloso, y el público, por definición buscando “lo
que hay que ver”), ¿qué nos queda? Aun admitiendo la autenticidad de la
transgresión (lo que es mucho admitir en este caso, pues era demasiado
previsible), el hecho de que todo arte sea transgresor no implica que toda
transgresión sea artística.
Volvamos al principio.
Gran parte de lo que ha hecho el arte en el último siglo ha sido, en el fondo,
preguntarse por su identidad. El tema es legítimo, pero será su tratamiento,
como siempre, lo que hará que una obra sea o no artística.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Puede leerse en el periódico.
martes, 12 de febrero de 2019
Impostores
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 12 de febrero de 2019
IMPOSTORES
Por
muy satisfechos que estemos de nuestra vida, siempre fantaseamos con las que
hemos dejado de vivir. Elegir es siempre renunciar, y lo real está hecho a base
de descartar posibilidades que ya nunca serán. A veces incluso imaginamos vidas
imposibles, trayectorias vitales que, por el lugar o el momento en que nacimos,
nos estaban vedadas. ¿Cómo sería mi vida si hubiera acontecido en el siglo
XVIII en París? ¿O si fuera el príncipe heredero de Noruega? Tal vez esto explique por qué nos fascinan los
impostores. Ellos saltan esos límites y viven una vida que no es la suya. Por
supuesto, los hay de todo tipo. Quien falsifica un título universitario no está
burlando límite alguno, sino ahorrándose un esfuerzo que desdeña hacer. Son
impostores de poca monta. Me gustaría ilustrar mediante dos ejemplos impostores
más interesantes.
Un
día de octubre de 1748 atracó en Sevilla una lujosa embarcación en cuyas velas
estaban bordadas las armas de Módena. Los extranjeros, brillantemente
ataviados, se alojaron en la posada de la Reina. Poco después se supo que se
trataba del Príncipe heredero de los estados de Módena y su séquito, entre los
cuales estaba el Marqués de Ragni. Se le puso una guardia para custodiar su
casa y escoltar a su persona, y se fueron presentando el Asistente, el
Corregidor y demás personalidades. La ciudad le agasajó pública y privadamente,
pues además de las visitas oficiales en que se le recibía con pompa y boato,
los jóvenes de las principales familias le enseñaron las diversiones no siempre
honestas que la ciudad ofrecía. Mientras, en Madrid habían recibido los
despachos que desde Sevilla les remitieran informándoles de la visita y,
extrañados de no tener notificación alguna por parte de Módena de la visita de
su Príncipe, como era protocolario, se pusieron en contacto con el
representante español en aquella corte y se supo que todos los príncipes de
aquel Estado estaban en su país, lo que se transmitió rápidamente a Sevilla.
Detenido y encerrado en la Torre de Triana (la mayoría de su séquito había
actuado también engañada), él seguía declarándose Príncipe de Módena. Consiguió
escaparse (luego justificaría su huida diciendo que no se le trataba como
correspondía a su rango) y refugiarse en el convento de San Pablo, acogiéndose
al derecho de asilo, pero finalmente fue detenido y llevado a un oscuro
calabozo de la cárcel Real. Acabó condenado al presidio de Ceuta. ¿Quién era
realmente este impostor? El pintoresco personaje había servido a un noble
oficial de la Guardia de Corps de Luis XV y, tras robarle, consiguió huir a
Méjico, donde se hizo pasar por un comerciante, y luego recorrió otros países
de la América española como viajero distinguido. Cuando el dinero empezó a
faltarle, ideó la farsa principesca y se presentó en la isla de la Martinica,
donde fue agasajado por el gran Almirante de Francia y donde fácilmente obtenía
dinero de comerciantes y banqueros. Su fino instinto le advirtió de que era
llegado el momento de levantar el vuelo y fue así como apareció en Sevilla,
donde a lo largo de cinco meses mantuvo en vilo a sus habitantes, y de la cual
el Asistente y el Corregidor, deseosos de echar tierra sobre un asunto en el
que habían pecado de cándidos, ordenaron que saliera de noche, encerrado en una
calesa para mayor seguridad.
