jueves, 20 de junio de 2024

Perros (III)

  Artículo aparecido en el Jaén el lunes, 17 de junio de 2024.


PERROS (III)

 

Acabábamos el artículo del pasado mes mencionando una inquietante cabeza de perro que había acudido a mi memoria. Hablaré de ella. Szymborska, la escritora polaca galardonada con el premio Nobel, tiene un poema basado en un polémico experimento. Antes de una película a la que ella asistía, se proyectó un vídeo en el que una cabeza de perro cortada conectada a un aparato reaccionaba a distintos estímulos. Fiel cabeza de perro, / bondadosa cabeza de perro, / cuando la acariciaban, entornaba los ojos / creyendo  que era todavía parte de un todo / que encorvaba el lomo bajo una caricia / y meneaba la cola. He buscado información sobre el asunto y, en efecto, existe un documental grabado en 1940 en el que un grupo de científicos soviéticos experimentan con la reanimación. Primero consiguen que el corazón de un perro vuelva a latir sobre una bandeja, luego que una cabeza de perro separada del cuerpo se mueva ante determinados estímulos (esa es la parte que Szymborska recoge en su poema) y, por último, que un can clínicamente muerto vuelva a la vida. ¿Consiguen? No es fácil creerlo. Las autoridades soviéticas no permitieron que organismos independientes verificasen nada, aunque el vídeo fue expuesto en Nueva York a científicos norteamericanos. En cualquier caso, la poeta llega a una conclusión inquietante: Pensé en la felicidad y sentí miedo. / Porque si sólo de eso se trataba en la vida, / la cabeza / era feliz.

La libre asociación de ideas me lleva a otra cabeza de perro, esta pictórica. Se trata de la que aparece en el cuadro de Goya El perro, perteneciente a sus Pinturas negras (1819-1823), que decoraban los muros de la llamada Quinta del Sordo. Como seguro que el lector tiene un móvil a mano, puede recordarlo y comprender la pertinencia de la asociación. La pintura que, como sus hermanas, fue trasladada a lienzo y se conserva en el Museo del Prado, resulta muy enigmática. La cabeza de un perro asoma mirando hacia arriba tras una franja de color ocre oscuro que sobresale respecto a un espacio de tono más claro. Se ha dicho que la obra está inacabada o que había dos pájaros que se perdieron y a los que se dirigía la mirada del perro. También que este está hundiéndose en arenas movedizas. El chat GPT me dice incluso que está ladrando hacia la oscuridad de la noche, cosa que yo no veo en absoluto ni creo que nadie pueda hacerlo salvo la inteligencia artificial. A mí la expresión me parece tierna y humana y, por su pequeñez en comparación con el espacio alrededor, de soledad y expectativa.

Quien sí está ladrando (en una actitud de desafío o de queja) es el perro de Turner en Amanecer después del naufragio (recurra el lector de nuevo al móvil), pintado unos años después. Como en el cuadro de Goya, está solo y envuelto en un espacio que es tan protagonista de la acuarela como el propio animal. Frente a la indefinición del entorno en Goya, aquí tenemos la grandeza de la naturaleza, que en Turner siempre tiene algo de violencia. Vemos el mar, el cielo, la arena, en una paleta de azules, rojos y amarillos. No se ven restos de naufragio alguno, por lo que el título con el que es conocida esta obra, inventado por Ruskin, podría cuestionarse. Eso la acerca más al cuadro de Goya, al no contener una “historia”, al no pretender narrar nada. De hecho, Turner valoraba mucho la capacidad de la pintura para sumergirnos en el misterio. La naturaleza es para él un símbolo. No es que el perro, tras ser el único superviviente, se lamente por lo que el mar se ha tragado. Se trata de un perro, un animal muy humano, frente a un entorno natural sobrecogedor. Tal vez Ruskin le pusiera ese título porque para él el tema que subyacía a la obra de Turner era la muerte. Pero podría más bien decirse que es la soledad y la violencia. Su visión del ser humano es la de alguien pequeño ante unas fuerzas que no puede controlar. Viendo cómo sus paisajes no se despliegan sin más ante nosotros sino que, de algún modo, nos engullen, estamos tentados de dar la razón a Amiel cuando escribe que un paisaje es un estado del alma.

Juan Fernando Valenzuela Magaña