lunes, 2 de septiembre de 2013

El barco de Teseo

    Este es un cuento perteneciente al libro Todo Lupión, Para su aplicación en clases de filosofía, añado su apéndice correspondiente
                                        
                              EL BARCO DE TESEO


Tengo la impresión de que la diversidad ha menguado en el último siglo. Generalizaciones como ésta son difíciles de comprobar, aun utilizando los recursos de la Sociología que, si científicos, no por eso nos acercan más a la verdad. Insisto, pues, en que se trata de una impresión. En su favor alego el hecho de que, pese a que uno conoce a lo largo de su vida más personas que en el pasado, la sensación de repetición es mayor. Pocas son las veces en que alguien nos sorprende con una vida orientada por ideas diferentes. Y creo que antes era más fácil encontrar ese tipo de personas, como puede verse si atendemos a los restos del ayer que todavía se conservan en los pueblos. Una penetra en la vida de un pueblo y se da cuenta de que cada vecino tiene su peculiaridad, de que no hay dos iguales. Pero, aunque he visitado durante muchos veranos a mis abuelos, yo soy de ciudad, y estoy cansada de esta uniformidad que más destaca cuanto más se habla del respeto a la diferencia. ¿A qué diferencia?

“Todos sois diferentes”, gritaba el protagonista de una película a la masa. La turba respondía “Sí, sí, todos somos diferentes”, pero uno se desmarcaba diciendo: “Yo no”. Esta paradoja es todo lo contrario de una explicación científica pero, como puede verse si a estas alturas se conserva la vista, acerca más a la verdad que un puñado de estadísticas.

Lo primero que me llamó la atención de Lupión fue precisamente eso, que era diferente sin pretenderlo (pretenderlo es algo que uniformiza hoy). Su distinción, en los dos sentidos de la palabra, tenía la espontaneidad de una segunda naturaleza, y había llegado a ese momento de la vida en que uno, más que arriesgar en la exploración, extrae con morosa delectación el jugo de lo que se tiene. A cambio de algo menos de aventura y algo más de escepticismo, el hombre por fin descansa y se reconcilia consigo mismo, y los placeres, aunque menores, son seguros y plenos. En el pasado quedan ambiciones y errores, vuelos de Ícaro y dolor. Ya es difícil equivocarse, el canto de sirenas es sólo un nostálgico recuerdo, y se está seguro porque hemos conquistado nuestro lugar en el mundo. Claro que hay ilusiones, y esperanzas, e incluso — la vida está hecha así— una puerta abierta a la sorpresa. Fue la puerta por donde intenté colarme.

Quiero hablar de Lupión y no de mí, pero no se podrá entender a Lupión si no se tiene en cuenta que yo soy la valentía encarnada. Me despojaré de modestias y aclararé que lejos de ser la valentía temeridad o locura, nace de ella la prudencia. No es prudente el miedoso, que se pierde en la huida de fantasmas imaginarios. Yo identifico la valentía con la vida.

Soy transparente para mí, en la medida en que eso es posible. Dicho de otro modo, casi carezco de inconsciente. Mis inconfesables deseos, mis anhelos más recónditos, hasta el puñado de temores que —homo sum—  pretenden esconderse, acuden obedientes a la llamada de mi consciencia. Si por azar algún joven lee esto y piensa que la transparencia ya no es mérito ni gracia, pues todos los jóvenes carecen del inconsciente que tanto costó a Freud defender, le diré que, en efecto, una transparencia así, ni mérito ni gracia tiene, del mismo modo que no los tiene la transparencia de la nada. La transparencia gana cuanto más transparenta.

Como mujer, estoy muy cerca de mi cuerpo, y fue éste quien primero me advirtió de que Lupión me gustaba mucho. No al instante, sino después de saludarnos presentados por Andrés, quien tantas veces y con tanto provecho lo había consultado y con el que yo había viajado en tren hasta allí.

Lupión tenía la figura delgada y atlética de quien ha resistido mejor que sus coetáneos el paso del tiempo. Aunque éste había mordido la elasticidad de su carne, podía decirse que se mantenía en forma. Sus ojos tenían un brillo profundo y eran una promesa de excepcionalidad. Ese día vestía informal y cómodamente.

Andrés se apartó tras presentarnos y nos miró con curiosidad. Mi amigo siempre había deseado, sin éxito, saber cualquier cosa de la vida sentimental de Lupión, y, también sin fruto, no saber tanto de la mía. Ahora miraba cómo nos mirábamos los dos por primera vez e intentaba adivinar qué podía salir de ahí. A mí me conocía lo suficiente y no dudé de que advirtió lo que me estaba ocurriendo en ese preciso momento, pero Lupión debió de parecerle tan impenetrable como siempre… y como a mí.

—Andrés me dijo que trabaja usted para una casa de subastas —rompió Lupión el silencioso hielo.

—Así es. Precisamente lo que nos trae aquí es una subasta que celebramos la semana pasada.

—Espero que no sea eso sólo lo que os trae aquí. No sólo, aunque también, claro —y Lupión y Andrés se miraron con complicidad. Yo interpreté que su mirada aludía a su vieja amistad y a las veces que el segundo visitaba al primero con algún caso entre manos—. Ahora hablaremos de esa subasta. Pero antes permitidme que os obsequie con algo.

Mi amigo me dijo con una mirada traviesa te lo dije, todo un caballero, y ayudó a Lupión a preparar la mesa.

El día quería ser frío pero al sol se estaba bien, así que nos sentamos fuera. Lupión nos había preparado lo que llamó unos aperitivos contradictorios, como caramelos de morcilla o bombones con sal, lo que acompañó con unas copas de oloroso.

Miraba sus movimientos, que tenían la calma nerviosa de una persona activa y serena, aunque yo fantaseaba pensando que esa ligera excitación la estaba causando yo. Miré a Andrés intentando ver alguna esperanza a mi fantasía, pero mi amigo había cazado un bombón antilógico y lo saboreaba ausente.

Al cabo de un rato, Lupión me preguntó con su voz poderosa por la subasta.

—Subastábamos —le respondí— un mueble francés del siglo XVIII, de la época de Luis XV.

—¿Qué mueble? —me preguntó con el interés de un experto o, al menos, de un aficionado.

—Una cómoda.

Lupión casi dejó escapar un gesto de decepción, que yo adiviné, por lo que le pregunté con sorna, ya tuteándolo:

—¿Qué mueble hubieras deseado que subastáramos?

—Me esperaba, qué se yo, un bonheur-du-jour, o una de esas escribanías femeninas repletas de gavetas y escondrijos para escribir y esconder cartas secretas y notas.

—Vaya —lo halagué— , veo que también entiendes de muebles. Cuando subastemos algo así te avisaré.

—No creo que pueda comprarlo, pero me encantará asistir. Me gustan esos muebles tan dieciochescos, tan franceses, tan femeninos, tan curvos, tan hogareños, donde late todavía el secreto y la epístola.

Iba a decirle airada ¿quieres decir que somos unas retorcidas chismosas?, pero me contuve.

—No debes enfadarte, por favor —adivinó ahora él—. Lo femenino era eso entonces, y no deja de tener su encanto. Lo masculino, concederé, me parece que era en comparación menos inteligente.

—El caso —dije a medias conforme— es que subastábamos una cómoda de Charles Cressent. Como aficionado al mueble conocerás a este ebanista con grandes dotes de escultor — asintió con modestia Lupión, y continué: — Se trata de una cómoda de formas curvas que supusieron una innovación en esa época, con el motivo de un mono con faldita y un gorro, balanceándose sobre una cuerda sostenida por dos niños.

—Sí, el mono fue un motivo que hizo fortuna.

—En efecto. Hay siete cómodas como esa, una de ellas en el Louvre y otra en el Metropolitan Museum de Nueva York. Sólo una permanecía en manos privadas, y el propietario ha decidido venderla. Como puedes suponer, el precio de partida era muy elevado, debido a la antigüedad y a la importancia del ebanista, así como al estupendo estado de conservación.  Hubo dos o tres pujas, y entonces intervino un señor.

Lupión sirvió un poco más de oloroso y me miró con sus profundos ojos:

—Intervino —repetí— un señor con acento francés, diciendo que ese escritorio era en cierto modo más falso que los cuadros de Van Meegeren.

—El falsificador de cuadros de Vermeer…

—Sí, en el mundillo de las subastas lo recordamos a diario. El francés nos acusaba de subastar una pieza falsificada, o eso fue lo que pensamos. Luego, sin embargo, aclaró: no digo que actúen ustedes de mala fe, ni tampoco que la cómoda haya sido falsificada, bien copiando una original o bien inventando según los principios de aquellas fechasDigo que no hay nada en esa cómoda que existiera en el siglo XVIII.  Se le preguntó que cómo estaba tan seguro. Porque esa cómoda, esa misma cómoda, sólo que la auténtica, la tengo yo.

Los ojos de Lupión brillaron con más fuerza. Andrés miraba su expresión y sonreía satisfecho, como si le hubiera arrojado el mejor de los huesos al perro favorito.

—Como puedes suponer,  nos quedamos todos patidifusos. Delante del discreto y educado murmullo general, le mostramos los informes de los expertos, sacamos los tres catálogos de venta de muebles de Cressent, el de 1749, el de 1757 y el de 1765, las compraventas hechas hasta llegar a su actual propietario, exhibimos el certificado de garantía, y él no abandonó su mueca de suficiencia. Finalmente dijo: No se trata de un problema de expertos en arte, sino de un problema de expertos en identidad. ¿Qué es una cosa?, esa y no otra es la cuestión. Miren ustedes, me dejaré de rodeos. Un día de 1749 el ebanista Cressent vende a M. de Selle una cómoda de bronces riquísimos y ejecución maravillosa. Pero, como ustedes documentan, la colección de M. de Selle es vendida en 1761 y la cómoda cambia de dueño. El tiempo pasa y la Revolución Francesa llega. La cómoda es maltratada y pierde una pata, que no le es sustituida hasta la época del Imperio, en que un restaurador le pone una nueva. Y hete aquí el mueble luciendo otra vez en el comedor de la familia Veniat. Pero ¿qué fue de esa pata perdida, de la pata que originalmente tuvo el escritorio? Un antepasado mío, amigo de los Veniat y testigo de los angustiosos acontecimientos revolucionarios, la había guardado como recuerdo. Corre el siglo XIX y en una mudanza se desprende el bronce dorado con forma de león que remata una de las patas. Mi ascendiente, al que le gustaba rebuscar en anticuarios, acabó encontrándolo, con indignos abollones. Se lo ofreció a la familia, quien le dijo que ya había sido sustituido y que podía hacer con él lo que gustara. Se lo quedó. Dos percances más sufrió el mueble en vida de mi antepasado, de los que no da detalles en su diario, pero que obligan al cambio de los dos cajones. Lo que había empezado de casualidad empezó a tomar la forma de un juego, y al final de su vida mi ascendiente había conseguido hacerse tanto con ellos como con el mono, que se había desprendido y que, aislado, lucía en un puesto del Marché aux Puces en las Puertas de París. El juego se convirtió en obsesión para su hijo, quien siguió la pista a la cómoda y registró tanto el deterioro y cambio de las hojas de acanto o de las patas originales como su apropiación con el consentimiento de la familia. Creo que ya habrán adivinado lo principal del resto. El hijo de ese hombre fue el abuelo de mi abuelo, y todos hasta llegar a mí hemos recibido como la herencia más preciada las partes que la familia propietaria iba desechando de la cómoda de Cressent y el deber de hacernos con los nuevos viejos ornamentos o trozos que fueran sustituidos para mejorar la presencia del mueble. He de reconocer que en alguna ocasión la impaciencia llegó, no a rozar la ilegalidad, pero sí a forzar la situación, como cuando mi hermana mayor regaló a mi padre un niño mofletudo y alado correspondiente a la parte de atrás y que había cambiado a una niña de la familia por una muñeca de porcelana. Recuerdo la reprimenda de mi progenitor, la defensa de la niña (estaba viejo y cayéndose, de verdad que estaba viejo y cayéndose) y la cara de felicidad con que lo contempló en cuanto se creyó a solas. Ustedes recordarán que para subastar el mueble cambiaron una broncínea pata de león bastante dañada. Era la última pieza original y yo les ofrecí unos euros por ella. Una vez colocada en su lugar, conseguí el puzzle completo y una cómoda exactamente igual a la que ustedes tienen ahí encima, sólo que mucho más vieja, mucho más ajada y, sobre todo, mucho más… auténtica.

Lupión respiró hondo, cogió un canapé con espinaca azul y dijo con una amplia sonrisa:

—El barco de Teseo.

Hubo un silencio de interrogación, y Lupión prosiguió:

—Cambia la cómoda por un barco y tendrás la historia griega original, la historia del barco de Teseo. Ese francés tiene razón: no es un problema de expertos en arte, sino de expertos en identidad. La cómoda que él tiene está hecha con las piezas originales, aunque a la que tenéis vosotros no se le puede negar su reclamación de autenticidad.

Andrés se levantó para estirar las piernas y juguetear con los perrillos de Lupión, quien me preguntó:

—¿Por qué interferir en la subasta? ¿Por qué no quedarse con su cómoda auténtica?

—Supongo que quiere, mediante este golpe de efecto, reclamar la posesión de la auténtica obra. En el mundillo de los coleccionistas de antigüedades, como en todos los mundillos, la gente se conoce. Si quería entrar en él o dejar claro que posee un mueble de Cressent, tal vez para venderlo a un elevadísimo precio, este era un buen momento. Sólo podía autentificar su cómoda demostrando que la nuestra no era la auténtica, porque… porque las dos cómodas no pueden ser auténticas… ¿O sí?

Lupión me miró de un modo distinto, o así me pareció, y Andrés volvió a sentarse. Yo noté cómo me recorría una apasionada curiosidad por ese hombre solitario.

—No es un problema fácil —reflexionó Lupión—. El argumento a su favor está claro: las piezas son las originales. El vuestro es el siguiente: si una cosa se explica, y en esto me apoyo en Aristóteles, por su materia, su forma, su constructor y su finalidad, la cómoda del francés cuenta claramente con la materia original, pero la forma y la finalidad, y tal vez el constructor, los posee vuestra cómoda, puesto que ha sido fiel a lo que inicialmente era, manteniendo la misma esencia (lo que he llamado forma), y ha servido al objetivo primero durante más de dos siglos (la finalidad). En cuanto a Cressent, el ebanista, creo que diría que vuestra cómoda es la que él hizo, pues, al fin y al cabo, la del heredero francés la ha hecho —rehecho— él mismo, o más bien, él y sus ascendientes. Así pues, ganáis tres a uno.

¿Cómo podría vivir solo ese hombre? ¿Pero realmente vivía solo? Andrés parecía decirme: te lo advertí, siempre tiene una buena respuesta. Y seguir diciéndome: te lo advertí, te vas a sentir atraída por él.

—Imagino —dije— que será un juez quien finalmente decida, pero dado lo rocambolesco del asunto no es raro que atienda este tipo de razones en manos de un buen abogado.

—Puede vuestro abogado añadir también lo siguiente: todas las piezas que componen vuestro mueble han estado en contacto con al menos alguna original.

— Excepto la última, claro.

— En efecto, pero ella entra en contacto con las que han estado en contacto con alguna original. Y, retomando lo anterior, todas ellas formaban parte de un conjunto heredero de la intención inicial del ebanista. Pese a los recambios y las restauraciones, el mueble seguía siendo considerado y funcionando como la cómoda que Cressent vendió a M. de Selles. Seguía, digámoslo así, siendo portador de la memoria del objeto, lo que no ocurría con las piezas desechadas. Porque tu cuerpo sea otro al de tu infancia no eres otra persona. Mantienes la misma identidad pese a los cambios. Es más, gracias a los cambios, porque la identidad humana consiste en cambiar. 

—La humana, tú lo has dicho.

—La humana consiste en cambiar en función de lo que le pasa y de lo que decide. Pero también sirve lo dicho para tu cómoda, si bien sus cambios provienen todos del exterior, de los avatares del tiempo. Lo que sostengo es que la identidad está en la memoria, y tu mueble es, de los dos, el que la tiene, al que le han ocurrido esas cosas. El del francés está compuesto de piezas con memorias particulares, que tienen en común el momento en que estuvieron juntas, pero que luego siguieron caminos separados. La memoria del mueble qua mueble, sólo la tiene vuestra cómoda.

—¿Y qué pasa con los amnésicos? —preguntó Andrés maliciosamente.

—Perder la memoria —se dirigió a él Lupión—  no significa perder la identidad, sino que uno mismo no puede acceder a ella. Pero pueden los demás, lo que quiere decir que la tienes. En ese sentido, y sólo en ese, es como la cómoda de la casa de subastas, que no puede saber quién es pero que no por ello deja de serlo.

Cavilamos en silencio los tres durante un buen rato, y entonces Lupión se levantó y nos dijo:

—Y ahora a comer.

Andrés pasó al cuarto de baño y, antes de abandonar la mesa para preparar la comida, Lupión me dijo:

—Es todo lo puedo decirte…

Pero no había cerrado la entonación, y mirándome a los ojos, después de un silencio y antes de entrarse, lo hizo diciendo:

— …en cuanto a la subasta de la cómoda.

Un mundo pareció entreabrirse.


APÉNDICE PEDAGÓGICO
El barco de Teseo (o La identidad: Psicología o Antropología)

1. Al comienzo del cuento se nombra una ciencia.
a) ¿Cuál?
b)  ¿Qué estudia?
c) En una clasificación de las ciencias usando el criterio de su relación con la experiencia y del tipo de objetos que estudian, ¿dónde colocarías a esta ciencia?
d) Nombra tres autores destacados en esta ciencia.

2. En el principio del cuento hay dos referencias mitológicas: a Ícaro y las sirenas. Busca información sobre uno y otras.

3. Cerca de ese lugar se habla de Freud.
a) ¿Quién fue?
b) ¿A qué se refiere el texto con la expresión el inconsciente?

4. Cuenta quién fue Teseo.

5. Y ahora cuenta la paradoja del barco de Teseo.

6. En la intervención de Lupión que comienza "No es un problema fácil", aparece nombrado un filósofo griego.
a) ¿De quién se trata?
b) ¿Qué relación tiene con Platón?
c) Explica la teoría de las cuatro causas que aparece en el texto.
d) ¿Qué otro nombre, según las palabras del propio texto, podemos dar a la forma?

6. ¿Con qué se relaciona, al final del cuento, la identidad?


ALGUNOS AUTORES Y TEMAS TRATADOS A LO LARGO DEL LIBRO NUEVOS CUENTOS DE LUPIÓN
Autores: Sócrates, Platón, Aristóteles, Freud, Türing, Heidegger.
Temas: Teoría de la reminiscencia platónica, concepto de inteligencia, distinción y relación entre lo físico y lo psíquico, ejercicio de lógica, concepto de símbolo, concepto de comunicación, diferencia entre la comunicación humana y animal, tipos de realidad, teoría platónica de la realidad, concepto de Sociología, clasificación de las ciencias, teoría de Freud, teoría de las cuatro causas aristotélica, concepto de esencia, cuestión de la identidad, cuestión de la memoria.


jueves, 29 de agosto de 2013

Nota preliminar y el primer cuento de Cuentos rotos

NOTA PRELIMINAR
           
            Los cuentos que constituyen este libro comparten una misma atmósfera y unas mismas preocupaciones. Adelantarlas sería restar frescura al primer encuentro con ellos, pero explicar brevemente la estructura de su agrupación aclara la forma sin apenas tocar el contenido. Los cuentos que caen bajo el mismo número romano tienen una intención similar. Así, el primer cuento y el último, ambos cabe el I, tienen vocación de totalidad en el contexto de este libro. Los cuatro cuentos, dos tras el primero y dos delante del último, señalados con el II, juegan a forzar la estructura. Los tres y tres bajo el III quieren ser serios y apuntan a la hondura. Los cuatro centrales que forman el IV buscan, por el contrario, la ligereza y la sonrisa.

  I
 TOUT EST DIT                                 
“ tropezamos/
  con el pasado al avanzar, todo es renuevo”
   (Unamuno)
   
Tout est dit, et l’on vient trop tard    
depuis plus de sept mille ans qu’il y a des
hommes et qui pensent.
(La Bruyère)




            ¿Sabe usted cuál es mi problema? Que siento unas terribles ganas de decir, que tengo vocación de narrador, y a la vez siento hambre de autenticidad. Eso hace que todo cuanto escriba me resulte inane, vano, humo, nada. Todo está ya dicho, todo está experimentado, y, lo peor, hemos sometido todo al análisis y cogido las vueltas a lo que nuestros padres todavía disfrutaban con la ingenuidad del niño que se deja engañar. Conocemos los mecanismos de todos los juguetes, aunque para ello hemos tenido que romperlos.
            Creo que es el problema de nuestro tiempo, que sabemos demasiado. Por eso somos tan ignorantes y tan infelices.
            Sé que ahora mismo estoy contando, y precisamente me refiero a esta sensación que tengo, la sensación de que puede usted ver las intenciones de mi relato, su técnica, sus trucos. Y no porque no se oculten como siempre se ha hecho, sino porque nuestra mirada ha cambiado, se ha vuelto analítica y destripadora, insaciable.
            ¿Pero sabe lo que también pienso? Que esta impresión de haber llegado a un callejón sin salida, de que nada puede ya decirse, es algo exclusivamente personal y que no refleja el estado de cosas. No es que no pueda ya contarse nada, es que yo no puedo contarlo. Pretender que uno ha ajustado su sensibilidad a la del tiempo es pecar de ingenuidad y soberbia a la vez. Si las cosas parecen haber perdido su sabor el problema puede ser de mi lengua, no de las cosas. Al fin y al cabo, decir que todo ha sido dicho también ha sido dicho, y no desde hace poco sino al menos desde que el Eclesiastés proclamó su nihil novum sub sole.
            He sufrido y he visto sufrir demasiado, y odio recrearme en el dolor. El cerdo prefiere el estiércol al agua limpia, el asno los desperdicios al oro, enseña Heráclito, y yo no quiero ser cerdo ni asno. Por eso, cuando la amargura me atenaza la garganta porque todo me resulta sin sabor, pongo cara de hombre resuelto y busco un estado y una ciudad: la soledad y París.
            ¿Por qué París? No podría decirlo, y eso me alegra. Por mucho que he leído sobre él, el juguete París no he podido destrozarlo, rechaza una y otra vez el análisis. Así que, junto con Lede, mi mujer, es lo único que para mí conserva todavía la atmósfera impenetrable del encantamiento.
            Las ciudades europeas están cargadas de historia, y París lleva especialmente sobre sus espaldas ese peso. Sin embargo, hay en ella una vitalidad contagiosa que ayuda a disipar esa sensación de que el mundo está gastado y uno ha leído ya todos los libros.
            Diez días he estado en París y he recuperado la forma. Vuelvo a casa con el alma más ligera y un cuento en la mochila.
            El cuento se me ocurrió cuando paseaba el domingo por la Avenue Montaigne. Sabrá usted que ahí se concentra un buen puñado de tiendas de lujo. Yo me fijé en la de Christian Dior, que en realidad eran tres locales. En los escaparates del destinado a ropa, estudiadamente diseñados, las maniquíes vestían de otoño. En la joyería la persiana tapaba anillos y pendientes y en la boutique infantil había expuestas prendas de niños bien y unos zapatos encerrados en una jaula. Entonces pensé que Bede sería un hombre que había ido a París en busca de soledad y consuelo, y que un domingo, delante de Christian Dior, se pone a echar fotos. Con mi cámara empecé a hacerlo yo, mientras pensaba cuál sería el motivo de Bede, para qué querría él fotos tan detalladas como las que yo estaba tirando sobre las puertas, los escaparates, los edificios. Era fácil: su motivo sería el mío, inventar un personaje que tirara fotos con exhaustividad a Christian Dior. El abismo se abría, la recursividad era el recurso: también el personaje de Bede inventaría un personaje que echaba fotos para inventar un personaje que echaba fotos para inventar… Me dio vértigo imaginarme la sucesión de personajes, uno dentro de otro, como las muñecas rusas, que estaba generando, y más vértigo aún pensar que tal vez yo no era el comienzo de la serie.
            ¿Ve usted? Ya estamos otra vez. Le cuento el cuento y veo lo gastado que está, cuántas veces se ha dicho. Sí, ya sé que los escritores más encumbrados hoy día también escriben libros ya leídos, pero ¿es eso consuelo? Al contrario, justo ese es mi desconsuelo, ser capaz de ver libros de segunda mano en los libros con olor a nuevo que acaban de publicar mis escritores favoritos.
            ¿Quiere usted que le cuente cómo continuaba el cuento o lo ha adivinado ya? Sí, en efecto, me detuvieron, a mí, a mi personaje y a los infinitos personajes creados por los infinitos personajes. Y me detuvieron porque al día siguiente los empleados de Christian Dior descubrieron que habían robado en la joyería. Las cámaras de seguridad habían grabado a un hombre de unos cuarenta años fotografiando el más mínimo detalle de la fachada de los locales. La policía francesa no es como la española, con su complejo de culpa por los excesos cometidos en otro tiempo, así que puede suponer que no fue fácil convencerlos de que en realidad era un escritor haciendo lo que mi personaje y lo que todos los personajes de una serie infinita. Dudé mucho si decirles que ellos también eran ya personajes golpeando al protagonista, y que también se repetían infinitamente. Era un arma de doble filo: podían entenderlo todo o tomarlo como una burla. Al final se lo dije, claro, cómo morderse uno la lengua cuando un hallazgo estético pugna por salir. ¿Hallazgo? Ya sabe usted: no. Ya no hay hallazgos.
            Así que esta tarde todos, mis infinitos personajes y yo, tal vez mis infinitos creadores también, hemos cogido el tren en la Gare d´Austerlitz y estamos hablando con usted en la cafetería, es decir, con ustedes, con los infinitos ustedes en los que se despeña la mente cuando quiere decir, hoy, algo nuevo.


martes, 27 de agosto de 2013

Los tres en Amazon

Los casos de Lupión, Nuevos casos de Lupión y Cuentos rotos ya están también en versión digital. Los dos primeros contienen un apéndice para su uso en las clases de filosofía de Bachillerato que no aparece en la versión impresa. El tercero es una propuesta literaria que contiene 16 cuentos y poco accesible en su versión impresa. 
http://www.amazon.es/s?_encoding=UTF8&field-author=Juan%20Fernando%20Valenzuela%20Maga%C3%B1a&search-alias=digital-text


                                                    Cuentos rotos

miércoles, 21 de agosto de 2013

Los casos de Lupión en versión Kindle

Aparece en Amazon una versión digital de Los casos de Lupión. La novedad de esta versión es que tiene un apéndice que permitirá su uso en las clases de Filosofía y Ciudadanía (1º Bachillerato) e Historia de la Filosofía (2º Bachillerato).





http://www.amazon.es/Los-casos-de-Lupi%C3%B3n-ebook/dp/B00EO1M338/ref=sr_1_2?ie=UTF8&qid=1377070521&sr=8-2&keywords=Juan+Fernando+Valenzuela+Maga%C3%B1a

lunes, 8 de julio de 2013

Blanco roto. El friki (y 2)

                                                                                                                    BLANCO ROTO

                        EL FRIKI (y 2)

            Habíamos quedado en fijarnos en la figura del friki como persona ducha en las nuevas tecnologías y acaso brillante en una disciplina científica, con gusto por la ciencia ficción y con torpeza en las relaciones sociales, y nos preguntábamos si esa figura era el sabio contemporáneo. Del primer filósofo, Tales de Mileto, se cuenta que cayó a un pozo por ir mirando los astros, y que una joven campesina tracia se rió al ver la escena. Puede que el intento de abarcar el universo le valga al sabio un tropezón, pero esto no significa que no sepa tratar con la realidad (aunque Kant sospechaba que el don del pensador era como aquel con el que Juno honró a Tiresias, cegándolo para dotarle de la facultad de la adivinación). Del propio Tales nos cuenta Jerónimo de Rodas que, conociendo que se avecinaba una gran cosecha de aceite, tomó en arriendo muchos olivares y ganó una fortuna, es de suponer que precisamente gracias a mirar más allá de sus narices, demostrando acaso que la sabiduría no aniquila necesariamente la facultad para enriquecerse, aunque sí el interés por ello. Pero incluso admitiendo la similitud de una cierta torpeza práctica entre el friki y el sabio, no debemos confundirnos. El sabio atesora preguntas, el friki respuestas; el sabio profundiza, el friki se extiende; el sabio mira el todo, el friki es un especialista. Así que el friki sería el heredero del erudito, no del sabio. Sin embargo, hay una diferencia esencial entre ellos: mientras el erudito vive de la tradición, el friki ha roto con ella. Por eso es un fenómeno de nuestro tiempo.

Artículo aparecido en Diario Jaén, probablemente el viernes 28 de junio de 2013