Pasemos
al otro caso. El Almirante del Dreadnought, orgullo de la marina británica a
principios del siglo pasado, recibió con todos los honores al emperador de
Abisinia. Dado que había avisado con poca antelación, no se pudo encontrar una
bandera de ese país, y se izó la de Zanzíbar. Pero eso no pareció molestar a su
Majestad y su séquito, que visitaron el barco y condecieron honores militares
de su país a algunos oficiales. Poco tiempo después, un periódico publicaba que
la delegación imperial era un realidad un grupo de amigos ingleses tiznados y
con barbas postizas. Entre ellos estaba Virginia Stephen (futura Virginia
Woolf) y el famoso bromista Horace de Vere Cole. Al conocer la noticia, el
Almirante debió sentirse como el Asistente y el Corregidor sevillanos.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
Aquí puede leerse en la versión digital del periódico, con el modificado título (ignoro por qué) de "Los impostores".
martes, 15 de enero de 2019
El mandarín y la inquietante sospecha
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 14 de enero de 2019
EL MANDARÍN Y LA INQUIETANTE SOSPECHA
Recordemos
la cuestión del mandarín de la que hablábamos el mes pasado. Usted tiene la
posibilidad de heredar una gran fortuna con la condición de hacer que un viejo
mandarín en la lejanía de la China muera. El crimen quedará impune y no
solicita de usted más que hacer un gesto con la cabeza o apretar un botón.
¿Mataría usted al mandarín? Vimos que este cuento moral constaba de estos
cuatro elementos: el beneficio, la lejanía respecto de aquel a quien se daña,
la facilidad de la acción y la impunidad. Relacionamos esta última con la
corrupción y anunciamos que hoy hablaríamos del ingrediente de la distancia.
Dañar a alguien que nos resulta lejano parece más fácil que hacerlo a alguien
próximo a nosotros.
Aristóteles
decía que compadecemos a quienes son semejantes a nosotros en “edad,
costumbres, modo de ser, categoría o linaje”, así como los padecimientos
cercanos en el tiempo, no los muy antiguos o los del futuro, al menos no del
mismo modo. La distancia, espacial y temporal, está relacionada con la
compasión.
Muchos siglos después, Diderot apuntaba que “el
asesino, que acaba en las costas de China, ya no está en condiciones de
percibir el cadáver que ha dejado desangrándose a orillas del Sena”. Y Adam
Smith imagina cómo un europeo decente se entristecería por la noticia de un
terremoto devastador en China para pasar después a sus propias cuitas, alguna
de las cuales podría quitarle el sueño que no enturbiarían los cadáveres de tantos
hermanos desconocidos.
Tanto
individual como colectivamente, el progreso moral ha consistido en contrarrestar
ese egoísmo natural, en aplicar nuestros principios a un campo cada vez más
amplio.
El psicólogo Köhlberg estudió el desarrollo moral de
la persona, situándola al principio en un estadio egoísta y dependiente de
recompensas y castigos hasta llegar al respeto a unos principios universales,
pasando antes, entre otros estadios, por el de camaradería y proximidad. De la
impunidad a la máxima distancia, diríamos en los términos de la cuestión del
mandarín.
Si
hablamos colectivamente, como comunidad, ¿no inquieta nuestra conciencia la
sospecha de si nuestra vida confortable no estará siendo comprada al precio de
la miseria de otros, de si no estamos matando al mandarín continua y comunitariamente?
Tal vez la China de nuestra cuestión tenga que ser hoy sustituida por India,
donde nada cuesta imaginar a trabajadores explotados por marcas cuyos productos
podemos comprar, por tal explotación precisamente, a un precio asequible. O por
Yemen, un país tan distante emocionalmente que no importa si las armas que
vendemos a Arabia Saudí pueden ser utilizadas contra su población siempre que
se aseguren los seis mil puestos de trabajo que permite el contrato de cinco
corbetas para este país con Navantia (revísese el reciente caso y dígase si no
es pertinente ahí la cuestión del mandarín). La interrelación entre todo lo
humano no es ya un ideal, sino un hecho. De ahí que la justicia tenga que ser
global. Sin embargo, da la impresión de que la política se haya atrapada en
conceptos locales, estatales, y es incapaz de controlar el verdadero poder,
situado fuera de todo territorio y carente de fronteras. Es esa la zona oscura
de la globalización, que ha generado distópicas pesadillas. El ciudadano siente
hoy que el rumbo de las cosas no depende ya de él y que está a merced de golpes
que no puede prever. ¿No se viven estos a veces como el castigo por la muerte
de los mandarines?
Y del
mismo modo que ya nada humano, por lejano que sea espacialmente, puede
resultarnos ajeno, el pasado y el futuro imponen deberes al hombre de hoy. Las
posibilidades ambivalentes de nuestra capacidad tecnológica ponen de manifiesto
la necesidad de preservar restos pretéritos y, sobre todo, las obligaciones con
las generaciones venideras. Nunca estas han estado tan cerca de nosotros,
reclamando su derecho a un planeta habitable.
