lunes, 9 de mayo de 2022

Voces

 

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 9 de mayo de 2022.

VOCES

 

         Hace unas semanas, probablemente buscando bibliografía sobre el asunto de las personas que se retiran del mundo, descubrí un libro llamado Historia de la soledad. Su autor, el argentino José Edmundo Clemente, pese a haber publicado un libro con Borges y haber compartido con él la dirección de la Biblioteca Nacional de la Argentina, me era desconocido. Comencé a leer el libro y me pareció que, más que una historia de la soledad a través de los personajes seleccionados, se trataba de una historia del olvido, escrita con amena erudición y fina inteligencia. Cada capítulo estaba dedicado a alguien a quien la historia, injustamente, había olvidado. Por ejemplo, ¿conoce el lector a Martín Waldseemüller o a John Logie Baird? Pues el primero es el responsable de que llamemos América a América y el segundo el inventor de la televisión. Curiosamente, ese olvido del que él intenta sacar a un puñado de hombres acaba, al parecer, por alcanzarle a él. Uno pone su nombre en Google y directamente aparece su foto y su fecha de nacimiento en 1918, tras la que, entre paréntesis, se nos informa de que tiene 103 años. Lo que sería cierto de no haber muerto en 2013. Sin duda se merecía un capítulo en su Historia de la soledad.

Me he acordado de este libro porque quería hablar hoy de las primeras voces registradas. Se ha intentado recrear, como vimos en el artículo anterior, los olores del pasado, pero ¿qué podemos decir de los sonidos de hace siglos? Hay músicos que interpretan piezas remotas con instrumentos y criterios que buscan que oigamos lo que realmente se oyó en su tiempo, y el cine puede intentar, basándose en novelas o en descripciones, imitar los ruidos de una ciudad del siglo XVII, pero las voces de las personas que la habitaban se perdieron para siempre, aun sabiendo por testimonios que esta era dulce, aquella grave o cantarina la otra. Y, aunque solemos reparar más en el rostro al evocar a una persona, si cerramos los ojos y recordamos su voz, nos daremos cuenta de la fuerza con que está impresa en nuestra memoria.

Siempre se ha dicho que la primera grabación era “Mary had a little lamb”, debida a Edison. Sin embargo, hace ya unos años descubrieron la grabación de un francés llamado Edouard-Leon Scott de Martinville, quien había inventado un artilugio llamado fonoautógrafo con el que en 1860 registró una canción popular, “Au clair de la lune”, que la tecnología actual ha permitido reproducir (puede oírse en internet). Es cierto que el fonógrafo de Edison permitía grabar y reproducir sonidos, mientras que esta segunda acción no se le pasó por la cabeza al francés hasta tener conocimiento del invento del norteamericano. Aun así, merecería un capítulo en la Historia de la soledad.

Otra vertiente de esto es lo sorprendente de que en un mundo en el que tanto la Tierra como el pasado parecen ya recorridos y analizados por exploradores e investigadores sin cuento, hasta el punto de que es imposible plantar la bandera en territorio virgen, sigan ocurriendo hallazgos como el mencionado. Fueron dos historiadores del sonido, Patrick Feaster y David Giovannoni, quienes encontraron en los archivos de la Academia de las Ciencias del Instituto de Francia una docena de fonoautogramas, nombre de los papeles tintados donde se ha grabado el sonido (el fonoautógrafo registraba las ondas sonoras que hacían vibrar una especie de punzón sobre un papel ennegrecido con el humo de una lámpara). De eso hace ya años, pero este mismo mes de abril hemos sabido del descubrimiento de dos poemas de Garcilaso de la Vega, dos odas escritas en latín. En un libro impreso de poetas italianos que se encuentra en una biblioteca de la República Checa, la filóloga de la Universidad de Oxford Maria Czepiel ha encontrado, en las páginas finales y copiados a mano, los dos poemas perdidos. De uno de ellos se tenía noticia por referencias, pero del otro no se sabía ni que existía. Lo hermoso de estas noticias no es lo que aporta a nuestro conocimiento del pasado sino que este, por sorpresa, inesperadamente, nos hace oír una de sus voces olvidadas.

