viernes, 6 de marzo de 2026

Cartas

Artículo aparecido en el Jaén el jueves, 5 de marzo de 2026.


CARTAS

¿Cuándo dejamos de recibir cartas personales? ¿Cuál fue la postrera de un amigo, de una novia, de un familiar, que nos llegó? ¿A quién enviamos la última, sin saber que se trataba de la última? Antes de que el correo electrónico llegara, y luego el WhatsApp, uno de mis gestos cotidianos era escribir a alguien en un papel, doblarlo, meterlo en el sobre, cerrarlo, ponerle el sello en un estanco y echarlo al buzón. Es curioso: en la correspondencia, lo nuestro lo tiene el otro y lo del otro lo guardamos nosotros. Conservo en una caja, atadas con gomas, multitud de cartas recibidas. Cuántas veces, hace ya muchos años, las habré releído. En una de ellas, recuerdo, había arena de una playa de Almería, sorprendente originalidad con que me obsequió el remitente. ¿Y dónde estarán las que yo escribí? ¿Las habrán conservado los destinatarios? ¿Me reconocería en ellas si ahora las leyera? ¿Qué decía en aquella que escribí en servilletas de bar, una tarde plomiza y triste de invierno? ¿O en aquella escrita en mi primer año de clase, sobre la mesa para mí todavía desacostumbrada del profesor, mientras los alumnos terminaban su tarea?

Por eso, además de inquietante estupor, me suscita pena una noticia de 2022, cuyo titular reza así: “Encuentran 20.000 cartas sin enviar desde hace veinte años en una casa donde vivió un cartero despedido en Alicante”. El correo está fechado entre finales de los noventa y 2012. Hay facturas y comunicaciones comerciales, pero también cartas personales, las últimas que se estaban todavía escribiendo. No estoy nada de acuerdo con el desenlace que se insinúa: “lo más probable es que, salvo que se encuentren documentos importantes, la gran mayoría de las misivas sean destruidas y no lleguen a sus destinatarios”.

Contrastan con esta noticia aquellas en las que una carta llega mucho tiempo después a su destino. En las que tengo recopiladas una epístola puede tardar un siglo o más en llegar. La más entrañable es la de un soldado inglés que murió en la Segunda Guerra Mundial. Su novia le había escrito aceptando su propuesta de matrimonio y él le respondió a su vez jubiloso. Pero esa respuesta nunca llegó, ni tampoco él, por lo que pensó que no había sobrevivido. La mujer se casó luego, tuvo hijos y ahora, a los 99 años, ha recibido la carta, rescatada de un barco hundido por un submarino nazi. “Ojalá hubieses estado aquí cuando abrí tu carta. Lloré de alegría. Si sólo pudieses saber lo feliz que me hizo, cariño”.

Lo que nos lleva a Renaud Morieux, profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Cambridge, quien, haciendo un trabajo sobre prisioneros franceses en Inglaterra, se topó en un archivo con “tres legajos unidos por una cinta”. Eran cartas, pequeñas y selladas. Habían sido enviadas a los marineros del buque francés Galatée, pero este fue apresado por los ingleses en el contexto de la Guerra de los Siete Años (siglo XVIII) y las cartas, que no llegaron a ser leídas, incautadas por la Marina Real Británica. Morieux las ha descifrado (conflictos familiares, palabras de amor, saludos) e investigado sobre los destinatarios.

Recuerdo ahora el ensayo de Pedro Salinas sobre las cartas, que escribió en el exilio. Es un largo y delicioso texto a la vez análisis del fenómeno de la correspondencia, historia de ella y mirada a la situación de su tiempo, los años cuarenta del siglo pasado, en los que ya la prisa competía con la demora que exige la escritura de la misiva. Salinas se detiene en las cuestiones que le salen al paso: los buzones, la privacidad y publicidad de las cartas, el epistolario de Madame de Sevigné, la relación de mujer y carta en los cuadros de Vermeer de Delft, los escribanos públicos qué él conoció en su mocedad y que, en cuchitriles, ejercían el oficio de poner en palabras los anhelos de mozas enamoradas que no sabían escribir, los manuales de correspondencia…

No es poco lo perdido con las cartas. Al fin y al cabo, querido lector, también eran un modo de conocerse a sí mismo y al otro.

Un abrazo.

Juan Fernando Valenzuela Magaña