El mandarín y la corrupción
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de diciembre de 2018
EL MANDARÍN Y LA CORRUPCIÓN
En
nuestros tiempos veloces, donde todo adquiere una importancia tan enorme como
fugaz, las obras (literarias, pictóricas…) brillan efímeramente y son de
inmediato engullidas por el olvido. No digamos los diarios, que, como espejo de
la actualidad, tienen por destino, incluso en tiempos menos céleres, una rauda
desaparición. Sin embargo, hay una fuerza opuesta propiciada por la tecnología:
de esos olvidos y de otros mucho más lejanos, podemos extraer fácilmente lo que
en ellos cayó y calló. A la mano tenemos textos rescatados que antes solo
podían consultar investigadores especializados. Una voluntad de totalidad alienta
tanto en la digitalización del presente como en la reconstrucción del pasado.
Por eso uno puede leer, recorrido por una nostalgia imposible, la nostalgia de
lo no vivido, periódicos del siglo XIX. En uno francés, “L´Intermédiaire de
chercheurs et de curieux”, la gente hacía preguntas que eran respondidas por
otros lectores o por algún redactor. El 10 de mayo de 1866, un tal P.L. se
interesa por la obra de Rousseau donde aparece la expresión “tuer le mandarin”
(“matar al mandarín)”. ¿A qué se refiere con esto?
Se
trata de una interrogación moral. Usted, lector del Jaén, tiene la posibilidad
de heredar una gran fortuna con la condición de aceptar que un viejo mandarín
en la lejanía de la China muera. Tal crimen quedará impune. Pongamos que todo
lo que tiene que hacer es un gesto con la cabeza. ¿Usted lo haría? ¿Mataría
usted al mandarín?
De
manera que “tuer le mandarin” es beneficiarse de una acción que perjudica a un
desconocido teniendo garantizado que permanecerá sin saberse y sin castigo.
Cuatro son, pues, los ingredientes de este cuento moral: el beneficio, la
lejanía respecto de aquel a quien se daña, la facilidad de la acción y la
impunidad.
La
cuestión del mandarín fue debatida en la prensa francesa porque no había manera
de encontrar el pasaje en la obra de Rousseau (entonces no bastaba con darle a “Buscar”
e introducir la palabra adecuada). Si se atribuía a él fue porque así aparece
en una novela de Balzac. Sin embargo, hoy sabemos que la memoria de este
novelista le jugó una mala pasada atribuyendo a Rousseau lo que había leído en
Chateaubriand, a quien hay que apuntar el hallazgo. En cualquier caso, la
pregunta sobre el mandarín, que apunta en su planteamiento a un desarrollo
narrativo, va a tenerlo con diferentes variaciones. La más famosa de ellas es
la novela “El mandarín” de Eça de Queiroz.
Pero la cuestión tiene también aspectos que son de
gran interés y actualidad para la ética. Hemos visto que hay en ella dos
elementos que ya aparecían, por separado, en las reflexiones de los griegos: la
impunidad y la distancia. Diré algo sobre la primera en el tiempo (espacio) que
me queda y emplazo al lector al mes próximo para hablar de la segunda.
No voy a
destacar más que un aspecto del terrible problema de la corrupción, el de la
sensación de impunidad en que parece haberse cometido. Esto plantea la
pregunta: ¿cumplimos las normas morales porque son también normas sociales o
jurídicas, es decir, porque tememos las sanciones que acarrearía
transgredirlas? Si estuviéramos en la situación de quienes han robado lo que es
de todos y supiéramos que no nos pasaría nada, ¿qué haríamos? ¿Mataríamos al
mandarín? ¿Lo hacemos ya de algún modo como ciudadanos cuando tenemos la
seguridad de que “no nos van a pillar”?
Los griegos hablaban del anillo de Giges, que permite
hacerse invisible a quien lo tiene con solo girarlo. Un personaje de Platón
sostiene que si se le da un anillo así a un hombre justo y a otro injusto,
ambos actuarían mal, pues solo el miedo al castigo retiene al justo de hacerlo.
Sin embargo, podemos replicar nosotros con Kant, cuando el hombre justo actúa
bien únicamente por miedo a la condena, social o jurídica, no se trata propiamente
de un hombre justo. Los corruptos confundieron una baratija con el anillo de
Giges, pero si hubieran sido decentes jamás hubieran matado al mandarín.
Juan Fernando Valenzuela Magaña
domingo, 9 de diciembre de 2018
El doble como sombra
Artículo publicado en el número de diciembre de 2018 de Cuadernos Hispanoamericanos:
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