miércoles, 1 de julio de 2026

Diversión

  Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 25 de junio de 2026.

 

DIVERSIÓN


            Aunque no para todo el mundo ni en la misma medida, el verano es tiempo de vacaciones y estas van asociadas a la idea de diversión. Y es de esto, y de su aparente contrario, el aburrimiento, de lo que me gustaría hablar hoy.

Siempre que alguien me propone hacer algo divertido que no me atrae lo más mínimo me acuerdo del libro de Foster Wallace Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, sobre su estancia en un crucero de lujo. Y también me acuerdo de aquello de Baudelaire de que es mejor trabajar que divertirse porque esto último aburre más. Y es que lo que a unos divierte a otros aburre soberanamente y a la inversa. A Pascal su padre lo castigaba con NO hacer ejercicios de matemáticas.

La diversión nos aparta de lo cotidiano. Recordemos al respecto la distinción latina, entre el ocio y el negocio, es decir, entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo.

            Así que cuando alguien (algunos hay) se divierte trabajando, queremos decir que disfruta con lo que hace, pero no se trata propiamente de diversión. Esta supone evasión. Ahora bien, yo veo tres formas de evasión diferentes. En la primera, quien se evade lo hace recorriendo una vida a veces más auténtica que la habitual, a veces complementaria de esta. Cuando alguien en su tiempo libre explora ciertos libros, se interesa por determinadas películas o entra en contacto con la naturaleza, está tratando con deleitosas y enriquecedoras entidades. Sería forzar las palabras, por muy bien que se lo pase, decir que se divierte. La diversión abarcaría, a mi juicio, solamente los otros dos tipos de evasión. Uno sería el entretenimiento alegre, descansado, jovial e intrascendente. Una partida de ajedrez carente de pretensiones, un juego, un deporte, entrarían en esta categoría. El otro sería la evasión como huida, como modo de no escuchar voces interiores que podrían surgir en el tiempo en que no estamos ni trabajando ni dedicándonos a algo que nos apasiona ni con un descanso entretenido. Hoy día tenemos a mano, nunca mejor dicho, el instrumento que nos proporciona esta diversión: el móvil. El scroll que se hace en él supone, según se confiesa, una pérdida de un tiempo que se pasa volando y en el que cualquier vacío que uno pueda tener queda taponado. Pero esta diversión no es nueva, y las mismas cosas ligadas al entretenimiento positivo del que hablábamos pueden funcionar de este modo. Pascal (el mismo al que su padre prohibía hacer ejercicios de matemáticas como castigo) advertía en el siglo XVII contra el divertissement como mecanismo para escapar a las preguntas vitales que uno se hace si se encuentra a solas consigo mismo. Pero leyendo los Pensamientos de Pascal vemos que esos juegos parecían tener más éxito que los nuestros para conseguir la distracción y que el hombre no se quedara ante el espejo. ¿Qué hubiera visto un hombre del siglo XVII en el espejo y qué ve ahora? Según Pascal, lo que hubiera visto (y lo que escondía tras las ocupaciones y las diversiones) era la miserable condición humana. Hoy es el vacío, la ausencia de experiencia. La consecuencia es entonces el aburrimiento. Parece haber un consenso en que el aburrimiento tal como lo conocemos es un fenómeno moderno que aparece en el paso del siglo XVIII al XIX, a las puertas del Romanticismo. Hoy día hay todo un ámbito de investigación denominado los “Boredom Studies” (“Estudios del Aburrimiento”). Pero de eso hablaremos otro día.

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Modestia aparte

  Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 28 de mayo de 2026.


MODESTIA APARTE

 

            En la bolsa de valores éticos hay, como en la de los económicos, sus fluctuaciones. Virtudes que fueron muy consideradas durante una época son arrumbadas en el desván de los trastos viejos en la siguiente. Yo tengo la impresión de que en los últimos tiempos la modestia cotiza a la baja. Es verdad que es esta una virtud muy enrevesada y que podemos confundir con sentimientos como la vergüenza o el pudor. Por eso conviene despejar un poco el terreno para ver qué es (o que propongo que entendamos por) la modestia. Más que como “no creerse de importancia o valor” podemos definirla como “no manifestar que se tiene mucha importancia o valor”. Es una virtud social, diría yo, que se juega en las relaciones con los demás, aunque también tenga un punto íntimo, de relación de uno consigo mismo, de valoración personal de lo que uno es o hace (como si nos dijéramos: al fin y al cabo, no es para tanto).

            Es posible que una de las causas de la pérdida de valor de la modestia estribe en que en nuestra sociedad del espectáculo es requerida la exposición para dar algo a conocer. El premio Nobel de Física Peter Higgs (el del bosón) dijo que en este tiempo es probable que no lo consideraran académicamente valioso debido a que no entraría en el juego de la autopromoción, de la hiperpublicación y de la abundancia de citas y autocitas. Tal atención a que atiendan a uno resta el tiempo y la calma precisos para trabajar.  “El buen paño en el arca se vende” es ya un refrán para tiempos pasados, en los que los estudiosos salían al encuentro de los hallazgos, los aficionados al arte al de los cuadros y los lectores al de los libros. Hoy eso se ha invertido. El creador, sea científico o artista, ha de salir al encuentro de su público. Me pregunto qué parte de su tiempo y de su energía invierte en promocionar su obra. Como siempre que se confunden medios y fines, los primeros acaban a veces por ocupar el lugar de los segundos, que pasan a ser una mera excusa. La promoción de la obra adquiere más valor que la obra misma, y esta parece ser la ocasión de aquella. Es el mismo mecanismo que impera en las fotos (publicadas, claro, si no para qué hacerlas) con las que se da testimonio de que se ha estado en un sitio exótico o se ha comido algo fuera de lo normal. El resultado es un alejamiento de la experiencia y su sustitución por algo que es su simulacro.

            Esta situación da lugar a que la modestia, que tiende a ocultar el talento, acabe por sepultarlo, y su opuesto, el descaro, termine aflorando por doquier. El filósofo del siglo XVIII David Hume ideó una alegoría para intentar explicar ambas actitudes. En ella la Desconfianza, que empieza unida al Vicio y la Locura, acaba dulcificándose en compañía de la Virtud y la Sabiduría y se convierte en Modestia. La Confianza, por su parte, empieza unida a la Virtud y la Sabiduría, pero termina con el Vicio y la Locura, degenerando en Descaro. Si ponemos en relación esta lúdica y lúcida alegoría con el análisis que hace Aristóteles de la magnanimidad como la virtud que tiene el hombre que, siendo digno de grandes cosas, se considera merecedor de ellas, podemos ver que esa sería la Confianza de Hume. El Descaro correspondería a la vanidad aristotélica (que consiste en juzgarse digno de grandes cosas siendo indigno). Y la Desconfianza a la pusilanimidad, juzgarse digno de menos de lo que se merece. Y lo que habría ocurrido, a mi modo de ver, es una especie de traslación en la tríada aristotélica. La magnanimidad ha degenerado en vanidad (la Confianza humeana en Descaro) y la pusilanimidad (la Desconfianza humeana) ha mejorado, no para llegar a ser magnanimidad, pero sí algo más cercano a ella y, por supuesto, ya no vicioso sino virtuoso: la modestia. Por qué es así como ve las cosas un filósofo de una época basada precisamente en el yo nos llevaría muy lejos. Quedémonos con esa sospecha y ese riesgo de que se esté normalizando el golpe autoafirmativo de pecho y de que no se pueda ser nada ya sin él.

 

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

             

 


 

martes, 5 de mayo de 2026

El erizo

 Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 30 de abril de 2026.


EL ERIZO


           He hablado en estas páginas de las asociaciones mentales que ciertos animales (el perro, el gato, el cisne, el loro…) me provocan. Hoy quiero traer al erizo. Hay un verso de Arquíloco que dice así: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”. ¿Cómo interpretar este verso? Quizá lo que quiso expresar el poeta griego es que por mucha astucia y medios de que disponga el artero zorro, no puede doblegar al erizo que, con su único recurso, consigue defenderse con solvencia. El historiador de las ideas Isaiah Berlin utiliza esta contraposición para hablar de escritores y pensadores que, o bien van tras múltiples objetivos, actuando a diferentes niveles y sacando el jugo de “gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos” (los zorros) o bien tienen una visión central única, un sistema en el que integrar lo particular (los erizos). Él mismo reconoce que se trata de una clasificación simplificadora, pero no inútil. Esta distinción se toca con otras como la del práctico y el teórico, o la del empírico y el racionalista, o la del ilustrado y el romántico.

            Thomas Mann comienza su texto sobre Schopenhauer señalando el carácter estético que tiene un buen sistema metafísico, destilado, digamos, por un erizo. Pero el propio Schopenhauer hablaría también de este animal, según mi memoria evoca. Una parábola suya cuenta lo siguiente. Unos erizos sienten frío y se acercan unos a otros, pero cuanto más cerca están, más dolor les producen las púas vecinas. Al alejarse, vuelven a sentir frío, con lo que a la postre han de ajustar la distancia para conseguir la más soportable. Schopenhauer quiere ejemplificar así, con su acostumbrado optimismo, las relaciones humanas: “Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros”. Para este filósofo alemán, la distancia adecuada es la cortesía y las buenas costumbres. “Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas”. Eso sí, quien tenga calor propio haría bien en mantenerse alejado de la sociedad para no causar o recibir ninguna molestia. No está muy claro si la parábola apunta exclusivamente al mundo social o si se refiere también a las relaciones personales. Son dos dimensiones completamente diferentes y, si pensamos en la amistad o el amor, la distancia cortés es muy cuestionable, incluso si hablamos de espinas: “En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día; / ya no siento el corazón”, cantaba Machado. En cualquier caso, puede que esta parábola diga más de Schopenhauer o de quien la traiga a colación que de las relaciones humanas en sí. También nos sirve para darnos cuenta de cómo se confunden a veces las cosas. A mí me gusta, cuando escucho o leo este tipo de referencias repetidas, acudir a la fuente original. En este caso se trata del libro Parerga y Paralipomena, que le supondría al filósofo la fama que hasta entonces le había rehuido. Lo publicó a duras penas, pues el editor de El mundo como voluntad y representación (la obra hoy más famosa de Schopenhauer), escarmentado por el fracaso de las dos ediciones que había hecho de esa obra, rechazó el único manuscrito que le habría proporcionado una ganancia económica. Pues bien, si vamos al texto de la parábola resulta que Schopenhauer no habla propiamente de erizos, sino de… puercoespines. ¿En qué momento se produjo el cambiazo?

            Dejo de nuevo la mente vagar y me aparece un tercer erizo, el medieval. Es este un erizo previsor. En el momento de la cosecha, se sube a una vid, sacude las uvas para que caigan y luego rueda clavando sus espinas en ellas para transportarlas hasta su madriguera con el fin de alimentar a sus crías. Para protegerlas, cuando sopla el viento del norte o del sur bloquea el agujero correspondiente de su madriguera.

            Y hasta aquí las evocaciones de este punzante animal.

            

 


 

 

domingo, 5 de abril de 2026

El origen del género policiaco

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 2 de abril de 2026.

           

EL ORIGEN DEL GÉNERO POLICIACO

 

Dado que este mes de abril está vinculado al libro, me gustaría hablar de un género que parece gozar de buena salud y que sospecho ha estado presente para no pocos lectores en el comienzo de su gusto por la literatura.

La aparición de una nueva idea, una nueva filosofía o un nuevo género literario es un acontecimiento cuya importancia es difícil de exagerar. En la primera mitad de la cuarta década del siglo XIX, Poe echa a andar por donde nunca antes se había transitado. El año 1841 publica Los crímenes de la calle Morgue, considerado el primer texto del género policiaco. Otros dos cuentos, El misterio de Marie Rogêt (1842-3) y La carta robada (1845), comparten con él la presencia del detective Dupin y la importancia en el origen de esta tradición literaria. Se trata de textos fundacionales en los que pueden verse aspectos básicos del género. C. Auguste Dupin, un  joven caballero de excelente familia que se ha empobrecido y vive de una pequeña renta, amante de la soledad y la privacidad, resuelve los casos sin tocarlos, es decir, por mero análisis racional: será el modelo del detective. El narrador es un amigo y admirador suyo, como lo será el Watson de Sherlock Holmes. La oposición entre la inteligencia excéntrica del detective y la convencional de la policía aparece también en estos cuentos. Encontramos asimismo una solución sencilla, uno de los principios de la ficción detectivesca que alcanza su más alto grado en La carta robada. En fin, los propios temas tratados serán también canónicos, especialmente el tema del cuarto cerrado.

            Si miramos ahora la relación del nacimiento y expansión del género con su contexto histórico y social, encontraremos otro rasgo fundacional en este trío policial de ases. En un mundo que estaba asistiendo al nacimiento de las grandes ciudades (París y Londres, sobre todo), en las que la multitud era el lugar del anonimato y de la ruptura de los antiguos vínculos de la comunidad, y en el que el afán de catalogación y medición, de matematización del mundo, que la modernidad llevaba en sus genes, encuentra o crea unos instrumentos tan útiles a su objetivo como la antropometría o la huella dactilar, la figura de un criminal que se oculta entre la multitud y de un detective que lo busca en ese laberinto moderno están listas para dar lugar a un nuevo género. Walter Benjamin ha relacionado en su estudio sobre el “flâneur” la amenaza que supone la masa como asilo del asocial con el nacimiento de las historias de detectives. Si Poe elige París como el escenario de esas tres primeras historias fundacionales, no es por el motivo que aduce Borges, quien sostiene que lo hace para subrayar el carácter fantástico, no realista, de estas historias: París es para el lector de ellas algo exótico, como el lejano Oriente para un europeo. Puede que el relato policial no sea un género realista, pero no me parece esa la explicación de la elección de París como escenario. Yo la veo en el hecho de que se trata de una gran ciudad y ese es el marco adecuado a las historias detectivescas. El aspecto amenazador que tiene la multitud de una gran ciudad es fundamental en el segundo de estos tres cuentos, El misterio de Marie Rogêt, donde se habla de “la gran desproporción entre las relaciones personales (incluso las del hombre más popular de París) y la población total de la ciudad”. Poe era muy sensible a este hecho, como lo demuestra su cuento El hombre de la multitud, publicado el año anterior al del primer cuento de Dupin.

            Esto nos lleva al contraste, también presente en estos tres textos, entre el interior y el exterior o entre la vida privada y pública. Ese contraste aparece de un modo manifiesto entre el carácter doméstico, aislado, del detective y el mundo de fuera. También podemos verlo en la propia sustancia de la literatura policiaca, como el secreto que se oculta entre la multitud, como el crimen privado que ha sacarse a la luz, como la doblez del criminal antes de ser reconocido. 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




viernes, 6 de marzo de 2026

Cartas

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de marzo de 2026.


CARTAS

¿Cuándo dejamos de recibir cartas personales? ¿Cuál fue la postrera de un amigo, de una novia, de un familiar, que nos llegó? ¿A quién enviamos la última, sin saber que se trataba de la última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es curioso: en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo guardamos nosotros. Conservo en una caja, atadas con gomas, multitud de cartas recibidas. Cuántas veces, hace ya muchos años, las habré releído. En una de ellas, recuerdo, había arena de una playa de Almería, sorprendente originalidad con que me obsequió el remitente. ¿Y dónde estarán las que yo escribí? ¿Las habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar, una tarde plomiza y triste de invierno? ¿O en aquella escrita en mi primer año de clase, sobre la mesa para mí todavía desacostumbrada del profesor, mientras los alumnos terminaban su tarea?

Por eso, además de inquietante estupor, me suscita pena una noticia de 2022, cuyo titular reza así: “Encuentran 20.000 cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y 2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de acuerdo con el desenlace que se insinúa: “lo más probable es que, salvo que se encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean destruidas y no lleguen a sus destinatarios”.

Contrastan con esta noticia aquellas en las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. En las que tengo recopiladas una epístola puede tardar un siglo o más en llegar. La más entrañable es la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial. Su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y ahora, a los 99 años, ha recibido la carta, rescatada de un barco hundido por un submarino nazi. “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”.

Lo que nos lleva a Renaud Morieux, profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, quien, haciendo un trabajo sobre prisioneros franceses en Inglaterra, se topó en un archivo con “tres legajos unidos por una cinta”. Eran cartas, pequeñas y selladas. Habían sido enviadas a los marineros del buque francés Galatée, pero este fue apresado por los ingleses en el contexto de la Guerra de los Siete Años (siglo XVIII) y las cartas, que no llegaron a ser leídas, incautadas por la Marina Real Británica. Morieux las ha descifrado (conflictos familiares, palabras de amor, saludos) e investigado sobre los destinatarios.

Recuerdo ahora el ensayo de Pedro Salinas sobre las cartas, que escribió en el exilio. Es un largo y delicioso texto a la vez análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y mirada a la situación de su tiempo, los años cuarenta del siglo pasado, en los que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas se detiene en las cuestiones que le salen al paso: los buzones, la privacidad y publicidad de las cartas, el epistolario de Madame de Sevigné, la relación de mujer y carta en los cuadros de Vermeer de Delft, los escribanos públicos qué él conoció en su mocedad y que, en cuchitriles, ejercían el oficio de poner en palabras los anhelos de mozas enamoradas que no sabían escribir, los manuales de correspondencia…

No es poco lo perdido con las cartas. Al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y al otro.

Un abrazo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




  

sábado, 7 de febrero de 2026

El paraguas

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de febrero de 2026.


EL PARAGUAS 


            Cuando uno observa en un museo objetos humildes que pertenecieron a alguien (una brocha de afeitar, una estilográfica, unas gafas, una camisa, un bastón, un reloj) se da cuenta del cambio que se ha producido en nuestra relación con las cosas. En un mundo donde gran parte de nuestra vida ocurre en las pantallas y en el que tratamos con entes virtuales, y donde, por otra parte, los objetos son de usar y tirar, diseñados para una corta duración y que, cuando duran más, se quedan obsoletos, las cosas no son sino aquello de lo que pronto nos desprenderemos para sustituirlo por algo más actual. Cojamos al azar un libro de Azorín y veremos cómo mira lo ordinario, lo familiar, lo pequeño. Ese gusto por enseres cotidianos, esos “primores de lo vulgar” (Ortega) reflejan la manera que tenían nuestros antepasados de acercarse a su entorno. Un peine podía durar toda la vida, y en sus púas se enredarían los fuertes pelos juveniles, y luego los más débiles de la madurez, y las canas de después, y habría acompañado a la persona en distintas viviendas y ciudades y quizá países, y de algún modo recordaría la mano vigorosa que lo sostuvo recién estrenado y la temblorosa mano que lo sostiene en la vejez. Pensemos también en los libros, con un nombre y una fecha, que al sacarlos del anaquel nos devuelven dos tiempos ya idos, el de la historia contada y el de nuestra propia historia cuando compramos o nos regalaron ese volumen que acariciamos con la mirada perdida en pretéritas lejanías; comparémoslos con los libros digitales, leídos todos sobre la misma superficie de seis pulgadas.   

            Pero yo quería hablar hoy de otro de estos humildes objetos: el paraguas. Las lluvias que habíamos olvidado y que ahora regresan nos han llevado a abrirlos. A diferencia de otras cosas que conservo desde hace más de cuarenta años, mis paraguas sabían que cambiarían pronto de manos porque los perdería. Así que más que de los míos, me acuerdo de los literarios. El del comienzo de Niebla de Unamuno (otro comienzo, como aquellos que comentábamos en el artículo del mes pasado) lo llevo conmigo desde la adolescencia: «Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el entrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto». Y Augusto reflexiona sobre el uso de las cosas: «Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas—pensó Augusto—; tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en El. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males».

            Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. La imagen de este filósofo contiene su paraguas, y él mismo cuenta que una vez, en medio de una tormenta terrible, “solo y abandonado por todos”, se le fue volando. Dudó si dejarlo ir por su deslealtad. Lo apreciaba tanto que lo llevaba aunque hiciera sol. Y aquí unas palabras que lo relacionan con ese principio de Niebla: “De hecho, para mostrar que no solo lo amo por su utilidad, a veces camino arriba y abajo del salón y me imagino que estoy fuera, me apoyo en él, lo abro, apoyo mi barbilla en su empuñadura, lo acerco a mis labios, etcétera”. El catálogo de la subasta de los enseres de Kierkegaard nos dice que tenía tres paraguas: uno de seda verde, otro de seda negra y uno pequeño. Objetos tan humildes como personales.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




viernes, 9 de enero de 2026

De nuevo el principio


Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 8 de enero de 2026.


                                               DE NUEVO EL PRINCIPIO 

Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué.

                En el comienzo del Quijote (“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”), la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido (el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”), supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de Ana Karenina de Tolstoi (“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”), el de La Regenta de Clarín (“La heroica ciudad dormía la siesta”) o, en nuestros días, el de Corazón tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

                En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de El proceso (“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”) y el de La metamorfosis (“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”). Llama la atención que, en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del poema titulado El crimen, de José Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio de El doble, de Dostoyevski: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En El castillo, sin embargo, y volvemos a Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche cuando K. llegó”, y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse (aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese pueblo). Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la póstuma publicación de este libro.

                Es curioso que también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea de que ya era hora de dormirse. Como en El castillo, hay un dormir y un pronto despertar.

                La voz que cuenta en la Divina Comedia de Dante, ese monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida/ me hallé en el medio de una selva oscura/ después de dar mi senda por perdida.” Luego encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el Purgatorio.

                Por supuesto, podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios literarios que mi mente ha asociado libremente sirvan de felicitación a los lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña





viernes, 12 de diciembre de 2025

El paseo

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 11 de diciembre de 2025.

EL PASEO

            Hace ya muchos años leí unas palabras que dijo Machado al hilo de una entrevista o de una autopresentación: “Mis aficiones son pasear y leer”. Hoy me pregunto qué fue del paseo. Se anda, se hacen 10 000 pasos diarios, pero ¿se pasea? Recuerdo que cuando yo era pequeño la gente, en una estampa hoy inimaginable, recorría la calle central de mi pueblo, hacia arriba y luego hacia abajo y luego de nuevo hacia arriba, charlando durante una o dos horas. Era ese un paseo en compañía, pero también existía el paseo en solitario. Salir a pasear, eso es lo que hacía Rousseau cuando vivía en París, según él objeto de una conspiración que lo había apartado de la sociedad: “Heme aquí pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo. El más sociable y más amante de los humanos ha sido proscrito por un acuerdo unánime”. Decidido a describir el estado de su alma en esa situación, se propone, nos dice en Las ensoñaciones del paseante solitario, registrar sus paseos y las ensoñaciones que en ellos se producen al dejar que sus ideas vuelen libremente. En uno de ellos se topó con un gran perro danés que corría delante de una carroza. Pensó que solo podía evitar ser derribado si saltaba y el perro pasaba por debajo de él. Pero no pudo hacerlo, y esa fue la última idea antes del accidente. “No sentí ni el golpe ni la caída ni nada de cuanto siguió hasta el momento en que volví en mí”. La historia se propagó, transfigurada, y se esparció el rumor de que había muerto.

            Ese carácter de ensoñación, de libertad de pensamiento, propio del que pasea, lo vemos también en el curioso libro de Walser El paseo, en el que el protagonista, un poeta, cuenta lo que ve mientras camina. Su paseo es despreocupado (“Mientras seguía así mi camino como un buen haragán, fino vagabundo y holgazán o derrochador de tiempo y trotamundos”) y a la vez atento a lo que va saliéndole por el camino: un químico del Ayuntamiento pedaleando, un anticuario y perista enriquecido, una o dos damas elegantes, una librería a la que entra, así como en Correos o en la sastrería o en la oficina de Hacienda. Precisamente ante el reproche que le hace en esa institución el funcionario (“—¡Pero siempre se le ve paseando!”), responde el protagonista: “—Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa”. Hay algo, dicho sea de paso, que recuerda a Kafka en los diálogos de este librito.

            Un paseante pertinaz fue Kierkegaard, el filósofo danés para leer al cual Unamuno aprendió su idioma. Conocía su ciudad, Copenhague, como la palma de su mano, y las facturas que tenemos de su zapatero muestran tanto el desgaste de sus botas como la minuciosidad de Joakim Garff en la monumental biografía que le dedica. La figura del filósofo era reconocible por la calle, primero con su bastón de bambú y luego con el paraguas. Para Kierkegaard el paseo cumplía varias funciones. Le servía de comunicación física y social con sus convecinos: “Contemplo todo Copenhague como un gran encuentro social”. Llamaba a estos paseos, en los que caminaba con personas a las que se encontraba, como su “baño de gente diario”. Cogía del brazo a sus interlocutores, lo que contrasta con la imagen de introvertido que la posteridad luego ha tenido de él. Pero también lo utilizaba como distracción: “Para soportar un esfuerzo espiritual como el mío, necesitaba distraerme, distraerme con encuentros fortuitos en calles y callejones”. Probablemente se veía a sí mismo como un Sócrates danés, puesto que señala que el ateniense caminaba por la ciudad hablando igual con curtidores o sastres que con sofistas, estadistas o poetas, con jóvenes o con viejos, y sobre lo que fuera. Ese interés filosófico que tal asociación sugiere se une a otro psicológico por las personas que parece también nutrir estos paseos. Que además servían para alumbrar ideas: “he tenido mis mejores pensamientos mientras caminaba”. Y eran buenos, dice, para la salud.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA




viernes, 14 de noviembre de 2025

Olores (III)

   Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 13 de noviembre de 2025.


OLORES (III)

            No puedo dejar el asunto de los olores que nos ha ocupado en los dos últimos artículos sin mencionar a una mujer. La conocí hace ya muchos años en un documental titulado ¿Por qué compramos?, que trataba del marketing sutil, la seducción del consumidor a través de sentidos como el olfato o el oído. Ella salía, la recuerdo, oliendo todo lo que se le ponía por delante, a veces con los ojos cerrados, con una libreta donde tomaba notas. Había viajado a Suiza para diseñar el aroma de una cadena de hoteles. Olía la nieve, la madera, una moneda, un billete. Hace poco he vuelto a verla en una entrevista en la prensa. Su rostro noruego ya está surcado por las arrugas del tiempo, pero la pasión de Sissel Tolaas, que así se llama, sigue intacta. Me ha recordado esos personajes de novela cuya vida gira en torno a una idea alejada de las del resto de la gente. En su estudio huele a petricor, el olor de la lluvia en la tierra seca. Su afán experimentador le ha llevado a crear un queso a partir de las bacterias de una bota de fútbol de Beckham, que fue degustado en la zona VIP del Estadio Olímpico de Londres, o a recrear el hedor de las trincheras de la Gran Guerra en el Museo de Historia Militar de Dresde. Nunca usa desodorante o perfume, a no ser que se considere tal el intenso olor a sudor que ella sintetiza y que se pone en fiestas de alto postín en las que todo el mundo va muy arreglado. En la entrevista a que me refiero acabó recogiendo el sudor de la axila del periodista. Esto me lleva a recordar un libro de Aristóteles en general poco estudiado, Problemas, una especie de curiosa enciclopedia avant la lettre que contendría la mayoría de conocimientos que un hombre culto de esa época debería conocer. En él se pregunta cosas sobre multitud de temas, entre ellos el de los malos olores. Así, dice: “¿Por qué la axila es el lugar que huele peor? ¿Acaso porque es el menos ventilado? El mal olor se da en tales zonas especialmente, porque se produce una putrefacción de la grasa por causa del descanso. ¿O es porque esta parte no se mueve y no se ejercita?”. No creo que Sissel Tolaas estuviera de acuerdo con el Estagirita en el calificativo de “malo”: “Yo prefiero el sudor antes que el desodorante que lo tapa. No hay nada más honesto que un olor”, sostiene. Como vemos, hay una reflexión tras su postura que implica acercarse a las cosas de un modo distinto al visual, que es el que rige en nuestro mundo de egos y pantallas. Yo creo que Napoleón estaría más de acuerdo con ella que con Aristóteles, si tenemos en cuenta que le escribió desde el campo de batalla a su Josefina: “Vuelvo en tres días, no te laves”.

            Alguna vez hemos hablado aquí de los premios Ig Nobel, que todos los años se entregan en septiembre y que, parodiando los Nobel, hacen reír y pensar a partes iguales. Este año se ha otorgado el premio de Pediatría a una investigación que descubrió que los bebés están más tiempo mamando si la leche materna huele a ajo porque las madres lo han comido. Otro premio, también relacionado con el olfato, se lo ha llevado una investigación india, que sostiene que a más de la mitad de los encuestados (pero solo a un poco más) le molesta el olor a pies: “Los zapatos rara vez se lavan y, sin una ventilación adecuada, se convierten en un caldo de cultivo para una bacteria muy maloliente”. La investigación propone soluciones para este problema. Este premio recuerda aquel que recibieron en 2006 Bart Knols, de la Universidad agrícola de Wageningen en Holanda y Ruurd de Jong, por mostrar que el mosquito Anopheles femenino, que transmite la malaria, se ve tan atraído por queso limburger como por el olor de los pies humanos.

            Acabemos con dos olores agradables para todo el mundo. Uno, el de los bebés. Escáneres cerebrales realizados a mujeres que olían a bebés mostraron que se activaban las áreas cerebrales relacionadas con las recompensas. El otro, el de los libros, viejos o nuevos; o el de los periódicos. Si está usted leyendo esto en papel, no tendrá que evocarlo. Si lo está leyendo en una pantalla, habrá de recurrir, ay, al recuerdo.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




miércoles, 5 de noviembre de 2025

¿Quién era "Segundo Holmes"?

 Texto publicado en la revista de San Juan, 2025

¿QUIÉN ERA “SEGUNDO HOLMES”?

         Es uno más de esos libros que uno encuentra en las librerías de viejo, desgastados por el tiempo y las mudanzas quizá más que por el uso. Se titula La gente del hampa y está escrito por don Segundo Holmes con ilustraciones de Arejula. Ambos, al estar escritos entre comillas, parecen ser seudónimos. Es de 1930 y la editorial es Lux. En la portada aparece un dibujo a color. Dos individuos, uno con gorra roja y otro con sombrero negro, atracan a un tercero, con chistera y aspecto de ricachón. El ladrón del sombrero lleva en su mano izquierda una enorme navaja. De fondo, la puerta de una casa con jardín, que puede ser la del mismo atracado. El índice nos informa de que hay un prólogo, que consiste en una entrevista con un ladrón, y cinco partes, las cuatro primeras dedicadas a distinto tipo de delincuencia (“Delincuentes del hurto”, “Delincuentes de robo”, “Delincuentes de estafa”, dentro de la que está “El timo de la guitarra” o “El timo del entierro”, y “Delincuentes de falsedades”). La quinta parte trata temas diversos, como la jerga de la gente del hampa o la identificación y la dactiloscopia.

Es difícil saber quién se esconde detrás de don Segundo Holmes (ni siquiera el ChatGPT lo sabe), pero no estaría escribiendo este artículo si no lo supiera y si no fuera alguien vinculado a nuestro pueblo. Se trata de Miguel Nieto Paños, conocido entre nosotros por su historia de Navas y de quien hemos hablado en varias ocasiones en estas páginas y en las de Stella. La prueba principal y definitiva la encontramos en la Gaceta de Madrid (antiguo BOE) del 11 de agosto de 1933. Entre las obras inscritas en el Registro general de la propiedad intelectual correspondientes al tercer trimestre de 1932 aparece La gente del hampa, “por Miguel Nieto Paños, con el seudónimo de “Segundo Holmes”, del texto, y con el de “Arejula”, de las ilustraciones”. La publicación que consta es la de Núñez y Compañía, 1929, Barcelona, lo que apunta (por otros datos con los que no aburriré al lector) a que esta empresa imprimió el libro para la editorial Lux y que tal vez hubiera una segunda edición en 1930.

No es de extrañar, pues, que volvamos a encontrar este seudónimo y estos temas en distintas conferencias dadas en Radio Barcelona en 1926 y 1927. Recordemos que Miguel Nieto dirigió la parte literaria de esta emisora. Si a eso sumamos que, junto con su hermano Antonio, había ganado en 1911 las oposiciones al Cuerpo de Vigilancia (la rama civil y de paisano de la policía gubernativa, encargada entre otras cosas de la prevención y represión del delito y de la vigilancia de sospechosos y delincuentes), la cuestión tratada en el libro no quedaba lejos de sus intereses. Y una cosa más. Sospechamos, como hemos visto en otros artículos sobre él (en Stella, 2016 y Stella, 2023), que pudo estar detrás del seudónimo “Tirso” y de la figura de Mercedes Fortuny.

En otra ocasión hablaremos de la fortuna de este libro tras su publicación, las reseñas que lo comentaron, la publicidad que obtuvo y el precio a que se vendía. Solo queda preguntarse si este policía escritor que tan celosamente se escondió detrás del detectivesco seudónimo de Segundo Holmes consideró que había pistas suficientes para que un siglo después un paisano suyo lo desenmascarara.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña




Una tertulia en 1925

 Texto publicado en la revista Stella, 2025



UNA TERTULIA EN 1925

  

         ¿De qué se hablaba en 1925, hace un siglo, en nuestro pueblo? Intento recrear una tertulia en uno de sus bares, el de Parrilla por ejemplo, con personas que vivían entonces tratando asuntos del día. Pero como veo tantos posibles desarrollos decido que sea el lector el que evoque esa conversación. Así que aportaré datos fieles (entresacados de la prensa de la época y de los imprescindibles libros de Manuel Valenzuela) a modo de piezas con las que se pueda armar libremente la historia, como en esos juegos en los que según se combinen las mismas cartas van apareciendo distintas figuras.

         Mantengamos el bar de Parrilla a modo de escenario fijo. Doy cuatro posibles tertulianos: un farmacéutico, Julián Díez, un veterinario, Pablo Pasanís, un maestro, Faustino Morato Vadillo y Agustín Sanz. Allá va una pincelada de cada uno para mejor imaginar la escena. El primero, Julián Díez, desde hace treinta años es farmacéutico titular de Navas. El segundo, Pablo Pasanís, lleva también todo el siglo ejerciendo su oficio de veterinario en nuestro pueblo. En cuanto al tercero, lo vemos ir de un sitio a otro en diferentes escuelas de España años atrás, pero sabemos que este curso está aquí y que ya se ha quejado al alcalde de las malas condiciones del local donde da clase. Agustín Sanz, un joven de 20 años, se ha sentado con ellos porque le han preguntado por un asunto que ha dado mucho que hablar en las provincias de Jaén y de Córdoba. Según la época del año donde se sitúe el relato, podemos estar dentro (en el exterior, una tarde parda y fría, monotonía de lluvia machadiana) o fuera (cielo azul, nubes azorinianas). Conviene dar un toque realista con unos vinos manchegos y una botella verde de cerveza El Lagarto sobre la mesa. De fondo, si se quiere meticulosidad, puede aparecer la furgoneta de reparto, una Renault Monastella matrícula J-2262.

         Ahora veamos un puñado de temas de la actualidad de hace un siglo y de los que es fácil imaginar que se hablara en esa tertulia. Pueden colear asuntos del año anterior, como la plaga de langosta del agosto pasado (el maestro tal vez saborea en su mente con lentitud el alejandrino y la aliteración: “La plaga de langosta del agosto pasado”). Puede uno llevar la conversación al robo de bestias. A final de marzo le habían sustraído en el Tostadero a Pedro Torres Parrilla una burra de 3 años. El 1 de mayo, precisamente el 1 de mayo, habían robado en Cerro Laguillas una yegua de 11 años con una rastra de un muleto y un caballo capón de 7 años, de Gaspar Garrido, más una yegua de 17 años de Celedonio Rubio. En julio le había tocado el turno a una burra de 20 años de Pedro Sánchez Parrilla y a otra de 8, preñada, de Domingo Casas Pérez, en Olla Paciencia. Si quisiéramos prolongar esa conversación, recurriríamos a robos del año anterior.

         Por supuesto puede salir la situación en Marruecos, haciendo coincidir la tertulia con las noticias sobre el desembarco de Alhucemas. Y otros asuntos locales, como el estado ruinoso del ayuntamiento. Si el lector gusta del humor macabro, puede jugar con la construcción del nuevo cementerio, que pronto sería inaugurado, inventando una conversación en la que se apueste por quién será el último en ser enterrado en el viejo y quién el primero en el nuevo.

         Pero decía que se había sentado a la mesa Agustín Sanz porque le van a preguntar algo. Y es que, junto con otros seis naveros, había asistido al mitin que se había celebrado el domingo 22 de febrero en Baeza por parte del Bloque Agrario. ¿Hubo mucha gente? ¿Se constituiría en una fuerza política? ¿Cómo hablaba y cómo era y qué dijo Juan Díaz del Moral, esa eminencia? ¿Es cierto que Alfonso XIII se ha interesado por el Bloque Agrario? Cuenta, cuenta…

         Y así, combinando estas piezas, dejando al lado unas y cogiendo otras, se pueden imaginar distintas conversaciones que una tarde de 1925, hace un siglo, tenían algunas de las personas que, bajo el mismo cielo pero con otra lluvia u otras nubes, vivían en Navas de San Juan.

 

Juan Fernando Valenzuela Magaña

 

 

 

 

domingo, 19 de octubre de 2025

Olores (II)

  Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 16 de octubre de 2025.

OLORES (II)

         En el artículo anterior mencionaba cómo, además de suscitar el recuerdo de una época de nuestra vida, un olor puede animar una época histórica. Existe una base de datos de olores históricos, llamada ODEUROPA Smell Explorer. Si uno entra en la web y teclea una palabra (“rosa”, por ejemplo), nos encontraremos imágenes y textos de los últimos siglos en los que aparece el elemento olfativo deseado. El equipo de investigadores de ODEUROPA ha recreado varios olores que han presentado en el pabellón europeo de la Exposición Universal de 2025 que acaba de celebrarse en Osaka (Japón), entre ellos el del infierno o el de los canales de Ámsterdam. Pese al uso de la tecnología en el ámbito del olor, este parece relegado al llamado mundo real, que cada vez se sabe menos lo que es. Por mucha información sobre el olor de la rosa que contenga la página mencionada, si uno quiere olerla tendrá que levantarse del asiento, dejar a un lado la pantalla y acercarse a un jardín. Sin embargo, es curiosa y no muy conocida la historia de los intentos por incluir los olores en el mundo tecnológico de nuestros días.

         El 1 de abril de 1965 la BBC emitió una entrevista en la que un hombre presentado como profesor de la Universidad de Londres hablaba de una tecnología, que él había perfeccionado, que permitía a los televidentes oler lo mismo que había en el estudio. El dispositivo troceaba en moléculas los olores y los trasmitía a través de la pantalla. El profesor cortó cebollas, hizo café y pidió que los televidentes se situaran a un metro ochenta de distancia de su televisor.  Muchos espectadores dijeron haber percibido los aromas con claridad, y algunos incluso lloraron a causa de las cebollas. Sin embargo, se trataba de una broma por el Día de los Inocentes, que allí es el 1 de abril. Supongo que si la broma coló es porque no era inverosímil. El mundo del cine había experimentado con olores desde sus comienzos. En 1906, en la proyección del desfile del Torneo de las Rosas de Pasadena, el dueño del local colocó en el techo unas grandes bolas de algodón impregnadas en perfume de rosas frente a unos ventiladores. Los intentos se sucedieron durante decenios. En 1929, en la presentación de la película La Melodía de Broadway, un teatro de Nueva York perfumó el recinto desde el techo y la ventilación. En 1940, en un cine de Detroit mezclaron olores a brea, alquitrán o brisa marina durante la proyección de The Sea Hawk, con Errol Flynn. Un sistema inventado por el suizo Laube se utilizó en la película Aroma de Misterio de 1960, con Elizabeth Taylor. El olor a tabaco señalaba al asesino. El sistema exhalaba el olor a través de una red de tubos de plástico que terminaba en los asientos. Señales en la banda sonora activaban los olores (a flores, a café, a menta…). Pero había espectadores que decían que llegaban con retraso y tardaban en irse, mientras que otros sintieron náuseas. El último intento que conozco fue la película Polyester, en 1981. El público disponía de unas tarjetas para raspar y oler. Cuando aparecía un número en la pantalla, había que rascar el lugar correspondiente y se olía, lo mismo pizza que pegamento o heces. El director dijo: “Hice que la audiencia pagara para oler mierda”.

         En cuanto a internet, en el cambio de siglo dos visionarios graduados en Stanford intentaron llevar a las páginas web el mundo de los olores. Inventaron un aparato, llamado iSmell, que contenía pequeñas dosis de los olores esenciales en forma de aceites y que, conectado al ordenador por un cable USB, era capaz de emitir el olor deseado. El error básico fue que al generar un nuevo olor no desaparecía el anterior y al final había una mezcla nada agradable. Un intento más ocurrió en 2014, un dispositivo que era un teléfono de aromas. Se consiguió transmitir un mensaje olfativo de París a Nueva York: el aroma de champán y macarrones.

         Algo parece que no termina de cuajar en los intentos de hacer con el olfato lo que se ha hecho con la vista y el oído: un sentido a distancia.

          

Juan Fernando Valenzuela Magaña




miércoles, 17 de septiembre de 2025

Olores

    Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de septiembre de 2025.


OLORES 

Quiero comenzar este artículo con dos recuerdos. El primero, de mi infancia, es el de un juego de mesa del que solo he conocido ese ejemplar. Se encontraba en el local de una asociación de mi pueblo, Navas de San Juan, y, aunque he olvidado las reglas, en el fondo se trataba de identificar el olor (a fresa, a violetas, a vainilla…) de las diferentes tarjetas que venían en él. El segundo recuerdo también es lejano, aunque no tanto. En el Museo Arqueológico de Sevilla, hará unos veinte años, había una urna cerrada que al ser abierta permitía oler un aroma del lejano pasado (creo que recreaba el usado en ritos funerarios tartésicos).

         El hecho de la singularidad del juego de mi infancia (hace tiempo vi un libro de niños con olores, pero me da que son contados) unido al de la necesidad de recrear un aroma para siempre perdido, nos hace caer en la cuenta de la volatilidad, la fugacidad de los olores, que se sustraen a nuestros intentos por conservarlos. Por eso mismo y porque el olfato se enlaza directamente con el hipocampo (el centro de la memoria a largo plazo del cerebro) tienen un gran poder evocador. Lo experimentó bien Proust, quien levanta la catedral literaria de En busca del tiempo perdido a partir del famoso episodio de la magdalena: “Cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, solo el olor y el sabor más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles perdurarán durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo”.

         No hay más que leer la novela El perfume de Süskind para darse cuenta de cómo ha cambiado la permisividad olfativa en los últimos siglos. Ambientada en el siglo XVIII, se dice en ella que en las ciudades reinaba “un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; (…); los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales”. Hoy nos resistimos a convivir con esos olores, así como con los que en esos tiempos eran normales en los cuerpos: “Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos”. La campaña por la desodorización del mundo no tardaría en iniciarse. La difusión de la mentalidad burguesa fue acompañada de un descenso de la tolerancia olfativa. La gran intervención de Haussmann en la ciudad de París, ya a mediados del XIX, se guio por esa nueva sensibilidad, que afectó también a los olores corporales. Hoy nos asombra la ceremonia que todos los días se llevaba a cabo en torno a Luis XIV al levantarse (el Grand Lever). Solo los elegidos de la corte asistían a ella. Los sirvientes limpiaban la cara y las manos del Rey Sol, lo rasuraban y lo peinaban. No le lavaban el pelo, donde, mientras lo tuvo, nadaban felices los piojos, sino que se lo empolvaban o le ponían una peluca. Y en algún momento mientras era vestido o comía sopa de pollo, el rey orinaba o cagaba en su asiento diseñado para ello ante su escogido público. Al mismo tiempo, amaba los perfumes. Encargó a su perfumero favorito uno para cada día de la semana.

         Hoy los historiadores miran a aspectos desatendidos tiempo atrás, como este que comentamos. Así se ha destacado que en el Renacimiento, por ejemplo, gustaban para perfumarse los densos olores de origen animal, como el amizcle o el misterioso ámbar gris, que resultaban repelentes a finales del XVIII, mientras se imponía el agua de Colonia, de la que Napoleón usaba sesenta litros por mes (perfumaba también a sus caballos con ella). Del mismo modo que un olor levanta el recuerdo de toda una parte de nuestra vida, puede animar una época del pasado.

        

        

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA