Uno rompe el blanco del papel al escribir. En este blog encontrarás los artículos publicados en el diario Jaén y otras publicaciones mías o noticias de ellas.
sábado, 10 de julio de 2021
lunes, 21 de junio de 2021
Siempre acertar
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 21 de junio de 2021.
SIEMPRE
ACERTAR
Quiero
fijarme hoy en un fenómeno en el que seguramente ustedes también hayan reparado.
Hay algunas personas — pocas, muy pocas — con una cualidad especial: digan lo que digan
y hagan lo que hagan me parece adecuado, pertinente y cabal. La cosa es
llamativamente extraña, porque es mucho lo que uno dice y hace y nadie hay tan
perfecto que acierte siempre. Quiero aclarar que esas personas de las que hablo
tienen esa peculiaridad para mí, de
manera que para otras personas pueden resultar totalmente normales, dándose
también la situación inversa. Eso no significa que el fenómeno sea subjetivo,
pero sí que no todos estamos en la misma disposición para detectarlo en la
misma gente. Piensen un momento si hay en sus vidas alguien así, alguien del que
sepan de antemano (de un modo a priori,
en el más puro sentido kantiano) que cuanto va a decir sobre cualquier asunto
será inteligente, oportuno, sagaz. ¿Y no es sumamente raro que así sea? ¿Qué
poder vemos en ellos que no vemos en los demás, por sabios que sean o
preparados que estén?
He hecho referencia al a
priori kantiano, y tal vez esa sea la idea que pueda iluminar este
fenómeno. Que algo sea a priori
quiere decir que es independiente de la experiencia, de nuestro mundo de los
sentidos, que no necesito mirar nada para saber que me lo voy a encontrar. Si
digo que un triángulo tiene tres lados, ¿necesitaré mirar todos los triángulos
habidos y por haber para saber si estoy en lo cierto? Obviamente no. Si dibujas
un triángulo y lo tapas con la mano, antes de que la levantes yo sabré, y no me
equivocaré, que tiene tres lados. Podrás hacer miles de triángulos, antes de
enseñármelos yo sabré que todos y cada uno poseen tres lados. Lo sé a priori.
¿Qué
ocurre con las personas de las que estoy hablando para que, antes de que digan
nada, sepa ya que acertarán? Como es imposible que nunca se equivoquen, su
acierto no debe provenir del contenido sino de otro sitio. Y aquí está el quid
de la cuestión. Lo que dicen (y lo que hacen) lo dicen desde sí. Nace de una
manera de ser, de un carácter, que nos parece admirable. Adviértase que estamos
ante dos aspectos distintos que se dan unidos en esas personas: un modo de ser
excelente y el logro de expresar ese modo de ser en cuanto dicen y hacen. Eso
explica por qué sabemos de antemano ante una de esas personas que no fallará.
Aun errando en sus apreciaciones, las hará desde sí, y es justamente ese sí
mismo el que nos maravilla. Como ese sí mismo está en toda su actuación,
siempre nos parecerá, haga lo que haga, asombrosamente prudente. Este enfoque
también permite entender el que, al ver la misma opinión en otra persona, no
nos cause el efecto. Ortega gustaba de repetir aquello de Duo si idem dicunt, non est idem, es decir, si dos dicen lo mismo, no es lo mismo. Y así es. La misma cosa
dicha por otro no lleva consigo el sí mismo (que se manifiesta en la
entonación, en el gesto, en la coherencia con otras cosas dichas anteriormente)
de la persona que nos atrapó por su sensatez. Por eso no es lo mismo, y lo que
en uno nos parecerá oportuno en otro puede ser absurdo.
La parresia, que etimológicamente significa “decirlo todo”,
se aplicaba en la filosofía grecorromana a la capacidad que tiene el maestro de
mostrar el curso de sus pensamientos, exponiéndolo con naturalidad (el
discípulo, por el contrario, ha de saber callar: recuerden el texto de Plutarco
Sobre cómo se debe escuchar). Un
ejemplo de ello lo tenemos en las notas que publica Arriano de las
disertaciones de Epicteto, en las que intenta captar el carácter conversacional
de su discurso, intentando llegar al alma del lector con la fuerza con que su
maestro llegaba a la de sus oyentes. Y es que es la conversación la que
conviene a esta manera de decir, que se apoya en el kairos, el momento oportuno. Lo que nos abre a una relación de
amistad entre el que tiene parresia y el que la recibe. Por eso la virtud de las
personas objeto de este artículo destaca especialmente en la conversación, un
arte propio de la amistad.
JUAN
FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
lunes, 10 de mayo de 2021
Tunear a Kant
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 1 de febrero de 2021.
TUNEAR A KANT
Como esta
pandemia y las medidas para combartirla ponen de manifiesto, nos acostumbramos
con facilidad a algo (al menos a su existencia) con tal de que sea real. Nada
nos parece descabellado si vemos que existe. Podremos considerarlo inesperado,
imprevisible, inédito, pero no ilusorio, salvo en contados estados de ánimo
que, por otra parte, pueden darse sin necesidad de que ocurra nada
extraordinario (son esos momentos metafísicos en que uno se queda mirando un
entorno que se cubre de una pátina de irrealidad). El mundo en el que desde
hace años vivimos es, por supuesto, muy distinto a aquel en el que la gente de
mi generación (nacidos en torno al 70), y no digamos la de nuestros padres,
crecimos. Aunque hay un salto notable entre estas dos últimas, considero que lo
hay de más enjundia entre mi generación y la siguiente. Un amigo lo expresaba
diciendo que nosotros somos del siglo XX. Los de después ya no lo son.
Nos hemos
acostumbrado, pues, a este nuevo mundo como a todo lo que es real. Pero eso no
impide que nos llamen la atención ciertos elementos de él por la diferencia que
introducen. Quiero referirme aquí a uno de ellos, que tiene que ver con la
educación en particular o el conocimiento en general.
Hace
ya su buen puñado de años, en el contexto de una conversación sobre la
enseñanza de la filosofía, alguien dijo que “había que tunear a Kant”. Con esa
expresión quería decir que había que explicar al filósofo alemán de un modo
distinto, adecuado a los nuevos tiempos. Desde entonces he visto la aplicación
de este principio a otros campos, como la música o la arquitectura. ¿En qué
consiste este fenómeno? Téngase en cuenta que no hablo de un menor conocimiento
por parte de quienes tunean una u otra disciplina. No se trata de esa queja repetida
de que “se ha bajado el nivel” y por tanto los que explican al modo nuevo
suplen su ignorancia con manejo de las nuevas tecnologías. Se trata más bien de
que el acercamiento al saber ha cambiado de actitud. Ha desaparecido una cierta
reserva, un punto de contención, una distancia autoimpuesta respecto al objeto
del conocimiento. Por supuesto, antes se bromeaba con él, pero esos chistes
parecían la vía de escape a la seriedad que el trato con la disciplina imponía
al estudiante y al profesor. Hoy, en los casos señalados, la broma es el mismo
medio en el que se imparten las clases, que ahora son vídeos de internet de
youtubers, insisto, formados. No me atrevo a decir que han perdido el respeto
por la materia que comunican, tampoco creo que les falte curiosidad, asombro o
pasión. Es el modo, la estructura, la forma que usan, lo llamativo. Pueden
estar explicando (con el rostro en primerísimo plano, una peluca carnavalera) la
duda metódica, decir continuamente “What a fuck?!” con gestos de fingida alarma
y poner el retrato de Descartes, también tuneado, con bigote y gafas y debajo
la leyenda “El puto amo”. Ni el profesor más guasón de nuestro instituto se
hubiera atrevido a la mitad de eso. La pregunta es: ¿hay algo que estamos
perdiendo cuando se explican así las cosas, algo que afecte a las cosas mismas?
Al fin y al cabo, cada época ha tenido su modo de interpretar y asimilar la
tradición. Y es esta la forma acorde con la personalidad del hombre de hoy:
desenfadado, sin reserva, alejado de corsés y academicismos, presto a bajar del
pedestal cualquier encumbrado autor o idea. Algo sano hay en esta actitud, algo
ligero, desmitificador, pero ¿puede dejar de afectar la forma al fondo? ¿No se
presentan ideas y sistemas como si fueran banales ocurrencias, sin que se
entrevea la hondura que hay detrás y hacia la que habría que apuntar en una
exposición divulgativa? ¿No se ha recurrido a la tradición para desactivar
precisamente su sentido de continuidad? ¿No se ha roto con ella imponiendo
anacrónicamente esquemas de la actualidad a problemas que se dieron en un
contexto cultural muy diferente?
Confieso mi perplejidad ante este asunto, aunque no olvido que la
interpretación se hace desde mi presente, sí, pero buscando al mismo tiempo
entender al otro.
JUAN
FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA
jueves, 25 de marzo de 2021
viernes, 5 de marzo de 2021
martes, 2 de marzo de 2021
Reseña en Claves de Razón Práctica
En el número 273 (Noviembre/Diciembre 2020) de la revista Claves de Razón Práctica, aparece mi reseña del libro Aves del paraíso, de Luisa Etxenike, publicado en la editorial Nocturna.
lunes, 1 de febrero de 2021
El no saber
Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 1 de febrero de 2021.
EL
NO SABER
Siempre que la pedagogía al uso habla de que
todo lo que el alumno aprende ha de cimentarse en conocimientos previos, mi
memoria me entrega una impresión destilada de un puñado de recuerdos. Se trata
de lo siguiente. Hubo en mi infancia frases o informaciones que no entendí.
Pero, lejos de desvanecerse por ser ininteligibles para mí, permanecieron
durante años nítidas en mi memoria, como si el halo de incomprensión que las
recubría las protegiera del olvido o el deterioro. Se mantuvieron invariables,
enteras y firmes como si esperaran el momento en que su sentido sería, por fin,
desvelado. Algo que, en efecto, tarde o temprano ocurría. Se trataba de un no
saber misterioso, atravesado por la curiosidad, y que tal vez me enseñó dos
cosas: que el conocimiento está vinculado al tiempo y que el no saber es
también una forma de conocimiento.
Es
esta una cuestión que desconoce el erudito y que puede servir para
diferenciarlo del sabio. El erudito solo conoce un tipo de no saber, la
ignorancia de una terra incognita, de una zona más allá de nosotros que pide
ser conquistada. El no saber al que yo me refiero, sin embargo, es el de algo
que está no fuera, sino dentro de nosotros. Articular ese desconocimiento como
la sombra o condición del saber sería una interesante propuesta. Nuestra vida
ganaría en riqueza si lográramos una armonía con lo que se nos escapa.
Distinguir ese desconocimiento de otros modos de no saber, clasificar estos de la
misma forma que existe un catálogo de lo que sabemos, una sistematización de
las ciencias, es algo que no se ha hecho todavía.
En
este sentido, los escritores parecen haberse dado cuenta con más claridad que
los filósofos de la importancia de salvaguardar un espacio de no conocimiento a
la hora de lanzarse a su tarea. En el núcleo del esfuerzo filosófico está la
tendencia a no dar nada por supuesto, a no partir de nada que no se haya
demostrado o mostrado. Hay quien ha sospechado que esa pretendida ausencia de
prejuicios es ya un prejuicio. A quien objete que precisamente fue un filósofo,
Sócrates, quien dijo aquello de que solo sabía que no sabía nada, y que por
tanto podríamos erigirlo en el rey del no saber, cabría responderle que es
justamente ese no saber otro de los que no conviene confundir con el objeto de este
artículo. Los novelistas suelen contarnos que mientras escriben hay una parte
en su proceso creativo que se les escapa. Todo funciona mejor, dicen, si se
mantienen en una cierta ignorancia (de lo que están queriendo expresar, de lo
que va a pasar, de la extensión de la obra). Ese desconocimiento es el que
alimenta el conocimiento que la novela proporciona.
Hay
un cuadro de Hopper, titulado “Excursión a la filosofía” (1959) en el que se ve
a un hombre sentado, camisa, pantalón y zapatos, en un lado de la cama, con un
libro abierto abandonado a su derecha, sobre el lecho, y detrás de él, acostada
y de espaldas, probablemente durmiendo, una mujer desnuda de cintura para
abajo. El hombre dirige sus ojos hacia el suelo, donde se recorta un rectángulo
de luz procedente de la ventana, pero parece estar mirando hacia su propio
interior. El libro no está dejado de lado con decepción sino porque la tarea
última de un libro es empujarnos más allá de él. Tampoco la carne y el amor han
decepcionado. Pero ambos conocimientos, el intelectual y el humano, parecen
buscar una zona de sombra que, paradójicamente, los ilumine. Es en esa zona en
la que se está posando ahora la mirada del hombre. Sin analizarla, sin escarbar
en ella, salvaguardándola, pero siendo a la vez consciente de que, como en el
suelo del cuadro, ambas zonas, la de luz y la de sombra, se buscan y se
necesitan.
Lo
que la existencia de esa franja umbrosa nos dice no es tanto que hay una parte
desconocida en nosotros que influye en lo conocido, al modo en que el
psicoanálisis nos habla del inconsciente, sino que no por saber algo el enigma
está resuelto, que hay ya en el propio conocimiento un irreductible misterio,
el misterio que acompaña como sombra lo que existe y lo que sabemos.
JUAN FERNANDO VALENZUELA
MAGAÑA