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

 

 


lunes, 11 de abril de 2022

Olores

 Artículo aparecido en el Jaén el Lunes Santo, 11de abril de 2022.


OLORES

 

Quiero comenzar este artículo con dos recuerdos. El primero, de mi infancia, es el de un juego de mesa del que solo he conocido ese ejemplar. Se encontraba en el local de una asociación de mi pueblo, Navas de San Juan, y, aunque he olvidado las reglas, en el fondo se trataba de identificar el olor (a fresa, a violetas, a vainilla…) de las diferentes tarjetas que venían en él. El segundo recuerdo también es lejano, aunque no tanto. En el Museo Arqueológico de Sevilla, hará unos veinte años, había una urna cerrada que al ser abierta permitía oler un aroma del lejano pasado (creo que recreaba el usado en ritos funerarios tartésicos).

         El hecho de la singularidad del juego de mi infancia (hace poco vi un libro de niños con olores, pero me da que son contados) unido al de la necesidad de recrear un aroma para siempre perdido, nos hace caer en la cuenta de la volatilidad, la fugacidad de los olores, que se sustraen a nuestros intentos por conservarlos. Por eso mismo y porque el olfato se enlaza directamente con el hipocampo (el centro de la memoria a largo plazo del cerebro) tienen un gran poder evocador. Lo experimentó bien Proust, quien levanta la catedral literaria de En busca del tiempo perdido a partir del famoso episodio de la magdalena: “Cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, solo el olor y el sabor más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles perdurarán durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo”.

         No hay más que leer la novela El perfume de Süskind para darse cuenta de cómo ha cambiado la permisividad olfativa en los últimos siglos. Ambientada en el siglo XVIII, se dice en ella que en las ciudades reinaba “un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; (…); los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales”. Hoy nos resistimos a convivir con esos olores, así como con los que en esos tiempos eran normales en los cuerpos: “Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos”. La campaña por la desodorización del mundo no tardaría en iniciarse. La difusión de la mentalidad burguesa fue acompañada de un descenso de la tolerancia olfativa. La gran intervención de Haussmann en la ciudad de París, ya a mediados del XIX, se guio por esa nueva sensibilidad, que afectó también a los olores corporales. Hoy nos asombra la ceremonia que todos los días se llevaba a cabo en torno a Luis XIV al levantarse (el Grand Lever). Solo los elegidos de la corte asistían a ella. Los sirvientes limpiaban la cara y las manos del Rey Sol, lo rasuraban y lo peinaban. No le lavaban el pelo, donde, mientras lo tuvo, nadaban felices los piojos, sino que se lo empolvaban o le ponían una peluca. Y en algún momento mientras era vestido o comía sopa de pollo, el rey orinaba o cagaba en su asiento diseñado para ello ante su escogido público. Al mismo tiempo, amaba los perfumes. Encargó a su perfumero favorito uno para cada día de la semana.

         Hoy los historiadores miran a aspectos desatendidos tiempo atrás, como este que comentamos. Así se ha destacado que en el Renacimiento, por ejemplo, gustaban para perfumarse los densos olores de origen animal, como el amizcle o el misterioso ámbar gris, que resultaban repelentes a finales del XVIII, mientras se imponía el agua de Colonia, de la que Napoleón usaba sesenta litros por mes (perfumaba también a sus caballos con ella). Del mismo modo que un olor levanta el recuerdo de toda una parte de nuestra vida, puede animar una época del pasado.

        

        

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA




lunes, 14 de marzo de 2022

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 14 de marzo de 2022.


MOSTRARSE O RECOGERSE

         No se da una característica o tendencia en una sociedad o en una época que no proyecte su sombra, su contrario. Así, no hay lugar ni tiempo más dicharacheros socialmente que el salón parisino de los siglos XVII y XVIII. La salonnière habla a unos y otros o, más bien, les incita a que digan, cuenten, bromeen, expresen sus ideas. El ingenio, la burla simpática, la complacencia, la politesse (que descubre o supone en el otro alguna excelencia) se manifiestan en multitud de conversaciones. Y, sin embargo, es en ese mismo tiempo y en ese mismo ambiente donde observamos la tendencia contraria, el deseo de apartarse del mundo (así llamaban ellos a esa atmósfera, “el mundo”) y retirarse a una oculta soledad. En relación con ello está el elogio del silencio que hace Bossuet: “Se precisa un silencio y un recogimiento perfectos para oír la voz de Dios en el interior”. Y la muerte del abate de Rancé, quien viendo su final decidió pasar en silencio sus últimos instantes. Contrástese eso con estas palabras de Madame de Staël, a quien nada la angustiaba más que la soledad y el silencio: “Dicho sea con perdón, yo no abriría mi ventana para ver la bahía de Nápoles ni la primera vez, mientras que haría cinco leguas para ir a charlar con un desconocido que fuera inteligente”.

         Bueno, tal vez sí haya otro lugar y tiempo tan dicharacheros o más que aquel: los nuestros. Ya no hay salonnières ni honnêtes hommes, pero continuamente se nos insta a hablar, a opinar, a decir, a mostrarnos, en las redes sociales. Desde la participación más débil (un “me gusta” o “me divierte” o “me entristece” o “me asombra” o “me enfada”, a los que se nos invita con los emoticonos correspondientes) hasta la subida de una foto nuestra y nuestro plato de marisco en un restaurante de la costa, pasando por los comentarios más o menos detallados, somos impelidos a decir algo, a manifestar que estoy aquí, a mover la colita para que se me perciba. Ser es ser percibido, que decía aquel filósofo irlandés (venga, no resista el impulso, deje usted un momento el artículo y averigüe a quién me refiero, navegue por internet para resolver la adivinanza, así es la lectura hoy día; pero vuelva, no olvide volver, porque corro el riesgo de que se pierda usted en alta mar y no regrese a puerto, es decir, a este artículo).

         La sombra de esa necesidad de hablar, de mostrarse, de estar, es justamente el deseo de retraerse, de ocultarse, de decir ahí os quedáis. Sospecho que algo de eso hay en la decisión de abandonar Facebook que he ido viendo adoptar en los últimos años a varios amigos. Los ejemplos extremos de esta actitud de ocultamiento no podemos conocerlos, no si han logrado su propósito. Decir a los demás me he ocultado o saber que alguien lo ha hecho es graciosamente contradictorio. Pero conocemos casos de relativos y eficaces retiros. Siempre los ha habido, como hemos visto al principio. “El solitario es una de las encarnaciones más bellas que haya revestido la humanidad”, dice Pascal Quignard, en cierto modo uno de esos solitarios. Constituyen una grieta en la sociedad, una objeción a ella. Se contraponen a esa acción conjunta, a esa creación de un mundo en común construido entre todos y perdurable en el tiempo y en la memoria. Y, sin embargo, influyen en ese mundo y más aún en su modo de conocerse este a sí mismo. Todo escritor es un solitario mientras escribe, y todo lector mientras lee, pero ahora pienso en los escritores apartados, los que no concedían entrevistas por decisión o porque nadie se las solicitó jamás, o en aquellos que escriben voluntariamente para una pequeña comunidad de lectores.

         La mayoría nos movemos entre los extremos del que vive en un trajín social continuo y de quien, como en la oda de fray Luis de León (“¡Qué descansada vida/ la del que huye el mundanal rüido,”), cultiva en soledad su huerto, que es decir su alma. Y con esa insatisfacción propia del hombre, cuando bregamos con los demás soñamos con el retiro y, retirados, nos preguntamos si no estaremos siendo egoístas y dejando de hacer algo por el bien común.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




lunes, 31 de enero de 2022

Tengo un amigo (II, III)

 Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 31 de enero de 2022.

TENGO UN AMIGO (II, III)

 

II

                                                                                              ¡Mi yo, que me arrebatan mi yo!

       MICHELET


            Tengo un amigo con el que viajé una vez a Alemania. Fuimos en coche y, en una de las paradas que en Francia hicimos, le desapareció la mochila. No nos dimos cuenta hasta llegar a Friburgo, poco después de la frontera. En la mochila tenía la cartera, y en la cartera toda la documentación. Sin sus papeles pasamos la semana proyectada y, a la vuelta, paramos en los mismos sitios en que lo habíamos hecho a la ida. Nada. Antes de llegar a la frontera española, hicimos una parada más para despedirnos de Francia y engañar el hambre que pretendíamos saciar un poco después con comida y precios ibéricos. Era un lugar en el que no habíamos parado a la ida. Sin embargo, allí estaba la mochila, al lado de un pino del merendero, quieta, esperándonos. Mi amigo no pensó en el poco dinero que en la cartera tenía, sino en el burocrático papeleo que ahora se ahorraría. Comprobó que, excepto los billetes, no faltaba nada. El carnet de identidad, el de conducir, el de la biblioteca, los de las sociedades de autores a las que pertenecía —es compositor—, la tarjeta de la compañía médica, y una vieja ficha de su colegio. Justo cuando nos paramos a comer en España, volvió a comprobar si le faltaba algo en la cartera. Entonces lo notó. El nombre de su carnet de identidad no era exactamente el suyo, aunque se parecía mucho, tan sólo dos o tres letras dislocadas. No se había ahorrado del todo la burocracia, añadió, porque no le gustaba llevar un carnet que no dijera la verdad. Pero mentía más de lo que creyó. Tampoco la fecha de su nacimiento era exacta. El día y el mes estaban intercambiados. El nombre de la ciudad variaba ligeramente y, cuando nos fijamos bien en la foto, dijo que esas gafas no las había llevado nunca, que no eran suyas. Fue entonces cuando se puso nervioso y cuando sus manos temblorosas cogieron los otros carnets. En todos los mismos errores, con férrea coherencia. Noté que sudaba. Tú sabes que esto es mentira, ¿no?, me preguntó, pero él sabía que yo no podía responder a eso, apenas lo conocía, un amigo común nos había puesto en contacto cuando los dos, por separado, planificábamos un viaje solitario a Alemania. Todo esto es mentira, yo no soy este, decía mirando y remirando los carnets y las fotografías, siempre con esas gafas según él falsas. Entonces levantó la vista hacia mí y me dijo: Atanasio… Yo lo interrumpí: No, perdona, Anastasio, no es el mismo nombre. Atanasio significa inmortal. Anastasio, mi nombre, significa que tiene fuerza para resucitar. Es parecido, pero no exactamente igual, no morir nunca que resucitar siempre.

 

III

 

Tengo un amigo que sostiene que casi todo es mentira. Dice que ha visto con dolorosa lucidez que los motivos que damos de nuestras decisiones o las explicaciones de la conducta ajena son en su gran mayoría falsos. La mente es un iceberg del que sólo emerge la consciencia. Bajo el agua se halla la inconsciente verdad. Alguien se enfada y necesita explicarse su ira. Mira a su alrededor y encuentra algo que encaja mal que bien. Ya tiene su motivo, ya puede descansar en su enfado. Pero lo más probable es que un estímulo desconocido haya disparado en él la irritación. Ese alguien necesita creer que hay un motivo de suficiente nobleza para desencadenar su cabreo. Entonces vienen los argumentos en su ayuda. Los argumentos: el consciente adorno de lo inconsciente.

Un día su mujer le gritó injustamente esgrimiendo algún error doméstico que él había cometido. Como mi amigo sabía que el motivo era algo que probablemente nunca descubrirían, sonrió resignado a su mujer y pidió perdón hasta que ella se calmó. Y no se calmó, me dijo, porque yo le pidiera perdón, sino porque ya se había retirado la verdadera, desconocida causa de su ira.

            Como consecuencia de este pensamiento, mi amigo es la persona más comprensiva y tolerante que conozco. Entiende todo y a todos. Pero esto, corrige, no es la consecuencia, sino la causa, de mi pensamiento.

Juan Fernando Valenzuela Magaña




miércoles, 8 de diciembre de 2021

Citas

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 6 de diciembre de 2021.


CITAS

            Me pregunto si no es contradictoria la definición de repetición, pues la acción de volver a hacer lo ya hecho o volver a decir lo ya dicho es sencillamente imposible. Hacer o decir algo una segunda vez (o tercera, o cuarta) es ya hacer o decir algo distinto a lo que se hizo o dijo la primera vez (o la segunda, o la tercera), pues el turno de acción o de dicción es parte de la misma. La primera vez que alguien dijo “Nada nuevo bajo el sol” iluminó una parte desconocida del mundo, abrió una puerta, desveló un secreto. Cuando se repitió esa sentencia lo que se decía tenía ya otro aspecto: el de un recordatorio, o el del apoyo en una autoridad, o el del placer de recordar las palabras de otro tiempo. No era, por tanto, una pura repetición, sino una modificación de lo dicho. Y así todo. Y así siempre.

            Decía Leibniz que si dos cosas son idénticas, son la misma cosa. Precisamente por ello es imposible la repetición, porque se pretende que dos cosas idénticas no sean la misma cosa, venga una delante y otra detrás, sea hecha una primero y otra después, se pronuncie una en un momento y otra en un momento posterior. Pero entonces es verdad que no son la misma cosa, como también es verdad que no son idénticas. Ortega gustaba de repetir aquello de “Duo si idem dicunt non est idem”, “Si dos dicen lo mismo, no es lo mismo”. Como se aprecia, en este apotegma la repetición la hace una persona distinta, pero desde el comienzo de este artículo estoy pensando tanto en esa clase de repetición como en aquella que es cometida por una misma persona. Tanto da. Hablando de este asunto y de Ortega, me vienen defectuosamente a la memoria unas palabras suyas en las que decía, más o menos, que quien primero enuncia una idea es un genio, el segundo un imitador y el tercero alguien que echa mano de lugares comunes. He dedicado sin éxito unos buenos minutos a buscar la línea exacta. Y aquí nos topamos con una figura de la escritura que consiste en la precisa repetición de lo ya escrito: la cita. En ella puede verse ejemplarmente la imposibilidad de repetir algo.

La voluntad de iteración que porta la cita se manifiesta tipográficamente en el uso de cursivas o comillas. Sin embargo, como esa misma tipografía indica, la primera diferencia es ya el contexto. Hemos extraído unas palabras de un sitio y las hemos colocado en otro, lo que cambia su aspecto. Por otro lado, esa cita no solo expresa la idea de que se trate, sino que lleva adherido un sentido completamente ausente de su primigenia aparición. Así, el escritor puede haber estampado la cita para exhibir su conocimiento, como el fortachón muestra sus bíceps. O para demostrar solvencia en el asunto del que trata y ganarse la confianza del lector. O para apoyarse en una autoridad y dar más peso a su argumento. O para mostrar lo cercano que se siente de cierta tradición de la que se reivindica heredero (dime a quién citas y te diré qué escritor eres). O, por el contrario, para usarla como arma arrojadiza contra un enemigo (cito lo que dijiste entonces, avergüénzate ahora que dices lo opuesto). O para ocultar la inexistencia de ideas propias (si hay que escribir sobre la felicidad, puedo llenar páginas y páginas con las ideas de otros para no tener que pronunciarme sobre ella). O como recurso literario (jugando con ellas como Vila-Matas, en cuya novela Esta bruma insensata aparece “un artista citador” que suministra citas a un famoso y oculto autor que, además, es su hermano). O seleccionándolas y colocándolas de modo que iluminen la época de donde surgieron (así Walter Benjamin, que aplicó su pasión de coleccionista no solo a los libros, sino también a las citas).

Decía Montaigne, otro coleccionista de citas, que “No hacemos sino glosarnos los unos a los otros” y La Bruyère (vuelvo a citar) que “Todo ha sido dicho, y llegamos demasiado tarde, después de siete mil años de hombres pensantes”. Eso es verdad, pero incluso esas palabras, cada vez que se dicen, dependiendo de la época y la persona que las enuncia, llevan siempre algo nuevo. “Non nova, sed nove”. No cosas nuevas, sino de un modo nuevo.

            Juan Fernando Valenzuela Magaña





lunes, 8 de noviembre de 2021

Tengo un amigo (I)

Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 8 de noviembre de 2021. 

TENGO UN AMIGO (I)

 

         Tengo un amigo con una suerte insólita. Tanta suerte tiene que está aterrado.

Al principio, ya de niño, se beneficiaba de ella sin límite y sin sorpresa, como si fuera parte de su constitución, como su nariz, su buena salud o su habilidad con el balón. Sabía que el apartado del tema que dejara sin estudiar no sería preguntado en el examen y que en el sobre que eligiera en la tienda estaría el futbolista que completaría su álbum. En su adolescencia, aunque acostumbrado a esa suerte, empezó a sentirse perplejo, sobre todo cuando, por juego y por conocerse mejor, la tentaba realizando algún desastre y diciéndole: A ver ahora cómo arreglas esto. Invariable e inopinadamente, con giro inesperado pese a creer haber agotado en su imaginación todas las posibilidades, su suerte no sólo se las arreglaba para evitarle el castigo, sino que lograba que él saliera recompensado. 

         En su juventud se preguntó si era merecedor de esa suerte. Veía gente más valiosa que él, o más trabajadora, o más constante, a la que nada garantizaba el éxito de sus esfuerzos. Quizá, pensó, era su suerte una injusticia. Aunque el entusiasmo lo ponía en sus estudios, que compartía conmigo, sobre la historia y la literatura griegas, superó sin dificultad y con buenas notas la carrera de Derecho, lo que le llevó a presentarse, con una confianza fruto no de su vanidad sino del reconocimiento —no ausente de resignación— de su destino, a las oposiciones de Notaría, que —se habrá adivinado— aprobó a la primera, pese a su ausencia de vocación y a su moderada apatía.

         Fue al cumplir los treinta cuando empezó a sentir miedo de su suerte. Una tarde de otoño noté que quería decirme algo. Paseábamos después de tomar un café y busqué el modo de abrir paso a la confesión retenida. Entonces me contó la historia de Polícrates, el tirano de Samos, como él marcado por el éxito y por una suerte inusitada. Amasis, rey de Egipto y amigo suyo, supo ver la espalda de tanto triunfo y le escribió que “antes que tener éxito en todo tipo de empresas, personalmente preferiría que, tanto yo como las personas que me interesan, triunfáramos en algunas, pero que fracasásemos también en otras, pasando así la vida en suerte alternativa. Porque aún no he oído hablar de nadie que, pese a triunfar en todo, a la postre no haya acabado desgraciadamente sus días, víctima de una radical desdicha.” Las comillas que estampo en este texto las abrió y cerró él, citando lo que tantas veces había leído a lo largo de los años.

Amasis le aconsejó, para contrarrestar sus triunfos, que pensara en algo sumamente estimado por él y se deshiciera de ello. Polícrates siguió su consejo y, para conjurar su suerte, arrojó al mar un valioso sello, al que tenía gran cariño. Poco después un pescador acudió con un enorme y suculento pez más digno del tirano que del mercado. Cuando se lo estaban preparando, descubrieron dentro de él la alhaja, que volvió así a las manos de Polícrates. Este interpretó lo sucedido como obra de la providencia. Envió una carta a Amasis, quien, para evitarse el dolor que le produciría la desgracia que se cernía sobre su amigo, canceló el vínculo de hospitalidad con él.

Como podemos prever por la tonalidad de la historia, ésta termina mal para Polícrates. Tanto que su narrador, Heródoto, no se atreve a decir cómo lo hizo matar Oretes en Magnesia (“en conciencia, no puede ni contarse”). Hay quien aventura que fue desollado en vida. Heródoto sí relata que luego fue crucificado.

         Intenté argumentar que esta idea provenía del pensamiento de que los dioses eran envidiosos, lo que no era sino un resto primitivo que persistía en Heródoto. Pero mi amigo sentía su destino unido de algún modo al de Polícrates. Presentía que su desmedida suerte era un desafío, una provocación, que convocaba una desgracia que lo doblegaría para siempre. Desde entonces mi amigo vive en el terror más absoluto, esperando y temiendo que por fin sobrevenga el castigo por tanta recompensa.

 

JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA